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DAVID LA VIDA DE LA FE Pensamientos sobre las
principales escenas de la vida y los tiempos de David, rey de Israel C.
H. Mackintosh |
ÍNDICE
VI. Siclag
VII. El regreso del arca
VIII. La casa de David y la
casa de Dios
IX. La conspiración
X. Cántico y últimas palabras
de David
Es fácil seguir los sucesivos pasos que llevaron a
establecer un rey en Israel, pues todos aquellos que estudiaron con cierta
atención la historia humillante del corazón humano, tal como se presenta en
ellos mismos o en otros, se darán fácilmente cuenta de este hecho.
El comienzo del primer libro de Samuel presenta un
muy solemne e instructivo cuadro de la condición en que se hallaba el pueblo de
Israel. El escritor sagrado nos muestra, en la casa de Elcana, un ejemplo
notable de Israel según la carne y de Israel según el Espíritu: Elcana tenía
“dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Y Penina tenía
hijos, mas Ana no los tenía” (1 Samuel 1:2). Así pues, vemos desarrollarse en
el círculo familiar de este hombre efrateo, escenas semejantes a las
acontecidas mucho tiempo antes, bajo las tiendas de Abraham, entre Sara y Agar.
Ana era la mujer estéril, y sentía profundamente su estado, porque “su rival
la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido
tener hijos” (v. 6).
La mujer estéril, en
Pero el Señor hizo sobreabundar su gracia en la
flaqueza e impotencia de Ana, y puso en su boca un canto de alabanza. La hizo
capaz de exclamar: “Mi poder se
exalta en Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré
en tu salvación” (1 Samuel 2:1). Plugo al Señor alegrar de manera
especial a la mujer estéril, puesto que él sólo puede decir: “Regocíjate, oh
estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que
nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la
casada, ha dicho Jehová.” (Isaías 54:1). Ana vio estas palabras hechas realidad
en ella y, en breve, Israel, ahora desolado, las verá también hacerse realidad,
como lo dice el profeta: “Porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los
ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel” (Isaías 54:5). El
magnífico cántico de Ana es la acción de gracias del alma que reconoce los
caminos y los hechos de Dios respecto de Israel. “Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece. El levanta del
polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con
príncipes y heredar un sitio de honor” (1 Samuel 2:6-8). Es lo que
tendrá lugar para este pueblo en los días venideros, pero es lo que disfruta
hoy toda alma que, por gracia, es arrancada de su condición pecaminosa, de
ruina y perdición, y llevada a gozar de la bendición y la paz en Jesús.
El nacimiento de Samuel llenó un gran vacío, no sólo
en el corazón de Ana, sino también, sin lugar a dudas, en el de todo fiel
israelita que tomaba a pecho los intereses de la casa de Jehová y la pureza de
sus ofrendas, todo esto sometido al menosprecio por parte de los profanos hijos
de Elí. En el deseo de Ana de tener “un hijo
varón” no vemos simplemente el corazón de la madre, sino también el de la verdadera israelita. Indudablemente,
ella había contemplado la ruina de todo lo que atañía al templo de Jehová, y
había gemido por ello. Los ojos oscurecidos de Elí, las acciones culpables de
Ofni y Finees, la lámpara que estaba por apagarse, el templo profanado, los
sacrificios menospreciados, todo contribuía para decir a Ana que el pueblo
experimentaba una necesidad real y apremiante, a la cual podía tan sólo
responder el don preciado de un hijo varón de parte de Jehová.
Por esta causa, ella dijo a su marido: “Yo no subiré
hasta que el niño sea destetado, para que
lo lleve y sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre”.
¡Quedar allá para siempre! Nada más que esto podía satisfacer el corazón
anhelante de Ana. No era meramente el hecho de que su oprobio había sido
quitado lo que volvía a Samuel tan precioso a los ojos de ella. No, Ana deseaba
ver “un sacerdote fiel” (1
Samuel 2:35) delante de Jehová, y, por
la fe, su mirada se detenía en aquel que debía quedar allá para siempre. ¡Qué
fe admirable! ¡Qué santo principio que eleva el alma por encima de la influencia
abrumadora de las cosas visibles y temporales, remontándola a la luz de las
cosas invisibles y eternas!
En el capítulo 3 se halla la predicción del terrible
derrumbe de la casa de Elí: “Y aconteció un día, que estando Elí acostado en
su aposento, cuando sus ojos comenzaban a
oscurecerse de modo que no podía ver,
Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová, donde estaba el arca de Dios; y
antes que la lámpara de Dios fuese apagada, Jehová
llamó a Samuel” (1 Samuel 3:2). Todas estas palabras tienen un alcance
serio. Los ojos oscurecidos de Elí y el llamado de Jehová al niño, representan,
en otros términos, la desaparición de la casa de Elí y la entrada en escena
del “sacerdote fiel”. Samuel corre hacia Elí, pero, ¡ay!, todo lo que éste
puede decirle es: “Vuelve y acuéstate”
(v. 5). No tenía ningún mensaje para el joven. Abrumado por la edad y los ojos
oscurecidos, podía pasar su tiempo en el sueño y las tinieblas, mientras que la
voz de Dios se hacía oír muy cerca de él. ¡Qué advertencia solemne! Elí era
sacerdote de Jehová, pero le faltaba vigilancia en su andar, orden en su
familia, firmeza para contener a sus hijos; de ahí su triste fin. “Y Jehová
dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le
retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he
dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo
juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos
han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (1 Samuel 3:11-13).
“Lo que el hombre sembrare, eso también segará”
(Gálatas 6:7). ¡Cuánta demostración tiene esta verdad en la historia de todo
hijo de Adán, y particularmente en la de cada hijo de Dios! Segaremos según lo
que hayamos sembrado. Esta fue la experiencia de Elí, y es lo que experimentaremos
tú y yo, querido lector. Hay en esta declaración divina una realidad mucho más
práctica, mucho más seria de lo que algunos, sin duda, imaginan. Si nos dejamos
arrastrar por una corriente de malos pensamientos, si adoptamos malos hábitos
de conversación y usamos palabras ligeras y vanas, si proseguimos una
indecorosa línea de conducta, tarde o temprano segaremos los frutos1.
¡Que la consideración de esta verdad nos conduzca a una mayor vigilancia en
nuestros caminos, y a ser más solícitos en sembrar “para el Espíritu”, a fin de
segar también del Espíritu “vida eterna” (Gálatas 6:8)!
El
capítulo 4 presenta un cuadro humillante de la condición de Israel, en relación
con la casa culpable de Elí: “Por aquel tiempo salió Israel a encontrar en
batalla a los filisteos, y acampó junto a Eben-ezer, y los filisteos acamparon
en Afec. Y los filisteos presentaron la batalla a Israel; y trabándose el
combate, Israel fue vencido delante de los filisteos, los cuales hirieron en la
batalla en el campo como a cuatro mil hombres” (v. 1-2). Israel realizaba en
ese momento la maldición inherente a la infracción de la ley (Deuteronomio
28:25). No podía hacer frente a sus enemigos; su desobediencia lo privaba de
toda fuerza.
Notemos
ahora la naturaleza y la base de su confianza, en ese instante de apremiante
necesidad: “Cuando volvió el pueblo al campamento, los ancianos de Israel
dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Traigamos
a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre
nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos” (v. 3). ¡Qué motivo pobre
para confiar! No contiene una palabra acerca de Jehová. No piensan en Él como la fuente de toda fuerza; no es para
ellos su “escudo y adarga”. No; confían en el arca e imaginan vanamente que ella puede librarlos. ¿De qué podía servirles,
si no iba acompañada de la presencia de “Jehová de los ejércitos, el Dios de
los escuadrones de Israel”? Él no estaba allí; había sido contristado por los
pecados no confesados ni juzgados del pueblo. Y ningún símbolo, ni ninguna
ordenanza, podía reemplazarlo.
Sin
embargo, Israel, en su vana esperanza, se imaginaba que el arca bastaría para
todo, y grande fue el regocijo del pueblo —aunque no bien fundado— cuando ella
entró en el campamento, acompañada, no por Jehová, sino por los dos sacerdotes
profanos, Ofni y Finees: “Aconteció que cuando el arca del pacto de Jehová llegó
al campamento, todo Israel gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló” (v.
5). Todo esto, a juzgar por lo exterior, podía parecer imponente, pero,
¡lamentablemente, era algo hueco! Las voces de triunfo de los israelitas no
tenían fundamento ni tampoco convenían. Debieron haberse conocido mucho mejor a
sí mismos antes de desplegar semejante escenario vacío. Sus algazaras
armonizaban mal con su miserable estado moral delante de Dios. Pero ocurre
siempre así: los que menos se conocen a sí mismos, son los que tienen las más
altas pretensiones y los que asumen la posición más elevada. El fariseo miraba
con orgullosa indiferencia al publicano; se figuraba muy alto y al publicano
muy bajo, en la escala moral; pero ¡cuán diferentes son los pensamientos de Dios!
El corazón contrito y humillado es siempre el lugar donde tiene a bien habitar
Aquel que es “el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es
el Santo” (Isaías 57:15). ¡Loado sea su nombre! Sabe levantar y consolar a los
corazones abatidos. Esta es su peculiar obra, y en ella él se complace.
Pero
los hombres de este mundo atribuyen siempre importancia a las elevadas
pretensiones. Es algo que les gusta, y generalmente asignan un alto lugar en
sus pensamientos a los que afirman ser algo, mientras que, por otra parte,
procurarán rebajar aún más al que realmente se humilla. Así pues, en la
instructiva escena que tenemos ante nosotros en este capítulo, vemos que los
filisteos no concedían poca importancia a los gritos de los hombres de Israel.
Como en esto no eran diferentes, era una cosa que comprendían y apreciaban.
“Cuando los filisteos oyeron la voz de júbilo, dijeron: ¿Qué voz de gran júbilo
es esta en el campamento de los hebreos? Y supieron que el arca de Jehová había
sido traída al campamento. Y los filisteos tuvieron miedo, porque decían: Ha
venido Dios al campamento” (v. 6-7). Suponían naturalmente que el grito de
triunfo estaba basado en una realidad. No veían lo que estaba debajo de la
superficie: un sacrificio manchado, un sacrificio despreciado y un templo
profanado. Miraban el símbolo exterior, y se imaginaban que el poder lo
acompañaba; de ahí su temor. Ignoraban que su temor y el triunfo de Israel eran
también infundados. “Esforzaos, oh filisteos” decían “y sed hombres, para que no
sirváis a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres, y
pelead” (v. 9). Tal era el recurso de los filisteos: ¡Sed hombres! Los israelitas no podían decir esto. Si el pecado los
privaba de los recursos de Dios, eran más débiles que los demás hombres. Su
única esperanza estaba en Dios, y si Dios no estaba con ellos, si se trataba de
un combate de hombre a hombre, un israelita no era rival para un filisteo. El
resultado del combate demostró plenamente esta verdad: “Pelearon, pues, los filisteos,
e Israel fue vencido” (v. 10). ¿De qué otra forma iba a ser? Los israelitas no
podían sino ser derrotados, y huir delante de sus enemigos, ya que su “escudo y adarga”, es decir, Dios
mismo, no estaba en medio de ellos. Fueron derrotados, la gloria los dejó, el
arca fue tomada; se vieron privados de su fuerza; sus gritos de triunfo se
convirtieron en gemidos de dolor, su porción fue la vergüenza de la derrota; y
el anciano Elí, a quien podemos considerar como el representante del sistema de
cosas existente, cayó con este sistema, y fue sepultado bajo sus ruinas.
Los capítulos 5 y 6 abarcan el período durante el cual “Icabod” (privado de
gloria) fue escrito sobre la nación de Israel. Durante este tiempo, Dios dejó
de actuar públicamente en favor de Israel, y el arca de su presencia fue
llevada de ciudad en ciudad entre los filisteos incircuncisos. Este período
está lleno de instrucción. El arca de Dios entre extranjeros, e Israel, durante
este tiempo, puesto a un lado, son circunstancias que no pueden dejar de
interesar al espíritu y de cautivar la atención de toda persona que estudia
“Cuando los filisteos capturaron el arca de Dios, la llevaron desde Eben-ezer a
Asdod. Y tomaron los filisteos el arca de Dios, y la metieron en la casa de
Dagón, y la pusieron junto a Dagón” (1 Samuel 5:1-2). Vemos allí el triste y
humillante resultado de la infidelidad de Israel. Con manos descuidadas y con
corazones incrédulos, no supieron guardar el arca de Dios y evitar que fuese
tomada y colocada en el templo de Dagón. ¡De qué manera había faltado Israel!:
dejaron caer todo de sus manos; abandonaron lo más sagrado, y dejaron que fuese
profanado y blasfemado por incircuncisos. Y nótese que éstos consideraron que
la casa de Dagón era suficientemente sagrada para el arca de Jehová, la cual
pertenecía al lugar santísimo. La sombra de Dagón fue sustituida por las alas
de los querubines y los rayos de la gloria divina. Los pensamientos de los
príncipes de los filisteos eran el triunfo de Dagón sobre Jehová, pero no eran
ésos los pensamientos de Dios. Si los israelitas no supieron defender el arca,
porque habían olvidado la gran verdad de que el arca jamás podía separarse de
la presencia de Dios en medio de ellos; si, por otra parte, los príncipes de
los filisteos habían presumido insultar el símbolo sagrado de la presencia
divina, asociándolo de una manera impía con su dios Dagón; si, en una palabra,
los israelitas se habían mostrado infieles y los filisteos profanos, el Dios de
Israel seguía siendo fiel a sí mismo ―fiel a su propia santidad― y
Dagón cae delante del arca de Su presencia. “Y cuando al siguiente día los de
Asdod se levantaron de mañana, he aquí Dagón postrado en tierra delante del
arca de Jehová; y tomaron a Dagón y lo volvieron a su lugar. Y volviéndose a
levantar de mañana el siguiente día, he aquí que Dagón había caído postrado en
tierra delante del arca de Jehová; y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus
manos estaban cortadas sobre el umbral, habiéndole quedado a Dagón el tronco
solamente” (1 Samuel 5:3-4).
Difícilmente
podamos concebir algo más humillante y deprimente, en apariencia, que el estado
en que se encontraba Israel en ese momento de su historia. El arca había sido
arrebatada de en medio del pueblo; ellos demostraron ser indignos e incapaces
de ocupar el lugar de testigos de Dios ante las naciones vecinas; y en cuanto a
los motivos de triunfo que tenían sus enemigos, bastaba con decir: «el arca
está en la casa de Dagón». Desde cierto punto de vista, esto era verdaderamente
terrible; pero, desde otro punto de vista, ¡qué gloria maravillosa vemos
estallar! Israel había faltado, había perdido todo lo que era sagrado y
precioso para él, había dejado que el enemigo arrastrase su honor en el polvo y
pisotease su gloria; pero Dios estaba por encima de todo. Allí se encontraba la
fuente profunda de consuelo para todo corazón fiel. Verdaderamente Dios estaba
allí, y él mismo se mostró en su maravilloso poder y gloria. Si Israel no fue
capaz de defender el arca de Dios, Dios actuará por sí solo. Los príncipes de
los filisteos habían vencido a Israel, pero los dioses de los filisteos caen
prosternados delante de esta arca que, en otro tiempo, había hecho retroceder
las aguas del Jordán. Tal era el triunfo divino. En las tinieblas y la soledad
de la casa de Dagón, allí donde no había ningún ojo para ver, ningún oído para
oír, el Dios de Israel obraba para defender estos grandes principios de verdad
que su pueblo de Israel no había sabido mantener. Dagón cae, y su caída proclama
el honor del Dios de Israel. Las tinieblas del momento sólo proveen a la gloria
divina una ocasión de brillar con todo su esplendor. La escena estaba tan vacía
de la criatura, que el Creador podía desplegar todo Su carácter. Como reza el
refrán: «La extrema necesidad del hombre
es la oportunidad de Dios». La falta y la caída del hombre dieron
lugar a la fidelidad de Dios. Los filisteos demostraron ser más fuertes que
Israel, pero Jehová era más poderoso que Dagón.
Todo
está repleto de instrucción y de aliento para el tiempo presente, cuando, entre
el pueblo de Dios, se advierte una tan triste decadencia en relación con la
devoción y la separación que deberían caracterizarlo. Podemos bendecir al Señor
por la seguridad que nos da de su fidelidad: “El no puede negarse a sí mismo”. “El fundamento de Dios está firme,
teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de
iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:13, 19).
Por eso, hasta en los tiempos más sombríos, él mismo mantendrá su verdad y
suscitará un testimonio para sí, aunque sea en la casa de Dagón. Los cristianos
pueden abandonar los principios de Dios, pero los principios permanecen. Su
pureza, su poder, su virtud celestial, en nada se ven afectados por la
inconstancia y la inconsecuencia de profesantes infieles; y, finalmente, la
verdad triunfará.
Los filisteos querían guardar en medio de ellos el arca de Dios, pero sus
esfuerzos resultaron ser un completo fracaso. No podían hacer que Dagón y
Jehová permaneciesen juntos: era una tentativa impía. “¿Qué concordia tiene Cristo con Belial?” Absolutamente
ninguna. La medida de Dios nunca puede rebajarse, para adaptarse a los
principios que gobiernan a los hombres de este mundo; y querer tener a Cristo
de una mano y al mundo de la otra, no puede sino terminar en vergüenza y
confusión de rostro. Sin embargo, ¡cuántas personas hay que intentan seguir
este camino! ¡Cuántos hay, para quienes la gran cuestión consiste en saber lo
que podrán retener del mundo sin sacrificar el nombre y los privilegios de
cristianos! Es uno de los males más peligrosos, una trampa de Satanás, y, con
toda propiedad, bien puede ser caratulado como el más refinado egoísmo. Es
bastante triste por cierto ver a los hombres andar en la iniquidad y corrupción
de su propio corazón; pero asociar el mal con el santo nombre de Cristo, es la
cima de la perversidad. “Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel:…
He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando,
matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras
dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en
esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para
seguir haciendo todas estas abominaciones?” (Jeremías 7:3, 8-10). Y leemos
también, como uno de los caracteres particulares de los últimos tiempos, que
los hombres “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2
Timoteo 3:5). La forma o apariencia
conviene al corazón mundano, porque sirve para guardar la conciencia
confortable, mientras que el corazón goza del mundo con todos sus atractivos.
¡Qué ilusión! ¡Cuán necesaria es la exhortación del apóstol: “Apártate también de los tales” (2
Timoteo 3:5, VM)! La obra maestra de Satanás consiste en amalgamar las cosas
exteriormente cristianas con las que son decididamente profanas, y él seduce
mucho más por este medio que por otros. Necesitamos una gran sagacidad
espiritual para descubrir esta trampa. ¡Quiera el Señor concedérnosla, pues él
sabe lo mucho que la necesitamos!
Capítulo
7. Sin detenernos más en las valiosas enseñanzas de los capítulos 5 y 6,
pasaremos a considerar brevemente la feliz restauración de Israel, bajo el
ministerio del “sacerdote fiel”.
