LA CENA DEL SEÑOR
C. H. Mackintosh
Prefacio
La institución de la Cena del Señor debe
ser considerada por todo cristiano espiritual como una prueba particularmente
conmovedora de los misericordiosos cuidados del Señor y de su considerado amor
por su Iglesia. Desde el tiempo en que fue instituida hasta el día de hoy, la
Cena del Señor fue un firme, aunque silencioso, testigo de esta verdad, que el
enemigo ha procurado corromper y destruir por todos los medios a su alcance:
que la redención es un hecho cumplido del que todo creyente en Jesús, aun el
más débil, puede regocijarse. Ya han transcurrido dos mil años desde que el
Señor Jesús estableció el pan y la copa como los símbolos de su cuerpo partido
y de su sangre derramada por nosotros, respectivamente. Y, a pesar de los
innumerables cismas y herejías, de tantas controversias y contiendas, de todas
las guerras de principios y los prejuicios que manchan las páginas de la
historia eclesiástica, esta tan significativa institución ha sido conmemorada
por los santos de todas las épocas. Es verdad que el enemigo, en una vasta
sección del cuerpo profesante, logró envolverla en un manto de oscura
superstición; logró presentarla de tal manera que quedó oculta de la vista de
los participantes la gran realidad eterna que conmemora. El enemigo,
efectivamente, tuvo éxito en reemplazar a Cristo y a su sacrificio cumplido,
por una ineficaz ordenanza, la que por el mismo modo de su administración
prueba su completa inutilidad y su oposición a la verdad (véase la nota al pie
de la página.....). Sin embargo, a pesar del fatal error de Roma referente a la
ordenanza de la Cena del Señor, ella todavía declara a todo oído circunciso y a
toda mente espiritual la misma verdad preciosa y profunda: “Anuncia la muerte
del Señor hasta que él venga.” El cuerpo fue partido y la sangre derramada una vez, y nunca más se ha de repetir; y
el partimiento del pan no es más que el memorial de esta verdad emancipadora.
¡Con qué profundo interés y
agradecimiento, pues, el creyente puede contemplar “el pan y la copa”! Sin
pronunciar una sola palabra, la Cena presenta ante nuestras almas las más
preciosas y gloriosas verdades: la redención cumplida; los pecados perdonados;
la gracia reina; la justicia eterna establecida; el aguijón de la muerte ha
desaparecido; la gloria eterna ha sido asegurada; la gracia y la gloria fueron
reveladas como un libre don de Dios y del Cordero; la unidad del “un cuerpo”
bautizado por “un Espíritu”, ha sido manifestada. ¡Qué fiesta gloriosa!
Retrotrae al alma, en un abrir y cerrar de ojos, veinte siglos, y le muestra al
mismo Señor, la misma “noche que fue entregado”, sentado a la mesa, e
instituyendo allí una fiesta que, desde ese solemne momento, desde esa
memorable noche, y hasta rayar el alba, habría de conducir el corazón de cada
creyente hacia la cruz, cuando mirara atrás, y hacia la gloria, cuando mirare
adelante.
Desde entonces, esta fiesta, por su misma
simplicidad, y no obstante su profundo significado, reprimió la superstición de
los hombres —que quisieron deificarla y hacer de ella un objeto de culto—, la
profanidad que quiso violar su carácter santo, y la incredulidad que quiso
borrarla por completo; pero, a la vez que reprimió todas estas cosas,
fortaleció, consoló y refrescó el corazón de millones de queridos santos de
Dios. Qué dulce es pensar, cuando nos reunimos el primer día de la semana
alrededor de la Mesa del Señor, que apóstoles, mártires y santos se reunieron
en torno a esta fiesta, y hallaron allí, en su medida, frescura y bendición.
Muchas cosas tuvieron lugar con el correr
de los siglos: Muchas escuelas de teología surgieron, florecieron y
desaparecieron; doctores y padres amontonaron cuantiosos y ponderosos volúmenes
de teología; funestas herejías obscurecieron la atmósfera y fragmentaron por
completo a la Iglesia profesante; la superstición y el fanatismo introdujeron
sus infundadas teorías y extravagantes ideas; los cristianos profesantes se
dividieron en innumerables partidos o sectas; pero, a pesar de las tinieblas y la
confusión que reinaron, la Cena del Señor ha subsistido siempre, y nos habla de
una manera simple, aunque poderosa: “Todas las veces que comiereis este pan, y
bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª
Corintios 11:26).
¡Qué
fiesta preciosa! ¡Gracias a Dios por concedernos tan grande privilegio de poder
celebrarla! Con todo, no son sino símbolos, simples elementos que a los ojos de
la naturaleza no valen nada ni dicen nada. El pan partido y el vino vertido,
¡qué simple! Sólo la fe puede leer el significado de esos símbolos, y, por
tanto, no precisa de los extraños agregados que le introdujo la falsa religión
con el objeto de sumarle dignidad, solemnidad y temor, cuando en realidad ese
acto debe todo su valor, todo su poder y toda su grandiosidad al hecho de ser
el memorial de una obra cumplida y eterna, que la falsa religión niega.
¡Ojalá que tú y yo, querido lector,
podamos comprender mejor el significado de la Cena del Señor, y experimentar
más profundamente la gracia de partir ese pan que es “la comunión del cuerpo de
Cristo”, y de beber esa copa que es “la comunión de la sangre de Cristo” (1.ª
Corintios 10:16)!
Para cerrar este prefacio, encomiendo este
breve tratado a los misericordiosos cuidados del Señor, rogándole que sea de
provecho para las almas de su pueblo.
C. H. M.
PENSAMIENTOS SOBRE
LA CENA DEL SEÑOR
“Porque yo recibí
del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue
entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed;
esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo
tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo
pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de
mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa,
la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:23-26).
Deseo ofrecer unos breves pensamientos
sobre la Cena del Señor, con el objeto de despertar un más vivo y ferviente interés
por este tema tan importante y alentador en todos aquellos que aman el Nombre
de Cristo y todo aquello que él ha instituido.
Debemos bendecir al Señor por haber
considerado en su gracia nuestra necesidad de tener establecido semejante
memorial del amor que lo llevó a morir por nosotros y de tener preparada una
mesa a la cual todos los miembros de su cuerpo pueden presentarse con una sola
condición indispensable: relación personal con Cristo y obediencia a él.
El bendito Señor conocía perfectamente la
tendencia de nuestros corazones a alejarse de él y de los demás miembros de su
cuerpo; por eso, al menos uno de los objetos que tuvo al instituir la Cena, fue
vencer esta tendencia. Él quiso congregar a los suyos alrededor de su propia
persona; quiso preparar una mesa para los suyos, en la cual, en vista de su
cuerpo partido y de su sangre derramada, pudiesen recordarle a él y su amor
infinito por ellos, y desde la cual pudiesen mirar adelante, hacia el futuro, y
contemplar la gloria, de la cual la cruz constituye el eterno fundamento. Su
mesa es también el lugar donde los suyos aprenderían a olvidar sus diferencias
de opinión sobre cosas secundarias, y donde pueden y deben amarse los unos a
los otros: es el lugar donde los suyos pueden ver alrededor de sí a aquellos a
quienes el amor de Dios ha invitado
a la fiesta, y a quienes la sangre de
Cristo ha hecho aptos y dignos para estar allí.
A
fin de hacer comprender de manera más fácil y abreviada lo que tenemos para
decir sobre este tema, nos limitaremos a los cuatro puntos siguientes, a saber:
·
Primero: Qué es la Cena del Señor, y
qué anuncia
·
Segundo: Las circunstancias en que
fue instituida la Cena del Señor
·
Tercero: Las personas para quienes se
instituyó la Cena del Señor
·
Cuarto: El momento y la manera en
que se ha de celebrar la Cena del Señor
1. Qué es la Cena del
Señor, y qué anuncia
Esta cuestión es de suprema importancia.
Si no la comprendemos, todos nuestros pensamientos sobre este tema serán erróneos.
La Cena es pura y claramente una fiesta de acción de gracias por una gracia ya
recibida. El Señor mismo, al instituirla, le confiere su carácter al dar las
gracias: “El Señor... tomó pan; y habiendo dado gracias.” La alabanza y no la
oración es la conveniente expresión de los corazones de aquellos que están
sentados alrededor de la Mesa del Señor.
Es cierto que tenemos muchos temas de
oración, muchas cosas que confesar, muchos motivos que afligen nuestros
corazones; pero la Mesa del Señor no es el lugar de la aflicción. Respecto de
los afligidos se dice: “Dad la sidra al desfallecido, y el vino a los de
amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, y de su miseria no se
acuerden más” (Proverbios 31:6-7). Para nosotros, en cambio, la copa es una
“copa de bendición”, esto es, de acción de gracias, el símbolo divinamente
elegido de la sangre preciosa que logró nuestra redención. “El pan que
partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?”, ¿cómo, pues, podríamos
partir ese pan con corazones entristecidos y rostros afligidos? ¿Podrían los
miembros de una familia, tras las faenas del día, sentarse a cenar con caras
tristes y con lamentaciones? Seguramente que no. La cena era la gran comida de
la familia, la única ocasión segura que había de reunir a toda la familia. Las
caras que no se vieron durante todo el día, podían encontrarse ciertamente a la
hora de la cena, y seguramente se sentirían felices de estar allí. Ni más ni menos
debiera ser en ocasión de la Cena del Señor. La familia de Dios es la que allí
se reúne, y debe hacerlo con felicidad, con sincera felicidad. Debe regocijarse
desde el fondo del corazón en el amor de Aquel que la ha reunido alrededor de
sí mismo. Es cierto que cada corazón vive una situación particular: cada uno
tiene sus propias penas, sus propias pruebas, sus propios fracasos y sus
propias tentaciones, cosas todas ocultas y desconocidas para aquellos que están
alrededor de nosotros. Pero todos estos asuntos personales no son los objetos
que deben ocupar nuestros pensamientos en la Cena del Señor. Si los traemos a
consideración entonces, deshonramos al Señor de la fiesta, y hacemos de la copa
de bendición, de acción de gracias y de alabanzas, una copa de tristeza. El
Señor mismo nos ha invitado a esta fiesta, y nos ha mandado, a pesar de
nuestras faltas, no poner ante nuestras almas más que la plenitud de su amor y
la eficacia purificante de su sangre; y cuando el ojo de la fe está fijo en
Cristo y lleno de Él, no hay más lugar para ninguna otra cosa. Si estamos
ocupados con nuestros pecados, naturalmente que seremos miserables y
desdichados, porque consideramos otra cosa aparte de la que Dios nos demanda a
contemplar; porque nos acordamos de nuestra miseria y de nuestra pobreza,
precisamente cosas que debemos olvidar. Perdemos de vista así el verdadero
carácter de la Cena, la que, en lugar de ser una fiesta de gozo y de felicidad,
se torna en una causa de tristeza y de depresión espiritual; entonces, nuestra
preparación para ella, y los pensamientos que han de tenerse en torno a ella,
estarán más en relación con el monte Sinaí que con una feliz fiesta familiar.
Si alguna vez debió de existir un
sentimiento de tristeza en ocasión de la celebración de la Cena, lo fue
seguramente el día en que fue instituida, cuando —como lo veremos al considerar
el segundo punto de nuestro tema— todo debió producir un sentimiento de
profunda tristeza y desolación; sin embargo, el Señor Jesús pudo “dar gracias”;
la corriente de gozo que rebosaba su alma, era tan profunda que no podía ser
estorbada por las circunstancias del momento. Su gozo, al dar su cuerpo y
verter su sangre, estaba muy lejos del alcance del pensamiento y del
sentimiento humanos. Y si él pudo regocijarse en espíritu y dar gracias al
partir ese pan que debía ser, para todas las generaciones futuras de creyentes,
el memorial de su cuerpo dado por nosotros, ¿no deberíamos regocijarnos también
nosotros, que estamos en posesión de los benditos resultados de su trabajo y de
sus sufrimientos? Sí; nos conviene regocijarnos.
Pero —preguntará alguno— ¿ninguna
preparación es necesaria? ¿Nos sentaremos a la Mesa del Señor con la misma
indiferencia con que lo hacemos a nuestra propia mesa? Por cierto que no; necesitamos
estar bien en nuestras almas, y el primer paso para ello es la paz con Dios,
esa dulce seguridad de nuestra salvación eterna, que es el resultado, no de
nuestros suspiros y de nuestras lágrimas de arrepentimiento, sino de la obra
cumplida del Cordero de Dios, de la cual el Espíritu Santo da testimonio. Al
comprender esto por la fe, entendemos lo que nos hace perfectamente aptos para
la presencia de Dios. Muchos creen honrar la Mesa del Señor cuando se acercan a
ella con almas humilladas hasta en el mismo polvo, en el sentimiento del
intolerable peso de sus pecados. Pero este pensamiento brota del legalismo del
corazón humano, fuente inagotable de cosas que deshonran a Dios y a la cruz de
Cristo, que contristan al Espíritu Santo y que destruyen nuestra paz. Si
consideramos a la sangre de Cristo
como lo único que nos da derecho de participar de la Mesa del Señor,
mantendremos —y podemos sentirnos plenamente satisfechos de ello— el honor y la
santidad de esta mesa de una manera infinitamente más eficaz que trayendo a
ella nuestras tristezas y nuestros
arrepentimientos
humanos[1].
Pero la cuestión de la separación será
considerada, no obstante, a medida que avancemos con nuestro tema.
La Cena del Señor y su relación con la
unidad del Cuerpo de Cristo
Otro principio importante está relacionado
con el carácter de la Cena del Señor: se trata del reconocimiento inteligente
de la unidad del Cuerpo de Cristo. “El pan que partimos, ¿no es la comunión del
cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un
cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:16-17).
Una gran confusión reinaba sobre este punto en Corinto, que se hallaba en
tristes circunstancias: los creyentes parecían haber perdido completamente de
vista este gran principio de la unidad de la Iglesia. Por eso el apóstol
observa: “Cuando os reunís, pues, vosotros, esto no es comer la cena del Señor.
Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena” (1.ª Corintios 11:20-21). Lo que vemos aquí no es
unidad, sino aislamiento; una cuestión individual, y no corporativa: “su propia cena” estaba en vivo
contraste con “la Cena del Señor”. La
Cena del Señor demanda que todo el
cuerpo sea plenamente reconocido; si no lo fuere, ello no sería otra cosa que
sectarismo: el Señor mismo habrá perdido su lugar. Si la Mesa del Señor fuese
erigida sobre un principio más estrecho que aquel que incluye a todo el Cuerpo de Cristo, se
convertiría en una mesa sectaria, que perdería su derecho sobre los corazones
de los creyentes. Pero cuando una mesa es erigida sobre el principio divino de
la unidad del Cuerpo de Cristo, el cual incluye a todos los miembros del Cuerpo simplemente
como tales, todo aquel que se rehúse a presentarse a ella, se hace culpable
de cisma[2] , según
los claros principios de 1.ª Corintios 11: “...oigo que hay entre vosotros
divisiones [lit.: cismas][2];
y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones [lit.: herejías][2],
para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados” (v. 19).
Cuando el gran principio de la unidad de
la Iglesia ha sido perdido de vista por cualquier parte del cuerpo, habrán de
surgir “herejías”2,
las cuales son necesarias a fin de que los que son aprobados se manifiesten
como tales; y, en tales circunstancias, cada uno tenía la responsabilidad de
aprobarse a sí mismo, y comer. Los “aprobados” están en contraste con los
“herejes”, es decir, con aquellos que hacen su propia voluntad[3] .
Uno podría argumentar: «Las numerosas denominaciones que existen en la cristiandad
actual, ¿no constituyen un obstáculo para la reunión de todo el cuerpo en uno?
Y, en tales circunstancias, ¿no sería mejor si cada denominación o cada partido
tuviese su propia mesa?» Una respuesta afirmativa no haría más que probar que
el pueblo de Dios no es más capaz de actuar conforme a los principios divinos,
y que se halla en la triste posición de dejarse guiar por la conveniencia
humana. ¡Bendito sea Dios, tal no es el caso! La verdad divina permanece
inalterable. Lo que el Espíritu Santo enseña en 1.ª Corintios 11 es válido para
todos los tiempos y para todos los miembros de la Iglesia de Dios. Si bien en
la asamblea de Corinto había impiedad, divisiones y herejías, así como las hay
hoy día en la Iglesia profesante, el apóstol no permitió que los creyentes
levantasen mesas separadas, ni tampoco que dejasen de partir el pan. No; él
simplemente buscaba inculcarles los principios y la santidad que constituyen la
base de la reunión al Nombre de Jesús, e invita a aquellos que podían “aprobarse
a sí mismos”, a comer. La expresión de la Palabra es “coma así”. Nuestro primer
interés, pues, debe ser comer “así”, tal como el Espíritu Santo nos lo enseña,
es decir, reconociendo verdaderamente la santidad y la unidad de la Asamblea de
Dios[4] .
Cuando la Iglesia es menospreciada, el
Espíritu Santo es contristado y deshonrado y, sin duda, todo terminará
finalmente en un frío formalismo y en una completa esterilidad espiritual.
Cuando la inteligencia propia toma el lugar del poder espiritual, y los dones y
talentos humanos sustituyen a los del Espíritu Santo, el fin no puede ser sino
muy triste, como “los sequedales en el desierto”.
La verdadera manera de progresar en la
vida divina es viviendo para la Iglesia, y no para nosotros mismos. Aquel que
vive para la Iglesia, está en plena armonía con la mente del Espíritu, y
necesariamente deberá crecer. Pero aquel que vive para sí mismo, aquel cuyos
pensamientos giran en torno de sí, y cuyas energías se concentran en sí mismo,
pronto se volverá entumecido y formalista y, casi con seguridad, abiertamente
mundano. Sí, se volverá mundano en algún sentido de ese tan amplio término. La
Iglesia y el mundo se hallan en total oposición; pero no hay otro aspecto del
mundo en que esta oposición sea más evidente, que en el aspecto religioso.
Cuando se lo examina a la luz de la presencia divina, se verá que casi ninguna
otra cosa es más hostil a los verdaderos intereses de la Iglesia de Dios, que
aquello que comúnmente se llama el «mundo
religioso».
Antes de avanzar hacia las otras
divisiones de nuestro tema, sólo quisiera enunciar otro principio muy simple en
relación con la Cena del Señor, sobre el cual quisiera llamar especialmente la
atención del lector cristiano, a saber, que la celebración de la Cena del Señor
debiera ser la clara expresión de la unidad de todos los creyentes y no
meramente de la unidad de cierto número de ellos congregados sobre ciertos
principios que los distinguen de los demás. Si para la comunión a la Mesa del
Señor se impusiera otra condición aparte de la fe en el sacrificio expiatorio
de Cristo y de un andar compatible con esa fe, la Mesa del Señor se convertiría
en la mesa de una secta, y no tendría así ningún derecho en el corazón de los
creyentes.
Y, además, si al sentarme a la mesa, debo
identificarme con cualquier cosa —ya en principio, ya en práctica— que la
Escritura no impusiera como condición a la comunión, en ese caso también la
mesa se tornaría en una mesa sectaria. No es cuestión de si hay o no cristianos
allí, pues sería ciertamente difícil hallar una mesa entre las congregaciones
evangélicas en la que no participen cristianos. El apóstol no dijo: “Es preciso
que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre
vosotros los que son cristianos”,
sino “los que son “aprobados”.
Tampoco dijo “pruébese cada uno a sí mismo que
sea cristiano, y coma así”, sino, “pruébese [o apruébese] cada uno a sí
mismo”, es decir, que se manifieste como uno de aquellos que no sólo tienen una
recta conciencia en cuanto a su actuación individual en el asunto, sino que
también confiesa la unidad del Cuerpo de Cristo.
Cuando el hombre impone condiciones
propias para la comunión, allí tenemos el principio del sectarismo. Por el
contrario, cuando una mesa es erigida de tal manera y sobre tales principios
que un cristiano, sujeto a Dios, puede tomar perfectamente su lugar en ella,
entonces el cisma consistiría en no tomar parte en ella. Por nuestra
participación, y por nuestra conducta conforme a nuestra posición y profesión,
reconocemos la unidad de la Asamblea, ese importante objeto en vista del cual
el Espíritu Santo ha sido enviado del cielo a la tierra.
Después que el Señor Jesús fue resucitado
de entre los muertos y tomó su lugar a la diestra de Dios, envió al Espíritu
Santo a la tierra para reunir a los suyos en un cuerpo. Es necesario observar
que el Espíritu debía formar un
cuerpo, y no muchos cuerpos. Él puede, sin embargo, tener verdaderos creyentes
en las diferentes sectas, pues, aunque sean miembros de sectas o partidos
humanos, son, sin embargo, miembros del “un cuerpo”; pero el Espíritu Santo no
forma todos esos «cuerpos», sino un solo
cuerpo, el Cuerpo de Cristo, “porque por un solo Espíritu fuimos todos
bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a
todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1.ª Corintios 12:13).
No quisiera que haya un mal entendido
sobre este punto. Lo que digo es que el Espíritu Santo no puede aprobar los
diferentes partidos existentes en la Iglesia profesante, pues Él mismo ha
dicho, por boca del apóstol, en esto “no os alabo” (1.ª Corintios 11:17). El
Espíritu es contristado por los numerosos partidos, y quisiera impedirlos; pues
por Él todos los creyentes son bautizados para la unidad de un solo cuerpo; de
modo que nadie, medianamente sensato, puede pensar que el Espíritu Santo puede
reconocer los diferentes partidos, los cuales son causa de aflicción y de
deshonra para Él.
No obstante, debemos también distinguir
entre la morada del Espíritu Santo en la Iglesia, y su morada en el creyente.
Él habita en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (véase 1.ª Corintios
3:16-17; Efesios 2:22). Pero también habita en el creyente, como lo vemos en
1.ª Corintios 6:19: “...vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual
está en vosotros, el cual tenéis de Dios”. Así como el creyente es la única
persona en la cual el Espíritu Santo puede habitar, así también la Iglesia o Asamblea de Dios en su
conjunto es el único cuerpo o comunidad en que el Espíritu Santo puede
habitar. Pero, como ya ha sido observado, la Mesa del Señor en una determinada
localidad debe ser la representación de la unidad de toda la Asamblea.
Esto nos conduce a otro principio
relacionado con la naturaleza de la Cena del Señor, a saber: Que es un acto por
el cual no solamente anunciamos la muerte del Señor hasta que él venga, sino
por el cual también damos expresión a una verdad fundamental para nuestros
días, y que no podría ser urgida con la fuerza y frecuencia suficientes en
todos los cristianos, a saber: Que todos
los creyentes son “un pan”, “un cuerpo” (1.ª Corintios 10:17). Es un error
muy común considerar la Cena del Señor simplemente como un medio de gracia para
cada alma en particular, y no como un acto que atañe a todo el cuerpo, no menos
que a la gloria de Aquel que es Cabeza de la Iglesia. No puede caber ninguna
duda en cuanto a que ella es un medio de gracia para el alma de cada
participante, pues todo acto de obediencia trae consigo bendición. Pero que esa
bendición espiritual no es sino una muy pequeña parte de ella, lo puede
advertir cualquiera que lea atentamente 1.ª Corintios 11. Lo que cobra
importancia para nuestras almas en la Cena del Señor, es la muerte de Cristo y
su venida. Allí donde uno de estos elementos es excluido, algo seguramente debe
de estar mal. Si el anuncio de la muerte del Señor, la representación de la
unidad del cuerpo o la clara percepción de Su venida, fuesen obscurecidos por
cualquier cosa, entonces debe haber algo radicalmente malo o falso en el
principio sobre el cual es erigida la mesa; y para descubrir claramente el
error, sólo se precisa un ojo sencillo y una mente sumisa a la Palabra de Dios
y al Espíritu de Cristo.
Ahora, pues, que el lector de estas líneas
examine con oración la mesa en la que toma parte regularmente, y que vea si
ella es capaz de soportar la triple prueba de 1.ª Corintios 11, y, si no la
resistiere, en el Nombre del Señor y por amor de la Iglesia, que la abandone.
En la iglesia profesante hay cismas y herejías, pero “pruébese [o apruébese]
cada uno a sí mismo, y coma así”. Y si se nos preguntase una vez más qué
significa el término “aprobado”, contestamos que, en primer lugar, significa
ser personalmente fieles al Señor en el acto del partimiento del pan, y, en
segundo lugar, salir de todo partido, y tomar nuestra posición firme y
decididamente sobre el amplio principio que incluye a todos los miembros del Cuerpo de Cristo. No sólo debemos tener
cuidado de andar en pureza de vida y con corazones limpios delante del Señor,
sino también de que la Mesa de que participamos no tenga absolutamente nada
asociado a ella que pudiera estorbar la unidad de la Iglesia. No se trata
solamente de una cuestión personal. Nada pone más claramente de manifiesto la profunda
decadencia del cristianismo de nuestros días y la terrible medida en que el
Espíritu Santo es contristado, que el miserable egoísmo que tiñe —o más bien
que mancha— los pensamientos de los cristianos profesantes. Todo se lo hace
depender directamente del yo. Se oye hablar de «mi perdón», de «mi
seguridad», de «mi paz», de «mis felices sentimientos», etc., pero
no de la gloria de Cristo ni del bienestar de su amada Iglesia. Pues que las
palabras del profeta hagan mella en nosotros: “Así ha dicho Jehová de los
ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos. Subid al monte, y traed madera, y
reedificad la casa; y pondré en ella mi
voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová. Buscáis mucho, y halláis poco; y
encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los
ejércitos. Por cuanto mi casa está
desierta, y cada uno de vosotros corre a
su propia casa” (Hageo 1:7-9). Aquí está el meollo de la cuestión. El yo se
halla en contraste con la casa de Dios; y si se hace de él el objeto de todo,
no hemos de asombrarnos si nos falta el gozo, la energía y el poder espiritual.
Para que estas últimas cosas sean una realidad en nosotros, debemos estar en
comunión con los pensamientos del Espíritu. Él piensa en el Cuerpo de Cristo; y
si nosotros pensamos en nosotros mismos, estaremos en disputa con él; y sabemos
muy bien cuáles serán las consecuencias de ello.
2. Las circunstancias en
que fue instituida la Cena del Señor
Una vez desarrollado el punto más importante
de nuestro tema, pasaré a considerar, en segundo lugar, las circunstancias en
que fue instituida la Cena del Señor. Estas circunstancias fueron
particularmente solemnes e instructivas. El Señor estaba a punto de entrar en
el combate contra todos los poderes de las tinieblas, de encontrar el odio
asesino del hombre, y de beber hasta sus sedimentos la copa de la justa ira de
Jehová contra el pecado. Le esperaba una mañana terrible, tal como ningún
hombre ni ángel vio jamás. Sin embargo, leemos que el Señor, “la noche que fue
entregado, tomó pan” (1.ª Corintios 11:23). ¡Qué amor sin egoísmo! La noche del
más profundo dolor, la noche de su agonía, en que su sudor caía a tierra como
gruesas gotas de sangre, la noche en que uno de sus discípulos lo traicionó, y
otro lo negó, la noche en que todos sus discípulos lo abandonaron, esa misma
noche, Su corazón, lleno de pensamientos de amor por los suyos, instituyó la
Cena.
Él designó el pan como símbolo de su
cuerpo partido, y el vino como símbolo de su sangre derramada; y ese mismo
significado tienen ambos para nosotros hoy, todas las veces que participemos de
ellos, pues la Palabra nos asegura que “todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios
11:26).
Ahora bien, todo esto, podemos decir, le
confiere una particular importancia y una sagrada solemnidad a la Cena del
Señor; y, además, nos da una idea de las consecuencias de comer y beber
indignamente[5]].
La voz que profiere la Cena del Señor en
los oídos circuncisos es siempre la misma. El pan y el vino son símbolos de
profundo significado: el grano quebrantado y la uva estrujada se combinan para
dar fuerza y gozo al corazón. Y no solamente estos símbolos hablan por sí
solos, sino que tenemos el deber de emplearlos en la Cena por el solo hecho de
ser los emblemas que el Señor mismo estableció la noche anterior a su
crucifixión. La fe, pues, puede contemplar al Señor Jesús presidiendo en su propia Mesa; puede verle tomar el pan
y el vino, y oírle decir: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”, y respecto a la
copa: “Bebed de ella todos; porque
esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de
los pecados” (Mateo 26:26-27).
La Cena, pues, retrotrae al alma a esa
misma noche en que el Señor la instituyó, y pone delante de nuestros ojos toda
la realidad de la cruz y los profundos dolores del Cordero de Dios, y nuestras
almas pueden descansar en estas cosas y regocijarse en ellas. Ella nos hace
recordar, con la mayor solemnidad y majestuosidad, el abnegado amor y el don
completo de Aquel que, en esas horas en que el Gólgota arrojaba ya sus sombras
fúnebres sobre Su camino, y en que la copa de la justa ira de Dios contra el
pecado estaba llena para Él, podía, sin embargo, ocuparse de nosotros y
prepararnos una fiesta que expresa de la manera más maravillosa nuestra unión
íntima con Él y con todos los miembros de su cuerpo. ¿No podemos inferir que el
Espíritu Santo hizo uso de la expresión “la noche que fue entregado” con el
propósito de remediar los desórdenes que habían surgido en la asamblea de
Corinto? ¿No había en esa expresión un severo reproche contra el egoísmo de
aquellos que tomaban “su propia cena”? ¿Podríamos, al mirar a la cruz, dar
lugar al egoísmo en nuestro corazón? ¿Podríamos pensar en nuestros propios
intereses o dar rienda suelta a nuestra satisfacción personal en la presencia
de Aquel que se ofreció a sí mismo por nosotros? ¿Es posible, delante de esta
cruz donde el Pastor del rebaño, la Cabeza del Cuerpo, fue crucificado,
introducir principios por los cuales una parte de los amados miembros del
rebaño de Cristo serían afligidos o excluidos? ¿No menospreciaríamos así, con
frialdad y premeditación, a la Iglesia de Dios?[6] ¡De ninguna
manera! Si los creyentes tan sólo mirasen firmemente a la cruz, si considerasen
esa misma “noche que fue entregado”, si guardasen por la fe en sus corazones el
pensamiento del cuerpo dado y de la sangre del Señor Jesucristo derramada por
ellos, todo cisma, herejía, todo espíritu de partido y todo egoísmo habrían
desaparecido muy pronto. Si siempre tuviésemos conciencia de que el Señor mismo
está presente a su Mesa, y presto a dispensar el pan y el vino; si pudiésemos
oírle decir: “Tomad esto, y repartidlo entre vosotros” (Lucas 22:17),
estaríamos en mejores condiciones de reunirnos con todos nuestros hermanos sobre el único terreno de la comunión cristiana que Dios puede reconocer. En
una palabra, la persona de Cristo es el centro divino de unión. “Yo —dijo el
Señor— si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Cada creyente puede oír a su amado Señor
pronunciar desde la cruz estas palabras que conciernen a todos aquellos que
creen como Él: “He ahí tus hermanos.” Y si esta palabra fuese verdaderamente
entendida, actuaríamos, de alguna manera, tal como el discípulo amado lo hizo
respecto a la madre de Jesús; nuestros corazones y nuestras casas serían
abiertos a todos aquellos que son recomendados a nuestro amor y a nuestros
cuidados. La Palabra dice: “Recibíos los unos a los otros, como también Cristo
nos recibió, para gloria de Dios” (Romanos 15:7).
Relación entre la Cena del Señor y la Pascua
judía
Hay todavía otro punto digno de mención en
esta segunda parte de nuestro tema: la relación que existe entre la Cena del
Señor y la Pascua judía. “LLegó el día de los panes sin levadura, en el cual
era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Y Jesús envió a Pedro y a
Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comamos... Cuando era la hora, se sentó a la mesa,
y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta
pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se
cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa [esto es, la copa de la
Pascua], dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque
os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios
venga” (Lucas 22:7-18).
La Pascua, como lo sabemos, era la gran
fiesta de Israel, celebrada por primera vez en la noche memorable de su
liberación de la esclavitud de Egipto. La relación de la Pascua con la Cena del
Señor consiste en que la primera es un tipo
del hecho del que la segunda es la conmemoración.
La Pascua dirigía la mirada adelante, hacia la cruz; la Cena, en cambio, la
dirige hacia atrás. Israel no se hallaba más en un estado tal que fuese capaz
de celebrar la Pascua según los pensamientos de Dios, y por eso el Señor Jesús
retiró a sus discípulos lejos de las ordenanzas judías y los estableció en un
nuevo orden de cosas. No era más menester sacrificar un cordero, sino partir el
pan y beber el vino en memoria de Aquel que debía ser ofrecido una sola vez, y cuyo sacrificio habría
de tener un resultado eterno. Aquellos que se inclinan ante las ordenanzas
judías, pueden todavía buscar, de una u otra manera, la repetición periódica de
un sacrificio o de algo que los haya de acercar más a Dios[7].
Hay también creyentes que piensan que por
la Cena del Señor, el alma entra en un pacto con Dios, o lo renueva. Se olvidan
por completo de que, si fuésemos a hacer un pacto con Dios, estaríamos inevitablemente
perdidos; pues el único resultado de un pacto entre Dios y el hombre no puede
sino poner de manifiesto que el hombre es incapaz de guardarlo, lo que traería
el juicio. Pero —¡a Dios gracias!— no se trata de nada semejante a un pacto con
nosotros. El pan y el vino, en la Cena, expresan una profunda y maravillosa
verdad; ellos hablan del cuerpo dado y de la sangre vertida del Cordero de
Dios, de ese cordero provisto por Dios mismo. El alma puede entonces reposar en
una perfecta complacencia; es el nuevo pacto en la sangre de Cristo, y no un
pacto entre Dios y el hombre. El pacto del hombre había fracasado por completo,
y el Señor Jesús tuvo que dejar que la copa del fruto de la vid (figura del
gozo en la tierra) pasara de él. La tierra no tenía ningún gozo para él; Israel
se había convertido en “sarmientos degenerados de una vid extraña” (Jeremías
2:21; V.M.); por lo cual, Él sólo tuvo que decir: “No beberé más del fruto de
la vid, hasta que el reino de Dios venga” (Lucas 22:18). A Israel le esperaba
un largo y triste período de tiempo, antes de que su Rey tomara la copa y se
gozara en la condición moral del pueblo; pero, durante ese tiempo, “la Iglesia
de Dios” había de “celebrar la fiesta”
de los panes sin levadura, en todo su poder y significado moral,
quitando la “vieja levadura de malicia y de maldad”, como fruto de la comunión
con Aquel cuya sangre limpia de todo pecado.
En fin, el hecho de que la Cena haya sido
instituida inmediatamente después de la Pascua, nos enseña un muy valioso principio
de verdad, a saber: que los destinos de la Iglesia o Asamblea y del pueblo de
Israel, están inseparablemente unidos a la cruz del Señor Jesucristo. Sin duda
la Asamblea, por estar unida a su Cabeza resucitada y glorificada, tiene un
lugar elevado; pero todo reposa en la cruz. Sí, es en la cruz donde la mano de
Jehová quebrantó la pura gavilla y estrujó el fruto de la viña viviente, con el
objeto de dar, para siempre jamás, la fuerza y el gozo a su pueblo celestial y
a su pueblo terrenal. El Autor de la vida tomó de la mano justa de Jehová la
copa de ira, la copa del temblor, y la bebió hasta sus sedimentos, para poder
poner en manos de Su pueblo la copa de la salvación, del inefable amor de Dios,
a fin de que “beban y se olviden de su necesidad, y de su miseria no se
acuerden más” (Proverbios 31:7). La Cena del Señor pone todo esto delante de
nuestros ojos. El Señor mismo está allí, y los rescatados deben venir a Su
presencia, en santa comunión y en amor fraternal, para comer y beber delante de
Él; y, mientras lo hacen, pueden volver sus miradas hacia atrás, hacia esa
noche de profundos sufrimientos de su Señor, y hacia adelante, a ese día de Su
gloria, a esa “mañana sin nubes”, “cuando venga en aquel día para ser
glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron” (2.ª
Tesalonicenses 1:10).
3. Las personas para
quienes se instituyó la Cena del Señor
Vamos a considerar ahora las personas para
quienes —y para quienes solamente— se instituyó la Cena del Señor. Ella fue instituida
para la Iglesia de Dios, para la familia de los redimidos. Todos los miembros
de esta familia debieran tomar parte allí; pues el que se ausenta sin causa,
incurre en la culpa de desobediencia al claro mandamiento de Cristo y de su
inspirado apóstol, lo que traerá como consecuencia una positiva declinación
espiritual y un completo fracaso en el testimonio para Cristo. Pero estas
consecuencias son sólo el resultado de un ausentismo voluntario de la Mesa del
Señor. Hay circunstancias en que, por más que uno tenga el más ferviente deseo
de estar presente a la Mesa del Señor —y una mente espiritual siempre sentirá
la necesidad—, puede verse impedido de hacerlo
por motivos de fuerza mayor. Pero podemos afirmar, como principio de
verdad, que es imposible que uno haga progreso en la vida divina si, de su
propia voluntad, se ausenta de la Mesa del Señor. Se le ordenó a “toda la
congregación de Israel” celebrar la Pascua (Éxodo 12). Ningún miembro de la
congregación podía ausentarse sin exponerse al castigo, como lo vemos en el
libro de los Números, capítulo 9:13: “Mas el que estuviere limpio, y no
estuviere de viaje, si dejare de celebrar la pascua, la tal persona será
cortada de entre su pueblo; por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de
Jehová, el tal hombre llevará su pecado.”
Motivos que mantienen ausente al
creyente de la Mesa del Señor
Si pudiera despertar un mayor interés
sobre este importante tema, un gran servicio se rendiría a la causa de la
verdad, y los intereses de la Iglesia de Cristo recibirían un nuevo impulso.
Hay muchísima ligereza e indiferencia en los corazones de los cristianos en
cuanto a su participación a la Mesa del Señor. En otros casos, cuando no se
trata de indiferencia, la tendencia a abstenerse de participar surge de una
comprensión imperfecta de la justificación por la fe y de una incapacidad de
elevarse hasta el terreno en el cual la gracia nos ha colocado. Estos dos
obstáculos, por diferentes que sean en sí mismos, tienen una sola y misma
causa: el egoísmo.
La indiferencia
El indiferente permite con facilidad que
las circunstancias de importancia mínima le impidan asistir: ocupaciones de la
casa, querer su propia comodidad, mal tiempo, ligeras o, como a menudo sucede,
imaginarias indisposiciones físicas, son unos pocos de tantos otros pequeños
impedimentos. Si se tratara de intereses materiales, de la consecución de algún
objeto terrenal, no nos dejaríamos detener por ninguna de estas cosas. No les
prestaríamos la menor atención. ¡Cuán a menudo puede observarse que los
creyentes que no tienen la suficiente fuerza espiritual para dejar sus casas el
domingo, tienen abundante fuerza corporal el lunes para hacer varios kilómetros
en vista de sus asuntos terrenales! ¡Es lamentable que así sea! ¡Qué triste es
pensar que la ganancia terrenal pueda tener una mayor influencia en el corazón
de un cristiano, que el honor de Cristo y el bien de la Iglesia! En este
contexto debemos considerar la Cena del Señor. ¿Cuáles serían nuestros
sentimientos si, en la gloria, fuésemos llamados a recordar que nuestros
negocios o cualquier otro objeto o circunstancia terrenal hayan podido ocupar
nuestro tiempo y nuestras energías, cuando descuidamos la reunión de los amados
de Dios a la Mesa del Señor?
Querido lector cristiano, si tienes la
costumbre de descuidar la reunión de los creyentes, te suplico que pienses
seriamente delante del Señor en las tristes consecuencias de tu ausencia de
ella: Faltas en tu testimonio para Cristo, provocas daños y perjuicios a las
almas de tus hermanos, e impides el crecimiento de tu propia alma en la gracia
y el conocimiento de Jesucristo. No vayas a pretender que tu manera de actuar
no tenga ninguna influencia en la Asamblea de Dios. O bien eres de ayuda para
los miembros del Cuerpo de Cristo en la tierra, o bien eres un estorbo; pues
“si un miembro padece, todos los
miembros se duelen con él” (1.ª Corintios 12:26). Este principio no ha perdido
ni su verdad ni su fuerza, aun cuando los cristianos estén dispersos en
innumerables partidos. Es tan divinamente verdadero, que no hay un solo
creyente en la tierra cuyas acciones no sean de ayuda o de estorbo para cada
miembro del Cuerpo de Cristo. Si es verdad el principio enunciado —a saber, que
la reunión de los cristianos para el partimiento del pan en una determinada
localidad, es, o al menos debiera ser, la expresión de la unidad de todo el
cuerpo—, nadie puede dejar de ver que su ausencia de la asamblea, o el hecho de
no unirse a sus hermanos para dar expresión a esa unidad, provoca un serio daño
a los hermanos y a uno mismo. Apelo al corazón y a la conciencia del lector, y
ruego al Señor que estas consideraciones calen hondo en su alma[8].
Comprensión incompleta de la doctrina
de la justificación
Pero no sólo esta culpable y perniciosa indiferencia es lo que mantiene a
muchos creyentes lejos de la Mesa del Señor; la comprensión incompleta de la justificación produce también los
mismos resultados. Si la conciencia no está completamente apaciguada, y si el corazón
no ha hallado el reposo completo en el testimonio de Dios acerca de la obra
consumada de Cristo, o bien uno se abstendrá de la Cena, o bien no la celebrará
con la debida inteligencia espiritual. Sólo aquellos que por la enseñanza del
Espíritu Santo conocen el valor de la muerte del Señor, pueden anunciar esta
muerte según los pensamientos de Dios. Si considero esta fiesta como un medio
por el cual soy llevado más cerca de Dios, o por el cual obtengo el perdón de
mis pecados, o por el que estoy más seguro o más consciente de mi aceptación
delante de Dios, es imposible celebrarla correctamente. Yo no podría tomar mi
lugar a la Mesa del Señor con una verdadera comprensión espiritual si no estoy
plenamente convencido, por la fe, de que todos
mis pecados son perdonados para siempre.
Si no asistimos a la fiesta sobre la base de esta plena seguridad, la Cena del
Señor sólo puede ser considerada como una especie de grada que nos conduce al
altar de Dios; pero en la ley se nos dice que no debemos subir por gradas al
altar de Dios, no sea que se descubra nuestra desnudez (Éxodo 20:26). Esto
significa que todos los esfuerzos humanos para acercarse a Dios, no servirían
más que para descubrir la desnudez humana.
Para resumir, vemos, pues, que si la
indiferencia es lo que mantiene a un cristiano alejado del partimiento del pan,
ello es algo muy culpable a los ojos de Dios y muy perjudicial para uno mismo y
para los hermanos. Mas si lo que provoca la ausencia del creyente es una
comprensión imperfecta de la justificación, ello no sólo es inexcusable a la
luz de las Escrituras, sino también algo que deshonra el amor del Padre, la
obra del Hijo y el claro e inequívoco testimonio del Espíritu Santo.
Uno oye decir a veces —incluso a aquellos
que profesan espiritualidad e inteligencia—: «Yo no hallo ninguna edificación
especial en la asamblea; soy igual de feliz cuando me quedo en casa leyendo mi
Biblia.» Pero ¿no tenemos otro objeto más elevado ante nosotros que nuestra
propia felicidad? ¿No es la obediencia al mandato de Cristo, mandato dado “la
noche que fue entregado”, un objeto mucho más noble y elevado que cualquier
otra cosa que tenga que ver con nosotros mismos? Si es el deseo del Señor que
su pueblo se reúna en su Nombre, con el expreso propósito de anunciar su muerte
“hasta que él venga”, ¿rehusaríamos participar bajo el pretexto de que nos
sentimos más felices en nuestra propia casa? El Señor reclama nuestra presencia
a su Mesa; y si nosotros le decimos: «Estamos más felices en casa», nuestra
felicidad deberá estar basada, pues, en la desobediencia, y, como tal, no es
sino una felicidad no santa. Es mucho mejor, si así debiera serlo, ser infeliz
en la senda de la obediencia, que ser feliz en la senda de la desobediencia.
Creo verdaderamente que el pensamiento de sentirse más feliz en casa que en la
reunión con el Señor, es pura ilusión; y el fin de aquellos que se dejan
engañar por ello, demostrará que es así. A Tomás le puede haber dado lo mismo
el hecho de estar o no presente con los demás discípulos cuando el Señor se les
apareció; pero tuvo que vérselas sin la presencia del Señor, y aguardar ocho
días hasta que los discípulos se reunieran el primer día de la semana, pues
allí y entonces solamente el Señor tuvo a bien revelarse al alma de Tomás. Y lo
mismo ocurrirá con aquellos que dicen: «Me siento más feliz en mi casa que en
la reunión de los creyentes.» Seguramente se quedarán atrás en conocimiento y
experiencia; y bueno sería que no cayesen bajo el terrible ay denunciado por el
profeta: “¡Ay del pastor inútil que abandona
el ganado! Hiera la espada su brazo, y su ojo derecho; del todo se sacará
su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido” (Zacarías 11:17). Y no
en vano el apóstol dijo: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más,
cuanto veis que aquel día se acerca. Porque si pecáremos voluntariamente
después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más
sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de
hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Hebreos 10:25-27).
En cuanto a la objeción basada en la falta
de bendición en las asambleas cristianas, se encontrará generalmente que la más
grande sequedad espiritual va acompañada de un espíritu quejoso y dispuesto a
juzgar a los demás; y no dudo de que si aquellos que se quejan de la falta de
bendición en las asambleas, y que esgrimen esto como excusa para quedarse en su
casa, emplearan más tiempo en oraciones y súplicas para pedir esta bendición
del Señor para la asamblea, harían una experiencia muy diferente.
Las personas que no son aptas para
participar
Consideremos ahora quiénes son las
personas que no deben tomar parte en
la Cena del Señor.
Las Santas Escrituras hablan muy claramente
acerca de este punto. Aquel que no es miembro de la verdadera Asamblea de
Cristo no debería participar. La misma ley que ordenaba a toda la congregación
de Israel comer la Pascua, ordenaba a todos los extranjeros incircuncisos no comerla. Nuestra Pascua, que es
Cristo, ya fue sacrificada por nosotros, y nadie tiene el derecho de celebrar
esta fiesta —la que debe durar todo el tiempo de esta dispensación—, nadie
tiene el derecho de partir el pan ni de beber la copa en memoria de Él, excepto
aquellos que conocen y que han experimentado por sí mismos el poder purificante
y santificante de su preciosa sangre. Comer el pan y beber la copa sin
reconocer estas virtudes de su sangre, es, aunque de una manera diferente de
los Corintios, comer y beber indignamente, es decir, comer y beber juicio; así
ocurrió con la mujer de Números 5, quien debía beber las aguas de los celos a
fin de hacer la condenación más manifiesta y terriblemente solemne.
Ahora bien, en este punto la cristiandad
es particular y manifiestamente culpable. Al tomar la Cena del Señor, la
Iglesia profesante, como Judas, puso su mano con Cristo en la mesa, y le
entregó; ella comió con Cristo y, al mismo tiempo, levantó su talón contra Él.
¿Cuál será su fin? El mismo que el de Judas: “Cuando él, pues, hubo tomado el
bocado, luego salió; y —el Espíritu
Santo añade con toda solemnidad— era ya
de noche” (Juan 13:30). ¡Qué noche terrible! La más fuerte expresión del
amor divino no hizo más que despertar el más fuerte odio del corazón humano. Pero
tal será el fin de la falsa Iglesia profesante en su conjunto, y también el de
cada falso profesante individual. Todos aquellos que, al rechazar el Evangelio
y la gracia de Dios, hayan entregado a Cristo (aunque hayan sido bautizados en
su Nombre y se hayan sentado a su Mesa para participar de su Cena), serán
echados en las tinieblas de afuera —en el seno de una noche que jamás verá el
amanecer—, en un abismo de dolores indecibles y sin fin. Aun si pudieren
decirle al Señor: “Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas
enseñaste” (Lucas 13:26), Su solemne y desgarradora respuesta será, a la vez
que cierra la puerta en sus rostros: “Apartaos de mí; nunca os conocí.” Lector,
¡piensa en esto! Si estás todavía en tus pecados, no se te ocurra participar de
una fiesta de la que no tienes derecho ni parte. No ensucies la Mesa del Señor
con tu presencia. En lugar de ir allí como un hipócrita, vé a Jesús como un
pecador perdido, y busca la reconciliación y la purificación junto a Él, quien
derramó su sangre por los pecadores como tú.
4. El momento y la manera
en que se ha de celebrar la Cena del Señor
Sólo agregaré unas palabras acerca del
momento y la manera en que se ha de celebrar la Cena del Señor, tal como lo
enseñan las Escrituras.
Cuándo debe celebrarse
Aunque la Cena no fue instituida el primer
día de la semana, el capítulo 24 de Lucas y el capítulo 20 de los Hechos son
harto suficientes para demostrar, a una mente sumisa a la Palabra de Dios, que ése es el día en que debe ser celebrada.
El Señor partió el pan con sus discípulos “el primer día de la semana” (Lucas
24:1, 30); y en los Hechos leemos: “El primer día de la semana, reunidos los
discípulos para partir el pan...” (Hechos 20:7). Estos pasajes son plenamente
suficientes para demostrar que los discípulos no deben reunirse una vez al mes,
cada tres meses o cada seis meses para partir el pan, sino al menos una vez a
la semana y, además, el primer día de la semana. Uno comprende también
fácilmente que hay una razón particular, moralmente conveniente, de celebrar la
Cena el primer día de la semana: Es el día de la resurrección, el día de la
Iglesia, en contraste con el séptimo día que era el día de Israel. En la
institución de la Cena, el Señor apartó los pensamientos de sus discípulos de
todas las cosas judías, diciéndoles que no bebería más del fruto de la vid —de
la copa pascual— e introduciendo un nuevo orden de cosas; y así también
nosotros, el día mismo en que la Cena debe ser celebrada, observamos el mismo
contraste entre las cosas celestiales y las terrenales. Sólo en el poder de Su
resurrección podemos anunciar la muerte del Señor de la manera que conviene.
Cuando la batalla terminó, Melquisedec sacó pan y vino, y bendijo a Abraham en
el nombre del Señor. Así también, nuestro Melquisedec, cuando la batalla llegó
a su fin y la victoria fue ganada, se hizo presente en resurrección con pan y
vino, para fortalecer y consolar los corazones de los suyos, y para alentarles
con esa paz que tanto le costó obtener.
Si, pues, el primer día de la semana es el
día en que los discípulos, como nos lo enseña la Escritura, se reunían para
partir el pan, está claro que ninguna persona tiene el derecho de cambiar este
día y de partir el pan una vez al mes, o cada seis meses. Un cristiano en cuyo
corazón los sentimientos de amor por la persona del Señor son verdaderamente
vivos y fervientes, no querrá más que anunciar la muerte del Señor tan a menudo
como sea posible. Parecería, como lo vemos al principio del libro de los
Hechos, que los discípulos partían el pan diariamente. Esto parece inferirse de
la expresión: “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el
pan en las casas” (Hechos 2:46). Sin embargo, de lo que no caben dudas es de
que el primer día de la semana es el día en que los discípulos se reunieron
para partir el pan, tal como se nos enseña claramente en Hechos 20:7, y podemos
ver también la belleza y la conveniencia moral de celebrar la Cena ese día.
La manera en que ha de celebrarse
En lo que concierne a la manera de celebrar la fiesta, los
cristianos deberían ante todo dar la prueba de que el partimiento del pan es el
objeto más elevado de su reunión el primer día de la semana. Deberían mostrar
que no se reúnen para la predicación o la instrucción, sino que el partimiento
del pan es su principal objeto. Es la obra de Cristo lo que mostramos en la
Cena, y por ello le debemos dar el primer lugar en la asamblea. Y cuando esto
se ha llevado a cabo debidamente, se dará libre curso a la acción del Espíritu
Santo para el ministerio. El oficio del Espíritu Santo es anunciar y glorificar el Nombre, la Persona y
la obra de Cristo; y si se le permite dirigir y poner orden en las asambleas de
los cristianos —derecho que sin duda le pertenece—, podemos estar seguros de
que siempre dará el primer lugar a Cristo y a su obra.
No puedo concluir este escrito sin
confesar al lector que estoy lejos de creer que he desarrollado este tan
importante tema con la profundidad debida, y que soy perfectamente consciente
de mi debilidad al respecto. Siento delante del Señor, en cuya presencia he
escrito, tal incapacidad para presentar toda la verdad acerca de este tema, que
casi temí que el mismo viera la luz. No que tenga alguna duda acerca de las
verdades que he enunciado; pero al escribir sobre un tema como el partimiento
del pan en un tiempo en el que impera tanta confusión entre los cristianos
profesantes, siento que es tal la agudeza, la claridad y la lucidez que se
requieren que yo mismo noto mi poca capacidad al respecto.
Comprendemos muy poco cuánto la cuestión
del partimiento del pan se vincula con la posición y el testimonio de la
Asamblea en la tierra, y cuánta ignorancia prevalece al respecto en la Iglesia
profesante. El partimiento del pan debería ser una clara demostración de la
verdad de que todos los creyentes forman
un cuerpo; pero la cristiandad profesante, con todos sus partidos y sus
diferentes mesas para cada denominación, ha negado completamente esta verdad.
De hecho, la Cena es tristemente relegada
a un segundo plano. La Mesa en la cual el Señor debería tener el primer lugar,
es perdida de vista, y el púlpito, en el que el hombre ocupa el primer lugar,
le ha hecho sombra. El púlpito[9] el que, lamentablemente, a menudo
es el instrumento por el cual se crea y perpetúa la desunión—, es para muchos
lo más importante; mientras que un lugar de segundo rango le es dado a la Mesa,
la cual, si se la comprendiera correctamente, manifestaría siempre el amor y la
unidad. Y todos los esfuerzos de los hombres para remediar este estado de
cosas, no han servido más que para hacerlo más manifiesto. ¿Qué han hecho las
«alianzas evangélicas» al respecto? No han hecho más que descubrir una
necesidad existente entre los cristianos profesantes, que ellos mismos
reconocen no poder satisfacer. Quieren la unión, pero son incapaces de
conseguirla. ¿Por qué? Porque no quieren renunciar a todas las cosas que se han
agregado a la verdad a fin de
reunirse conforme a la verdad para partir el pan como discípulos. Digo como discípulos, y no como Bautistas,
como Independientes o como miembros de «una
iglesia». Puede que todos ellos (me refiero a aquellos que aman a nuestro Señor
Jesucristo) tengan muchas verdades valiosas; pero no pueden hablar de una
verdad que les impida reunirse juntos para partir el pan. ¿Podría la verdad
impedir alguna vez a los cristianos reunirse para dar expresión a la unidad del
Cuerpo de Cristo? ¡Imposible! Esto lo podría hacer un espíritu sectario en
aquellos que sostienen la verdad, pero nunca la verdad misma. ¿Y qué sucede hoy
día en la cristiandad profesante? Los cristianos de diversas denominaciones
pueden reunirse con el propósito de leer la Biblia, orar y cantar juntos
durante la semana; pero cuando llega el primer día de la semana, el domingo, no
tienen la menor intención de dar la única expresión real y efectiva de su
unidad que el Espíritu Santo puede reconocer: el partimiento del pan. “Siendo
uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:17).
Uno de los pecados en Corinto consistía en
que no se esperaban los unos a los otros. Esto surge de la exhortación con que
el apóstol resume la cuestión. “Así que, hermanos míos, cuando os reunís a
comer, esperaos unos a otros” (1.ª Corintios 11:33). ¿Por qué debían esperarse
unos a otros? Seguramente para que expresaran
más claramente su unidad. Pero ¿qué hubiera dicho el apóstol si, en
lugar de reunirse en un solo lugar, lo hubieran hecho en diferentes lugares
conforme a las diferentes opiniones de la verdad que tuviere cada uno? Habría
dicho, con mucha más fuerza quizás: «No podéis comer así la Cena del Señor.»
Pero uno podría preguntar todavía «cómo es
posible que todos los creyentes de una misma localidad puedan reunirse en un
solo lugar». A eso respondo que aun cuando no pudiesen reunirse todos en un
mismo lugar, podrían hacerlo al menos sobre el mismo principio. ¿Cómo se
reunían los creyentes en el tiempo de los apóstoles? La Escritura dice que
estaban todos “unánimes” (Hechos 5:12). En tal condición, poca dificultad
tenían en cuanto al lugar material en que debían reunirse. Podían hacerlo
perfectamente “en el pórtico de Salomón” o en cualquier otro lugar que sirviera
para ese propósito. Ellos daban expresión a su unidad de una manera que no
dejaba lugar a ningún equívoco. Ni las diferentes localidades, ni la medida de
sus conocimientos o de sus dones podían de alguna manera ser un obstáculo para
su unidad. Ellos eran “un cuerpo, y un Espíritu” (Efesios 4:4).
Al terminar, quisiera todavía agregar que
el Señor honrará ciertamente a aquellos que en la fe y la fidelidad reconocen y
realizan la unidad de la Iglesia o Asamblea de Dios en la tierra. Y cuanto más
las dificultades impidan esta realización, tanto más honrados serán. ¡Que el
Señor dé a todos un ojo sencillo y un espíritu humilde y recto para comprender
y poner en práctica estas cosas!
Tu cuerpo partido, bendito Señor,
El pan representa, en gracia y amor
El vino vertido en la copa de
bendición
Tu sangre señala, amado Salvador
Y mientras nos congregamos así
Anunciamos que uno somos en ti
Tu preciosa sangre, vertida en la
cruz
Nos dio la victoria y nos trajo a
la luz
NOTAS
[1] N. del A.— Es necesario tener en cuenta que si bien la sangre de Cristo es lo único que
introduce al creyente, con plena seguridad, en la presencia de Dios, no
obstante en ninguna parte ella es presentada como nuestro centro o vínculo de
unión. Es algo verdaderamente precioso para toda alma que ha sido lavada en la
sangre de Jesús, recordar, en el secreto de la presencia divina, que la sangre
expiatoria de Cristo ha borrado para siempre todos sus pecados. Sin embargo, el
Espíritu Santo puede congregarnos únicamente hacia la persona de Cristo
resucitado y glorificado, el cual, tras haber derramado la sangre del pacto
eterno, ascendió al cielo en el poder de una vida imperecedera, unida
inseparablemente a la justicia divina. Un Cristo vivo, pues, constituye nuestro
centro y vínculo de unión. Una vez que la sangre respondió a Dios por nosotros,
nos podemos congregar alrededor de nuestra Cabeza celestial, quien resucitó y
fue exaltado en lo alto. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos
atraeré a mí mismo” (Juan 12:32).
En la Cena del Señor consideramos la copa
como símbolo de su sangre derramada, pero no nos congregamos ni alrededor de la
copa, ni alrededor de su sangre, sino alrededor de Aquel que la derramó por
nosotros. La sangre del Cordero quitó todo obstáculo a nuestra comunión con
Dios, y, como prueba de ello, el Espíritu Santo descendió a la tierra para
bautizar a todos los creyentes en un cuerpo, y para congregarlos alrededor de
la Cabeza resucitada y glorificada. El vino es el memorial de una vida derramada por el pecado. El pan constituye el memorial de un cuerpo partido por el
pecado. Pero no nos congregamos alrededor de una vida derramada ni de un cuerpo
partido, sino alrededor de un Cristo viviente, que ya no muere más, que nunca
más puede tener su cuerpo partido ni su sangre derramada. Esto marca una seria
diferencia, que cuando es considerada en relación con la disciplina de la casa
de Dios, cobra suma importancia
Muchos creen que cuando uno es
puesto fuera de comunión o se le rehúsa la comunión, surge la duda en cuanto a
si existe un vínculo entre su alma y Cristo —si es hijo de Dios o no—. Una
seria consideración de este punto a la luz de las Escrituras bastará para
demostrar que no se suscita ninguna cuestión al respecto. En 1.ª Corintios 5
vemos a una persona “perversa” que es expulsada de la comunión de la Iglesia en
la tierra, la cual, no obstante, era un cristiano,
como comúnmente se dice. Él no fue, pues, puesto fuera de comunión por no ser
cristiano; jamás se suscitó esa cuestión, ni debiera ocurrir en ningún caso.
¿Cómo podemos saber o determinar si un hombre está unido eternamente a Cristo o
no lo está? ¿Acaso tenemos la guarda del libro de la vida del Cordero? ¿Acaso
la disciplina de la Iglesia de Dios se halla fundada en lo que podemos o no saber? ¿Estaba el hombre de
1.ª Corintios 5 eternamente unido a Cristo o no? ¿Se le dice a la Iglesia que
indague al respecto? Supongamos que pudiésemos ver el nombre de una persona
inscripto en el libro de la vida; ése no sería el fundamento para recibirlo en
la asamblea en la tierra ni para mantenerlo allí. La Iglesia es tenida por
responsable de guardarse pura en doctrina, práctica y asociaciones, y ello por
el hecho de ser la casa de Dios. “Tus testimonios son muy firmes; la santidad
conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5).
Cuando uno era “cortado” o separado de la congregación de Israel, ¿lo era por
causa de ser o no israelita? De ninguna manera, sino por el hecho de alguna
mancha o contaminación moral o ceremonial que no podía ser tolerada en la
congregación de Dios. En el caso de Acán (Josué 7), por más que haya habido
seis mil almas que ignoraban su pecado, Dios declaró: “Israel ha pecado.” ¿Por
qué? Porque, en conjunto, ellos eran considerados como la congregación de Dios,
y allí había un elemento de contaminación que, de no haber sido juzgado, todos
habrían sido destruidos.
[2] N. del T.— Debemos
distinguir los términos cisma y herejía. Podemos apreciar el uso de
ambas palabras si tomamos una Concordancia del Nuevo Testamento griego. El
término schisma (cisma) aparece ocho
veces (Mateo 9:16; Marcos 2:21; Juan 7:43; 9:16; 10:19; 1.ª Corintios 1:10;
11:18; 12:25); generalmente se traduce rotura
en los dos primeros versículos, y disensiones
o divisiones, en los restantes. Por otro lado, el vocablo hairesis (herejía) aparece nueve veces
(Hechos 5:17; 15:5; 24:5, 14; 26:5; 28:22; 1.ª Corintios 11:19; Gálatas 5:20;
2.ª Pedro 2:1), y generalmente se lo vierte por secta o herejía. [Tomado de La
nueva concordancia greco-española del Nuevo Testamento, compilada por Hugo
M. Petter, Editorial Mundo Hispano, palabras número 4978 y 139.]
Unos comentarios sobre 1.ª
Corintios 11:18-19, nos ayudarán a notar la diferencia. “...oigo que al
reuniros en asamblea, hay divisiones [cismas]
entre vosotros; y en parte lo creo. Pues es necesario que haya facciones [herejías] entre vosotros, para que sean
manifestados los que son aprobados” (1.ª Corintios 11:18-19; V.M.). «Tenemos
aquí una importante ayuda para determinar la diferencia entre estos dos
términos así como la naturaleza precisa de cada uno. Cisma es una división dentro de
la asamblea: todos permanecen todavía en la misma asociación, a pesar de que
están separados o divididos en pensamientos y sentimientos de parcialidad o de
aversión carnales. Herejía, en su
aplicación bíblica ordinaria, tal como aparece aquí (no en el uso
eclesiástico), significa un partido
entre los santos, separado del resto
por haberse seguido la propia voluntad con más fuerza todavía. Un cisma que
tiene lugar dentro, si no es juzgado, tiende a una secta o partido fuera, cuando, por un lado, los aprobados, es
decir, los que rechazan estos caminos estrechos y egoístas, se hacen
manifiestos; y, por otro lado, cuando el hombre de partido se condena a sí
mismo al preferir sus propias opiniones a la comunión de todos los santos en la
verdad (compárese Tito 3:10-11).» W.
Kelly; Notes on the First Epistle of Paul
the Apostle to the Corinthians.
[3] N. del A.— Quienes tengan la capacidad
de acceder al original griego, pueden ver en este importante capítulo, que la palabra
traducida “aprobados” en el v. 19, proviene de la misma raíz que aquélla
traducida “pruébese”, en el v. 28. Vemos, pues, que aquel que se prueba —o se
aprueba— a sí mismo, toma su lugar entre los aprobados, y se halla en contraste
con aquellos que estaban entre los herejes. Ahora bien, el significado de
“hereje” no es meramente uno que sostiene una falsa doctrina —aunque uno que la
sostiene puede ser un hereje—, sino uno que persiste en el ejercicio de su propia voluntad. El apóstol sabía que
era preciso que hubiese herejías o sectas en Corinto; aquellos que actuaban
según su propia voluntad, actuaban en oposición a la voluntad de Dios,
provocando así división. Porque la voluntad de Dios hacía referencia a todo el
Cuerpo; y aquellos que actuaban heréticamente, menospreciaban a la Iglesia de
Dios.
[4] N. del A.— Sería
conveniente agregar aquí unas palabras para la guía de todo cristiano que tiene
en el corazón la honra del Señor y que puede hallarse en circunstancias en que se
vea obligado a decidir entre las reivindicaciones de varias mesas levantadas en
una determinada localidad aparentemente sobre el mismo principio. ¿Cuál es el
verdadero curso a seguir? ¿Hacia cuál de las mesas deberá dirigirse? Yo creo
que como primera medida debe averiguar con cuidado las causas que dieron origen
a estas mesas, y si fue verdaderamente necesario tener más de una. Si, por
ejemplo, encuentra reunidos cristianos que han introducido o mantenido falsos
principios que deshonran la persona y la obra de Cristo o que se oponen a la
unidad de la Asamblea de Dios en la tierra, o si se recibe y reconoce a
personas que sostienen y enseñan estas falsas doctrinas, el creyente, bajo tan
penosas y humillantes circunstancias, no puede estar más allí. ¿Por qué? Porque
yo no puedo tomar parte en ese lugar sin identificarme con principios
manifiestamente no cristianos. Y lo mismo podemos decir, naturalmente, si la
asamblea no juzga una mala conducta (si, por ejemplo, aquel que vive en un
pecado manifiesto, no es excluido).
Ahora bien, si un determinado número de
cristianos se encontrase en las circunstancias antes descriptas, ellos tendrán
la obligación de mantener la pureza de la
verdad de Dios, reconociendo a la vez la unidad del cuerpo. No sólo debemos
mantener la gracia de la Mesa del
Señor, sino también su santidad. La
verdad no debe ser sacrificada a fin de mantener la unidad, ni tampoco la verdadera unidad debiera ser destruida
por el estricto mantenimiento de la verdad.
Nadie vaya a imaginarse que la
unidad del Cuerpo de Cristo se ve afectada cuando un cristiano se separa de una
comunidad basada sobre principios erróneos o que sostiene falsas doctrinas o
prácticas corruptas. La Iglesia Católica acusó a los Reformadores de cismáticos
por haberse separado de ella. Pero nosotros sabemos que la Iglesia Católica era
culpable —y lo es todavía— de cisma por imponer falsas doctrinas a sus
miembros. Si me cercioro de que una determinada comunidad pone en tela de
juicio la verdad de Dios, y de que, para ser miembro de ella, tengo que
identificarme con falsas doctrinas o prácticas corruptas, no puede entonces ser
cisma el hecho de que uno se separe de tal comunidad; es más, cerciorado el
hecho, tengo la obligación de separarme de ella.
[5] N. del T.— Es común que el término
“indignamente”, del v. 27, se aplique a las personas
que participan, cuando, en realidad, se refiere únicamente a la manera de participar. El apóstol nunca
pensó en poner en tela de juicio el cristianismo de los corintios. Al comienzo
de su epístola se dirige a ellos en estos términos: “A la iglesia de Dios que
está en Corinto, santificados en Cristo Jesús, llamados santos [o santos por
llamamiento]” (1.ª Corintios 1:2; Reina-Valera revisión 1909). ¿Cómo podía emplear
este lenguaje en el primer capítulo, y poner en duda la dignidad de estos
santos para participar de la Cena del Señor en el capítulo 11? ¡Imposible! Él
los consideraba santos y, como tales,
los exhortaba a celebrar la Cena del Señor de una manera digna. Nunca se
planteó la duda en cuanto al hecho de que únicamente cristianos verdaderos
podían tomar parte en la Cena; de modo que es absolutamente imposible que la
palabra “indignamente” se aplique a las personas
en sí: sólo se aplica a su manera de
participar. Las personas eran dignas, pero no así su manera; por lo que, como
santos, son exhortados a juzgarse a sí mismos en lo que respecta a sus modos;
de lo contrario, el Señor los habría de juzgar en sus personas, tal como lo
había hecho en Corinto. En una palabra, ellos eran llamados a juzgarse a sí
mismos como verdaderos cristianos. Si tenían dudas respecto a ello, eran
completamente incapaces de juzgar nada. Nunca se me ocurriría hacer que mi hijo
juzgue si es o no mi hijo, sino que lo que desearía es que se juzgue a sí mismo
en lo que respecta a sus hábitos, pues, si no lo hiciere, deberé hacer, por
medio de la disciplina, lo que él tendría que haber hecho mediante el juicio de
sí mismo. No podría permitir que mi hijo se sentase a la mesa con las manos sucias
y con malos modales, simplemente porque es mi hijo.
[6] N. del A.— El lector ha de tener en
cuenta que el texto no contempla la cuestión de la disciplina Escrituraria. Puede haber muchos miembros del
rebaño de Cristo que no podrían ser recibidos en la Asamblea sobre la tierra
por el hecho de estar leudados o contaminados con falsas doctrinas o prácticas
erróneas. Pero, por más que no podamos recibirlos, no debemos, bajo ninguna
circunstancia, poner en tela de juicio el hecho de que estén o no inscriptos en
el libro de la vida del Cordero. El hacerlo, no es ni la competencia ni la
prerrogativa de la Iglesia de Dios. “Conoce
el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que
invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19).
[7] N. del A.— La
iglesia de Roma se ha apartado a tal punto de la verdad declarada en la Cena
del Señor, que profesa ofrecer, en la misa, «un sacrificio incruento por los pecados
de los vivos y de los muertos». Ahora bien, Hebreos 9:22 nos enseña que “sin
derramamiento de sangre no se hace remisión”, por lo que, la iglesia de Roma no
tiene ninguna remisión de pecados para ofrecer a sus miembros. Ella los priva
de esta preciosa realidad de que podrían gozar por la fe y, en cambio, les
ofrece una cosa anómala y antiescrituraria, llamada «un sacrificio incruento, o
misa». Esta misa, que a la luz de su propia práctica y de Hebreos 9:22, nunca
puede quitar el pecado, es ofrecida por la iglesia de Roma día a día, semana a
semana y año tras año. Un sacrificio sin sangre, si la Escritura es verdad,
debe ser un sacrificio sin remisión. Por eso, el sacrificio de la misa es un
positivo velo que el diablo, a través de la agencia de Roma, ha puesto para
ocultar de la vista del pecador, el glorioso sacrificio de Cristo, “ofrecido
una sola vez”, no repitiéndose jamás. “Cristo, habiendo resucitado de los
muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (Romanos 6:9). Todo
nuevo sacrificio de la misa, no hace sino declarar la ineficacia de todos los
sacrificios precedentes, de modo que Roma sólo se burla de los pecadores
mediante sombras sin contenido. Pero ella es coherente en su perversidad, pues
rehúsa la copa a los laicos, y enseña a sus miembros que tienen cuerpo y sangre
y todo en la hostia. Pero si la sangre estuviese todavía en el cuerpo, resulta
evidente que no ha sido derramada, lo que nos vuelve a colocar sobre ese
sombrío terreno en el que “no hay remisión”; pues, como lo leímos, “sin
derramamiento de sangre no se hace remisión”.
¡Cuán diferente es la preciosa y
reanimadora institución de la Cena del Señor, tal como se nos presenta en el
Nuevo Testamento! Allí encontramos el pan partido y el vino vertido, símbolos,
el uno, del cuerpo partido, y, el otro, de la sangre derramada. El vino no está
en el pan, por cuanto la sangre no está en el cuerpo, pues, si lo estuviese, no
habría ninguna “remisión”. En una palabra, la Cena del Señor es el claro
memorial de un sacrificio eternamente cumplido; y nadie puede tomar parte en
él, con inteligencia o bendición, excepto aquellos que han experimentado la
plena remisión de sus pecados. De ninguna manera pretendemos hacer del
conocimiento un requisito para la comunión, pues muchísimos hijos de Dios,
debido a malas enseñanzas y a muchas otras causas, no conocen la perfecta
remisión de los pecados, y si hubiesen de ser excluidos por tal motivo,
impondríamos como condición para la comunión el conocimiento, en lugar de la
vida y la obediencia. No
obstante, si no sé, por propia experiencia, que la redención es un hecho
cumplido, los símbolos del pan y del vino tendrán poco significado a nuestros
ojos; además, estaré en grave peligro de atribuir cierto grado o forma de
eficacia a los símbolos conmemorativos, cuya eficacia toda pertenece únicamente
a la gran realidad que representan.
[8] N. del T— Sólo puedo sentirme
responsable de presentarme en la asamblea cuando está reunida sobre las bases
propias de la Iglesia de Dios, es decir, sobre las bases establecidas en el
Nuevo Testamento. Un determinado número de cristianos pueden reunirse en una
determinada localidad y llamarse «la Iglesia de Dios» en ese lugar; pero si no
presentan los caracteres, rasgos y principios de la Iglesia de Dios tal como
aparecen en la Santa Escritura, no puedo reconocer a tales personas. Si se
rehúsan a juzgar la mundanalidad, la carnalidad o las falsas doctrinas, o les
falta la fuerza espiritual necesaria para hacerlo, los tales no se hallan
evidentemente sobre los propios fundamentos de la Iglesia; no son más que una
mera fraternidad religiosa, y yo no soy responsable de reconocerla delante de
Dios en su carácter colectivo. ¡Cuánto poder espiritual y cuánta sujeción a la
Palabra le hacen falta, pues, al hijo de Dios para conducirse en medio de esos
tortuosos caminos de la Iglesia profesante en este día malo, difícil y penoso!
[9] N. del T.—
Entiéndase por «púlpito», no la tribuna donde se coloca el predicador, sino la predicación y la enseñanza.