La plena suficiencia de Cristo

 

Para la salvación eterna y para el andar del creyente

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Una vez que el alma ha sido llevada a sentir la realidad de su condición delante de Dios —la profundidad de su ruina, de su culpa y de su miseria— su completa e irremediable bancarrota, no puede haber reposo hasta que el Espíritu Santo revele al corazón la plena y total suficiencia de Cristo. La úni­ca respuesta posible a nuestra ruina total es el remedio perfecto de Dios.

 

Ésta es una verdad muy sencilla, pero, a la vez, de la mayor importancia; y, pode­mos decir, con toda seguridad, que cuanto más profunda y perfectamente se la aprenda por uno mismo, mejor. El verdadero secreto de la paz consiste en acabar definitivamente con un yo culpable, totalmente arruinado, sin esperanza y sin ningún valor, y hallar entonces a un Cristo plenamente suficiente como provisión de Dios para nuestras más profundas necesidades. Esto es, de veras, reposo: un reposo que no puede ser perturbado jamás. Podrá haber tristeza, aprietos, conflictos, ejer­cicios de alma, pesadez de ánimo a causa de múltiples tentaciones, altiba­jos, toda suerte de pruebas y dificultades; pero estamos persuadidos de que, cuando un alma ha sido conducida realmente por el Espíritu de Dios a ver que el yo se acabó para siempre y a descansar plenamente en Cristo, halla una paz que no puede ser interrumpida jamás.

 

La inestabilidad de tantos amados hijos de Dios es el resultado de no haber recibido en su corazón a un Cristo completo como la provisión misma de Dios para ellos. No cabe duda de que este resultado triste y penoso puede ser producto de varias causas, tales como una mente legalista, una conciencia mórbida, un corazón ocupado en sí mismo, una mala enseñanza, una inclinación secreta hacia las cosas de este mundo, algunas reservas en el corazón en cuan­to a las demandas de Dios, de Cristo y de la eternidad. Pero cualesquiera sean las causas que han contribuido a ello, creemos que, en casi todos los casos, se puede llegar a la conclusión de que la falta de una paz inquebrantable, tan común en el pueblo de Dios, es el resultado de no ver ni creer lo que Dios ha hecho que Su Cristo sea para ellos y por ellos; y eso, para siempre.

 

Basados en las preciosas páginas de la Palabra de Dios, nos proponemos en este tratado mostrar al lector angustiado, que todo lo que pueda necesitar, ya sea para satisfacer las demandas de su conciencia, los anhelos de su cora­zón o las exigencias de su marcha diaria, está atesorado para él en Cristo. Trata­remos de probar, por la gracia de Dios, que la obra de Cristo es el único lugar verdadero de reposo para la conciencia; que su Persona es el único objeto verdadero para el corazón; y que su Palabra es la única guía verdadera para su andar. Consideremos, pues, primero:

 

I. LA OBRA DE CRISTO COMO EL ÚNICO LUGAR DE REPOSO PARA LA CONCIENCIA

 

Al considerar este gran tema, dos cosas reclaman nuestra atención:

 

Primero: Lo que Cristo hizo por nosotros, o sea, su obra en la cruz.

Segundo: Lo que Cristo está haciendo por nosotros, o sea, su obra presente.

 

En la primera, tenemos la expiación; en la segunda, la intercesión. Murió por nosotros en la cruz; vive para nosotros en el trono.

 

1. Lo que Cristo hizo por nosotros

 

Por su preciosa muerte expiatoria, nuestra condición de pecadores ha quedado totalmente resuelta. Llevó nuestros pecados y los alejó para siempre. Cargó con todos nuestros pecados, los pecados de todos los que creen en su nom­bre: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Y de nue­vo: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3: 18).

 

Ésta es una gran verdad, de suprema importancia para el alma ansiosa, una ver­dad que yace en el fundamento mismo de toda la posición cristiana. Es imposible que un alma verdaderamente despertada, que una conciencia espiritualmente ilu­minada, pueda disfrutar de una paz divinamente establecida, has­ta que haya echado mano, con fe sencilla, de esta preciosa verdad. Tengo que saber, apoyado en la autoridad divina, que todos mis pecados han sido borrados para siempre de la vista de Dios; que él mismo ha acabado con ellos de manera tal de satisfacer todas las demandas de su trono y todas las perfecciones de su naturaleza; que él se ha glorificado a sí mismo al haber quitado todos mis pecados de una manera mucho más elevada y mara­villosa que si me hubiese enviado a un infierno eterno por causa de ellos.

 

Sí, él mismo lo ha hecho. Ésta es la verdadera sustancia, el meollo de todo el asunto. Dios ha cargado sobre Jesús nuestros pecados, y así nos lo dice en su santa Palabra, a fin de que lo sepamos basados en la autoridad divina, una autoridad que no puede mentir. Dios lo planeó; Dios lo llevó a cabo; Dios lo dice. Todo, de punta a cabo, proviene de Dios, y a nosotros nos toca sencillamente confiar en ello como un niño. ¿Cómo sé yo que Jesús llevó mis pecados en su cuerpo sobre el madero? Justamente por la mis­ma autoridad que me dice que yo tenía pecados que pesaban sobre mí. Dios, en su amor maravilloso y sin par, me asegura a mí, pecador miserable, cul­pable y merecedor del infierno, que él mismo ha tomado a su cargo todo el asunto de mis pecados y los ha hecho desaparecer de tal modo de producir una rica cosecha de gloria para su nombre eterno, a lo largo y ancho del universo, en presencia de todo ser creado, dotado de inteligencia.

 

Una fe viva en esto debe tranquilizar la conciencia. Si Dios ha quedado satisfecho a sí mismo con respecto a mis pecados, bien puedo yo estar también satisfe­cho. Yo sé que soy pecador, quizás el peor de los pecadores. Sé que mis peca­dos son más numerosos que los cabellos de mi cabeza; que son oscuros como la medianoche, negros como el mismo infierno. Sé que cualquiera de esos pecados, aun el más pequeño, merece las llamas eternas del infierno. Sé —porque me lo dice la Palabra de Dios— que ni una sola mancha de pecado puede entrar jamás en su santa presencia, y que, por eso, en cuanto a mí toca, no hay otra salida posible que una eterna separación de Dios. Todo esto lo sé, basado en la autoridad clara e incuestionable de esa Palabra que “permanece para siempre en los cielos” (Salmo 119:89).

 

Pero, ¡oh, misterio profundo de la cruz, misterio glorioso de amor redentor! Veo a Dios mismo tomando todos mis pecados —esa lista negra y terrible—, todos mis pecados, tal como los conocía y los pesaba. Lo veo car­gándolos sobre la cabeza de mi adorable Sustituto y teniéndolo a él por responsable de ellos. Veo las encrespadas olas de la justa ira de Dios —su ira contra mis pecados, la ira que debía haberme consumido, alma y cuerpo, en el infierno durante una espantosa eternidad—, pasando por encima del Hombre que ocu­pó mi lugar, que me representó delante de Dios, que llevó sobre sí todo lo que yo debía llevar, a quien un Dios santo trató como yo merecía ser tratado. Veo a un Dios inflexible en su justicia, verdad y santidad, tomando mis pecados y haciéndolos desaparecer por completo y para siempre. Ni uno solo queda sin ser juzgado. No existe la posibilidad de hacer la vista gorda, ni de mitigarlos, ni de pasarlos por alto, ni de permanecer indiferente, una vez que Dios mis­mo ha tomado en sus manos el asunto. Estaban comprometidas su gloria, su inmaculada santidad, su eterna majestad y las elevadas demandas de su gobierno.

 

A todo eso había que dar la satisfacción pertinente, de forma que Dios fuese glorificado a los ojos de ángeles, hombres y demonios. Pudo haberme envia­do al infierno, con toda justicia, a causa de mis pecados, pues no me merecía otra cosa. Todo mi ser moral, desde su máxima profundidad, lo reconoce: no tiene más remedio que reconocerlo. No tengo ni una sola palabra que decir como excusa por un solo pensamiento pecaminoso; mucho menos, por una vida manchada enteramente de pecado; sí, una vida de deliberado, rebelde y arbitrario pecado.

 

Que razonen otros como les plazca sobre la supuesta injusticia de una eterni­dad de castigo por una corta vida de pecado, de una falta total de proporción entre unos pocos años de obrar mal y una eternidad sin fin de tormentos en el lago de fuego. Ellos pueden hallar razones, pero creo firmemente y con­fieso sin reservas que por un solo pecado contra un ser como Dios a quien veo en la cruz, yo merezco de sobra un castigo eterno en el foso más hondo, oscuro y lúgubre del infierno.