Israel tuvo que lamentar la ausencia del arca y hacer el duelo durante varios
días; los espíritus languidecían bajo la influencia desecante de la idolatría,
y, por fin, los afectos comenzaron a volverse hacia Jehová. Pero, en este mismo
despertar, podemos ver hasta qué punto el pueblo había descendido. Siempre
ocurre así. Cuando, en otro tiempo, Jacob fue llamado a salir de en medio de
las contaminaciones de Siquem y a ascender a Betel, no tenía sino poca idea de
cuánto él y su familia se habían dejado atrapar en las redes de la idolatría.
Pero el llamado de Dios: “Sube a Bet-el”,
despierta sus energías adormecidas, reaviva su conciencia y agudiza su
percepción moral. Por eso dice a su casa: “Quitad los dioses ajenos que hay
entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos” (Génesis 35:2). La sola
idea de Betel (donde Dios le había aparecido) en contraste con Siquem, ejerció
una influencia revitalizadora en el alma de Jacob y, vuelto a despertar, puede
conducir a los demás con renovado poder.
Lo
mismo ocurre con la posteridad de Jacob, en el capítulo que estamos
considerando. “Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo
vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de
entre vosotros, y preparad vuestro
corazón a Jehová, y sólo a él
servid, y os librará de la mano de los filisteos” (1 Samuel 7:3). Vemos aquí,
hasta dónde habían descendido los israelitas en relación con la casa de Elí. El
primer paso en el mal, es poner su confianza en una forma religiosa, dejando de
lado a Dios, dejando de lado también los principios que dan a la forma su
valor. El paso siguiente es erigir un ídolo. Por eso vemos que Israel dice
primero sobre el arca: “para que… ésta nos salve”, y luego, por boca del
profeta, leemos: “quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros” (1
Samuel 4:3, VM; 7:3).
Lector,
¿no hay en todo esto una solemne advertencia para la iglesia profesante?
Ciertamente que sí. Los días actuales son, de manera particular, un tiempo de
forma sin poder. El espíritu de un formalismo frío y sin influencia, se mueve
en la superficie de las turbulentas aguas de la cristiandad, y pronto todo se
reducirá a la calma de muerte de una profesión falsa, que sólo se romperá por
“la voz del arcángel y con trompeta de Dios” (1 Tesalonicenses 4:17, VM).
Pero
la actitud de Israel en el capítulo 7 forma un contraste perfecto con la escena
del capítulo 4. “Y Samuel dijo: Reunid a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por
vosotros a Jehová. Y se reunieron en Mizpa, y sacaron agua, y la derramaron
delante de Jehová” (una expresión de su débil y desvalida condición), “y
ayunaron aquel día, y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado” (1 Samuel
7:5-6). Era una obra efectiva, y podemos decir: “Dios estaba allí”. No vemos allí la confianza en un mero símbolo o
en una forma sin vida, ninguna pretensión ni vana presunción, ningún ruido ni
ninguna jactancia, todo es real y profundo. Sus lamentos, el agua que derraman,
el ayuno, la confesión, todo indica el gran cambio que se produjo en la
condición moral de Israel. Ahora recurren al “sacerdote fiel”, y, por él, al
mismo Jehová. No hablan ahora de ir a buscar el arca, no; su palabra es:
“Entonces dijeron los hijos de Israel a Samuel: No ceses de clamar por nosotros
a Jehová nuestro Dios, para que (él)
nos guarde de la mano de los filisteos. Y Samuel tomó un cordero de leche y lo
sacrificó entero en holocausto a Jehová; y clamó Samuel a Jehová por Israel, y
Jehová le oyó” (1 Samuel 7:8-9). Allí estaba la fuente de la fuerza de los
israelitas. El cordero de leche ofrecido enteramente a Jehová, daba a las
circunstancias de ellos un nuevo aspecto, era un nuevo punto de partida en el
curso de su historia.
Y
obsérvese que los filisteos parecen haber ignorado por completo todo lo que
había pasado entre Jehová e Israel. Se imaginaban, sin duda, que, al no oírse
gritos de triunfo, los israelitas estaban, si es posible, en una condición más
miserable que antes. No hicieron que la tierra temblara nuevamente a causa de
sus gritos, como en el capítulo 4, pero, ¡ah, había una obra silenciosa, que el
ojo de un filisteo no podía ver y que el corazón de un filisteo no podía
apreciar! ¿Qué podía conocer un filisteo de las lágrimas de arrepentimiento,
del agua derramada, o de un cordero ofrecido en holocausto? Nada. Los hombres de
este mundo sólo pueden tomar conocimiento de lo que yace en la superficie. El
mundo comprende bien la grandeza exterior y las apariencias, la pompa y el
deslumbramiento, el despliegue de la fuerza en la carne, pero nada sabe de los
ejercicios profundos del alma delante de Dios. Y, sin embargo, es esto último
lo que el cristiano debería buscar con más ardor. Una alma ejercitada es algo
de lo más precioso a los ojos de Dios; y con ella Él se complace en permanecer
en todo tiempo. No pretendamos ser algo; tomemos simplemente nuestro verdadero
lugar delante de Dios, y seguramente él será nuestra fuerza y nos dará la
energía según la medida de nuestras necesidades.
“Y
aconteció que mientras Samuel sacrificaba el holocausto, los filisteos llegaron
para pelear con los hijos de Israel. Mas Jehová tronó aquel día con gran
estruendo sobre los filisteos, y los atemorizó, y fueron vencidos delante de
Israel” (1 Samuel 7:10). Tales fueron los felices resultados de la confianza en
Dios y de la espera en “el Dios de los escuadrones de Israel”. Fue algo
semejante al glorioso despliegue del poder de Jehová en las orillas del mar
Rojo. “Jehová es varón de guerra”
cuando su pueblo necesita de él, y cuando su fe puede contar con él para
hallar ayuda “en tiempo oportuno”. Cuando los israelitas dejaban que Jehová
combatiese por ellos, él siempre estaba dispuesto a aparecer, espada en mano, a
favor de ellos; pero toda la gloria
debe pertenecerle. Los vanos gritos de triunfo de Israel deben dar paso al
silencio, a fin de que la voz de trueno de Jehová pueda oírse claramente. ¡Qué
bueno es permanecer en silencio, y dejar que Jehová hable! ¡Qué poder en su
voz! Es el poder que trae la paz al alma de su pueblo, y que infunde terror en
el corazón de sus enemigos. “¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu
nombre?” (Apocalipsis 15:4).
Capítulo
8. Tenemos aquí un paso decisivo en el establecimiento de un rey sobre Israel.
“Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre
Israel... Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se
volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho” (1
Samuel 8:1, 3) ¡Triste cuadro! Es el del hombre en cada época. El hombre, en
todo tiempo, se corrompió a sí mismo y corrompió todo lo que le fue confiado a
su cuidado a la primera oportunidad. Moisés y Josué vieron de antemano el
alejamiento de Israel después de su partida (Deuteronomio 31:29; Josué
23:15-16). Y Pablo pudo decir a los ancianos de Éfeso: “Yo sé que después de mi
partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al
rebaño” (Hechos 20:28). Pues bien, apenas Israel se recuperó de los efectos de
la inmoralidad de los hijos de Elí, sintió los tristes resultados de la
avaricia de los hijos de Samuel, y fue así empujado a la senda que finalmente
condujo al rechazo de Jehová y al establecimiento de Saúl como rey. “Habiendo
Samuel envejecido, (él) puso a sus
hijos por jueces sobre Israel”. Algo muy diferente, por cierto, de un llamado
de Dios. La fidelidad de Samuel no garantizaba de ningún modo la de sus hijos.
Es lo que se pudo ver en la tan alabada teoría de la sucesión apostólica. Y
¿qué clase de sucesores hubo? ¿Se parecieron en algo a sus predecesores? Pablo
podía decir: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hechos 20:33).
Sus pretendidos sucesores, ¿pueden decir lo mismo? Samuel podía decir: “Aquí
estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he
tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a
alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar
mis ojos con él” (1 Samuel 12:3). ¡Pero, lamentablemente, los hijos y sucesores
de Samuel no podían decir esto!; para ellos, las “ganancias deshonestas” eran
el principal móvil de sus acciones.
Ahora
bien, vemos, en este capítulo, que los israelitas se aprovecharon de esta
perversa conducta de los hijos de Samuel, como una razón aparente para demandar
un rey. “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por
tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5). ¡Qué decadencia!
Israel consiente en descender al nivel de las naciones que lo rodean, y eso
porque Samuel era viejo y porque sus hijos se habían vuelto “tras la avaricia”.
Jehová es excluido. Si los israelitas hubiesen levantado los ojos hacia Él, no
habrían tenido ninguna razón para procurar ponerse bajo la tutela de un pobre
mortal, semejante a sí mismos. Pero la capacidad de Jehová, para guardarlos y
guiarlos, tenía poca cabida en sus pensamientos. No ven nada más allá de Samuel
y sus hijos; si no podían obtener ninguna ayuda de parte de ellos, entonces de
inmediato habrán de descender de su alta posición como pueblo que tiene a
Jehová por Rey, y hacerse semejantes a las naciones vecinas, las cuales tienen
una cabeza humana. Para el viejo hombre, es demasiado difícil mantenerse mucho
tiempo en la posición de fe y de dependencia; sólo el sentimiento efectivo de
una necesidad apremiante puede mantenernos apegados a Dios. En el capítulo 7,
no es de ninguna manera cuestión de un rey: Dios era todo y en todos para
Israel. Pero ahora no es así: Dios es excluido, y un rey es el objeto predominante.
Pronto veremos a qué triste resultado conduce todo esto.
Capítulos
9-13. Estos capítulos nos dan a conocer el carácter de Saúl, su unción y el
comienzo de su reinado. No nos detendremos mucho tiempo en esto, dado que
nuestro principal objetivo en esta introducción, es llamar la atención del
lector respecto de los pasos que condujeron al establecimiento de un rey en
Israel.
Saúl
era muy particularmente el hombre según el corazón de Israel. Tenía todo lo que
la carne desea: era “joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro
más hermoso que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo” (1
Samuel 9:2). Todo esto era muy imponente para los que miran sólo la apariencia;
pero ¿qué había debajo de este atractivo exterior? Toda la conducta de Saúl
lleva la huella del más profundo egoísmo y del más grande orgullo, arropados
bajo el manto de la humildad. Cuando Saúl se esconde, es sólo con el fin de
aparecer luego de una manera más imponente. Con el corazón lleno de
pensamientos de realeza, guarda a este respecto el más profundo secreto hacia
su tío; con todos sus pensamientos vueltos hacia la corona, se esconde entre el
bagaje, a fin de convertirse en el objeto de mayor atención de toda la
asamblea. En cada ocasión donde lo vemos aparecer, podemos sólo reconocer en él
a un hombre profundamente egoísta, lleno de su propia importancia y
completamente insumiso. Es verdad que el Espíritu viene sobre él, como sobre
alguien puesto aparte para ocupar un cargo en medio del pueblo de Dios; pero Saúl
era en todo una persona que sólo buscaba su propio interés, y empleaba el
nombre de Dios sólo para sus propios fines, y las cosas de Dios como un
pedestal para realzar su propia gloria2.
La
escena que tiene lugar en Gilgal es muy característica y hace resaltar el
principio que hacía actuar a Saúl. Impaciente de esperar el momento fijado por
Dios, “se esforzó” y “ofreció el holocausto” (1 Samuel 13:12); pero debe oír de
los labios de Samuel estas solemnes palabras: “Locamente has hecho; no
guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora
Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu
reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al
cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú
no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 Samuel 13:13-14). Es el resumen de
todo, en lo que toca a Saúl: “Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento
de Jehová… tu reino no será duradero”. ¡Solemnes verdades! Saúl, el rey según
el corazón del hombre, es puesto a un lado, para dar lugar al hombre según el
corazón de Dios. Los hijos de Israel tuvieron numerosas ocasiones de poner a
prueba el carácter de aquel que habían escogido para conducirlos y combatir en
sus batallas. La caña en la cual tanto habían deseado apoyarse, se había roto,
e iba a perforarles la mano. El rey según el hombre, ¡Ay!, ¿qué era y qué podía
hacer? ¿Qué resulta en una circunstancia difícil; cómo actuará? La agitación y
el sentimiento de su propia importancia caracterizan todas sus acciones.
Ninguna dignidad, ninguna santa confianza en Dios, ninguno de sus actos que
esté regido por los principios de la verdad. Todo es el «yo» por donde se lo
vea, y esto, en las ocasiones más solemnes, actuando al mismo tiempo, en
apariencia, para Dios y para su pueblo. Tal era el rey que agradaba al hombre.
Capítulo
15. Este bello capítulo presenta un contraste sorprendente entra la eficacia de
lo que Israel había deseado y obtenido para ser conducido, y la del antiguo principio de una fe simple en
Dios. Saúl se sienta debajo de un granado, símbolo, podemos decir, de un vano
despliegue de grandeza sin el menor poder real. Su hijo Jonatán, al contrario,
actuando en un espíritu de fe, se convierte en el feliz instrumento de
salvación para Israel. Israel, en su incredulidad, había pedido un rey para
conducir sus guerras, y se imaginaba, seguramente, que, habiendo obtenido el
objeto de sus deseos, ningún enemigo podría hacerle frente. Pero ¿era así? Una
palabra del capítulo 13 nos dará la respuesta: “y todo el pueblo iba tras él temblando” (v. 7). ¡Qué cambio! ¡Cuánto
diferían de ese ejército poderoso que en otro tiempo había seguido a Josué,
marchando contra las fortalezas de Canaán! Ahora, tenían a su cabeza al rey
deseado, pero Dios no estaba allí, y por eso tiemblan. Que el hombre tenga la
apariencia más imponente, sin el sentimiento de la presencia de Dios, es la
debilidad misma; pero que Dios esté en su poder allí, y nada le puede resistir.
En otro tiempo, Moisés, con una simple vara en su mano, había realizado
milagros; pero ahora, Israel, que tiene delante de sí al hombre según su
corazón, no puede sino temblar delante de sus enemigos: “Todo el pueblo iba
tras él temblando” ¡Qué humillación! “No, sino que habrá rey sobre nosotros; y
nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará
nuestras guerras” (1 Samuel 8:19-20). He aquí lo que habían dicho los hijos
de Israel. Pero verdaderamente “mejor
es confiar en Jehová que confiar en príncipes” (Salmo 118:19). Jonatán
lo experimentó de una manera bendita. Marcha contra los filisteos en el poder
de esta palabra: “No es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos” (1
Samuel 14:6). Era “Jehová” quien llenaba su alma, y, teniéndolo a Él, “muchos o
pocos” no hacía ninguna diferencia. La fe jamás toma en cuenta las
circunstancias; para ella es: o Dios o nada.
Y
nótese el cambio que se produce en las circunstancias de Israel, desde el
momento que la fe comienza a actuar entre ellos. Son, ahora, los filisteos
quienes tiemblan: “Y hubo temblor en el campamento, en el campo y entre toda la
gente; y la guarnición y los merodeadores también temblaron; la tierra también
se sacudió; de modo que vino a ser un temblor muy grande” (1 Samuel 14:15, VM).
La estrella de Israel brillaba de nuevo, simplemente porque Israel actuaba
sobre el principio de la fe. Jonatán no miraba a su padre Saúl para la
liberación, sino a Jehová; sabía que “Jehová
es varón de guerra”, y en él se apoyaba para ver a Israel librado de sus
enemigos en el día de la angustia. ¡Feliz dependencia! No hay nada semejante.
Las ordenanzas humanas perecen, los recursos humanos se desvanecen, pero “los que confían en Jehová son como el monte
de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre” (Salmo 125:1); “vino
a ser un temblor muy grande” porque Dios mismo estaba provocando el terror en
los corazones de los filisteos y llenaba a los israelitas de gozo y de triunfo.
La fe de Jonatán fue reconocida por Dios; los mismos israelitas que habían
huido anteriormente del campo de batalla a las montañas, se sintieron
reafirmados, y se pusieron a perseguir a los filisteos. Así ocurre siempre; no
podemos marchar en el poder de la fe sin dar un impulso a los demás, y, por
otra parte, un solo corazón cobarde basta para detener a un gran número. La
incredulidad, además, desvía siempre a uno del campo de batalla o de servicio,
mientras que la fe, de seguro, conduce a él.
Pero
¿qué hace Saúl en todo esto? ¿Cómo coopera con el hombre de fe? Era
absolutamente incapaz de actuar sobre este principio. Se sienta debajo de un
granado, sin fuerza para inspirar ánimo a los corazones de aquellos que lo
habían elegido como su jefe y, cuando se pone en movimiento, o más bien cuando
se agita, no hace otra cosa que entorpecer, por su locura y precipitación, los
preciosos resultados de la fe.
El
capítulo 15 nos da a conocer la prueba final y el rechazo del rey según el
corazón del hombre.
“Ve,
pues, y hiere a Amalec” (1 Samuel
15:3), tal es la palabra de Jehová, y la piedra de toque que realmente va sacar
a luz el estado moral del corazón de Saúl. Si hubiera sido recto delante de
Dios, su espada no habría sido envainada antes de que la simiente de Amalec
hubiese dejado de existir. Pero el resultado mostró que Saúl tenía demasiadas
cosas en común con Amalec, para ejecutar hasta el final la sentencia divina.
¿Qué había hecho Amalec? “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo
que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto” (1
Samuel 15:2). En una palabra, el pensamiento espiritual ve a Amalec como el
primer gran obstáculo en la marcha de los redimidos que suben de Egipto a
Canaán, y sabemos lo que actúa de la misma manera con respecto a aquellos que,
ahora, salen del mundo para seguir al Señor Jesús.
Ahora
bien, Saúl acababa justamente de mostrarse como un obstáculo en el camino del
hombre de fe. En realidad, toda su marcha estaba en oposición a los principios
de Dios. ¿Cómo pues habría podido destruir a Amalec? Era imposible. Saúl
perdonó “a Agag” (v. 9). Saúl y Agag encajaban demasiado bien el uno con el
otro, y Saúl no tenía la fuerza para ejecutar el juicio de Dios sobre el gran
enemigo de su pueblo. Y obsérvese la ignorancia de este desdichado hombre y
cuánto se complace a sí mismo. “Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo:
Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido
la palabra de Jehová” (v. 13). ¡Qué tristes son estas palabras! “He
cumplido la palabra de Jehová” —dice—, ¡y Agag, el rey de los amalecitas,
todavía vivía! ¡Oh, qué terribles ilusiones se hace un alma que no anda
rectamente con Dios! “¿Qué balidos de ovejas son estos que resuenan en
mis oídos?” dice Samuel (v. 14, VM). ¡Solemne pregunta, que escudriña el
corazón! Estas palabras debían de haber llegado al fondo del corazón de Saúl.
Pero no; busca un recurso vano en un hecho que puede parecer plausible al
corazón natural: “para ofrecer
sacrificios a Jehová”: pobre recurso para el corazón desobediente. Como si
Jehová pudiese aceptar un sacrificio de uno que anda en abierta rebelión contra
su mandamiento. Hay más de uno que, desde los días de Saúl, procuró ocultar su
espíritu de desobediencia bajo el manto de «un sacrificio a Jehová». También la
respuesta de Samuel a Saúl es siempre de aplicación universal: “¿Se complace
Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las
palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el
prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de
adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación”. No
importa de qué valor sea el sacrificio, un solo acto de obediencia a la voz del
Señor le es infinitamente más precioso. El Señor no busca las ofrendas, sino la
obediencia: un corazón sumiso y un espíritu dócil lo glorifican más que el
sacrificio de “los ganados que pacen sobre mil colinas” (Salmo 50:10,
VM).
