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La plena suficiencia de
Cristo Para la salvación eterna
y para el andar del creyente C.
H. Mackintosh |
INTRODUCCIÓN
Una vez que el
alma ha sido llevada a sentir la realidad de su condición delante de Dios —la
profundidad de su ruina, de su culpa y de su miseria— su completa e
irremediable bancarrota, no puede haber reposo hasta que el Espíritu Santo
revele al corazón la plena y total suficiencia de Cristo. La única respuesta
posible a nuestra ruina total es el remedio perfecto de Dios.
Ésta es una verdad
muy sencilla, pero, a la vez, de la mayor importancia; y, podemos decir, con
toda seguridad, que cuanto más profunda y perfectamente se la aprenda por uno
mismo, mejor. El verdadero secreto de la paz consiste en acabar definitivamente
con un yo culpable, totalmente arruinado, sin esperanza y sin ningún valor, y
hallar entonces a un Cristo plenamente suficiente como provisión de Dios para
nuestras más profundas necesidades. Esto es, de veras, reposo: un reposo que no
puede ser perturbado jamás. Podrá haber tristeza, aprietos, conflictos, ejercicios
de alma, pesadez de ánimo a causa de múltiples tentaciones, altibajos, toda
suerte de pruebas y dificultades; pero estamos persuadidos de que, cuando un
alma ha sido conducida realmente por el Espíritu de Dios a ver que el yo se
acabó para siempre y a descansar plenamente en Cristo, halla una paz que no
puede ser interrumpida jamás.
La inestabilidad
de tantos amados hijos de Dios es el resultado de no haber recibido en su corazón
a un Cristo completo como la provisión misma de Dios para ellos. No cabe duda
de que este resultado triste y penoso puede ser producto de varias causas,
tales como una mente legalista, una conciencia mórbida, un corazón ocupado en
sí mismo, una mala enseñanza, una inclinación secreta hacia las cosas de este
mundo, algunas reservas en el corazón en cuanto a las demandas de Dios, de
Cristo y de la eternidad. Pero cualesquiera sean las causas que han contribuido
a ello, creemos que, en casi todos los casos, se puede llegar a la conclusión
de que la falta de una paz inquebrantable, tan común en el pueblo de Dios, es
el resultado de no ver ni creer lo que Dios ha hecho que Su Cristo sea para
ellos y por ellos; y eso, para siempre.
Basados en las
preciosas páginas de
I.
Al considerar este gran tema, dos cosas reclaman nuestra atención:
Primero: Lo que Cristo hizo por
nosotros, o sea, su obra en la cruz.
Segundo: Lo que Cristo está
haciendo por nosotros, o sea, su obra presente.
En la primera, tenemos la expiación;
en la segunda, la intercesión. Murió
por nosotros en la cruz; vive para nosotros en el trono.
1. Lo que Cristo hizo por nosotros
Por su preciosa muerte expiatoria, nuestra condición de pecadores ha
quedado totalmente resuelta. Llevó nuestros pecados y los alejó para siempre.
Cargó con todos nuestros pecados, los pecados de todos los que creen en su nombre:
“Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Y de nuevo:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3: 18).
Ésta es una gran verdad, de suprema importancia para el alma ansiosa, una
verdad que yace en el fundamento mismo de toda la posición cristiana. Es
imposible que un alma verdaderamente despertada, que una conciencia
espiritualmente iluminada, pueda disfrutar de una paz divinamente establecida,
hasta que haya echado mano, con fe sencilla, de esta preciosa verdad. Tengo
que saber, apoyado en la autoridad divina, que todos mis pecados han sido
borrados para siempre de la vista de Dios; que él mismo ha acabado con ellos de
manera tal de satisfacer todas las demandas de su trono y todas las perfecciones
de su naturaleza; que él se ha glorificado a sí mismo al haber quitado todos
mis pecados de una manera mucho más elevada y maravillosa que si me hubiese
enviado a un infierno eterno por causa de ellos.
Sí, él mismo lo ha hecho. Ésta es la verdadera sustancia, el meollo de
todo el asunto. Dios ha cargado sobre Jesús nuestros pecados, y así nos lo dice
en su santa Palabra, a fin de que lo sepamos basados en la autoridad divina,
una autoridad que no puede mentir. Dios lo planeó; Dios lo llevó a cabo; Dios
lo dice. Todo, de punta a cabo, proviene de Dios, y a nosotros nos toca
sencillamente confiar en ello como un niño. ¿Cómo sé yo que Jesús llevó mis
pecados en su cuerpo sobre el madero? Justamente por la misma autoridad que me
dice que yo tenía pecados que pesaban sobre mí. Dios, en su amor maravilloso y
sin par, me asegura a mí, pecador miserable, culpable y merecedor del
infierno, que él mismo ha tomado a su cargo todo el asunto de mis pecados y los
ha hecho desaparecer de tal modo de producir una rica cosecha de gloria para su
nombre eterno, a lo largo y ancho del universo, en presencia de todo ser
creado, dotado de inteligencia.
Una fe viva en esto debe tranquilizar la conciencia. Si Dios ha quedado
satisfecho a sí mismo con respecto a mis pecados, bien puedo yo estar también
satisfecho. Yo sé que soy pecador, quizás el peor de los pecadores. Sé que mis
pecados son más numerosos que los cabellos de mi cabeza; que son oscuros como
la medianoche, negros como el mismo infierno. Sé que cualquiera de esos
pecados, aun el más pequeño, merece las llamas eternas del infierno. Sé —porque
me lo dice
Pero, ¡oh, misterio profundo de la cruz, misterio glorioso de amor redentor!
Veo a Dios mismo tomando todos mis pecados —esa lista negra y terrible—, todos
mis pecados, tal como los conocía y los pesaba. Lo veo cargándolos sobre la
cabeza de mi adorable Sustituto y teniéndolo a él por responsable de ellos. Veo
las encrespadas olas de la justa ira de Dios —su ira contra mis pecados, la ira
que debía haberme consumido, alma y cuerpo, en el infierno durante una
espantosa eternidad—, pasando por encima del Hombre que ocupó mi lugar, que me
representó delante de Dios, que llevó sobre sí todo lo que yo debía llevar, a
quien un Dios santo trató como yo merecía ser tratado. Veo a un Dios inflexible
en su justicia, verdad y santidad, tomando mis pecados y haciéndolos
desaparecer por completo y para siempre. Ni uno solo queda sin ser juzgado. No
existe la posibilidad de hacer la vista gorda, ni de mitigarlos, ni de pasarlos
por alto, ni de permanecer indiferente, una vez que Dios mismo ha tomado en
sus manos el asunto. Estaban comprometidas su gloria, su inmaculada santidad,
su eterna majestad y las elevadas demandas de su gobierno.
A todo eso había que dar la satisfacción pertinente, de forma que Dios
fuese glorificado a los ojos de ángeles, hombres y demonios. Pudo haberme enviado
al infierno, con toda justicia, a causa de mis pecados, pues no me merecía otra
cosa. Todo mi ser moral, desde su máxima profundidad, lo reconoce: no tiene más
remedio que reconocerlo. No tengo ni una sola palabra que decir como excusa por
un solo pensamiento pecaminoso; mucho menos, por una vida manchada enteramente
de pecado; sí, una vida de deliberado, rebelde y arbitrario pecado.
Que razonen otros como les plazca sobre la supuesta injusticia de una
eternidad de castigo por una corta vida de pecado, de una falta total de
proporción entre unos pocos años de obrar mal y una eternidad sin fin de
tormentos en el lago de fuego. Ellos pueden hallar razones, pero creo
firmemente y confieso sin reservas que por un solo pecado contra un ser como
Dios a quien veo en la cruz, yo merezco de sobra un castigo eterno en el foso
más hondo, oscuro y lúgubre del infierno.
