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LA ASAMBLEA DE
DIOS La plena suficiencia del Nombre de Jesús C. H. Mackintosh |
En un tiempo como el presente, cuando casi toda nueva idea se
convierte en el centro o punto de reunión de alguna nueva asociación, no
podemos menos que percibir el valor de tener convicciones divinamente formadas
acerca de lo que es realmente la Asamblea de Dios. Vivimos en un tiempo de
inusitada actividad intelectual y, en consecuencia, existe la más urgente
necesidad de estudiar la Palabra de Dios con calma y oración. Esa Palabra
—bendito sea su Autor— es como una roca que en medio del océano del pensamiento
humano se mantiene inconmovible a pesar de la furia de la tempestad y del
incesante embate de las olas. Y no sólo se mantiene inconmovible ella misma,
sino que comunica su propia estabilidad a todos los que simplemente se emplazan
sobre ella. ¡Qué gracia es poder escapar así del oleaje y de las sacudidas del
tempestuoso océano y hallar la calma y el reposo en esa roca eterna!
Esto, verdaderamente, es una gran bendición. Si no fuera
porque tenemos “la ley y el testimonio” (Isaías 8:20), ¿dónde estaríamos?
¿Adónde iríamos? ¿Qué haríamos? ¡Qué oscuridad! ¡Qué confusión! ¡Qué
perplejidad! Diez mil voces discordantes llegan, a veces, al oído, y cada voz
parece hablar con tanta autoridad que, si uno no conoce bien la Palabra y se
apoya en ella, hay un gran peligro de ser disuadido o, al menos, tristemente
conmovido y turbado. El uno le dirá a Ud. que esto es lo correcto; el otro le dirá que lo es aquello; un tercero le dirá que todo es correcto y un cuarto le afirmará que nada es correcto. Con referencia a la posición eclesiástica, Ud. se
encontrará con algunos que vienen aquí,
otros que van allá, algunos que van a
todos lados y también algunos que no
van a ninguna parte.
Ahora bien, ¿qué debe hacer uno en tales circunstancias? No
todo puede ser correcto; y, sin embargo, seguramente hay algo que tiene que
serlo. No puede ser que estemos obligados
a vivir en el error, en las tinieblas y en la incertidumbre. “Hay una senda”
—bendito sea Dios— aun cuando “nunca la conoció ave, ni ojo de buitre la vio;
nunca la pisaron animales fieros, ni león pasó por ella” (Job 28:7-8). ¿Dónde
está esta senda segura y bendita? Oiga Ud. la respuesta divina: “He aquí que el
temor del Señor es la sabiduría,
y el apartarse del mal, la
inteligencia” (Job 28:28).
Procedamos, pues, con temor del Señor, a la luz de su
infalible verdad y en humilde dependencia de la enseñanza de su Santo Espíritu,
a examinar el tema indicado en el encabezamiento de este escrito; y tengamos
gracia para no confiar en nuestros propios pensamientos ni en los de otros, de
modo que nos sometamos sinceramente para ser enseñados sólo por Dios.
Ahora, para tratar provechosamente el grande e importante
tema de la Asamblea de Dios, primero tenemos que consignar un hecho y, en segundo lugar, hacer una pregunta. El hecho es éste: Hay una Asamblea de Dios en la tierra. La pregunta es: ¿Cuál es esa Asamblea?
I. HAY UNA
ASAMBLEA DE DIOS EN LA TIERRA
Primeramente, pues, veamos
el hecho. Hay algo en la tierra que se llama y es la Asamblea de Dios. Éste
es un hecho importantísimo, por cierto: Dios tiene una Asamblea en la tierra. Lo
que entiendo por tal no se relaciona con ninguna organización puramente humana
—tal como la iglesia Griega, la iglesia de Roma, la iglesia Anglicana, la
iglesia de Escocia— ni con ninguno de los varios sistemas salidos de ellas,
formados y elaborados por la mano del hombre y mantenidos con los recursos del
hombre. Me refiero simplemente a la Asamblea reunida por el Espíritu Santo
alrededor de la persona del Hijo de Dios para adorar a Dios el Padre y tener
comunión con él. Nuestra capacidad para reconocer y apreciar esta Asamblea es
un asunto totalmente diferente, el que dependerá de nuestra espiritualidad, del
despojamiento de nuestro yo, del quebrantamiento de nuestra voluntad, de
nuestra infantil sumisión a la autoridad de las Santas Escrituras. Si comenzamos
nuestra investigación acerca de la Asamblea de Dios, o de lo que puede ser su
expresión, con nuestra mente llena de prejuicios, ideas preconcebidas o
predilecciones personales; o si, en nuestras investigaciones, recurrimos a la
vacilante luz de los dogmas, de las opiniones y de las tradiciones de los
hombres, podemos estar perfectamente seguros de que no arribaremos a la verdad.
Para reconocer a la Asamblea de Dios, debemos ser enseñados exclusivamente por
la Palabra de Dios y guiados por su Espíritu; porque de la Asamblea de Dios, lo
mismo que de los hijos de Dios, se puede decir: “El mundo no la conoce.”
De ahí que, si de alguna manera somos gobernados por el
espíritu del mundo; si deseamos exaltar al hombre; si procuramos hacer valer
nuestros méritos ante los hombres; si nuestro objetivo es lograr lo que nos
parece más atrayente, a saber, una posición honorable que, sin embargo, sea una
trampa para nuestras almas, desde ya podemos abandonar nuestra investigación
sobre la Asamblea de Dios y refugiarnos en la de las formas de la organización
humana, la cual se acomoda mejor a nuestros pensamientos o a nuestra íntimas
convicciones.
Además, si nuestro objetivo es encontrar una asociación
religiosa en la cual se lea la Palabra de Dios, o donde se halle pueblo de
Dios, en seguida podremos ver satisfecho ese propósito, pues sería difícil, por
cierto, encontrar una sección del cuerpo profesante en la cual no se vea
realizada una de esas condiciones (o ambas).
Por último, si meramente pretendemos hacer lo mejor que
podamos, sin examinar cómo lo hacemos; si nuestro lema es “Per fas aut nefas”[1] en cualquier cosa que
emprendamos; si estamos dispuestos a trastrocar aquellas serias palabras de
Samuel y decir que «el sacrificio es mejor que la obediencia y la grosura de
los carneros que el prestar atención», entonces es más que inútil que
prosigamos nuestra investigación sobre la Asamblea de Dios, tanto más cuanto
esta Asamblea sólo puede ser descubierta y aprobada por alguien que haya aprendido
a huir de las diez mil sendas floridas de la conveniencia humana y a someter su
conciencia, su corazón, su inteligencia, todo su ser moral a la suprema
autoridad de “Así dice el Señor.” En
una palabra, pues, el discípulo obediente sabe que existe una Asamblea de Dios,
y él también estará capacitado, por gracia, para encontrarla y para reconocer
que su propio lugar está allí. Quien estudia con inteligencia la Escritura,
advierte muy bien la diferencia que hay entre un sistema fundado, formado y gobernado
por la sabiduría y la voluntad del hombre y la Asamblea que se reúne alrededor
de Cristo el Señor y que es gobernada por Él. ¡Cuán vasta es la diferencia! Es
justamente la que existe entre Dios y el hombre.
Pero se nos puede pedir que presentemos las pruebas bíblicas
de que hay en esta tierra una Asamblea de Dios, por lo cual procederemos de
inmediato a proporcionarlas; pero antes permítasenos decir que, sin la
autoridad de la Palabra, todas las afirmaciones sobre puntos como éste carecen
totalmente de valor. Por lo tanto, “¿qué
dice la Escritura?” (Romanos 4:3).
Nuestra primera cita será ese famoso pasaje de Mateo 16:
“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos,
diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron:
Unos, Juan el Bautista, otros Elías; y otros Jeremías, o alguno de los
profetas. Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón
Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le
respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te
digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi asamblea (ekklesia)[2] y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella” (v. 13-18).
Aquí nuestro bendito Señor anuncia su propósito de edificar
una asamblea, y revela el verdadero fundamento de ella, a saber: “Cristo, el
Hijo del Dios viviente.” Éste es un punto sumamente importante en nuestro tema.
El edificio está fundado sobre la Roca, y esa Roca no es el pobre Pedro, quien
puede fallar, tropezar, errar, sino Cristo, el eterno Hijo del Dios viviente; y
cada piedra de ese edificio participa de la Roca viviente, la cual, al ser victoriosa
sobre todo el poder del enemigo, es indestructible[3].
Además, un poco más adelante en el evangelio de Mateo
llegamos a un pasaje igualmente familiar. “Por tanto, si tu hermano peca contra
ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu
hermano. Mas si no te oyere, toma aun contigo a uno o dos, para que en boca de
dos o tres testigos conste toda palabra. Si no lo oyere a ellos, dilo a la
iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os
digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que
desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos
de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren,
les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o
tres congregados en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos” (18:15-20).
Tendremos ocasión de referirnos nuevamente a este pasaje en
la segunda división de nuestro tema. Lo introducimos aquí meramente como un
eslabón en la cadena de evidencias bíblicas acerca del hecho de que existe una
asamblea de Dios en la tierra. Esta asamblea no es un nombre, una forma, una
pretensión o una suposición. Es una realidad divina, una institución de Dios
que posee Su sello y aprobación. Es algo a lo cual debe apelarse en todos los
casos de ofensas y disputas personales que no pueden ser arregladas por las
partes involucradas. Esta asamblea puede consistir sólo de “dos o tres”
personas, la menor pluralidad, si Ud. quiere; pero ahí está, reconocida por
Dios y sus decisiones ratificadas en el cielo.
Ahora bien, no tenemos que dejarnos espantar y desviar de la
verdad sobre este tema por el hecho de que la iglesia de Roma haya intentado
basar sus monstruosas pretensiones en los dos pasajes que acabamos de citar.
Esa iglesia no es la Asamblea de Dios, edificada sobre Cristo —la Roca— y
reunida al nombre de Jesús, sino una apostasía humana, fundada sobre un frágil
mortal y gobernada por las tradiciones y doctrinas de los hombres. Por
consiguiente, no debemos tolerar que seamos privados de la realidad de Dios por
causa de la impostura de Satanás. Dios tiene su Asamblea en la tierra y
nosotros somos responsables de reconocerla y de encontrar nuestro lugar en
ella. Esto puede ser dificultoso en un tiempo de confusión como el actual. Ello
demandará un ojo sencillo, una voluntad sumisa, un espíritu humillado. Pero el
lector esté seguro de que es su privilegio poseer tanto una seguridad divina
con relación a su lugar en la Asamblea de Dios como con respecto a la verdad de
su propia salvación por medio de la sangre del Cordero; y no debería estar
satisfecho sin esto. Yo no estaría contento de vivir una hora sin la seguridad
de que estoy asociado, en espíritu y en principio, a la Asamblea de Dios. Digo
en espíritu y en principio porque puede ocurrir que me halle en un lugar donde
no exista ninguna expresión local de la Asamblea, en cuyo caso debo contentarme
con tener comunión, en espíritu, con todos aquellos que se encuentran en el
terreno de la Asamblea de Dios, y esperar que Él me franquee el camino, de
manera que yo pueda gozar del privilegio real de estar presente, en persona,
con su pueblo para gustar las bendiciones de su Asamblea, como así también para
compartir las santas obligaciones de ella.