¡Qué
importante es que este gran principio se grabe profundamente en nuestras
conciencias, en estos días cuando tantos encubren todo tipo de desobediencia
bajo las palabras: «¡sacrificio! ¡Sacrificio!»! “Obedecer es mejor que los sacrificios”. Es infinitamente
preferible que la voluntad esté sometida a Dios, que cargar el altar con los
sacrificios más preciosos. Cuando la voluntad está sometida, todo toma su
verdadero lugar; pero para aquel cuya voluntad está en oposición a la de Dios,
hablar de sacrificios no es sino una vana decepción. Dios no mira la cantidad
de sacrificio, sino el corazón de donde proviene. Veremos siempre que todos
aquellos que, en el espíritu de Saúl, hablan de sacrificar a Jehová, esconden
en el fondo del corazón algún interés egoísta —algún Agag— “lo mejor de las
ovejas y del ganado mayor”, algo que agrada a la carne y que tiene más
influencia que el verdadero servicio y el verdadero culto de Dios.
¡Que
todos aquellos que leen estas páginas procuren conocer la verdadera bendición
que se encuentra en una voluntad enteramente sometida a Dios! Allí se
experimenta el precioso reposo que el manso y humilde Salvador prometió a todos
aquellos que están cansados y cargados, el mismo reposo del que él mismo gozaba
cuando decía: “¡Gracias te doy, oh Padre… porque
así pareció bueno a tu vista!” (Lucas 10:21, VM). El inquieto y ambicioso
Saúl no conocía nada de todo esto. Su voluntad no estaba de acuerdo con la de
Dios respecto a Amalec. Dios le había dicho que destruyese enteramente ese
pueblo, pero su corazón quería reservar una parte que, para él, al menos, parecía buena y deseable; estaba dispuesto a
cumplir la voluntad de Dios respecto a “todo lo que era vil y despreciable”, pero pensaba poder hacer ciertas excepciones,
como si la línea de demarcación entre lo que era “despreciable” y lo que era
“bueno”, debía ser trazada por él, y no según el infalible juicio de Aquel que
veía a Amalec desde su verdadero punto de vista, y no consideraba, en la
refinada delicadeza de Agag, nada que no fuese vil y despreciable. Dios veía en
Agag a aquel que, con todo su refinamiento, se opondría a Israel más
fuertemente que nunca. Este era el fundamento de su controversia con Amalec, y
que Saúl era absolutamente incapaz de comprender y de apreciar.
El
fin del capítulo muestra claramente cuál era la corriente de los pensamientos y
de los deseos de Saúl. Recién acababa de oír el solemne llamado de Samuel y las
declaraciones de Dios contra él; declaraciones que concluían con estas solemnes
palabras: Entonces Samuel le dijo: “Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de
Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú” (v. 28). Estas palabras
fulminantes todavía resonaban en sus oídos, pero tan lleno estaba de sí mismo
que puede decir: “Te ruego que me honres
delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel” (v. 30). Tal era
Saúl. “El pueblo”, alega, “perdonó” lo que debía ser destruido (v. 15), la
falta fue de ellos, pero, a mí, «hónrame». ¡Qué vanidad! ¡Un corazón sumido en
la iniquidad y que busca el honor de parte de gusanos como él! Rechazado por
Dios en cuanto al cargo que le había sido confiado, se aferra al pensamiento de
ser honrado delante de los hombres. Parece que, con tal de conservar su lugar
en la estima de su pueblo, poco importa lo que Dios piensa de él. Pero Dios lo
había desechado, y el reino había sido desgarrado de él; no importaba demasiado
que Samuel volviese con él y estuviese presente, mientras Saúl cumpliera sus
formas de culto a Jehová, a fin de no perder su rango e influencia a los ojos
del pueblo.
“Después
dijo Samuel: Traedme a Agag rey de Amalec. Y Agag vino a él alegremente. Y dijo
Agag: Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte. Y Samuel dijo: Como tu
espada dejó a las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las
mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos
a Agag delante de Jehová en Gilgal” (v. 32-33). La finura de Agag no podía
engañar a aquel que fue enseñado por Dios. ¡Qué notable también es ver a Samuel
cortando en pedazos a Agag en Gilgal!
Era el lugar donde el oprobio de Egipto había sido quitado de Israel (Josué
5:9); y, recordando la historia del pueblo, encontramos a Gilgal asociado con
el poder sobre el mal. Y allí el amalecita encuentra su fin bajo la mano del
justo Samuel. Esto es muy instructivo. Cuando el alma realiza su plena
liberación de Egipto, por el poder de la muerte y la resurrección, se encuentra
en la mejor posición para obtener la victoria sobre el mal. Si Saúl hubiese
conocido algo del espíritu y del principio de Gilgal, no habría perdonado a
Agag. Había estado dispuesto a ir a Gilgal para renovar “allí el reino”
(capítulo 11:14-15), pero no con la intención de quebrantar y poner de lado
allí todo lo que agradaba a la carne. Pero Samuel, actuando con la energía del
Espíritu de Dios, trata a Agag según los principios de la verdad, porque está
escrito: “Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación” (Éxodo
17:16). El rey de Israel debería haber
sabido esto.
Ahora
vamos a nuestro tema, tan rico y variado: la vida y los tiempos de David, rey de
Israel. En toda
Saúl
había sido rechazado, según los designios de Dios. Había sido pesado en la
balanza y hallado falto; el reino iba a ser arrebatado de su mano y entregado a
un hombre según el corazón de Dios. Este hombre debía ocupar el trono, para la
gloria de Dios y para la bendición de Israel. “Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo
llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel?” (1
Samuel 16:1). Estas palabras nos introducen en el secreto del dolor de Samuel
con respecto a Saúl durante el largo período de su separación de él. En el
último versículo del capítulo 15, leemos: “Y Samuel no volvió a ver más a Saúl,
hasta el día de su muerte; Samuel empero lamentaba a Saúl” (VM). Era natural.
Había, en la triste caída de este desdichado hombre, muchas cosas susceptibles
de afectar profundamente el corazón. En otro tiempo, hizo brotar de la boca del
pueblo este grito: “¡Viva el rey!” (capítulo 10:24). Más de una mirada, sin
duda, más de un corazón lleno de entusiasmo, se había detenido sobre este varón
“joven y hermoso”, y ahora, todo esto se esfumó. Saúl fue rechazado por Dios, y
Samuel se había visto forzado a tomar respecto de él un lugar de entera
separación. Era la segunda persona que Samuel veía despojada de su cargo. Al
principio de su carrera, había sido portador de malas noticias para Elí; y,
ahora, al término de su curso, había sido encargado de anunciar a Saúl el
juicio de Dios sobre su conducta. Sin embargo, Samuel fue llamado a entrar en
los pensamientos de Dios con respecto a Saúl. “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl,
habiéndolo yo desechado?”. La comunión con Dios nos conduce siempre a estar
conformes con Sus caminos. El sentimentalismo puede llorar por las grandezas
perdidas, pero la fe echa mano de la gran verdad de que el infalible consejo de
Dios debe permanecer, y que él hará todo cuanto quiera (Isaías 46:10). La fe no
podría derramar una sola lágrima por Agag, ni por un Saúl rechazado, porque
siempre está en armonía con el pensamiento de Dios, ya sea que a Él le plazca
rebajar o elevar a alguien. Hay una inmensa diferencia entre el sentimentalismo
y la fe: mientras el primero se sienta a llorar, el otro se levanta y llena su
cuerno de aceite.
Es
bueno examinar bien este contraste. Somos muy propensos a dejarnos llevar por
el mero sentimiento, lo que es a menudo extremadamente peligroso. En la medida en
que proviene de la naturaleza, habrá de fluir en una corriente diferente de la
corriente de los pensamientos del Espíritu de Dios. Ahora bien, el remedio más
eficaz contra la nefasta actividad del sentimiento, es una firme, profunda,
cabal y permanente convicción de la realidad del propósito de Dios. En
presencia de esta convicción, el sentimentalismo se marchita y muere, mientras
que la fe vive y florece en la atmósfera de los pensamientos de Dios. La fe
dice: “Yo te alabo, oh Padre”, para los acontecimientos y las circunstancias,
los propósitos y los consejos, que asestan el golpe mortal a las emociones del
sentimentalismo. Este importante principio está puesto ante nosotros de manera
muy notable en el primer versículo del capítulo 16: “¿Hasta cuándo estarás
lamentando?... Llena tu cuerno de aceite, y anda, que yo te enviaré a
Isaí bet-lehemita; porque de entre sus hijos me he provisto de rey” (VM). Sí;
“¿hasta cuándo te estarás lamentando?”, es la cuestión. El dolor humano se hace
sentir hasta que el corazón haya encontrado el reposo en los abundantes
recursos del Dios de bondad. Todos los vacíos que dejan en el corazón los
acontecimientos humanos, pueden ser llenados solamente por el poder de la fe en
estas preciosas palabras: “He provisto”.
Esto realmente lo resuelve todo, seca las lágrimas, alivia los dolores, llena
los vacíos. Desde el momento que el espíritu reposa en los recursos del amor de
Dios, se pone fin a todas las murmuraciones. ¡Ojalá que todos podamos conocer
el poder y las diversas aplicaciones de esta verdad! ¡Que podamos saber lo que
es tener nuestras lágrimas enjugadas y nuestro cuerno lleno de la convicción
del tierno amor, la sabiduría y los recursos de nuestro Padre! Es una bendición
rara; es difícil elevarse completamente por encima de la región de los
pensamientos y los sentimientos humanos. Hasta un Samuel aparece objetando el
mandamiento divino, y manifestando lentitud para correr en el camino de la
simple obediencia. Jehová dice: “Ve”, y Samuel responde: “¿Cómo iré?” ¡Extraña pregunta! Pero ¡qué bien muestra la condición
moral del corazón humano! Samuel había estado lamentándose por Saúl, y ahora
que es enviado para ungir a otro en su lugar, dice: “¿Cómo iré?” La fe jamás
habla así. No hay ningún “cómo” en su vocabulario. No; tan pronto como el
mandamiento divino traza la senda, la fe se apresura a emprenderla, en
voluntaria obediencia y sin tener en cuenta las dificultades.
Sin
embargo, Jehová, en su bondad, viene para despejar la dificultad de su siervo:
“Jehová respondió: Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A ofrecer
sacrificio a Jehová he venido” (1 Samuel 16:2). Así pues, con un sacrificio y
con su cuerno lleno de aceite, sube a la ciudad de David, donde un joven
desconocido y de quien ignoraba los designios de Dios para con él, apacentaba
algunas ovejas en el desierto.
Entre
los hijos de Isaí, parece haber habido algunos bellos ejemplares de la
naturaleza humana, sobre los cuales Samuel, si se hubiese dejado llevar por su
propio juicio, habría fijado los ojos, para darles la corona de Israel. “Y
aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante
de Jehová está su ungido” (v. 6). Pero no fue así. Los dones naturales y lo que
llama la atención del hombre, no tienen nada que ver con la elección de Dios.
Él mira lo que hay debajo de la superficie dorada de los hombres y de las
cosas, y juzga todo según Sus infalibles principios. El capítulo 17 nos hace
conocer algo del espíritu altivo y autosuficiente de Eliab. Pero el Señor no
pone su confianza en la estatura de un hombre; Eliab no era aquel que había
escogido. Es una cosa notable, en este capítulo, ver a Samuel errar tan a
menudo. Su duelo por Saúl, su negativa o más bien su vacilación cuando se trata
de ir a Belén a ungir a David, su error en lo tocante a Eliab, todo muestra
cuán extraviado estaba de los caminos de Dios. La palabra que Jehová le envía
es muy seria: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo
lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo
que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (v. 7). He aquí la
gran diferencia, «la apariencia exterior»,
y «el corazón». Samuel mismo habría
estado muy cerca de ser seducido por la primera de estas cosas, si Jehová no
hubiese intervenido para enseñarle el valor de la segunda. “No mires a su
parecer”. ¡Memorables palabras!
“Entonces
llamó Isaí a Abinadab, y lo hizo pasar delante de Samuel, el cual dijo: Tampoco
a éste ha escogido Jehová. Hizo luego pasar Isaí a Sama. Y él dijo: Tampoco a
éste ha elegido Jehová. E hizo pasar Isaí siete
hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha
elegido a éstos” (v. 8-10). Así pues, la perfección de la naturaleza humana,
por decirlo así, pasa delante del profeta, pero en vano; la naturaleza no puede
producir nada para Dios ni para su pueblo. Y lo que es notable en todo esto, es
que Isaí no piensa en absoluto en David. El joven rubio estaba en la soledad
del desierto con las ovejas, y ni siquiera se le pasó por la mente a Isaí,
mientras éste hacía pasar delante del profeta lo más selecto de su familia.
Pero, ¡ah!, los ojos de Jehová estaban puestos en este joven olvidado, y
contemplaba en él a aquel del cual, según la carne, debía venir Cristo, para
ocupar el trono de David y reinar para siempre sobre la casa de Israel. “Jehová
no mira lo que mira el hombre”; porque “lo necio del mundo escogió Dios, para
avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a
lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es,
para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. (1
Corintios 1:27-29). Si Eliab, Abinadab, Sama o algún otro de los siete hijos de
Isaí hubiera sido ungido, la carne habría podido vanagloriarse delante de Dios,
pero desde el momento que David, el joven olvidado, aparece en la escena,
reconocemos en él a aquel que le dará toda gloria al Dios que iba a poner el
cetro en su mano. David se presenta ante nosotros como el tipo del Señor Jesús
que, cuando estuvo entre los hombres, fue despreciado y olvidado; y veremos, a
medida que avancemos en la instructiva historia del hijo más joven de Isaí,
cuán sorprendentemente prefigura al verdadero amado de Dios.
“Entonces
dijo Samuel a Isaí: ¿Son éstos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el
menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no
nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le
hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová
dijo: Levántate y úngelo, porque éste es”
(v. 11-12). “Queda aún el menor”, decía Isaí, quien seguramente pensaba: no
puede ser él el elegido. El hombre no puede comprender los pensamientos de
Dios. El instrumento del que Dios va a servirse, es ignorado y despreciado por
los hombres. Pero Dios ha dicho: “Levántate y úngelo, porque éste es”: la respuesta perfecta que Dios da a los
pensamientos de Samuel y de Isaí.
Es
interesante también observar la ocupación de David. “Apacienta las ovejas”. A
esto se refiere luego Jehová, cuando le dice a David: “Yo te tomé del redil, de
detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel”
(2 Samuel 7:8). Nada podría ilustrar más dulcemente los pensamientos de Dios
acerca del oficio real, que el trabajo de un pastor. Si el rey no desempeña su
oficio en el espíritu de un pastor, su propósito se verá frustrado. El Rey
David había captado perfectamente este punto, como puede observarse en estas
conmovedoras palabras: “Estas ovejas,
¿qué han hecho?” (2 Samuel 24:17, VM). El pueblo eran las ovejas de Jehová, y
David, como su pastor establecido sobre ellas por Jehová, las guardaba sobre
los montes de Israel, de la misma manera que había guardado las ovejas de su
padre en los lugares apartados cerca de Belén. No cambió su carácter cuando fue
del redil al trono y cuando cambió el cayado por el cetro. No; todavía era el
pastor, y sentía la responsabilidad de proteger a las ovejas del Señor contra
los leones y los osos que merodeaban siempre alrededor del rebaño. La alusión
del profeta al verdadero David es muy bella y conmovedora, cuando habla de
Israel en los días venideros: “Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán para
rapiña; y juzgaré entre oveja y oveja. Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él
las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor.
Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo
Jehová he hablado” (Ezequiel 34:22-24). En el capítulo 10 de Juan, el Señor se
presenta como el fiel y buen Pastor, que ama y cuida a su rebaño; y no
podríamos dudar de que las palabras del Señor en el capítulo 6 del mismo
evangelio, hacen más o menos referencia a su carácter de pastor: “Y esta es la
voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo
nada, sino que lo resucite en el día postrero”. Tenemos aquí un importante
principio de verdad. Independientemente de su amor personal por las ovejas,
amor tan maravillosamente demostrado por su vida y su muerte, el Señor Jesús,
en el pasaje que acabamos de citar, se presenta como responsable
―voluntariamente, sin duda― hacia su Padre, de guardar cada oveja
de su preciado y amado rebaño a través de todas las vicisitudes de su curso, e
incluso en la muerte, y de presentarla en el día postrero en la resurrección en
gloria. Tal es el Pastor a quien la mano del Padre nos confió; y ¡cómo nos ha
provisto para el tiempo y para la eternidad, colocándonos en tales manos, en
las manos de un Pastor siempre vivo, todopoderoso, que siempre nos ama, cuyo
amor las muchas aguas no pueden apagar, cuyo poder ningún enemigo puede
resistir, que tiene en su mano las llaves de la muerte y del Hades, y que
adquirió su derecho sobre su rebaño poniendo su vida por él! Podemos decir de
verdad: “Jehová es mi pastor; nada me
faltará”. ¿Cómo podríamos estar necesitados, cuando es Jesús quien nos
apacienta? Esto es imposible. Nuestros corazones insensatos pueden desear
alimentarse a menudo de pastos malsanos, y nuestro Pastor puede tener que
mostrarnos los cuidados de su gracia en nosotros privándonos de los tales, pero
una cosa es cierta: que aquellos a los que Jesús apacienta “no tendrán falta de ningún bien”
(Salmo 34:10).
Hay,
en el carácter de pastor, algo que parece estar completamente en armonía con el
pensamiento divino. Encontramos, en efecto, al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo, actuando en este carácter. El Salmo 23, en su primera aplicación, puede
considerarse como la experiencia de Cristo, complaciéndose en la seguridad de
que su Padre lo conduce y vela por él como un pastor. Luego, el capítulo 10 del
evangelio de Juan, nos muestra al Hijo como el buen Pastor. Y, por último, en
Hechos capítulo 20, y en 1 Pedro 5, vemos al Espíritu Santo actuando como tal,
suscitando y dotando para su obra, a los pastores subordinados. Es edificante
para el alma, observar cómo nuestro Dios se nos presenta en las relaciones que
implican los más tiernos cuidados, y que son las mejor calculadas para atraer
nuestros afectos y ganar nuestra confianza. ¡Bendito sea su nombre para
siempre! Sus caminos son todos perfectos: nadie hay semejante a él.
Fijemos
nuestra atención en el contraste que existe entre las circunstancias en las
cuales Samuel encontró a David, y aquellas en que encontró a Saúl. Recordemos
que Saúl había ido a buscar las asnas de su padre, cuando entró en contacto con
Samuel. No interpreto el hecho, solamente lo menciono. Creo que tiene un
significado en cuanto a los futuros caminos de Saúl, así como la ocupación de
David en el redil de las ovejas, anunciaba su futura carrera como pastor de
Israel3. Cuando vemos a David cuidando las ovejas
de su padre en el desierto, despreciado o poco considerado en el círculo de su
familia, somos conducidos a ver en el futuro algo que corresponderá a lo que
era entonces, y no nos equivocamos. Asimismo, cuando consideramos a Saúl yendo
en busca de las asnas de Cis, no podemos dejar de suponer que habrá en su
carácter y sus costumbres subsiguientes, algo que recordará esta circunstancia.