No escribo como teólogo; si así fuese, sería de veras una tarea muy fácil
presentar una hilera incontestable de textos evidentes de
Pero —¡eternas aleluyas al Dios de toda gracia!— en vez de enviarnos al
infierno a causa de nuestros pecados, Dios envió a su Hijo para ser la propiciación
por esos pecados. Y, en el despliegue del maravilloso plan de la redención,
vemos a un Dios santo interviniendo en el asunto de nuestros pecados y
ejecutando juicio sobre ellos en
Ahora bien, esto tiene que dar paz a la conciencia, con tal que se reciba
con simple fe. ¿Cómo es posible que una persona crea que Dios está satisfecho
en cuanto a sus pecados, y no tenga paz? Si Dios nos dice: “Y nunca más me
acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12), ¿qué más podemos
desear como base de paz para nuestra conciencia? Si Dios me asegura que todos
mis pecados han sido borrados como se “disipa una densa nube” (Isaías 44:22;
BDLA), que los ha “echado tras sus espaldas” (Isaías 38:17) —alejado para
siempre de su vista—, ¿no habré de tener paz? Si me muestra al Hombre que llevó
mis pecados en la cruz, coronado ahora a la diestra de
Porque, permítaseme preguntar: ¿cómo alcanzó Cristo el lugar que ocupa
ahora en el trono de Dios? ¿Acaso lo fue como “Dios sobre todas las cosas,
bendito por los siglos” (Romanos 9:5)? No, porque eso lo fue siempre. ¿Fue como
Hijo eterno del Padre? No; siempre lo fue, siempre “está en el seno del Padre”,
siempre es objeto de las delicias eternas e inefables del Padre. ¿Lo fue como
Hombre sin mancha, santo, perfecto, Aquel cuya naturaleza fue absolutamente
pura, perfectamente libre de pecado? No; porque en esa condición, y sobre esa
base, podía haber reclamado en cualquier momento, entre el pesebre y la cruz,
un lugar a la diestra de Dios. ¿Cómo lo fue, pues? ¡Sea eternamente alabado el
Dios de toda gracia! Lo fue como quien, por medio de su muerte, cumplió la
gloriosa obra de la redención, como quien cargó con todo el peso de nuestros
pecados, como el que satisfizo perfectamente todas las justas demandas de ese
trono en el cual está ahora sentado.
Ésta es una verdad fundamental que el lector angustiado debe comprender.
No puede dejar de liberar el corazón y tranquilizar la conciencia. No es
posible contemplar, por fe, al Hombre que fue clavado en el madero, coronado
ahora en el trono, y no tener paz con Dios. Después de cargar sobre sí nuestros
pecados y el juicio que merecían, el Señor Jesucristo
no podría estar ahora donde está, si uno solo de esos pecados quedara sin
expiar. Ver coronado de gloria al que llevó nuestros pecados, es ver esos
pecados alejados para siempre de la presencia divina. ¿Dónde están nuestros
pecados? Todos ellos están borrados. ¿Cómo lo sabemos? El que los tomó sobre
sí, “traspasó los cielos”, hasta la cima más alta de la gloria. La justicia
eterna ha coronado sus sienes benditas con una diadema de gloria, como Aquel
que cumplió nuestra redención, que llevó nuestros pecados, demostrando así, de
modo incuestionable, que nuestros pecados fueron alejados para siempre de la
vista de Dios. Un Cristo coronado y una conciencia limpia están unidos
inseparablemente en la bienaventurada economía de la gracia. ¡Maravilloso
hecho! Ahora podemos cantar, con todas nuestras energías redimidas, las
alabanzas del amor redentor.
Pero veamos cómo las Santas Escrituras presentan
esta verdad tan consoladora. Leemos en Romanos 3:21-26: “Pero ahora, aparte de
la ley [χωρις νομου], se ha
manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la
justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en
él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de
la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús, a quien
Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para
manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los
pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de
que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
De nuevo, en el capítulo 4, hablando de la fe de Abraham, que le fue
contada por justicia, el apóstol añade (v. 23-25): “Y no solamente con respecto
a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a
quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual
fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación.” Dios es presentado aquí a nuestra alma como el que levantó
de entre los muertos a Aquel que llevó nuestros pecados. ¿Por qué lo hizo?
Porque Aquel que había sido entregado por nuestros pecados, había glorificado
perfectamente a Dios con respecto a esas ofensas y las había quitado de en
medio para siempre. Dios no se limitó a enviar a su Hijo unigénito al mundo,
sino que lo “quebrantó por nuestras iniquidades” (Isaías 53:5; V.M.) y lo
levantó de entre los muertos, a fin de que sepamos y creamos que nuestras
iniquidades fueron borradas de manera tal que él fue glorificado de un modo
infinito y eterno. ¡Sea alabado su nombre en todo el universo y por toda la
eternidad!
Pero tenemos todavía otro testimonio de esta gran
verdad fundamental. En Hebreos 1:1-3, leemos las siguientes palabras que conmueven el alma: “Dios, habiendo
hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los
profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien
constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual,
siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien
sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí
mismo, se sentó a la diestra de
SEGUNDA
PARTE: Nuestra seguridad del perdón de los pecados
Hasta aquí, hemos considerado el aspecto de la obra de Cristo que tiene
que ver con el perdón de los pecados, y esperamos sinceramente que el
lector tenga ya una idea muy clara y definida de este tan importante punto.
Seguramente será un feliz privilegio para él si sólo toma lo que Dios dice en
su palabra: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18).
Si, pues, Cristo padeció por nuestros pecados, ¿no deberíamos percatarnos
de tan grande bendición de haber sido librados para siempre del peso de esos
pecados? ¿Puede estar de acuerdo con la mente y el corazón de Dios que alguien
por quien Cristo padeció haya de quedar en perpetua esclavitud, atado y
amarrado con la cadena de sus pecados y clamando, semana tras semana, mes tras
mes, año tras año, que el peso de sus pecados es insoportable?
Si tales expresiones son verdaderas y propias de un cristiano, ¿qué ha
hecho entonces Cristo por nosotros? ¿Puede ser verdad que Cristo haya quitado
de en medio nuestros pecados y que, a pesar de eso, estemos atados y amarrados
con esa cadena? ¿Es verdad que él llevó la pesada carga de nuestros pecados y
que, no obstante, estemos aún aplastados bajo su insoportable peso?
Algunos pretenden hacernos creer que no es posible saber si nuestros
pecados están perdonados y que debemos continuar hasta el final de nuestra
vida en un estado de total inseguridad acerca de este asunto tan importante y
vital. Si así fuese, ¿qué se habría hecho del precioso evangelio de la gracia
de Dios, las buenas nuevas de salvación? En vista de una enseñanza tan
miserable como ésta, ¿qué significan esas palabras inflamadas del bienaventurado
apóstol Pablo en la sinagoga de Antioquía?: “Sabed, pues, esto, varones
hermanos: que por medio de él (Jesucristo, muerto y resucitado) se os anuncia
(no se promete como algo futuro, sino que se proclama ahora) perdón de
pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser
justificados, en él es justificado (no será o espera ser justificado) todo
aquel que cree” (Hechos 13:38-39).