Esto simplifica admirablemente el asunto. Si no puedo tener
la Asamblea de Dios, no tendré nada a ese respecto. No me basta concurrir a una
comunidad religiosa en la que hay algunos cristianos, en la que se predica el
Evangelio y se administran las ordenanzas. Debo estar convencido, por la
autoridad de la Palabra y por el Espíritu de Dios, que aquélla está
verdaderamente congregada sobre el principio de la Asamblea de Dios y que posee
todas las características de ella; de otro modo, no puedo reconocerla. Puedo
reconocer a los hijos de Dios que están allí, si me permiten hacerlo fuera de
los límites de su sistema religioso; pero no puedo reconocer ni aprobar ese
sistema en modo alguno. Si lo hiciera, sólo sería como si afirmara que es
totalmente indiferente que yo tome mi lugar en la Asamblea de Dios o en los
sistemas del hombre, que reconozca el Señorío de Cristo o la autoridad del
hombre, que reverencie a la Palabra de Dios o a las opiniones del hombre.
Sin duda, estas afirmaciones chocarán a muchos. Se hablará de
santurronería, prejuicio, estrechez de miras, intolerancia y cosas similares.
Pero esto no debe apenarnos mucho. Todo lo que tenemos que hacer es
cerciorarnos de la verdad respecto a la Asamblea de Dios y adherirnos a ella
con el corazón y enérgicamente, a toda costa. Si Dios tiene una Asamblea —y la
Escritura dice que la tiene—, entonces debo estar allí y no en otra parte. Es
evidente —y cada uno debe convenir en ello— que, donde hay varios sistemas antagónicos,
no todos pueden ser divinos. ¿Qué debo hacer? ¿Debo contentarme con elegir el
menor de los dos males? Por cierto que no. ¿Qué, entonces? La respuesta es
clara, enfática y directa: la Asamblea de Dios o nada. Si donde Ud. vive hay
una expresión local de esa Asamblea, bien; esté allí en persona. Si no,
conténtese con tener comunión espiritual con todos aquellos que, humilde y
fielmente, reconocen y ocupan esta santa posición.
Se puede tomar por liberalismo la disposición a aprobarlo todo
e ir con todo y con todos. Puede parecer muy fácil y placentero estar en un
lugar «donde se da rienda suelta a la voluntad de todos y donde no es
ejercitada la conciencia de ninguno», donde podemos sostener y decir lo que nos
gusta, hacer lo que nos agrada e ir adonde nos plazca. Todo esto puede parecer
muy deleitoso, muy plausible, muy popular, muy atractivo; pero será estéril y
amargo al final; y, en el día del Señor, con toda seguridad que todo ello será
consumido por completo como tanta madera, heno y hojarasca que no podrá
resistir la acción de Su juicio.
Pero prosigamos con nuestras pruebas bíblicas. En los Hechos
de los Apóstoles, o más bien los Hechos del Espíritu Santo, encontramos la
Asamblea formalmente establecida. Un pasaje o dos serán suficientes: “Y
perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas,
comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo
favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que
habían de ser salvos” (Hechos 2:46-47). Tal era el sencillo orden apostólico
del principio. Cuando una persona se convertía, tomaba su lugar en la Asamblea;
no había dificultad para admitirla, no había sectas ni partidos que reclamaran
para sí el derecho a ser considerados una iglesia, como si tuvieran una causa
propia o un interés particular. Sólo había una cosa: la Asamblea de Dios, donde
él moraba, actuaba y gobernaba. No era un sistema formado según la voluntad, el
juicio o incluso la conciencia del hombre. El hombre aún no había emprendido la
tarea de hacer una iglesia. Ése era trabajo de Dios. Era sólo incumbencia y
prerrogativa de Dios tanto reunir a los salvos como salvar a los dispersos[4].
¿Por qué —podemos preguntar con razón— esto debe ser
diferente ahora? ¿Por qué el regenerado debe buscar algo que esté más allá, o
algo que sea diferente a la Asamblea de Dios? ¿No es suficiente estar en la
Asamblea de Dios? El lugar donde Él mora, actúa y gobierna, ¿no es, acaso, el
único lugar donde todos los suyos deberían estar? Sin duda que sí. ¿Deberían
contentarse con alguna otra cosa? Seguro que no. Reiteramos enfáticamente: o eso o nada.
Lamentablemente, es cierto que la caída, la ruina y la
apostasía han entrado. Ha crecido la vigorosa corriente del error y ha arrasado
muchos de los antiguos hitos de la Asamblea. La sabiduría del hombre y su
voluntad, o, si se lo prefiere, su razón, su juicio y su conciencia han puesto
manos a la obra en asuntos eclesiásticos, y el resultado aparece ante nosotros
en las casi innumerables y desconocidas sectas y partidos de la actualidad. No
obstante, nos atrevemos a decir que la Asamblea es siempre la Asamblea, a pesar
de toda la decadencia, el error y la consecuente confusión que le sobrevino. La
dificultad para llegar al conocimiento de la Asamblea puede ser grande, pero,
una vez logrado, su realidad es inalterada e inalterable. En los tiempos
apostólicos, la Asamblea surge intrépidamente, dejando tras sí la tenebrosa
región del judaísmo, por un lado, y del paganismo, por el otro. Era imposible
confundirse; ella estaba allí como una gran realidad, una compañía de hombres
vivientes reunidos, habitados, gobernados y dirigidos por el Espíritu Santo, de
modo que el indocto o el incrédulo, cuando entraban, eran convencidos por todos
e impulsados a reconocer que Dios estaba allí (véase cuidadosamente 1.ª
Corintios 12 al 14).
De manera que, en el Evangelio, nuestro bendito Señor revela
su propósito de edificar una Asamblea; esta Asamblea nos es presentada
históricamente en los Hechos de los Apóstoles; luego, cuando nos dirigimos a
las epístolas de Pablo, le vemos dirigirse a la asamblea de siete lugares
diferentes, a saber, Roma, Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas y
Tesalónica; y, finalmente, al principio del libro del Apocalipsis tenemos
cartas dirigidas a siete iglesias distintas. Ahora bien, en todos estos
lugares, la Asamblea de Dios era algo evidente, real, palpable, establecido y
mantenido por Dios mismo. No era una organización humana, sino una institución
divina, un testimonio, un candelero para Dios en cada lugar.
Muchas son, pues, las pruebas bíblicas del hecho de que Dios
tiene una Asamblea en la tierra, reunida, habitada y gobernada por el Espíritu
Santo, quien es el único y verdadero Vicario de Cristo en la tierra. El
Evangelio anuncia proféticamente a la Asamblea, los Hechos la presentan
históricamente y las epístolas se dirigen formalmente a ella. Todo esto es
claro. Y nótese con cuidado que, sobre este tema, no deseamos prestar oídos más
que a la voz de la Santa Escritura. Que no hable la razón, porque no la
reconoceremos. Que la tradición no alce la voz, porque no le haremos caso. Que
la conveniencia o lo que parece oportuno no espere que le prestemos atención.
Nosotros creemos en la suficiencia absoluta de la Santa Escritura, la que basta
para equipar por completo al hombre de Dios, a fin de prepararlo de un modo
perfecto para toda buena obra (2.ª Timoteo 3:16-17). La Palabra de Dios o es
suficiente, o no lo es. Nosotros creemos que ella es ampliamente suficiente
para todo lo que le es necesario a la Asamblea de Dios. No puede ser de otro
modo, ya que Dios es su Autor. Debemos o bien negar la divinidad de la Biblia,
o bien admitir su suficiencia. No hay término medio, pues es imposible que Dios
haya escrito un libro imperfecto o insuficiente.
Éste es un principio muy solemne en relación con nuestro
tema. Muchos escritores protestantes han mantenido, en su ataque contra el
catolicismo, la suficiencia y la autoridad de la Biblia; pero nos parece muy
claro que ellos siempre están en falta cuando sus oponentes contestan el ataque
pidiéndoles pruebas bíblicas que apoyen muchas cosas aprobadas y adoptadas por
las congregaciones protestantes. Hay, en la iglesia del Estado y en las otras
comunidades protestantes, muchas cosas admitidas y practicadas que no tienen
aprobación en la Palabra; y cuando los inteligentes y sagaces defensores del
catolicismo llamaron la atención sobre estas cosas y preguntaron sobre qué
autoridad bíblica se fundaban, la debilidad del Protestantismo se manifestó de
manera sorprendente. Si admitimos por un momento que, sobre algún punto,
debemos recurrir a la tradición y a la conveniencia ¿quién se encargará
entonces de determinar su límite? Si es permisible apartarse de las Escrituras
siquiera en algo, ¿hasta dónde podemos ir en tal dirección? Si se admite en
alguna medida la autoridad de la tradición, ¿quién deberá fijar su extensión?
Si abandonamos la bien definida y estrecha senda de la revelación divina y
entramos en el vasto y enmarañado campo de la tradición humana, ¿no tiene un
hombre tanto derecho como otro de elegir en él lo que desea? En resumen, es
obviamente imposible enfrentar a los adherentes del catolicismo romano en cualquier
otro terreno que no sea aquel en el cual la Asamblea de Dios toma posición, a
saber, la suficiencia absoluta de la Palabra de Dios, del nombre de Jesús y del
poder del Espíritu Santo. Tal es —bendito sea Dios— la invencible posición
ocupada por su Asamblea; y, por más débil y despreciable que pueda ser esta
Asamblea a los ojos del mundo, sabemos, porque Cristo lo dijo, que “las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella”. Esas puertas prevalecerán, sin duda,
contra todo sistema humano, contra todas esas corporaciones y asociaciones que
los hombres han erigido. Y nunca hasta ahora ese triunfo del Hades ha sido
manifiesto más terriblemente que en el caso de la propia iglesia de Roma,
aunque ella haya pretendido arrogantemente hacer de esta misma declaración de
nuestro Señor el baluarte de su poder. Nada puede resistir el poder de las
puertas del Hades, salvo esta Asamblea edificada sobre la «Piedra viviente»; y la expresión local de esta Asamblea puede
estar constituida por esos “dos o tres
reunidos en el nombre de Jesús”, un pobre, débil y miserable puñado, la
basura del mundo, los peores de todos.
Es bueno ser claros y decididos en cuanto a esto. La promesa
de Cristo nunca puede fallar. Él —bendito sea su nombre— descendió hasta el
punto más bajo posible al cual su Asamblea puede ser reducida, aun a “dos”. ¡Qué misericordioso! ¡Qué
compasivo! ¡Qué considerado! ¿Quién como él? Él vincula toda la divinidad, todo
el valor, toda la eficacia de su propio e inmortal Nombre divino a un oscuro y
reducido número reunido alrededor de él. Debe ser muy evidente para la mente
espiritual que el Señor Jesús, al hablar de los “dos o tres”, no pensaba en aquellos vastos sistemas que surgieron
en tiempos antiguos, en la Edad Media y en la Moderna, en Oriente y en Occidente,
que contaban sus adherentes y promotores no por “dos o tres”, sino por reinos,
provincias y parroquias. Es evidente que un reino de bautizados y “dos o tres”
almas vivientes, reunidas en el Nombre de Jesús, no significan ni pueden
significar lo mismo. La cristiandad bautizada es una cosa y la Asamblea de Dios
es otra. Pronto veremos lo que es esta última, pero desde ya afirmamos que
ellas no son ni pueden ser la misma cosa. Se las confunde constantemente, pese
a que no existen dos cosas que puedan ser más distintas[5].
