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EL
HOMBRE DE DIOS “A fin de que el hombre de Dios sea
perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:17) C. H. Mackintosh |
Introducción
El título que encabeza este artículo
es una expresión que aparece en la segunda epístola que el apóstol Pablo
escribió a su amado hijo Timoteo, la cual, como sabemos, se caracteriza por una
intensa individualidad. Todo estudiante atento de las Escrituras advierte el
sorprendente contraste entre las dos epístolas de Pablo a Timoteo. En la
primera,
Y precisamente en esta epístola,
con su propio carácter individual, la expresión “el hombre de Dios” se emplea
con esa fuerza y significado tan obvios. En tiempos de ruina, de fracaso, de
decadencia y de confusión generales, es cuando más hace falta la fidelidad,
devoción y determinación del hombre de Dios. Y es una señal de gracia para él,
saber que, a pesar del irremediable fracaso de
Éste es un hecho sumamente
alentador y consolador, establecido por muchas pruebas irrefutables, y que está
expuesto en el mismo pasaje de donde tomamos el título de este artículo; un
pasaje de singular valor y poder, que citamos a continuación:
“Pero persiste tú en lo que has
aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la
niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para
la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda
Vemos aquí al “hombre de Dios”
en medio de toda la ruina y confusión, de las herejías y las depravaciones
morales de los últimos días, con sus rasgos individuales característicos:
“perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Y, podemos preguntar,
¿qué más podría decirse de los días más brillantes de
Y ¿no es una señal de gracia
para todos los que desean seguir fielmente a Dios, en un día oscuro y malo,
saber que, a pesar de todo el mal, el error, la oscuridad y la confusión,
poseen aquello que puede hacer a un niño “sabio para la salvación”, y a un
hombre, “perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”? Sin duda que lo
es; y debemos alabar a nuestro Dios por ello, con corazones plenos y
rebosantes. Es una gran bendición, en días como estos, tener acceso a la fuente
eterna del inspirado Libro, donde tanto el niño como el hombre pueden
encontrarse a beber y saciarse; a esa fuente cristalina cuyo fondo no se puede
ver ni alcanzar por su inmensurable profundidad; a ese Libro incomparable e
inapreciable, que encuentra al niño en el regazo de su madre y lo hace sabio
para la salvación, y al hombre en la etapa más avanzada de su carrera práctica
y lo hace perfecto, enteramente preparado para las exigencias de cada día.
Antes de concluir este artículo, tendremos ocasión de considerar más
particularmente al “hombre de Dios”, así como también la fuerza y el
significado especial de este término. Estamos plenamente persuadidos de que
esta expresión tiene un alcance y un significado mucho más profundos de lo que
comúnmente se entiende por ella.
Consideremos, pues, en primer
lugar al hombre natural.
I. El hombre natural
El término «hombre natural» es
un término de amplísimo contenido. Bajo este título podemos encontrar todos los
matices posibles de carácter, temperamento y actitud.
Sobre la base de su naturaleza,
el hombre se mueve entre dos extremos: se lo puede ver en el nivel más alto
posible de culturización, o en el punto más bajo de su degradación. Podemos
verlo rodeado de todas las ventajas, los refinamientos y de las llamadas
dignidades del mundo civilizado, o encontrarlo hundido en las costumbres más brutales
y vergonzosas del mundo salvaje. Podemos verlo en los casi innumerables grados,
rangos, clases y castas en que se ha distribuido la familia humana. Y dentro de
una misma casta o clase social, podemos encontrar también los más vívidos
contrastes en la forma de ser de su carácter, temperamento y disposición.
Encontramos, por ejemplo, un hombre de temperamento tan atroz que realmente
causa horror a todo aquel que lo conoce; es la peste de su entorno familiar y
una pesada carga para la sociedad. Puede ser comparado a un puerco espín que
tiene siempre las púas erizadas, y si uno se encuentra con él una vez, no
querrá volverlo a ver nunca más. También podemos encontrar a un hombre con el
temperamento más dulce y el carácter más agradable. Es tan atractivo como el
otro repulsivo. Es tierno y amoroso, un esposo fiel, un padre bondadoso,
afectuoso y atento; un patrón considerado y generoso; un vecino amable y
cordial; un amigo desinteresado y querido por todos, y justamente, cuanto más
lo conocen, más lo estiman, y el que lo encuentra una vez, le resulta tan
agradable que querrá volver a verlo siempre.
Sobre la base de la naturaleza,
podemos hallar además a un hombre falso y embustero de tomo y lomo; que se
complace en la mentira, el fraude y el engaño; y aunque no tenga un objeto que
sirva a sus propios intereses, nada que ganar, prefiere mentir antes que decir
la verdad. Es un hombre vil y despreciable en todos sus pensamientos, palabras
y actitudes, tanto que a nadie le agradaría tenerlo cerca. Por otra parte,
podemos encontrar a un hombre de grandes principios, franco, honorable,
generoso y recto, para quien sería repugnante decir una mentira o cometer un
acto vil. De reputación intachable, y de carácter excepcional. Su palabra es
tomada muy en cuenta; es una persona con la cual a todos les gustaría tratar,
de un carácter natural casi perfecto; un hombre de quien se podría decir: le falta una sola cosa.
Finalmente, a medida que nos
movemos a lo largo de la gran plataforma de la naturaleza humana, nos podemos
encontrar con el ateo, que gusta de negar la existencia de Dios. También está
el infiel que niega la revelación de Dios, el escéptico y el racionalista que
no creen en nada y, del otro lado, podemos hallar al devoto supersticioso que
ocupa su tiempo en ayunos y oraciones, en ordenanzas y ceremonias, y que se
siente seguro de haber ganado un lugar en el cielo por haber cumplido una serie
de largos y tediosos ritos religiosos que en realidad lo hacen incapaz de
desempeñar las funciones y responsabilidades propias de la vida doméstica y
social. Podemos encontrar hombres con opiniones religiosas de todos los matices
imaginables: iglesia alta, iglesia baja, iglesia ancha o sencillamente ninguna
iglesia; hombres que, sin una chispa de vida divina en sus almas, pugnan por
las formas sin poder de una religión tradicional.
Ahora bien, hay un solo hecho,
solemne y grandioso, común a todas estas diversas clases, castas, grados y
condiciones de los hombres que están en el terreno de la naturaleza: que no hay
ni un solo lazo entre ellos y el cielo; ni un solo lazo entre ellos y el Hombre
que está sentado a la diestra de Dios; ni un solo lazo con la nueva creación.
Todos están sin Cristo y sin esperanza. Son inconversos. No tienen la vida
eterna. En lo tocante a Dios, a Cristo, a la vida eterna y al cielo, todos
―aun cuando difieren moral, social o religiosamente― se encuentran
sobre una base común: están alejados de Dios, sin Cristo, en sus pecados, en la
carne, son del mundo y van camino al infierno.