Si nos apoyamos en la ley de Moisés, en cumplir los mandamientos, en
desempeñar bien nuestras obligaciones, en estimar a Cristo y en amar a Dios
como es debido, entonces habrá motivo para que estemos dudando y completamente
inseguros, viendo que no nos es posible tener ninguna base de seguridad. Si
tenemos que hacer algo en este asunto, aunque no sea más que mover un párpado,
entonces ciertamente sería la mayor presunción de nuestra parte pensar que
estamos seguros.
Pero, por otro lado, cuando oímos la voz del Dios viviente, que no puede
mentir, proclamando a nuestros oídos las buenas noticias de que, por medio de
su Hijo amado, el cual murió en la cruz, fue sepultado en la tumba, levantado
de entre los muertos y sentado en la gloria; que, por medio de él solamente
(sin ninguna cosa, en absoluto, de nosotros mismos), por medio de su único
sacrificio, llevado a cabo de una vez para siempre, es anunciado el perdón completo
y perpetuo de los pecados como una realidad actual, para ser disfrutada ya por
todo el que cree sencillamente el anuncio inestimable de Dios, ¿cómo es posible
que alguien continúe en la duda y en la incertidumbre? ¿Está consumada la obra
de Cristo? Sí, él dijo que lo estaba. ¿Qué es lo que él consumó? La
purificación de nuestros pecados. ¿Están, pues, borrados o los llevamos aún
encima? ¿Cuál de ellos?
Lector, diga ¿cuál? ¿Dónde están sus pecados? ¿Están borrados, como una nube densa que se ha
disipado? ¿O aún pesan, como un gran fardo de culpas, con poder condenador,
sobre su conciencia? Si no fueron alejados por la muerte expiatoria de Cristo,
no se alejarán de usted jamás; si no los llevó él en la cruz, tendrá que
llevarlos usted para siempre en las atormentadoras llamas del infierno. Sí;
délo por seguro; no hay otro modo de solucionar esta cuestión tan importante y decisiva.
Si Cristo no arregló este asunto en la cruz, usted tiene que cargar con él en
el infierno. Si
Pero, ¡gloria a Dios!, su testimonio nos asegura que “Cristo padeció por los pecados” una vez para
siempre, “el justo por los injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18); no
meramente para llevarnos al cielo cuando
muramos, sino para llevamos a Dios ahora.
¿Cómo nos lleva a Dios? ¿Atados y amarrados con la cadena de nuestros pecados?
¿Con una insoportable carga de culpa pesándonos en el alma? No, de veras; nos
lleva a Dios sin mancha, ni culpa ni carga. Nos lleva a Dios, siendo aceptos
por él sobre la base de todo el valor de su bendita persona. ¿Hay alguna culpa
en Cristo? ¡No! Sí la hubo, ¡bendito sea su nombre!, cuando estuvo en nuestro
lugar, pero desapareció —desapareció para siempre—, hundida como plomo en las
insondables aguas del perdón divino. Él cargó con nuestros pecados en la cruz.
Dios cargó sobre él todas nuestras iniquidades, y con él trató sobre ellas.
Todo el asunto de nuestros pecados, según la propia estimación que Dios hace de
ellos, fue plenamente abordado y definitivamente solucionado. Todo quedó
divinamente resuelto entre Dios y Cristo en las espantosas sombras del Calvario.
Sí, allí todo ello fue resuelto de una vez y para siempre. ¿Cómo lo sabemos?
Por la autoridad del único Dios verdadero. Su Palabra nos asegura que “tenemos redención” por medio de la sangre
de Cristo, “el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios
1:7). Nos declara, con acentos de la más dulce, rica y profunda gracia, que
nunca más se acordará de nuestros pecados y de nuestras iniquidades (Hebreos
8:12). ¿No basta con esto? ¿Continuaremos todavía clamando que estamos atados
y amarrados con la cadena de nuestros pecados? ¿Echaremos así un borrón en la
obra perfecta de Cristo? ¿Empañaremos así el brillo de la gracia divina y
tendremos por mentira el testimonio del Espíritu Santo en “
Pero si el lector se siente todavía inclinado a inquirir cómo puede
obtener la seguridad de que él también tiene parte en esta feliz remisión de
los pecados —en este fruto de la obra expiatoria de Cristo—, que escuche estas
magníficas palabras que salieron de los labios del Salvador resucitado, cuando
comisionó a los primeros proclamadores de su gracia: “Y les dijo: Así está
escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los
muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el
perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas
24:46-47).
Aquí tenemos la gran comisión; su base, su autoridad y su esfera. Cristo
padeció. Esta es la base meritoria del perdón de los pecados. Sin derramamiento
de sangre no hay remisión de pecados; pero por el derramamiento de la sangre, y sólo por él, hay remisión de pecados;
una remisión tan plena y completa como la capacidad que tiene la sangre de
Cristo para llevarla a cabo.
Pero, ¿dónde está la autoridad para ello? “Está escrito”. ¡Bendita e indiscutible autoridad! No hay nada que
pueda sacudirla jamás. Sobre la base sólida de la autoridad de
Finalmente, en cuanto a la esfera o ámbito, es “todas las naciones”. Esto
me incluye a mí, sin duda alguna. No hay ninguna clase de excepción, condición
ni calificación. Las noticias preciosas tenían que ser llevadas en volandas, en
las alas del amor, a todas las naciones, a todo el mundo, a toda criatura bajo
el cielo. ¿Cómo podría excluirme yo a mí mismo de esta comisión de extensión
universal? ¿Pongo en duda, por un momento, que Dios destina para mí los rayos
de su sol? ¡Seguro que no! ¿Y por qué habría yo de poner en duda el hecho
precioso de que el perdón de los pecados es para mí? ¡Ni por un solo instante!
Eso es tan seguro para mí, como si yo fuese el único pecador bajo la bóveda del
cielo de Dios. La universalidad de su condición excluye toda duda en cuanto a
que ese perdón esté designado para mí.
Y, por si fuera necesario algo más para animarnos, con seguridad se halla
en el hecho de que los bienaventurados embajadores debían empezar “por
Jerusalén” —el punto más culpable en toda la faz de la tierra—. Tenían que
hacer el primer ofrecimiento del perdón a los mismos asesinos del Hijo de Dios.
Esto lo lleva a cabo el apóstol Pedro con aquellas palabras de sublime y
maravillosa gracia: “Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os
bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hechos 3:26).
No es posible concebir ninguna cosa de tanta riqueza y magnífica plenitud
como ésta. La gracia que pudo alcanzar a los asesinos del Hijo de Dios, puede
alcanzar a cualquiera. La sangre que pudo limpiar la culpa de un crimen tan
grave, puede limpiar al pecador más vil que se halle todavía fuera del recinto
del infierno.
Querido lector angustiado por este tema, ¿puede usted estar perplejo
todavía acerca del perdón de sus pecados? Cristo padeció por los pecados. Dios
proclama la remisión de pecados y empeña su Palabra en ello: “De éste dan
testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán
perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). ¿Qué más quiere? ¿Cómo puede
usted dudar o demorarse por un momento más? ¿Qué está aguardando? Tiene la obra
consumada de Cristo y la fiel palabra de Dios. Seguramente esto habría de
bastar para satisfacer su corazón y tranquilizar su conciencia. Le rogamos,
pues, que acepte la remisión plena y perpetua de todos sus pecados. Reciba en
su corazón las dulces noticias del amor y de la gracia de Dios y siga gozoso su
camino. Escuche la voz del Salvador resucitado, que habla desde el trono de
Pero, ¡alabado sea por siempre el Dios de toda gracia!, no es sólo el
perdón de pecados lo que se nos anuncia mediante la muerte expiatoria de
Cristo. Esto ya sería de por sí un beneficio y una bendición de primerísimo
orden; y, según hemos visto, disfrutamos de ello conforme a la paciencia del
corazón de Dios y conforme al valor y la eficacia de la muerte de Cristo, según
la estimación que Dios da a esa muerte. Pero, además del pleno perdón de los
pecados, tenemos también una completa liberación del poder actual del pecado.