 

No escribo como teólogo; si así fuese, sería de veras una tarea muy fácil pre­sentar una hilera incontestable de textos evidentes de la Escritura en prueba de la solemne verdad del castigo eterno. Pero, no; estoy escribiendo como alguien a quien Dios ha enseñado lo que el pecado verdaderamente merece; y lo que merece no es, ni puede ser otra cosa —lo declaro con toda calma, deli­beración y solemnidad— que la exclusión eterna de la presencia de Dios y del Cordero, los tormentos eternos en el lago que arde con fuego y azufre.

 

Pero —¡eternas aleluyas al Dios de toda gracia!— en vez de enviarnos al infierno a causa de nuestros pecados, Dios envió a su Hijo para ser la propi­ciación por esos pecados. Y, en el despliegue del maravilloso plan de la reden­ción, vemos a un Dios santo interviniendo en el asunto de nuestros pecados y ejecutando juicio sobre ellos en la Persona de su Hijo amado, eterno e igual a él, a fin de que todo el torrente de su amor pudiera fluir dentro de nuestro corazón: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

 

Ahora bien, esto tiene que dar paz a la conciencia, con tal que se reciba con simple fe. ¿Cómo es posible que una persona crea que Dios está satisfecho en cuanto a sus pecados, y no tenga paz? Si Dios nos dice: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12), ¿qué más podemos desear como base de paz para nuestra conciencia? Si Dios me ase­gura que todos mis pecados han sido borrados como se “disipa una densa nube” (Isaías 44:22; BDLA), que los ha “echado tras sus espaldas” (Isaías 38:17) —alejado para siempre de su vista—, ¿no habré de tener paz? Si me muestra al Hombre que llevó mis pecados en la cruz, coronado ahora a la diestra de la Majestad en los cielos, ¿no debería mi alma entrar en el perfecto reposo en cuanto al asunto de mis pecados? Seguro que sí.

 

Porque, permítaseme preguntar: ¿cómo alcanzó Cristo el lugar que ocupa ahora en el trono de Dios? ¿Acaso lo fue como “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Romanos 9:5)? No, porque eso lo fue siempre. ¿Fue como Hijo eterno del Padre? No; siempre lo fue, siempre “está en el seno del Padre”, siempre es objeto de las delicias eternas e inefables del Padre. ¿Lo fue como Hombre sin mancha, santo, perfecto, Aquel cuya naturaleza fue absolutamente pura, perfectamente libre de pecado? No; porque en esa condición, y sobre esa base, podía haber reclamado en cual­quier momento, entre el pesebre y la cruz, un lugar a la diestra de Dios. ¿Cómo lo fue, pues? ¡Sea eternamente alabado el Dios de toda gracia! Lo fue como quien, por medio de su muerte, cumplió la gloriosa obra de la redención, como quien cargó con todo el peso de nuestros pecados, como el que satisfizo perfectamente todas las justas demandas de ese trono en el cual está ahora sentado.

 

Ésta es una verdad fundamental que el lector angustiado debe comprender. No puede dejar de liberar el corazón y tranquilizar la conciencia. No es posible contemplar, por fe, al Hombre que fue clavado en el madero, coronado ahora en el trono, y no tener paz con Dios. Después de cargar sobre sí nuestros pecados y el juicio que merecían, el Señor Jesucristo no podría estar ahora donde está, si uno solo de esos pecados quedara sin expiar. Ver coronado de gloria al que llevó nuestros pecados, es ver esos pecados alejados para siempre de la presencia divina. ¿Dónde están nuestros pecados? Todos ellos están borrados. ¿Cómo lo sabemos? El que los tomó sobre sí, “traspasó los cielos”, hasta la cima más alta de la gloria. La justicia eterna ha coronado sus sienes benditas con una diadema de glo­ria, como Aquel que cumplió nuestra redención, que llevó nuestros pecados, demostrando así, de modo incuestionable, que nuestros pecados fueron ale­jados para siempre de la vista de Dios. Un Cristo coronado y una conciencia limpia están unidos inseparablemente en la bienaventurada economía de la gracia. ¡Maravilloso hecho! Ahora podemos cantar, con todas nuestras energías redimidas, las alabanzas del amor redentor.

 

Pero veamos cómo las Santas Escrituras presentan esta verdad tan consoladora. Leemos en Romanos 3:21-26: “Pero ahora, aparte de la ley [χωρις νομου], se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justi­cia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el jus­to, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”

 

De nuevo, en el capítulo 4, hablando de la fe de Abraham, que le fue contada por justicia, el apóstol añade (v. 23-25): “Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quie­nes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muer­tos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” Dios es presentado aquí a nuestra alma como el que levantó de entre los muertos a Aquel que llevó nuestros peca­dos. ¿Por qué lo hizo? Porque Aquel que había sido entregado por nuestros peca­dos, había glorificado perfectamente a Dios con respecto a esas ofensas y las había quitado de en medio para siempre. Dios no se limitó a enviar a su Hijo unigénito al mundo, sino que lo “quebrantó por nuestras iniquidades” (Isaías 53:5; V.M.) y lo levantó de entre los muertos, a fin de que sepamos y creamos que nuestras iniquidades fueron borradas de manera tal que él fue glorificado de un modo infinito y eterno. ¡Sea alabado su nombre en todo el universo y por toda la eternidad!

 

Pero tenemos todavía otro testimonio de esta gran verdad fundamental. En Hebreos 1:1-3, leemos las siguientes palabras que conmueven el alma: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectua­do la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” Nuestro Señor Jesucristo —bendito sea su nombre— no quería sentarse en el trono de Dios sino después de haber efec­tuado la purificación de nuestros pecados al ofrecerse a sí mismo en la cruz. Por tanto, un Cristo resucitado y sentado a la diestra de Dios es la prueba glo­riosa e irrefutable de que nuestros pecados han desaparecido por completo, porque él no podría estar donde está actualmente, si quedase tan sólo uno de esos pecados. Dios levantó de entre los muertos al mismo Hombre sobre el que había cargado todo el peso de nuestros pecados. Así, todo ha sido divinamente resuelto, y para siempre. Tan imposible es que se halle un solo pecado en el más débil creyente en Jesús, como que se halle en Jesús mismo. Poder decir esto es algo asombroso, pero es una sólida verdad de Dios, establecida en múltiples lugares de las Santas Escrituras; y el alma que cree esto, ha de gozar de una paz que el mundo no puede dar ni quitar.

 

SEGUNDA PARTE: Nuestra seguridad del perdón de los pecados

 

Hasta aquí, hemos considerado el aspecto de la obra de Cristo que tiene que ver con el perdón de los pecados, y esperamos sinceramente que el lector tenga ya una idea muy clara y definida de este tan importante punto. Seguramente será un feliz privilegio para él si sólo toma lo que Dios dice en su palabra: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injus­tos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18).

 

Si, pues, Cristo padeció por nuestros pecados, ¿no deberíamos percatar­nos de tan grande bendición de haber sido librados para siempre del peso de esos pecados? ¿Puede estar de acuerdo con la mente y el corazón de Dios que alguien por quien Cristo padeció haya de quedar en perpetua escla­vitud, atado y amarrado con la cadena de sus pecados y clamando, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, que el peso de sus pecados es inso­portable?

 

Si tales expresiones son verdaderas y propias de un cristiano, ¿qué ha hecho entonces Cristo por nosotros? ¿Puede ser verdad que Cristo haya quitado de en medio nuestros pecados y que, a pesar de eso, estemos atados y amarrados con esa cadena? ¿Es verdad que él llevó la pesada carga de nuestros pecados y que, no obstante, estemos aún aplastados bajo su insoportable peso?

 

Algunos pretenden hacernos creer que no es posible saber si nuestros pecados están perdonados y que debemos continuar hasta el final de nues­tra vida en un estado de total inseguridad acerca de este asunto tan importan­te y vital. Si así fuese, ¿qué se habría hecho del precioso evangelio de la gracia de Dios, las buenas nuevas de salvación? En vista de una enseñanza tan miserable como ésta, ¿qué significan esas palabras inflamadas del bienaven­turado apóstol Pablo en la sinagoga de Antioquía?: “Sabed, pues, esto, varo­nes hermanos: que por medio de él (Jesucristo, muerto y resucitado) se os anuncia (no se promete como algo futuro, sino que se proclama ahora) per­dón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudis­teis ser justificados, en él es justificado (no será o espera ser justificado) todo aquel que cree” (Hechos 13:38-39).