Dicho esto, se sigue, como
consecuencia terrible y necesaria, que todos los que están situados sobre el
terreno de la naturaleza, tienen frente a ellos las llamas de un infierno
eterno. Nadie que oye la voz de la santa Escritura pasará por alto este gran
hecho. Los falsos maestros pueden negarlo. Los infieles pueden pretender
sonreír con desprecio ante tal pensamiento; pero
Sería el colmo de la insensatez
que alguien busque dejar de lado el claro testimonio de
¡Qué tremendo pensamiento! ¡Qué
consideración más abrumadora! ¡Ojalá que hable, con vivo poder, al alma del
lector inconverso, y lo lleve a exclamar, con sinceridad de corazón: “¿Qué debo
hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30)! La divina respuesta se encuentra en las
siguientes palabras que salieron de los labios de dos de los más altos y dotados
embajadores de Cristo: “Arrepentíos y convertíos” (Hechos 3:19), dijo Pedro al
judío. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”, dijo Pablo
al gentil. Y, de nuevo, el último de estos dos benditos mensajeros, al resumir
su propio ministerio, define todo el asunto con estas palabras: “Testificando a
judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en
nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21).
¡Qué simple, pero qué real! ¡Qué
profundo y qué tremendamente práctico! No es una mera fe intelectual, teórica o
puramente de nombre. No es meramente decir «yo creo». ¡Ah, no! Es algo mucho
más profundo y más serio que esto. Mucho es de temer que una gran cantidad de
fe que se profesa en nuestros días sea desgraciadamente superficial, y que gran
cantidad de personas que asisten a las reuniones y conferencias sean oyentes
junto al camino y de terreno pedregoso (Mateo 13). El arado nunca ha pasado
sobre ellos. El barbecho nunca ha sido arado (véase Oseas 10:12). La flecha de
la convicción nunca los ha alcanzado hasta el fondo; nunca han sido
quebrantados. Nunca han dado un giro completo ni sufrido un cambio radical. La
predicación del Evangelio a tales personas es como esparcir preciosas semillas
en el duro pavimento o sobre un camino apisonado. Nunca penetra en las
profundidades del alma, no alcanza la conciencia ni el corazón. La semilla
queda en la superficie, y es arrastrada por el primer viento que pasa.
Y esto no es todo. Mucho es de
temerse también que gran número de los predicadores de hoy, en sus esfuerzos
por simplificar el Evangelio, pierden de vista la eterna necesidad de
arrepentimiento, y la necesidad esencial de la acción del Espíritu Santo, sin
la cual la supuesta fe es un mero ejercicio humano que desaparece como la
niebla de la mañana, dejando al alma todavía en la región de la naturaleza,
satisfecha consigo misma, recubierta con el lodo suelto de un evangelio
simplemente humano que grita “¡Paz! ¡paz! cuando no hay paz”, pero el peligro
es inminente (véase Ezequiel 13:10; Jeremías 6:14).
Todo esto es muy serio, y
debería conducir a un profundo ejercicio de alma. Llamamos la atención del
lector para que dé a esta cuestión una seria e inmediata consideración. Le
suplicamos que responda ahora a la siguiente pregunta: «¿Tiene Ud. la vida eterna?» «¿La tiene?». “El que cree en el Hijo
tiene vida eterna” (Juan 3:36). ¡Qué gran realidad! Si no la tiene, no tiene
nada. Todavía está sobre la base de la naturaleza, de la cual tanto hemos
hablado. Sí, todavía está allí, sin importar si es el mejor de los ejemplos que
hemos presentado: amable, culto, atento, franco, generoso, leal, honesto,
encantador, querido, ilustrado, instruido, e incluso piadoso en un sentido
puramente humano. Usted puede ser todo esto y, sin embargo, no tener una sola
pulsación de vida eterna en su alma.
Esto puede sonar duro y severo.
Pero es la verdad. Tarde o temprano descubrirá que es la verdad. Quisiéramos
que se de cuenta de esto ahora. Que
vea que está en total bancarrota, en el más amplio sentido del término. Una
declaración de quiebra ha sido formulada contra usted en el tribunal superior
del cielo. “Los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8,
VM). ¿Ha ponderado alguna vez estas palabras? ¿Ha visto alguna vez estas
palabras aplicadas a su propia vida? Mientras permanezca sin arrepentirse, sin
convertirse y sin creer, no puede hacer ni una sola cosa que agrade a Dios. Ni
una sola. “En la carne” y «sobre la base de la naturaleza» significan lo
mismo; y mientras usted esté allí, en esa condición, no puede agradar a Dios.
“Es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7); debe ser renovado desde lo más
profundo de su ser. Una naturaleza no renovada es absolutamente incapaz de ver
el reino de Dios, y de entrar en él. Debe nacer “de agua y del Espíritu”, esto
es, por
¡Qué claro! ¡Qué inequívoco!
¡Qué rotundo! ¡Qué personal es todo esto! ¡Cuán sinceramente deseamos que el
lector que no ha sido despertado, o que se muestra indeciso, pueda recibirlo en
su corazón hoy mismo, como si fuese la única persona sobre la faz de la tierra!
De nada le servirá generalizar y contentarse simplemente con decir que «todos
somos pecadores». No. Es un asunto sumamente personal. “Es necesario nacer de
nuevo”; y si preguntara de nuevo: “¿Cómo?”, oiga la divina respuesta de los
labios del mismo Maestro: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto,
así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que
en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14-15).
Éste es el remedio divino para
un corazón quebrantado y una conciencia afligida; para todo pecador irremediablemente
perdido, que merece el infierno; para todo aquel que reconoce su ruina, que
confiesa sus pecados, y que se juzga a sí mismo. Toda alma cansada y cargada,
agobiada por el peso de sus pecados, tiene aquí la bendita promesa de Dios.
Jesús murió, para que usted pudiera vivir. Fue condenado, para que usted
pudiese ser justificado. Bebió la copa de la ira, para que usted pudiera beber
“la copa de la salvación”. Contémplelo colgando en una cruz por usted. Vea lo
que hizo a su favor: Satisfizo todas las demandas —las infinitas y eternas
demandas— del trono de Dios; cargó con todos sus pecados; llevó sobre sí todas
sus culpas; lo representó delante de Dios, y puso fin a su entera condición de
pecador. Vea que Su muerte expiatoria respondió perfectamente a todo lo que
estaba o pudiera estar en su contra. Véalo resucitando de entre los muertos,
una vez que hubo acabado todo. Véalo ascendiendo a los cielos, llevando en su
divina persona las marcas de una expiación consumada. Contémplelo sentado en el
trono de Dios, en el lugar más alto del poder, coronado de honra y de gloria.
Crea en él, y recibirá el don de la vida eterna, el sello del Espíritu Santo y
las arras de la herencia. Pasará del terreno de lo natural, a ser “un hombre en
Cristo” (2 Corintios 12:2).