Completa liberación del poder actual del
pecado
Éste es un punto muy importante para todo el que ama de veras la
santidad. Conforme a la gloriosa economía de la gracia, la misma obra que
garantiza la plena remisión de los pecados, ha quebrantado para siempre el
poder del pecado. No sólo han sido borrados los pecados de la vida, sino que ha
sido condenado también el pecado de la naturaleza. El creyente tiene el
privilegio de considerarse a sí mismo como muerto al pecado. Y, con corazón
alegre, puede cantar:
Por mí Señor Jesús
moriste,
Y yo he muerto en
ti
Mis cadenas rotas
fueron porque reviviste
Y ahora tú vives
en mí
El rostro del
Padre, de gracia radiante
Brilla ahora en
luz en mí
Ésta es la respiración propia de un cristiano. “Con Cristo estoy
juntamente crucificado, y ya no vivo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).
Esto es cristianismo. El viejo «yo» está crucificado, y Cristo vive mí. El
cristiano es una nueva criatura. Las cosas viejas pasaron (2 Corintios 5:17).
La muerte de Cristo ha puesto punto final para siempre a la historia del viejo
«yo»; y, por tanto, aunque el pecado mora en el creyente, su poder ha sido
quebrado y destruido para siempre. No sólo ha sido cancelada su culpa, sino que
su terrible dominio ha sido completamente destronado.
Esta es la gloriosa doctrina de los capítulos
Aquí está el precioso secreto de una vida santa. Estamos muertos al
pecado; vivos para Dios. Se acabó el reinado del pecado. ¿Qué tiene que ver el
pecado con un muerto? Nada. Pues bien, el creyente ha muerto con Cristo; ha
sido sepultado con Cristo y ha resucitado con Cristo para andar en novedad de
vida. Vive bajo el reinado precioso de la gracia y tiene por fruto la santificación.
La persona que se vale de la abundancia de la gracia divina como pretexto para
vivir en pecado, está negando el fundamento mismo del cristianismo. “Los que
hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2). ¡Imposible!
Sería negar por completo la posición del cristiano. Imaginarse al cristiano
como alguien que va a seguir pecando y arrepintiéndose, y vuelta a empezar, un
día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro y un año tras otro, equivale
a degradar el cristianismo y a falsificar toda la posición del cristiano. Decir
que un cristiano tiene que continuar pecando porque tiene la carne en sí mismo,
es ignorar la muerte de Cristo en uno de sus aspectos más importantes y
contradecir toda la enseñanza del apóstol en los capítulos
Gracias a Dios, no hay necesidad alguna de que el creyente cometa pecado.
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Juan 2:1). No
debemos excusarnos ni de un solo pensamiento pecaminoso. Nuestro gran
privilegio es andar en la luz, como Dios está en la luz; y cuando andamos en
la luz, es cosa por demás segura que no estamos cometiendo pecado. ¡Ay! Nos
salimos de la luz y cometemos pecado; pero la idea normal, verdadera, divina,
de un cristiano es que ande en la luz y no cometa pecado. Un solo pensamiento
pecaminoso es cosa ajena al verdadero espíritu del cristianismo. Dentro de
nosotros, tenemos el pecado y continuaremos teniéndolo mientras estemos en el
cuerpo; pero, si andamos en el Espíritu, el pecado que hay en nuestra
naturaleza no se manifestará en nuestra vida. Decir que no necesitamos pecar es
afirmar un privilegio cristiano; decir que no podemos pecar es un engaño y una
decepción.
TERCERA PARTE: Lo
que Cristo hace hoy por nosotros
De lo que hemos visto hasta ahora, podemos aprender que el gran resultado
de la obra de Cristo en el pasado es otorgarnos una posición divinamente perfecta
delante de Dios. “Hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos
10:14). Nos ha introducido en la presencia de Dios, aceptados tan plenamente
como Cristo, completamente acreditados en virtud del nombre, de la persona y de
la obra de Cristo; de forma que, como declara el apóstol Juan, “como él es, así
somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).
Tal es la posición invariable del más débil corderito de todo el rebaño
de Cristo, que Él compró con su propia sangre. Y no podría ser de otro modo. La
única alternativa a esto es la perdición eterna. No existe ni el ancho de un
cabello entre esta posición de absoluta perfección delante de Dios, y una condición
de culpabilidad y ruina. O estamos en nuestros pecados, o en un Cristo
resucitado. No hay término medio. O estamos cubiertos de culpa, o completos en
Cristo. Pero la voz autorizada del Espíritu Santo nos declara en la Escritura
que el creyente está “completo en Cristo” (Colosenses 2:10), “perfecto, en cuanto
a la conciencia” (Hebreos 9:9), “perfecto para
siempre” (Hebreos 10:14), “todo limpio” (Juan 13:10), que nos hizo “aceptos en el Amado” (Efesios 1:6), que fuimos “hechos justicia de Dios en” Cristo (2 Corintios 5:21).
Y todo esto, mediante el sacrificio de la cruz. Aquella preciosa muerte expiatoria de Cristo
constituye el fundamento sólido e inquebrantable de la posición del cristiano.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por
los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). Un Cristo
sentado es la prueba gloriosa y la definición perfecta del lugar del creyente
en la presencia de Dios. Nuestro Señor Jesucristo, cuando glorificó a Dios respecto a nuestros
pecados, soportó el juicio de Dios sobre nuestra entera condición de
pecadores y, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó Él
mismo para siempre en un lugar, no sólo de perdón, aceptación y paz, sino
también de completa liberación del dominio del pecado; un lugar de victoria asegurada
sobre toda cosa que pudiera estar en nuestra contra, ya sea el pecado que mora
en nosotros, el miedo a Satanás, las exigencias de la ley o el presente mundo
malo.
Tal es, repetimos, la posición absolutamente invariable del creyente, si
nos guiamos por la Sagrada Escritura. Y rogamos con insistencia al cristiano
que no se conforme con nada menos que esto. Que ya no acepte más las confusas
enseñanzas de los credos de la cristiandad ni los ritos de su liturgia, que
sólo hacen volver a las almas a la oscuridad, la lejanía y la esclavitud del
judaísmo, sistema que Dios halló defectuoso y que él mismo abolió para siempre,
por no haber satisfecho Sus santos designios ni su corazón amoroso, en cuanto a
dar a sus adoradores paz y libertad perfectas, absoluta cercanía a él mismo; y
eso, para siempre.
Instamos solemnemente a todo el pueblo de Dios, en las diversas secciones
de la Iglesia profesante, a que consideren dónde se hallan y vean hasta qué punto
entienden y disfrutan la verdadera posición cristiana, según se nos muestra en
los diversos pasajes de las Escrituras que hemos citado y que podrían
multiplicarse fácilmente. Que comparen con diligencia y fidelidad las
enseñanzas de la cristiandad con la Palabra de Dios y vean en qué medida están
de acuerdo con esa Palabra. Así hallarán que el actual cristianismo profesante
se halla totalmente en contraste con las enseñanzas vivas del Nuevo
Testamento; y que, como consecuencia, se priva a las almas de los preciosos
privilegios que les corresponden como cristianos, y se las tiene a una
distancia moral que caracterizaba a la economía
mosaica.