Los pequeños detalles a menudo llevan con ellos una gran enseñanza. Los afectos
de David y su tierna solicitud para con el rebaño del Señor, junto con su
abnegación, pueden verse ya en las circunstancias donde se encuentra
introducido ante nosotros; y, por otra parte, podemos entrever ya el espíritu
ambicioso y personal de Saúl en el objeto de sus pretensiones, cuando se
encuentra con Samuel. No hago hincapié en estos hechos, dejando al lector el
cuidado de considerarlos con la luz que el Señor le de. Solamente recordaré,
que nada puede ser insignificante de lo que, a lo largo de las Escrituras, el
Espíritu Santo apuntó respecto de hombres que presentan un contraste tan
sorprendente, y que, tanto uno como otro, ocupan un lugar tan importante en la
historia del pueblo de Dios.
Lo
que vemos sobre todo, es la gracia que toma, por conductor del pueblo de Dios,
a aquel en quien se manifestaban los rasgos de carácter tan bien adaptados a la
obra que debía cumplir. “Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en
medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino
sobre David” (1 Samuel 16:13). David está pues ahora ante nosotros como el
ungido de Jehová, y tenemos que seguirle en las vicisitudes de su vida errante,
mientras es rechazado por los hombres y espera el reino.
Tan
pronto como el aceite de la unción de parte de Jehová fue derramado sobre
David, éste es llamado a dejar su lugar de retiro y a presentarse ante Saúl, el
rey desechado por Dios y atormentado por un espíritu malo. Este pobre hombre
necesitaba los dulces sonidos del arpa de David para neutralizar la influencia
de este espíritu que, día tras día, lo atormentaba. ¡Miserable hombre! ¡Triste
resultado al que condujo una vida llena de la búsqueda de sí mismo!
David
no vacila en tomar la posición de siervo,
en la casa misma de aquel que pronto se mostrará como su más encarnizado
enemigo. Poco le importaba dónde servía o lo que tenía que hacer: proteger las
ovejas de su padre de los leones y los osos, o expulsar al espíritu malo de
Saúl. De hecho, desde el momento que su historia se inicia, David es visto como
siervo, dispuesto a cumplir todo tipo de trabajo; y en el valle de Ela se
manifiesta de manera muy sorprendente su carácter de siervo.
Saúl
parece no haber podido ni imaginar quién era aquel que estaba ante él, cuyos
armoniosos acordes refrescaban su turbado espíritu; ignoraba que tenía ante sí
al futuro rey de Israel. “Y él le amó mucho, y le hizo su paje de armas” (v.
21). El egoísta Saúl estaba contento de usar los servicios de David en sus
necesidades, aunque dispuesto a derramar su sangre en cuanto comprendiera quién
y qué era.
Pero
fijemos la mirada en las escenas tan interesantes que se desarrollan en el valle
de Ela. “Los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra” (1 Samuel 17:1).
Llegamos a algo muy apropiado para hacer resaltar el verdadero carácter y el
valor respectivo de Saúl y de David, del hombre de la forma y del hombre del
poder. Es la prueba que pone en evidencia lo que hay de real en los recursos de
un hombre. Saúl ya había sido probado, pues “todo el pueblo iba tras él
temblando”, y difícilmente estaba en condiciones de mostrarse, en esta nueva
ocasión, como el jefe adecuado para animar y sostener los corazones. Un hombre
abandonado por Dios y afligido por un espíritu malo, no era el más apropiado
para estar a la cabeza de un ejército delante del enemigo, ni para combatir
cuerpo a cuerpo con el poderoso gigante de Gat.
El
conflicto en el valle de Ela está caracterizado de una manera muy especial por
la propuesta que hace Goliat de dirimir la cuestión en un combate singular. Era
el verdadero medio de conocer el valor de un individuo. No se trataba, como en los casos ordinarios, de combatir
ejército contra ejército, sino de saber qué hombre de todo el ejército de
Israel querría aventurarse contra el terrible enemigo incircunciso. De hecho,
era evidente que Dios quería hacer sentir una vez más a Israel que, como
pueblo, estaba absolutamente sin fuerza, y que, al igual que en los días
pasados, su único recurso para ser librado era el brazo de Jehová, dispuesto
todavía a mostrarse y a actuar como “varón
de guerra”, siempre que la fe se dirigiera a él como tal.
Durante
cuarenta días, el filisteo se acercó y se presentó a los ojos del desdichado
Saúl y de su ejército sobrecogido de terror. Y obsérvese qué amargo insulto les
lanza a los israelitas: “¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl?” (1 Samuel 17:8). ¡Lamentablemente,
esto era demasiado cierto! Habían descendido de su alta posición como siervos
de Jehová, para convertirse en meros siervos de Saúl. Samuel les había
advertido acerca de eso. Les había dicho que el rey y amo a quien escogían
haría de ellos sus guardias, amasadores, cocineros y perfumistas (1 Samuel 8);
y esto en lugar del servicio de “Jehová, el Dios de Israel”, al cual habrían
podido considerar como su único Amo y Rey. Pero nada instruye mejor al hombre,
que las dolorosas lecciones de la experiencia; y los sangrientos ultrajes de
Goliat debían, sin duda, enseñar de nuevo a Israel cuál era su verdadera
condición bajo el aplastante yugo de los filisteos. “Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí”, dice el
gigante (17:8). ¡Qué poco sabía acerca de quién iba a ser su antagonista! En la
fuerza brutal y totalmente carnal de
la que se vanagloriaba, se imaginaba que ningún israelita se atrevería a
medirse con él.
Y
aquí, podríamos preguntarnos: ¿dónde aparece Jonatán en esta escena? El que
vimos actuar con una fe tan simple y con tanta energía, en el capítulo 14, ¿por
qué no está dispuesto ahora para salir a luchar contra el gigante? Si
observamos de cerca sus acciones, en el capítulo que acabamos de citar, podemos
ver, me parece, que su fe no tenía ese carácter completamente simple e
independiente de las circunstancias, que hace pasar a uno a través de todo tipo
de dificultades. El defecto en su fe se muestra en estas palabras: “Si nos dijeren así” (14:9). La fe jamás
dice “si”; ella tiene que ver sólo con Dios. Cuando Jonatán dijo: “No es
difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos” (14:6), enunció un bello
principio que debía haber seguido hasta el final, sin mezclarlo con un “si”. Si
la fe de Jonatán hubiera reposado más simplemente en el poder de Dios, no habría buscado una señal. Es
verdad que, en su bondad, Jehová le da una, tal como en otro tiempo lo había
hecho con Gedeón, porque Dios siempre suple las necesidades de sus siervos.
Pero Jonatán no aparece en el valle de Ela; parece haber cumplido su obra y
actuado según su medida. En la escena que tenemos ahora ante nosotros, hacía
falta algo más profundo que todo lo que Jonatán había conocido.
Jehová
preparaba en secreto un instrumento para esta obra nueva y más difícil. ¿No es
así como actúa siempre nuestro Dios? Forma en el secreto a aquellos a quienes
va a utilizar en público. En la íntima solemnidad de su santuario, se da a
conocer a sus siervos, y hace pasar ante ellos Su grandeza, a fin de hacerlos
capaces de contemplar, con una mirada fija y segura, las dificultades del
camino. Así ocurrió con David. Había estado a solas con Dios, mientras
pastoreaba el rebaño en el desierto; su alma estaba llena del pensamiento del
poder de Dios, y ahora hace su aparición en el valle de Ela, con toda la sencillez
y la dignidad del propio renunciamiento que caracteriza a un hombre de fe. Los
cuarenta días durante los cuales Goliat había desafiado a Israel, habían
demostrado la incapacidad total del hombre. Saúl no habría podido hacer nada
contra el gigante; los tres hijos mayores de Isaí no habían salido a su
encuentro para combatir con él; más aún, Jonatán mismo se hallaba sin fuerzas;
todo estaba perdido, o parecía estarlo, cuando el joven David entra en escena,
revestido de la fuerza con que iba a poner en el polvo la gloria y el orgullo
del feroz filisteo.
Las
palabras del filisteo llegan a oídos de David, y éste en seguida reconoce en
ellas un blasfemo desafío al Dios viviente. “¿Quién es este filisteo
incircunciso”, dice, “para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?” (1 Samuel 17:26). La fe de David ve en el
ejército tembloroso que está delante de él a los escuadrones del Dios viviente,
y, en seguida, reduce el hecho a una cuestión entre Jehová y los filisteos.
Tenemos aquí una gran enseñanza. Ningún cambio de circunstancias puede privar a
los ojos de la fe de la dignidad de que está revestido el pueblo de Dios. Este
pueblo puede ser rebajado al juicio del hombre, como era el caso de Israel en
esta ocasión, pero la fe jamás puede perder de vista lo que Dios le comunicó; y
esta es la razón por la cual David, al ver a sus pobres hermanos desfalleciendo
a los ojos de su temible enemigo, los reconoce sin embargo como aquellos con
los que el Dios viviente estaba identificado y, por consiguiente, como aquellos
que no debían ser desafiados por un filisteo incircunciso. Cuando la fe está en
ejercicio, pone al alma en relación directa con la gracia y la fidelidad de
Dios, y con Sus propósitos para con su pueblo. Es verdad que Israel, por su
infidelidad, había atraído sobre sí toda esta dolorosa humillación; no era
según el Señor que se desalentara frente a un enemigo; era el resultado de sus
propios actos, y es también lo que la fe comprende y reconoce siempre. Pero
para la fe permanece aún la pregunta: “¿Quién es este filisteo incircunciso?”.
No es el ejército de Saúl el que
ocupa las miradas del hombre de fe. No; son los escuadrones del Dios viviente: un ejército bajo el mando
del mismo Jefe que había conducido sus ejércitos a través del mar Rojo, a
través de aquel “desierto grande y espantoso”, y que, finalmente, los había
hecho pasar el Jordán para entrar en Canaán. Eso era lo que veía la fe, lo
único que podía satisfacerla.
Pero
¡qué poco son comprendidos y apreciados los juicios y las acciones de la fe,
cuando el estado espiritual de las almas es bajo entre el pueblo de Dios! Lo
vemos en cada página de la historia de Israel y, podemos decirlo, en cada
página de la historia de
Esto
fue precisamente lo que ocurrió con David. No solamente fue dejado solo en el
momento de la dificultad, sino que tuvo que sufrir los reproches y los
sarcasmos de la carne que salen de la boca de Eliab, su hermano mayor. “Y
oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira
contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado
aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo
conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has
venido” (1 Samuel 17:28). Tal fue el juicio que Eliab pronunció sobre David y
sus actos. “David respondió: ¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar?”
(v. 29). David fue impulsado por una energía totalmente desconocida para Eliab,
y no se preocupaba por defender su conducta delante de su altivo hermano. ¿Por
qué Eliab no había actuado en defensa de sus hermanos, el pueblo de Israel?
¿Por qué Abinadab y Sama no lo habían hecho? Porque les faltaba fe; ésta era la
sencilla razón. No sólo estos tres hombres estaban sin fuerza, sino que toda la
congregación estaba sobrecogida de terror en presencia del enemigo, y ahora que
aparece en la escena aquel por el cual Dios iba a actuar de manera maravillosa,
nadie lo comprende.
“Y
dijo David a Saúl: No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo
irá y peleará contra este filisteo” (1 Samuel 17:32). Tal es la fe. Ninguna
dificultad la intimida; nada la puede detener. ¿Qué era el filisteo para David?
¡Nada! Su prodigiosa estatura, su formidable armadura, no eran sino meras
circunstancias, y la fe jamás mira las
circunstancias; mira directamente a Dios. Si el alma de David no hubiera
estado llena de energía por la fe, jamás habría podido decir estas palabras:
“Tu siervo irá”; porque, oigamos las palabras de aquel que tendría que haber
sido el primero en enfrentar al terrible enemigo de Israel: “Dijo Saúl a David:
No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él” (v. 33). ¡Qué
lenguaje para un rey de Israel! ¡Qué contraste entre el hombre simplemente
revestido de un cargo y el hombre que actúa en el poder de la fe! Seguramente,
Saúl habría debido tomar la iniciativa de defender el rebaño confiado a sus
cuidados. Pero Saúl no se preocupaba por Israel, a menos que Israel se
relacionara con su persona, y por eso podemos afirmar que exponer su vida para
defender al pueblo, era algo que jamás habría tenido cabida en su corazón
egoísta. Y no solamente no podía ni quería actuar él mismo, sino que habría
querido paralizar las energías de aquel que manifestaba los frutos del
principio divino implantado en él, y que demostraría ser absolutamente capaz de
cumplir la tan elevada función que el propósito de Dios le había asignado y que
había sido ungido para este fin.
“No
podrás tú”. Era verdad; pero Jehová
era capaz, y David se apoyaba simplemente en la fuerza de Su brazo. Su fe
echaba mano del poder de Aquel que apareció a Josué bajo los muros de Jericó,
con una espada desenvainada en su mano, el “Príncipe del ejército de Jehová”
(Josué 5:13-14). David sentía que Israel no había dejado de ser el ejército de
Jehová, por más decaído que estuviere si se lo compara con lo que era en los
días de Josué. Sí, Israel todavía era el ejército de Jehová, y la batalla
también era la batalla de Jehová de la misma forma que lo era cuando el sol y
la luna fueron detenidos en su curso, a fin de que Josué pudiese ejecutar el
juicio de Dios sobre los cananeos (Josué 10). La simple fe en Dios es lo que
sostenía el espíritu de David, aunque Eliab lo acusara de orgullo y Saúl
hablara de su incapacidad.
Querido
lector, nada da más energía y poder para perseverar, que la conciencia de que
se actúa para Dios y de que Dios
actúa con nosotros. Esto quita todo obstáculo, eleva el alma por encima de
toda influencia humana, y la introduce en la región de la omnipotencia.
Tengamos solamente la plena seguridad de que estamos del lado del Señor y de que su mano actúa con nosotros, y
nada podrá hacernos salir de la senda del servicio y del testimonio,
adondequiera que nos conduzca: “Todo lo puedo”, dice el apóstol, “en Cristo que
me fortalece”; y también: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis
debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (Filipenses 4:12; 2
Corintios 12:9). El más débil de los santos lo puede todo por Cristo; pero si
el ojo de la carne se fija en este débil santo, puede parecer presuntuoso
hablar de poder hacerlo todo. Por eso, cuando Saúl mira a David y lo compara
con Goliat, juzga sanamente cuando dice: “No podrás tú ir contra aquel
filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra
desde su juventud” (1 Samuel 17:33). Es una comparación entre la carne y la
carne, y, bajo esta perspectiva, es totalmente justa. Si se compara a un joven
con un gigante, toda la ventaja está del lado de este último; pero Saúl habría
debido comparar la fuerza de Goliat con la del “Dios de los escuadrones de
Israel”. Es lo que hace David. “David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de
las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún
cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y
si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo
mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo
incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios
viviente” (cap. 17:34-36). Tal era el argumento de la fe. La mano que había
librado a David de una dificultad, lo libraría de otra. No hay ningún “si” en
todo esto. David no esperaba ninguna señal; simplemente dice: “Tu siervo irá”. David había sentido el
poder de la presencia de Dios con él en el secreto, antes de presentarse en
público como siervo de Dios y de Israel. Él no se había jactado de su triunfo
sobre el león y el oso. Nadie parece haber oído de esto antes; y él, sin duda,
jamás habría hablado de eso tampoco, de no haber sido con el expreso propósito
de mostrar sobre qué base sólida reposaba su confianza en cuanto a la gran obra
que iba a emprender. Quería mostrar claramente que no daba ese paso en su
propia fuerza. Así ocurrió con Pablo cuando fue arrebatado al tercer cielo.
Durante catorce años, este secreto había permanecido sepultado en el corazón
del apóstol, y jamás lo habría divulgado, si no fuera porque los razonamientos
carnales de los corintios lo habían obligado a ello.
Estos
dos ejemplos están llenos de instrucción práctica para nosotros. La inmensa
mayoría de nosotros, somos demasiado propensos a hablar de nuestros pobres
hechos o, por lo menos, a pensar en ellos. La carne tiene una fuerte tendencia
a vanagloriarse en todo lo que exalta al yo;
y si el Señor, a pesar de lo que somos, ha realizado algún pequeño servicio por
nuestro medio, ¡cuánto estamos dispuestos a comunicarlo a los demás, en un
espíritu de orgullo y de autocomplacencia! Es bueno y conveniente hablar de la
gracia del Señor, y tener el corazón lleno de gratitud y alabanzas, porque esta
gracia se dignó servirse de nosotros; pero esto es muy diferente de la
jactancia respecto de cosas que se relacionan con uno.
David
guardaba en su corazón el secreto de su triunfo sobre el león y el oso, hasta
el momento en que se presentó la ocasión adecuada para hablar de ello; incluso
entonces, no habla de sí mismo como de aquel que realizó la hazaña, sino que
simplemente dice: “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las
garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo”. ¡Preciosa
fe que cuenta con Dios para todo y que no confía para nada en la carne; que
introduce a Dios en cada dificultad, y nos conduce, con un corazón lleno de
gratitud, a ocultar el yo y a dar al Señor toda gloria! ¡Ojalá que nuestras
almas puedan conocerla más!
Pero
a menudo hace falta mucha espiritualidad para descubrir la profunda diferencia
que existe entre el lenguaje de la fe y el lenguaje de las frases repetidas y
las expresiones formularias de la mera religiosidad. Saúl asume la vestimenta y
la fraseología de la religiosidad; pudimos verlo más de una vez en su historia,
y lo volvemos a ver en su entrevista con David. La religiosidad y la fe son
vistas aquí en marcado contraste. Cuando David declaró su fe de forma clara e
inequívoca en la presencia y el poder de Jehová, Saúl añadió: “Ve, y Jehová esté contigo” (v. 37). Pero
¡qué poco comprendía lo que implicaba el hecho de tener a Jehová consigo! Parecía confiar en Jehová, pero, en realidad, confiaba en su armadura. Si
hubiese comprendido bien el alcance de sus palabras, ¿cómo habría pensado en
vestir a David con su armadura? “Jehová
esté contigo”, era, en boca de Saúl, una mera expresión de uso común y
formularia. De hecho, esto no significaba nada, porque no tenía la más remota
idea de lo que era para David ir
simplemente con el Señor.