 

Si nos apoyamos en la ley de Moisés, en cumplir los mandamientos, en desempeñar bien nuestras obligaciones, en estimar a Cristo y en amar a Dios como es debido, entonces habrá motivo para que estemos dudando y comple­tamente inseguros, viendo que no nos es posible tener ninguna base de segu­ridad. Si tenemos que hacer algo en este asunto, aunque no sea más que mover un párpado, entonces ciertamente sería la mayor presunción de nuestra parte pensar que estamos seguros.

 

Pero, por otro lado, cuando oímos la voz del Dios viviente, que no puede men­tir, proclamando a nuestros oídos las buenas noticias de que, por medio de su Hijo amado, el cual murió en la cruz, fue sepultado en la tumba, levantado de entre los muertos y sentado en la gloria; que, por medio de él solamente (sin ninguna cosa, en absoluto, de nosotros mismos), por medio de su único sacri­ficio, llevado a cabo de una vez para siempre, es anunciado el perdón com­pleto y perpetuo de los pecados como una realidad actual, para ser disfrutada ya por todo el que cree sencillamente el anuncio inestimable de Dios, ¿cómo es posible que alguien continúe en la duda y en la incertidumbre? ¿Está con­sumada la obra de Cristo? Sí, él dijo que lo estaba. ¿Qué es lo que él consu­mó? La purificación de nuestros pecados. ¿Están, pues, borrados o los llevamos aún encima? ¿Cuál de ellos?

 

Lector, diga ¿cuál? ¿Dónde están sus pecados? ¿Están borrados, como una nube densa que se ha disipado? ¿O aún pesan, como un gran fardo de culpas, con poder condenador, sobre su conciencia? Si no fueron alejados por la muerte expiatoria de Cristo, no se alejarán de usted jamás; si no los llevó él en la cruz, tendrá que llevarlos usted para siempre en las atormentadoras lla­mas del infierno. Sí; délo por seguro; no hay otro modo de solucionar esta cuestión tan importante y decisiva. Si Cristo no arregló este asunto en la cruz, usted tiene que cargar con él en el infierno. Si la Palabra de Dios es verdad, no puede ser de otro modo.

 

Pero, ¡gloria a Dios!, su testimonio nos asegura que “Cristo padeció por los pecados” una vez para siempre, “el justo por los injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18); no meramente para llevarnos al cielo cuando muramos, sino para llevamos a Dios ahora. ¿Cómo nos lleva a Dios? ¿Atados y amarrados con la cadena de nuestros pecados? ¿Con una insoportable carga de culpa pesándonos en el alma? No, de veras; nos lleva a Dios sin mancha, ni culpa ni carga. Nos lleva a Dios, siendo aceptos por él sobre la base de todo el valor de su bendita persona. ¿Hay algu­na culpa en Cristo? ¡No! Sí la hubo, ¡bendito sea su nombre!, cuando estuvo en nuestro lugar, pero desapareció —desapareció para siempre—, hundida como plomo en las insondables aguas del perdón divino. Él cargó con nues­tros pecados en la cruz. Dios cargó sobre él todas nuestras iniquidades, y con él trató sobre ellas. Todo el asunto de nuestros pecados, según la propia estimación que Dios hace de ellos, fue plenamente abordado y definitivamente solucionado. Todo quedó divinamente resuelto entre Dios y Cristo en las espantosas sombras del Calvario. Sí, allí todo ello fue resuelto de una vez y para siempre. ¿Cómo lo sabemos? Por la autoridad del único Dios ver­dadero. Su Palabra nos asegura que “tenemos redención” por medio de la san­gre de Cristo, “el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). Nos declara, con acentos de la más dulce, rica y profunda gracia, que nunca más se acordará de nuestros pecados y de nuestras iniquidades (Hebreos 8:12). ¿No bas­ta con esto? ¿Continuaremos todavía clamando que estamos atados y amarra­dos con la cadena de nuestros pecados? ¿Echaremos así un borrón en la obra perfecta de Cristo? ¿Empañaremos así el brillo de la gracia divina y tendre­mos por mentira el testimonio del Espíritu Santo en “la Escritura de la verdad” (Daniel 10:21 VM)? ¡Lejos esté de nosotros tal pensamiento! Eso no puede ser. Aclamemos más bien con gratitud la bendita dádiva que el amor divino nos ha otorgado tan generosamente mediante la preciosa sangre de Cristo. El corazón de Dios se llena de gozo al perdonarnos los pecados. Sí, Dios se deleita en perdonar la iniquidad y la transgresión. Le satisface y glorifica derramar en un corazón contrito y humillado el bálsamo precioso de su amor misericordioso y perdo­nador. No escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó y lo quebrantó en el madero maldito, a fin de que las copiosas corrientes de gracia que manan de su ancho y amoroso corazón, puedan, con perfecta justicia, derramarse en el pecador miserable, culpable, arruinado por sí mismo y acusado por su propia conciencia.

 

Pero si el lector se siente todavía inclinado a inquirir cómo puede obtener la seguridad de que él también tiene parte en esta feliz remisión de los pecados —en este fruto de la obra expiatoria de Cristo—, que escuche estas magnífi­cas palabras que salieron de los labios del Salvador resucitado, cuando comi­sionó a los primeros proclamadores de su gracia: “Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al ter­cer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46-­47).

 

Aquí tenemos la gran comisión; su base, su autoridad y su esfera. Cristo padeció. Esta es la base meritoria del perdón de los pecados. Sin derrama­miento de sangre no hay remisión de pecados; pero por el derramamiento de la sangre, y sólo por él, hay remisión de pecados; una remisión tan plena y completa como la capacidad que tiene la sangre de Cristo para llevarla a cabo.

 

Pero, ¿dónde está la autoridad para ello? “Está escrito”. ¡Bendita e indiscuti­ble autoridad! No hay nada que pueda sacudirla jamás. Sobre la base sólida de la autoridad de la Palabra de Dios, yo sé que todos mis pecados están per­donados, borrados, olvidados para siempre, echados a las espaldas de Dios, de forma que no pueden jamás, de ningún modo, levantarse contra mí.

 

Finalmente, en cuanto a la esfera o ámbito, es “todas las naciones”. Esto me incluye a mí, sin duda alguna. No hay ninguna clase de excepción, condición ni calificación. Las noticias preciosas tenían que ser llevadas en volandas, en las alas del amor, a todas las naciones, a todo el mundo, a toda criatura bajo el cielo. ¿Cómo podría excluirme yo a mí mismo de esta comisión de exten­sión universal? ¿Pongo en duda, por un momento, que Dios destina para mí los rayos de su sol? ¡Seguro que no! ¿Y por qué habría yo de poner en duda el hecho precioso de que el perdón de los pecados es para mí? ¡Ni por un solo instante! Eso es tan seguro para mí, como si yo fuese el único pecador bajo la bóveda del cielo de Dios. La universalidad de su condición excluye toda duda en cuanto a que ese perdón esté designado para mí.

 

Y, por si fuera necesario algo más para animarnos, con seguridad se halla en el hecho de que los bienaventurados embajadores debían empezar “por Jerusalén” —el punto más culpable en toda la faz de la tierra—. Tenían que hacer el primer ofrecimiento del perdón a los mismos asesinos del Hijo de Dios. Esto lo lle­va a cabo el apóstol Pedro con aquellas palabras de sublime y maravi­llosa gracia: “Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hechos 3:26).

 

No es posible concebir ninguna cosa de tanta riqueza y magnífica plenitud como ésta. La gracia que pudo alcanzar a los asesinos del Hijo de Dios, pue­de alcanzar a cualquiera. La sangre que pudo limpiar la culpa de un crimen tan grave, puede limpiar al pecador más vil que se halle todavía fuera del recinto del infierno.

