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LA CONVERSIÓN ¿En qué consiste y cuáles son sus
resultados? C. H. Mackintosh |
La absoluta necesidad de la conversión
El capítulo 1 de la primera
epístola a los Tesalonicenses presenta una muy hermosa y notable
descripción de lo que podemos llamar verdadera conversión.
Esperamos que su estudio resulte de interés y de provecho para nuestras
almas, pues nos proporciona una respuesta clara y precisa a la pregunta que
figura en el encabezamiento de este artículo: «
Aquí no cabe la indiferencia.
Sería el colmo de la insensatez intentar ignorarlo o tomarlo a la
ligera. Para un ser inmortal —que tiene ante sí una eternidad sin
fin— descuidar el asunto solemne de su conversión es la mayor
necedad de la que jamás pueda ser culpable. En comparación con
esta cuestión de tanto peso, todos los diversos objetos que absorben la
atención y la energía en el atareado escenario en que nos
movemos, son como una mota de polvo en la balanza. Todas las especulaciones de
la vida comercial, los planes para ganar dinero e invertirlo en negocios
rentables, la búsqueda del placer en sus múltiples formas
—el teatro1 y los
conciertos, salones de baile y de juego (como el casino, el billar, etc.), el
hipódromo, los clubes de caza, los lugares donde se consumen bebidas
alcohólicas, es decir, todo lo que el pobre corazón insatisfecho
ansía tener—, todo eso es como la niebla de la mañana, la
espuma del agua, el humo de la chimenea, la marchita hoja otoñal; todo
se desvanece rápidamente y deja tras de sí un doloroso
vacío. El corazón está insatisfecho y el alma está
perdida porque permanece inconversa. Y después, ¿qué?
¡Tremenda pregunta! ¿Qué queda al final de todo este
escenario de frenesí comercial, luchas políticas, inversiones
financieras y búsqueda de placeres? ¡Al final, la persona tiene
que enfrentarse con la muerte! “Está establecido para los hombres
que mueran una sola vez” (Hebreos 9:27). De esto no se puede escapar. En
esta guerra no hay licenciamiento. Todas las riquezas del universo no
bastarían para rescatar de las manos de ese terrible enemigo un solo
momento de tregua. Toda la ciencia médica que la humanidad puede
proporcionar, toda la cordial solicitud de parientes y amigos, sus
lágrimas, suspiros y súplicas son impotentes para aplazar el
momento temido o para hacer que “el rey de los espantos” (Job
18:14) envaine su terrible espada. Nadie, por ningún medio humano, puede
librarse de la muerte. Ha de llegar el momento en que se suelte el lazo
que conecta el corazón con todas las bellas y fascinantes escenas de la
vida humana. Los amigos más queridos, los proyectos encantadores, los
objetos codiciados, todo habrá que dejarlo. Mil mundos no podrían
esquivar el golpe. Habrá que mirar a la muerte directamente a la cara.
Es un misterio pavoroso, un hecho tremendo, una dura realidad que toda persona
inconversa bajo la bóveda del cielo tendrá que enfrentar. En
cuestión de horas, días, meses o años, habrá que
cruzar la frontera que separa el tiempo actual —con todos sus afanes
vacíos, vanos e imaginarios— de la eternidad con sus asombrosas
realidades. ¿Y qué, entonces? Que
¿Somos más sabios que
Él? ¿Tenemos mayor ternura? ¿Hemos hallado algún
método mejor para convertir a la gente? ¿Acaso nos debe
atemorizar el hecho de insistir sobre el mismo tema solemne acerca del cual
tanto insistió nuestro Señor? ¿Nos echaremos para
atrás por no ofender a oídos delicados con la declaración
lisa y llana de que todos los que mueren sin convertirse tienen que presentarse
ante el gran trono blanco y pasar al lago de fuego? ¡Dios no lo permita!
Urgimos solemnemente al lector inconverso a que no descuide el tema más
importante: la salvación de su alma. Que ni las preocupaciones, los
placeres o las obligaciones le entretengan hasta el punto de ocultar de su
vista la magnitud y la seriedad tan profunda de esta cuestión.
“¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo,
y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por
su alma?” (Mateo 16:26).
¡Oh, si usted no es salvo, si no
se ha convertido, le suplicamos que reflexione sobre la necesidad de
convertirse a Dios! Éste es el único modo de entrar en Su reino.
Así nos lo dice claramente el Señor Jesucristo; y confiamos que
usted sepa que no pasará una jota ni una tilde de Sus santas palabras
sin que se cumplan. El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra no
pasará (Mateo 24:35; Marcos 13:31; Lucas 21:33). No hay poder en la
tierra ni en el infierno, de hombres o demonios, que sea capaz de anular las
palabras del Señor Jesucristo. Usted tiene que pasar por una de estas
dos cosas: la conversión aquí o la condenación eterna
después.
Así son las cosas, si hemos de
guiarnos por
Falsas ideas acerca de la conversión
Hemos procurado poner de relieve la
absoluta necesidad que todos los seres humanos tienen de convertirse.
Tal es el sentido obvio y tal es la
fuerza ineludible de las palabras del Señor en Mateo 18:3. Las palabras
son tan claras como un rayo de sol. No podemos pasarlas por alto, pues penetran
hondamente, con tremenda solemnidad, en toda alma inconversa sobre la faz de la
tierra. “Si no os convertís… no entraréis en el reino
de los cielos” (Mateo 18:3;
Indaguemos ahora qué es esta
conversión de la que venimos hablando. Nos vendrá bien que Dios
nos instruya acerca de ella, ya que una equivocación en esto
resultaría desastrosa en proporción a los intereses que
están en juego. Respecto a la conversión, son muchas las nociones
equivocadas. De hecho, dada la importancia del tema, podríamos concluir
que el gran enemigo de nuestras almas y del Cristo de Dios intenta, por todos
los medios posibles, hundirnos en el error. Si no tiene éxito en hacer
que la gente se desentienda enteramente del tema de la conversión,
procurará cegarle los ojos en cuanto a su verdadera naturaleza. Si, por
ejemplo, una persona es llevada a tomar conciencia de la vanidad de las
diversiones mundanas y la insatisfacción que producen, así como
de la urgente necesidad de cambiar de vida, el gran engañador
tratará de persuadirla de que es necesario volverse religioso, seguir
ordenanzas, ritos, ceremonias, abandonar bailes, fiestas, teatros, conciertos,
la bebida, los juegos, la caza y las carreras de caballos, en una palabra,
dejar de lado toda suerte de jolgorio y diversión, para emprender lo que
se llama una vida religiosa, ocuparse diligentemente en cumplir las ordenanzas
religiosas, leer
Ahora bien, esto no es
conversión. Una persona puede hacer todo eso y, no obstante, ser
totalmente inconversa. Un devoto religioso cuya vida entera se emplea en
vigilias, ayunos, oraciones, penitencias y limosnas, puede ser un inconverso
tan alejado del reino de Dios como el irreflexivo que va tras los placeres,
cuya vida se gasta persiguiendo cosas de menos valor que el pétalo
marchito de una flor mustia. Esos dos caracteres son, sin duda, muy diferentes.
Pero ambos son inconversos, ambos se hallan fuera del bendito círculo de
la salvación de Dios, los dos andan en sus pecados. Uno está
ocupado en “obras malas” (Juan 3:19), otro en “obras muertas”
(Hebreos 6:1); ambos están fuera de Cristo, perdidos; avanzan por el
camino que desemboca en una miseria sin esperanza y sin fin. Tanto el uno como
el otro, si no se convierten, con seguridad hallarán su porción
en el lago que arde con fuego y azufre.
La conversión no es cambiar de sistema religioso
La conversión tampoco consiste en
cambiar de sistema religioso. Una persona puede dejar el judaísmo, el
paganismo, el islamismo, el catolicismo y hacerse protestante sin por eso estar
convertida. No hay duda de que, desde un punto de vista social, moral o
intelectual, es mucho mejor ser un protestante que un musulmán; pero, en
lo que respecta al tema que tratamos, ambos son esencialmente lo mismo: son
inconversos. Si no se convierten, tanto el uno como el otro, no entrarán
en el reino de Dios. La conversión no consiste en adoptar un sistema
religioso, por muy puro, sano y ortodoxo que sea. Una persona puede ser miembro
de la corporación religiosa más respetable que haya en la
cristiandad y, con todo, ser inconversa; entonces no es salva, sino que va camino
hacia la perdición eterna. Lo mismo ocurre con los credos
teológicos. Uno puede adscribir a cualquiera de los grandes formularios
de fe, como los 39 Artículos, la confesión de Westminster, los
sermones de John Wesley, las formulaciones de Fox y Barclay, o cualquier otro
credo y, sin embargo, no ser convertido, permanecer “muerto en sus
delitos y pecados”, de camino al lugar donde ni un solo rayo de esperanza
jamás puede penetrar, en la terrible lobreguez de una miseria eterna.