Es
bueno detenernos un momento a considerar, y señalar claramente, el mal que hay
en el hecho de emplear palabras que, en lo que se refiere a nosotros, no
significan nada, pero que, en el fondo, toman el nombre y la verdad del Señor
con ligereza. Cuán a menudo hablamos de confiar en el Señor cuando, en
realidad, nos apoyamos en alguna circunstancia o en un conjunto de
circunstancias. Cuán a menudo hablamos de vivir día a día en la simple
dependencia de Dios, cuando, si juzgáramos delante de él la verdadera condición
de nuestras almas, encontraríamos que en realidad íbamos en busca de recursos
humanos o terrenales. Se trata de un serio mal, contra el cual debemos
guardarnos muy cuidadosamente. Es justamente lo que manifestó Saúl, cuando,
habiendo hecho uso de la aparentemente piadosa expresión: “Jehová esté
contigo”, comenzó a vestir “a David con su armadura, y le puso un yelmo de
bronce sobre la cabeza, y vistióle su loriga” (v. 38, VM). No tenía idea de que
David combatiría de una manera diferente de la habitual. Sin duda, hacía profesión de que era en el nombre
de Jehová, pero pensaba que David debía
emplear medios ordinarios. Sucede a menudo que al hablar de emplear medios,
en realidad uno excluye totalmente a Dios. Profesamos emplear medios en la
dependencia de Dios cuando, en realidad, sólo empleamos el nombre de Dios
mientras dependemos de los medios. Esto, prácticamente, y según el juicio de la
fe, es hacer un Dios de los medios. ¿Qué es sino idolatría? ¿En qué tenía más
confianza Saúl? ¿En Jehová, o en su armadura? En su armadura evidentemente; y
lo mismo se puede decir de todos aquellos que no marchan verdaderamente por la
fe: ellos se apoyan en los medios, y
no en Dios.
Notemos
qué sorprendente relación tiene todo esto con el título de este artículo «La
vida de la fe», el cual es puesto de relieve por la interesante escena que
estamos considerando. En ella, vemos al hombre de fe y al hombre que recurre a
los medios, y podemos ver hasta qué punto el primero hace uso de los medios.
Sin duda, podemos servirnos de los medios, pero es necesario que estén en
perfecta armonía con la actividad de la fe y con la intachable gloria del Dios
de toda gracia y poder. Pues bien, David siente que la armadura de Saúl y su
cota de malla no son medios que la fe pueda emplear y, por tanto, rehúsa
utilizarlos. Si se hubiera servido de ellos, la victoria no habría sido tan
manifiestamente del Señor, y David había profesado su fe en el poder de Jehová
para librar al pueblo, y no en la armadura humana. Es cierto que debemos
emplear medios, pero tengamos cuidado de que no excluyan a Dios. La fe espera
en Dios, deja que Él se sirva de los medios que quiera, y no le pide bendecir
aquellos medios que escogeríamos nosotros.
“Y
ciñó David su espada sobre sus vestidos, y probó a andar, porque nunca había
hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: Yo no puedo andar con esto, porque nunca
lo practiqué. Y David echó de sí aquellas cosas” (v. 39). ¡Feliz liberación de
las trabas humanas! Se ha hecho observar con razón que la prueba de David no
fue su encuentro y su combate con el gigante, sino la tentativa de vestirlo con
las armas de Saúl. Si el enemigo hubiese tenido éxito en persuadirlo de ir a
combatir con esta armadura, todo habría estado perdido; pero, por la gracia, la
rechazó y se entregó así enteramente a las manos de Jehová. Sabemos qué
seguridad encontró allí. Así es como la fe actúa siempre; ella deja todo en
manos de Dios solamente. No se trata de Jehová y la armadura de Saúl, sino de
Jehová solo.4
¿No
podemos aplicar esto al caso de un pobre pecador perdido y sin fuerza, y que
tiene necesidad de que sus pecados le sean perdonados? Satanás se esforzará por
inducirlo a procurar añadir algo a la obra de Cristo con vistas a este perdón;
algo que disminuya la gloria del Hijo de Dios como único Salvador de los pecadores. Querría decirle a tal alma: si
usted añade lo que sea a la obra de
Cristo, hará que no sea de ningún provecho. Si se hubiese permitido añadir
algo, ciertamente habría sido la circuncisión, puesto que era de institución
divina, y, sin embargo, el apóstol dijo: “He aquí, yo Pablo os digo que si os
circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre
que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os
desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído”
(Gálatas 5:2-4.). Así pues, Cristo solo
es todo lo que nos hace falta; no Cristo y nuestras obras, sino simplemente
Cristo, porque él es plenamente suficiente. No necesitamos nada más; y nada
menos podría bastarnos. Deshonramos la suficiencia de su obra expiatoria,
cuando procuramos relacionar con ella algo que sea de nosotros, así como David
habría deshonrado a Jehová si hubiese ido a enfrentar al guerrero filisteo
vestido con la armadura de Saúl. Sin duda, los hombres prudentes del mundo no
podían sino condenar en él lo que les parecía la temeridad y la precipitación
de la juventud; de hecho, cuanto más versado era un hombre en la práctica de la
guerra, más debía considerar una locura la conducta del hombre de fe. Pero ¿qué
importaban estos juicios? David sabía a quién había creído; sabía que no era
imprudencia lo que lo hacía actuar, sino su fe en la voluntad y el poder de
Dios para ayudarlo en el momento de la necesidad. En todo el ejército de Saúl,
ninguno conocía la debilidad de David más de lo que él mismo la sentía en ese
momento crítico. Aunque los ojos de todos estaban fijos en él, como alguien que
tenía mucha confianza en sí mismo, nosotros, no obstante, sabemos lo que
sostenía su corazón y afirmaba sus pasos, mientras iba al encuentro de su
temible enemigo. Sabemos que el poder de Dios estaba allí de una manera tan
manifiesta como el día en que las aguas del mar fueron divididas, a fin de dar
paso a los redimidos; y cuando la fe introduce el poder de Dios, nada puede, ni
por un momento, interponerse en su camino.
El
versículo 40 nos muestra la armadura de David. “Y tomó su cayado en su mano, y
escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el
zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo”.
Vemos, pues, que David emplea medios, pero ¡qué medios! ¡Qué menosprecio no
arrojó sobre la poderosa armadura del filisteo! ¡Qué contraste entre su honda y
la lanza del gigante, cuya asta era como el rodillo de un telar! ¡David no
podía infligir herida más profunda al orgullo del filisteo que viniendo contra
él con tales armas! Era decir lo poco que tenía en cuenta todo su equipamiento
guerrero. Goliat lo sintió: “¿Soy yo perro?”, dice (v. 43). Era poco
importante, para el juicio de la fe, lo que era, un perro o un gigante; era un
enemigo del pueblo de Dios, y David iba a enfrentarlo vestido con las armas de
la fe. “Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y
jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de
los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en
mi mano… y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta
congregación que Jehová no salva con
espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en
nuestras manos” (v. 45-47). Vemos aquí cuál es el verdadero objeto del hombre
de fe, a saber, que Israel y toda la tierra puedan tener un glorioso testimonio
del poder de Dios y de Su presencia en medio de su pueblo. Nunca lo habrían
tenido, si David hubiese utilizado la armadura de Saúl. No habrían sabido que
“Jehová no salva con espada y con lanza”, si David la hubiera empleado; su
combate habría sido similar a cualquier otro, pero la honda y la piedra, si
bien daban poca prominencia al que las usaba, daban toda la gloria a Aquel de
quien provenía la victoria.5
La
fe honra siempre a Dios, y Dios honra siempre a la fe. David, como ya ha sido
observado, se puso en las manos de Dios, y el feliz resultado es una plena y
gloriosa victoria. “Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al
filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano” (v. 50). ¡Qué magnífico
triunfo! ¡Precioso fruto de una fe simple en Dios! ¡Cómo debería animar
nuestros corazones a echar de nosotros toda confianza carnal y a aferrarnos a
la única fuente verdadera de poder! David se convirtió en el instrumento de la
liberación de sus hermanos. Los sarcasmos y las amenazas del filisteo
incircunciso llegaron a su fin. El joven pastor, ignorado y despreciado, aunque
siendo el rey ungido de Israel, vino del fondo de su retiro, en medio de los
suyos; se enfrentó solo contra el enemigo de su pueblo; lo derribó e hizo de él
un espectáculo a los ojos de todos; y todo esto, notémoslo bien, lo hizo como siervo de Dios y de Israel, y por la
energía de una fe que las circunstancias no podían sacudir. ¡Maravillosa
liberación operada por un solo golpe, sin maniobras militares, sin la destreza
de los generales, sin que los soldados hayan realizado ninguna hazaña! Una piedra
tomada del arroyo y lanzada por la mano de un pastor, bastó para tumbar en el
polvo al hombre fuerte de los filisteos. Fue la victoria de la fe. “Y cuando
los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron” (v. 51). ¡Qué vana es la
esperanza fundada en los perecederos recursos de la carne, hasta cuando parecen
llenos de fuerza y de energía! Los que veían al gigante y al muchacho entablar
el combate, no podían sino temblar por el último. ¿Quién habría pensado que
esta maciza armadura que cubría a Goliat no sería más que paja ante una honda y
una piedra? Y, sin embargo, el paladín de los filisteos cae y, con él, todas
las esperanzas que los filisteos abrigaban. “Levantándose luego los de Israel y
los de Judá, gritaron, y siguieron a los filisteos hasta llegar al valle, y
hasta las puertas de Ecrón” (v. 52). Podían, en efecto, dar gritos de júbilo,
porque Dios había actuado manifiestamente en su favor, para librarlos del poder
de sus enemigos. Había obrado con poder por la mano de uno al que no conocían,
ni reconocían como el rey ungido sobre ellos, pero cuya gracia moral era capaz
de atraer todos los corazones.
Pero,
entre los millares de israelitas que habían contemplado la victoria obtenida
sobre el filisteo, se encontraba uno cuya alma entera se vio cautivada de un
ardiente afecto por el vencedor. El más irreflexivo no podía menos que quedar
impresionado y admirado ante semejante hazaña; todos los presentes, sin duda,
se vieron afectados, en distintos grados y de diferente manera. Podemos decir,
en cierto sentido, que fueron “revelados los pensamientos de muchos corazones”.
En algunos, puede que prevaleciera la envidia, en otros la admiración; unos se
detenían en la victoria, y otros en el instrumento del que Dios se había
servido, mientras que, en otros, el corazón se elevaba lleno de reconocimiento
hacia “el Dios de los escuadrones de Israel”, que había venido de nuevo en
medio de su pueblo con la “espada desenvainada en su mano”, contra sus
enemigos. Pero había, entre todos ellos, un corazón devoto, que fue poderosamente
atraído por la persona del vencedor:
era Jonatán. “Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó ligada con la de
David, y lo amó Jonatán como a sí mismo” (1 Samuel 18:1). Jonatán se unía,
sin duda, a la alegría general producida por el triunfo de David; pero
experimentaba más que esto. No era meramente la victoria obtenida lo que atraía
los profundos y ardientes afectos de su alma, sino la persona del vencedor.
Saúl mismo, movido por un interés personal, podía desear guardar al valiente
David cerca de él, no por afecto, sino simplemente para vanagloriarse. Jonatán,
por el contrario, amaba realmente a David, y no sin razón. David había llenado
un gran vacío en su corazón, y había quitado un gran peso de su alma. Una gran
necesidad había sido sentida. El desafío del gigante, que cada día repetía sin
hallar respuesta, había puesto de manifiesto la extrema pobreza de Israel. El
ojo, recorriendo todas las filas del ejército, había buscado en vano a alguien
que diera un paso al frente para responder al orgulloso filisteo. No había
nadie. Cuando las altivas palabras de Goliat se hacían oír, “todos los varones de Israel que veían
aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor”. “Todos” ellos, sí,
todos huían cuando oían la voz y veían la prodigiosa estatura de este temible
enemigo. La necesidad de una liberación era extrema, y no había nada para
responder a ello. Así pues, cuando aparece el hombre que abate el orgullo del
enemigo y salva a Israel, ¿ha de sorprendernos el hecho de que el alma de
Jonatán se ligue a él con un afecto puro y sincero? Y cabe recordar que es
David mismo, y no su obra, lo que toca el corazón de Jonatán. Admiraba la
victoria que obtuvo, sin duda; pero mucho más aún al vencedor. Si es interesante
observar esto, ¡cuán precioso es para nosotros hacer la aplicación al verdadero
David, a Aquel de quien el pastor de Belén era un sorprendente tipo!
No
cabe duda de que la escena entera es la imagen de una liberación infinitamente
más grande. En Goliat, vemos el poder por el cual el enemigo mantenía cautivas
a las almas, poder del cual ningún medio humano podía liberar. El enemigo podía
seguir viniendo en actitud de reto día a día, año tras año, sin que nadie fuese
capaz de responderle. De generación en generación, podía oírse la solemne
sentencia contra la posteridad caída del Adán pecador: “Está establecido para
los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos
9:27), y, al igual que Israel en el valle de Ela, la única respuesta del hombre
frente a esta sentencia era el más aterrador espanto. “Por el temor de la
muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14).
Había una profunda necesidad sentida e
insatisfecha, un enorme vacío imposible de llenar. El corazón del hombre suspiraba ardientemente por algo, pero
en vano. Los derechos de la justicia divina no fueron satisfechos, ni podían
serlo; la muerte y el juicio fruncían el ceño a la distancia y, ante esta
perspectiva, el hombre sólo podía temblar. Pero, bendito sea el Dios de toda
gracia, un Libertador apareció, el único que podía salvar: el Hijo de Dios, el
verdadero David, el Rey ungido de Israel y de toda la tierra. Respondió a las
necesidades, llenó el vacío y satisfizo plenamente los ardientes deseos del
corazón. Pero ¿dónde, cómo y cuándo?: En el Calvario, por su muerte, en esa
hora terrible cuando toda la creación sintió la solemne realidad de lo que se
llevaba a cabo. La cruz fue el campo donde la batalla fue librada y la victoria
obtenida. Allí, el hombre fuerte fue despojado de todas sus armas, y su casa
saqueada. Allí, todos los derechos de la justicia fueron plenamente
satisfechos, y “el acta de los decretos que había contra nosotros”, fue quitada
y clavada en la cruz. Allí también, por la sangre del Cordero, las maldiciones
de una ley violada fueron borradas para siempre, y los gritos de una conciencia
culpable, apaciguados para siempre.
“La
sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”
(1 Pedro 1:19), arregló todo para el alma creyente. El pobre pecador tembloroso
puede contemplar la lucha y su glorioso resultado. Puede ver todo el poder del
enemigo quebrantado con un solo golpe del todopoderoso Libertador, y sentir,
por ese mismo golpe, su alma liberada de toda carga. La corriente de la paz y
el gozo divinos puede fluir en su corazón, y puede seguir su camino en el pleno
poder de la liberación adquirida para él por la sangre de Cristo, y proclamada
en el Evangelio.
Y
uno que es el objeto de tal liberación, ¿no amará a
Pero
observemos bien esto. Podemos saber desarrollar con mucha exactitud la obra de
Cristo para el pecador, y tener, a la vez, el corazón frío, los afectos
apagados y los sentimientos muy poco desarrollados con respecto a su Persona.
En el capítulo 6 del evangelio de Juan, vemos a una multitud de personas que
siguen a Jesús por motivos puramente personales, de modo que se ve obligado a
decirles: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto
las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis” (v. 26). Lo habían
buscado, no por lo que era, sino por
lo que tenía. Por eso, cuando les presenta esta declaración: “Si no coméis la
carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”
(Juan 6:53), vemos que “desde entonces muchos de sus discípulos volvieron
atrás, y ya no andaban con él” (Juan 6:66). Entonces, comer su carne y beber su
sangre, es, en otros términos, el alma que encuentra su alimento, su
satisfacción, en la ofrenda de Sí mismo en sacrificio por nosotros.
Todo
el evangelio de Juan es el desarrollo de la gloria personal de
Esta
sucesión de pensamientos es claramente sugerida por la tan interesante y conmovedora
entrevista entre David y Jonatán, una vez finalizado el combate. Los millares
de Israel y de Judá, con gritos de triunfo, habían perseguido a los filisteos y
recogido los frutos de la victoria, mientras que Jonatán se ligaba a la persona
del vencedor. “Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y
otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte” (1 Samuel 18:4).
Esto era amor, un amor puro y simple, sin afectación, ocupado únicamente con el
objeto querido. El amor se despoja de todo por la persona amada. David se había
olvidado de sí mismo y había expuesto su vida por Dios y su pueblo, y ahora
Jonatán se olvida de sí mismo por David.
Recordemos,
querido lector, que el amor por Jesús es el resorte del verdadero cristianismo.
El amor por Jesús hace que nos despojemos de nosotros mismos, y podemos decir
que despojar el yo, para honrar a Jesús, es el más bello fruto de la operación
de Dios en el alma. Como lo expresó el poeta:
¿Hablan ellos de moral? Oh,
Tú, Cordero sangrante,
Amarte a ti, es la mejor
acción moral.
Muy
diferentes eran los sentimientos de Saúl con respecto a la persona de David y a
la hazaña que había llevado a cabo. Él no había aprendido a olvidarse de sí
mismo y a regocijarse de ver la obra hecha por otro. Sólo la obra de la gracia
es capaz de producir esto. Todos nosotros naturalmente quisiéramos ser o hacer
algo, a fin de ser admirados o tenidos en estima. Tal era Saúl; importante a
sus propios ojos, no podía soportar oír a las mujeres de Israel cantar: “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez
miles” (1 Samuel 18:7). No podía tolerar la idea de ser el segundo.
Olvidaba que él, como otros, había temblado ante la voz de Goliat, y, ahora,
después de haber mostrado su cobardía, quería ser contado como luchador y
valiente. “Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David” (1 Samuel
18:9). ¡Terrible mirada! Era la mirada de la envidia y de los “celos amargos”.6
A
medida que avancemos, tendremos la oportunidad de ver el desarrollo del amor de
Jonatán y del odio de Saúl. Ahora debemos seguir al hombre de fe a través de
otras escenas.
Del
glorioso campo de batalla del valle de Ela, David pasó a través de escenas muy
diferentes en la casa de Saúl. Allí sólo encontró miradas envidiosas y
atentados contra su vida, en respuesta a los dulces acordes de su arpa y a sus
valientes hazañas. Después de Dios, Saúl debía la conservación de su trono a
David, y, a cambio, un par de veces quiso perforarlo con su jabalina (1 Samuel
18:8-11). Pero Jehová, en su misericordia, guardó a su querido siervo en medio
de todos los obstáculos de una posición extremadamente difícil. “Mas David se
manejaba en todas sus cosas con prudencia, y Jehová era con él. Y vio Saúl que
se conducía con gran prudencia; por lo cual se recataba de él. Pero todo Israel
y Judá amaban a David, porque salía y entraba delante de ellos” (1 Samuel
18:14-16, VM).
Así
pues, David, ungido rey de Israel, era llamado a soportar el odio y el oprobio
de parte del poder reinante, aunque era amado por aquellos que sabían apreciar
su valor moral. Era imposible que Saúl y David siguiesen estando juntos. Sus
principios eran totalmente diferentes: una separación debía, pues, tener lugar.
David sabía que había sido ungido para ser rey, pero, mientras Saúl ocupaba el
trono, estaba contento de esperar, en mansedumbre, el tiempo fijado por Dios,
cuando todo lo que era verdad de él en principio sería cumplido. Hasta ese
momento, el Espíritu de Cristo lo condujo a tomar su lugar como exiliado. La
senda del exilado, del peregrino y del extranjero, del viajero sin hogar,
estaba delante del rey de Israel, y entró en ella de inmediato. Su camino para
llegar al trono debía pasar por muchos dolores y dificultades. Como su divino
antitipo, debía sufrir primero, antes de llegar a la gloria. David habría
servido a Saúl hasta el final; lo honraba como el ungido de Jehová. Si un
simple movimiento de su dedo lo hubiese colocado sobre el trono, no habría sacado
provecho de eso. Lo sabemos con certeza, por el hecho de que dos veces perdonó
la vida de Saúl, cuando todo indica claramente que Jehová la había entregado en
sus manos (1 Samuel 24 y 26). Pero David esperaba simplemente en Dios. En esta
entera dependencia estaban su fuerza y su grandeza. Podía decir: “Alma mía, en Dios solamente reposa,
porque de él es mi esperanza” (Salmo 62:5). Y por eso pasó felizmente a
través de todas las trampas y peligros de su servicio en la casa y el ejército
de Saúl. El Señor lo libró de toda obra mala, y lo preservó para el reino que
le había preparado y que quería darle, después que haya “padecido un poco de
tiempo”
David,
por decirlo así, había salido por un momento del lugar oculto donde había sido
ejercitado y formado en secreto, para aparecer en el campo de batalla, y,
habiendo cumplido allí su obra, fue llamado a tomar de nuevo su primer lugar
para aprender allí algunas lecciones más profundas en la escuela de Cristo.
Las
lecciones del Señor son a menudo difíciles y penosas, a causa de la obstinación
y de la indolencia de nuestros corazones; pero toda nueva lección aprendida,
todo nuevo principio asimilado por nuestra alma, nos hace más aptos para
cumplir todo lo que está puesto delante de nosotros. Es verdaderamente precioso
ser discípulos de Cristo y someternos a la disciplina y a la educación de su
gracia. El fin nos mostrará el precio de este lugar de sumisión; pero no
necesitamos esperar el fin: ahora mismo, el alma encontrará su mayor felicidad
en el hecho de estar sujeta, en todas las cosas, al divino Amo: “Venid a mí”,
dice, “todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil,
y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30). La Escritura nos habla de tres descansos.
En primer lugar, hay un descanso que, como pecadores, encontramos en la obra
perfecta de Cristo cumplida en la cruz; en segundo lugar, el descanso presente
del que, como santos, gozamos al estar enteramente sujetos a la voluntad de
Dios: este descanso se opone a la inquietud del alma. Y, por último, está el
descanso que queda “para el pueblo de Dios” (Hebreos 4:9).
David
conocía mucho este segundo descanso, al haber estado enteramente sometido al
consejo y a la voluntad de Dios, con respecto al reino. Estaba dispuesto a
esperar el momento de Dios, plenamente seguro de que era el mejor. Podía decir,
como reza el himno:
En tu mano están mis tiempos;
Dios mío, mi corazón desea que
allí estén
Esta
sumisión es verdaderamente de lo más deseable. Nos salva de mucha ansiedad e
inquietud. Cuando uno sigue su camino con la plena y habitual convicción de que
“todas las cosas cooperan juntas para el bien” (Romanos 8:28, VM), el espíritu
¿no está maravillosamente tranquilo? No pasaremos nuestro tiempo en proyectos
vanos, si creemos que Dios tiene sus designios de amor para nosotros; seremos
felices de dejar todas las cosas en
Sus manos. Pero, lamentablemente, ¡cuán a menudo actuamos del modo contrario!
¡Cuán a menudo nos imaginamos vanamente que sabemos hacer mejor las cosas que
el Dios soberanamente sabio! No lo decimos explícitamente, pero nuestros
sentimientos y nuestros actos lo declaran. ¡Que el Señor nos conceda un
espíritu más sumiso y más confiado! La supremacía de la voluntad de Dios sobre
la de la criatura, caracterizará la edad milenaria, pero el santo es llamado ahora a dejar que la voluntad de Dios lo
gobierne en todas las cosas. Esta sumisión de espíritu es lo que condujo a
David a ceder en lo que toca al reino, y a tomar su lugar en la solitaria cueva
de Adulam. Deja a Saúl, el reino, y sus propios destinos en las manos de Dios,
seguro de que todo irá bien. Y, ¡oh, qué felicidad para él encontrarse fuera de
la malsana atmósfera de la casa de Saúl, y lejos del envidioso ojo del rey! Al
margen de lo que pudiera parecer a los ojos de los hombres, respiraba más
libremente en la cueva que en el entorno familiar de Saúl. Siempre es así: el
lugar de separación es el más libre y más feliz. El Espíritu de Jehová se había
apartado de Saúl, y ésta era para la fe una razón para separarse de su persona,
permaneciendo al mismo tiempo totalmente sometido a su poder como rey de
Israel. Una mente inteligente no encontrará ninguna dificultad en hacer la
distinción entre estas dos cosas. La separación y la sumisión deben ser ambas
completas7.
Pero
no debemos considerar a Saúl solamente desde un punto de vista secular; debemos
también considerarlo en relación con su carácter religioso y con su capacidad
oficial, y, bajo esta relación, una clara y decidida separación era una
necesidad tanto más imperiosa. Saúl había manifestado constantemente el deseo
de gobernar las conciencias en materia religiosa; prueba de ello es la escena
del capítulo 14, donde vimos la energía espiritual sofocada y restringida por
los reglamentos religiosos de Saúl. Ahora bien, cuando el hombre establece
reglamentos y normas de esa naturaleza, no hay otra alternativa que la
separación. Cuando prevalece la forma de la piedad sin la fuerza, el mandato
solemne del Espíritu Santo es: “Apártate también de los tales” (2 Timoteo 3:5,
VM). La fe nunca se detiene para preguntar: «¿Hacia qué pues me volveré?». La
palabra es: “Apártate de”, y podemos
tener la plena seguridad de que, si obedecemos esta orden, no se nos dejará sin
saber qué hacer en cuanto al resto.
Veremos
este principio mucho más claramente, si contemplamos a David desde un punto de
vista típico. En realidad, David se vio forzado a tomar este lugar de
separación, y así, como rechazado por el hombre y ungido por Dios, vemos en él
un tipo de Cristo actualmente rechazado. David, en principio, era el rey
escogido por Dios, y, como tal, experimentó la hostilidad del hombre y se vio
obligado a exiliarse para evitar la muerte. La cueva de Adulam llegó a ser el
gran lugar de reunión para todos los que amaban a David y estaban cansados del
gobierno injusto de Saúl. Mientras David permaneció en la casa del rey, no hubo
ninguna razón ni ningún llamado para que nadie se separara; pero desde el
momento que David fue rechazado y debió tomar su lugar fuera, nadie podía
permanecer neutral. La línea de demarcación fue claramente trazada; era David o
Saúl. Por eso leemos: “Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam;
y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a
él. Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y
todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y
tuvo consigo como cuatrocientos hombres” (1 Samuel 22:1-2). Todos aquellos que
amaban las formas, un nombre vano, un cargo sin valor, siguieron aferrados a
Saúl; pero todos aquellos a quienes estas cosas no podían satisfacer y que
amaban al rey ungido de Dios, se reunieron alrededor de él en el lugar fuerte.
El profeta, el sacerdote y el rey estaban allí; los pensamientos y las
simpatías de Dios estaban allí, y, aunque la compañía formada allí podía
presentar al mundo y a la carne una extraña apariencia, no obstante todos
estaban alrededor de la persona de David y ligados a sus destinos. Era una
compañía de personas que, en su condición original, habían caído en el nivel
más bajo, pero que, ahora, debían su carácter y su distinción a su cercanía y
devoción al amado rey de Dios. Lejos de Saúl y de todo lo que se relacionaba
con su poder, podían gozar sin trabas de la dulce comunión con la persona de
aquel que, aunque entonces rechazado, estaba próximo a ascender al trono y a
empuñar el cetro de la realeza, para gloria de Dios y para alegría de todo su
pueblo.
Tenemos
en David y sus compañeros menospreciados, una preciosa figura del verdadero
David y de aquellos que prefieren estar asociados con él a todas las alegrías, honores
y beneficios de esta tierra. ¿Que tenían que ver con Saúl y sus intereses, los
que habían escogido estar con David? Absolutamente nada. Habían encontrado un
nuevo objeto, un nuevo centro, y gozaban de la comunión con el ungido de Dios.
Su
lugar alrededor de la persona de David no dependía de ninguna manera de lo que
habían sido, ni se relacionaba con ello en absoluto. No importaba lo que habían
sido: ahora eran los siervos de David, y él su jefe. Eso era lo que los
caracterizaba. Unieron su suerte a la del exilado de Dios; sus intereses y los
de David eran idénticos. ¡Qué felices estaban de haber escapado del dominio y
de la influencia de Saúl! ¡Y cuánto más felices todavía de encontrarse en
compañía del profeta, del sacerdote y del rey ungido de Dios! Su amargura, su
desamparo, sus deudas, todo quedó olvidado en estas nuevas circunstancias. La
gracia de David era su porción presente; su gloria, su perspectiva futura.
Así
precisamente debiera ser con el cristiano, ahora. Todos nosotros, por gracia y
bajo las misericordiosas directivas del Padre, hemos encontrado nuestro camino
hacia Jesús, el ungido de Dios, rechazado por los hombres y actualmente
escondido en Dios. Seguramente todos teníamos nuestros respectivos rasgos de
carácter en los días de nuestra culpabilidad y de nuestra insensatez,
descontentos, en la amargura de corazón, o bien en desamparo, todos cargábamos
con la pesada deuda de nuestros pecados contra Dios, siendo miserables y
desdichados, culpables y arruinados, privados de todo lo que podía atraer los
pensamientos y los afectos de Cristo, y, sin embargo, Dios nos condujo a los
pies de su querido Hijo; allí encontramos el perdón y la paz por su preciosa
sangre. Jesús quitó nuestra amargura y nuestro descontento, alivió nuestras
penas, borró nuestra deuda, y nos trajo cerca de él. ¿Qué le devolvimos a
cambio? ¿Qué le damos a cambio de toda esta gracia? ¿Estamos congregados con el
corazón lleno de ardiente afecto, alrededor del Jefe de nuestra salvación?
¿Están nuestros corazones destetados del antiguo estado de cosas, bajo el
dominio de Saúl? ¿Vivimos como aquellos que esperamos el momento cuando nuestro
David aparecerá en su gloria y se subirá a su trono? ¿Están nuestros afectos
fijos en las cosas de arriba? “Si, pues, habéis resucitado con Cristo”, dice el
apóstol, “buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque
habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo,
vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con
él en gloria” (Colosenses 3:1-4).
Es
de temer en gran manera que tan pocos creyentes realmente entren en la
verdadera naturaleza y las consecuencias prácticas de su posición, como
asociados a Jesús crucificado y resucitado. Muy pocos realmente comprenden el
alcance profundo y el significado de las palabras de nuestro Señor: “No son del
mundo, como tampoco yo soy del mundo”, y del Espíritu Santo: “El que santifica
y los que son santificados, de uno son todos” (Juan 17:16; Hebreos 2:11). La
medida de la separación del cristiano respecto del mundo, es nada menos que la
de Cristo, es decir, el principio de ésta. En la práctica, lamentablemente, es
otra cosa, pero, en principio, no hay diferencia. Es de una enorme importancia
poner hoy en día este principio en práctica. El llamado, la posición y las
esperanzas de la Iglesia son cosas poco e insuficientemente comprendidas.
Sin
embargo, el más débil creyente en Cristo, está, a los ojos de Dios, tan
separado como Jesús mismo de todo lo que pertenece a la tierra. Esta separación
no es una cuestión de logros ni algo a lo cual se llega mediante progresos
sucesivos, sino una posición real, simple y que subsiste por sí misma. No es un objeto por el cual se lucha, sino
un punto de partida para comenzar la carrera. Algunos han sido inducidos a
error por la idea de que debemos esforzarnos para llegar a una posición
celestial mediante el despojo de las cosas de la tierra. Esto es, de hecho,
comenzar por el lado equivocado. En otro
orden de verdades, es el mismo error que afirmar que debemos trabajar para
nuestra justificación, mortificando los pecados de la carne. Ahora bien, no
mortificamos el yo para ser
justificados, sino porque ya lo somos;
en efecto, hemos muerto y resucitado con Cristo.
Del
mismo modo, no dejamos de lado las cosas de la tierra, a fin de convertirnos en
celestiales, sino porque estamos en esta posición en Cristo. Abram fue llamado
a dejar su tierra y su parentela e ir a Canaán; nuestro llamamiento —del cual Canaán era figura— es un llamamiento
celestial, independientemente de todas las cosas, y, en la medida que hacemos
esto realidad, nos separamos del mundo. Pero hacer de nuestra posición el
resultado de nuestra conducta, en vez de hacer de esta última el resultado de
nuestra posición, es un grave error.
Pregúntese
a un creyente, con verdadera inteligencia del llamamiento celestial, la razón
por la cual está separado del presente sistema de cosas, ¿cuál será su
respuesta? ¿Dirá que es para llegar a ser celestial? No. ¿Será porque el
sistema de cosas actual está sujeto a juicio? Tampoco. Está fuera de duda que
el mundo está bajo el juicio; pero
éste no es el verdadero fundamento de la separación. ¿Cuál es pues? La
respuesta la hallamos en estas palabras: “Habéis muerto, y vuestra vida está
escondida con Cristo en Dios”. “No son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo”. “Hermanos santos, participantes del llamamiento celestial” (Colosenses
3:3; Juan 17:16; Hebreos 3:1). Aquí tenemos la verdadera razón de la separación
presente del cristiano respecto del mundo. No importa que el mundo sea bueno o malo, el cristiano no es del mundo,
aunque esté en él, como en un lugar
diario de trabajo, lucha y disciplina.
¡Ojalá
que todos los creyentes consideren con seriedad su llamamiento celestial! Es el
único medio que proporciona una plena liberación del poder y de la influencia
de la mundanalidad. Se puede intentar, por diferentes vías, abstraerse del mundo; pero sólo hay una
en que es posible lograr una efectiva separación
de él. Se puede también intentar, por distintos conductos, no ser terrenales; pero solamente por
uno de ellos podemos ser verdaderamente celestiales.
Hay una diferencia entre abstraerse de las cosas, y separarse de ellas; tampoco
se debe confundir no ser terrenal con ser celestial. El sistema monástico lo
demuestra a las claras. Un monje, en cierto sentido, se abstiene de las cosas
terrenales, pero sin ser del cielo; sale de la naturaleza, sin ser espiritual;
no participa de las cosas del mundo, sin por
eso estar separado de él.
El
llamamiento celestial nos pone en condiciones de ver nuestra entera separación
del mundo y lo elevado de nuestra posición por sobre las cosas de la tierra, en
virtud de lo que Cristo es y del lugar que ocupa. El corazón que,
instruido por el Espíritu Santo, comprende el alcance de estas palabras:
“Porque el que santifica, y los que son santificados de uno son todos”, conoce
el secreto que lo libera de los principios, costumbres, sentimientos y
tendencias del presente siglo. El Señor Jesús tomó su lugar arriba como Cabeza
del cuerpo, la Iglesia; y el Espíritu Santo descendió para poner a todos los
miembros preconocidos y predestinados del cuerpo, en comunión real con la
Cabeza viviente, ahora rechazado de la tierra y escondido en Dios.
Por
eso Pablo, en el Evangelio que predica, une estrechamente la remisión de pecados con el
llamamiento celestial, porque anuncia la unión del único cuerpo en la tierra con su Cabeza glorificada en
el cielo. Él proclama la justificación,
no sólo como una cosa abstracta, sino como el resultado de lo que es la
Iglesia: una con Jesús, que está ahora a la diestra de Dios, dado por Cabeza
sobre todas las cosas a
La
epístola a los Efesios no dice solamente que Dios perdona a los pecadores, sino
mucho más; despliega ante nuestros ojos la admirable verdad de que los
creyentes son miembros del cuerpo de Cristo. Leemos: “Porque somos miembros de
su cuerpo, de su carne y de sus huesos”. Y todavía: “Dios, que es rico en
misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en
pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y
juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares
celestiales con Cristo Jesús”; y “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del
agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa,
que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin
mancha” (Efesios 5:30; 2:4-6; 5:25-27). Estos pasajes van mucho más allá que el
perdón de los pecados. Ser la esposa del Cordero es algo mucho más elevado y
glorioso que tener simplemente nuestros pecados perdonados.
No sólo tenemos el gozo
De nuestros pecados cancelados
Más feliz es vernos llamados
A compartir tu trono glorioso.
El
Dios de toda gracia sobrepujó todo pensamiento humano en sus designios para con
la Iglesia. Nos llamó, no sólo a caminar aquí en la plena conciencia de su
amor perdonador, sino también en el conocimiento del amor de Cristo por su
cuerpo,
Tal
vez el lector se pregunte: ¿qué relación hay entre la cueva de Adulam y el
lugar de
Observemos
que esto no era simplemente la admisión de los gentiles en el redil judío8.
No. Era sacar a los judíos y a los a gentiles de sus circunstancias naturales,
y colocarlos en circunstancias nuevas tanto para unos como para otros. La obra
cumplida en la cruz era necesaria para “derribar la pared intermedia de
separación”, y para hacer de los dos, judíos y gentiles, “un solo y nuevo
hombre”, un nuevo hombre celestial, totalmente separado de la tierra y de sus
metas. El lugar actual de Cristo en el cielo está en relación con el rechazo de
Israel y de la tierra, durante el período de la Iglesia, y contribuye para
poner de relieve de una manera más clara y completa el carácter celestial de la
Asamblea de Dios. Ella se encuentra totalmente aparte de las cosas terrenales;
no tiene nada que ver con “el presente siglo malo”, pertenece enteramente al
cielo, y es llamada a manifestar en la tierra la energía viva del Espíritu
Santo que mora en ella.
Así
como los hombres de David quedaron apartados de toda relación con el sistema de
Saúl, en virtud de su asociación con el rey rechazado, así también todos
aquellos que son conducidos por el Espíritu a conocer que son uno con Jesús
ausente de la tierra, deben sentirse disociados de las cosas presentes, en
virtud de su unión con Cristo.
Por
esta razón, si se pregunta a un hombre celestial por qué no se asocia con los
proyectos y las aspiraciones de este mundo, responderá: porque Cristo, mi
Salvador, está a la diestra de Dios, y yo estoy identificado con él. El mundo
lo desechó, y mi lugar está con él, aparte de todos los objetos y aspiraciones
de este mundo. La verdadera piedra de toque para que el cristiano pueda probar
los diversos objetos que le son presentados, es simplemente preguntarse: el
Señor Jesús ¿podría comprometerse en esto? Si no, no tenemos nada que ver con
ello. Todos los que comprenden la verdadera naturaleza del llamamiento
celestial, andarán en separación del mundo; pero los que no lo comprendieron,
tienen su porción aquí abajo y viven como los demás hombres.
¡Cuántos
cristianos hay que se contentan con saber que sus pecados han sido perdonados y
no van nunca más allá! Bien puede que hayan pasado el mar Rojo, pero no
manifiestan ningún deseo de cruzar también el Jordán y de comer del fruto de la
tierra prometida ―de tomar su posición celestial y de alimentarse de las
cosas de arriba―. Sucedió lo mismo en el tiempo en que David fue
rechazado: multitudes de israelitas no habían tomado partido por él, pero no por
eso eran menos israelitas. Una cosa era ser israelita, y otra muy distinta
estar con David en el lugar fuerte. Ni siquiera Jonatán se encontraba allí;
todavía se adhería al antiguo orden de cosas. Aunque amaba a David “como a su
misma alma” (1 Samuel 18:3, VM), vivió y murió en compañía de Saúl. Es cierto
que a veces se aventuraba a hablar en
favor de David, y que procuraba estar con él cuando podía. Se había
desnudado de su ropa para vestir a David, pero no había tomado su parte con él. Por eso, cuando el Espíritu Santo
anuncia los nombres y las hazañas de los valientes de David, en vano buscamos,
entre ellos, el nombre de Jonatán; cuando los devotos compañeros del exilio de
David estaban reunidos alrededor de su trono y gozan del radiante esplendor de
su realeza, el pobre Jonatán está tendido en el polvo, caído sin gloria en el
monte de Gilboa, bajo los golpes de los filisteos incircuncisos.
¡Ojalá
que todos aquellos que profesan amar al Señor Jesucristo, busquen estar
identificados con él de una manera más decidida y real durante este tiempo en
que es rechazado por el mundo! Sus conciudadanos enviaron tras él una embajada,
diciendo: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). ¿Nos
asociaremos con ellos para seguir sus planes que finalmente consiguen rechazar
a Cristo? ¡Dios lo impida! ¡Que nuestros corazones estén con él allí donde él
está! ¡Que podamos conocer la bendita y santa comunión de la cueva de Adulam,
donde encontraremos al Profeta, al Sacerdote y al Rey manifestados en la
adorable persona de Aquel que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su
sangre!
No
podemos marchar al mismo tiempo con Saúl y con David; no podemos tener a Cristo
y al mundo: hay que elegir entre los dos. El Señor nos conceda la gracia de
rechazar el mal y de elegir el bien, recordándonos las solemnes advertencias
del apóstol: “Palabra fiel es esta: Si
somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si le negáremos, él también nos negará” (2 Timoteo 2:11-12). Es ahora el
tiempo de sufrir, el tiempo de soportar las aflicciones y las penalidades: el
descanso está en el futuro, en la gloria, tenemos que esperarlo.
Los
hombres de David, a causa de su asociación con él, fueron llamados a soportar
muchos trabajos y fatigas, pero el amor aliviaba todo para ellos y lo hacía más
fácil; por eso sus nombres y sus hazañas son fiel y minuciosamente relatados,
cuando David estuvo en descanso en su reino. Ninguno de ellos fue olvidado.
Encontramos este precioso catálogo en el capítulo 23 del segundo libro de
Samuel. Al leerlo, nuestros pensamientos son llevados hacia adelante, hacia el
tiempo en que el Señor Jesús recompensará a sus
siervos fieles, a aquellos a quienes el amor por su persona y la energía de su
Espíritu condujeron a servirle en el tiempo en que fue rechazado. Este servicio
puede no haber sido visto, conocido ni apreciado por los hombres; pero Jesús lo
conoció en todos sus detalles, y lo reconocerá públicamente desde lo alto de su
trono de gloria. ¿Quién hubiese conocido las hazañas de los hombres valientes
de David, si el Espíritu Santo no las hubiera reseñado? ¿Quién hubiese sabido
de la dedicación de los tres jefes que irrumpieron por el campamento de los
filisteos, con el fin de buscar para David el agua del pozo de Belén? ¿Quién se
hubiese enterado de la acción de Benaía que mató a un león en medio de un foso
cuando estaba nevando? Esto mismo sucede hoy. Más de un corazón desconocido por
todos palpita de amor por la persona del Salvador; más de una mano, oculta a
los ojos humanos, se extiende para servirlo. Es una cosa dulce pensar, sobre
todo en nuestros días de frío formalismo, que haya almas que aman a Jesús con
toda sinceridad. ¡Hay varios que, lamentablemente, no sólo son indiferentes a
su adorable Persona, sino que llegan hasta el extremo de desprestigiarlo, de
despojarlo de su dignidad y de rebajarlo haciéndolo apenas un poco mejor que
Elías o uno de los profetas! Pero, gracias a Dios, no tenemos que detenernos en
este tema; un tema más excelente nos es propuesto. Pensemos en estos hombres
valientes que exponían sus vidas por amor de su jefe, y que, en el instante en
que expresara un deseo, estaban dispuestos, cueste lo que costare, a
satisfacerlo. El amor jamás se detiene a calcular. Era suficiente, para estos
hombres ilustres, saber que David deseaba beber agua del pozo de Belén, para
proporcionársela a cualquier precio: “Entonces los tres valientes irrumpieron
por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén que estaba
junto a la puerta; y tomaron, y la trajeron a David; mas él no la quiso beber,
sino que la derramó para Jehová” (2 Samuel 23:16)9. ¡Conmovedora
escena! ¡Ejemplo precioso de lo que la Iglesia debiera ser! No amando sus vidas
hasta la muerte, por amor a Cristo. ¡Oh, que por el Espíritu Santo se encienda
en nosotros la llama de un amor ardiente por la persona de Cristo! ¡Que
despliegue siempre más ante nuestras almas las divinas excelencias de Jesús, a
fin de que lo apreciemos como el más “señalado entre diez mil”, y “todo él
codiciable” (Cantares 5), y que podamos decir como aquel cuyo corazón estaba
lleno de él: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la
excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he
perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8)!
(1
Samuel 25)
Es
interesante observar, a medida que recorremos las diversas escenas de la vida
de David, los diferentes sentimientos que experimentaron con respecto a su
persona los que estaban en relación con él, y la consiguiente posición asumida
en cuanto a él. Hacía falta una gran energía de fe para discernir, en el
desterrado despreciado, al futuro rey de Israel. A juzgar por los principios
humanos, hasta podría parecer que la conducta de David en comparación con la de
Saúl era tan injustificable como su vida vagabunda en el país. El capítulo que
vamos a considerar presenta dos ejemplos notables de personas afectadas de
diferente modo con respecto a David.
“Y
en Maón había un hombre que tenía su hacienda en Carmel, el cual era muy rico,
y tenía tres mil ovejas y mil cabras. Y aconteció que estaba esquilando sus
ovejas en Carmel. Y aquel varón se llamaba Nabal” (v. 2-3). Este Nabal era un israelita
que aparece en marcado contraste con David, quien, aunque ungido rey de Israel,
no tenía donde recostar su cabeza, y era un errante que andaba de montaña en
montaña y de cueva en cueva. Nabal era muy rico, pero era un hombre egoísta y
que no sentía absolutamente ninguna simpatía por David. Si tenía bendiciones
terrenales, las tenía para sí mismo; y aunque era “muy rico”, no tenía ninguna
idea de compartir sus riquezas con nadie más, y mucho menos con David y sus
compañeros.
“Y
oyó David en el desierto que Nabal
esquilaba sus ovejas. Entonces envió David diez jóvenes y les dijo: Subid a
Carmel e id a Nabal, y saludadle en mi nombre…” (v. 4-5). David estaba en el
desierto; era su lugar; Nabal, por su parte, estaba rodeado de todo el
bienestar de la vida. El primero debía todos sus dolores y privaciones a lo que
era; el segundo también debía a lo que era, todos sus bienes y deleites. Ahora
bien, en general encontramos mucho egoísmo en las posiciones cuyas ventajas
provienen de la profesión religiosa. Si la profesión de la verdad no está
acompañada de renunciamiento a sí mismo, lo estará de una manifiesta
autocomplacencia; por eso es tan común hoy día ver un decidido espíritu de
mundanalidad vinculado a una alta profesión de verdad. Es un grave y serio mal.
El apóstol, ya en su tiempo, lo sentía dolorosamente. “Andan muchos” —tales son
sus palabras— “de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo
llorando, que son enemigos de la cruz de
Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y
cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan
en lo terrenal” (Filipenses 3:18-19). Obsérvese que son enemigos de la cruz
de Cristo. No es que hayan rechazado todo lo que se parezca a cristianismo;
lejos de ello: “Andan muchos” es una
expresión que indica una medida de profesión. Las personas aquí representadas,
sin duda se sentirían muy ofendidas si uno les rehusase el nombre de
cristianos; pero no se preocupan por tomar la cruz, por ser identificados con un Cristo crucificado. Todo lo que
se puede tener del cristianismo aparte del renunciamiento de sí mismo, les es
bienvenido, pero ni una jota más. “Cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su
vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal”. ¡Cuán culpables son de esta última
acusación! Es fácil hacer profesión de la religión de Cristo, mientras se
ignora a la persona de Cristo y se aborrece Su cruz. Es fácil tomar el nombre
de Jesús con los labios y andar en la autocomplacencia con uno mismo y en el
amor de este mundo, que tan bien el corazón humano sabe apreciar. Encontramos
un ejemplo de estas disposiciones en la persona del grosero Nabal, quien,
recluido en medio de sus riquezas y sus lujos, no se preocupaba en absoluto del
ungido de Dios ni tenía ningún sentimiento de compasión por él en el tiempo de
su doloroso exilio y de su estancia en el desierto.
¿Que
respondió Nabal al conmovedor llamado de David?: “Y Nabal respondió a los
jóvenes enviados por David, y dijo: ¿Quién es David, y quién es el hijo de
Isaí? Muchos siervos hay hoy que huyen de sus señores. ¿He de tomar yo ahora mi
pan, mi agua, y la carne que he preparado para mis esquiladores, y darla a
hombres que no sé de dónde son?” (v. 10-11). Aquí está el secreto del
alejamiento de corazón de este hombre mundano respecto de David: no lo conocía. Si lo hubiera conocido,
las cosas habrían sido muy diferentes, pero no sabía ni quién era, ni de dónde
era; ignoraba que aquel a quien injuriaba era el ungido de Jehová, y, en su
locura egoísta, rechazaba el privilegio de proveer a las necesidades del futuro
rey de Israel.
Todo
esto está lleno de instrucción. Hace falta una verdadera energía de fe para ser
hecho capaz de discernir la gloria de la persona de Cristo y de aferrarse
enteramente a él en el tiempo en que es rechazado. Una cosa es ser cristiano, y
muy otra confesar a Cristo delante de los hombres. Nada es sustancialmente más
egoísta que tomar todo lo que Jesús nos dio y no darle nada a cambio. «Con tal
que sea salvo, todo lo demás no es esencial»: tal es el secreto pensamiento de
más de un corazón, y se traduciría de una forma más sincera si se dijese: «Si
estoy seguro de mi salvación, poco importa la gloria de Cristo». Nabal actuaba
así. Sacó todo el provecho posible de David, pero tan pronto como David reclama
de él alguna ayuda o simpatía, muestra su verdadero espíritu. “Pero uno de los criados dio aviso a Abigail
mujer de Nabal, diciendo: He aquí David envió mensajeros del desierto que
saludasen a nuestro amo, y él los ha zaherido. Y aquellos hombres han sido muy
buenos con nosotros; y nunca nos trataron mal, ni nos faltó nada en todo el
tiempo que anduvimos con ellos, cuando estábamos en el campo. Muro fueron para
nosotros de día y de noche, todos los días que hemos estado con ellos
apacentando las ovejas” (v. 14-16). Todo esto estaba muy bien. Nabal
podía comprender el precio de la protección
de David, sin preocuparse por la persona de
David. Mientras los hombres de David eran un muro alrededor de sus posesiones,
los toleraba, pero en cuanto cree ver en ellos una carga, los rechaza y los
injuria.
Ahora
bien, como era de esperarse, la manera de actuar de Nabal era completamente
contraria a la Escritura y al espíritu de su divino Autor. Está escrito en el
capítulo 15 de Deuteronomio: “Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno
de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te
da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre,
sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que
necesite. Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca
está el año séptimo, el de la remisión, y mires con malos ojos a tu hermano
menesteroso para no darle; porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te
contará por pecado” (v. 7-9). Tal es el corazón de Dios. ¡Qué diferente era el
de Nabal! La gracia divina recibida en el corazón, lo abre de par en par para
responder a todos los que están en necesidad. El egoísmo, por el contrario, lo
cierra a cada uno de los que acuden en busca de ayuda. Aun cuando no hubiese
conocido a David, Nabal habría debido obedecer la Escritura; pero el egoísmo
estaba tan fuertemente arraigado en su corazón, que no le permitía obedecer la
palabra de Jehová ni amar a Su ungido.
Pero
el egoísmo de Nabal trae resultados muy importantes. En lo que toca a David,
hace resaltar lo que era más susceptible de humillarlo delante de Dios. Aquí lo
vemos descender de la elevación que, por la gracia de Dios, habitualmente lo
caracterizaba. Sin duda, era extremadamente penoso encontrar semejante
ingratitud de parte de aquel a quien había protegido; era algo hiriente ser
despreciado a causa de las mismas circunstancias en las que su fidelidad lo
había colocado, y ser acusado de haberse salvado de su señor, mientras era
perseguido como una perdiz por los montes. Todo esto era difícil de soportar,
y, en la primera explosión de sus sentimientos, David deja escapar palabras que
no soportan ser examinadas a la luz del santuario: “Cíñase cada uno su espada” no era precisamente el lenguaje que
cabía esperar de alguien que hasta entonces había andado con “un espíritu
afable y apacible”. El pasaje que citamos de Deuteronomio, nos hace conocer el
recurso del pobre: no es desenvainar la espada, sino clamar a Jehová.
La
espada de David no habría curado el egoísmo de Nabal, y jamás la fe habría
adoptado tal proceder. David no actúa así respecto de Saúl. Lo deja totalmente
en la manos de Dios; e incluso cuando se vio incitado a cortar la orilla del
manto de Saúl, su corazón le remordió (véase 1 Samuel 24:4-5). ¿Por qué no
actuó de la misma manera con Nabal? Porque no estaba en comunión con Dios;
descuidó su guardia, y el enemigo tomó ventaja. El corazón natural nos
conducirá siempre a querer vengarnos; se siente profundamente agraviado ante
cualquier ofensa o insulto. Murmurará en lo secreto: «No tenía derecho a
tratarme así; verdaderamente no puedo soportarlo, ni pienso que deba hacerlo».
Es posible, pero el hombre de fe en seguida se eleva por encima de todas estas
cosas; en todo ve a Dios: los celos de Saúl, la insensatez de Nabal, todo es
considerado como proveniente de la mano de Dios y tratado en el secreto de Su
santa presencia. El instrumento no es nada para la fe; Dios está detrás de
todas las cosas: Esto es lo que confiere un poder eficaz para moverse a través
de todas las circunstancias posibles, y lo que nos guarda en medio de todas las
trampas.
A
medida que avancemos con nuestro tema, tendremos la oportunidad de ver este
principio aplicado más ampliamente; consideremos ahora el segundo carácter que
nos presenta este instructivo capítulo. Es el de Abigail, la mujer de Nabal,
“mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia” (v. 3). Bello testimonio,
ciertamente, y que muestra que la gracia puede manifestarse en las
circunstancias más desfavorables. La casa del ruin Nabal debía ser una
atmósfera desecante para una persona como Abigail, pero ella, como lo veremos,
esperaba en Dios, y no fue en vano. La historia de esta mujer notable está
llena de estímulo e instrucción para todos aquellos que se encuentran limitados
e impedidos por asociaciones y lazos inevitables. A éstos, la vida de Abigail
simplemente les dice que sean pacientes, que esperen en Dios; que no supongan
que están privados de toda oportunidad de dar testimonio. El Señor puede ser
abundantemente glorificado por una apacible sumisión, y dará, seguramente,
alivio y victoria al final. Es verdad que varios tienen que reprocharse a sí
mismos por haberse comprometido en estas relaciones, por haber formado estos
lazos que son una traba para ellos; pero, aun entonces, si realmente sintieron
su locura y el mal que cometieron, si lo confesaron y juzgaron delante de Dios,
y si su alma estuvo en entera dependencia de él, el fin será bendición y paz.
Abigail
es empleada aquí para detener a David mismo en un camino que no era según Dios.
Su vida, hasta el momento en que el sagrado historiador la introduce en la
escena, pudo haber estado caracterizada por muchas penas y pruebas;
difícilmente podía ser de otro modo, estando asociada a alguien como Nabal.
Pero el tiempo se encargará de poner en evidencia la gracia que estaba en ella.
Había sufrido en la oscuridad, pero ahora estaba a punto de ser
extraordinariamente elevada. Muy pocas miradas se habían fijado en su humilde
servicio y en su paciente testimonio, pero muchos contemplaban su gran fortuna.
La carga que había llevado en secreto iba a ser quitada ante un gran número de
testigos. El valor del servicio de Abigail no consistía tanto en el hecho de
haber salvado a Nabal de la espada de David, sino en impedir que David sacase
su espada.
“Y
David había dicho: Ciertamente en vano he guardado todo lo que éste tiene en el
desierto, sin que nada le haya faltado de todo cuanto es suyo; y él me ha
vuelto mal por bien. Así haga Dios a los enemigos de David y aun les añada, que
de aquí a mañana, de todo lo que fuere suyo no he de dejar con vida ni un
varón” (v. 21-22). ¡Terribles palabras! David había actuado con temeridad al
salir del lugar de dependencia, el único lugar bueno y santo. Y no había
actuado en vista de “la congregación de Jehová”. No, era para vengarse de un
hombre que lo había maltratado. ¡Triste error! Tuvo la dicha de que se
encontrara una Abigail en la casa de Nabal, de la que Dios se sirvió para
impedirle que respondiese “al necio de
acuerdo con su necedad” (Proverbios 26:4), porque era justamente
eso lo que el enemigo deseaba. Satanás se había servido del egoísmo de Nabal
para tenderle una trampa a David, y Abigail fue el instrumento del Señor para
librarlo de ella.
Es
bueno cuando el hombre de Dios puede descubrir la operación de Satanás; para
esto, debe estar en la presencia de Dios, pues allí solamente se encuentran la
luz y la fuerza espiritual necesarias para enfrentar a tan temible enemigo.
Cuando el alma no está en comunión con Dios, se deja distraer por las causas y
los agentes secundarios, como ocurrió con David al mirar a Nabal. Si hubiese
hecho una pausa para considerar el asunto con calma, delante de Dios, no habría
pronunciado estas palabras: “Ciertamente en vano he guardado todo lo que éste
tiene en el desierto” (v. 21); él mismo habría hecho caso omiso y dejado a
“este” hombre librado a su propia suerte. La fe comunica al carácter una
verdadera dignidad, y una superioridad que hace pasar por encima de las mezquinas
circunstancias de esta escena pasajera. Los que saben que son “extranjeros y
peregrinos”, recordarán que tanto los dolores como las alegrías de esta vida
son pasajeros, y que no serán desmedidamente afectados por ninguna de ambas
cosas. «Pasajero», es lo que está escrito sobre todas las cosas aquí abajo; el
hombre de fe debe pues mirar arriba y adelante.
Abigail,
por la gracia de Dios, libró a David de la funesta influencia del presente, dirigiendo su mirada hacia el porvenir.
Lo vemos en el admirable discurso que le dirige: “Y cuando Abigail vio a David,
se bajó prontamente del asno, y postrándose sobre su rostro delante de David,
se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el
pecado; mas te ruego que permitas que tu sierva hable a tus oídos, y escucha
las palabras de tu sierva. No haga caso ahora mi señor de ese hombre perverso,
de Nabal; porque conforme a su nombre, así es. El se llama Nabal, y la
insensatez está con él; mas yo tu sierva no vi a los jóvenes que tú enviaste.
Ahora pues, señor mío, vive Jehová, y vive tu alma, que Jehová te ha impedido
el venir a derramar sangre y vengarte por
tu propia mano. Sean, pues, como Nabal tus enemigos, y todos los que
procuran mal contra mi señor… pues Jehová
de cierto hará casa estable a mi señor, por cuanto mi señor pelea las batallas
de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días. Aunque alguien se haya
levantado para perseguirte y atentar contra tu vida, con todo, la vida de mi
señor será ligada en el haz de los que viven delante de Jehová tu Dios, y él
arrojará la vida de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda. Y
acontecerá que cuando Jehová haga con mi
señor conforme a todo el bien que ha hablado de ti, y te establezca por
príncipe sobre Israel, entonces, señor mío, no tendrás motivo de pena ni
remordimientos por haber derramado sangre sin causa, o por haberte vengado por
ti mismo. Guárdese, pues, mi señor, y cuando Jehová haga bien a mi señor,
acuérdate de tu sierva” (v. 23-31).
¡Difícilmente
podemos concebir algo más conmovedor que este discurso! Cada punto fue bien
ponderado para alcanzar el corazón. Le presenta a David el mal que cometería al
tratar de vengarse por sí mismo; le muestra la debilidad y la locura del objeto
de su resentimiento; le recuerda que su propia labor era pelear “las batallas de Jehová”. ¡Cómo debió de
haber calado en su corazón el humillante contraste entre esta gloriosa tarea y
las circunstancias en las cuales Abigail lo encuentra, precipitándose para
combatir por su propia causa!
Pero
se comprenderá fácilmente que el discurso de Abigail dirige principalmente su
pensamiento hacia el futuro: “Jehová de cierto hará casa estable a mi señor”; “la vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven
delante de Jehová tu Dios”; “cuando Jehová haga
bien a mi señor”; “y te establezca por príncipe sobre Israel”.
Todas estas alusiones a la gloria futura de David fueron bien calculadas para
hacerle olvidar las injurias y calumnias que acababa de soportar. La casa
estable, el haz de la vida y el reino valían infinitamente más que todos los
rebaños y las posesiones de Nabal. En vista de estas glorias, bien podía David
dejarle a este hombre sus corderos y sus cabras. ¿Qué atractivo podían tener
estos bienes para el heredero de un reino, y qué le importaba a aquel que sabía
que era el ungido de Jehová, que se lo llamara un siervo fugitivo?
Abigail
sabía todas estas cosas; su fe las había entendido. Conocía a David y sus altos
destinos. Por la fe, veía en el desterrado despreciado al futuro rey de Israel.
Nabal no conocía a David. Era un hombre del mundo, que vivía completamente
inmerso en las cosas presentes. Para él, no había nada más importante que “mi
pan”, “mi carne”, “mis esquiladores”; todo se limitaba a esto; todo giraba en
torno al «yo»; no había ningún lugar para David y sus derechos. Podía esperarse
esto de un hombre como él; pero David no debía descender de su elevada
posición, y rebajarse a luchar con un pobre mundano respecto a bienes
perecederos. ¡Ah, no!, el reino venidero es lo que debía estar ante sus ojos,
llenar sus pensamientos y elevar su espíritu por encima de las bajas
influencias de la tierra.
Consideremos
al Maestro mismo, cuando estaba en el tribunal de un pobre gusano —una de las
criaturas que sus propias manos formaron—; ¿cuál fue su actitud? ¿Acaso llamó a
la pequeña tropa de sus discípulos a ceñir “cada uno su espada”? ¿Acaso dijo a
aquel que osó sentarse como su juez: «En vano hice a este hombre todo lo que
es, y le di todo lo que tiene?». No; él miraba por encima de Pilato, de
Herodes, de los principales sacerdotes y de los escribas, y podía decir: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he
de beber?” (Juan 18:11). Esto es lo que guardaba su espíritu tranquilo,
al mismo tiempo que miraba hacia adelante, hacia el futuro, y podía decir: “Desde ahora veréis al Hijo del Hombre
sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”
(Mateo 26:64). Aquí vemos un poder real sobre las cosas presentes. El reino
milenario, con todos sus indecibles regocijos, con todas sus glorias, brillaba
en el futuro de su luz y resplandor eternos, y la mirada del “Varón de dolores”
se fijaba en él durante esas horas sombrías, cuando las burlas, los escarnios,
los oprobios y los desprecios que venían de pecadores culpables, caían sobre su
adorable persona.
Querido
lector cristiano, éste es nuestro modelo; así es como debemos enfrentar las
pruebas y las dificultades, los oprobios, los reproches y el abandono. Miremos
todo a la luz del futuro. “Esta leve tribulación momentánea” —dijo uno que
sufrió mucho—, “produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de
gloria” (2 Corintios 4:17). Y todavía: “Mas el Dios de toda gracia, que nos
llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de
tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 Pedro
5:10). Y el Señor mismo dice: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer
todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en
su gloria?” (Lucas 24:25-26). Sufrir
viene primero y la gloria le sigue; y aquel que, por propia iniciativa,
quisiera desviar el filo de los oprobios y los sufrimientos actuales, mostraría
que el reino venidero no es lo que llena toda su alma, y que el presente actúa más en él que el futuro.
¡Cuánto
deberíamos bendecir a nuestro Dios por haber abierto ante nuestros ojos una
perspectiva tan gloriosa en los siglos venideros! ¡Cómo nos permite avanzar con
paso boyante por nuestro escabroso sendero a través del desierto, y elevarnos
por encima de todo lo que ocupa a los hijos de este mundo!
No de un mundo que pasa,
No de la noche, sino del día,
Librados por Jesús del mal que
nos enlaza,
Avanzamos en paz hacia la
eterna estancia.
¡Ojalá
que podamos experimentar más la realidad de las cosas de arriba, mientras
atravesamos este sombrío “valle de lágrimas”! El corazón y el espíritu
desfallecerían si no fuésemos sostenidos por la esperanza de gloria, la que,
gracias a Dios, no avergüenza, pues el Espíritu es las arras de ella en
nuestros corazones.
El
curso de nuestro relato nos presenta un ejemplo todavía más sorprendente de la
inmensa diferencia que existe entre el hombre natural y el hombre de fe.
Abigail vuelve de su entrevista con David y encuentra a Nabal “completamente
ebrio, por lo cual ella no le declaró cosa alguna hasta el día siguiente. Pero
por la mañana, cuando ya a Nabal se le habían pasado los efectos del vino, le
refirió su mujer estas cosas; y desmayó su corazón en él, y se quedó como una
piedra. Y diez días después, Jehová hirió a Nabal, y murió” (v. 36-38). ¡Qué
triste cuadro del estado de un hombre del mundo! Hundido completamente en la
embriaguez durante la noche; sobrecogido de terror por la mañana, y traspasado
más tarde por la flecha de la muerte. Tal es la suerte de multitudes que el
enemigo, en todos los siglos, ha logrado seducir y embriagar con los goces
perecederos de un mundo que yace bajo la maldición de Dios y que sólo tiene que
esperar la ejecución de su juicio. “Los que duermen, de noche duermen, y los
que se embriagan, de noche se embriagan” (1 Tesalonicenses 5:7). Pero la mañana
está cerca, cuando los vapores del vino —símbolo de los goces del mundo— se
habrán disipado, cuando la febril excitación en la que Satanás ocupa los
espíritus de los hombres de este mundo se habrá calmado, entonces vendrá la
terrible realidad: una eternidad de indecible miseria en compañía de Satanás y
sus ángeles. Nabal ni siquiera se encontró con David cara a cara, pero el solo
pensamiento de su espada vengadora llenó su alma de un terror mortal. ¡Cuánto
más horroroso será encontrar la mirada de Cristo, en otro tiempo despreciado y
rechazado, y ahora sentado en el trono de su gloria! Entonces los Abigail y los
Nabal tendrán sus respectivos lugares: los que habrán conocido y amado a Jesús
y los que lo habrán desconocido y despreciado. ¡Quiera Dios, en su gracia,
concederle, a mi querido lector, estar con los primeros!
Observemos
aún que el interesante relato contenido en este capítulo, nos presenta un
sorprendente cuadro de la Iglesia y del mundo, en su conjunto. La primera está
unida al Rey y asociada con Su gloria; el segundo está hundido en una
irremediable ruina. “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo
no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y
apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos,
encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!
Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en
los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas
cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles,
en paz” (2 Pedro 3:11-14).
Tales
son los conmovedores y grandes hechos que nos presenta por todas partes el
libro de Dios, para desprender nuestros corazones de las cosas presentes, y
ligarlos con sincero afecto a las cosas y a las perspectivas que están en relación
con la persona del Hijo de Dios. Nada, excepto la profunda y positiva
convicción de la realidad de estas cosas, podrá producir este feliz efecto.
Conocemos la embriagadora influencia de este mundo, de sus proyectos y de sus
operaciones; sabemos cuán fácilmente el corazón humano se deja arrastrar por la
rápida corriente de las cosas de aquí abajo: planes de mejora, operaciones
comerciales, movimientos políticos, hasta movimientos religiosos; todas estas
cosas producen en el alma un efecto similar al que produjo el vino en Nabal, de
modo que se vuelve casi inútil anunciar las solemnes verdades presentadas en el
pasaje que citamos.
Sin
embargo, hay que proclamarlas, hay que repetirlas sin cansarse, “y tanto más,
cuanto veis que aquel día se acerca”; “el día del Señor vendrá como ladrón en
la noche”; “todas estas cosas han de ser deshechas”; “los cielos pasarán con
grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las
obras que en ella hay serán quemadas” (Hebreos 10:25; 2 Pedro 3:10-11). Tal es
la perspectiva que se presenta a los ojos de todos aquellos que, como Nabal,
cargados de “glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida” (Lucas
1:34), rechazaron los llamados del Señor y desconocieron Sus derechos.
El
mundo se prepara, con una rapidez inconcebible, para la introducción de aquel
que, por el poder de Satanás, dominará sobre todas sus instituciones, resumirá
en él todos sus principios, y concentrará en su persona todas sus energías.
Cuando el último elegido sea recogido del mundo, el último miembro incorporado
al cuerpo de Cristo por la energía vivificante del Santo Espíritu, la última
piedra puesta en el lugar que le está destinada en el templo de Dios, entonces
la sal que, ahora, preserva al mundo de la corrupción, será quitada; la barrera
que impide, a causa de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, será
removida; y entonces será revelado en la escena de este mundo “aquel inicuo, a
quien el Señor matará con el espíritu de su boca y destruirá con el resplandor
de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y
señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se
pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2
Tesalonicenses 2:8-10).
Seguramente,
estas cosas deberían detener a los hombres del mundo en su carrera, y llevarlos
a considerar seriamente “el fin que
les espera”. “La paciencia de nuestro Señor es para salvación” (Deuteronomio
32:29; 2 Pedro 3:15). ¡Qué palabra tan preciosa! Pero no abusemos de ella; no
confundamos esta paciencia con indiferencia. El Señor espera en gracia
que los pecadores se conviertan, pero
no podría tener ninguna connivencia con el pecado.
Pero,
lamentablemente, es casi inútil hablar del futuro
a hombres completamente absorbidos por el presente.
¡Bendito
sea Dios, hay algunos que tienen oídos para oír el testimonio del amor y de la
gracia de Jesús, así como del juicio que va a ejercer! Tal era Abigail. Había creído
la verdad acerca de David y había actuado en consecuencia; así también, todos
los que creen la verdad acerca de Jesús, se separarán diligentemente del mundo
presente.
Continuará
NOTAS
1 La declaración del texto, no
hace falta decirlo, no afecta para nada la estabilidad eterna de la gracia
divina y la perfecta aceptación del creyente delante de Dios, según todo el
valor de Cristo. Ésta es una gran verdad fundamental. Cristo es la vida del
creyente, y Cristo es su justicia: el inquebrantable fundamento de su paz con
Dios. Él puede perder el gozo de esta verdad, pero eso no cambia en absoluto el hecho en sí, pues
es Dios quien lo ha establecido sobre una base
indestructible, y si se quisiera mover esta base, habría que poner en
duda el hecho de la resurrección de Cristo, porque está claro que Cristo no
podría estar allí donde se encuentra ahora, si la paz del creyente (su paz con
Dios), no estuviese perfectamente establecida. Para tener una paz perfecta,
debo conocer mi perfecta justificación; es preciso que sepa, por la fe en la
palabra de Dios, que Cristo cumplió la obra de una propiciación perfecta. Tal
es el orden divino: Una perfecta propiciación como fundamento de una
justificación perfecta; y una justificación perfecta como fundamento de mi paz
perfecta. Dios unió estas tres cosas, y no es posible que la incredulidad del
corazón del hombre las separe.
De este modo, la declaración del texto citado no
puede ser mal comprendida ni mal aplicada. El ejemplo siguiente hará comprender
el principio contenido allí: si, contrariamente a mi prohibición, mi hijo se
acerca demasiado al fuego, puede hacerse daño y causarme dolor, pero no por eso
es menos hijo mío.
La declaración del apóstol tiene toda la amplitud
posible: “Lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). No
especifica si se trata de un creyente o de un inconverso; y, por consiguiente,
el pasaje debe tener su plena aplicación. No afecta en nada la cuestión de la
gracia pura y absoluta.
2 El lector debe distinguir con la mayor precisión entre el
Espíritu Santo que viene sobre
alguien, y el Espíritu Santo que hace su morada y actúa en nosotros. Algunos
pueden encontrar una dificultad en estas palabras de Samuel: “El Espíritu de
Jehová vendrá sobre ti con poder, y
profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre” (1 Samuel 10:6). Pero no
es aquí el Espíritu que produce el nuevo nacimiento, sino simplemente el que
vuelve a Saúl apto para cumplir un cargo. Si se tratase de regeneración, no
sería simplemente el Espíritu que viene sobre
alguien, sino que actuaría en él. El
Saúl revestido de un cargo, y el Saúl
hombre, son completamente distintos,
y esta distinción debe ser mantenida con respecto a varias de las personas
mencionadas tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Además, hay una diferencia de fundamental
importancia en las operaciones del Espíritu Santo antes y después de la
resurrección de Cristo.
3 N. del E.— Las palabras de Job 11:12 en cuanto a que el hombre
ha nacido “como un pollino de asno montés”, describen la condición natural del
hombre: obstinado, inmanejable, impuro. Compárese con Éxodo 13:13 y Oseas 8:9.
Saúl e Israel son muy claramente descriptos en esta infructuosa búsqueda tras
las asnas de su padre. David era el pastor de las ovejas.
4 N. del E.— Cuán a menudo
ocurre que un hijo de Dios o un siervo de Cristo que emplea técnicas humanas
para su obra, encuentra en ellas dificultades y estorbos para su obediencia y
su fe. Que se deshaga de ellas por la gracia, y el alma, arrojada sobre Dios,
hallará de inmediato el gozo y la libertad para el servicio y la energía de la
fe.
5 Es interesante observar
que, en las palabras que David dirigió a Goliat, no dice: «Yo vengo a ti con honda y piedra», sino: “Yo vengo a
ti en el nombre de Jehová de los ejércitos”. Para David, los medios no son
nada, Dios es todo.
6 Hacen falta un corazón
muy recto y un ojo muy simple para regocijarse sinceramente en los frutos del
trabajo de otro, así como en el trabajo de nuestras propias manos. Si la gloria
de Dios y el bien de su pueblo hubiesen sido el único objeto que llenaba el
corazón de Saúl, no se habría ocupado un solo momento en saber cuántos millares
se le habían atribuido a él o a David. Pero él buscaba su propia gloria. Allí
radicaba el secreto de su envidia y de sus celos. ¡Qué santo reposo, qué
verdadera elevación, qué perfecta tranquilidad de espíritu emanan de un sincero
renunciamiento de uno mismo, de un renunciamiento que resulta de tener el
corazón totalmente ocupado con Cristo! Si verdaderamente buscamos la gloria del
Señor, no nos preocuparemos del instrumento, más allá de que seamos nosotros o
cualquier otro.
7 El Nuevo
Testamento enseña al cristiano a someterse a las autoridades establecidas; pero jamás contempla la posibilidad de que
el cristiano ocupe una posición de autoridad en el gobierno. Ésta es la razón por
la cual no contiene directivas para un rey o un magistrado cristiano, si bien
hay amplias instrucciones para todas las demás relaciones: esposos, padres e
hijos, amos y siervos cristianos. Esto es muy significativo.
8 Al principio
del capítulo 10 del evangelio de Juan, el Señor mismo se presenta a la puerta
del redil judío, y, una vez que entró, llama a salir a sus propias ovejas.
Luego, dice: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas
también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan
10:16). No dice que habrá “un redil”, sino “un rebaño”. Un redil encierra la
idea de un cerco vallado para mantener las ovejas separadas y resguardadas, y
por eso esta palabra se aplica adecuadamente a la economía judía. Pero ahora no
se trata más de un redil —de un arreglo terrenal—, que tiene por objeto
encerrar aquí abajo a las ovejas para ponerlas aparte. Todo esto se acabó. El
Pastor celestial llamó a sus ovejas judías fuera del redil terrenal, y a sus
ovejas gentiles de las oscuras montañas de este vasto mundo, y, habiendo hecho
de ambos un nuevo y solo rebaño, los puso en la mano de su Padre. Vemos así la
gran diferencia que existe entre el redil y el rebaño. No podemos confundirlos.
9 Hay algo particularmente
bello y conmovedor en esta escena, ya sea que consideremos el acto de los tres
hombres valientes buscando el agua para David, o el acto de David cuando la
derrama delante de Jehová. Es evidente que David discernía, en un acto de tan
extraordinaria devoción, un sacrificio que nadie excepto Jehová podía apreciar
debidamente. Era un perfume demasiado exquisito para tomar aunque sea lo menos
para sí: debía dejarlo subir todo hacia el trono del Dios de Israel, el único digno
de recibirlo, el único capaz de apreciar todo su valor. Este hecho nos recuerda
el bello compendio de devoción cristiana que Pablo nos traza: “Y aunque sea
derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y
regocijo con todos vosotros. Y asimismo gozaos y regocijaos también vosotros
conmigo” (Filipenses 2:17-18). En este pasaje, el apóstol representa a los
santos de Filipos en su carácter de sacerdotes, que presentan un sacrificio a Dios y realizan un servicio
sacerdotal a Dios; y tal era la intensidad de su devoción y de su olvido de sí
mismo, que podía regocijarse de ser derramado en libación sobre su sacrificio,
de modo que todo pudiera subir, en olor grato, hacia Dios. Los filipenses
habían colocado un sacrificio sobre el altar de Dios, y el apóstol fue
derramado sobre él, y todo subió a Dios como “olor fragante”. No importaba
quién colocaba el sacrificio sobre el altar, o quién era derramado sobre él,
con tal que Dios recibiese lo que le era agradable. Éste era un verdadero y
divino modelo de devoción cristiana. ¡Oh, que se nos conceda la gracia para que
nuestros caminos sean formados según él! Entonces, se oirá hablar menos de «mis
hechos», «mis palabras» y «mis idas y venidas». Sería nuestro gozo cada vez que
viéramos a uno u otro de los fieles ofrecer un sacrificio sobre el altar de
Dios, servir de libación sobre este sacrificio, para gloria de Dios y para el
gozo común de los santos.
Traducido en octubre de 2011
Este libro es propiedad de ©Ediciones bíblicas: Le
Chêne, 1166 Perroy (Suiza)