Todo esto es de lo más deplorable. Contrista al Espíritu Santo, hiere el
corazón de Cristo, deshonra a la gracia de Dios y contradice las más claras
afirmaciones de las Sagradas Escrituras. Estamos completamente persuadidos de
que la condición actual de millares de almas basta para hacer sangrar el
corazón; y todo esto se debe, en gran proporción, a las enseñanzas de la
cristiandad, a sus credos y formularios. ¿Dónde se puede hallar, entre las
filas ordinarias de la profesión cristiana, una persona que disfrute de una
conciencia perfectamente purificada, de paz con Dios y del Espíritu de
adopción? ¿No es verdad que al pueblo se le ha enseñado pública y
sistemáticamente que es el colmo de la presunción el que alguien diga que todos
sus pecados ya están perdonados, que tiene vida eterna, que está justificado de todas las cosas, que
es acepto en el Amado, que está sellado con el Espíritu Santo, que
no puede perderse, porque ya está unido a Cristo por el Espíritu que mora en
él? ¿Acaso no son todos estos privilegios cristianos prácticamente negados e
ignorados en la cristiandad? ¿No se le enseña a la gente que es peligroso estar
demasiado confiado; que es más seguro moralmente vivir con duda y temor; que a
lo más que podemos aspirar es a tener la esperanza de que iremos al cielo
cuando muramos? ¿Dónde se les enseñan a las almas las gloriosas verdades
acerca de la nueva creación? ¿Dónde son enraizadas y fundamentadas las almas en
el conocimiento de la posición que ocupan en una Cabeza resucitada y
glorificada en los cielos? ¿Dónde son conducidas al disfrute de estas cosas que
Dios otorga libremente a su amado pueblo?
¡Ay! Nos apena pensar en la única respuesta verdadera que puede darse a estas
preguntas. El rebaño de Cristo está esparcido por montes oscuros y páramos
desolados. Las almas del pueblo de Dios son dejadas en la sombría distancia que
caracterizaba al sistema judaico. No conocen el significado del velo rasgado,
de la cercanía de Dios, ni son conscientes de ser aceptos en el Amado. La mesa
misma del Señor está velada con las frías y oscuras nieblas de la superstición,
y cercada por las repulsivas barreras de un oscuro y funesto legalismo. Una
redención cumplida, un perdón total de los pecados, una justificación perfecta
delante de Dios, una aceptación en el Cristo resucitado, el Espíritu de
adopción, la brillante y bienaventurada esperanza de la venida del Esposo:
todas esas grandiosas y gloriosas realidades, esos privilegios establecidos de
Algunos pensarán tal vez que hemos trazado un cuadro demasiado sombrío.
Sólo podemos decir, y lo decimos con toda sinceridad, que ojalá nos equivocáramos.
Lamentablemente el cuadro refleja la realidad; más aún, la realidad es mucho
más espantosa que el cuadro. Nos impresiona profunda y penosamente el hecho de
que la condición, no sólo de
No obstante, tenemos que seguir adelante con nuestro tema y, al hacerlo,
ofreceremos el único remedio que puede aconsejarse para la deplorable
condición de tantos hijos de Dios.
Nos hemos ocupado de la obra preciosa que nuestro Señor Jesucristo
cumplió por nosotros, al quitar de en medio todos nuestros pecados y al condenar el pecado,
garantizándonos una remisión perfecta de los primeros y una liberación completa
del segundo, considerado como un poder dominador. El cristiano es una persona
que no sólo ha sido perdonada, sino también libertada. Cristo ha muerto por
él, y él ha muerto en Cristo. Por eso ahora es libre, como quien ha resucitado
de entre los muertos y vive para Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Es
una nueva criatura. Ha pasado de muerte a vida. La muerte y el juicio quedaron
atrás, y delante de él solamente está la gloria. Posee un título imborrable y
una perspectiva sin nubes.
Ahora bien, si todo esto es efectivamente cierto con respecto a todo hijo de Dios
―y
Pero, aunque nada puede tocar nuestra vida o perturbar nuestra posición,
nuestra comunión está expuesta a interrupciones, por ser imperfectos nuestro
estado y nuestro andar; por eso necesitamos la obra presente de Cristo por
nosotros.
2. La obra presente de Cristo por nosotros
Jesús vive por nosotros a la diestra de Dios. Su intervención activa a
favor nuestro no cesa nunca ni por un momento. Él traspasó los cielos en virtud
de la expiación consumada, y allí continúa siempre intercediendo eficazmente
por nosotros delante de nuestro Dios. Allí está como nuestra justicia
permanente, para sostenernos siempre en la integridad divina de la posición y
de la relación en las que su muerte expiatoria nos ha introducido. Así leemos
en Romanos 5:10: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por
la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su
vida”. Así también, en Hebreos 4:14-16, leemos: “Por tanto, teniendo un gran
sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos
nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según
nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono
de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro”. Y de nuevo, en Hebreos 7:24-25: “Mas éste Cristo, por cuanto
permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede
también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo
siempre para interceder por ellos”. Y en 9:24 “Porque no entró Cristo en el
santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para
presentarse ahora por nosotros ante Dios”.
Luego, en 1 Juan 2:1-2, tenemos el mismo tema, presentado desde un punto
de vista distinto: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y
si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el
justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los
nuestros, sino también por los de todo el mundo”.
¡Qué precioso es todo esto para el cristiano de corazón sincero, que
siempre es consciente —consciente de forma profunda y dolorosa— de su
debilidad, necesidad, fragilidad y fracaso! ¿Cómo es posible —podemos preguntar
con razón— que alguien se atreva a poner en duda la necesidad que cada cristiano
tiene del ministerio continuo de Cristo a su favor, si fija su mirada en los
pasajes que acabamos de citar, por no hablar de lo que su propia conciencia le
dice acerca de la imperfección de su estado y de su marcha? ¿No es para
asombrarse, si se llega a encontrar algún lector de la epístola a los Hebreos,
algún observador del estado y del andar del creyente más maduro, que niegue la
aplicación actual del sacerdocio y de la intercesión de Cristo por los
cristianos?
Permítasenos preguntar: ¿Por quién está ahora Cristo viviendo y actuando
a la diestra de Dios? ¿Por el mundo? Está claro que no, pues él mismo dice en
Juan 17:9: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me
diste; porque tuyos son”. ¿Y quiénes son éstos? ¿El remanente judío? No; ese
remanente está aún por aparecer en escena. ¿Quiénes son, pues? Son los creyentes,
hijos de Dios, cristianos que están pasando ahora por este mundo pecador,
propensos a caer y a contaminarse en cada paso de su camino. Estos son los que
se benefician del ministerio sacerdotal de Cristo. Él murió para limpiarlos, y
vive para conservarlos limpios. Por medio de su muerte expió nuestra culpa; y
por medio de su vida nos limpia por la acción de
Todo lo tenemos en virtud de la muerte preciosa de Cristo. ¿Se trata de
nuestra culpa? Está cancelada por la sangre de la expiación. ¿Se trata de
nuestras faltas de cada día? Tenemos un Abogado para con el Padre, un gran Sumo
Sacerdote con Dios. “Si alguno peca”. No dice: «Si alguno se arrepiente». Sin duda que hay ―y que debe
haber― arrepentimiento y juicio propio; pero, ¿cómo se producen? ¿De
donde proceden? Aquí está: “Abogado tenemos para con el Padre” (1 Juan 2:1). Su
poderosa y siempre eficaz intercesión es la que proporciona al que peca, la
gracia del arrepentimiento, del juicio de sí mismo y de la confesión.