¿De qué sirve un sistema
religioso o un credo teológico a un hombre que no tiene nada de la vida
divina? Los sistemas y los credos no pueden avivar, salvar ni dar vida eterna.
Una persona puede trabajar en una maquinaria religiosa como caballo en un molino,
dando vueltas y más vueltas, de principio a fin del año, y
terminar igual que cuando empezó, en una monotonía sombría
de obras muertas. ¿Qué valor tiene todo eso?
¿Adónde va a parar? ¡A la muerte! Sí, y después, ¡ah!
Ésa es la cuestión. ¡Ojalá se percibiesen mejor el
peso y la seriedad de esta cuestión! Más aún, el
cristianismo mismo, en toda su luz cenital, puede ser adoptado como un sistema
de creencia religiosa. Una persona puede deleitarse intelectualmente
—casi extasiarse— en las doctrinas gloriosas de la gracia: un
Evangelio completo y libre, una salvación sin obras,
justificación mediante la fe; puede profesar que cree y se deleita en
todo aquello en que consiste nuestro glorioso cristianismo del Nuevo
Testamento. Incluso es capaz de llegar a ser un poderoso escritor en defensa de
la doctrina cristiana, un predicador fervoroso y elocuente del Evangelio. Con
todo, esa persona puede no estar convertida, puede permanecer muerta en sus
delitos y pecados, endurecida, engañada y destruida por su misma familiaridad
con las preciosas verdades del Evangelio, verdades que jamás han pasado
de la zona de su intelecto, que nunca han alcanzado su conciencia, que no le
han tocado el corazón ni convertido el alma. Éste es uno de los
casos más espantosos. Nada puede ser más terrible que el caso de
un hombre que profesa creer el Evangelio y deleitarse en él, que incluso
predica el Evangelio de Dios y enseña las grandes verdades que
caracterizan el cristianismo, y que, no obstante, no ha sido convertido, no ha
sido salvo y sigue el camino que conduce hacia una eternidad de indecible
miseria, una miseria que ha de cobrar su mayor intensidad al solo recuerdo de
haber profesado creer y haber predicado las más gloriosas buenas nuevas
que jamás hayan llegado a oídos mortales. ¡Oh, quien quiera
que sea usted y en lo que se ocupe, le rogamos que fije su atención en
estas cosas! No descanse ni un solo momento hasta asegurarse una
conversión a Dios, genuina e inequívoca.
La conversión, ¿en qué
consiste?
Después de considerar la absoluta
necesidad de la conversión y de ver, en alguna medida, en qué
no consiste, tenemos que inquirir ahora en qué consiste. Y,
en esto, hemos de ceñirnos estrictamente a las infalibles
enseñanzas de
Todo esto demanda la más seria
atención de nuestra parte. Es de suma importancia que permitamos que el
Espíritu Santo obre y ponga de manifiesto —como seguramente lo
hará— los frutos de Su obra. Todo lo que Él haga,
será bien hecho, y hablará por sí solo a su debido tiempo.
No necesitamos publicar ni proclamar por todos lados la conversión de
personas a través de nosotros. Todos los casos de conversión
divinamente reales, se manifestarán por sí solos, para alabanza
de Aquel que es digno de toda alabanza. Entonces el obrero tendrá su
profundo y santo gozo. Verá los resultados de su trabajo, y cuando
piense en ellos, lo hará rindiendo homenaje y adoración a los
pies de su Señor: el único lugar seguro y feliz donde pensar en
ellos. ¿Va a rebajar esto nuestro fervor? ¡Todo lo contrario! Lo
intensificará inmensamente. Adquiriremos mayor vehemencia para suplicar
a Dios en secreto, y para exhortar a nuestros semejantes en público.
Sentiremos con mayor hondura la seriedad divina de la obra y nuestra total
insuficiencia. Abrigaremos siempre la sana convicción de que la obra, de
principio a fin, debe ser de Dios. Esto nos guardará en el lugar que nos
corresponde: el de la absoluta dependencia de Dios como vasos vacíos,
teniendo siempre en cuenta que todas las obras hechas en la tierra, son obra de
Sus manos. Pasaremos más tiempo inclinados ante el trono de la gracia,
tanto en nuestro aposento privado como en la asamblea; y cuando aparezcan las
doradas mieses y los dulces racimos, y lleguen casos genuinos de
conversión —casos que hablan por sí mismos y presentan sus
credenciales a todos los que saben discernir— entonces nuestro
corazón se llenará de alabanza al Dios de toda gracia que ha
engrandecido el nombre de su Hijo Jesucristo salvando almas preciosas.
¡Cuánto mejor es esto que tener nuestro pobre corazón
hinchado de orgullo y satisfacción personal al pasar lista a nuestros
casos de conversión! ¡Cuán mejor, más seguro y
dichoso es inclinarse en adoración ante el trono, que ver nuestros
nombres proclamados hasta los confines de la tierra como grandes predicadores y
evangelistas admirables! No hay comparación, a juicio de una persona
verdaderamente espiritual. Se percibirá la dignidad, la realidad y la
seriedad de la obra; se promoverá la felicidad, la seguridad moral y la
verdadera utilidad del obrero; se asegurará y mantendrá la gloria
de Dios.
Veamos cómo se ejemplifica todo
esto en 1 Tesalonicenses 1:1-5: “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia
de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y
paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Damos
siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en
nuestras oraciones, acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre
nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y
de vuestra constancia en la esperanza (los grandes elementos del
verdadero cristianismo) en nuestro Señor Jesucristo. Porque conocemos,
hermanos amados de Dios, vuestra elección”. ¿Cómo la
conocían? Con evidencia, por su conducta, el único modo de
conocer la elección de una persona. “Pues nuestro evangelio no
llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder,
en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis
cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros.”
El bienaventurado apóstol era, en
su vida diaria, el exponente del Evangelio que predicaba. Vivía el
evangelio. No les pedía ni exigía nada de los tesalonicenses. No
era una carga para ellos. Les predicaba gratuitamente el precioso Evangelio de
Dios y, para poder hacerlo, trabajaba fatigosamente día y noche. Era
como una nodriza amorosa y tierna, entrando y saliendo entre ellos. No
tenía palabras ostentosas acerca de sí mismo, de su profesión,
autoridad, dones, predicación o de sus maravillosas actividades en otros
lugares. Era el obrero lleno de amor, humilde, sin pretensiones, ferviente y
dedicado, cuya obra hablaba por sí misma. Su vida entera, su
espíritu, su estilo, su porte y sus hábitos estaban en estupenda
armonía con su predicación. ¡Cuánto necesitan
meditar estas cosas todos los obreros! Podemos estar seguros de que gran parte
de la superficialidad en la obra es el fruto de la superficialidad del obrero.
¿Dónde está el poder? ¿Dónde la
demostración del Espíritu? ¿Dónde la “plena
certidumbre”? (1 Tesalonicenses 1:5). ¿No hay en nuestra
predicación una terrible carencia de estas cosas? Puede que haya gran
fluidez retórica, considerable talento, y mucho de lo que agrada al
oído, excita la imaginación, despierta un interés temporal
y satisface la mera curiosidad; pero, ¿dónde está la
unción sagrada, el vivo interés, la seriedad profunda? Y luego,
la demostración viva en la vida diaria y en los hábitos, ¿dónde
está? ¡Quiera el Señor reavivar su obra en el corazón
de sus obreros para que se vean mejores resultados de ella! ¿Intentamos
enseñar que la obra de la conversión depende del obrero?
¡Lejos esté de nosotros! La obra depende entera y absolutamente
del poder del Espíritu Santo, como lo prueba de modo indiscutible 1
Tesalonicenses 1. En cada sección y en cada etapa de la obra, siempre ha
de tener vigencia aquello: “No con ejército, ni con fuerza, sino
con mi Espíritu, ha dicho Jehová” (Zacarías 4:6).
Pero, ¿qué clase de instrumento usa ordinariamente el
Espíritu? ¿No es ésta una pregunta de mucho peso para los
obreros? ¿Qué clase de vasos son útiles al Señor?
(2 Timoteo 2:21). Vasos vacíos —aquellos que no están
llenos de sí mismos— y limpios. ¿Somos así?
¿Estamos vacíos de nosotros mismos? ¿Estamos curados de nuestra
deplorable ocupación con nosotros mismos? ¿Estamos limpios?