 

Querido lector angustiado por este tema, ¿puede usted estar perplejo todavía acerca del perdón de sus pecados? Cristo padeció por los pecados. Dios proclama la remisión de pecados y empe­ña su Palabra en ello: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). ¿Qué más quiere? ¿Cómo puede usted dudar o demorarse por un momento más? ¿Qué está aguardando? Tiene la obra consumada de Cristo y la fiel palabra de Dios. Seguramente esto habría de bastar para satisfacer su corazón y tranquilizar su conciencia. Le rogamos, pues, que acepte la remi­sión plena y perpetua de todos sus pecados. Reciba en su corazón las dulces noticias del amor y de la gracia de Dios y siga gozoso su camino. Escu­che la voz del Salvador resucitado, que habla desde el trono de la Majestad en las alturas y le asegura que todos sus pecados están perdonados. Deje que esos suaves acentos, de la boca de Dios mismo, caigan sobre su alma angustiada con su poder emancipador: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12). Si Dios me habla así, si él me asegura que no se acordará jamás de mis pecados, ¿no debería estar totalmente satis­fecho para siempre? ¿Por qué habré de continuar dudando y dándole vueltas a la cabeza, si Dios lo ha dicho? ¿Qué mayor seguridad que la que da “la Pala­bra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23)? Ese es el único funda­mento de mi certeza; y no hay poder en la tierra ni en el infierno —poder humano o diabólico— que pueda sacudirlo. La obra consumada de Cristo y la fiel Palabra de Dios constituyen la base y la autoridad del pleno perdón de los pecados.

 

Pero, ¡alabado sea por siempre el Dios de toda gracia!, no es sólo el perdón de pecados lo que se nos anuncia mediante la muerte expiatoria de Cristo. Esto ya sería de por sí un beneficio y una bendición de primerísimo orden; y, según hemos visto, disfrutamos de ello conforme a la paciencia del corazón de Dios y conforme al valor y la eficacia de la muerte de Cristo, según la esti­mación que Dios da a esa muerte. Pero, además del pleno perdón de los pecados, tenemos también una completa liberación del poder actual del pecado.

 

Completa liberación del poder actual del pecado

 

Éste es un punto muy importante para todo el que ama de veras la santidad. Conforme a la gloriosa economía de la gracia, la misma obra que garantiza la plena remisión de los pecados, ha quebrantado para siempre el poder del pecado. No sólo han sido borrados los pecados de la vida, sino que ha sido condenado también el pecado de la naturaleza. El creyente tiene el privilegio de considerarse a sí mismo como muerto al pecado. Y, con corazón alegre, puede cantar:

 

Por mí Señor Jesús moriste,

Y yo he muerto en ti

Mis cadenas rotas fueron porque reviviste

Y ahora tú vives en mí

El rostro del Padre, de gracia radiante

Brilla ahora en luz en mí

 

Ésta es la respiración propia de un cristiano. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Esto es cris­tianismo. El viejo «yo» está crucificado, y Cristo vive mí. El cris­tiano es una nueva criatura. Las cosas viejas pasaron (2 Corintios 5:17). La muerte de Cristo ha puesto punto final para siempre a la historia del viejo «yo»; y, por tanto, aun­que el pecado mora en el creyente, su poder ha sido quebrado y destruido para siempre. No sólo ha sido cancelada su culpa, sino que su terrible dominio ha sido completamente destronado.

 

Esta es la gloriosa doctrina de los capítulos 6 a 8 de Romanos. Todo estudioso serio y reflexivo de esta magnífica epístola observará que, desde el capítulo 3:21 hasta el 5:11, tenemos la obra de Cristo aplicada al asunto de los pecados; y desde 5:12 hasta el final del capítulo 8, tenemos otro aspecto de esa obra, a saber, su aplicación al asunto del pecado, nuestro “vie­jo hombre”, “el cuerpo del pecado”, “el pecado en la carne”. No hay en la Escritura tal cosa como el perdón del pecado. Dios ha condenado el pecado, no lo ha per­donado: algo muy distinto, con una diferencia sumamente importante. Dios ha mostrado su eterno aborrecimiento del pecado en la cruz de Cristo. Ha expresa­do y ha ejecutado su juicio sobre el pecado, y ahora el creyente puede verse a sí mismo como unido e identificado con Aquel que murió en la cruz y ha resucitado de entre los muertos. Ha pasado de la esfera del dominio del peca­do a la esfera nueva y dichosa donde reina la gracia mediante la justicia. “Gra­cias a Dios,” dice el apóstol, “que, aunque erais [en otro tiempo, pero ya no más] esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado [no meramente pecados perdonados], vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como huma­no, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:17-22).

 

Aquí está el precioso secreto de una vida santa. Estamos muertos al pecado; vivos para Dios. Se acabó el reinado del pecado. ¿Qué tiene que ver el peca­do con un muerto? Nada. Pues bien, el creyente ha muerto con Cristo; ha sido sepultado con Cristo y ha resucitado con Cristo para andar en novedad de vida. Vive bajo el reinado precioso de la gracia y tiene por fruto la santifica­ción. La persona que se vale de la abundancia de la gracia divina como pretexto para vivir en pecado, está negando el fundamento mismo del cristianismo. “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2). ¡Imposible! Sería negar por completo la posición del cristiano. Imaginarse al cristiano como alguien que va a seguir pecando y arrepintiéndose, y vuelta a empezar, un día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro y un año tras otro, equi­vale a degradar el cristianismo y a falsificar toda la posición del cristiano. Decir que un cristiano tiene que continuar pecando porque tiene la carne en sí mismo, es ignorar la muerte de Cristo en uno de sus aspectos más importantes y contradecir toda la enseñanza del apóstol en los capítulos 6 a 8 de Romanos.

 

Gracias a Dios, no hay necesidad alguna de que el creyente cometa pecado. “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Juan 2:1). No debemos excusarnos ni de un solo pensamiento pecaminoso. Nues­tro gran privilegio es andar en la luz, como Dios está en la luz; y cuando anda­mos en la luz, es cosa por demás segura que no estamos cometiendo pecado. ¡Ay! Nos salimos de la luz y cometemos pecado; pero la idea normal, verda­dera, divina, de un cristiano es que ande en la luz y no cometa pecado. Un solo pensamiento pecaminoso es cosa ajena al verdadero espíritu del cristia­nismo. Dentro de nosotros, tenemos el pecado y continuaremos teniéndolo mientras estemos en el cuerpo; pero, si andamos en el Espíritu, el pecado que hay en nuestra naturaleza no se manifestará en nuestra vida. Decir que no necesitamos pecar es afirmar un privilegio cristiano; decir que no podemos pecar es un engaño y una decepción.

 

TERCERA PARTE: Lo que Cristo hace hoy por nosotros

 

De lo que hemos visto hasta ahora, podemos aprender que el gran resultado de la obra de Cristo en el pasado es otorgarnos una posición divinamente per­fecta delante de Dios. “Hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Nos ha introducido en la presencia de Dios, aceptados tan plenamente como Cristo, completamente acreditados en virtud del nombre, de la persona y de la obra de Cristo; de forma que, como declara el apóstol Juan, “como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).

 

Tal es la posición invariable del más débil corderito de todo el rebaño de Cristo, que Él compró con su propia sangre. Y no podría ser de otro modo. La única alternativa a esto es la perdición eterna. No existe ni el ancho de un cabello entre esta posición de absoluta perfección delante de Dios, y una con­dición de culpabilidad y ruina. O estamos en nuestros pecados, o en un Cris­to resucitado. No hay término medio. O estamos cubiertos de culpa, o completos en Cristo. Pero la voz autorizada del Espíritu Santo nos declara en la Escritura que el creyente está “completo en Cristo” (Colosenses 2:10), “perfecto, en cuanto a la conciencia” (Hebreos 9:9), “perfecto para siempre” (Hebreos 10:14), “todo limpio” (Juan 13:10), que nos hizo “aceptos en el Amado” (Efesios 1:6), que fuimos “hechos justicia de Dios en” Cristo (2 Corintios 5:21).

 

Y todo esto, mediante el sacrificio de la cruz. Aquella preciosa muerte expia­toria de Cristo constituye el fundamento sólido e inquebrantable de la posición del cristiano. “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacri­ficio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). Un Cristo sentado es la prueba gloriosa y la definición perfecta del lugar del cre­yente en la presencia de Dios. Nuestro Señor Jesucristo, cuando glorificó a Dios respecto a nuestros pecados, soportó el juicio de Dios sobre nuestra entera condición de pecadores y, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó Él mismo para siempre en un lugar, no sólo de perdón, aceptación y paz, sino también de completa liberación del dominio del peca­do; un lugar de victoria asegurada sobre toda cosa que pudiera estar en nues­tra contra, ya sea el pecado que mora en nosotros, el miedo a Satanás, las exigencias de la ley o el presente mundo malo.