Es sumamente importante que el cristiano tenga completa claridad acerca
de esta gran verdad fundamental del ministerio sacerdotal o de la poderosa intercesión
de Cristo. Algunas veces pensamos equivocadamente que, cuando fracasamos en
nuestra obra, tenemos que hacer algo de nuestra parte para poner en orden las
cosas entre nuestra alma y Dios. Nos olvidamos de que, incluso antes de darnos
cuenta del fracaso —antes de que nuestra conciencia se percate realmente del
hecho—, nuestro adorable Abogado ha estado intercediendo con el Padre sobre
ello; y debemos a Su intercesión la gracia del arrepentimiento, de la
confesión y de la restauración. “Si alguno peca, tenemos...” ¿qué? ¿Volver a la
sangre? ¡No! Nótese bien lo que el Espíritu Santo declara: “Abogado tenemos
para con el Padre, a Jesucristo el justo”. ¿Por qué dice: “el justo”? ¿Por qué
no dice: el benigno, el misericordioso, el que se compadece? ¿No es él todo
eso? Con toda seguridad; pero ninguna de esas perfecciones tendría aquí su
lugar adecuado, pues el bienaventurado apóstol está poniendo delante de
nosotros la consoladora verdad de que, en todos nuestros errores, pecados y
fracasos, tenemos siempre un representante “justo” delante del Dios justo, del
Padre Santo, de forma que nuestros asuntos jamás pueden fracasar. “Viviendo siempre para interceder por ellos”; y
porque vive siempre, “puede también salvar perpetuamente
—hasta llegar al final mismo— a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos
7:25).
¡Qué sólido es el consuelo que hay aquí para el pueblo de Dios! ¡Y cuánto
necesita nuestra alma estar bien asentada en el conocimiento y la percepción de
ello! Hay algunos que tienen una percepción imperfecta de la verdadera posición del cristiano, porque no ven lo
que Cristo ha hecho por ellos en el pasado; otros, por el contrario, tienen una
concepción tan enteramente parcial del
estado del cristiano, que no ven la necesidad que tenemos de lo que Cristo
está haciendo ahora por nosotros. Ambos necesitan ser corregidos. Los primeros
ignoran el alcance y el valor de la expiación; los últimos ignoran el lugar y
la aplicación de la intercesión. La perfección de nuestra posición es tal, que puede decir el apóstol: “como él es, así somos
nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Si todo estuviese incluido ahí,
seguramente no tendríamos ninguna necesidad de intercesión sacerdotal; pero,
por otro lado, nuestro estado es
tal, que el apóstol tiene que decir: “Si alguno peca”. Esto demuestra que
necesitamos de continuo al Abogado. Y, bendito sea Dios, lo tenemos
continuamente; lo tenemos viviendo
siempre por nosotros. Vive y nos sirve en las alturas. Es nuestra justicia
permanente delante de nuestro Dios. Vive para mantenernos perfectamente rectos
en el cielo y para rectificar nuestras sendas cuando hayamos dado un mal paso
en la tierra. Es el vínculo divino e indisoluble entre nuestra alma y Dios.
CUARTA PARTE
En las tres partes anteriores, hemos procurado desarrollar las grandes
verdades fundamentales que conciernen a la obra de Cristo por nosotros: su
obra en el pasado —su expiación— y su obra en el presente— su intercesión—.
Ahora procuraremos presentarle al lector, con la ayuda del Espíritu de Dios, algo
de lo que nos enseñan las Escrituras en cuanto a la segunda parte de nuestro
tema, a saber, Cristo como un objeto para el corazón.
II. CRISTO COMO OBJETO DEL CORAZÓN
Es una bendición maravillosa poder decir: «He hallado a Alguien que
satisface perfectamente mi corazón: he hallado a Cristo». Esto es lo que nos
eleva de verdad por encima del mundo y nos concede una completa independencia
de los recursos a los que se acoge siempre el corazón inconverso. Da reposo permanente, pues imparte una
calma y una tranquilidad de espíritu que el mundo no puede comprender. El pobre y fiel seguidor del mundo puede pensar que
la vida del cristiano es realmente muy aburrida, torpe y sin sentido. Tal vez
se quede asombrado de que el creyente pueda arreglárselas para seguir adelante
sin lo que él llama diversión y placer; sin teatros, sin bailes ni fiestas, sin
conciertos, sin naipes ni billares, sin ir de caza, sin carreras de caballos ni
clubes ni casinos.
Privar de tales cosas a un inconverso, casi le impulsaría a la
desesperación o a la demencia; pero el cristiano no necesita tales cosas ni las
desea; serían para él un aburrimiento completo. Por supuesto, nos estamos
refiriendo al cristiano verdadero, al que lo es, no meramente de nombre, sino
en realidad. ¡Lamentablemente, muchos que profesan ser cristianos, y que
incluso asumen un terreno muy elevado en su profesión, se hallan activamente
envueltos en todas las cosas vanas y frívolas tras de las que van los hombres
de este mundo! Se los puede ver sentados a
Es evidente que tales personas no saben nada de Cristo como objeto del
corazón. A decir verdad, resulta muy difícil entender cómo es que una persona
que tenga una sola chispa de vida divina en el alma, puede hallar placer en las
miserables ocupaciones de un mundo sin Dios. El cristiano verdadero y fervoroso
se aparta de tales cosas; lo hace instintivamente; y no meramente por lo
positivamente malo de ellas —aunque seguramente las considera malas y
perversas—, sino porque les ha perdido el gusto y porque ha encontrado algo
infinitamente superior, algo que satisface perfectamente todos los deseos de su
nueva naturaleza. ¿Podemos imaginarnos a un ángel del cielo complaciéndose en
un baile, un teatro o un hipódromo? Sólo el pensarlo es una ridiculez suprema.
A un ser celestial le son totalmente ajenas tales escenas.
¿Y qué es un cristiano? Un hombre celestial, pues es partícipe de la
naturaleza divina. Está muerto al mundo, muerto al pecado, vivo para Dios. No
tiene ni un solo vínculo con el mundo; pertenece al cielo. Así como Cristo su
Señor no es del mundo, tampoco él lo es. ¿Podría Cristo tomar parte en los
entretenimientos, juergas y necedades de este mundo? La idea misma sería una
blasfemia. Pues bien, ¿qué diremos del cristiano? ¿Ha de hallarse donde su
Señor no podría ser hallado? ¿Puede tomar parte consecuentemente en cosas de
las que sabe en su corazón que son contrarias a Cristo? ¿Puede ir a lugares,
escenas y ambientes en los que tiene que admitir que su Salvador y Señor no
puede participar? ¿Puede ir y tener comunión con un mundo que aborrece a ese
mismo a quien él profesa que le debe todo?
Quizá piense alguno de nuestros lectores que estamos asumiendo un terreno
demasiado elevado o exagerando. A quien así piense, le querríamos preguntar:
¿qué terreno debemos tomar? Ciertamente, el terreno cristiano, si somos
cristianos. Pues entonces, si hemos de asumir una posición cristiana, ¿cómo
sabremos cuál es en realidad esa posición? Con seguridad por el Nuevo
Testamento. ¿Y qué nos enseña? ¿Acaso autoriza a que el cristiano se mezcle, en
cualquier forma o medida, con los entretenimientos, diversiones y vanidades
del presente mundo malo? Prestemos atención a las solemnes palabras de nuestro
adorable Señor en Juan 17:14-18: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los
aborreció, porque no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los
guardes del mal. No son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo”.