II. Un hombre en Cristo
A todos aquellos cuyos ojos
fueron abiertos para ver su verdadera condición natural, que fueron convencidos
de pecado por el poder del Espíritu Santo, y que no conocen el verdadero
significado de un corazón quebrantado y de un espíritu contrito, les resultará
profundamente interesante conocer el divino secreto del reposo y la paz. Si es
verdad —y lo es porque Dios lo dice— que “los que están en la carne no pueden
agradar a Dios” (Romanos 8:8, VM), ¿cómo hacer, pues, para no estar en la
carne? ¿Cómo puede uno traspasar los límites de su naturaleza caída? ¿Cómo
puede alcanzar la bendita posición de aquellos de quienes el Espíritu Santo
declara: “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu” (Romanos
8:9)?
Estas, seguramente, son
preguntas trascendentales. Porque debemos saber y recordar que ninguna mejora
de nuestra vieja naturaleza tiene valor alguno en cuanto a nuestra posición
delante de Dios. Está muy bien, en lo que a esta vida se refiere, que un hombre
haga todos los esfuerzos posibles para mejorarse a sí mismo, cultivando su
mente, desarrollando su memoria, elevando su tono moral, progresando en su
posición social. Todo esto es perfectamente cierto, tanto que no admite
discusión ni duda alguna.
Pero aun cuando admitimos
plenamente la verdad de todo esto, no altera en lo más mínimo la solemne y
arrolladora declaración del inspirado apóstol de que “los que están en la carne
no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8, VM).
Debe haber una posición
totalmente nueva, y esta nueva posición no puede ser alcanzada por ningún
cambio de la vieja naturaleza —ni por sus hechos, palabras ni sentimientos, por
ninguna ordenanza religiosa, rezos, limosnas ni sacramentos—. Haga lo que haga
con su naturaleza, ésta seguirá siendo la misma. “Lo que es nacido de la carne,
carne es”; y haga lo que haga con la carne, no la puede hacer espíritu. Debe
haber una nueva vida, una vida que fluye del nuevo hombre, del postrer Adán, el
cual, por su resurrección, llegó a ser
¿Cómo puede obtenerse esta vida
tan preciosa? Oiga la memorable respuesta; sí, óigala querido lector
angustiado, y viva: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y
cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha
pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).
Aquí tenemos un cambio total de
posición: pasamos de muerte a vida, de una posición en la cual no existe ni un
solo vínculo con el cielo, con la nueva creación ni con el Hombre resucitado en
la gloria, a una posición en la cual no existe un solo vínculo con el primer
hombre, con la vieja creación y con el presente siglo malo. Y todo esto es por
creer en el Hijo de Dios: no simplemente por decir que creemos, sino por creer
realmente y de todo corazón en el Hijo de Dios; no por una fe intelectual,
teórica o puramente de nombre, sino creyendo con el corazón. Sólo así es
posible llegar a ser “un hombre en Cristo”.
Todo verdadero creyente es un hombre en Cristo. Ya sea un
convertido en el día de ayer o un anciano de cabellos blancos que está en el
camino del Señor desde hace cincuenta o sesenta años, ambos se encuentran
exactamente en la misma posición en Cristo. No puede haber ninguna diferencia
aquí. El estado práctico de cada uno puede diferir enormemente; pero la posición
que ocupan en Cristo es exactamente la misma. En el plano de la mera naturaleza
—como lo dijimos— podemos encontrar personas de todos los matices, grados,
clases y condiciones imaginables, pero todas están en la misma posición. En el
nuevo plano divino, celestial, la condición práctica de cada uno también varía
en gran manera. Podemos encontrar creyentes con enormes diferencias en
inteligencia, experiencia y poder espiritual, pero todos poseen la misma
posición delante de Dios: todos están en Cristo. No puede haber ninguna
diferencia de grado en cuanto a la posición, aunque sí la hay en cuanto al
estado práctico de cada uno.
Lo
repetimos, tanto el convertido de ayer como el anciano que es padre en Cristo, están
en pie de igualdad en cuanto a su posición en Cristo. Cada uno es un hombre en
Cristo y ninguno puede superar al otro en esto. A veces oímos hablar de «La
vida cristiana superior», pero, estrictamente hablando, no hay tal cosa como
una vida cristiana más elevada o más
baja, porque Cristo es la vida de
cada creyente. Puede que los que utilicen estos términos quieran referirse a
algo correcto. Probablemente se refieran a las etapas superiores de la vida cristiana: a un mayor acercamiento a
Dios, una mayor semejanza a Cristo, un mayor poder en el Espíritu, una mayor
consagración, una mayor separación respecto del mundo. Pero todas estas cosas
tienen que ver con nuestro estado, y no con nuestra posición en Cristo, la cual
es absoluta, eterna e inmutable. Si no estamos en Cristo, estamos en nuestros pecados;
pero si estamos en Cristo, no podemos
alcanzar un grado más alto en cuanto a posición.
Si el lector se vuelve unos
instantes a 1 Corintios 15:45-48, encontrará una poderosa enseñanza sobre esta
gran verdad fundamental. El apóstol habla aquí de dos hombres: “El primer
hombre” y “el segundo hombre”. Y nótese con atención que el segundo Hombre no
tiene absolutamente ninguna vinculación con el primero, sino que está en
contraste con él. Él mismo es la fuente de vida, nueva, divina, independiente y
celestial. El primer hombre fue enteramente desechado como criatura culpable y
perdida. Nos referimos a Adán como cabeza de toda la raza humana. En lo
personal, fue salvo por gracia, pero si lo vemos como representante de la raza
humana, ha fracasado irremediablemente. El primer hombre es una completa ruina.
Esto lo demuestra el hecho de que hay un segundo Hombre; porque podemos
verdaderamente decir de los dos hombres, lo mismo que se dice de los pactos:
“Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera
procurado lugar para el segundo” (Hebreos 8:7). El mismo hecho de que haya sido
introducido un segundo Hombre constituye la prueba del completo fracaso del
primero. ¿Por qué fue necesario un segundo si se hubiese podido hacer algo con el
primero? Si nuestra vieja naturaleza adámica hubiese sido capaz de ser
mejorada, no habría habido ninguna necesidad de algo nuevo. Pero “los que están
en la carne no pueden agradar a Dios”. “Porque en Cristo Jesús ni la
circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Romanos
8:8, VM; Gálatas 6:15).
Hay un inmenso poder moral en
toda esta línea de enseñanza. Ésta pone el cristianismo en un sorprendente y
vivo contraste con toda forma de religiosidad debajo del sol. Tomemos el judaísmo
o cualquier otro tipo de religión que alguna vez se hubiere conocido o que
ahora existe en el mundo, y ¿qué es lo que encontramos?: Que todas
invariablemente han sido concebidas con el propósito de poner a prueba, mejorar
o reformar al primer hombre.
Pero, ¿qué es el cristianismo?
Es algo enteramente nuevo, celestial, espiritual, divino. Está basado en la
cruz de Cristo, en la cual el primer hombre llegó a su fin, en donde el pecado
fue juzgado y quitado de en medio y donde el viejo hombre fue crucificado y
puesto fuera de la presencia de Dios para siempre, en lo que respecta a todos
los creyentes. Para la fe, la cruz pone fin a la historia del primer hombre.