Si deseamos saber bajo qué figura presenta Cristo al mundo
bautizado, sólo tenemos que mirar la “levadura” y el “grano de mostaza... que
se hace árbol”, de Mateo 13. La primera representa el carácter interno y el
segundo el carácter externo del “reino de los cielos”, de aquello que había
sido originalmente establecido en la verdad y la pureza como una cosa real,
aunque pequeña, la cual, por la pérfida acción de Satanás, vino a ser
interiormente una masa corrompida, si bien exteriormente resultó algo popular,
de gran apariencia y muy extendido en la tierra, reuniendo toda clase de gente
bajo la sombra de su patrocinio. Tal es la lección —la sencilla aunque
profundamente solemne lección— a extraer, por la mente espiritual, de la
“levadura” y del “árbol de mostaza” de Mateo 13. Y podemos agregar que, de esta
lección bien comprendida, resultaría la capacidad para distinguir entre el
“reino de los cielos” y la Asamblea de Dios. El primero se puede comparar con
una vasta ciénaga y la última con un arroyo que corre a través de la ciénaga y
que está en constante peligro de perder su carácter distintivo, así como su
propia dirección, por entremezclarse con las aguas circundantes. Confundir las
dos cosas es dar el golpe mortal a toda disciplina piadosa y, consecuentemente,
a la pureza en la Asamblea de Dios. Si el reino y la Asamblea significan la
misma cosa, entonces ¿cómo actuaríamos en el caso de “esa persona perversa” de
1.ª Corintios 5? El apóstol nos dice que la “quitemos fuera”. ¿Dónde debemos
ponerla? Nuestro Señor mismo nos dice positivamente que “el campo es el mundo”;
y también, en Juan 17, nos dice que los suyos no son del mundo. Esto hace que
todo sea bastante claro. Pero los hombres nos dicen, pese a la declaración del
propio Señor, que el campo es la Iglesia, y que la cizaña y el trigo —los
impíos y los piadosos— tienen que crecer juntos y que de ninguna manera tienen
que ser separados. Así, la clara y positiva enseñanza del Espíritu Santo en 1.ª
Corintios 5 es puesta en abierta oposición a la igualmente clara y positiva
enseñanza de nuestro Señor en Mateo 13; y todo esto surge del esfuerzo por
confundir dos cosas distintas, a saber, el “reino de los cielos” y la “Asamblea
de Dios”.
El objetivo que me propuse no me permite dedicarme más al
interesante tema del “reino”. Bastante se ha dicho si con ello el lector ha
sido convencido de la inmensa importancia de distinguir debidamente entre aquel
reino y la Asamblea. Vamos ahora a examinar lo que es esta última. ¡Que el
Espíritu Santo sea nuestro Maestro!
II. QUÉ ES LA
ASAMBLEA DE DIOS
Al tratar el tema relacionado con lo que es la Asamblea de
Dios consideraremos, para dar claridad y precisión a nuestros pensamientos, los
cuatro puntos siguientes, a saber:
· Primero: Cuál es el terreno
en el que se reúne la Asamblea.
· Segundo: Cuál es el centro
alrededor del que se reúne la Asamblea.
· Tercero: Cuál es el poder
por el que se reúne la Asamblea.
· Cuarto: Cuál es la autoridad
según la que se reúne la Asamblea.
1. El terreno
en el que se reúne la Asamblea
En primer lugar, entonces, con respecto al terreno en el cual
se reúne la Asamblea de Dios, digamos que es, en una palabra, la salvación, o
la vida eterna. No entramos a la Asamblea con el objeto de ser salvos, sino
como siendo ya salvos. La palabra es: “sobre esta roca edificaré mi iglesia”.
El Señor no dice: «Sobre mi iglesia edificaré la salvación de las almas.» Uno
de los dogmas de los que Roma se jacta es éste: «Fuera de la verdadera iglesia
no hay salvación.» Sí, pero podemos ir más hondo y decir: «Fuera de la
verdadera Roca no hay iglesia.» Quítese la Roca y no habrá nada más que una
obra sin base, errónea y corrupta. ¡Qué miserable engaño es pensar que se puede
ser salvo por ella! Gracias a Dios, esto no es así. Nosotros no llegamos a
Cristo a través de la Iglesia, sino a la Iglesia a través de Cristo. Invertir
este orden es desplazar a Cristo por completo y, de tal modo, no tener ni Roca,
ni Iglesia, ni salvación. Nosotros encontramos a Cristo como un Salvador dador
de vida antes de tener algo que ver con la Asamblea; de ahí que podríamos
poseer la vida eterna y gozar plenamente de la salvación aunque no existiera
una Asamblea de Dios en la tierra[6].
No podemos ser demasiado ingenuos al asir esta verdad, en un
tiempo como el presente, en el cual las pretensiones clericales se elevan tan
alto. La falsamente llamada iglesia abre su seno con engañosa ternura e invita
a las pobres almas cargadas de pecado, fatigadas del mundo y agotadas, a
refugiarse allí. Ella, con pérfida liberalidad, abre de par en par la puerta de
sus tesoros y los pone a disposición de las almas desnudas y gimientes. Y por
cierto que esos recursos tienen un poderoso atractivo para aquellos que no
están sobre “la Roca”. Hay un sacerdocio ordenado que pretende estar ligado,
por una línea ininterrumpida, a los apóstoles, pero, lamentablemente, ¡cuán
diferentes son los dos extremos de la línea! Hay un sacrificio continuo, pero,
lamentablemente, es un sacrificio sin efusión de sangre y, por consiguiente,
sin valor (Hebreos 9:22). Hay un espléndido ritual, pero, lamentablemente,
tiene su origen en las sombras de una época pasada, sombras que han sido para
siempre reemplazadas por la Persona, la obra y los oficios del eterno Hijo de
Dios. ¡Sea por siempre adorado su Nombre sin par!
El creyente tiene una respuesta concluyente para todas las
pretensiones y promesas del sistema romano. Él puede decir que ha encontrado su
todo en un Salvador crucificado y
resucitado. ¿Tiene necesidad del sacrificio de la misa? Él está lavado en la
sangre de Cristo. ¿Acaso necesita de un pobre sacerdote pecador y mortal que no
puede salvarse a sí mismo? Él tiene al Hijo de Dios por sacerdote. ¿Necesita de
un pomposo ritual con todos sus imponentes accesorios? Él adora, en espíritu y
en verdad, dentro del Lugar Santísimo, donde entra con seguridad por la sangre
de Jesús.
No sólo tenemos que considerar al catolicismo romano al
desarrollar nuestro primer punto. Tememos que, además de los católicos romanos,
haya miles de personas que, en sus corazones, estén pendientes de la Iglesia,
si no para lograr la salvación, al menos como si ella fuese un peldaño para
alcanzarla. De ahí la importancia de ver claramente que el terreno en el cual
se reúne la Asamblea de Dios es la salvación o la vida eterna; de modo que,
cualquiera sea el objetivo de la Asamblea, no es por cierto el de proveer
salvación a sus miembros, ya que todos éstos son salvos antes de franquear el
umbral de ella. La Asamblea de Dios es una casa de salvación de un extremo al
otro. ¡Bendito hecho! No es una institución establecida con el propósito de
proveer salvación a los pecadores, y ni siquiera para proveer a sus necesidades
religiosas. Es un cuerpo vivo, salvado, formado y reunido por el Espíritu Santo
para dar a conocer a los “principados y potestades en los lugares celestiales,
la multiforme sabiduría de Dios” y para declarar ante el universo entero la
plena suficiencia del Nombre de Jesús.
Ahora bien, el gran enemigo de Cristo y de la Iglesia está
bien enterado del poderoso testimonio que la Asamblea de Dios está llamada y
destinada a dar en la tierra; por eso él despliega toda su energía infernal
para aplastar ese testimonio de cualquier manera. Él aborrece el Nombre de
Jesús y todo aquello que tienda a glorificar ese Nombre. De ahí proviene su
ardiente oposición a la Asamblea como un todo y a cada expresión local de ella
en cualquier lugar en que se halle. Él no tiene ninguna objeción contra una
mera institución religiosa erigida con el propósito de proveer a las
necesidades religiosas del hombre, ya sea que esté mantenida por el esfuerzo
voluntario o por el Gobierno. Ud. puede establecer lo que quiera. Puede
asociarse a lo que quiera. Puede ser lo que quiera; ser algo y todo para Satanás,
menos la Asamblea de Dios, pues eso es lo que él aborrece entrañablemente y lo
que procurará oscurecer y arruinar por todos los medios a su alcance. Pero esos
acentos reconfortantes de Cristo el Señor suenan con divina fuerza a oídos de
la fe: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella.”
2. El centro
alrededor del cual se reúne la Asamblea
Esto nos conduce naturalmente a nuestro segundo punto, a saber,
cuál es el centro alrededor del que se reúne la Asamblea de Dios. El centro es
Cristo, la Piedra viviente, tal como lo leemos en la epístola de Pedro:
“Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para
Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados
como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales
aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1.ª Pedro 2:4-5).
Entonces, la Asamblea de Dios se reúne alrededor de la
Persona de un Cristo vivo. No lo hace en torno a una doctrina, por más cierta
que sea; ni alrededor de una ordenanza, por importante que sea, sino alrededor
de una Persona divina, viva. Éste es un punto vital y capital que debe ser
captado claramente, sostenido tenazmente y fiel y constantemente admitido y
llevado a cabo. “Acercándoos a él.” No se dice «Acercándoos a lo cual.» No nos
acercamos a una cosa, sino a una Persona. “Salgamos, pues, a Él” (Hebreos
13:13). El Espíritu Santo nos conduce únicamente
a Jesús. Sólo eso será de provecho. Se puede hablar de asociarse a una iglesia, de hacerse miembro de una
congregación, de adherirse a un partido, a una causa o a un interés. Todas
estas expresiones tienden a oscurecer y confundir el entendimiento, como así
también a nuestra vista la idea divina de la Asamblea de Dios. No nos incumbe
asociarnos a algo. Cuando Dios nos convierte, él nos asocia, por su Espíritu
Santo, a Cristo, y eso debería ser suficiente para nosotros. Cristo es el único
centro de la Asamblea de Dios.
Y podemos preguntar: ¿No es él suficiente? ¿No es del todo
suficiente para nosotros estar “unidos al Señor”? (1.ª Corintios 6:17). ¿Por
qué agregar algo a eso?
“Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). ¿Qué más podemos necesitar? Si Jesús está
en medio de nosotros, ¿por qué pensaríamos en establecer un dirigente humano?