¿Se puede concebir una medida mayor de identificación que la que se nos
muestra en estas palabras? Dos veces, en este breve pasaje, nuestro Señor dice
que no somos del mundo, como tampoco él lo es. ¿Qué tiene que ver con el mundo
nuestro adorable Señor? ¡Nada! El mundo lo ha rechazado completamente y lo ha
echado fuera. Lo clavó en una vergonzosa cruz entre dos malhechores. El mundo
sigue siendo reo de todo esto, tan plena y vivamente como si el acto de la
crucifixión se hubiese llevado a cabo ayer, en el centro mismo de la
civilización actual y con el consentimiento unánime de todos. No hay ni un solo
vínculo moral entre Cristo y el mundo. Más aún, el mundo está manchado con Su
asesinato y tendrá que responder por el crimen ante Dios.
¡Qué solemne es esto! ¡Cuán digno de seria reflexión para los cristianos! Pasamos por un mundo
que crucificó a nuestro Señor y Maestro, y él declara que no somos del mundo,
como tampoco él lo es. De aquí se sigue que, en la medida en que tengamos
alguna comunión con el mundo, somos infieles a Cristo. ¿Qué pensaríamos de una
mujer que se sentase a reír y bromear con un grupo de hombres que hubiesen
asesinado a su marido? No obstante, eso es precisamente lo que hacen los
cristianos profesantes cuando se asocian con este presente mundo malo y se
hacen como carne y hueso con él.
Quizá alguien dirá: «¿Qué vamos a hacer? ¿Tendremos que salir del mundo? » ¡De ningún modo! Nuestro Señor dice
explícitamente: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del
mal” (Juan 17:15). El verdadero principio para el cristiano es: en el mundo, pero no del mundo. Para
ilustrarlo con un ejemplo, el cristiano en el mundo es como un buzo en el mar.
Está sumergido en un elemento que acabaría con él, si no estuviera protegido
de su acción, y sostenido por una continua comunicación con los que están en la
superficie.
¿Y qué tiene que hacer el cristiano en el mundo?
¿Cuál es su misión? Aquí está: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he
enviado al mundo” (Juan 17:18). Y de nuevo, en Juan 20:21: “Como me envió el
Padre, así también yo os envío”. Tal es la misión del cristiano. No tiene que
encerrarse dentro de los muros de un monasterio o de un convento. El
cristianismo no consiste en unirse a una comunidad de frailes o de monjas. Nada
de eso. Somos llamados a movernos de un lado a otro en las diversas relaciones
de la vida y actuar en la esfera donde Dios nos ha puesto para su gloria. No se
trata de qué hacemos, sino de cómo lo hacemos. Todo depende del objeto
que gobierna nuestro corazón. Si el objeto que gobierna y absorbe el corazón es
Cristo, todo irá bien; si no lo es, nada irá bien.
Dos personas pueden sentarse a una misma mesa para comer; una come para
satisfacer su apetito, la otra come “para la gloria de Dios” (1 Corintios
10:31), come simplemente para conservar en buen funcionamiento su cuerpo como
vaso de Dios, templo del Espíritu Santo e instrumento para el servicio de
Cristo.
Y así, en todo. Nuestro gran privilegio es tener siempre delante de
nosotros al Señor. Él es nuestro modelo. Como él fue enviado al mundo, así
también nosotros. ¿A qué vino? A glorificar a Dios. ¿Cómo vivió? Por el Padre: “Como
me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él
también vivirá por mí” (Juan 6:57).
Así todo resulta muy sencillo. Cristo es el modelo y la piedra de toque
para todo. Ya no es cuestión meramente de obrar bien o mal de acuerdo con normas
humanas; es simplemente una cuestión de saber lo que es digno de Cristo.
¿Haría él esto o lo otro? ¿Estaría él aquí o allí? Él nos dejó “ejemplo, para
que” sigamos “sus pisadas” (1 Pedro
2:21). Y de seguro que no deberíamos ir a donde no podemos rastrear Sus huellas
benditas. Si vamos a un lugar o a otro para complacernos a nosotros mismos, no
estamos siguiendo Sus huellas y no podemos abrigar la esperanza de disfrutar de
Su bendita presencia.
Aquí está el verdadero secreto de todo este asunto. La gran pregunta que
hemos de hacernos es precisamente ésta: ¿Es Cristo mi único objeto? ¿Para qué
estoy viviendo? ¿Puedo decir: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe
del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas
2:20). Lo que esté por debajo de eso no es digno del cristiano. Cosa bien pobre
y miserable es contentarse con ser salvo, y luego seguir codo a codo el mundo,
viviendo para el placer y el interés de uno mismo; aceptar la salvación como
fruto de las penalidades y los padecimientos de Cristo, y vivir luego
distanciados de él. ¿Qué diríamos de un niño al que sólo le interesan las cosas
buenas que le provee la mano de su padre, y no buscase nunca su compañía, sino
que prefiriese la compañía de extraños? Sin duda sería considerado digno de
desprecio; pero, ¡cuánto más despreciable es el cristiano que debe todo su
presente y toda su eternidad a la obra de Cristo y, sin embargo, se contenta
con vivir a una fría distancia de su adorable persona, sin preocuparse por
promover su gloria!
QUINTA PARTE
Si el lector ha sido capaz, por medio de la gracia, de asimilar lo que ha
sido objeto de nuestra consideración en estas páginas, tendrá un remedio
perfecto para toda intranquilidad de conciencia y para todo desasosiego de
corazón. Para aquietar la conciencia, bastará confiar en la obra de Cristo con
fe sencilla. Para sosegar el corazón, será suficiente poner la mirada, con
“ojo sencillo”, en
No obstante, ¡qué pocos, aun del pueblo amado del Señor, conocen lo uno o
lo otro! ¡Qué raro es hallar una persona que goce de verdadera paz de conciencia
y de auténtico reposo de corazón! En general, los cristianos no aventajan, ni
una pizca, a la condición de los santos del Antiguo Testamento. No conocen la
bendición de una redención cumplida;
no disfrutan de una conciencia purificada; no pueden acercarse “con corazón
sincero, en plena certidumbre de fe”, teniendo “purificados los corazones de
mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:22). No comprenden la grandiosa verdad de la morada del
Espíritu Santo en ellos, en virtud de lo cual pueden clamar: “Abba, Padre”
(Gálatas 4:6). En cuanto a su experiencia, están bajo la ley; nunca han entrado
de verdad en la bendición profunda de estar bajo el reinado de la gracia. No se
puede dudar de que tienen la vida y aman las cosas de Dios; sus gustos, sus
costumbres, sus aspiraciones, más aún, sus mismos ejercicios de corazón, sus
conflictos, sus ansiedades, dudas y temores, todo ello demuestra la existencia
de la vida divina. En cierto modo, están separados del mundo, pero su
separación es negativa, más bien que positiva. Se debe a que ven la completa
vanidad del mundo y a que no puede satisfacerles el corazón, antes que a haber
hallado un objeto digno en Cristo. Han perdido el gusto por las cosas del
mundo, pero no han hallado su lugar ni su porción en el Hijo de Dios donde él
está ahora a la diestra de Dios. Las cosas del mundo no les satisfacen, pero
tampoco disfrutan de su posición, objeto y esperanza celestiales; de ahí que
se hallen en una condición totalmente anómala; no tienen certeza, ni reposo, ni
propósito fijo; no son felices; no conocen su verdadera situación; no son ni
una cosa ni otra.
¿Se halla el lector de esa manera? Esperamos afectuosamente que no sea
así. Confiamos que sea uno de los que, por la gracia infinita, conocen “las cosas que nos
han sido dadas gratuitamente por Dios” (1 Corintios 2:12, VM); que saben que han pasado de muerte a vida; que
tienen vida eterna; que gozan del testimonio precioso del Espíritu; que se dan
cuenta de su asociación con una Cabeza resucitada y glorificada en los cielos,
con quien están unidos por el Espíritu Santo que mora en ellos; que han hallado
su objeto en la Persona de Aquel cuya obra consumada constituye la base divina
y eterna de su salvación y de su paz, y que aguardan con anhelo el momento
bienaventurado en que Jesús vendrá a recogerlos, para que donde él está estén
también ellos, para no salir de allí jamás.
Esto es cristianismo. Ninguna otra cosa merece ese nombre. Se alza en contraste
fuerte y agudo con la espuria religiosidad actual, que no es ni puro judaísmo
por un lado, ni puro cristianismo por el otro, sino una miserable mezcla,
compuesta por algunos de los elementos de cada uno, elementos que pueden ser
adoptados y practicados por gente inconversa, pues dan el visto bueno a los
deseos de la carne y les permiten gozar de los placeres y las vanidades del
mundo, para contentamiento de su corazón. El principal enemigo de Cristo y de
las almas ha logrado crear un horroroso sistema de religión, mitad judío,
mitad cristiano, combinando del modo más astuto el mundo y la carne con
ciertas cosas de la Biblia, usándola de forma tal que destruye su fuerza moral
e impide su correcta aplicación; y las almas quedan atrapadas sin remedio en
las redes de este sistema. Los inconversos son engañados con la idea de que,
en realidad, son muy buenos cristianos y que van directamente al cielo;
mientras que, por otra parte, al amado pueblo de Dios se le priva de su debido
lugar y de sus privilegios, y es arrastrado por la oscura y funesta influencia
de la atmósfera religiosa que los rodea y casi los sofoca.
Creemos que no se pueden expresar con palabras humanas las terribles consecuencias
de mezclar así al pueblo de Dios con la gente del mundo en un sistema común de
religiosidad y de creencias teológicas. Su efecto en el pueblo de Dios es
cerrarles los ojos a las verdaderas glorias morales del cristianismo, según
nos son presentadas en las páginas del Nuevo Testamento; y esto, hasta tal
punto que si alguien intenta descubrir estas glorias ante su vista, es tenido
por visionario entusiasta o por hereje peligroso. Su efecto sobre la gente del
mundo es engañarles completamente en cuanto a su verdadera condición, su carácter
y su destino. Ambas clases repiten los mismos formularios, suscriben el mismo
credo, recitan las mismas oraciones, son miembros de la misma comunidad,
participan del mismo sacramento y son, en una palabra, una misma cosa en el
terreno eclesiástico, lo mismo que en el teológico y el religioso.
En respuesta a todo esto, quizá se nos diga que nuestro Señor, en Su
maravilloso discurso en Mateo 13, enseña explícitamente que el trigo y la
cizaña han de crecer juntos. Sí, pero, ¿dónde? ¿En la Iglesia? No, sino en “el mundo”; y nos dice que “el campo es el mundo” (Mateo 13:38).
Confundir estas dos cosas, es falsear enteramente la posición cristiana y
acabar con toda disciplina piadosa en la Asamblea. Equivale a colocar la
enseñanza de nuestro Señor en Mateo 13 en abierta oposición a la enseñanza del
Espíritu Santo en 1 Corintios 5.
Sin embargo, no vamos a seguir adelante por ahora con este tema. Es demasiado
importante y demasiado extenso como para despacharlo en un breve artículo como
el presente. Quizá podamos discutirlo con mayor extensión en otra oportunidad,
pues estamos plenamente convencidos de que requiere del lector cristiano una
seria consideración. No se puede subestimar, de ningún modo, su importancia,
pues concierne, de forma tan manifiesta, a la gloria de Cristo, a los intereses
verdaderos de su pueblo, al progreso del Evangelio y a la integridad del
testimonio y del servicio cristianos. Pero tenemos que dejarlo a un lado por
el momento y terminar este artículo con una breve referencia al punto tercero
y último de nuestro tema, a saber, la Palabra de Cristo como guía plenamente
suficiente para nuestro camino.
III.
Si la obra de Cristo es suficiente para la conciencia, y su adorable
Persona es suficiente para el corazón, entonces, con toda seguridad, su Palabra
preciosa es suficiente para el camino. Podemos asegurar, con toda la confianza
posible, que tenemos en el divino volumen de las Sagradas Escrituras todo lo
que podamos necesitar, no sólo para satisfacer todas las exigencias de nuestro
camino individual, sino también las diversas necesidades de la Iglesia de Dios,
en los más minuciosos detalles de su historia en este mundo.
Nos damos perfecta cuenta de que, al sentar tal afirmación, nos exponemos
a mucha burla y oposición desde varios lados. Por un lado, toparemos con los
abogados de la tradición y, por otro, con los que defienden la supremacía de la
razón y de la voluntad humanas; pero esto en realidad nos importa muy poco. Si
las tradiciones de los hombres, ya sean padres, hermanos o doctores, se presentan como autoridad, las
consideramos como una mota de polvo en la balanza (Isaías 40:15); y, en cuanto al
racionalismo, sólo puede compararse a un murciélago a la luz del sol del
mediodía, deslumbrado por el resplandor y golpeándose ciegamente contra objetos
que no puede ver.
¡Qué gozo más profundo para el corazón poder apartarse de las tradiciones
y doctrinas de los hombres, opuestas entre sí, y hallar reposo a la luz de la
Santa Escritura! ¡Qué gozo experimenta el creyente cuando, tras encontrarse con
los insolentes razonamientos del incrédulo, del racionalista y del escéptico,
puede rendir todo su ser moral a la autoridad y al poder de la Santa Biblia,
reconociendo con gratitud, en la Palabra de Dios, la única norma perfecta de
doctrina, de moral, de todo! “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el
hombre de Dios sea perfecto
[αρτιος], enteramente instruido para toda buena
obra” (2 Timoteo 3:16-17 RV
1909).
¿Qué más podemos necesitar? ¡Nada! Si
Cristo, encuentro
todo en Ti,
Y no necesito más;
No falta, no puede faltar, nada en el Cristo de Dios. Su expiación y su
intercesión bastan para satisfacer todos los anhelos de la conciencia más
profundamente ejercitada. Las glorias morales, los poderosos atractivos, de su
Persona divina bastan para satisfacer las más intensas aspiraciones y los más
fervientes anhelos del corazón. Y su incomparable revelación —ese inapreciable
Volumen— contiene dentro de sus tapas todo lo que podamos necesitar, desde el
principio hasta el fin de nuestra carrera cristiana en este mundo.
Querido lector, ¿no son así estas cosas? (véase Hechos 17:11) ¿No admite
usted, desde el fondo mismo de su ser moral renovado, que estas cosas son
verdad? Si es así, ¿descansa, en absoluta calma y reposo, en la obra de
Cristo? ¿Se deleita en su Persona? ¿Se somete, en todo, a la autoridad de su
Palabra? ¡Quiera Dios que así sea con respecto a usted y a todos los que
profesan Su nombre! ¡Ojalá haya un testimonio más pleno, más claro y más
decidido de la «plena suficiencia de Cristo», “hasta aquel día”!
Traducido en 1988. Revisado en agosto de
2011 ©
Este libro es
propiedad de Ediciones bíblicas: Le
Chêne, 1166 Perroy (Suiza)