“Con Cristo estoy juntamente crucificado” —dice el apóstol—, y también: “Los
que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas
2:20; 5:24).
¿Son éstas meras figuras
retóricas, o las poderosas palabras del Espíritu Santo que declaran el gran
hecho de que nuestra vieja naturaleza ha sido desechada por no valer
absolutamente nada y estar condenada? Sin duda que esto último. El cristianismo
comienza, por decirlo así, con la tumba abierta del segundo Hombre, para
continuar su brillante carrera hacia la gloria eterna. Es, decididamente, una
nueva creación, en la cual no hay un solo ápice de las cosas viejas, pues
“todas las cosas son de Dios” (2 Corintios 5:18, VM), y, si “todas las cosas”
son de Dios, no puede haber absolutamente nada del hombre.
¡Qué reposo! ¡Qué consuelo! ¡Qué
fuerza! ¡Qué elevación moral! ¡Qué dulce alivio para las pobres almas cargadas
que han buscado vanamente, por años tal vez, encontrar la paz mediante el
mejoramiento de uno mismo! ¡Qué liberación de la miserable esclavitud del
legalismo, en todas sus fases, se obtiene al encontrar el precioso secreto de
que mi yo culpable, perdido y arruinado —aquello que yo, por todos los medios
posibles, he estado tratando de mejorar—, ha sido dejado de lado completamente
y para siempre; que Dios no busca ninguna enmienda en él; que ha condenado al
yo y lo hizo morir en la cruz de su Hijo! ¡Qué respuesta hay aquí para el
monje, el asceta y el ritualista! ¡Oh, si este cristianismo celestial, divino,
espiritual, fuera comprendido en todo su poder emancipador; si sólo fuese
conocido en su poder y realidad vivientes, seguramente liberaría al alma de las
mil y una formas de corrupción religiosa mediante la cual el principal
engañador y enemigo está arruinando a millones de almas! Podemos decir
verdaderamente que la obra maestra de Satanás, su esfuerzo más exitoso contra
la verdad del Evangelio, contra el cristianismo del Nuevo Testamento, se ve en
el hecho de que conduce a la gente inconversa a adoptar y aplicar a sí mismos
ordenanzas de la religión cristiana y a profesar muchas de sus doctrinas. De
esta forma, ciega sus ojos e impide que vean su verdadera condición, arruinada,
perdida y culpable, y logra asestar un golpe mortal al puro Evangelio de
Cristo. El mejor remiendo que jamás se pudo haber puesto en el “vestido viejo”
de la naturaleza arruinada del hombre, es la profesión exterior de cristianismo
sin la vida divina; y cuanto mejor es el remiendo, peor se hace la rotura
(véase Marcos 2:21).
Escuchemos atentamente las tan
significativas palabras del apóstol Pablo, el mejor maestro y exponente del
verdadero cristianismo que el mundo jamás haya visto: “Porque yo por la ley soy
muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente
crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” —nótese que dice “no yo…
mas Cristo”— “y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de
Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:19-20)2.
Esto, y no otra cosa, es el
cristianismo; no “el viejo hombre” —la vieja naturaleza, el primer Adán—, que
se hace religioso, por más que su religión sea la profesión de las doctrinas
del cristianismo y la adopción de sus ordenanzas. No; es la muerte, crucifixión
y sepultura del viejo hombre —del viejo yo, de la vieja naturaleza—, y llegar a
ser un nuevo hombre en Cristo. Todo verdadero creyente es un nuevo hombre en
Cristo. Ha salido completamente del terreno de la vieja creación —del viejo
estado de pecado y de muerte, de culpabilidad y de condenación—, y ha pasado al
terreno de la nueva creación, a un nuevo estado de vida y de justicia en un
Cristo resucitado y glorificado,
Esta es la posición inalterable
del más débil creyente en Cristo. No hay absolutamente ninguna otra posición
para el cristiano. Yo debo estar en el primer hombre o en el segundo; no hay un
tercer hombre, porque el segundo Hombre es el postrer Adán. No hay término
medio. Estoy en Cristo o en mis pecados. Si estoy en Cristo, soy como él es
delante de Dios. “Como él es, así somos nosotros en este mundo (1 Juan 4:17).
No dice «como él fue», sino “como él es”; el cristiano es considerado por Dios
como uno con Cristo en todo respecto, excepto
en su Deidad, naturalmente, la cual es incomunicable. El adorable
Salvador ocupó el lugar del creyente en la cruz, llevó nuestros pecados, murió
nuestra muerte, pagó nuestra culpabilidad y nos representó en todo respecto.
Tomó todos nuestros pecados, todas nuestras deudas, todo lo que pertenecía al
pecador como hombre natural, fue nuestro sustituto en el más amplio y elevado
sentido de lo que este término significa. Y una vez que resolvió divinamente
nuestro caso y llevó nuestro juicio, se levantó de entre los muertos, y ahora
es
“¿Qué, pues, diremos?
¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera.
Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis
que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados
en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el
bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados
juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de
su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente
con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos
más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si
morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo,
habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más
de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto
vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero
vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).
Reparemos especialmente en las
siguientes palabras del pasaje citado: “los que hemos muerto”; “somos
sepultados juntamente con él”; “como Cristo resucitó… así también nosotros”;
“nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él”; “morimos con Cristo”;
“muertos al pecado”. Ahora bien, ¿entendemos realmente su verdadero alcance y
significado? ¿Advertimos verdaderamente su aplicación para nosotros? Son
preguntas que escudriñan el corazón; pero muy necesarias. La verdadera doctrina
del capítulo 6 de Romanos es poco comprendida. Hay miles de personas que
profesan creer en la eficacia de la muerte expiatoria de Cristo, pero que no
ven en ella nada más allá del perdón de sus pecados. No ven la crucifixión,
muerte y sepultura del viejo hombre; la destrucción del “cuerpo del pecado”; la
condenación del pecado; la entera abolición del viejo sistema de cosas
pertenecientes a su primera condición adámica; en una palabra, su perfecta
identificación con un Cristo muerto y resucitado. Por eso urgimos a todos los
lectores a considerar con la mayor atención esta importantísima línea de
verdad, la cual reside en la base misma de todo el verdadero cristianismo, y
forma una parte integral de la verdad del Evangelio.
Veamos todavía unas pruebas más
sobre este punto. Escuchemos lo que dice el apóstol a los colosenses: “Pues si
habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como
si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni
gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres)”
—así es como nos hablan los preceptos humanos, diciéndonos que no manejemos
esto, que no gustemos aquello, que no toquemos lo otro, como si hubiera algún
principio divino implicado en tales cosas— “cosas que todas se destruyen con el
uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto
voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno
contra los apetitos de la carne. Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad
las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la
mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en
Dios” (Colosenses 2:20-3-3).
Aquí nuevamente cabe
preguntarnos hasta qué punto hemos captado el verdadero sentido, el alcance y
la aplicación de palabras tales como éstas: “¿Por
qué, como si vivieseis en el mundo…?”. ¿Vivimos en el mundo o en el cielo?