¿Por qué no dejamos unánimemente y de corazón que Él tome el puesto directivo y
nos sometemos humildemente a Él en todo? ¿Por qué instituir una autoridad
humana —bajo una u otra forma— en la casa de Dios? Pero es lo que se hace, y es
conveniente hablar claramente al respecto. El hombre se ha establecido en lo
que se dice que es la Asamblea. Vemos que la autoridad humana se ejerce en esa
esfera en la que sólo la autoridad divina debería ser reconocida. Poco importa,
en cuanto al principio fundamental, que sea un papa, un pastor, un cura o un
dirigente. Es un hombre que se erige en el lugar de Cristo. Puede ser el papa
que designa a un cardenal, legado pontificio u obispo en su esfera de acción; o
puede ser un dirigente que designa a un hombre para exhortar u orar durante
diez minutos. El principio es el mismo. Es la autoridad humana que actúa en esa
esfera en la cual sólo debería ser reconocida la autoridad de Dios. Si Cristo
está en medio de nosotros, podemos contar con él para todo.
Ahora bien, al decir esto prevemos una muy probable objeción
por parte de los defensores de la autoridad humana: ¿Cómo andaría una asamblea
sin ningún tipo de dirección humana? ¿No conduciría esto a todo tipo de
confusión y desorden? ¿No abriría esto la puerta a cualquiera que quisiera
entremeterse en la Asamblea prescindiendo por completo de los dones o
capacidades? ¿No tendríamos hombres que aparecieran en toda ocasión,
acosándonos con su vana cháchara y tediosa presunción?
Nuestra respuesta es muy sencilla: Jesús es todo lo que nos
hace falta. Podemos confiar en él para mantener el orden en su casa. Nos
sentimos mucho más seguros en su poderosa y benévola mano que en las manos del
más hábil dirigente humano. Tenemos los dones espirituales acumulados en Jesús.
Él es la fuente de toda autoridad y de todo ministerio. “Tiene en su diestra
siete estrellas” (Apocalipsis 1:16). Confiemos sólo en él, y él proveerá al
orden de nuestra asamblea tan perfectamente como para la salvación de nuestras
almas. Ésta es justamente la razón que nos ha hecho agregar, al título de este
artículo —LA ASAMBLEA DE DIOS— el
subtítulo «La plena suficiencia del
Nombre de Jesús». Creemos que el Nombre de Jesús es realmente suficiente,
no sólo para la salvación personal, sino también para todas las necesidades de
la Asamblea: para el culto, la comunión, el ministerio, la disciplina, el
gobierno; en una palabra, para todo. Teniéndolo a él, lo tenemos todo, y en
abundancia.
Esto constituye la médula y la sustancia de nuestro tema.
Nuestro único propósito es exaltar el Nombre de Jesús, y creemos que él ha sido
deshonrado en lo que se llama su casa. Él ha sido destronado y la autoridad del
hombre ha sido establecida. En vano Él concede un don ministerial; el poseedor
de ese don no se atreve a ejercitarlo sin el sello, la aprobación y la
autoridad del hombre. Y no solamente eso, sino que si el hombre piensa que es
propio dar su sello, su aprobación y su autoridad a uno que no posee ni una
pizca de don espiritual —y hasta inclusive ni una pizca de vida espiritual—, él
es, a pesar de todo, un ministro reconocido. En resumen, la autoridad humana
sin el don otorgado por Cristo hace de un hombre un ministro; mientras que un
don de Cristo no lo hace si no media la autoridad del hombre. Si esto no es una
deshonra para Cristo el Señor, ¿qué es?
Lector cristiano, haga una pausa aquí y considere
profundamente este principio de la autoridad humana. Le confesamos que estamos
ansiosos por que Ud. llegue a la raíz del asunto y que lo juzgue a fondo, a la
luz de las Santas Escrituras y de la presencia de Dios. Este principio es —esté
seguro de ello— la gran línea divisoria, el punto de separación entre la
Asamblea de Dios y todo sistema religioso humano debajo del sol. Si Ud. examina
todos esos sistemas, desde el catolicismo romano hasta la forma más refinada de
asociación religiosa, encontrará en todos la autoridad del hombre reconocida y
demandada. Con ella Ud. puede ministrar; sin ella no debe hacerlo. Por el
contrario, en la Asamblea de Dios sólo el don de Cristo hace de un hombre un
ministro, prescindiendo de toda autoridad humana. “No de hombres, ni por
hombre, sino por Jesucristo, y por Dios el Padre que lo resucitó de los
muertos” (Gálatas 1:1). Éste es el gran principio del ministerio en la Asamblea
de Dios.
Ahora bien, si el catolicismo romano es puesto en la misma categoría
que todos los demás sistemas religiosos de la actualidad, entiéndase, de una
vez por todas, que lo es sólo con
relación al principio de la autoridad del ministerio. Dios nos guarde de
pretender comparar un sistema —que excluye la Palabra de Dios y que enseña la
idolatría, el culto de los santos y de los ángeles y una masa de errores y de
supersticiones groseras y abominables— con aquellos sistemas en los cuales la
Palabra de Dios es sostenida y donde se proclama más o menos la verdad bíblica.
Nada puede estar más lejos de nuestros pensamientos. Creemos que el catolicismo
romano es la obra maestra de Satanás como sistema religioso, si bien muchos
hijos de Dios han estado y pueden aún estar allí incluidos. Además, en esta
ocasión, afirmamos abiertamente que nosotros creemos que en toda comunidad o
congregación protestante se hallan santos de Dios, tanto ministros como simples
fieles, y que el Señor los utiliza de muchas maneras, bendice sus obras, su
servicio y su testimonio personal.
Finalmente, sentimos que es justo declarar que no moveríamos
un dedo para tocar cualquiera de esos sistemas. No tenemos nada que ver con los
sistemas. El Señor se encargará de ellos. Nuestra atención está centrada en los
santos que se hallan en esos sistemas, para procurar, por toda acción bíblica y
espiritual, conducirlos hacia su verdadera posición en la Asamblea de Dios.
Queda dicho lo suficiente como para prevenir errores, por lo
cual volvemos con renovada fuerza a nuestro principio, a saber, que el hilo de
la autoridad humana corre a través de todos los sistemas religiosos de la
cristiandad, y que, ciertamente, no hay ni el grosor de un cabello de
consistencia entre el terreno ocupado por la iglesia de Roma y el de la
Asamblea de Dios. Creemos que un alma que busca sinceramente la verdad y sale
de entre las tinieblas del catolicismo, no puede detenerse hasta encontrar la
clara y bendita luz de la Asamblea de Dios. Le puede tomar años recorrer el
espacio intermedio. Sus pasos pueden ser lentos y mesurados; pero hasta que
ella no encuentre la luz, con sencillez y sinceridad piadosa, no encontrará
descanso entre estos dos extremos. La Asamblea de Dios es el lugar verdadero
para todos los hijos de Dios. Lamentablemente, no todos están allí; pero esto
es sólo una pérdida para ellos y una deshonra para el Señor. Ellos deberían
estar allí, no sólo porque Dios también lo está, sino porque a Él se le deja
actuar y gobernar allí.
Esto último es de suma importancia en vista de que puede ser
dicho: ¿No está Dios en todos lados? ¿No actúa en varios lugares? Por cierto,
él está en todas partes y obra en medio del error y del mal palpables. Pero no
le es permitido gobernar en los
sistemas humanos, ya que lo supremo en ellos es la autoridad humana, como lo
hemos demostrado ya. Además, si el hecho de que las almas se convierten y son
bendecidas por Dios en un sistema es una razón para que nosotros estemos allí,
entonces deberíamos estar también en la iglesia de Roma, pues ¡cuántos se han
convertido y han sido bendecidos en ese terrible sistema! Incluso en el
reciente avivamiento hemos oído de personas
alcanzadas en capillas católicas romanas. Lo que prueba demasiado no prueba
absolutamente nada; por eso ningún argumento puede ser basado en el hecho de la
actuación de Dios en un lugar. Él es soberano y puede obrar donde le plazca.
Nosotros debemos sujetarnos a su autoridad y trabajar donde se nos ordena
hacerlo. Mi Señor puede ir adonde le plazca, pero yo debo ir adonde él lo
dispone.
Pero alguno puede preguntar: ¿No hay ningún peligro de que
hombres incompetentes introduzcan su ministerio en la Asamblea de Dios? En esa
eventualidad, ¿dónde está la diferencia entre esa Asamblea y los sistemas
humanos? Respondemos: Con toda seguridad que ese peligro existe. Pero entonces
ello acontecería a pesar y no en virtud del principio. Esto marca toda la
diferencia. Lamentablemente, con frecuencia vemos de pie, en medio de nuestras
asambleas, hombres cuyo sentido común —sin hablar de espiritualidad— los
debería mantener sentados. Con frecuencia nos hemos detenido a mirar con
asombro a algunos hermanos a los que oímos esforzarse por obrar como ministros
en la asamblea. Tal vez hemos pensado que la Asamblea ha sido considerada por
cierta clase de hombres ignorantes, amigos de oírse hablar a sí mismos, como
una esfera en la cual podrían figurar cómodamente sin tener que pasar por las
aulas de la Universidad ni esforzarse por obtener un título académico[7].
Todo esto es horrible y humillante. Nadie se imagine que, al luchar
por la verdad tocante a la Asamblea de Dios, ignoramos u olvidamos los escollos
y pruebas a los cuales ella está expuesta. Lejos de ello. Nadie podría estar,
como nosotros, durante veintiocho años en ese terreno sin estar penosamente
consciente de lo difícil que es mantenerlo. Pero entonces las pruebas mismas,
los peligros y las dificultades se revelan como otras tantas pruebas —penosas,
si se quiere, pero pruebas de la verdad de la posición—; y, si no hubiera otro
remedio que apelar a la autoridad humana, a un establecimiento del hombre en el
lugar de Cristo, a un retorno a los sistemas humanos, declararíamos sin
titubeos que el remedio sería mucho peor que la enfermedad. Porque si fuésemos
a adoptar ese remedio, ello sólo manifestaría los más enojosos síntomas de la
enfermedad, a saber, el rechazo a dolernos del mal y, por el contrario, la
disposición a jactarnos de él como fruto de un pretendido orden.
Pero —bendito sea Dios— hay un remedio. ¿Cuál es? “Allí estoy yo en medio de ellos.” Esto
es suficiente. No hay un papa, un sacerdote, un ministro o un dirigente en
medio de ellos, alguien que los encabece, alguien que ocupe el sillón o el
púlpito. No existe un solo pensamiento de algo semejante de un extremo al otro
del Nuevo Testamento. Aun en la asamblea de Corinto, donde reinaba la confusión
y el desorden más grave, el apóstol inspirado jamás insinúa siquiera cosa tal
como un dirigente humano, bajo un título cualquiera. “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1.ª Corintios 14:33).
Dios estaba allí para guardar el orden. Ellos tenían que depender de él y no de
un hombre, cualquiera fuese su título. Establecer a un hombre para que guarde
el orden en la Asamblea de Dios es pura incredulidad y un abierto insulto a la
Presencia Divina.
Se nos ha pedido con frecuencia que proporcionemos textos de
la Escritura para probar la idea de la dirección divina en la Asamblea. A ello
contestamos: “Allí estoy yo”, y “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”.
Sobre estos dos pilares, aunque no tuviéramos más, podemos apuntalar con éxito
la gloriosa verdad de la dirección divina, verdad que debe salvaguardar —a todos aquellos que la reciben y la tienen como
proveniente de Dios— de todos los sistemas del hombre, llámense como Ud.
quiera. A nuestro juicio, es imposible reconocer a Cristo como el centro y
soberano gobernante en la Asamblea y continuar aceptando el establecimiento del
hombre. Cuando hemos probado una vez la dulzura de estar bajo la dependencia de
Cristo, nunca más podremos volver a colocarnos bajo la servil esclavitud
impuesta por el hombre. Esto no es insubordinación ni impaciente temor a todo
control. Es tan sólo la absoluta negativa a someternos a una falsa autoridad, a
aprobar una culpable usurpación. Desde el momento en que vemos al hombre usurpar
la autoridad en lo que se llama la iglesia, preguntamos simplemente: «¿Quién es
Ud.?» y nos retiramos a una esfera en la cual sólo Dios es reconocido. «Pero
hay errores, males y abusos aun en esta misma esfera.» Indudablemente; pero, si
los hay, tenemos a Dios para corregirlos o remediarlos. Luego, si una asamblea
es turbada por la intrusión de hombres torpes e ignorantes, hombres que nunca
guardan mesura en la presencia de Dios, hombres que, saltando descaradamente
por encima del amplio dominio en el que impera el sentido común, el buen gusto
y la rectitud moral, se jactan de ser guiados por el Espíritu Santo, hombres
inquietos que quieren ser algo y que
mantienen a la asamblea en un continuo estado de zozobra por temor a lo que
puede ocurrir, una asamblea así afligida gravemente ¿qué debería hacer?
¿Abandonar el terreno con impaciencia, pena y decepción? ¿Renunciar a todo como
si fuera un mito, una fábula o una vana ilusión? ¿Regresar a lo que se dejó una
vez? Lamentablemente, es lo que algunos hicieron, probando así que nunca
comprendieron lo que estaban haciendo o que, si lo comprendieron, no tuvieron
fe para proseguir. Quiera el Señor tener misericordia de ellos y abrir sus ojos
para que puedan ver de dónde han caído y obtener la exacta noción de la Asamblea
de Dios en contraste con los más atractivos sistemas humanos.
Pero ¿qué debe hacer la asamblea cuando los abusos se
deslizan en su seno? Sencillamente mirar a Cristo como el Señor de Su casa.
Reconocerle en el lugar que le pertenece. Valerse del Nombre de Jesús para
obrar sobre los abusos, cualesquiera sean. ¿Dirá alguno que esto no es
suficiente? ¿Alguna vez esto demostró ser ineficaz? No lo creemos; no podemos
creerlo. Y podemos decir con toda seguridad que, si el Nombre de Jesús no es
suficiente, nunca tendremos recursos en el hombre y en su miserable orden. Con
el socorro de Dios, nunca borraremos ese Nombre incomparable del estandarte a
cuyo alrededor el Espíritu Santo nos ha reunido, para colocar en su lugar el
perecedero de un hombre mortal.
Estamos plenamente enterados de las inmensas dificultades y
de las penosas pruebas que se presentan en conexión con la Asamblea de Dios.
Creemos que sus dificultades y sus pruebas son perfectamente características.
No hay nada bajo la bóveda celeste que el diablo aborrezca más que a la
Asamblea de Dios. Él removerá cielo y tierra contra esa Asamblea. Hemos visto
muchos ejemplos de ello. Un evangelista que va a un lugar a predicar la plena
suficiencia del Nombre de Jesús para la salvación del alma, tendrá a miles
pendientes de sus labios. Si el mismo siervo retorna allí más tarde y, al
predicar el mismo Evangelio, da un paso más y proclama la plena suficiencia de
ese mismo Jesús para responder a todas las necesidades de una asamblea de
creyentes, se verá combatido de todos lados. ¿Por qué ocurre esto? Porque
Satanás aborrece la más débil expresión de la Asamblea de Dios. Ud. puede ver
una ciudad librada por siglos y generaciones a su ignorante y tonta rutina de
formalismo religioso, un pueblo muerto que se reúne una vez por semana para oír
a un hombre muerto que cumple un servicio muerto, y que todo el resto de la
semana vive en el pecado y en la insensatez. No hay ni un soplo de vida, ni una
hoja que se mueva. Esto le agrada mucho al diablo. Pero venga alguien y
despliegue la bandera del Nombre de Jesús —Jesús para el alma y Jesús para la
Asamblea— y pronto verá Ud. un poderoso cambio. Se excita la rabia del infierno
y se levanta la sombría y terrible marea de la oposición.
Creemos plenamente que éste es el verdadero secreto de muchos
de los mordaces ataques recientemente dirigidos contra aquellos que ocupan el
terreno de la Asamblea de Dios. Sin duda, debemos deplorar los errores,
equivocaciones y caídas. Le hemos dado demasiada ocasión al adversario con nuestros
desatinos e inconsecuencias. Hemos sido una pobre epístola borrosa, un
testimonio débil y languideciente, una luz vacilante. Por todo ello tenemos que
estar profundamente humillados delante de nuestro Dios. Nada podría ser más
indigno para nosotros que la pretensión de arrogarnos orgullosamente títulos
pomposos y derechos eclesiásticos altisonantes. Nuestro lugar está en el polvo.
Sí, amados hermanos, el lugar de la confesión y del juicio propio nos conviene
en la presencia de Dios.
No obstante, no debemos abandonar la gloriosa verdad de la
Asamblea de Dios porque hayamos fracasado tan vergonzosamente en llevarla a
cabo; no debemos juzgar la verdad por lo que hemos mostrado de ella, sino que
debemos juzgar nuestro comportamiento por medio de la verdad.
Una cosa es ocupar el terreno según Dios, y otra conducirnos
apropiadamente en ese terreno; y mientras que es perfectamente legítimo juzgar
nuestras prácticas por nuestros principios, no obstante la verdad es la verdad
para todo ello, y podemos estar seguros de que el diablo aborrece la verdad de
la Asamblea. Un mero puñado de gente humilde, reunida en el Nombre de Jesús
para partir el pan, es una espina en el costado para el diablo. Es cierto que
tal asamblea excita la ira de los hombres, por cuanto echa por la borda su
oficio y autoridad, lo cual no pueden soportar. Sin embargo, creemos que la
raíz de todo el asunto se halla en el odio de Satanás por el testimonio
especial que la Asamblea da acerca de la plena suficiencia del Nombre de Jesús
para responder a todas las necesidades posibles de la Asamblea de Dios.
Éste es un testimonio verdaderamente noble, y nosotros
anhelamos con ardor verlo más fielmente manifestado. Podemos contar con una
violenta oposición. Ocurrirá con nosotros como con los cautivos que regresaron
en los días de Esdras y Nehemías. Podemos esperar que encontraremos muchos
Rehum y muchos Sanbalat. Nehemías pudo haber ido a cualquier lugar del mundo
entero a construir un muro que no fuese el de Jerusalén, y Sanbalat nunca lo
habría molestado. Pero reconstruir el muro de Jerusalén era una ofensa
imperdonable. ¿Por qué? Justamente porque Jerusalén era el centro terrenal de
Dios, alrededor del cual él quiere todavía reunir las restauradas tribus de
Israel. Éste era el secreto de la oposición del enemigo. Y nótese su afectado
desprecio: “Lo que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo
derribará” (Nehemías 4:3). Y, sin embargo, Sanbalat y sus aliados no fueron
capaces de derribarlo. Ellos podrían haber hecho cesar la obra a causa de la
falta de fe y energía de los judíos; pero no habrían podido derribarlo una vez
que Dios lo hubiera levantado. ¡Qué parecido con el momento actual! Seguramente
no hay nada nuevo bajo el sol. Hoy también existe un afectado desprecio, pero,
además, una real alarma. Si aquellos que se reúnen en el Nombre de Jesús
tuviesen solamente un corazón más fiel a su bendito centro, ¡qué testimonio
darían! ¡Qué poder! ¡Qué victoria! ¡Con qué fuerza llamaría la atención a su
alrededor! “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo.” No
hay nada semejante bajo el sol, por débil y despreciable que sea. El Señor sea
loado por levantar semejante testimonio para sí en estos últimos días. ¡Quiera
Él incrementar grandemente la eficacia del mismo por el poder del Espíritu
Santo!
3. El poder
por el cual se reúne la Asamblea
Enfoquemos ahora nuestro tercer punto, a saber: cuál es el
poder por el que se reúne la Asamblea. Aquí también el hombre y su acción son
puestos a un lado. No es la voluntad del hombre la que elige, ni su razón la
que descubre, ni su juicio el que prescribe, ni su conciencia la que exige: es
el Espíritu Santo el que reúne a las almas en torno a Jesús. Como Jesús es el
único centro, así también el Espíritu Santo es el único poder que congrega. El
uno es tan independiente del hombre como el otro. Ocurre “donde están dos o
tres congregados”. No dice «donde dos
o tres se encuentran”. Las personas
pueden encontrarse alrededor de un centro, en un terreno, por una influencia
cualquiera, y meramente formar un club, una sociedad, una asociación, una
comunidad. Pero el Espíritu Santo congrega a las almas hacia Jesús, en el
terreno de la salvación; y dondequiera que ello tenga lugar, eso es la Asamblea
de Dios. Puede no abarcar a todos los santos de Dios de la localidad, pero ella
está realmente en el terreno de la Asamblea de Dios, y nada más lo está. Puede
consistir solamente de “dos o tres”, y puede haber centenares de cristianos en
los diversos sistemas religiosos que les rodean; con todo, los “dos o tres”
estarían en el terreno de la Asamblea de Dios.
Ésta es una verdad muy sencilla. Una alma, guiada por el
Espíritu Santo, se reunirá sólo hacia el Nombre de Jesús; y si nosotros nos
reunimos hacia cualquier otra cosa, sea hacia algún punto de la verdad, o de
alguna ordenanza, en ese aspecto no somos guiados por el Espíritu Santo. No es
cuestión de vida o de salvación. Miles son salvos por Cristo sin que por eso le
reconozcan como su Centro. Ellos se reúnen alrededor de alguna forma de
gobierno eclesiástico, alrededor de alguna doctrina favorita, de alguna
ordenanza especial, de algún hombre dotado. El Espíritu Santo jamás congregará
en torno a alguien o a alguna cosa. Él sólo congrega alrededor de un Cristo
resucitado. Esto es verdad respecto de toda la Iglesia de Dios en la tierra; y
cada asamblea local, dondequiera se reúna, debería ser la expresión de la
Iglesia en su totalidad.
Ahora bien, el poder de
la Asamblea dependerá muchísimo de la medida en la cual cada miembro del cuerpo
de ella esté reunido con corazón íntegro en torno al Nombre de Jesús. Si me uno
a un partido enarbolando opiniones particulares, si soy atraído por las
personas o por la enseñanza, si, en una palabra, no es el poder del Espíritu
Santo el que me guía hacia el verdadero centro de la Asamblea de Dios, sólo
resultaré un obstáculo, una carga, una causa de debilidad. Yo sería para la
Asamblea lo que un apagador es para una vela, y, en lugar de contribuir a la
iluminación y a la utilidad general, haría precisamente lo contrario.
Todo esto es profundamente práctico y debería ejercitar
nuestros corazones y conducirnos al juicio de nosotros mismos con respecto a lo
que nos ha atraído a la Asamblea y con relación a nuestro andar en medio de
ella. Estamos completamente persuadidos de que el carácter y el testimonio de
la Asamblea han sido grandemente debilitados por la presencia de personas que
no entienden su posición. Algunas concurren a ella porque reciben enseñanzas y
bendiciones que no pueden recibir en ningún otro lado. Algunas se allegan
porque gustan de la simplicidad del culto. Otras lo hacen buscando amor.
Ninguna de estas cosas está a la altura de nuestro Centro de reunión. Debemos
estar en la Asamblea sencillamente porque el Nombre de Jesús es el único
estandarte elevado allí y porque el Espíritu Santo nos ha “congregado” en torno
a él.
Sin duda, el ministerio es muy precioso, y nosotros lo
tendremos, con mayor o menor poder, donde todo esté bien ordenado. Así también,
con respecto a la simplicidad del culto, estamos seguros de ser sencillos y
veraces cuando la presencia divina es sentida, la soberanía del Espíritu Santo
plenamente reconocida y uno se somete a ella. Con relación al amor, si allí lo
vamos a buscar, seguramente nos
sentiremos desilusionados; pero si somos capaces de cultivarlo y manifestarlo,
podemos estar seguros de recibir bastante más de lo que esperamos o merecemos.
Generalmente se encontrará que aquellas personas que se quejan constantemente
de falta de amor en los demás, ellas mismas carecen de él; y, por otro lado,
aquellos que andan realmente con amor le dirán que ellos reciben diez mil veces
más de lo que merecen. Recordemos que la mejor manera de sacar agua de una
bomba seca es echando un poco de agua en ella. Ud. puede darle a la bomba hasta
cansarse y luego marcharse contrariado, impaciente, quejándose de esa horrible
bomba; en tanto que, si Ud. justamente vierte dentro de ella un poco de agua,
conseguirá un borbotante chorro de agua que satisfará sus mayores deseos.
Nosotros no podemos formarnos más que una débil idea de lo
que sería la Asamblea si cada uno se dejara guiar por el Espíritu Santo y se
reuniera solamente en torno a Jesús.
Entonces no tendríamos que quejarnos de reuniones muertas, pesadas, sin
provecho y fatigosas. No veríamos la intrusión profana y la acción agitada de
la naturaleza humana fabricando una
oración, hablando por el solo hecho de hablar, indicando un himno para llenar
un vacío. Cada uno sabría su lugar en la presencia inmediata del Señor, cada
vaso dotado sería llenado, adecuado y utilizado por la mano del Maestro, cada
mirada sería dirigida hacia Jesús, cada corazón estaría dedicado a Él. Si fuese
leído un capítulo, sería oído como la voz misma de Dios. Si fuera dicha una
palabra, ella hablaría al corazón. Si fuera ofrecida una oración, ésta guiaría
a las almas a la misma presencia de Dios. Si fuera cantado un himno, éste
elevaría el espíritu hasta Dios y resonaría como las cuerdas del arpa
celestial. No tendríamos ningún sermón preparado, ninguna enseñanza o
predicación en las oraciones, como si le explicáramos doctrinas a Dios o le
dijéramos un conjunto de cosas acerca de nosotros mismos, ninguna oración por nuestro prójimo, o petición de todo
tipo de gracias para él de las cuales nosotros mismos estamos lamentablemente
desprovistos, ningún cántico por amor a la música o que turbe nuestra
tranquilidad si la armonía nos preocupa. Todas estas miserias serían evitadas.
Nos sentiríamos en el mismo santuario de Dios y disfrutaríamos de un goce
anticipado de aquel momento en que adoraremos en los atrios celestiales, de los
cuales no saldremos más. Puede ser que se nos pregunte: «¿Dónde encontrará Ud.
todo esto aquí abajo?». ¡Ah! ésta es la cuestión. Una cosa es presentar un bello ideal sobre el papel y otra
realizarlo en medio del error, de la caída y de la flaqueza. Merced a la
gracia, algunos de nosotros hemos probado, a veces, un poco de esta bendición.
Hemos gozado, ocasionalmente, momentos celestiales en la tierra. ¡Ojalá podamos
tenerlos más! Quiera el Señor, en su gran misericordia, elevar el carácter de
la Asamblea de Dios en todo lugar! ¡Quiera él aumentar grandemente nuestra
capacidad para gustar una comunión más profunda y un culto más espiritual!
¡Quiera él también capacitarnos para caminar así, en la vida privada de cada
día, juzgándonos a nosotros y a nuestra marcha, en su santa presencia, para
que, al menos, no resultemos una masa de plomo o un detrimento para la Asamblea!
Y luego, aun cuando tal vez seamos capaces de llegar
prácticamente a la verdadera noción de lo que es la Asamblea, no nos
contentemos con algo menos. Aspiremos sin vacilación a alcanzar el nivel más
elevado, y pidamos ardientemente que podamos lograrlo. Con respecto al terreno de la Asamblea, debemos asirnos
a él con celosa tenacidad y nunca avenirnos a ocupar, ni por un instante,
cualquier otro. Con respecto al tono y carácter de la Asamblea, ellos pueden
variar y variarán inmensamente, lo que dependerá de la fe y espiritualidad de
aquellos que están reunidos. Cuando se sienta que ese tono está bajo, cuando se
sienta que las reuniones no son provechosas, cuando frecuentemente se digan y
se hagan cosas que los hermanos espirituales sientan que están totalmente fuera
de lugar, que todos aquellos que lo sientan esperen en Dios, esperen
continuamente, esperen con fe, y él, con toda seguridad, escuchará y
responderá. De este modo, las mismas pruebas y ejercicios que son peculiares de
la Asamblea de Dios, tendrán el feliz efecto de impulsarnos tanto más hacia él,
y así del devorador saldrá comida, y del fuerte saldrá dulzura (Jueces 14:14).
Podemos contar con que tendremos pruebas y dificultades en la Asamblea,
justamente porque es la genuina y única
cosa divina en esta tierra. El diablo realizará todos los esfuerzos para
apartarnos de aquel santo y verdadero terreno. Él irritará la paciencia, el
temperamento, herirá el amor propio, causará ofensas de mil maneras, hará
cualquier cosa para hacernos olvidar de la Asamblea.
Es bueno que recordemos esto. Nosotros sólo podemos
mantenernos en el terreno divino por la fe. Esto caracteriza a la Asamblea de
Dios y la distingue de todo sistema humano. Ud. no puede situarse allí más que
por la fe. Y, además, si Ud. quiere ser alguien, si está procurando una
posición, si quiere exaltarse a sí mismo,
no es necesario que piense en la Asamblea. Ud. encontrará pronto su nivel allí,
con tal que sea, en cualquier medida, el que deba ser. Una grandeza terrenal o
mundana, de cualquier forma, jamás será tomada en cuenta en la Asamblea de
Dios. La presencia divina desluce todo lo que tiene esta naturaleza y arrasa
todas las pretensiones humanas. Finalmente, Ud. no puede continuar andando en
la Asamblea si está viviendo en pecado secreto. La presencia divina no le
satisfará. ¿No hemos experimentado con frecuencia en la asamblea un sentimiento
de incomodidad causado por la reminiscencia de muchas cosas que habían escapado
a nuestra consideración durante la semana? Malos pensamientos, palabras
alocadas, comportamientos poco o nada espirituales, ¡todas estas cosas se
amontonan en la mente y ejercitan la conciencia en la Asamblea! ¿Por qué ocurre
esto? Porque la atmósfera de la Asamblea es más tónica que aquella que hemos
estado respirando durante la semana. No hemos estado en la presencia de Dios en
nuestra vida privada. No nos hemos juzgado a nosotros mismos; y de ahí que,
cuando tomamos nuestro lugar en una asamblea espiritual, nuestros corazones son
descubiertos, nuestros caminos son expuestos a la luz; y ese ejercicio que
debió haber ocurrido en privado —incluso el ejercicio tan necesario de
juzgarnos a nosotros mismos— debe ocurrir cuando estamos a la Mesa del Señor.
Éste es un pobre y miserable trabajo para nosotros, pero prueba el poder de la
presencia de Dios en la Asamblea. Es preciso que el estado de cosas esté
miserablemente bajo en la Asamblea para que los corazones no sean así
descubiertos y manifestados. Es una admirable evidencia de poder espiritual en
la Asamblea cuando personas sin principios, descuidadas, carnales, mundanas,
ambiciosas, amantes del dinero y sin conciencia son repelidas por la propia
intensidad de la atmósfera divina. La Asamblea de Dios no es lugar para tales
personas. Ellas pueden respirar más libremente fuera.
No podemos menos que juzgar a aquellas multitudes que se han
apartado del terreno de la Asamblea porque su andar práctico no estaba de
acuerdo con la pureza del lugar. Sin duda que es fácil, en todos los casos
semejantes, encontrar una excusa para la conducta de aquellos que son dejados
atrás. Pero si en todos los casos las raíces de los hechos fuesen puestas al
desnudo, encontraríamos que muchos dejan la Asamblea por causa de su
incapacidad o aversión a soportar la luz escrutadora. “Tus testimonios son muy firmes;
la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre”
(Salmo 93:5). El mal debe ser
juzgado, pues Dios no puede aprobarlo. Si una asamblea lo tolera, no es para
nada la Asamblea de Dios aunque esté compuesta de cristianos, como decimos.
Pretender ser una asamblea de Dios y no juzgar falsas doctrinas y malos
caminos, implicaría la blasfemia de decir que Dios y la iniquidad pueden
habitar juntos. La Asamblea de Dios debe guardarse pura a sí misma porque ella
es el lugar donde él mora. Los hombres pueden consentir el mal y llamar a esta
actitud liberalidad y magnanimidad; pero la casa de Dios debe conservarse pura
a sí misma. Que esta gran verdad práctica penetre profundamente en nuestros
corazones y produzca su influencia santificadora sobre nuestro curso y nuestro
carácter.
4. La
autoridad según la cual se reúne la Asamblea
Pocas palabras serán suficientes para manifestar, en último
término, «la autoridad» conforme a la cual se reúne la Asamblea de Dios. Esa
autoridad es la Palabra de Dios solamente. El estatuto de la Asamblea es la
eterna Palabra del Dios vivo y verdadero. No lo son las tradiciones, ni las
doctrinas, ni los mandamientos de los hombres. Un pasaje de la Escritura al
cual nos hemos referido más de una vez, en el curso de este escrito, contiene,
simultáneamente, el estandarte alrededor del cual se reúne la Asamblea, el
poder por el cual se reúne y la autoridad según la cual está reunida: “el
Nombre de Jesús”, “el Espíritu Santo” y “la Palabra de Dios”.
Ahora bien, estos tres elementos son los mismos en todo el
mundo. Sea que se vaya a Nueva Zelanda, a Australia, al Canadá, a Londres, a
París, a Edinburgo o a Dublín, el centro, el poder que reúne y la autoridad son
una misma cosa. No podemos reconocer otro centro más que Cristo, ninguna otra
energía que congregue además del Espíritu Santo, ninguna otra autoridad que no
sea la Palabra de Dios, ninguna otra característica salvo la santidad de vida y
la pureza de la doctrina.
Tal es la Asamblea de Dios, y no podemos reconocer ninguna
otra. Podemos reconocer a los santos de Dios, amarlos y honrarlos como tales,
dondequiera que los encontremos; pero a los sistemas humanos los consideramos
deshonrosos para Cristo y hostiles al verdadero interés de los santos de Dios.
Anhelamos ver a todos los cristianos en el verdadero terreno de la Asamblea.
Creemos que éste debe ser el lugar de real bendición y de testimonio eficaz.
Creemos que hay un carácter de testimonio producido por la Asamblea que no
podría existir si la Asamblea estuviera dividida y cada miembro fuese un
Whitefield por su poder evangelizador. Decimos esto sin desmedro de la obra
evangelizadora. Dios no lo permita. Quisiéramos que todos fuesen Whitefield.
Pero no podemos cerrar nuestros ojos al hecho de que muchos menosprecian con
frecuencia la Asamblea bajo el pretexto de salir a evangelizar; y cuando
rastreamos sus pasos y examinamos los resultados de su obra, encontramos que no
tienen ninguna provisión para las almas que fueron convertidas por su
intermedio. Parece que no supieran qué hacer con ellas. Extraen piedras de la
cantera, pero no las ensamblan para hacer con ellas un edificio. Por
consecuencia, las almas son dispersadas acá y allá, algunas siguen un curso
inconstante, otras viven en el aislamiento, todas extraviadas con relación al
verdadero terreno de la Iglesia.
Ahora bien, nosotros creemos que todas estas personas
encontrarían su lugar en la Asamblea de Dios. Deberían ser agregadas a la
Asamblea para tener “comunión en el partimiento del pan y en la oración”.
Deberían “reunirse el primer día de la semana, para partir el pan”, pendientes
del Señor Jesús para que él las edificase por boca de quien él lo deseara. Ésta
es la senda sencilla, la idea normal, divina, la que tal vez exija más fe para
ser realizada, a causa de las numerosas sectas que actualmente están en
conflicto, pero, sin embargo, es el camino simple y verdadero con respecto a la
congregación.
Prevemos, por supuesto, que todo esto será tildado de proselitismo,
prejuicio y espíritu partidista por aquellos que parecen considerar como el más elevado ideal de liberalidad
cristiana y magnanimidad hacia el cristianismo poder decir: «Yo no pertenezco a
nada.» ¡Extraña y anómala posición! Se reduce simplemente a esto: es alguien que profesa el nihilismo[8] con el objeto de eludir
toda responsabilidad e ir con todos y con todo. Ésta es una senda muy fácil
para la naturaleza —particularmente la afable—, pero veremos lo que resultará
de ella en el día del Señor. Por ahora la consideramos como una positiva
infidelidad a Cristo, de la cual quiera el buen Señor liberar a su pueblo.
Pero ninguno se imagine que nosotros querríamos así señalar
oposición entre el evangelista y la Asamblea. Nada está más lejos de nuestros
pensamientos. El evangelista debería salir del seno de la Asamblea en plena
comunión con ella; debería trabajar no sólo para reunir las almas en torno a
Cristo, sino también para llevarlas a la Asamblea, en la cual los pastores
dotados por Dios las instruirían. No tenemos el menor deseo de cortarle las
alas al evangelista sino tan sólo de guiar sus movimientos. Estamos
maldispuestos para ver una auténtica energía espiritual derrochada en un
servicio incierto o incompleto. Sin duda, es un gran resultado traer almas a
Cristo. La unión de una alma con Cristo es un trabajo hecho para siempre. Pero
los corderos y las ovejas ¿no deben estar reunidos y cuidados? ¿Alguien puede
estar satisfecho de adquirir ovejas y luego dejarlas errar por donde ellas
quieran? Seguramente que no. Pero ¿dónde deberían estar reunidas las ovejas de
Cristo? ¿En los corrales dispuestos por el hombre o en la Asamblea de Dios? En
la última, incuestionablemente, pues ella, aunque sea débil, despreciada,
denigrada y maldecida, es el lugar apropiado para todos los corderos y ovejas
del rebaño de Cristo.
Aquí, sin embargo, habrá responsabilidad, cuidado, ansiedad,
trabajo, una constante necesidad de vigilancia y oración, todo lo que la carne
y la sangre querrían evitar en lo posible. Hay algo muy agradable y atractivo
en la idea de ir por todo el mundo como evangelista, teniendo a miles
pendientes de sus labios y a centenares de almas como sellos de su ministerio;
pero ¿qué deberá hacerse con esas almas? Mostrarles por todos los medios que su
verdadero lugar está en la Asamblea de Dios, en la cual, a pesar de la ruina y
apostasía del cuerpo profesante, ellas pueden gozar de la comunión espiritual,
del culto y del ministerio. Ello implicará muchas pruebas y ejercicios penosos.
Esto fue así en los tiempos apostólicos. Aquellos que realmente cuidaban del
rebaño de Cristo tenían que derramar muchas lágrimas, hacer subir oraciones
fervientes, pasar noches en vela. Pero también, con todo ello, gustaron la
dulzura de la comunión con el Pastor principal; y, cuando él aparezca, aquellas
lágrimas, oraciones y desvelos serán recordados y recompensados; mientras que
los falsos pastores que, sin compasión, sólo toman el báculo pastoral para
usarlo como un instrumento de crueldad contra las ovejas y de vergonzosa
ganancia, tendrán sus rostros cubiertos con eterna confusión.
Podríamos concluir aquí si no fuera porque estamos ansiosos
por responder a tres preguntas que podrían acudir a la mente del lector.
En primer lugar, se nos puede preguntar: «¿Dónde podemos
encontrar lo que Ud. llama ‘la Asamblea de Dios’, desde los días de los
apóstoles hasta el siglo XIX[9]? Y
¿dónde la podemos hallar ahora?». Nuestra respuesta es sencillamente ésta:
Tanto entonces como ahora, encontramos la Asamblea de Dios en las páginas del
Nuevo Testamento. Poco importa para nosotros que Neander, Mosheim, Milner y
otros numerosos historiadores eclesiásticos no hayan advertido, en sus
interesantes investigaciones, ni trazas de la verdadera noción de la Asamblea
de Dios desde el final de la era apostólica hasta el principio del corriente
siglo. Es muy posible que haya habido, aquí y allá, entre las densas tinieblas
de la Edad Media, “dos o tres” realmente reunidos en el Nombre de Jesús; o, al
menos, que suspiraran tras esa verdad. Pero, de cualquier manera, esta verdad
permanece completamente intacta. No edificamos sobre los documentos de los
historiadores, sino sobre la infalible verdad de la Palabra de Dios; por eso,
aunque pudiera probarse que por dieciocho siglos no hubo siquiera “dos o tres”
reunidos en el Nombre de Jesús, ello no afectaría en absoluto la cuestión, la
cual no es: ¿Qué dice la historia de la Iglesia? sino: ¿Qué dice la Escritura?
Si hubiera alguna fuerza en el argumento fundado sobre la
historia, se aplicaría, igualmente, a la preciosa institución de la Cena del
Señor. En efecto, ¿qué sucedió con esa ordenanza por más de mil años? Fue
despojada de uno de sus grandes elementos, velada en una lengua muerta,
enterrada en una tumba de superstición e intitulada: «Un sacrificio incruento
por los pecados de los vivos y de los muertos». Y aun cuando, en el tiempo de
la Reforma, se le permitió nuevamente a la Biblia que hablase a la conciencia
del hombre y difundiera su viva luz sobre el sepulcro en el cual yacía la
Eucaristía, ¿qué fue lo que se vio? ¿Bajo qué forma aparece ante nosotros la
Cena del Señor en la Iglesia Luterana? Bajo la forma de consubstanciación.
Lutero negó que el pan y el vino fuesen cambiados en el cuerpo y la sangre de Cristo, pero sostuvo —y ello, además,
en feroz e inflexible oposición a los teólogos suizos— que había una presencia
misteriosa de Cristo con el pan y el
vino.
Pues bien, ¿no deberíamos celebrar la Cena del Señor, en
medio de nosotros, según la orden consignada en el Nuevo Testamento?
¿Deberíamos adherirnos al sacrificio de la misa, o a la consubstanciación,
porque la verdadera noción de la Eucaristía parece haber estado perdida para la
Iglesia profesante durante tantos siglos? Seguramente que no. ¿Qué debemos
hacer? Tomar el Nuevo Testamento y ver lo que dice al respecto, inclinarnos con
reverente sumisión ante su autoridad, aderezar la Mesa del Señor en su divina
sencillez y celebrar la fiesta según la orden dada por nuestro Amo y Señor, quien
dijo a sus discípulos, y por consecuencia a nosotros: “Haced esto en memoria de
mí.”
Pero también se nos puede preguntar: «¿No es más que inútil
procurar realizar la verdadera noción de la Asamblea de Dios, viendo que la
Iglesia profesante está en una ruina tan completa?.» Respondemos preguntando:
¿Debemos ser desobedientes porque la Iglesia esté en ruinas? ¿Debemos continuar
en el error porque la dispensación ha fracasado? Seguro que no. Reconocemos la
ruina, nos condolemos por ella, la confesamos, tomamos nuestra parte en ella y
en sus tristes consecuencias, procuramos caminar silenciosa y humildemente en
medio de ella, reconociendo que nosotros mismos somos muy infieles e indignos.
Pero, aunque nosotros hayamos fracasado, Cristo no ha fracasado. Él permanece
fiel; él no puede negarse a sí mismo. Él prometió estar con los suyos hasta el
fin del siglo. La promesa formulada en Mateo 18:20 es tan segura hoy en día
como hace casi 2.000 años atrás. “Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso”
(Romanos 3:4). Rechazamos completamente la idea de que los hombres se pongan a
crear iglesias o se consideren con derecho a ordenar ministros. La consideramos
como pura pretensión, enteramente desnuda de autoridad bíblica. Es la obra de
Dios reunir una Iglesia y suscitar ministros. No nos atañe constituirnos en
iglesia y ordenar funcionarios. Sin duda, el Señor es muy misericordioso y está
lleno de compasión. Él soporta nuestra debilidad y gobierna nuestros errores y,
si nuestro corazón le es fiel, aun en la ignorancia, él no dejará de
conducirnos a una luz superior.
Pero no debemos usar la gracia de Dios como pretexto para
actuar de un modo contrario a la Escritura, como tampoco debemos servirnos de
la ruina de la Iglesia como excusa para aprobar el error. Tenemos que confesar
la ruina, contar con la gracia y actuar con sencilla obediencia a la Palabra
del Señor. Tal es la senda de bendición en todas las épocas. Los fieles del
remanente, en los días de Esdras, no pretendían el poder y el esplendor de los
días de Salomón, sino que obedecieron la Palabra del Señor de Salomón y su obra
fue abundantemente bendecida. Ellos no dijeron: «Las cosas están en ruinas y,
por consiguiente, más vale permanecer en Babilonia y no hacer nada.» No, ellos
confesaron sencillamente sus propios pecados y los del pueblo, y contaron con
Dios. Esto es precisamente lo que debemos hacer. Debemos reconocer la
decadencia y contar con Dios.
Finalmente, si se nos preguntase «¿Dónde está la Asamblea de
Dios actualmente?», responderíamos: Donde dos o tres están congregados en el
Nombre de Jesús. Ésta es la Asamblea de Dios. Y nótese con cuidado que, a fin
de obtener resultados divinos, es preciso estar en las condiciones divinas.
Pretender aquellos resultados sin estar en estas condiciones, es sólo una vana
ilusión. Si no estamos realmente congregados en el Nombre de Jesús, no tenemos
ningún derecho a esperar que él esté en medio de nosotros; y si él no está en
medio de nosotros, nuestra asamblea será un asunto de poco valor. Pero es
nuestro feliz privilegio estar congregados de manera tal que podamos gozar de
su bendita presencia entre nosotros, y, teniéndolo a él, no necesitamos
establecer a un pobre mortal para que nos dirija. Cristo es Señor de su propia
casa; que ningún mortal se atreva a usurpar su lugar. Cuando la Asamblea se
reúne para el culto, Dios dirige en medio de ella, y, si él es plenamente
reconocido, la corriente de la comunión, de la adoración y de la edificación
fluirá sin agitación, sin trabas y sin desvíos[10]. Todo estará en armonía. Pero, si
se permite que la carne actúe, el Espíritu será contristado y apagado, y todo
se echará a perder. La carne debe ser juzgada en la Asamblea de Dios, lo mismo
que debería serlo en nuestro andar individual de cada día. Debemos recordar
también que los errores y faltas de la Asamblea no son argumentos válidos
contra la verdad de la Presencia Divina allí, como no lo son tampoco nuestros
errores y faltas individuales para ser usados contra la verdad bíblica de la
morada del Espíritu Santo en el creyente.
Alguno puede decir: «¿Sois vosotros, pues, el pueblo de
Dios?». La pregunta no es: «¿Somos nosotros el pueblo de Dios?», sino:
«¿Estamos en el terreno divino?». Si no lo estamos, cuanto antes abandonemos nuestra
posición será mejor. Que hay un terreno divino, a pesar de toda la oscuridad y
confusión, difícilmente será negado. Dios no ha dejado a su pueblo expuesto a
la necesidad de permanecer en conexión con el error y el mal. Y ¿cómo podemos
saber si estamos o no en el terreno divino? Sencillamente por la Palabra
divina. Probemos honesta y seriamente, mediante la confrontación con la
Escritura, todo aquello con lo cual nos hallamos ligados, y, si no puede
soportar la prueba, abandonémoslo de inmediato. Sí, inmediatamente. Si nos
detenemos para razonar o para pesar las consecuencias, seguramente
equivocaremos nuestro camino. Deténgase Ud., ciertamente, para cerciorarse de
cuál es el pensamiento del Señor, pero nunca para argumentar una vez que se ha
cerciorado de él. El Señor nunca da luz para dar dos pasos a la vez. Él nos da
luz y, cuando obramos en consecuencia, nos da más. “La senda de los justos es
como la luz de la aurora, que va en
aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18). ¡Preciosa divisa,
alentadora para el alma! La luz “va en
aumento”. No hay ninguna detención, ningún alto, ningún descanso en su
logro. Ella “va en aumento” hasta que seamos introducidos en la cabal esfera de
luz del perfecto día de gloria.
Lector, ¿está Ud. en este divino terreno? Si es así, aférrese
a él con toda su alma. ¿Está Ud. en esta senda? Si es así, avance con todas las
energías de su ser moral. Nunca se contente con algo inferior a lo que es Su
morada en Ud. y a la conciencia de su cercanía respecto de él. No permita que
Satanás le despoje de su propia porción al inducirle a quedarse en lo que no es
más que un mero nombre. Que él no le tiente hasta el punto de hacerle tomar su
ostensible posición por su real condición. Cultive la comunión íntima,
la oración personal, el constante juicio de sí mismo. Esté alerta contra toda
esa forma de orgullo espiritual. Cultive la humildad, la mansedumbre, el
quebrantamiento de espíritu, la sensibilidad de conciencia en su propio andar
privado. Procure combinar la gracia más dulce hacia los demás con el coraje de
un león cuando se trate de la verdad. Entonces será Ud. una bendición para la
Asamblea de Dios y un testigo eficaz de la plena suficiencia del Nombre de
Jesús.
C. H. Mackintosh
[1] N. del
T.— Expresión latina castellanizada «por fas o por nefas», que significa «justa
o injustamente», «por una cosa o por otra».
[2] N. del
A.— Las palabras «iglesia» y «asamblea» provienen del mismo término griego: ekklesia. «Asamblea» transmite el
verdadero significado.
[3] N. del
A.— Es de suma importancia distinguir entre lo que Cristo edifica y lo que
edifica el hombre. Seguramente “las puertas del Hades” prevalecerán contra todo
lo que es del hombre. Por eso sería un gravísimo error aplicar a la edificación
puramente humana, palabras que sólo pueden aplicarse a lo que Cristo edifica.
El hombre puede edificar con “madera, heno u hojarasca” (1.ª Corintios 3:12); y
¿quién puede dudar —y lo decimos con dolor— de que esto es así?. Pero todo lo
que nuestro Señor Jesucristo edifica permanecerá para siempre. Cada obra de Sus
manos lleva el sello de la eternidad. ¡Alabad todos Su glorioso nombre!
[4] N. del
A.— En ninguna parte de las Escrituras se encuentra la idea de ser miembro de una iglesia. Todo creyente verdadero es
miembro de la Iglesia de Dios, del
cuerpo de Cristo, y, por consiguiente, no puede ser más, propiamente hablando,
un miembro de otra cosa, así como mi brazo no lo puede ser de otro cuerpo.
El
único terreno verdadero en el cual los creyentes pueden reunirse es aquel
expuesto en esa magnífica declaración: “(Hay) un cuerpo, y un Espíritu”. Y,
también, “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo”
(Efesios 4:4; 1.ª Corintios 10:17). Si Dios declara que no hay sino “un
cuerpo”, debe ser contrario a su pensamiento que haya muchos cuerpos, sectas o
denominaciones.
Ahora
bien, aunque es cierto que ningún número dado de creyentes, en ningún lugar,
puede ser llamado “el cuerpo de Cristo”, o “la Asamblea de Dios”, ellos
deberían reunirse sobre el fundamento de ese Cuerpo y de esa Asamblea, y sobre
ningún otro. Llamamos la atención especial del lector sobre este principio, el
cual permanece en todo tiempo, lugar y circunstancia. El hecho de la ruina de
la iglesia profesante no lo altera. Ha sido cierto desde el día de Pentecostés;
es verdadero en la actualidad; y lo será hasta que la Iglesia sea arrebatada al
encuentro de su Jefe y Señor en la nube: “Hay un solo cuerpo”. Todos los
creyentes pertenecen a ese cuerpo; y deberían reunirse sólo sobre ese
fundamento.
[5] N. del
A.— Es menester que el lector sopese la diferencia que existe entre la Iglesia
considerada como “el cuerpo de Cristo” y la Iglesia considerada como “la casa
de Dios”. Puede estudiar Efesios 1:22 y 1.ª Corintios 12 con relación al primer
aspecto, y Efesios 2:21, 1.ª Corintios 3 y 1.ª Timoteo 3 en relación con el
segundo aspecto. Esta distinción es tan interesante como importante.
[6] N. del
A.— El lector hará bien en notar el hecho de que, en Mateo 16, tenemos la
primera alusión a la Iglesia, y allí nuestro Señor habla de ella como de algo
futuro. Él dice: “Sobre esta roca edificaré
mi iglesia.” No dice: «He edificado»
ni «edifico». La Iglesia no tuvo
existencia hasta que nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y
fue glorificado a la diestra de Dios. Entonces, y sólo entonces, el Espíritu
Santo fue enviado para bautizar a los creyentes, fuesen judíos o gentiles, en
un cuerpo, y unirlos a la Cabeza resucitada y glorificada en los cielos. Este
cuerpo estuvo en la tierra desde el descenso del Espíritu Santo, está aquí
todavía y estará hasta que Cristo venga a arrebatarla consigo. Es una cosa
perfectamente única. No se la encuentra en las Escrituras del Antiguo
Testamento. Pablo nos dice expresamente que ella no fue revelada en otras
edades; estaba escondida en Dios y jamás este misterio se dio a conocer hasta
que fue confiado a Pablo. (Véase cuidadosamente Romanos 16:25-26; Efesios
3:3-11; Colosenses 1:24-27). Es cierto —muy dichosamente cierto— que Dios tuvo
un pueblo en los tiempos del Antiguo Testamento. No meramente la nación de
Israel, sino un pueblo espiritual, salvado, vivificado, que vivió por fe, que
fue al cielo, donde sus integrantes son “los espíritus de los justos hechos
perfectos” (Hebreos 12:23). Pero la Iglesia no es mencionada antes de Mateo 16,
y allí sólo lo es como algo futuro. Con respecto a la expresión utilizada por
Esteban: “la iglesia (asamblea) en el desierto” (Hechos 7:38), por lo general
es bastante conocido que se refiere simplemente a la congregación de Israel.
Los dos extremos de la historia
terrenal de la Iglesia son Pentecostés (Hechos 2) y el rapto (1.ª
Tesalonicenses 4:16-17).
[7] N. del
T.— Esta expresión ha despertado inquietud en personas que, sin tener en cuenta
lo que le antecede y lo que le sucede, interpretaron que el autor supedita el ejercicio
ministerial a la ilustración intelectual. Sin embargo, coincidimos con la
opinión vertida por calificados hermanos, en cuanto a que esa expresión se
refiere a quienes se aprovechan abusivamente de la libertad reinante en la
Asamblea de Dios para hacerse oír sin estar habilitados por los «títulos»
(dones) que sólo concede el Señor. En otras palabras, el autor señala a los que
se valen de la no exigencia de méritos académicos para dar rienda suelta a su
deseo de figuración.
[8] N. del
T.— Negación de toda creencia. No ser de nada.
[9] N. del
T.— Tómese el siglo XIX como un hito en la historia de la Iglesia, el que marca
el período del «Despertar», en el cual fueron desenterradas verdades respecto
de la Iglesia que habían permanecido olvidadas desde la época apostólica hasta
entonces.
[10] N. del
A.— Debemos recordar que hay una diferencia muy importante entre aquellas
ocasiones en las cuales la asamblea se reúne para el culto y los servicios
especiales de los Hermanos. En estos últimos casos, el evangelista o el
maestro, el predicador o el que enseña, sirve con su capacidad individual,
siendo responsable ante su Señor. Poco importa que tales servicios tengan lugar
en las salas habitualmente ocupadas por la asamblea o en otro lugar. Los que
forman parte de la asamblea pueden estar presentes o no, según se sientan
dispuestos. Pero cuando la asamblea, como tal, se reúne para el culto, y
ocurriera que un hombre, por dotado que fuese, se atribuyera un lugar distinto
del de hermano, eso sería apagar al
Espíritu.