 

Tal es, repetimos, la posición absolutamente invariable del creyente, si nos guiamos por la Sagrada Escritura. Y rogamos con insistencia al cristiano que no se conforme con nada menos que esto. Que ya no acepte más las confusas ense­ñanzas de los credos de la cristiandad ni los ritos de su liturgia, que sólo hacen volver a las almas a la oscuridad, la lejanía y la esclavitud del judaísmo, sistema que Dios halló defectuoso y que él mismo abolió para siempre, por no haber satisfecho Sus santos designios ni su corazón amoroso, en cuanto a dar a sus adoradores paz y liber­tad perfectas, absoluta cercanía a él mismo; y eso, para siempre.

 

Instamos solemnemente a todo el pueblo de Dios, en las diversas seccio­nes de la Iglesia profesante, a que consideren dónde se hallan y vean hasta qué punto entienden y disfrutan la verdadera posición cristiana, según se nos muestra en los diversos pasajes de las Escrituras que hemos citado y que podrían multiplicarse fácilmente. Que comparen con diligencia y fidelidad las enseñanzas de la cristiandad con la Palabra de Dios y vean en qué medi­da están de acuerdo con esa Palabra. Así hallarán que el actual cristianismo profesante se halla totalmente en contraste con las enseñanzas vivas del Nue­vo Testamento; y que, como consecuencia, se priva a las almas de los preciosos privi­legios que les corresponden como cristianos, y se las tiene a una distancia moral que caracterizaba a la economía mosaica.

 

Todo esto es de lo más deplorable. Contrista al Espíritu Santo, hiere el cora­zón de Cristo, deshonra a la gracia de Dios y contradice las más claras afirmaciones de las Sagradas Escrituras. Estamos completamente persuadidos de que la condición actual de millares de almas basta para hacer sangrar el corazón; y todo esto se debe, en gran proporción, a las enseñanzas de la cristiandad, a sus credos y formularios. ¿Dónde se puede hallar, entre las filas ordinarias de la profesión cristiana, una persona que disfrute de una conciencia perfecta­mente purificada, de paz con Dios y del Espíritu de adopción? ¿No es verdad que al pueblo se le ha enseñado pública y sistemáticamente que es el colmo de la presunción el que alguien diga que todos sus pecados ya están perdona­dos, que tiene vida eterna, que está justificado de todas las cosas, que es acep­to en el Amado, que está sellado con el Espíritu Santo, que no puede perderse, porque ya está unido a Cristo por el Espíritu que mora en él? ¿Acaso no son todos estos privilegios cristianos prácticamente negados e ignorados en la cristiandad? ¿No se le enseña a la gente que es peligroso estar demasiado confiado; que es más seguro moralmente vivir con duda y temor; que a lo más que podemos aspirar es a tener la esperanza de que iremos al cielo cuando muramos? ¿Dónde se les enseñan a las almas las glorio­sas verdades acerca de la nueva creación? ¿Dónde son enraizadas y fundamentadas las almas en el conocimiento de la posición que ocupan en una Cabeza resucitada y glorificada en los cielos? ¿Dónde son conducidas al disfrute de estas cosas que Dios otorga libremente a su amado pueblo?

 

¡Ay! Nos apena pensar en la única respuesta verdadera que puede darse a estas preguntas. El rebaño de Cristo está esparcido por montes oscuros y páramos desolados. Las almas del pueblo de Dios son dejadas en la sombría distancia que caracterizaba al sistema judaico. No conocen el significado del velo rasga­do, de la cercanía de Dios, ni son conscientes de ser aceptos en el Amado. La mesa misma del Señor está velada con las frías y oscuras nieblas de la supersti­ción, y cercada por las repulsivas barreras de un oscuro y funesto legalismo. Una redención cumplida, un perdón total de los pecados, una justificación perfecta delante de Dios, una aceptación en el Cristo resucita­do, el Espíritu de adopción, la brillante y bienaventurada esperanza de la veni­da del Esposo: todas esas grandiosas y gloriosas realidades, esos privilegios establecidos de la Iglesia de Dios, son, en la práctica, dejados a un lado por las enseñanzas y la maquinaria religiosa de la cristiandad.

 

Algunos pensarán tal vez que hemos trazado un cuadro demasiado sombrío. Sólo podemos decir, y lo decimos con toda sinceridad, que ojalá nos equivocára­mos. Lamentablemente el cuadro refleja la realidad; más aún, la realidad es mucho más espantosa que el cuadro. Nos impresiona profunda y penosamente el hecho de que la condición, no sólo de la Iglesia profesan­te, sino también de miles de verdaderas ovejas del rebaño de Cristo, es tal que, si la contempláramos como la ve Dios, nos quebrantaría el corazón.

 

No obstante, tenemos que seguir adelante con nuestro tema y, al hacerlo, ofreceremos el único remedio que puede aconsejarse para la deplo­rable condición de tantos hijos de Dios.

 

Nos hemos ocupado de la obra preciosa que nuestro Señor Jesucristo cumplió por nosotros, al quitar de en medio todos nuestros pecados y al condenar el pecado, garantizándonos una remisión perfecta de los primeros y una liberación completa del segundo, considerado como un poder dominador. El cristiano es una per­sona que no sólo ha sido perdonada, sino también libertada. Cristo ha muer­to por él, y él ha muerto en Cristo. Por eso ahora es libre, como quien ha resucitado de entre los muertos y vive para Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Es una nueva criatura. Ha pasado de muerte a vida. La muerte y el juicio quedaron atrás, y delante de él solamente está la gloria. Posee un título imborrable y una perspectiva sin nubes.

 

Ahora bien, si todo esto es efectivamente cierto con respecto a todo hijo de Dios ―y la Biblia dice que es cierto―, ¿qué más se puede necesitar? Nada, en cuanto al título; nada, en cuanto a la posición; nada, en cuanto a la esperanza. En cuanto a todas estas cosas, tenemos perfección absoluta, divina; pero nues­tro estado, nuestro andar, no es perfecto. Estamos todavía en el cuerpo, rodeados de múltiples debilidades, expuestos a muchas tentaciones, propensos a tropezar, a caer y a extraviarnos. Somos incapaces de pensar por nosotros mismos un pensamiento santo, o de conservarnos por un solo momento en la bienaventurada posición en la que la gracia nos ha introducido. Es cierto que tenemos vida eterna y que estamos unidos a la Cabeza viva en el cielo, por medio del Espíritu Santo descendido a la tierra, de forma que estamos eternamente seguros. Nada puede tocar jamás nuestra vida, puesto que “está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).

 

Pero, aunque nada puede tocar nuestra vida o perturbar nuestra posición, nuestra comunión está expuesta a interrupciones, por ser imperfectos nuestro estado y nuestro andar; por eso necesi­tamos la obra presente de Cristo por nosotros.

 

2. La obra presente de Cristo por nosotros

 

Jesús vive por nosotros a la diestra de Dios. Su intervención activa a favor nuestro no cesa nunca ni por un momento. Él traspasó los cielos en virtud de la expiación consumada, y allí continúa siempre intercediendo efi­cazmente por nosotros delante de nuestro Dios. Allí está como nuestra justi­cia permanente, para sostenernos siempre en la integridad divina de la posición y de la relación en las que su muerte expiatoria nos ha introducido. Así leemos en Romanos 5:10: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconci­liados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”. Así también, en Hebreos 4:14-16, leemos: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdo­te que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue ten­tado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gra­cia para el oportuno socorro”. Y de nuevo, en Hebreos 7:24-25: “Mas éste Cristo, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Y en 9:24 “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”.

 

Luego, en 1 Juan 2:1-2, tenemos el mismo tema, presentado desde un pun­to de vista distinto: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

 

¡Qué precioso es todo esto para el cristiano de corazón sincero, que siempre es consciente —consciente de forma profunda y dolorosa— de su debilidad, necesidad, fragilidad y fracaso! ¿Cómo es posible —podemos preguntar con razón— que alguien se atreva a poner en duda la necesidad que cada cristia­no tiene del ministerio continuo de Cristo a su favor, si fija su mirada en los pasajes que acabamos de citar, por no hablar de lo que su propia concien­cia le dice acerca de la imperfección de su estado y de su marcha? ¿No es para asombrarse, si se llega a encontrar algún lector de la epístola a los Hebreos, algún observador del estado y del andar del creyente más maduro, que niegue la aplicación actual del sacerdocio y de la intercesión de Cristo por los cristianos?

 

Permítasenos preguntar: ¿Por quién está ahora Cristo viviendo y actuando a la diestra de Dios? ¿Por el mundo? Está claro que no, pues él mismo dice en Juan 17:9: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son”. ¿Y quiénes son éstos? ¿El remanente judío? No; ese remanente está aún por aparecer en escena. ¿Quiénes son, pues? Son los cre­yentes, hijos de Dios, cristianos que están pasando ahora por este mundo pecador, propensos a caer y a contaminarse en cada paso de su camino. Estos son los que se benefician del ministerio sacerdotal de Cristo. Él murió para limpiarlos, y vive para conservarlos limpios. Por medio de su muerte expió nuestra culpa; y por medio de su vida nos limpia por la acción de la Palabra por el poder del Espíritu Santo. “Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre” (1 Juan 5:6). Tenemos expiación y purificación mediante un Salvador crucifica­do. El doble raudal manó del costado traspasado de Cristo, muerto por noso­tros. ¡Sea toda alabanza a su nombre!

 

Todo lo tenemos en virtud de la muerte preciosa de Cristo. ¿Se trata de nues­tra culpa? Está cancelada por la sangre de la expiación. ¿Se trata de nuestras faltas de cada día? Tenemos un Abogado para con el Padre, un gran Sumo Sacerdote con Dios. “Si alguno peca”. No dice: «Si alguno se arrepiente». Sin duda que hay ―y que debe haber― arrepentimiento y juicio propio; pero, ¿cómo se producen? ¿De donde proceden? Aquí está: “Abogado tenemos para con el Padre” (1 Juan 2:1). Su poderosa y siempre eficaz intercesión es la que proporciona al que peca, la gracia del arrepentimiento, del juicio de sí mismo y de la confesión.

 

Es sumamente importante que el cristiano tenga completa claridad acerca de esta gran verdad fundamental del ministerio sacerdo­tal o de la poderosa intercesión de Cristo. Algunas veces pensamos equivocadamente que, cuando fraca­samos en nuestra obra, tenemos que hacer algo de nuestra parte para poner en orden las cosas entre nuestra alma y Dios. Nos olvidamos de que, incluso antes de darnos cuenta del fracaso —antes de que nuestra conciencia se percate realmente del hecho—, nuestro adorable Abogado ha estado intercedien­do con el Padre sobre ello; y debemos a Su intercesión la gracia del arrepen­timiento, de la confesión y de la restauración. “Si alguno peca, tenemos...” ¿qué? ¿Volver a la sangre? ¡No! Nótese bien lo que el Espíritu Santo decla­ra: “Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. ¿Por qué dice: “el justo”? ¿Por qué no dice: el benigno, el misericordioso, el que se compa­dece? ¿No es él todo eso? Con toda seguridad; pero ninguna de esas perfec­ciones tendría aquí su lugar adecuado, pues el bienaventurado apóstol está poniendo delante de nosotros la consoladora verdad de que, en todos nuestros errores, pecados y fracasos, tenemos siempre un representante “justo” delan­te del Dios justo, del Padre Santo, de forma que nuestros asuntos jamás pue­den fracasar. “Viviendo siempre para interceder por ellos”; y porque vive siempre, “puede también salvar perpetuamente —hasta llegar al final mismo— a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

 

¡Qué sólido es el consuelo que hay aquí para el pueblo de Dios! ¡Y cuánto necesita nuestra alma estar bien asentada en el conocimiento y la percepción de ello! Hay algunos que tienen una percepción imperfecta de la verdadera posición del cristiano, porque no ven lo que Cristo ha hecho por ellos en el pasado; otros, por el contrario, tienen una concepción tan enteramente parcial del estado del cristiano, que no ven la necesidad que tenemos de lo que Cristo está haciendo ahora por nosotros. Ambos necesitan ser corregidos. Los pri­meros ignoran el alcance y el valor de la expiación; los últimos ignoran el lugar y la aplicación de la intercesión. La perfección de nuestra posición es tal, que puede decir el apóstol: “como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Si todo estuviese incluido ahí, seguramente no tendrí­amos ninguna necesidad de intercesión sacerdotal; pero, por otro lado, nues­tro estado es tal, que el apóstol tiene que decir: “Si alguno peca”. Esto demuestra que necesitamos de continuo al Abogado. Y, bendito sea Dios, lo tenemos continuamente; lo tenemos viviendo siempre por nosotros. Vive y nos sirve en las alturas. Es nuestra justicia permanente delante de nuestro Dios. Vive para mantenernos perfectamente rectos en el cie­lo y para rectificar nuestras sendas cuando hayamos dado un mal paso en la tierra. Es el vínculo divino e indisoluble entre nuestra alma y Dios.

 

CUARTA PARTE

 

En las tres partes anteriores, hemos procurado desarrollar las grandes verdades fun­damentales que conciernen a la obra de Cristo por nosotros: su obra en el pasado —su expiación— y su obra en el presente— su intercesión—. Ahora procuraremos presentarle al lector, con la ayuda del Espíritu de Dios, algo de lo que nos enseñan las Escrituras en cuanto a la segunda parte de nuestro tema, a saber, Cristo como un objeto para el corazón.

 

II. CRISTO COMO OBJETO DEL CORAZÓN

 

Es una bendición maravillosa poder decir: «He hallado a Alguien que satisface perfectamente mi corazón: he hallado a Cristo». Esto es lo que nos eleva de verdad por encima del mundo y nos concede una completa indepen­dencia de los recursos a los que se acoge siempre el corazón inconverso. Da reposo permanente, pues imparte una calma y una tranquilidad de espíritu que el mundo no puede comprender. El pobre y fiel seguidor del mundo puede pensar que la vida del cristiano es realmente muy aburrida, torpe y sin sentido. Tal vez se quede asombrado de que el creyente pueda arreglárselas para seguir adelante sin lo que él llama diversión y placer; sin teatros, sin bailes ni fiestas, sin conciertos, sin naipes ni billares, sin ir de caza, sin carreras de caballos ni clubes ni casinos.

 

Privar de tales cosas a un inconverso, casi le impulsaría a la desesperación o a la demencia; pero el cristiano no necesita tales cosas ni las desea; serían para él un aburrimiento completo. Por supuesto, nos estamos refiriendo al cristia­no verdadero, al que lo es, no meramente de nombre, sino en realidad. ¡Lamentablemente, muchos que profesan ser cristianos, y que incluso asumen un terreno muy elevado en su profesión, se hallan activamente envueltos en todas las cosas vanas y frívolas tras de las que van los hombres de este mundo! Se los puede ver sentados a la Mesa del Señor el domingo, y en el teatro o el concierto el lunes. Pueden estar el domingo procurando tomar parte en una y otra de las muchas activida­des cristianas que se llevan a cabo en ese día, y se los puede ver durante la semana en el baile, en el hipódromo o en cualquier otro escenario de insensatez y vanidad.

 

Es evidente que tales personas no saben nada de Cristo como objeto del corazón. A decir verdad, resulta muy difícil entender cómo es que una perso­na que tenga una sola chispa de vida divina en el alma, puede hallar placer en las miserables ocupaciones de un mundo sin Dios. El cristiano verdadero y fervoroso se aparta de tales cosas; lo hace instintivamente; y no mera­mente por lo positivamente malo de ellas —aunque seguramente las considera malas y perversas—, sino porque les ha perdido el gusto y porque ha encon­trado algo infinitamente superior, algo que satisface perfectamente todos los deseos de su nueva naturaleza. ¿Podemos imaginarnos a un ángel del cielo complaciéndose en un baile, un teatro o un hipódromo? Sólo el pensarlo es una ridiculez suprema. A un ser celestial le son totalmente ajenas tales escenas.

 

¿Y qué es un cristiano? Un hombre celestial, pues es partícipe de la naturale­za divina. Está muerto al mundo, muerto al pecado, vivo para Dios. No tiene ni un solo vínculo con el mundo; pertenece al cielo. Así como Cristo su Señor no es del mundo, tampoco él lo es. ¿Podría Cristo tomar parte en los entrete­nimientos, juergas y necedades de este mundo? La idea misma sería una blasfe­mia. Pues bien, ¿qué diremos del cristiano? ¿Ha de hallarse donde su Señor no podría ser hallado? ¿Puede tomar parte consecuentemente en cosas de las que sabe en su corazón que son contrarias a Cristo? ¿Puede ir a lugares, esce­nas y ambientes en los que tiene que admitir que su Salvador y Señor no puede participar? ¿Puede ir y tener comunión con un mundo que aborrece a ese mismo a quien él profesa que le debe todo?

 

Quizá piense alguno de nuestros lectores que estamos asumiendo un terreno demasiado elevado o exagerando. A quien así piense, le querríamos preguntar: ¿qué terreno debemos tomar? Cier­tamente, el terreno cristiano, si somos cristianos. Pues entonces, si hemos de asumir una posición cristiana, ¿cómo sabremos cuál es en realidad esa posición? Con seguridad por el Nuevo Testamento. ¿Y qué nos enseña? ¿Acaso autoriza a que el cristiano se mezcle, en cualquier forma o medida, con los entre­tenimientos, diversiones y vanidades del presente mundo malo? Prestemos atención a las solemnes palabras de nuestro adorable Señor en Juan 17:14-18: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mun­do, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mun­do. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo”.

 

¿Se puede concebir una medida mayor de identificación que la que se nos muestra en estas palabras? Dos veces, en este breve pasaje, nuestro Señor dice que no somos del mundo, como tampoco él lo es. ¿Qué tiene que ver con el mundo nuestro adorable Señor? ¡Nada! El mundo lo ha rechazado comple­tamente y lo ha echado fuera. Lo clavó en una vergonzosa cruz entre dos mal­hechores. El mundo sigue siendo reo de todo esto, tan plena y vivamente como si el acto de la crucifixión se hubiese llevado a cabo ayer, en el centro mismo de la civilización actual y con el consentimiento unánime de todos. No hay ni un solo vínculo moral entre Cristo y el mundo. Más aún, el mundo está manchado con Su asesinato y tendrá que responder por el crimen ante Dios.

 

¡Qué solemne es esto! ¡Cuán digno de seria reflexión para los cristianos! Pasamos por un mundo que crucificó a nuestro Señor y Maestro, y él decla­ra que no somos del mundo, como tampoco él lo es. De aquí se sigue que, en la medida en que tengamos alguna comunión con el mundo, somos infie­les a Cristo. ¿Qué pensaríamos de una mujer que se sentase a reír y bromear con un grupo de hombres que hubiesen asesinado a su marido? No obstante, eso es precisamente lo que hacen los cristianos profesantes cuando se asocian con este presente mundo malo y se hacen como carne y hueso con él.

 

Quizá alguien dirá: «¿Qué vamos a hacer? ¿Tendremos que salir del mundo? » ¡De ningún modo! Nuestro Señor dice explícitamente: “No ruego que los qui­tes del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). El verdadero prin­cipio para el cristiano es: en el mundo, pero no del mundo. Para ilustrarlo con un ejemplo, el cristiano en el mundo es como un buzo en el mar. Está sumer­gido en un elemento que acabaría con él, si no estuviera protegido de su acción, y sostenido por una continua comunicación con los que están en la superficie.

 

¿Y qué tiene que hacer el cristiano en el mundo? ¿Cuál es su misión? Aquí está: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Juan 17:18). Y de nuevo, en Juan 20:21: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Tal es la misión del cristiano. No tiene que encerrarse dentro de los muros de un monasterio o de un convento. El cristianismo no consiste en unirse a una comunidad de frailes o de monjas. Nada de eso. Somos llamados a movernos de un lado a otro en las diversas relaciones de la vida y actuar en la esfera donde Dios nos ha puesto para su gloria. No se trata de qué hacemos, sino de cómo lo hacemos. Todo depende del objeto que gobierna nuestro corazón. Si el objeto que gobierna y absorbe el corazón es Cristo, todo irá bien; si no lo es, nada irá bien. Dos personas pueden sentarse a una misma mesa para comer; una come para satisfacer su apetito, la otra come “para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31), come simplemente para conservar en buen funcionamiento su cuerpo como vaso de Dios, templo del Espíritu Santo e instrumento para el servicio de Cristo.

 

Y así, en todo. Nuestro gran privilegio es tener siempre delante de nosotros al Señor. Él es nuestro modelo. Como él fue enviado al mundo, así también nosotros. ¿A qué vino? A glorificar a Dios. ¿Cómo vivió? Por el Padre: “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí” (Juan 6:57).

 

Así todo resulta muy sencillo. Cristo es el modelo y la piedra de toque para todo. Ya no es cuestión meramente de obrar bien o mal de acuerdo con nor­mas humanas; es simplemente una cuestión de saber lo que es digno de Cris­to. ¿Haría él esto o lo otro? ¿Estaría él aquí o allí? Él nos dejó “ejemplo, para que” sigamos “sus pisadas” (1 Pedro 2:21). Y de seguro que no deberíamos ir a donde no podemos rastrear Sus huellas benditas. Si vamos a un lugar o a otro para complacernos a nosotros mismos, no estamos siguiendo Sus huellas y no podemos abrigar la esperanza de disfrutar de Su bendita presencia.

 

Aquí está el verdadero secreto de todo este asunto. La gran pregunta que hemos de hacernos es precisamente ésta: ¿Es Cristo mi único objeto? ¿Para qué estoy viviendo? ¿Puedo decir: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas 2:20). Lo que esté por debajo de eso no es digno del cristiano. Cosa bien pobre y miserable es contentarse con ser salvo, y luego seguir codo a codo el mundo, viviendo para el placer y el interés de uno mismo; aceptar la salvación como fruto de las penalidades y los padecimientos de Cristo, y vivir luego distanciados de él. ¿Qué diríamos de un niño al que sólo le interesan las cosas buenas que le provee la mano de su padre, y no buscase nunca su compañía, sino que pre­firiese la compañía de extraños? Sin duda sería considerado digno de desprecio; pero, ¡cuánto más despreciable es el cristiano que debe todo su presente y toda su eterni­dad a la obra de Cristo y, sin embargo, se contenta con vivir a una fría distancia de su adorable persona, sin preocuparse por promover su gloria!

 

QUINTA PARTE

 

Si el lector ha sido capaz, por medio de la gracia, de asimilar lo que ha sido objeto de nuestra consideración en estas páginas, tendrá un remedio perfecto para toda intranquilidad de conciencia y para todo desa­sosiego de corazón. Para aquietar la conciencia, bastará confiar en la obra de Cristo con fe sencilla. Para sosegar el corazón, será suficiente poner la mira­da, con “ojo sencillo”, en la Persona de Cristo. Por tanto, si no disfrutamos de paz en la conciencia, ello se debe solamente a que no descansamos en la obra consumada de Cristo; y si el corazón no halla sosiego, ello demuestra que no estamos satisfechos con Cristo mismo.

 

No obstante, ¡qué pocos, aun del pueblo amado del Señor, conocen lo uno o lo otro! ¡Qué raro es hallar una persona que goce de verdadera paz de con­ciencia y de auténtico reposo de corazón! En general, los cristianos no aven­tajan, ni una pizca, a la condición de los santos del Antiguo Testamento. No conocen la bendición de una redención cumplida; no disfrutan de una con­ciencia purificada; no pueden acercarse “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”, teniendo “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:22). No comprenden la grandiosa verdad de la morada del Espíritu Santo en ellos, en virtud de lo cual pueden clamar: “Abba, Padre” (Gálatas 4:6). En cuanto a su experiencia, están bajo la ley; nunca han entrado de verdad en la bendición profunda de estar bajo el reinado de la gracia. No se puede dudar de que tienen la vida y aman las cosas de Dios; sus gustos, sus costum­bres, sus aspiraciones, más aún, sus mismos ejercicios de corazón, sus conflictos, sus ansiedades, dudas y temores, todo ello demuestra la existencia de la vida divina. En cierto modo, están separados del mundo, pero su separación es negativa, más bien que positiva. Se debe a que ven la completa vanidad del mundo y a que no puede satisfacerles el corazón, antes que a haber hallado un objeto digno en Cristo. Han perdido el gusto por las cosas del mundo, pero no han hallado su lugar ni su porción en el Hijo de Dios donde él está ahora a la diestra de Dios. Las cosas del mundo no les satisfacen, pero tampoco dis­frutan de su posición, objeto y esperanza celestiales; de ahí que se hallen en una condición totalmente anómala; no tienen certeza, ni reposo, ni propósito fijo; no son felices; no conocen su verdadera situación; no son ni una cosa ni otra.

 

¿Se halla el lector de esa manera? Esperamos afectuosamente que no sea así. Confiamos que sea uno de los que, por la gracia infinita, conocen “las cosas que nos han sido dadas gratuitamente por Dios” (1 Corintios 2:12, VM); que saben que han pasado de muer­te a vida; que tienen vida eterna; que gozan del testimonio precioso del Espí­ritu; que se dan cuenta de su asociación con una Cabeza resucitada y glorificada en los cielos, con quien están unidos por el Espíritu Santo que mora en ellos; que han hallado su objeto en la Persona de Aquel cuya obra consumada constituye la base divina y eterna de su salvación y de su paz, y que aguar­dan con anhelo el momento bienaventurado en que Jesús vendrá a recogerlos, para que donde él está estén también ellos, para no salir de allí jamás.

 

Esto es cristianismo. Ninguna otra cosa merece ese nombre. Se alza en con­traste fuerte y agudo con la espuria religiosidad actual, que no es ni puro judaísmo por un lado, ni puro cristianismo por el otro, sino una miserable mezcla, compuesta por algunos de los elementos de cada uno, elementos que pueden ser adop­tados y practicados por gente inconversa, pues dan el visto bueno a los deseos de la carne y les permiten gozar de los placeres y las vanidades del mundo, para contentamiento de su corazón. El principal enemigo de Cristo y de las almas ha logrado crear un horroroso sistema de reli­gión, mitad judío, mitad cristiano, combinando del modo más astuto el mun­do y la carne con ciertas cosas de la Biblia, usándola de forma tal que destruye su fuerza moral e impide su correcta aplicación; y las almas quedan atrapadas sin remedio en las redes de este sistema. Los inconversos son enga­ñados con la idea de que, en realidad, son muy buenos cristianos y que van directamente al cielo; mientras que, por otra parte, al amado pueblo de Dios se le priva de su debido lugar y de sus privilegios, y es arrastrado por la oscura y funesta influencia de la atmósfera religiosa que los rodea y casi los sofoca.

 

Creemos que no se pueden expresar con palabras humanas las terribles con­secuencias de mezclar así al pueblo de Dios con la gente del mundo en un sis­tema común de religiosidad y de creencias teológicas. Su efecto en el pueblo de Dios es cerrarles los ojos a las verdaderas glorias morales del cristianis­mo, según nos son presentadas en las páginas del Nuevo Testamento; y esto, hasta tal punto que si alguien intenta descubrir estas glorias ante su vista, es tenido por visionario entusiasta o por hereje peligroso. Su efecto sobre la gen­te del mundo es engañarles completamente en cuanto a su verdadera condi­ción, su carácter y su destino. Ambas clases repiten los mismos formularios, suscriben el mismo credo, recitan las mismas oraciones, son miembros de la misma comunidad, participan del mismo sacramento y son, en una palabra, una misma cosa en el terreno eclesiástico, lo mismo que en el teológico y el religioso.

 

En respuesta a todo esto, quizá se nos diga que nuestro Señor, en Su maravi­lloso discurso en Mateo 13, enseña explícitamente que el trigo y la cizaña han de crecer juntos. Sí, pero, ¿dónde? ¿En la Iglesia? No, sino en “el mundo”; y nos dice que “el campo es el mundo” (Mateo 13:38). Confundir estas dos cosas, es falsear enteramente la posición cristiana y acabar con toda disciplina piadosa en la Asamblea. Equivale a colocar la enseñanza de nuestro Señor en Mateo 13 en abierta oposición a la enseñanza del Espíritu Santo en 1 Corintios 5.

 

Sin embargo, no vamos a seguir adelante por ahora con este tema. Es dema­siado importante y demasiado extenso como para despacharlo en un breve artículo como el presente. Quizá podamos discutirlo con mayor extensión en otra oportunidad, pues estamos plenamente convencidos de que requiere del lector cristiano una seria consideración. No se puede subestimar, de ningún modo, su importancia, pues concierne, de forma tan manifiesta, a la gloria de Cristo, a los intereses verdaderos de su pueblo, al progreso del Evangelio y a la integridad del testimonio y del servicio cristianos. Pero tenemos que dejar­lo a un lado por el momento y terminar este artículo con una breve referen­cia al punto tercero y último de nuestro tema, a saber, la Palabra de Cristo como guía plenamente suficiente para nuestro camino.

 

III. LA PALABRA DE CRISTO COMO GUÍA PLENAMENTE SUFICIENTE PARA NUESTRO CAMINO

 

Si la obra de Cristo es suficiente para la conciencia, y su adorable Persona es suficiente para el corazón, entonces, con toda seguridad, su Palabra preciosa es suficiente para el camino. Podemos asegurar, con toda la confianza posible, que tenemos en el divino volumen de las Sagradas Escrituras todo lo que podamos necesitar, no sólo para satisfacer todas las exi­gencias de nuestro camino individual, sino también las diversas necesidades de la Iglesia de Dios, en los más minuciosos detalles de su historia en este mundo.

 

Nos damos perfecta cuenta de que, al sentar tal afirmación, nos exponemos a mucha burla y oposición desde varios lados. Por un lado, toparemos con los abogados de la tradición y, por otro, con los que defienden la supremacía de la razón y de la voluntad humanas; pero esto en realidad nos importa muy poco. Si las tradiciones de los hombres, ya sean padres, hermanos o doctores, se presentan como autoridad, las consideramos como una mota de polvo en la balanza (Isaías 40:15); y, en cuanto al racionalismo, sólo puede compararse a un mur­ciélago a la luz del sol del mediodía, deslumbrado por el resplandor y golpeándose ciegamente contra objetos que no puede ver.

 

¡Qué gozo más profundo para el corazón poder apartarse de las tradiciones y doctrinas de los hombres, opuestas entre sí, y hallar reposo a la luz de la Santa Escritura! ¡Qué gozo experimenta el creyente cuando, tras encontrarse con los insolentes razonamientos del incrédu­lo, del racionalista y del escéptico, puede rendir todo su ser moral a la autoridad y al poder de la Santa Biblia, reconociendo con gratitud, en la Palabra de Dios, la única norma perfecta de doctrina, de moral, de todo! “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto [αρτιος], enteramente instruido para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17 RV 1909).

 

¿Qué más podemos necesitar? ¡Nada! Si la Escritura puede hacer a un niño “sabio para la salvación”, y puede hacer a un hombre “perfecto”, “enteramente instruido para toda buena obra”, ¿para qué necesitamos las tradiciones humanas o los vanos razonamientos humanos? Si Dios ha escrito un volumen para nosotros, si ha condescendido en gracia a darnos una revelación de su pensamiento respecto a todo lo que debemos saber, pensar, sentir, creer y hacer, ¿acudiremos a un pobre mortal semejante a nosotros, ya sea un ritualista o un racionalista, para que nos ayude? ¡Lejos esté de nosotros tal pensamiento! Acu­dir a la tradición o a la razón humanas para que suplan alguna defi­ciencia en la revelación divina, es lo mismo que si acudiésemos a algún mortal para que añada algo a la obra consumada de Cris­to a fin de hacerla suficiente para nuestra conciencia, o para que supla alguna deficiencia en la Persona de Cristo a fin de hacerlo suficiente para nuestro corazón. Toda alabanza y acción de gracias sean dadas a nuestro Dios de que no necesi­tamos nada de eso. El nos ha dado en su Hijo amado todo lo que nos es nece­sario para la conciencia, el corazón y el camino —para el tiempo, con todas sus escenas cambiantes, y para la eternidad, con sus infinitas edades—. Bien podemos decir, como el poeta:

 

Cristo, encuentro todo en Ti,

Y no necesito más;

 

No falta, no puede faltar, nada en el Cristo de Dios. Su expiación y su inter­cesión bastan para satisfacer todos los anhelos de la conciencia más profun­damente ejercitada. Las glorias morales, los poderosos atractivos, de su Persona divina bastan para satisfacer las más intensas aspiraciones y los más fervientes anhelos del corazón. Y su incomparable revelación —ese inapreciable Volumen— contiene dentro de sus tapas todo lo que podamos necesitar, des­de el principio hasta el fin de nuestra carrera cristiana en este mundo.

 

Querido lector, ¿no son así estas cosas? (véase Hechos 17:11) ¿No admite usted, desde el fondo mismo de su ser moral renovado, que estas cosas son verdad? Si es así, ¿des­cansa, en absoluta calma y reposo, en la obra de Cristo? ¿Se deleita en su Persona? ¿Se somete, en todo, a la autoridad de su Palabra? ¡Quiera Dios que así sea con respecto a usted y a todos los que profesan Su nombre! ¡Ojalá haya un testimonio más pleno, más claro y más decidido de la «plena suficiencia de Cristo», “hasta aquel día”!

 

 

 

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Traducido en 1988. Revisado en agosto de 2011 ©

Este libro es propiedad de  Ediciones bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza) 

 

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