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EL DISCÍPULO EN UN TIEMPO MALO C. H. Mackintosh |
Daniel
capítulos 1 a 3
I. Introducción
Los tres primeros capítulos del libro de
Daniel nos ofrecen una lección muy importante y oportuna para el tiempo en que
vivimos, en el cual el discípulo de Cristo está en grave peligro de ceder a las
influencias que lo rodean —rebajando el nivel de su testimonio y debilitando su
carácter de discípulo— a fin de amoldarse a las circunstancias del momento.
II. Temas de desaliento entre el pueblo de Dios
Desde el principio del capítulo 1,
encontramos un cuadro muy desalentador del estado de cosas, en lo que respecta
al testimonio exterior rendido a Dios en la tierra. “En el año tercero del
reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén,
y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de
los utensilios de la casa de Dios; y los
trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la
casa del tesoro de su dios” (Daniel 1:1-2).
El estado que se nos describe en estos
versículos, considerado desde un punto de vista humano, es más que suficiente
para producir el desaliento en el corazón, entristecer el espíritu y paralizar
las energías. Ante una Jerusalén en ruinas, el templo profanado, los utensilios
del Señor colocados en la casa de un falso dios, y Judá llevado cautivo,
seguramente el corazón no puede sino sentirse dispuesto a decir que no tiene
ningún sentido procurar permanecer más tiempo en el carácter de discípulo y
perseverar en una marcha piadosa y fiel. El valor falta, el corazón desfallece
y las manos se vuelven flojas, cuando la situación del pueblo de Dios es tan
deplorable. Sólo la más abominable presunción podría hacer que un hijo de la
casa de Judá tomase el lugar de un verdadero nazareo en semejantes
circunstancias.
III. La actitud del hombre de fe superior a las
circunstancias
Así puede razonar la naturaleza; pero no
es ése el lenguaje de la fe. ¡Bendito sea Dios! existe siempre una esfera
bastante extensa para que pueda desplegarse un espíritu de verdadera devoción;
siempre hay también un camino que el verdadero discípulo puede recorrer, aun
cuando deba hacerlo en la soledad.
Cualquiera que sea el estado de las circunstancias exteriores, la fe no se
enfoca en ellas; su privilegio es depender de Dios, nutrirse de Cristo y
respirar la atmósfera del cielo, tan plenamente como si todo estuviese en una
armonía y un orden perfectos.
¡Qué gracia inefable tenemos allí para
el corazón fiel! Todos los que desean marchar fielmente, encontrarán siempre
una senda por la cual andar; mientras que los que ven en las circunstancias
exteriores un pretexto para menguar las energías, no obrarán nunca con
fidelidad y decisión, aun cuando se encuentren en la situación más favorable.
Si alguna vez hubo un tiempo en que la debilidad del testimonio habría podido
tener un buen pretexto, fue, incuestionablemente, durante la cautividad de
Babilonia. Todo el edificio del judaísmo había sido derribado; el poder real
había pasado de manos del sucesor de David a manos de Nabucodonosor; la gloria
se había retirado de Israel; en una palabra, todo parecía haberse marchitado y
desaparecido para siempre. Nada les quedaba a los hijos de Judá en su exilio,
excepto colgar sus arpas sobre los sauces y sentarse “junto a los ríos de
Babilonia”, para derramar sus lágrimas por la gloria traspasada (1 Samuel
4:22), el brillo empañado y su grandeza perdida (véase Salmo 137).
Tal podría ser el lenguaje de la ciega
incredulidad; pero —¡bendito sea Dios!—, cuando todo parece haber llegado al
estado más miserable, la fe se eleva para obtener un triunfo glorioso: y la fe,
lo sabemos, es la única base real en la cual el discípulo puede apoyarse para
actuar. No busca ningún apoyo en los hombres ni en las circunstancias
exteriores: todos sus recursos están
en Dios. Por eso la fe jamás brilla con un resplandor tan vivo como cuando todo
es tinieblas alrededor de ella. Cuando el horizonte se halla cargado de las más
oscuras nubes, la fe se calienta al sol de la gracia y la fidelidad divinas.
Por ello Daniel y sus compañeros fueron
capaces de superar las dificultades particulares de su tiempo. Estimaron que
nada en Babilonia debía impedirles gozar de un nazareato tan elevado como nunca
antes se había visto en Jerusalén, en el tiempo que estuvo; y su apreciación
era justa. Juzgaron como juzga siempre una fe pura y bien fundada. Actuaron
según el mismo juicio con que un Barac, un Gedeón, un Jefté y un Sansón
actuaron en la antigüedad. El mismo juicio que expresó Jonatán cuando dijo:
“Porque para con Jehová no hay estorbo en salvar por muchos o por pocos” (1
Samuel 14:6, VM). Así juzgo también David cuando, en el valle de Ela, denominó
al pobre ejército tembloroso de Israel “los escuadrones del Dios viviente” (1 Samuel
17:26). Fue el juicio de Elías cuando construyó un altar sobre el monte Carmelo
con “doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob” (1
Reyes 18:31). Fue el juicio del mismo Daniel cuando, en una etapa más avanzada
de su historia, abrió su ventana y oró vuelto hacia Jerusalén (Daniel 6:10).
Fue el juicio de Pablo cuando, en vista de la avasalladora corriente de
apostasía y corrupción que estaba por llegar, exhorta a su hijo Timoteo en
estos términos: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (2
Timoteo 1:13). Fue el juicio de Pedro cuando, previendo la disolución de todas
las cosas, anima a los creyentes a procurar “con diligencia ser hallados por él
sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 Pedro 3:14). Fue el juicio de Juan
cuando, en medio del desborde de las pretensiones eclesiásticas, exhorta a su
amado Gayo a no imitar “lo malo, sino lo bueno” (3 Juan 11). Fue, por fin, el
juicio de Judas cuando, en presencia de la más abominable impiedad, anima a un
amado remanente con estas palabras: “Edificándoos sobre vuestra santísima fe,
orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la
misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 20-21). En
una palabra, era el juicio del Espíritu Santo, y por esta razón era el de la
fe.
Todo eso confiere inmenso valor e
interés a la determinación tomada por Daniel, tal como se expresa en el primer
capítulo de este libro: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la
porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al
jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse” (versículo 8). Habría
podido decirse a sí mismo naturalmente: «¿De qué serviría que un pobre y débil
cautivo buscara guardar un lugar de separación? Todo está destruido. Es
imposible conservar un verdadero espíritu de nazareo en medio de una ruina tan
completa y de semejante decadencia: será mejor que me conforme al estilo de
vida y a las costumbres del país donde resido».
Pero no; Daniel se colocaba sobre un
terreno más elevado. Sabía que su privilegio era vivir en tal intimidad con
Dios en medio del palacio de Nabucodonosor como si estuviera dentro del mismo
recinto de Jerusalén. Sabía que cualquiera que pudiese ser la condición
exterior del pueblo de Dios, había una senda de devoción y fidelidad abierta
individualmente a cada santo, y que puede recorrer a pesar de todo.
Y ¿no podemos añadir que el nazareato de Babilonia posee encantos tan
atractivos y eficaces como el nazareato de Canaán? Sin ninguna duda. Es
inefablemente precioso y espléndido encontrar uno de los cautivos en Babilonia,
anhelando fervientemente una separación tan austera, e incluso haciéndola
realidad. Hay allí, a la vez, una gran lección para todos los siglos, un
ejemplo muy adecuado para animar y conmover a los creyentes en todas las
dispensaciones, y una bendita demostración de que, en medio de las más espesas
tinieblas, un corazón devoto puede gozar de una senda soleada que ninguna nube
podrá oscurecer.
Pero esto no podría ser así, si
Jesucristo no fuese “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).
Las dispensaciones cambian y desaparecen. Las instituciones eclesiásticas se
derrumban y se hacen polvo. Los sistemas humanos se tambalean y finalmente
caen; pero el nombre de Jehová permanece para
siempre, y su memoria de generación
en generación (Salmo 135:13; 102:12). Sobre este elevado terreno santo se
emplaza la fe. Se eleva sobre todas las vicisitudes, para gustar de una dulce
conversación con la eterna e inmutable Fuente de todo bien verdadero.
Es así como, en el tiempo de los Jueces, la fe obtuvo más gloriosos triunfos
que todos los que se conocieron en los días de Josué. Por ello el altar de
Elías sobre el monte Carmelo estuvo rodeado de una gloria tan brillante como la
que coronaba el altar de Salomón. Esto es verdaderamente alentador. ¡El pobre
corazón es tan propenso a debilitarse y a dejarse abatir al contemplar las
caídas y la infidelidad del hombre, en vez de detenerse a considerar la
fidelidad de Dios que nunca falla! “Pero el fundamento de Dios está firme,
teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de
iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19). ¿Qué
poder podría menoscabar jamás esta verdad inmutable? Ninguno seguramente. Y
nada, por lo tanto, puede menoscabar la fe que echa mano de ella, ni el
edificio de devoción práctica que se erige sobre el fundamento de esta fe.
IV. Resultados de la fidelidad
Consideremos ahora los gloriosos efectos de la devoción y la separación de
Daniel. En los tres primeros capítulos observamos tres cosas distintas que
resultan de la posición asumida por Daniel y sus compañeros en lo que respecta
a “la comida del rey”:
1. El secreto referente al sueño del rey
les fue revelado.
2. Resistieron a las seducciones de “la
estatua que había levantado el rey”.
3. Cruzaron sin sufrir el menor daño, el
horno de fuego ardiente encendido por orden del rey.
IV.1 El secreto de Jehová es para los que le temen
“El secreto de Jehová es para los que le temen” (Salmo 25:14, RV 1909). Este
pasaje es admirablemente confirmado en el caso que tenemos ante nosotros. Los
“magos, astrólogos, encantadores y caldeos” (2:2), que respiraban la atmósfera
de la presencia real, estaban todos en una completa ignorancia en cuanto al
sueño del rey. “Los caldeos respondieron delante del rey, y dijeron: No hay
hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey” (2:10). Era
indudablemente así; pero había un Dios en el cielo que conocía todo eso, y que,
además, podía revelar el asunto a los que tenían suficiente fe, devoción y
renunciamiento de sí mismos para separarse de las contaminaciones de Babilonia,
aun cuando estuviesen cautivos en esta ciudad. Lo que para el hombre es sólo un
enigma, un laberinto o una cosa misteriosa, es perfectamente conocido para
Dios; y Él puede, y hasta quiere, revelarlo a todos aquellos que andan con él
en la santidad de su presencia. Los nazareos de Dios pueden ver más lejos en
las circunstancias humanas que los más profundos filósofos de este mundo. Y
¿por qué medio? ¿Cómo pueden descubrir tan fácilmente los misterios de este
mundo? Porque se emplazan sobre los vapores o tinieblas que lo envuelven; no
participan de sus contaminaciones; ocupan un lugar de separación, dependencia y
comunión. “Luego se fue Daniel a su casa e hizo saber lo que había a Ananías,
Misael y Azarías, sus compañeros, para que pidiesen misericordias del Dios del
cielo sobre este misterio” (2:17-18). Vemos ahora la fuente de donde ellos
obtenían fuerza e inteligencia. Sólo tenían que volver la mirada al cielo para
obtener un claro entendimiento de todos los destinos de este mundo.
¡Cuánta verdad y simplicidad hay en todo
esto! “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5). Por lo
tanto, si deseamos luz, no podemos hallarla sino en Su presencia; y sólo
podremos conocer realmente el poder de Su presencia cuando llevemos a la
práctica nuestra separación de todas las impurezas de la tierra.
IV.2 Superioridad del hombre de fe sobre el mundo
Observemos otro resultado de la santa separación de Daniel. “Entonces el rey
Nabucodonosor se postró sobre su rostro y se humilló ante Daniel, y mandó que
le ofreciesen presentes e incienso” (2:46). Aquí vemos al más orgulloso y
poderoso monarca de la tierra a los pies de un cautivo. ¡Magnífico fruto de la
fidelidad! ¡Preciosa demostración de esta verdad: que Dios honrará siempre la
fe que puede, en alguna medida, elevarse a la altura de Sus pensamientos! Jamás
deshonrará a aquellos que con plena confianza echen mano de sus inagotables
tesoros. En esta memorable ocasión, Daniel experimentó por sí mismo, tan
plenamente como nunca antes nadie lo había hecho, esta antigua promesa de Dios:
“Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado
sobre ti, y te temerán… Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás
encima solamente, y no estarás debajo” (Deuteronomio 28:10-13). Seguramente, en
la escena representada más arriba, Daniel se hallaba a “la cabeza” y
Nabucodonosor a “la cola”, al menos si lo consideramos desde el punto e vista
divino. Veamos todavía el mantenimiento de este nazareato en presencia del
impío Belsasar (Daniel 5:17-29). ¿No tenemos aquí un testimonio tanto más magnífico
de la preeminencia a la cual estaba destinada la simiente de Abraham, que
cuando los capitanes de Josué ponían los pies sobre el cuello de los reyes de
Canaán, o que cuando “toda la tierra procuraba ver la cara de Salomón, para oír
la sabiduría que Dios había puesto en su corazón” (Josué 10:24; 1 Reyes 10:24)?
Sin ninguna duda; y, hasta cierto punto, el testimonio es más magnífico aún. Es
natural esperar una escena similar en la historia de Josué o en la de Salomón;
pero, hallar a un orgulloso rey de Babilonia a los pies de uno de sus cautivos,
es algo que excede con mucho todo lo que el hombre puede concebir.
IV.3 El poder de la fe, a pesar de la ruina
Sin embargo, esto se nos presenta aquí
como una prueba sorprendente del poder que tiene la fe para triunfar sobre todo
tipo de dificultades, y para producir los más maravillosos resultados. El poder
de la fe sigue siendo el mismo, ya sea que actúe en las llanuras de Palestina,
sobre el monte Carmelo, junto a los ríos de Babilonia o entre las ruinas de
Por esta fe preciosa actuó Daniel cuando
“propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey”
(1:8). Es cierto que ya no le era posible volver a la santa casa donde sus
padres habían adorado. La ciudad santa había sido hollada por el rudo pie de un
enemigo extranjero; el fuego había dejado de arder sobre el altar del Dios de
Israel; el candelero de oro, con sus siete lámparas, no alumbraban más el lugar
santo; pero la fe se encontraba en el corazón de Daniel, y esa fe lo transportó
más allá de la influencia que pudieran ejercer las circunstancias que lo
rodeaban, y le permitió apropiarse de “todas las promesas de Dios”, que son «Sí
y amén en Jesucristo» (2 Corintios 1:20), y actuar según su eficacia. La fe no
se ve afectada por templos en ruinas, por ciudades destruidas, por lumbreras
apagadas ni por glorias extintas. Y ¿por qué? Porque Dios mismo no se ve
afectado por ninguna de esas cosas. Dios siempre puede ser hallado, y la fe
posee siempre la certeza de poder hallarlo.
IV.4 Ponerse del lado de Dios y no dejarse
impresionar por el hombre
Pero la misma fe que volvió a estos santos hombres de la antigüedad capaces de
rechazar la comida del rey, les hizo también despreciar la estatua del rey. Se
habían separado de toda contaminación con el fin de gozar de una comunión más
íntima con el verdadero Dios; y, por lo tanto, no podían prosternarse ante una
estatua de oro, por más alta que fuere. Sabían que Dios no es una estatua;
sabían que es una realidad; no podían presentar su adoración sino sólo a Dios,
pues él solamente es el verdadero objeto de la adoración.
Poco les importaban que todo el mundo estuviese contra ellos: sólo tenían que
vivir para Dios. Podía acusárselos de creerse más sabios que sus vecinos; quizá
cuando fueron contra la corriente de la opinión pública su conducta fue tildada
de presunción; quizá alguien incluso les pudo haber preguntado si se creían los
dueños de la verdad. ¿Acaso todos “los sátrapas, magistrados, capitanes,
oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las
provincias” estaban en las tinieblas y en la ignorancia? ¿Era acaso posible que
tantos hombres de alto rango, inteligencia y saber estuviesen en el error, y
que sólo unos pocos extranjeros cautivos estuvieran en lo correcto?
Nuestros nazareos no tenían que
preocuparse en absoluto de semejantes cuestiones. Su camino estaba claramente
trazado ante ellos. ¿Debían inclinarse ante una estatua y adorarla, para no dar
la impresión de que se está condenando a la multitud? Ciertamente no. ¡Y, sin
embargo, cuán a menudo aquellos que desean “tener siempre una conciencia sin
ofensa ante Dios”, son acusados de erigirse en jueces y condenar a los demás!
Sin duda Lutero fue condenado por muchos por haberse opuesto a los doctores, a
los cardenales y al papa. Para evitar tal condena, ¿habría debido vivir y morir
en el error? ¡Quién podría pensarlo!
«Ah, pero» —quizá diga alguno— «Lutero
se encontraba frente a un error palpable». Es lo que pensaba Lutero; pero miles
de hombres instruidos y eminentes pensaban de una manera muy diferente.
“Sadrac, Mesac y Abed-nego” también tuvieron que enfrentarse con una idolatría
manifiesta; pero el mundo entero era de una opinión contraria. ¿Qué se debía
hacer entonces? “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos
5:29). Que los demás actúen como les parezca, “pero yo y mi casa serviremos a
Jehová” (Josué 24:15). Si hubiese que permanecer en el error y persistir en
hacer lo que uno al menos siente que está mal, para evitar la impresión de
estar juzgando a los demás, ¿dónde estaríamos?
¡Oh, mi querido lector! Procure mantener
con perseverancia la marcha firme, adelante, y dirigida hacia el cielo, de un
verdadero discípulo. No tiene que considerar si, al actuar así, condena al
mundo. “Dejad de hacer lo malo” (Isaías 1:16). Es lo primero que el verdadero
discípulo debe hacer. Luego, cuando haya obedecido este precepto, podrá esperar
aprender “a hacer el bien”. “Si, pues, tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo
estará lleno de luz” (Isaías 1:17; Mateo 6:22, VM). Cuando Dios habla, no tengo
que volverme hacia mis vecinos para saber qué efecto producirá sobre ellos mi
obediencia a Su voz, o para considerar lo que pensarán de mí. Cuando la voz de
Jesús resucitado y glorificado cayó sobre el oído de Saulo de Tarso, no empezó
a averiguar qué podrían pensar de él los principales sacerdotes y los fariseos,
si obedecía. Seguramente que no. “No consulté en seguida con carne y sangre” (Gálatas 1:16). “Por lo cual, oh rey
Agripa, no fui rebelde a la visión celestial” (Actos 26:19). Tal es el espíritu
y el verdadero principio según los cuales debe marchar un discípulo. “Dad
gloria a Jehová Dios vuestro, antes que haga venir tinieblas, y antes que
vuestros pies tropiecen en montes de oscuridad” (Jeremías 13:16). Nada puede
ser más peligroso que vacilar cuando la luz divina resplandece sobre el camino.
Si usted no actúa según la luz, cuando la posee, seguramente se verá envuelto
en densas tinieblas. Y como otro lo dijo en otra parte: «No vayas nunca más
allá de tu fe, ni te quedes detrás de tu conciencia».
IV.5 La fe probada al extremo: la fe que ve al
Invisible
Pero, como lo dijimos, si bien nuestros
nazareos rehusaron inclinarse ante la estatua del rey, tuvieron que soportar la
ira del rey y el horno de fuego que éste había hecho encender. Por la gracia de
Dios, estaban preparados para todo eso: su nazareato era algo real; estaban
dispuestos a sufrir la pérdida de todas las cosas, incluso la misma vida, para
defender el verdadero culto del Dios de Israel. Servían y adoraban a su Dios,
no sólo bajo la apacible sombra de las vides y las higueras en la tierra de
Canaán, sino también en presencia del “horno de fuego ardiente”. Confesaban a
Jehová no sólo en medio de una congregación de verdaderos adoradores, sino
también en presencia de un mundo enemigo. Ellos verdaderamente habían vencido
como discípulos en un tiempo malo. Amaban al Señor, y, por amor a él, rechazaron
los bienes del rey, resistieron su ira y soportaron el horno de fuego que
dispuso para ellos. “Rey Nabucodonosor…, no es necesario que te respondamos
sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del
horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh
rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has
levantado” (3:16-18). Tal era el lenguaje de hombres que sabían a quién
pertenecían, y dónde se encontraban; de hombres que habían calculado el costo
con calma y decisión; de hombres para los cuales el Señor era todo y el
mundo nada. Todo lo que el mundo podía ofrecer, y su vida misma, estaba en
juego; pero ¿qué les importaba? Lo soportaron todo “como viendo al Invisible”
(Hebreos 11:27). La gloria eterna se presentaba ante ellos, y estaban
perfectamente preparados para alcanzarla pasando a través de las llamas. Dios
podía conducir a sus siervos al cielo en un carro de fuego, o a través de un
horno ardiente, como bien le pareciere. Cualquiera que sea el modo de ir, es
bueno estar allí.
Pero, ¿acaso el Señor no habría podido
impedir que sus amados siervos fuesen arrojados al horno ardiente? Sin ninguna
duda; eso habría sido fácil para Él. Sin embargo, no lo hizo. Era su voluntad
que la fe de sus siervos fuese puesta a prueba en el horno de fuego, que pasara
por el crisol más ardiente, a fin de que “sea hallada en alabanza, gloria y
honra” (1 Pedro 1:7). Si el refinador hace pasar el lingote de oro por el
horno, ¿será porque no tiene ningún valor para él? ¡No, precisamente lo
contrario!; y como alguien bien lo ha señalado: «Su objetivo no es solamente
eliminar las impurezas del metal, sino también hacer que resplandezca con más
brillo».
Es evidente que si, por un acto de poder, el Señor hubiese impedido que se
lanzara a sus siervos al horno de fuego, habría resultado en menos gloria para
él, y, por consecuencia, en menos bendición para ellos. Fue infinitamente mejor
que gozaran de Su presencia y simpatía en el horno, que si Su poder los hubiese
guardado de ser arrojados en él. ¡Qué gloria resultó para él, y qué inmenso
privilegio para ellos! El Señor había descendido para andar con sus nazareos en
el horno adonde fueron arrojados por su fidelidad. Habían andado con Dios en el
palacio del rey, y Dios anduvo con ellos en el horno del rey. Fue el momento
más bendecido de la carrera entera de Sadrac, Mesac y Abed-nego. ¡Qué poco
imaginaba el rey la elevada posición en la que estaba poniendo a los objetos de
su ira y furia! Todos los ojos se habían vuelto de la gran estatua de oro para
contemplar con asombro a los tres cautivos. ¿Qué quería decir eso? “¡Tres
varones atados!” “¡Cuatro varones sueltos!” ¿Podía ser esto real? ¿Era
real el horno? ¡Lamentablemente, los “hombres más poderosos” del ejército del
rey, habían probado que era real!, como lo habría hecho la estatua de
Nabucodonosor si hubiese sido lanzada en él. No había ningún elemento del que
hubiese podido agarrarse un escéptico o un incrédulo. Era un verdadero horno,
una verdadera llama, y estos tres “varones fueron atados con sus mantos, sus
calzas, sus turbantes y sus vestidos”. Todo era realidad.
Pero había una realidad aún mayor: Dios estaba allí, y Su presencia
cambiaba todas las cosas; ella cambió “el edicto del rey”, transformó el horno
en un lugar de elevada y santa comunión, e hizo de los hombres atados por
Nabucodonosor, hombres sueltos por Dios.
¡Dios estaba allí!; allí, en su poder
soberano, para hacer ver toda la vanidad de la oposición del hombre; allí, en
toda su profunda y tierna compasión para con sus siervos probados y fieles;
allí, en Su gracia incomparable para poner en libertad a los cautivos y para
atraer los corazones de sus nazareos a esa íntima comunión con él de la que tan
ardiente sed tenían.
V. Los tiempos de la paciencia de Dios
Pues bien, querido lector, ¿no vale la pena pasar a través de un horno de fuego
si es para gozar aún más de la presencia de Cristo, y de la simpatía de su
amante corazón? ¿No es preferible estar lleno de cadenas junto a Cristo, que
poseer, sin él, un sinnúmero de preciosas joyas? Un horno con él ¿no es un
lugar más deseable que un palacio donde él no vive? La naturaleza responderá
«¡No!», pero la fe dirá «¡Sí!».
Conviene recordar que el tiempo en que estamos no es el tiempo del poder de Cristo, sino el de su simpatía. Al atravesar las aguas
profundas de la aflicción, el corazón puede a veces sentirse dispuesto a
exclamar: «¿Por qué el Señor no actúa con poder para librarme?» La respuesta es
que no es aún “el día de su poder”. Podría prevenir esta enfermedad, hacer
desaparecer tal o cual dificultad, aligerar las cargas, impedir esta catástrofe
o preservar de la muerte a este ser querido. Pero, en vez de desplegar su
poder, deja que las cosas sigan su curso, y derrama su dulce simpatía en el
corazón oprimido y quebrantado, de tal manera que no dudamos en reconocer que
no quisiéramos que se nos dejase sin esta prueba por nada del mundo, debido a
la abundancia de la consolación.
Ésta, querido lector, es la manera en
que nuestro Jesús actúa ahora. Dentro de poco desplegará su poder, aparecerá
como el Jinete del caballo blanco, desenvainará su espada, desnudará el brazo
de su santidad, vengará a su pueblo y le hará justicia para siempre; pero, por
el momento, su espada está en la vaina y su brazo está aún cubierto. Ahora es
el tiempo, para él, de dar a conocer el profundo amor de su corazón y no el
poder de su brazo ni el filo de su espada. ¿Está usted satisfecho de que sea
así? ¿Es suficiente la simpatía de Cristo para su corazón, incluso en medio de
las más profundas angustias y de la aflicción más viva? Nuestro corazón
inquieto, la impaciencia de nuestro espíritu y nuestra voluntad no quebrantada,
nos inducirían siempre a desear escapar de las pruebas, las dificultades o las
cargas que nos agobian; pero no puede ser así, ya que implicaría una pérdida
incalculable para nosotros. Debemos pasar por cada una de las clases de la
escuela; pero el Amo nos acompaña y la luz de Su rostro, la tierna simpatía de
Su corazón nos sostienen cuando pasamos por los ejercicios más penosos.
VI. Los tiempos de la gloria
¡Y vemos también qué gloria redunda en el nombre del Señor cuando, por su
gracia, su pueblo es hecho capaz de cruzar victoriosamente una prueba! Lea
Daniel 3:26-28, y diga dónde se podrían encontrar frutos más abundantes y más
bellos de una marcha fiel. El rey y los nobles de su reino, que, un momento
antes, estaban tan absortos en las ceremonias de un falso culto y embelesados
con una bulliciosa música, están ahora todos ocupados con el sorprendente hecho
de que el fuego, que había matado a hombres fuertes y valientes, no había
tenido sobre los adoradores del verdadero Dios otro efecto que el de consumir
sus cadenas, permitiéndoles así marchar, en libertad, en compañía del Hijo de
Dios. “Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego
ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y
Abed-nego salieron de en medio del fuego. Y se juntaron los sátrapas, los
gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos
varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun
el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni
siquiera olor de fuego tenían” (3:26-27).
Aquí tenemos, pues, un glorioso
testimonio, testimonio que nunca hubiera sido rendido si, por un acto de poder,
el Señor habría impedido que sus siervos fuesen lanzados en el horno.
Nabucodonosor acababa de aprender por una sorprendente prueba que “los siervos
del Dios Altísimo” no debían temer más su horno como tampoco adorar su estatua.
En una palabra, el enemigo fue confundido, Dios glorificado, y sus queridos
siervos puestos fuera “del horno de fuego ardiente” sin sufrir ningún daño.
¡Preciosos frutos de un nazareato fiel!
Nótese ahora el honor conferido a nuestros nazareos. “Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios… de Sadrac, Mesac y Abed-nego”
(3:28). Sus nombres son estrechamente vinculados con el Dios de Israel. ¡Qué
honor! Se habían identificado con el verdadero Dios cuando se trataba nada
menos que de su vida, y por eso el verdadero Dios se identificó con ellos para
conducirlos a un terreno rico y bendito. Estableció sus pies sobre una roca y
ensalzó sus cabezas sobre todos sus enemigos en derredor de ellos (Salmo 27:6).
¡Qué realidad en este pasaje: “Yo honraré a los que me honran”! Pero es
igualmente cierto que: “Los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 Samuel
2:30).
Querido lector, ¿ha hallado en la obra
perfecta del Señor Jesucristo una paz segura y divina para su conciencia
culpable? ¿Creyó a Dios simplemente en su palabra? ¿Ha dado por cierto con su
sello “que Dios es veraz”? Si es así, entonces usted es un hijo de Dios. Sus
pecados han sido todos perdonados y ha sido aceptado en Cristo como justo; el
cielo, con todas sus glorias inefables, está ante usted, y usted está tan
seguro de estar en la gloria como Cristo mismo, por el simple hecho de estar
unido a él.
Así pues, Dios tiene ya todo dispuesto para usted, así para el tiempo como para
la eternidad, según el más profundo deseo de su corazón: Sus necesidades han
sido satisfechas, su culpa borrada, su paz establecida y su título asegurado.
No tiene nada que hacer usted: todo está divinamente terminado.
¿Qué es lo que resta? Simplemente esto: ¡Vivir para Cristo! Somos dejados aquí
por “un poco”, para ocuparnos de él, y para aguardar su venida.
¡Oh, procuremos ser fieles a nuestro bendito Señor! No nos desanimemos por
el estado de ruina de todo lo que nos rodea. Que el ejemplo de Daniel y de sus
honorables compañeros animen nuestro corazón para procurar una marcha más
elevada aquí abajo. Es nuestro privilegio gozar del compañerismo con el bendito
Señor Jesús, tanto como si estuviésemos en los gloriosos días del testimonio
apostólico.
¡Quiera el Espíritu Santo hacer que tanto el escritor como el lector de estas
líneas se empapen del espíritu de Cristo, anden en sus pisadas, manifiesten Sus
gracias y aguarden Su venida!
Traducido en 2011. ©
Este libro es propiedad de Ediciones bíblicas: Le
Chêne, 1166 Perroy (Suiza)