¿Tenemos limpias las manos? ¿Son limpias nuestras asociaciones,
nuestros caminos, nuestras circunstancias? Si no, ¿cómo puede
usarnos el Señor en su santo servicio? ¡Ojalá recibamos
gracia para sopesar estas preguntas en la presencia de Dios! ¡Quiera el
Señor avivarnos y hacernos más y más como vasos que
él pueda usar para su gloria!
Seguiremos ahora con la cita de nuestra
porción. Todo el pasaje está lleno de poder. El carácter
del obrero por una parte, y el de la obra por la otra, exigen nuestra
más seria atención. “Y vosotros vinisteis a ser imitadores
de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran
tribulación, con gozo del Espíritu Santo, de tal manera que
habéis sido ejemplo a todos los de Macedonia y de Acaya que han
creído. Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del
Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en
todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad
de hablar nada; porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos
recibisteis” (1 Tesalonicenses 1:6-9).
Éste era un verdadero trabajo.
Llevaba consigno sus propias credenciales. No había en él nada
vago o poco satisfactorio, no había por qué guardar ninguna
reserva en formar o expresar un juicio respecto a él. Era claro,
inequívoco. Llevaba impreso el sello de la propia mano del Maestro y
generaba convicción en toda mente capaz de sopesar la evidencia. Se
había operado la obra de la conversión, y sus frutos se
manifestaban con profusión deleitosa. El testimonio se divulgó a
los cuatro vientos, de forma que el obrero no tenía necesidad de hablar
de su obra. No le hacía falta hacer cuentas y publicar el número
de conversiones ocurridas en Tesalónica. Todo era divinamente real,
plena obra del Espíritu de Dios, respecto a la cual no cabía la
menor equivocación y sobre la cual era superfluo hablar.
El apóstol se había
limitado sencillamente a predicar
¡Qué sencillo! ¡Anunciaba
a Jesús basado en las Escrituras! Sí, ahí estaba el gran
secreto de la predicación de Pablo. Predicaba acerca de una Persona
viva, con poder vivo, respaldado por la autoridad de una Palabra viva; esta
predicación era recibida con fe viva y producía frutos vivos en
la vida de los convertidos. Esta es la predicación que Dios ha ordenado
y que emplea. No se trata de sermonear ni dar pláticas religiosas; es la
predicación de Cristo por el Espíritu Santo, el cual habla a través
de hombres que están bajo el poder de lo que predican.
Definición de la palabra conversión
Los dos últimos versículos
de nuestro capítulo (1 Tesalonicenses 1:9-10) demandan una
atención muy especial. Ofrecen una notable declaración de la
verdadera naturaleza de la conversión. Muestran con gran exactitud la
profundidad, claridad, plenitud y realidad de la obra del Espíritu de
Dios en los convertidos de Tesalónica. No había en ello motivo de
equivocación. No era una obra incierta: tenía consigo sus propias
credenciales. No requería un examen cuidadoso antes de poder darle
crédito. Era una obra manifiesta e inequívoca de Dios, cuyos
frutos eran evidentes para todos. “Ellos mismos cuentan de nosotros la
manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los
ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de
los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús,
quien nos libra de la ira venidera”. Aquí, pues, tenemos una
definición divina de conversión, breve, pero completa. Es un
volverse de, y un volverse a. Se volvieron de los ídolos.
Rompieron completamente con el pasado, dando la espalda, de una vez por todas,
a su vida y a sus hábitos anteriores; un completo renunciamiento a todo
aquello que había sido la norma de su corazón y el impulso de sus
energías. Aquellos amados tesalonicenses fueron conducidos a juzgar, a
la luz de la verdad divina, todo el curso anterior de su vida; y no sólo
a juzgarlo, sino también a abandonarlo sin reservas. No fue una obra
hecha a medias. Nada era vago ni había lugar para el equívoco.
Hubo una época bien marcada en su historia, un punto decisivo en su
carrera moral y práctica. No se trataba solamente de un cambio de
opinión, de la recepción de una nueva serie de principios o de
alguna variación de sus puntos de vista intelectuales. Fue mucho
más que cualquiera de esas cosas y más que todas ellas juntas.
Era el descubrimiento solemne de que toda su vida pasada había sido una
mentira grande, tenebrosa, monstruosa. Una luz divina se había abierto
paso a través de sus almas, y en el poder de esa luz se habían
juzgado a sí mismos y a su pasado. Se apartaron, pues, totalmente de
aquel mundo que había gobernado los afectos de su corazón, y no
iban a retener ni una pizca de él. ¿Y cuál fue la causa
que produjo este maravilloso cambio? Simplemente,
Oigamos lo que dice a los corintios:
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el
testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de
sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a
Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad,
y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con
palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con
demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no
esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de
Dios” (1 Corintios 2:1-5). Aquí tenemos un verdadero
ministerio: “el testimonio de Dios” y “la demostración
del Espíritu”,
Comenzó su carrera con unos pocos
centavos en el bolsillo y ha ascendido a la orgullosa posición de un
príncipe de las finanzas. No es un tacaño. Está tan
inclinado a repartir como a obtener. Se comporta suntuosamente, hace gala de
una hospitalidad espléndida y ofrece grandes donaciones a una multitud
de causas públicas. Es admirado y respetado por todas las clases
sociales. Pero le gusta alcanzar más y más. Es codicioso,
idólatra. Es cierto que desprecia al tacaño que pasa todas las
noches sobre sus bolsas de dinero, deleitando su corazón y agasajando
sus ojos con la mera visión del fascinante metal; y que hasta se priva
él mismo y a su familia de algunas necesidades básicas de la
vida, andando en harapos y viviendo miserablemente, antes que gastar siquiera
un centavo de su tan preciado tesoro. Ama el dinero por el dinero mismo, ni
siquiera por lo que éste pueda proporcionarle. Quiere ganar, no para
gastar, sino para atesorar; su principal deseo es morir en posesión de
la mayor cantidad posible de tan miserable polvo: ¡extraño y
despreciable deseo! Pues bien, estos dos parecen muy diferentes, pero coinciden
en un punto; la posición de ambos es la misma: pues ambos son
codiciosos, idólatras3.
Esto puede sonar duro y severo, pero es la verdad de Dios y hemos de inclinarnos
ante su santa autoridad. Es muy cierto que nada parece tan difícil de
despertar la conciencia como la codicia, ese pecado que el Espíritu
Santo define como idolatría. Quizá sean miles los que,
viéndolo en el caso del pobre y degradado tacaño, se extrañarían
de verlo aplicado al príncipe financiero. Una cosa es verlo en otros, y
algo muy diferente es juzgarlo en nosotros mismos. El hecho es que nada puede
capacitarnos para detectar el odioso pecado de avaricia, sino la luz de
¿Qué nos otorga la conversión?
Consideraremos ahora lo que
podríamos llamar el lado positivo del gran tema de la conversión.
Hemos visto que consiste en volverse de los ídolos, es decir, de
todos aquellos objetos que gobernaban nuestro corazón y ocupaban
nuestros afectos: las vanidades e insensateces, los deseos y placeres que
formaban parte de toda nuestra existencia en los días de nuestra
oscuridad y ceguera. Es, como leemos en Hechos 26:18, convertirse de las
tinieblas y de la potestad de Satanás a Dios; y, como leemos en
Gálatas 1:4, ser librados del presente siglo malo. Pero la
conversión es mucho más aún que todo esto. En cierto
sentido, sería muy poca cosa volverse del pecado, del mundo y de
Satanás. No hay duda de que es una señal de infinita gracia el
hecho de ser librado de toda la miseria y degradación moral de nuestra
vida pasada, de la terrible esclavitud del dios y príncipe de este
mundo, de toda la vanidad de un mundo que yace en brazos del maligno, y del
amor y la práctica del pecado, los viles afectos que antaño se
enseñoreaban de nosotros. No hay palabras para expresar la gratitud por
todo lo que se incluye en este lado del tema. Sin embargo, lo repetimos, hay
muchísimo más que esto. Puede ser que el corazón se sienta
inclinado a preguntar: «¿Qué he conseguido en lugar de todo
lo que he abandonado? ¿Es el cristianismo sólo un sistema de
negaciones? Si he roto con el mundo y con el «yo», si he abandonado
mis antiguos placeres y pasatiempos, si, en una palabra, he dado la espalda a
todo aquello que forma la vida de este mundo, ¿qué tengo a
cambio?» 1 Tesalonicenses 1:9 nos da una respuesta clara y amplia a todas
esas preguntas: “Os convertisteis de los ídolos a Dios”.
¡Preciosa respuesta! Sí, inefablemente preciosa para todos los que
saben algo de su significado. ¿Qué he obtenido en lugar de mis
ídolos? ¡A Dios! ¿En lugar de los placeres vanos y
pecaminosos de este mundo? ¡A Dios! ¿En lugar de sus riquezas,
honores y distinciones? ¡A Dios! ¡Oh, qué Sustituto tan
bendito, glorioso y perfecto! ¿Qué obtuvo el hijo pródigo
en lugar de los harapos de “la provincia apartada”? ¡El mejor
vestido en la casa del Padre! ¿Y en lugar de las algarrobas de los
cerdos? ¡El becerro gordo de la provisión del Padre! ¿En
lugar de la esclavitud degradante en la provincia apartada? ¡La acogida
del Padre, su corazón y su mesa! ¿No es éste un cambio
feliz? ¿No tenemos en la historia del hijo pródigo la
ilustración más conmovedora e impresionante de una verdadera
conversión en sus dos aspectos? ¿No podemos exclamar, cuando
contemplamos aquel cuadro inimitable: «¡Qué
conversión! ¡Qué volverse de y volverse a!»?
¿Qué lengua humana puede expresar los sentimientos del
arrepentido vagabundo al ser estrechado en los brazos de su padre y
bañado en la luz y el amor de la casa paterna? Los harapos, las
algarrobas, los cerdos, la esclavitud, el frío egoísmo, la
privación, el hambre, la miseria y la degradación moral, todo se
acabó para siempre. En lugar de ello obtuvo las inefables delicias de
aquel hogar resplandeciente y feliz, y, sobre todo, el exquisito sentimiento de
que aquel gozo festivo que le rodeaba había sido suscitado por su
regreso. Quizá se nos diga que esto no es más que una figura.
Sí, pero ¿de qué? Es una figura de una realidad preciosa,
divina; una figura de lo que ocurre en cada caso de verdadera
conversión, con sólo mirarlo desde un punto de vista celestial.
No es solamente el abandono del mundo, con sus mil y una vanidades e
insensateces; lo es, sin duda, pero es muchísimo más. Es ser
traído a Dios, al hogar, traído al pecho del Padre,
introducido en la familia, hecho hijo de Dios, miembro de Cristo y heredero del
reino, no con las palabras de un formulario estéril, sino con el poder
del Espíritu y por la poderosa acción de
Y lo mejor de todo ello es que, al
introducirnos en ese lugar de bendición, amor y gloria inconcebibles, el
nombre de Dios es glorificado y su corazón gratificado. Su
corazón no estaría satisfecho si nos otorgase un lugar más
bajo que el de su propio Hijo. Bien pudo exclamar el inspirado apóstol,
a la vista de toda esta estupenda gracia: “Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición
espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos
escogió en él antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor
habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de
Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la
gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en
quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados
según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:3-7).
¡Qué amor profundo, qué plenitud de bendición, tenemos
aquí! El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo, a
lo largo de los siglos, en sus caminos para con nosotros. Va a desplegar, a la
vista de toda inteligencia creada, las “riquezas de su gracia en su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7). Nuestro
perdón, nuestra justificación, liberación perfecta y
aceptación —todas las bendiciones que nos han sido otorgadas en
Cristo— son para la manifestación de la gloria divina a lo largo y
ancho del vasto universo para siempre. Tenernos en una posición inferior
a la de su muy amado y unigénito Hijo no satisfaría las
exigencias de la gloria de Dios ni los afectos de su corazón. Todo esto
parece demasiado maravilloso para ser verdadero. Pero es digno de Dios, y es su
voluntad comportarse así con nosotros. Esto nos basta. Para nosotros,
seguramente, es demasiado bueno recibirlo, pero no es demasiado bueno para Dios
darlo. Se comporta con nosotros de acuerdo con el amor de su corazón, y
sobre la base del valor de Cristo. El hijo pródigo pidió que fuese
hecho como uno de los jornaleros, pero eso no podía ser. No era conforme
al corazón del Padre tenerlo en su casa como jornalero. Tenía que
ser como hijo y nada más. Si fuese cuestión de méritos, no
mereceríamos el puesto de jornalero más que el de hijo. Pero,
bendito sea Dios, de ningún modo obra él de acuerdo con nuestros
méritos, sino según el amor infinito de Su corazón y para
gloria de su santo nombre. Esto es, pues, la conversión. Así
somos llevados a Dios. No sólo nos volvemos de nuestros
ídolos, cualesquiera sean, sino que somos realmente introducidos en la
presencia misma de Dios, para hallar nuestras delicias en él, gozarnos
en él, caminar con él, hallar en él una fuente inagotable
de recursos y una respuesta perfecta a todas nuestras necesidades, de forma que
nuestra alma sea satisfecha eternamente. ¿Nos volveremos a los
ídolos? ¡Nunca! ¿Sentiremos atracción por las cosas
que hemos dejado atrás? No, si de corazón hacemos realidad
nuestro lugar y nuestra porción en Cristo. ¿Anhelaba el hijo
pródigo las algarrobas y los cerdos cuando estaba en los brazos de su
padre, vestido en su casa sentado a su mesa? No lo creemos. No podemos
imaginarlo suspirando por la provincia apartada, una vez que se halló
dentro del círculo sagrado de aquel esplendoroso y feliz hogar de amor.
Hablamos conforme al criterio divino. Muchos profesan haberse convertido y, si
bien parecen firmes por algún tiempo, tristemente pronto comienzan a
enfriarse, se cansan y se vuelven insatisfechos. La obra no era auténtica.
No se habían vuelto verdaderamente a Dios. Quizás habían
abandonado a los ídolos por algún tiempo, pero nunca llegaron
hasta Dios mismo. Nunca hallaron en Él una porción que pudiese
satisfacer su corazón; jamás conocieron el verdadero significado
de una comunión con Él, ni disfrutaron de la plena
satisfacción y reposo en Cristo. De ahí que, al transcurrir el
tiempo, el pobre corazón comenzó de nuevo a añorar el
mundo, se volvieron atrás y se hundieron en sus locuras y vanidades con
mayor avidez aún. Tales casos son muy tristes y decepcionantes. Infieren
gran oprobio a la causa de Cristo, y son usados como pretexto por el enemigo y
como piedra de tropiezo para las almas ansiosas de la verdad. El alma
verdaderamente convertida no es la que sólo se ha vuelto de este presente
mundo malo, con todas sus promesas y pretensiones, sino la que ha sido llevada
por el ministerio precioso del Espíritu Santo a encontrar en el Dios
vivo y en su Hijo Jesucristo todo lo que necesite para el presente y para la
eternidad. Esa persona ha terminado definitivamente con el mundo, ha roto con
él para siempre. Abiertos los ojos, lo ha juzgado todo a la luz de la
presencia de Dios y lo ha medido con la medida de la cruz de Cristo. Ha pesado
las cosas en la balanza del santuario y ha vuelto la espalda al mundo para
siempre, hallando un objeto absorbente y dominante en la bendita persona de
Aquel que fue clavado en el madero maldito, a fin de librarle, no sólo
de las llamas eternas sino también de este presente siglo malo.
En el Dios vivo están todos los recursos
Cuanto más nos fijamos en 1
Tesalonicenses 1:9, más resalta su profundidad, su plenitud y su poder
maravilloso. Es semejante a penetrar con pico y pala en una mina inagotable.
Nos hemos detenido por unos momentos en aquella cláusula tan fructífera
y sugestiva: “Os volvisteis a Dios desde los ídolos” (NT
interlineal griego-español). ¡Cuánto hay envuelto
ahí! ¿Entendemos realmente su fuerza y plenitud? Es maravilloso
ser conducido a Dios —conocerle como nuestro recurso en nuestras
necesidades y debilidades, como manantial de todo gozo, como nuestra fuerza,
defensa, Guía y Consejero, nuestro todo en todo—, estar vinculado
absoluta y completamente a él, enteramente dependiente de él.
Querido lector, ¿conoce usted en su propia alma la profunda bendición
de todo esto? Si usted es hijo de Dios, una persona realmente convertida,
entonces es su feliz privilegio gozar de estas bendiciones. Si usted «se
ha vuelto a Dios», ¿para qué lo ha hecho sino para hallar
en él todo lo que su alma necesite para hoy y para la eternidad? Ninguna
cosa puede satisfacer el corazón humano sino sólo Dios. No
está dentro del alcance de la tierra satisfacer los anhelos del
corazón. Si tuviésemos todas las riquezas del universo, y todo lo
que ellas pueden suministrar, el corazón desearía todavía
más; habría aún en él un vacío doloroso que
nada bajo el sol podría llenar. Fijémonos en la historia de
Salomón. Oigámosle narrar su propia experiencia
(Eclesiastés 1:12-18 y 2:1-11): “Yo el Predicador fui rey sobre
Israel en Jerusalén. Y di mi corazón a inquirir y a buscar con
sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo; este penoso
trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en él.
Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo
ello es vanidad y aflicción de espíritu. Lo torcido no se puede
enderezar, y lo incompleto no puede contarse. Hablé yo en mi
corazón, diciendo: He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en
sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en
Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y
ciencia. Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y
también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que
aun esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha
sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade
dolor. Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con
alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto
también era vanidad. A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De
qué sirve esto? Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino,
y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de
la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en
el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida.
Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas,
planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y
planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de
aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles.
Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también
tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que
fueron antes de mí en Jerusalén. Me amontoné
también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me
hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de
toda clase de instrumentos de música. Y fui engrandecido y aumentado
más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a
más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No
negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón
de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y
esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que
habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he
aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu,
y sin provecho debajo del sol”.
Tal es el marchito comentario sobre los
recursos de la tierra, según los presenta la pluma de quien tuvo todo lo
que la tierra puede ofrecer, a quien le fue permitido apurar hasta la
última gota toda copa de placer humano y terrenal. ¿Y en
qué terminó todo? En “vanidad y aflicción de
espíritu” (cap. 2:11 y 26). “Todas las cosas son fatigosas
más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni
el oído de oír” (cap. 1:8). El pobre corazón humano
jamás puede satisfacerse con los recursos de la tierra. Los manantiales
humanos no logran apagar la sed del alma inmortal. Las cosas materiales no
pueden hacernos verdaderamente felices, ni aun cuando fuesen permanentes. Todo
es “vanidad y aflicción de espíritu”. La verdad de
estas afirmaciones ha de ser puesta a prueba por el corazón humano.
Tarde o temprano todos la han de descubrir. Los hombres pueden hacer
oídos sordos a la voz amonestadora del Espíritu, pueden
imaginarse que este pobre mundo es capaz de proporcionarles dicha y consuelo
sólidos y duraderos, pueden sujetarse con afán a sus riquezas,
honores, distinciones, placeres y comodidades materiales, pero llegarán
a comprender su equivocación. Y ¡qué terrible descubrirla demasiado
tarde! ¡Qué terrible abrir los ojos en el infierno, como el
rico de la parábola! ¿Qué lenguaje humano puede expresar
los horrores de un alma alejada para siempre de la presencia de Dios y relegada
a “las tinieblas de afuera”, al lugar del “lloro y el crujir
de dientes” (Mateo 8:12; 25:30)? Resulta abrumador pensarlo. ¿Qué
será experimentarlo? ¿Qué será encontrarse a
sí mismo en las llamas atormentadoras del infierno, al otro lado de
aquella sima intransitable, donde jamás puede penetrar un solo rayo de
esperanza, en la profunda lobreguez de la eternidad? ¡Oh, si los hombres
pensasen a tiempo en todo esto! ¡Que pudiesen huir de la ira venidera y
echar mano de la bienaventurada esperanza que les es presentada en el
Evangelio! ¡Que «se volviesen a Dios»! Pero, lamentablemente,
el dios de este mundo les ciega el entendimiento, “para que no les
resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen
de Dios.” (2 Corintios 4:4). Los embelesa con cosas presentes: negocios,
dinero, placeres, preocupaciones, concupiscencias; todo menos la única
cosa importante, en comparación con la cual lo demás no es sino
una pequeña mota “de polvo en la balanza”. Pero esto es una
digresión de nuestro tema principal, el cual debemos retomar. Estamos
particularmente ansiosos por hacer ver al cristiano la inmensa importancia de
buscar en el Dios vivo todos sus recursos. Nos hemos apartado de este tema
solamente por un momento, a fin de hacer sonar una nota de advertencia en los
oídos de algún inconverso despreocupado en cuyas manos llegara a
caer este escrito. A éste le suplicamos con vehemencia que se vuelva a
Dios. Al cristiano le rogamos que procure una relación más
profunda con Aquel a quien, por gracia, se ha vuelto. Las dos cosas nos han
motivado a escribir este artículo sobre la
«conversión». Podemos decir sinceramente que anhelamos ver
muchas almas preciosas convertidas a Dios, y a los ya convertidos, deseamos
verlos felices en él. Estamos convencidos más y más de la
importancia práctica de que los cristianos demuestren en su vida diaria
haber encontrado en Dios el reposo perfecto para el corazón. Esto ejerce
un influjo inmenso en los inconversos. Sacamos mucho provecho cuando, por
gracia, somos capaces de decir al mundo que no dependemos de él; y la
única manera de lograrlo es vivir dándonos perfecta cuenta de lo
que tenemos en Dios. Esto elevaría moralmente toda nuestra
conducta y nuestro carácter. Nos libraría completamente de la
tendencia a buscar apoyos humanos de los que, tarde o temprano, nos hemos de
lamentar, porque resultan en desengaño para nosotros y en deshonor para
Dios. ¡Qué inclinados estamos en todas las ocasiones a buscar
simpatía, ayuda y consejo en nuestro prójimo, en lugar de acudir
directa y exclusivamente a Dios! Esta es una seria equivocación. No es
sino dejar
Fijémonos más de cerca y
con toda honestidad en este punto. Tratemos de entender el significado de las
preciosas palabras: “Os convertisteis… a Dios” (1
Tesalonicenses 1:9). Contienen la esencia misma de la verdadera felicidad y
santidad. Cuando el corazón se ha vuelto realmente a Dios, encuentra el
secreto divino de la paz, el descanso y la plena satisfacción. Lo halla
todo en Dios y no tiene por qué volverse jamás a la criatura.
¿Estoy perplejo? Puedo acudir a Dios para que me guíe; él
ha prometido guiarme con sus ojos (Salmo 32:8). ¡Qué guía
tan perfecta! ¿Puede algún hombre hacer algo mejor por mí?
Con seguridad, no. Dios ve “el fin desde el principio”. Conoce
todos los rumbos, las pertenencias, las raíces y los resultados de mi
caso. Es un guía infalible. Su sabiduría no puede errar y,
además, me ama infinitamente. ¿Dónde podría yo
hallar mejor guía?
¿Estoy necesitado? Puedo ir a
Dios con mi problema. Él es el “poseedor de los cielos y de la
tierra” (Génesis 14:19 VM). Los tesoros del universo están
a su disposición. Me ayudará si considera que me va a ser
provechoso; si no, el aprieto será para mí mucho mejor que el
alivio. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus
riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). ¿No
basta con eso? ¿Por qué recurrir a una criatura en busca de
manantial? ¿Por qué volverse de un Dios Todopoderoso e ir con
nuestras necesidades a un ser humano? Eso sería renunciar, en cierta medida,
a la base de la fe, a la vida de sencilla dependencia de Dios. Sería, de
hecho, deshonrar a nuestro Padre. Si acudo a mi semejante en busca de ayuda, es
como decir que Dios me ha decepcionado. Es traicionar a mi Padre amoroso, quien
ha tomado a su cargo todo mi ser —espíritu, alma y cuerpo —
para actuar a mi favor. Se ha comprometido a proveer a todas mis necesidades,
por muchas, grandes y variadas que sean. “El que no escatimó ni a
su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará también con él todas
las cosas?” (Romanos 8:32). Pero a veces oímos decir a algunas
personas que el Señor les ha dicho, o que ha puesto en su
corazón, que busquemos la ayuda de algún recurso humano. Esto,
realmente, es muy cuestionable. No es en absoluto probable que nuestro Dios nos
conduzca alguna vez a dejar la “fuente de agua viva” y a recurrir a
alguna “cisterna rota” (Jeremías 2:13). Su Palabra es:
“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y
tú me honrarás” (Salmo 50:15). Es cierto que Dios usa a
algunas criaturas para satisfacer nuestras necesidades; pero esto es totalmente
diferente. El bienaventurado apóstol pudo decir: “Dios, que
consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito” (2
Corintios 7:6). Pablo buscaba a Dios para que le consolara, y Dios le
envió a Tito. Si Pablo hubiese buscado a Tito para que le consolase, se
habría decepcionado. Así ocurre en todos los casos. A Dios hemos
de acudir inmediata y exclusivamente en todas nuestras necesidades. Nos hemos
vuelto “de los ídolos a Dios”; por tanto, en cada
necesidad, él es nuestro recurso seguro. A él podemos acudir en
busca de consejo, socorro, guía, simpatía y de todo lo
demás. “Alma mía, en Dios solamente reposa, porque
de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación.