¿Dónde? El verdadero cristiano es aquel que ha dejado el presente siglo malo
—que ha muerto al mundo—, y ya no tiene nada que ver con él, de la misma manera
que Cristo. “Como Cristo… así también nosotros” (Romanos 6:4). Él está muerto a
la ley, muerto al pecado: vivo en Cristo, vivo para Dios, vivo en la nueva
creación (véase Gálatas 2:19; Romanos 6:11). El cristiano pertenece al cielo;
está inscrito como ciudadano del cielo. Su religión, su política, sus
costumbres y principios morales, todo es del cielo. Es un hombre celestial que
camina en la tierra, y que cumple todos los deberes pertenecientes a las
diversas relaciones en que la mano del Padre lo ha colocado, y en las cuales la
palabra de Dios lo reconoce plenamente y lo guía ampliamente, tales como
esposo, padre, patrón, hijo, servidor y demás similares. El cristiano no es un
monje, un asceta ni un ermitaño. Es, lo repetimos, un hombre espiritual,
celestial, que está en el mundo, pero que no es del mundo. Es como un extranjero en lo que respecta a su residencia
aquí abajo. Está en el cuerpo por lo que respecta a su condición, pero no está
en la carne en lo que respecta al principio de su posición. Es “un hombre en Cristo”.
Antes de concluir esta sección,
quisiéramos dirigir la atención del lector al capítulo 12 de 2 Corintios, donde
encontrará de inmediato la positiva
posición del creyente y su posible
condición. Su posición es fija e inalterable, tal como lo establece esa
expresión de tan amplio alcance: “Un hombre en Cristo”. La condición del
creyente puede oscilar entre los dos extremos presentados en los primeros y en
los últimos versículos de este capítulo. Un cristiano puede estar en el tercer
cielo, en medio de las visiones seráficas de ese bendito y santo lugar, o bien
hundido en todas las cosas malas y groseras mencionadas en los versículos 20 y
21, si no vela.
Puede que se pregunte: «¿Es
posible que un verdadero hijo de Dios se encuentre alguna vez en una condición
moral tan baja como ésa?» ¡Lamentablemente, querido lector, eso es
perfectamente posible! No hay sima de pecado o de locura en la que un cristiano
no pueda caer en cualquier momento, si no es guardado por la gracia de Dios.
Hasta el mismo apóstol, cuando descendió del tercer cielo, necesitó “un aguijón
en la carne”, para que no se enalteciera sobremanera. Bien podríamos esperar
que un hombre que había sido arrebatado hasta esa brillante y bendita región,
jamás volviera a ser presa de sus sentimientos de orgullo. Pero el simple hecho
es que ni aun el tercer cielo es capaz de remediar la carne. Ésta es
absolutamente incorregible, y debe ser juzgada y mantenida en sujeción día a
día, hora tras hora, momento a momento; de lo contrario, tendremos mucho
trabajo penoso que hacer.
Sin embargo, nada puede alterar
la posición del creyente. Él está en Cristo para siempre, justificado, hecho
acepto y perfecto en Él, y nunca podrá ser otra cosa. Además, siempre debe
juzgar su estado en función de su posición, y nunca su posición en función de
su estado. El esfuerzo por alcanzar la posición dependiendo de nuestro estado,
es legalismo; mientras que negarse a
juzgar nuestro estado en función de la posición, es antinomianismo. Los dos —aunque tan diferente el uno del otro— son
igualmente falsos, opuestos a la verdad de Dios, ofensivos al Espíritu Santo y
completamente ajenos al pensamiento divino de “un hombre en Cristo”.
III. El hombre de Dios
Habiéndonos referido a temas tan profundamente interesantes como el hombre natural y un hombre en Cristo, nos queda ahora por considerar, en tercer y último lugar, un tema sumamente práctico, sugerido por el título de este escrito, a saber: el hombre de Dios.
Sería un grave error suponer que
todo cristiano es un hombre de Dios. Aun en los días de Pablo y Timoteo había
muchos que llevaban el nombre de cristianos, pero que en realidad estaban muy
lejos de conducirse como hombres de Dios, es decir, como aquellos que eran
verdaderamente hombres de Dios en medio del fracaso y del error que
ya entonces habían comenzado a introducirse furtivamente. La percepción de
este hecho es lo que hace que la segunda epístola a Timoteo sea tan
profundamente interesante. En ella encontramos lo que podemos llamar una amplia
provisión para el hombre de Dios en el tiempo en que es llamado a vivir: un
tiempo peligroso, oscuro y malo, seguramente, en el cual todos “los que quieren
vivir piadosamente” debe mantener los ojos fijos en Cristo mismo, en su Nombre,
en su Persona, en su Palabra, si quieren avanzar contra la corriente.
Es casi imposible leer la
segunda epístola a Timoteo sin sentirse impresionado por su carácter
intensamente individual. El mismo comienzo de la epístola es notablemente
característico: “Doy gracias a mi
Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar
me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día” (1:3).
¡Qué emotivas y encendidas palabras!
¡Qué conmovedor es escuchar a un hombre de Dios derramando los tiernos y
profundos sentimientos de su amoroso y gran corazón, en el corazón de otro
hombre de Dios! El querido apóstol estaba comenzando a sentir la fría indiferencia
que se estaba extendiendo rápidamente sobre la iglesia profesante. Estaba
probando la amargura de las esperanzas frustradas. Sintió el abandono de muchos
que una vez habían profesado ser sus amigos y compañeros en esa gloriosa obra a
la cual había dedicado todas sus energías. Muchos se avergonzaban del
“testimonio de nuestro Señor” y de Su prisionero. No es que hayan dejado de ser
cristianos ni que abandonaran la profesión cristiana; sino que le dieron
las espaldas a Pablo, dejándolo solo en el día de la prueba.
Ahora bien, en esas circunstancias, el
corazón se vuelve con especial ternura a una fe y un afecto individual. Si uno
estuviese rodeado de sinceros confesores de Cristo, de una gran nube de
testigos, de un gran ejército de buenos soldados de Jesucristo; si la corriente
de la devoción fluye alrededor de uno y simplemente lo lleva en su seno, no
dependería tanto de las simpatías y de la comunión individuales. Pero cuando el
estado general de cosas es bajo, cuando la mayoría se muestra infiel, cuando
los antiguos compañeros nos abandonan, es entonces cuando la gracia personal y
el verdadero afecto son especialmente valorados. El fondo oscuro de la
decadencia general, pone de relieve la devoción individual.
Esto es lo que vemos en la preciosa
epístola que estamos considerando. Hace bien al corazón escuchar las
comunicaciones del viejo prisionero de Jesucristo, que puede hablar de servir a
Dios desde sus mayores con limpia conciencia, y del incesante recuerdo de su
amado hijo y fiel compañero de yugo.
Es especialmente interesante notar que,
ya sea en referencia a su propia historia o a la de su amado amigo, Pablo
siempre se remonta a hechos de fecha muy temprana relacionados con la senda
individual de cada uno, anteriores al tiempo en que se conocieron, como también
al de, lo que podríamos llamar, sus asociaciones eclesiásticas —todos hechos
importantes e interesentes en su lugar—. Pablo había servido a Dios desde sus
mayores, con limpia conciencia, antes de conocer a otros cristianos; y pudo
seguir haciéndolo aun cuando lo abandonaron todos sus compañeros en la fe. Así
también, en el caso de su fiel amigo, dice: “Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó
primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que en ti
también” (1:5).
¡Qué bello y conmovedor es todo esto!
Quedamos asombrados por estas referencias a la vida anterior de estos amados
hombres de Dios. La “limpia conciencia” de uno y la “fe no fingida” del otro,
constituyen dos grandes cualidades morales que deben poseer todos aquellos que
son verdaderos hombres de Dios en un día oscuro y malo. La primera hace
inmediata referencia al único Dios vivo y verdadero en todas las cosas; la otra
encuentra todos sus recursos en Él. Aquélla nos conduce a caminar delante de Dios; ésta nos permite
caminar con Él. Ambas son
indispensables en la formación del carácter del verdadero hombre de Dios.
Es imposible sobreestimar la
importancia de mantener una limpia conciencia delante de Dios en todos nuestros
caminos. Es de un valor inestimable. Una conciencia pura impulsa a referir todo
a Dios. Nos guarda de ser sacudidos de un lado a otro por todas las olas y
corrientes de opiniones humanas. Comunica estabilidad y consistencia a toda nuestra
marcha y carácter. Todos estamos en inminente peligro de caer bajo la
influencia humana, de conformar nuestros caminos a los pensamientos de
nuestros semejantes, de adoptar sus ideas y sus pasatiempos.
Todo esto destruye el carácter de un
hombre de Dios. Si Ud. adopta el tono y carácter de sus semejantes; si
consiente ser formado en un molde meramente humano; si su fe se apoya en la
sabiduría del hombre; si su objetivo es complacer al hombre, entonces, en lugar
de ser un hombre de Dios, llegará a ser miembro de un partido o de una
asociación exclusivista. Perderá esa encantadora frescura y originalidad tan
esenciales para un siervo de Cristo, y estará caracterizado por los rasgos
distintivos y sobresalientes de una secta3.
Guardémonos cuidadosamente de esto, que
ha arruinado a muchos siervos valiosos. Muchos que hubieran podido ser
realmente trabajadores útiles en la viña, fallaron completamente por no
mantener la integridad de su carácter y de su senda individual. Ellos comenzaron
con Dios; iniciaron su carrera en el ejercicio de una conciencia limpia y en la
búsqueda de esa senda que la mano divina había trazado para ellos. Había en
ellos un florecimiento, frescor y verdor en los primeros tiempos, muy
refrescante y alentador para todos los que se relacionaban con ellos. Eran
enseñados por Dios. Se acercaban a la fuente eterna de
Pero, en vez de seguir con Dios,
cedieron ante la influencia humana. Adquirieron la verdad de segunda mano, y se
volvieron vendedores de los pensamientos de otros hombres. En vez de beber de
la propia Fuente, bebieron de las corrientes de la opinión humana; perdieron la
originalidad, la simplicidad, la frescura y el poder, y se hicieron meros
copistas, si no miserables caricaturas. En vez de derramar esos “ríos de agua viva”
que fluyen de todo verdadero creyente en Jesús, cayeron en los estériles
tecnicismos, y en las secas y metódicas expresiones formularias de la mera
religión sistematizada.
Querido lector cristiano, debemos
guardarnos cuidadosamente de todas estas cosas. Hemos de vigilar, orar para ser
guardados de ellas, creer que son perniciosas, y vivir a contracorriente de
ellas. Procuremos servir a Dios con limpia conciencia; vivamos en Su inmediata
presencia, a la luz de su bendito rostro, en la santa intimidad de la comunión
personal con él, por el poder del Espíritu Santo. Podemos estar seguros de que
éste es el verdadero secreto del poder del hombre de Dios en todo tiempo y en
cualquier circunstancia. Debemos caminar con Dios en el profundo y apreciado
sentido de nuestra propia responsabilidad personal hacia él. Esto es lo
que entendemos por una “limpia conciencia”.
Pero ¿tenderá esto, en el más mínimo
grado, a disminuir nuestro sentido del valor de la verdadera comunión, de la
santa comunión con todos aquellos que son fieles a Cristo? De ninguna manera;
en realidad, es precisamente lo que comunicará poder, energía y profundidad de
tono a la comunión. Si todo “hombre en Cristo” sólo se condujese cabalmente
como un “hombre de Dios”, ¡qué bendita comunión habría! ¡Qué trabajo de
corazón! ¡Qué brillo y qué inequívoco poder! ¡Qué diferente del frío formalismo
de un asentimiento meramente nominal dado a ciertos dogmas acreditados de un
partido, por un lado, y del esprit de corp4 de los círculos exclusivistas, por
otro!
Hay pocos términos tan comúnmente
usados y tan poco comprendidos como la palabra «comunión». En innumerables
casos, indica simplemente el hecho de una membresía nominal en algunas
denominaciones religiosas —un hecho que no ofrece ninguna garantía de que haya
una comunión viva con Cristo o una devoción personal a Su causa—. Si todos los
que están nominalmente «en comunión» se condujesen cabalmente como hombres de
Dios, ¡qué diferente estado de cosas tendríamos el privilegio de presenciar!
Pero, ¿qué es la comunión? Es, en su
expresión más elevada, tener un objeto común con Dios y compartir la misma
porción; siendo Cristo mismo ese objeto y esa porción: el Cristo conocido y en
quien nos gozamos por el Espíritu Santo. Esta es la comunión con Dios. ¡Qué
privilegio! ¡Qué dignidad! ¡Qué bendición inefable, que se nos permita tener un
objeto común y una parte común con Dios mismo! ¡Deleitarse en Aquel en quien Él
se deleita! No puede haber nada más elevado, nada mejor, nada más precioso que
esto. Ni siquiera en el cielo mismo conoceremos algo superior. Nuestra
propia condición será, gracias a Dios, completamente diferente. Habremos
terminado con este cuerpo de pecado y de muerte, y seremos revestidos con un cuerpo
de gloria. Habremos roto definitivamente con un mundo de pecado, de dolor y de
distracción, donde todo está directamente en oposición a Dios y a nosotros, y
respiraremos la atmósfera pura y cargada de hilaridad de aquel radiante y
bendito mundo de arriba. Pero, en lo que respecta a nuestra comunión, como es
ahora lo será entonces, “con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”, “en la luz”
(1 Juan 1:3, 7), y por el poder del Espíritu Santo.
Nos referimos bastante a nuestra
comunión con Dios. En cuanto a nuestra comunión los unos con los otros, es
simplemente una realidad mientras andamos en la luz, tal como lo leemos: “Si andamos en luz como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia
de todo pecado” (1 Juan 1:7). Sólo podemos tener comunión unos con otros
mientras andamos en la inmediata presencia de Dios. Puede haber mucho trato o
relación social sin una pizca de comunión
divina. ¡Lamentablemente, mucho de lo que pretende ser comunión cristiana, no
es más que pura palabrería religiosa, la superflua, inútil y desecante cháchara
del mundo religioso, nada más miserablemente infructuoso! Es verdad que la
verdadera comunión cristiana puede ser solamente gozada en la luz. Sólo cuando
estamos andando individualmente con Dios en el poder de la comunión personal,
tenemos realmente comunión los unos con los otros; y esta comunión consiste en
gozar de Cristo verdaderamente con el corazón, como nuestro único objeto y como
nuestra porción común. No es el empleo puramente intelectual de ciertas
doctrinas preferidas que recibimos para tener en común. No es la simpatía
mórbida con aquellos que piensan, ven y sienten igual que nosotros respecto de
alguna teoría o dogma favorito. Es algo completamente diferente de todo esto. Es
deleitarse en Cristo, juntamente con todos aquellos que andan en la luz;
apegarse a su Persona, a su Nombre, a su Palabra, a su causa, a los suyos. Es
una consagración conjunta, de corazón y de alma, a Aquel “que nos amó, y nos
lavó de nuestros pecados con su sangre” y nos trajo a la luz de la presencia de
Dios, para que andemos allí con él y los unos con los otros. Nada menos que
esto es la comunión cristiana; y cuando se comprende realmente, nos conducirá a
hacer una pausa y considerar lo que decimos cuando en un determinado caso
afirmamos: «tal persona está en comunión».
Pero debemos proseguir con nuestra
epístola y ver la plena provisión que hay en ella para el hombre de Dios, por
más oscuro que sea el tiempo que le toque vivir.
Hemos visto la importancia, o, mejor
dicho, la indispensable necesidad de tener una “conciencia limpia” y una “fe no
fingida” en el equipamiento moral del hombre de Dios. Estas cualidades
conforman el mismo cimiento de todo el edificio de la piedad práctica que
siempre debe caracterizar a un auténtico hombre de Dios.
Pero hay aún más que esto. El edificio
debe ser levantado, de la misma forma que se echó el cimiento. El hombre de
Dios tiene que trabajar en medio de todo tipo de dificultades, pruebas, penas,
desalientos, obstáculos, preguntas y controversias. Tiene un vacío que llenar,
un camino que conducir, un trabajo que hacer. Venga lo que viniere, debe
servir. El enemigo se puede oponer, el mundo puede mirar de mal ojo, la Iglesia
puede estar en ruinas alrededor de él, falsos hermanos pueden poner trabas,
frustrar esfuerzos y marcharse; pueden surgir peleas, controversias y
divisiones que oscurecen la atmósfera; pero, a pesar de todas estas cosas, el
hombre de Dios debe seguir adelante, trabajando, sirviendo, testificando,
dentro de la esfera de actividad en que la mano de Dios lo ha colocado, y según
el don que le haya sido conferido. ¿Cómo se lleva a cabo esto? No solamente manteniendo una
conciencia limpia y ejercitando una fe no fingida —¡preciosas e indispensables
cualidades, sin duda!—, sino que, además, tiene que escuchar con atención estas
importantes palabras de exhortación: “Por lo cual, te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que
está en ti por la imposición de mis manos” (1:6).
El don debe ser avivado, porque si lo
dejamos dormido, se volverá inservible. Existe un gran peligro de dejar que el
don caiga en desuso, a causa de las desalentadoras influencias de las
circunstancias que nos rodean. Un don que no se usa, pronto se vuelve inútil;
en cambio, un don que es avivado y diligentemente utilizado, crece y se
expande. No basta con poseer un don, debemos ocuparnos del don, cultivarlo y
ejercitarlo: ésta es la forma de mejorarlo.
Y observemos la fuerza especial de la expresión “el don de Dios”.
En Efesios 4:7, leemos del “don de Cristo”, y allí también encontramos todos
los dones, desde el rango más alto al más bajo, provenientes de Cristo, la
Cabeza resucitada y glorificada de Su cuerpo, la Iglesia. Pero en 2 Timoteo,
esto se halla definido como “el don de Dios”. Es verdad que Cristo nuestro
Señor —¡bendito sea su santo nombre!— es “Dios sobre todas las cosas, bendito
por los siglos”, por lo que el don de Cristo es el don de Dios. Pero podemos
estar seguros de que nunca hay ninguna distinción en la Escritura en la que no
se aprecien diferencias; y de ahí que alguna buena razón hay para que se
utilice la expresión “el don de Dios”. No dudamos de que esté en plena armonía
con la naturaleza y el objeto de la epístola en la que aparece. Es “el don de
Dios” comunicado al “hombre de Dios”, para ser usado por él, a pesar de la
irremediable ruina de la iglesia profesante y de todas las dificultades, la
oscuridad y el desaliento del tiempo en el cual le toca vivir.
El hombre de Dios no debe permitir que
se le impida cultivar y ejercitar diligentemente su don, aunque todo parezca
tinieblas y obstáculos, porque “Dios
no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”
(1:7). Nuevamente “Dios” es presentado a nuestros pensamientos, y ello, a su
vez, con una gracia especial, al proveer a su hombre con todo lo necesario para
satisfacer las exigencias particulares de su tiempo: “Espíritu de poder, de
amor y de dominio propio”. ¡Qué maravillosa combinación! ¡De hecho, un exquisito
compuesto preparado “según el arte del perfumista”! ¡Poder, amor y sabiduría!
¡Qué perfecto! Ni un solo ingrediente de más. Si fuera solamente
un espíritu de poder, podría inducirnos a llevar las cosas de forma
arrogante y dictatorial; si fuera sólo un espíritu de amor, podría inducirnos a
sacrificar la verdad por causa de la paz y la armonía, o a tolerar
indolentemente el error y el mal, en lugar de ofender. Pero el poder se suaviza
por el amor, y el amor se fortalece por el poder; además, el espíritu de
sabiduría se agrega para concertar el poder y el amor. En una palabra, todo es
una hermosa y divinamente perfecta provisión para el hombre de Dios. Es
justamente lo que necesita para “los
postreros días” tan peligrosos, tan difíciles, tan llenos de todo tipo
de preguntas desconcertantes y de aparentes contradicciones. Si a uno se le
preguntara qué consideraría más necesario para tiempos como éstos, seguramente
diría: “poder, amor y dominio propio”. Pues bien, ¡bendito sea Dios!, esas son
precisamente las cosas que nos ha dado en su gracia para formar el
carácter, moldear la marcha y gobernar la conducta del hombre de Dios
hasta el final.
Pero hay aún más provisión y
exhortación para el hombre de Dios: “Por
tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso
suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios”
(1:8). En los días de Pentecostés, cuando la poderosa y rica corriente de la
divina gracia fluía y se llevaba consigo a miles de almas rescatadas; cuando
todos eran de un corazón y un alma cuando los que estaban fuera se sobrecogían
de temor a causa de las extraordinarias manifestaciones del poder divino, se
trataba más bien de participar de los triunfos del Evangelio que de sus
aflicciones. Pero en los días contemplados en 2 Timoteo, todo es diferente. El
amado apóstol estaba solo, prisionero en Roma; todos los que estaban en Asia lo
habían abandonado. Himeneo y Fileto negaban la resurrección. Todo tipo de
herejías, errores y males se estaban infiltrando. Los límites fijados por los
antiguos corrían peligro de ser arrastrados por la corriente de la apostasía y
la corrupción.
Frente a todo esto, el hombre de Dios
debe cobrar ánimo y valor para esa ocasión. Debe sufrir penalidades, retener la
forma de las sanas palabras, guardar el buen depósito que le ha sido
encomendado, esforzarse en la gracia que es en Cristo Jesús, no enredarse en los negocios de esta vida
—aunque bien puede estar ocupado en
sus actividades ordinarias—; debe mantenerse libre como soldado, aferrarse al
firme fundamento de Dios, purificarse de los vasos para deshonra dentro de la
casa grande, huir de las pasiones juveniles, y seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de
corazón limpio invocan al Señor”. Debe evitar “las cuestiones necias e
insensatas”, apartarse de los profesantes sin vida y puramente formales; estar
enteramente preparado para toda buena obra, y perfectamente equipado con el
conocimiento de las Sagradas Escrituras. Debe predicar la palabra, instar a
tiempo y fuera de tiempo, ser vigilante en todas las cosas, soportar las
aflicciones y hacer la obra de evangelista.
¡Qué categoría para un hombre de Dios!
¿Quién es suficientemente apto para estas cosas? ¿Dónde se obtiene el poder
espiritual práctico para tales trabajos? En el propiciatorio. El hombre de Dios
hallará este poder en la paciente, diligente y confiada dependencia del Dios
viviente, y en ninguna otra cosa. Todos nuestros recursos están en Él; sólo
tenemos que acercarnos a él, quien es suficiente para el día más oscuro. Las
dificultades son nada para él, y son sustento para la fe. En efecto, las
dificultades más graves, son simplemente sustento para la fe, y el hombre de fe
puede alimentarse de ellas y crecer y hacerse fuerte. La incredulidad dirá:
“¡Hay un león rugiente en el
camino!”; pero la fe puede matar al león más fuerte que ruja en el camino del
nazareo de Dios. Es el privilegio de todo verdadero creyente estar muy por
encima de todas las influencias hostiles que lo rodean —sin importar cuáles
sean ni de dónde provengan—, y, en la calma, la quietud y el resplandor de la
presencia divina, gozar de una comunión tan elevada, y gustar de tan ricos y
extraordinarios privilegios, como jamás se conoció en los días más brillantes y
prósperos de
Todo hombre de Dios necesita recordar
esto. No se obtiene ningún consuelo, ninguna paz, ninguna fuerza ni poder moral
ni ninguna verdadera elevación contemplando las ruinas. Debemos mirar hacia
arriba, fuera de las ruinas, al lugar donde se sentó nuestro Señor Jesucristo,
a la diestra de
Pero debemos terminar. Nos gustaría explayarnos sobre el contenido
de esta preciosa segunda epístola a Timoteo. Sería realmente refrescante
detenernos en todas sus conmovedoras alusiones, sus serios llamamientos, sus
importantes exhortaciones. Pero esto demandaría un volumen entero, por lo que
debemos dejar que el lector cristiano estudie la epístola por sí mismo, rogando
que el Espíritu eterno, quien inspiró lo escrito, lo revele y lo aplique, con
vivo poder, a su alma, a fin de que pueda conducirse como un fiel y fervoroso
hombre de Dios y siervo de Cristo, en medio de un escenario de profesión hueca,
y de una religiosidad mundana y sin vida.
¡Quiera el buen Señor despertar en nosotros una más plena
consagración —en cuerpo, alma y espíritu, en todo lo que somos y en todo lo que
tenemos— a Su servicio! ¡Creemos que realmente podemos decir que suspiramos por
esto, con un profundo sentido de nuestra falta de ello; y más lo anhelamos
cuanto más nos cansamos de la condición de cosas sin realidad, dentro y
alrededor de nosotros!
Querido
lector, clamemos con fervor, con fe y con perseverancia a nuestro Dios siempre
misericordioso para que nos haga más sinceros, más reales y más fervientes; más
fieles a nuestro Señor Jesucristo en todas las cosas.
NOTAS
1 El
lector debe saber que la palabra vertida «perfecto» aparece únicamente aquí en
todo el Nuevo Testamento. Esta palabra (en griego:
αρτιος) significa «dispuesto», «completo», «bien
ajustado», como un instrumento con todas sus cuerdas, una máquina con todas sus
partes, un cuerpo con todos sus miembros, coyunturas, músculos y nervios. El
término corriente para «perfecto» es, en griego,
τελειος, el cual significa «el alcance del fin moral», en algo determinado.
2 El lector debe distinguir el significado de la expresión
“en la carne” en Gálatas 2:20 y en Romanos 8:8-9 (Versión Moderna). En el
pasaje de Gálatas, “en la carne” se refiere simplemente a nuestra condición en
el cuerpo —a nuestra vida natural en la tierra—; mientras que en Romanos, la
misma expresión pone de manifiesto el principio o fundamento de nuestra
posición. El creyente está en el cuerpo,
en cuanto a su condición; pero no
está en la carne en lo que respecta al principio de su posición. Si examinamos con mayor profundidad las palabras de
3 N. del T.— En inglés, el término sect se aplica generalmente a una denominación o división (y en este sentido lo emplea el autor)
dentro del ámbito religioso, y no necesariamente tiene que ver con falsas
doctrinas (ya que por lo general se trata de «sectas o denominaciones
ortodoxas» en lo que a doctrinas fundamentales se refiere). En castellano, si
bien la definición es compleja, lo que más comúnmente se entiende por secta dentro del protestantismo (como un grupo religioso que se ha
desviado de la verdad bíblica fundamental, así como de la salvación por gracia,
de modo que no se puede hablar de que sus adherentes sean salvos en el sentido
bíblico del término), en inglés se dice cult.
La definición bíblica de secta es
simplemente un partido o división.
4 N. del T.— La locución esprit de corps,
según el Dictionnaire de L'académie française (8 ème édition), significa
«Adhesión de los miembros de una corporación a las opiniones, a los derechos, a
los intereses de la compañía». Se suele utilizar para expresar la conciencia de
grupo, la identificación de diversas personas con un colectivo indisociable
cuyos componentes actúan movidos por un fin común, por un objetivo que intentan alcanzar sumando las fuerzas
individuales para actuar como si fueran un solo cuerpo (por ejemplo, un
regimiento, un equipo deportivo, un gremio, etc.).
Traducido en noviembre
de 2011 ©
Este
libro es propiedad de Ediciones bíblicas:
Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza)