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NUESTRA NORMA Y NUESTRA ESPERANZA C.
H. Mackintosh |
Dos principios muy importantes presentados en Apocalipsis 3:3 y 11, son
profundamente interesantes, pero claros, simples, fáciles de distinguir y
llenos de poder cuando se los comprende: dos cosas distintas que caracterizan
al vencedor. La primera es la verdad que ha sido comunicada; la segunda es la
esperanza puesta delante de nosotros.
Encontramos la ilustración de estas dos cosas en la historia de Israel, y en la
historia de
Sardis
nos presenta el protestantismo. Siempre hay que hacer la distinción entre un
trabajo del Espíritu de Dios y el estado de cosas resultante a causa de la
intervención del hombre, de lo que él ha instaurado, de sus arreglos humanos,
de la maquinaria terrenal, que copia la forma cuando el poder no existe más.
Un movimiento muy claro del Espíritu de Dios que tuvo lugar hace cincuenta
años, hizo salir a numerosas personas de los recintos de la cristiandad. Pero
¿qué uso se hizo de ello? Cuando la energía, la frescura y el despertar del
Espíritu se hubieron marchado, ¿qué ocurrió en muchos casos? Pues bien, la
gente se deslizó en lo que se podría llamar una hermandad muerta, y nada es
peor que eso, porque la corrupción de las mejores cosas es la peor de las
corrupciones. ¿Cuál es nuestra salvaguardia moral? Simplemente retener lo que
hemos recibido, y vivir en la esperanza bienaventurada de la venida de Cristo:
realizar en nuestras propias almas el poder de lo que Dios ha dado y de lo que
dará.
Encontramos
ilustraciones de esto en los tiempos del Antiguo Testamento. Todos los grandes
movimientos de reforma en Israel se caracterizaron por este mismo hecho. Así
ocurrió en la época de Josafat y en la de Ezequías. El Señor llama a su pueblo
a volver a la posición original, a lo que habían recibido al principio.
Ezequías se vuelve a Moisés como autoridad para mantener la posición divina en
la celebración de la pascua. Muchos habrían podido decir: «¡Oh, todo está
irremediablemente perdido, nuestra unidad nacional no existe más!» El mismo
Salomón había dejado abominaciones tras de sí. El diablo sugiere bajar el nivel
a causa de la ruina; pero Ezequías no escucha nada de todo eso. Era un
vencedor. Una ola de bendición llega, como no se había conocido desde los días
de Salomón (2 Crónicas 30).
Lo mismo sucedió también en los días de Josías: un niño estaba sobre el trono;
una mujer cumplía el servicio profético (2 Crónicas 34); Nabucodonosor estaba
casi a la puerta. ¿Qué hizo Josías? El libro de la ley se leyó. En vez de bajar
el nivel a causa del estado de las cosas, actúa según
Lo
mismo ocurrió con Ezequías y Josías; y tenemos un ejemplo todavía más bello de
esto en Esdras y Nehemías. En estos días tuvo lugar una fiesta que no había
sido observada desde los días de Josué hijo de Nun (Nehemías 8:17). La celebración
de esa fiesta fue algo reservado para este pobre y pequeño remanente. Eran
vencedores; habían vuelto a Dios y a lo que él les había dado al principio.
Daniel,
Sadrac, Mesac y Abed-nego también obtuvieron una victoria magnífica cuando
rehusaron comer los manjares delicados del rey. No quisieron ceder el espesor
de un cabello. ¿No eran vencedores? Habrían podido decir: «Dios, en su
gobierno, nos envió a la cautividad, ¿por qué nos negaríamos a comer los
manjares delicados del rey?» ¡Pero no! Fueron hechos capaces de mantener el
nivel dado por Dios, en medio de la ruina que los rodeaba.
Lo
mismo ocurrió con Daniel. Permaneció en una inquebrantable fidelidad y obtuvo
una victoria maravillosa. No había abierto sus ventanas ni oraba vuelto hacia
Jerusalén con la intención de montar un espectáculo, sino para mantener la
verdad de Dios. Oraba hacia el centro escogido por Dios y fue llamado “siervo
del Dios viviente” (Daniel 6:20). Si todos ellos se hubiesen sometido, habrían
perdido sus victorias, y Dios habría sido deshonrado.
Todo
esto nos afecta muy particularmente, en medio del protestantismo. Esto confiere
a
Veamos
ahora nuestro segundo gran principio, a saber, que nuestro carácter debe
también formarse por lo que está ante nosotros: la venida del Señor. Pero,
observemos aquí que la asamblea de Sardis, en vez de recibir el estímulo de la
esperanza propia de
De esto es amenazado el protestantismo, y de esto es amenazado usted si se deja
llevar por la corriente como un pescado muerto. El Señor despierta los
corazones de los suyos para sentir más profundamente estas cosas. Les hace ver
que lo único que importa es una completa realidad. Si no tenemos esta realidad,
no tenemos nada. Una cosa es tener las doctrinas en la mente, y otra cosa tener
a Cristo en el corazón y a Cristo en la vida.
Él
viene por mí, y debo esperar
C.H.M.