Es mi refugio, no resbalaré” (Salmo 62:5-6). ¿El feliz
hábito de buscar solamente a Dios nos conducirá a subestimar los
canales por los que fluye hasta nosotros su preciosa gracia? Todo lo contrario.
¿Cómo podría yo subestimar a quien viene a mí directamente
de parte de Dios, como su instrumento manifiesto, para satisfacer mi necesidad?
Imposible. En cambio, lo valoro como un canal, en lugar de acudir a él
como si fuese la fuente. En eso consiste toda la diferencia. Jamás hemos
de olvidar que la verdadera conversión significa que somos llevados a
Dios; y es segurísimo que, si somos llevados a Dios, es para que
hallemos en él un abrigo perfecto, un recurso perfecto en todas nuestras
necesidades. Una persona realmente convertida es alguien que se ha vuelto de
toda confianza en las criaturas, de todas las esperanzas humanas y
expectaciones terrenales, para hallar todo lo que necesita en el Dios vivo y
verdadero.
Convertidos para servir
Vamos a considerar ahora un punto
sumamente práctico de nuestro tema. Está contenido en la
cláusula: “Para servir al Dios vivo y verdadero” (1
Tesalonicenses 1:9). Para todo cristiano verdadero, esto es de inmenso
interés. Somos llamados a “servir”. Toda nuestra vida, desde
el momento de la conversión hasta el final de nuestra carrera terrenal,
debiera estar caracterizada por un espíritu de servicio, diligente e
inteligente. Este es nuestro gran privilegio, por no decir nuestra santa
obligación. No importa cuál sea nuestra esfera de acción,
línea de vida o profesión; desde que nos hemos convertido,
tenemos que hacer una cosa: servir a Dios. Si hay algo en nuestra
situación que es contrario a la voluntad de Dios, a la enseñanza
directa de su Palabra, hemos de abandonarlo de inmediato, cueste lo que
costare. El primer paso de un siervo obediente es salir de una posición
falsa, sea cual fuere. Supongamos, por ejemplo, que el propietario de un
establecimiento expendedor de bebidas alcohólicas se convierte a Dios.
¿Qué ha de hacer? ¿Puede continuar con este tipo de
negocio? ¿Puede desarrollar esa actividad con Dios? ¿Puede continuar con la venta de aquello que
lleva a la ruina, miseria, degradación, muerte y perdición a
miles de personas? ¿Es posible que sirva al Dios vivo y verdadero en la
barra de una taberna? Creemos que no. Puede que parezcamos rígidos,
severos e intolerantes al escribir así. No podemos evitarlo. Debemos
escribir lo que creemos que es la verdad. Estamos persuadidos de que lo primero
que debiera hacer el dueño de una taberna que se ha convertido a Dios,
es cerrar su tienda y dar la espalda, con firme decisión, a esa
actividad comercial impía y espantosa. Hablar de servir a Dios en una
actividad de esa naturaleza es, a nuestro juicio, un miserable engaño.
Sin duda que lo mismo puede decirse de muchas otras ocupaciones y actividades,
y el lector puede sentirse dispuesto a preguntar: «¿Qué ha
de hacer un creyente en esa situación? ¿Cómo puede seguir
adelante?». Somos llamados a servir a Dios y todo ha de ser puesto a prueba
con esta medida. El cristiano tiene que hacerse la pregunta:
«¿Puedo cumplir con las obligaciones de esta situación para
la gloria de Dios?». Si no podemos vincular el nombre de Dios al oficio
que desempeñamos en esta vida, con toda seguridad hemos de renunciar a
dicho oficio y pedir a Dios que nos abra alguna senda en la que podamos caminar
para Su alabanza. Si deseamos andar con él, si queremos servirle, si
nuestro único anhelo es ser hallados haciendo lo que le agrada, debemos
abandonar lo que le deshonra.
El Señor nos oirá, bendito
sea su nombre; nunca decepciona a quien confía en él. Lo que
tenemos que hacer es aferrarnos a Dios “con propósito de
corazón”, y él allanará el camino delante de
nosotros. Quizá sea difícil al principio. La senda parezca
estrecha, áspera, solitaria; pero nuestra única salida es
ponernos de parte de Dios, y no continuar ni un minuto más ligados a
algo contrario a su voluntad. Una conciencia delicada, un ojo sencillo (Mateo
6:22) y un corazón dedicado resolverán más de una
cuestión y removerán muchos obstáculos. En efecto, los
instintos mismos de la naturaleza divina, con sólo permitirles actuar,
nos ayudarán en muchas dificultades. “La lumbrera del cuerpo es el
ojo; si, pues, tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de
luz” (Mateo 6:22 y Lucas 11:34 VM). Cuando el propósito del
corazón es fiel a Cristo, fiel a su nombre, a su causa y al servicio de
Dios, el Espíritu Santo abre de par en par al alma los preciosos tesoros
de la revelación divina, y derrama un torrente de luz viva sobre el
entendimiento, de forma que veamos la senda del servicio con toda claridad;
entonces, sólo nos resta caminar por ella con paso firme.
No obstante, jamás debemos perder
de vista que estamos convertidos para el servicio de Dios. El resultado de la
vida que poseemos debe tomar siempre la forma de servicio al Dios vivo y
verdadero. En nuestra vida de inconversos, dábamos culto a los
ídolos y servíamos a diversos placeres y malos deseos; ahora, por
el contrario, adoramos a Dios en espíritu (Juan 4:24), y somos llamados
a servirle con todas nuestras facultades. Nos hemos vuelto a Dios, a fin de
hallar en él nuestro perfecto reposo y satisfacción. No hay ni
una sola cosa en toda la variada gama de necesidades humanas, tanto para el
presente como para la eternidad, que no podamos hallarla en nuestro Dios y
Padre. Él ha atesorado en Cristo, el Hijo de su amor, todo lo que puede
satisfacer los deseos de la nueva vida en nosotros. Es un privilegio tener a
Cristo habitando en nuestros corazones por la fe, y estar tan arraigados y cimentados
en su amor como para “ser capaces de comprender con todos los santos
cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de
conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seamos
llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:18-19). Llenos,
satisfechos y fortalecidos en Dios, somos llamados a dedicarnos, en
espíritu, alma y cuerpo, al servicio de Cristo; a estar “firmes,
inmóviles, abundando siempre en la obra del Señor” (1
Corintios 15:58 VM). Todo lo que en este mundo no pueda hacerse como para
Cristo, no debería hacerse. Esto simplifica considerablemente la
cuestión. Es nuestro privilegio hacerlo todo en el nombre del
Señor Jesús y para la gloria de Dios. A veces oímos hablar
de un oficio «secular», en contraste con lo que es
«sagrado». Ponemos en duda la exactitud de tal distinción.
Pablo hacía tiendas (Hechos 18:3) y plantaba iglesias (1 Corintios 3:6);
pero en ambas cosas servía al Señor Jesucristo. Todo lo que un
cristiano hace debe ser sagrado, porque se hace como servicio a Dios. Tener
esto en cuenta nos permitirá conectar los deberes más simples de
la vida diaria con el Señor mismo, e introducirlo a Él en ellas a
fin de comunicar una santa dignidad y un santo interés a todo lo que tenemos
que hacer, desde la mañana hasta la noche. De este modo, en lugar de
considerar las obligaciones de nuestro oficio como un obstáculo para
nuestra comunión con Dios, las convertiríamos en ocasión
de acudir a él en busca de sabiduría y de gracia, para
desempeñarlas correctamente, a fin de que su santo nombre sea
glorificado en los detalles más minuciosos de la vida diaria.
El servicio de Dios es una cosa mucho
más sencilla de lo que algunos imaginamos. No consiste en hacer proezas
fuera de la esfera de acción que Dios nos ha señalado. Tomemos el
caso de una criada. ¿Cómo puede servir al Dios vivo y verdadero?
No puede ir de un sitio a otro visitando y charlando. Su esfera de
acción está en el ámbito, en el retiro de la casa de sus
patrones. Si se le ocurriese ir de casa en casa, estaría descuidando su
propio quehacer, el oficio que Dios le ha señalado. Prestemos
atención a estas sanas palabras: “Exhorta a los siervos a que se
sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones; no
defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen
la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:9-10). Aquí vemos
que, mediante la obediencia, la humildad y la honradez, el siervo, según
su medida, puede adornar la doctrina de Dios, tan efectivamente como un evangelista
que va por todo el mundo desempeñando su santa y elevada
comisión.
De nuevo leemos: “Siervos,
obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de
vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que
quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de
corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena
voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que
cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea
libre” (Efesios 6:5-8). ¡Qué estupendo es todo esto!
¡Qué hermoso campo de servicio se nos abre aquí!
¡Qué bello ese “temor y temblor”! ¿Dónde
lo vemos en nuestros días? ¿Dónde está la santa
sujeción a la autoridad? ¿Dónde, el ojo sencillo?
¿Dónde se halla el servicio de corazón espontáneo?
¡Ay! Lo que vemos es terquedad y altanería, hacer la propia
voluntad, lo que a uno le agrada y lo que sirve al propio interés.
¡Cuánto deshonran al Señor todas estas cosas, y contristan
a su Santo Espíritu! ¡Cuánto necesitamos que nuestra alma
sea despertada para darnos cuenta de lo que nos conviene como llamados a servir
al Dios vivo y verdadero! ¿No es un privilegio, para todo cristiano,
saber que puede servir y glorificar a Dios en los quehaceres domésticos
más comunes? Si no fuese así, ¿qué sucedería
con noventa y nueve de cada cien creyentes? Tomamos como ejemplo el servicio
doméstico común para ilustrar esa línea especial de verdad
práctica que ahora estamos considerando. ¡Qué dicha
inefable saber que Dios en su gracia ha condescendido a asociar su Nombre y su
gloria con los más humildes deberes que pueden recaer sobre nosotros en
nuestra vida doméstica común! Esto otorga dignidad,
interés y frescor a cada acto insignificante en nuestra vida diaria,
pues: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como
para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).
Aquí está el precioso secreto. No se trata de trabajar por el
salario, sino de servir al Señor Jesucristo y esperar recibir de
él “la recompensa de la herencia” (v. 24).
¡Ojalá nos percatásemos
mejor de todo esto y lo realizásemos! ¡Cómo elevaría
moralmente toda nuestra vida cristiana! ¡Qué respuesta tan
triunfal le suministraría al incrédulo! ¡Qué
reprensión tan fuerte a todos sus escarnios y sofismas, mucho mejor que
diez mil argumentos eruditos! No hay prueba más convincente que una vida
cristiana seria, dedicada, santa, feliz, sacrificada. Y ésta puede ser
exhibida por alguien cuya esfera de acción está limitada por las
cuatro paredes de una cocina4.
La vida práctica de un verdadero cristiano no sólo aporta la
mejor respuesta posible al escéptico e incrédulo, sino que
también responde satisfactoriamente a las objeciones de los que hablan
de obras, insistiendo en poner a los cristianos bajo la ley, a fin de que ella
les enseñe la forma en que deben vivir. Cuando alguien reclama contra el
hecho de que no predicamos acerca de las obras, le preguntamos sencillamente:
«¿Para qué habríamos de predicar sobre
ellas?». El inconverso no puede hacer sino “malas obras”
(Colosenses 1:21) u “obras muertas” (Hebreos 6:1). “Los que
están en la carne” —los inconversos— “no pueden
agradar a Dios” (Romanos 8:8 VM). ¿Qué sentido
tendría predicarles en cuanto a las obras? Sólo puede
enturbiarles más la vista, cegarles la mente, engañarles el
corazón y enviarlos al infierno con “una mentira en su mano
derecha” (Isaías 44:20 VM). Es menester que haya una genuina
conversión a Dios. Esta obra es divina de principio a fin. ¿Y
qué debe hacer un convertido? Por supuesto, no necesita obrar para
obtener la vida, porque ya la posee, ha recibido vida eterna como un don
gratuito de Dios, “en Cristo Jesús Señor nuestro”
(Romanos 6:23). No necesita obrar para obtener la salvación; ya es salvo
en el Señor “con salvación eterna” (Isaías
45:17). ¿Qué, pues, se le manda hacer?: “Servir al Dios
vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9). ¿Cómo?
¿Cuándo? ¿Dónde? En todo: tiempo lugar y
circunstancia. El convertido no tiene que hacer nada más que servir a
Dios. Si hace cualquier otra cosa, es infiel al adorable Señor y
Salvador quien, antes de llamarle a servir, le dotó de la vida, la
gracia y el poder que son los únicos medios para prestar dicho servicio.
Sí, nunca olvidemos que el cristiano es llamado a servir. Tiene el
privilegio de presentar su cuerpo “en sacrificio vivo, santo, agradable a
Dios, que es vuestro culto racional [inteligente]” (Romanos 12:1). Esto
deja bien sentada toda la cuestión; remueve todas las dificultades,
silencia todas las objeciones; lo pone todo en su debido lugar. No se trata de
lo que estoy haciendo, ni dónde, sino de cómo lo hago,
cómo me comporto. El cristianismo, según es presentado en el
Nuevo Testamento, es el resultado de la vida de Cristo en el creyente; es
Cristo reproducido en la vida diaria del cristiano por el poder del Espíritu
Santo. Todo lo que el creyente toca, hace y dice —toda su vida
práctica desde la primera hora del día del Señor hasta la
noche del sábado—, debería llevar la insignia y reflejar el
espíritu de aquella gran cláusula práctica que hemos
estado considerando: “Servir al Dios vivo y verdadero”.
¡Ojalá sea así! ¡Quiera Dios despertar en todo su
amado pueblo el anhelo de entregarse con mayor diligencia, de todo
corazón, a Cristo y a su precioso servicio!
Convertidos para esperar a Cristo
Las últimas palabras de 1
Tesalonicenses 1 reclaman ahora nuestra atención. Proporcionan una
prueba impresionante y contundente de la claridad, plenitud, profundidad y
amplitud del testimonio del apóstol en Tesalónica, y
también del esplendor y la autenticidad de la obra en los recién
convertidos de aquel lugar. No solamente se volvieron de los ídolos para
servir al Dios vivo y verdadero. Cierto, lo hicieron por gracia, con un poder,
un frescor y un fervor poco comunes. Pero hubo algo más; y podemos
afirmar, con la más absoluta confianza, que habría habido un gran
defecto en la conversión y en el cristianismo de aquellos amados
discípulos si hubiera faltado eso: Se convirtieron… para
“esperar de los cielos a su Hijo” (1 Tesalonicenses 1:10).
Prestemos mayor atención a este hecho de tanto peso. La gloriosa y
bienaventurada esperanza de la venida del Señor formaba una parte
integrante del Evangelio que Pablo predicaba, y del cristianismo de los que se
convertían mediante su ministerio. Aquel siervo predicaba un Evangelio
completo. Declaraba no sólo que el Hijo de Dios había venido al
mundo a llevar a cabo la gran obra de la redención y a poner el
fundamento perpetuo de la gloria y de los consejos de Dios, sino también
que había subido al cielo, y se había sentado a la derecha del
trono de Dios como el Hombre victorioso, ensalzado y glorificado; que va a
venir otra vez: primero, a recoger consigo a los suyos y conducirlos hasta la
casa de su Padre, el lugar preparado para ellos; y luego vendrá con ellos
para ejecutar juicio sobre sus enemigos y excluir de Su reino “a todos
los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad” (Mateo 13:41), a
fin de establecer su dominio glorioso “de mar a mar, y desde el
río hasta los confines de la tierra” (Salmo 72:8). Todo esto estaba
incluido en el precioso Evangelio que Pablo predicaba a los tesalonicenses.
Hallamos una insinuación de esto, indirecta, pero muy interesante, en
Hechos 17, donde el inspirado escritor da a conocer lo que los judíos
incrédulos pensaban y decían de la predicación del
apóstol. “Entonces los judíos que no creían,
teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, juntando una
turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos
al pueblo. Pero no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos
hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Estos que trastornan
el mundo entero también han venido acá; a los cuales
Jasón ha recibido; y todos éstos contravienen los decretos de
César, diciendo que hay otro rey, Jesús” (Hechos
17:5-7). Tales eran las ideas que estos pobres incrédulos, ignorantes y
llenos de prejuicios, se habían formado tras oír la
predicación de los amados siervos de Dios. Podemos ver en ellas los
elementos de grandes y solemnes verdades, como la completa eliminación
del presente sistema de cosas y la instauración del reino eterno de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “A ruina, a ruina, a ruina lo
reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo
es el derecho, y yo se lo entregaré” (Ezequiel 21:27). La venida y
el reino del Señor, además de ocupar un lugar preeminente en la predicación
del apóstol, también resplandecen brillantemente en toda su enseñanza.
Los tesalonicenses no sólo se convirtieron a esta bienaventurada
esperanza, sino que también fueron edificados, establecidos y guiados en
ella. Se les enseñó a vivir cada hora del día en esa
espera. No era un dogma seco y estéril para ser recibido y sostenido
como parte de un credo sin poder ni valor. Era una realidad viva, una fuerza
moral poderosa en el alma, una esperanza preciosa, purificadora, santificadora,
que desapegaba completamente el corazón de las cosas presentes y lo
hacía aguardar, momento tras momento, el regreso de nuestro amado
Señor y Salvador Jesucristo, quien nos amó y se entregó a
sí mismo por nosotros. Es interesante observar que en las dos
epístolas a los Tesalonicenses hay más alusiones a la venida del
Señor que en las demás epístolas juntas. Esto es tanto
más notable cuanto que sean las primeras epístolas de Pablo y que
van dirigidas a una iglesia muy joven en la fe. Una rápida ojeada a
estas dos preciosas cartas, nos hará descubrir la esperanza de la venida
del Señor introducida en cada uno de los ocho capítulos y en
conexión a toda clase de temas. Por ejemplo, en el capítulo 1, la
tenemos presentada como el objeto grandioso que ha de ser guardado siempre
delante del corazón del cristiano —sea cual fuere su
posición o su relación— como la luz brillante que
resplandece al final de su larga peregrinación por este mundo oscuro y
fatigoso. “Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al
Dios vivo y verdadero, y esperar…” ¿qué? ¿La
hora de la muerte? No, no hay ninguna alusión a tal cosa. La muerte
está abolida para el creyente, y jamás es presentada como el
objeto de su esperanza. ¿Qué, pues, se les había
enseñado a esperar? “…de los cielos a su Hijo, al cual
resucitó de los muertos” (1 Tesalonicenses 1:9-10). ¡Y
nótese ahora esa bella añadidura! “A Jesús, quien
nos libra de la ira venidera”. Esta es
¡Qué esperanza tan preciosa
y sustentadora del alma! ¿Nos extrañaría de que ocupase un
lugar tan sublime en los pensamientos y en las enseñanzas del
bienaventurado apóstol? La menciona en todas las ocasiones y en
conexión con todos los temas. Si está hablando del progreso en la
vida divina y en la piedad práctica, así se expresa: “Y el
Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con
todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean
afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios
nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con
todos sus santos” (1 Tesalonicenses 3:12-13).
Nótese la última
cláusula de esta conmovedora cita: “Con todos sus santos”.
¡Qué sabiduría tan admirable brilla aquí! El apóstol
aludía a un error en que habían caído los creyentes
tesalonicenses respecto de los hermanos fallecidos. Temían que
los que dormían —esto es, los que habían muerto en
el Señor— no participaran en el gozo de la venida del
Señor. Este error queda destruido por completo con esta breve
afirmación: “Con todos sus santos”. Ni uno solo
estará ausente de este gozoso encuentro, de esta escena festiva.
¡Bendita seguridad! ¡Victoriosa respuesta a todos los que
pretenden hacernos creer que ninguno de ellos participará del gozo de la
venida de nuestro Señor excepto aquellos que vean esto, aquello y lo
otro! Sí, “con todos sus santos”, a pesar de su
ignorancia y sus errores, sus desvíos y sus tropiezos, sus faltas
y sus fracasos. Nuestro bendito Salvador, Aquel que ama nuestras almas
con amor eterno, no excluirá a ninguno de nosotros de ese momento
feliz.
¿Nos hará despreocupados
toda esta gracia sin par? ¡Dios no lo permita! Por el contrario, la
expectación permanente de ese momento es lo único que puede
conservar viva nuestra responsabilidad de juzgar en nosotros y en nuestros
caminos todo lo que es contrario a la mente de Cristo. Y no sólo eso,
sino que la esperanza del regreso del Señor, si se conserva viva y
fresca en el corazón, debe purificar, santificar y elevar todo
nuestro carácter y el curso de nuestra vida como ninguna otra cosa lo
puede hacer. “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se
purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan
3:3). Es moralmente imposible que alguien viva en la esperanza de ver a
su Señor en cualquier momento, y que, a pesar de eso, tenga el
corazón puesto en las cosas de este mundo, en hacer dinero, complacerse
a sí mismo, en placeres, vanidades e insensateces. No nos
engañemos. Si esperamos diariamente al Hijo de Dios desde los cielos,
debemos desprendernos de las cosas que pertenecen a la tierra.
Cierto es que podemos sostener la
doctrina de la venida del Señor como un simple dogma del intelecto;
podemos tener en nuestra mente el mapa de las verdades proféticas, sin
que produzca el menor efecto en el corazón, el carácter o la vida
práctica. Pero, es cosa totalmente distinta tener todo el ser moral,
todo el curso práctico de la vida gobernado por la esperanza
bienaventurada de ver al que nos ama y nos lavó de nuestros pecados en
su preciosísima sangre. ¡Quiera Dios que esto abunde más
entre nosotros! Es de temer que muchos de nosotros hayamos perdido el frescor y
el poder de nuestra verdadera esperanza. La verdad de la venida del
Señor ha llegado a ser tan familiar como mera doctrina que a veces
hablamos de ella frívolamente y discutimos diversos puntos, mientras que
nuestros caminos, nuestro comportamiento y nuestro estado de espíritu
desmienten lo que profesamos sostener. Pero no vamos a continuar con este lado
triste y humillante del tema. ¡Quiera el Señor poner sus ojos en
nosotros y, en su benignidad, sanar, restaurar y elevar nuestras almas!
¡Que él reavive en el corazón de todo su amado pueblo la
genuina esperanza cristiana: la esperanza de ver “la estrella
resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22:16)! ¡Que las
palabras del corazón y de la vida entera sean: “Sí, ven,
Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20)! Aquí ponemos punto
final a este tratado. Hubiéramos querido dar un repaso a las dos
epístolas a los Tesalonicenses a fin de demostrar que la esperanza del
retorno del Señor estaba ligada, en el corazón del
apóstol, con todas las escenas, circunstancias y asociaciones de la vida
cristiana. Pero debemos dejar que el lector lo haga por sí mismo.
Confiamos en que se ha dicho lo suficiente para mostrar que la
conversión verdadera, según la enseñanza bíblica,
tiene que incluir la esperanza bienaventurada de la venida del Señor.
Una persona convertida es alguien que se ha apartado completamente de los
ídolos —ha roto con el mundo y con su «yo»
anterior— y se ha convertido a Dios, para hallar en él todo lo que
necesite, para servirle a él, sólo a él y, finalmente,
para “esperar de los cielos al Hijo” de Dios. Pensamos que esta es
la verdadera y apropiada respuesta a la pregunta: «¿Qué es
la conversión?» ¿Está usted convertido? Si no,
¿qué está esperando? Y si lo está, ¿lo
prueba su vida?
Índice
La absoluta necesidad de la
conversión.................................
Falsas ideas acerca de la
conversión....................................
La conversión no es cambiar de
sistema religioso.....................
La conversión, ¿en
qué consiste?.........................................
Definición de la palabra
conversión .....................................
¿Qué nos otorga la
conversión? ...........................................
En el Dios vivo están todos los
recursos .................................
Convertidos para servir
....................................................
Convertidos para esperar a Cristo
........................................
NOTAS
1 N.
del T.— En la época actual, un término que sin duda
Mackintosh habría agregado es el de cine:
el gran atractivo de Hollywood que cautiva al mundo entero.
2 N.
del T.— Teoría que propone que después de la muerte, el
alma de los malos será aniquilada o extinta, esto es, que dejará
de existir. Los aniquilacionistas niegan el castigo eterno y consciente de los
malos, algo que está formalmente contradicho por
3 N.
del A.— Los dos vocablos griegos a los que aludimos en el texto son pleonexia
(el deseo de tener más) y filarguria (el amor al dinero). El
primero se presenta en Colosenses 3:5: “…avaricia, que es
idolatría”; y allí aparece en la terrible lista de los
pecados más viles que han manchado las páginas de la historia
humana.
4 N.
del A.— Es de notar que tanto Efesios 6 como Colosenses 3 se dirigen a
los siervos en una forma más elaborada que a cualquiera de las otras clases
sociales. En Tito 2, son nombrados exclusivamente los siervos; allí el
apóstol no se dirige a los maridos, ni a los amos, ni a los hijos. No
pretendemos dar razón de esto, pero no podemos dejar de señalarlo
como un hecho muy interesante que nos enseña el lugar tan importante que
se asigna en el cristianismo a quien, en aquellos primeros días de la
historia de
Traducido en 1988. Revisado en julio de
2011 ©
Este libro es propiedad de Ediciones
bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza)