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LA PLENITUD DE DIOS PARA VASOS VACÍOS 1 Samuel 4 y 7 C. H. Mackintosh |
El hombre en
su verdadero lugar
Relaciones entre 1 Samuel 4 y 7, y Filadelfia y Laodicea en Apocalipsis 3
Estos dos capítulos ilustran de manera
sorprendente un principio que corre a través de toda la Escritura inspirada, a saber,
que en el momento en que el hombre toma su verdadero lugar —el lugar que
verdaderamente le corresponde—, Dios puede encontrarlo en gracia —en gracia
perfecta, gratuita, soberana e incomparable—: la plenitud de Dios espera vasos
vacíos para derramarse. Este gran principio brilla por todas partes del Génesis
al Apocalipsis. La palabra «principio» es insuficiente para dar el sentido, es
demasiado fría. Deberíamos hablar de ello como de un gran hecho divino, vivo y
maravilloso, que brilla con resplandor celestial en el evangelio de la gracia
de Dios y en la historia del pueblo de Dios, colectiva e individualmente, tanto
en los días del Antiguo Testamento como del Nuevo.
Pero
es necesario que el hombre esté en su verdadero lugar. Es absolutamente indispensable. Es allí
solamente donde puede tener una visión justa de Dios. Cuando el hombre tal como
es, encuentra a Dios tal como es, hay una respuesta perfecta a todas las
cuestiones, una solución divina a todas las dificultades. Desde la perspectiva
de una ruina absoluta y sin esperanza, el hombre obtiene una amplia, clara y
liberadora visión, y capta el sentido de la salvación de Dios. Sólo cuando el
hombre llega al fin de sí mismo en todos los aspectos —su yo malo y su yo
bueno, su yo culpable y su yo justo— comienza con un Dios Salvador. Es verdad
al principio de la vida, y es verdad a lo largo de todo el camino. La plenitud
de Dios espera siempre vasos vacíos. La gran dificultad es vaciar estos vasos:
cuando se logra esto, todo se soluciona, ya que la plenitud de Dios puede
entonces verterse allí.
Ésta seguramente es una gran verdad
fundamental. En los capítulos 4 y 7 de 1 Samuel, la vemos en su aplicación para
el antiguo pueblo terrenal de Dios. Consideremos un poco estos capítulos.
Al principio del capítulo 4, vemos a Israel
derrotado por los filisteos; pero, en lugar de humillarse delante de Jehová en
una verdadera contrición y en el juicio de sí mismo a causa de su terrible
condición, y en vez de aceptar su derrota como el justo juicio de Dios, los
hallamos totalmente insensibles y duros de corazón. “Cuando volvió el
pueblo al campamento, los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido
hoy Jehová delante de los filisteos?” (1 Samuel 4:3). Según estas palabras, es
muy evidente que los antiguos no estaban en el lugar conveniente. Jamás habrían
dicho “por qué” si tan sólo hubiesen tomado conciencia de su condición moral:
hubiesen sabido muy bien el porqué de la situación. Había un pecado vergonzoso
en medio de ellos: la conducta inmoral de Ofni y Finees. “Era, pues, muy grande
delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban
las ofrendas de Jehová” (1 Samuel 2:17).
Pero, lamentablemente, el pueblo no tenía
ningún sentido de su terrible condición, y, por consecuencia, ningún sentido
del remedio. Por eso dicen: “Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de
Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros
enemigos” (4:3). ¡Qué ilusión! ¡Qué ceguera tan grande! No hay ningún juicio de
sí mismo, ninguna confesión de la deshonora causada al nombre y al culto del
Dios de Israel; ninguna mirada hacia Jehová con una verdadera contrición y un
verdadero quebrantamiento de corazón. No hay nada excepto el vano pensamiento
de que el arca los salvaría de la mano de sus enemigos.
“Y envió el pueblo a Silo, y trajeron de
allá el arca del pacto de Jehová de los ejércitos, que moraba entre los
querubines; y los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, estaban allí con el arca del
pacto de Dios” (4:4). ¡Qué terrible condición de cosas! El arca de Dios
asociada a estos hombres impíos cuya maldad iba a atraer el justo juicio de un
Dios santo y justo sobre la nación entera. Nada podía ser más terrible ni más
ofensivo para Dios que esta temeraria tentativa de asociar Su nombre y Su
verdad con el mal. En toda circunstancia, el mal moral es malo de por sí, pero
la tentativa de mezclar el mal moral con el nombre y el servicio de Aquel que
es santo y verdadero, es la peor y más tenebrosa forma de iniquidad, y sólo
puede hacer estallar un muy severo juicio de Dios. Estos sacerdotes impíos, los
hijos de Elí, habían osado contaminar los mismos recintos del santuario con sus
abominaciones; y ahora eran ellos quienes acompañaban al arca de Dios al campo
de batalla. ¡Qué ceguera y qué dureza de corazón! Esa sola expresión: “Ofni y
Finees, estaban allí con el arca del pacto de Dios”, expresa, en su brevedad,
la terrible condición moral de Israel.
“Aconteció que cuando el arca del pacto de
Jehová llegó al campamento, todo Israel
gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló” (v. 5). ¡Qué vanos eran
estos gritos! ¡Qué vacía era esta jactancia! ¡Qué hueca era esta pretensión!
Lamentablemente, ¡todo esto fue seguido por una humillante derrota, y no podía
ser de otro modo! “Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido, y
huyeron cada cual a sus tiendas; y fue hecha muy grande mortandad, pues cayeron
de Israel treinta mil hombres de a pie. Y el arca de Dios fue tomada, y muertos
los dos hijos de Elí, Ofni y Finees” (v. 10-11).
¡Qué estado de cosas! Los sacerdotes
muertos; el arca tomada; la gloria traspasada. El arca de la que se jactaban, y
sobre la que habían fundado su esperanza de victoria, estaba ahora en manos de
los filisteos incircuncisos. Todo se había acabado. Esta terrible circunstancia
—el arca de Dios en la casa de Dagón— expresa la trágica historia de la ruina y
del fracaso total de Israel. Dios quiere realidad, verdad y santidad en
aquellos con quienes se digna morar. “La
santidad conviene a tu casa” (Salmo 93:5). Era un privilegio del orden más
elevado tener a Jehová habitando en medio de ellos. Pero la santidad era la
contrapartida necesaria. Dios no podía asociar su nombre con el pecado no
juzgado. Imposible. Esto habría sido la negación de su naturaleza, y Dios mismo
no puede negarse a sí mismo. El lugar donde quiere habitar debe corresponder a
su naturaleza y a su carácter. “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro
1:16). Esta es una gran verdad fundamental a la cual debemos aferrarnos
tenazmente y que debe ser confesada con reverencia. Jamás debe abandonarse.
Pero consideremos
un poco lo que ocurrió con el arca en la tierra de los filisteos. Es sumamente
solemne e instructivo. Israel había fracasado rotundamente y había pecado
vergonzosamente. Se habían mostrado totalmente indignos del arca del pacto de
Jehová; y los filisteos habían puesto sus manos incircuncisas sobre ella,
permitiéndose introducirla con toda presunción en la casa de su falso dios,
¡como si Jehová Dios de Israel y Dagón pudiesen habitar juntos! ¡Qué blasfema
presunción! Pero la gloria que se había disipado de Israel fue reivindicada en
las tinieblas y la soledad del templo de Dagón.
Dios será Dios,
aunque su pueblo falle. En consecuencia, vemos que cuando Israel faltó
completamente en su responsabilidad de guardar el arca de Su testimonio, y
permitió que pasara a manos de los filisteos —cuando todo estaba perdido en las
manos del hombre—, entonces la gloria de Dios brilla con poder y esplendor:
Dagón se desploma, y toda la tierra de los filisteos tembló bajo la mano de
Jehová. Su presencia se les hizo intolerable, y procuraron sacársela de encima
cuanto antes. Quedó demostrado de manera irrecusable la imposibilidad absoluta
de que Jehová y los incircuncisos marcharan juntos. Así fue, así es hoy, y así
será siempre. “¿Qué concordia (tiene) Cristo con Belial? ¿Y qué acuerdo hay
entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Corintios 6:15-16). ¡Absolutamente
ninguno!
Pasemos ahora al capítulo 7. Encontramos
allí otro estado de cosas totalmente diferente. Vamos a encontrar lo que es un
vaso vacío y, como siempre, la plenitud de Dios esperando tal condición. “Desde
el día que llegó el arca a Quiriat-jearim pasaron muchos días, veinte años; y toda la casa de Israel lamentaba en pos de
Jehová” (v. 2). En los capítulos 5 y 6, vemos que los filisteos no podían
subsistir con Jehová. En el capítulo
7, vemos que Israel no podía subsistir sin
Él. Esto es muy sorprendente e instructivo. El mundo no puede soportar el solo
hecho de pensar en la presencia de Dios. Lo vemos desde la caída, en Génesis 3.
El hombre huye lejos de Dios incluso antes de que Dios lo expulse del jardín de
Edén. No podía soportar la presencia divina. “Oí tu voz en el huerto, y tuve
miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Génesis 3:10).
Siempre fue así, desde entonces y hasta hoy.
Como alguien lo dijo: «Si usted pudiera poner a un hombre inconverso en el
cielo, haría todo lo posible para salir de allí cuanto antes». ¡Qué hecho tan
notable! ¡Qué huella deja en toda la raza humana, y qué prueba de la
profundidad de la depravación moral en que pueden caer los miembros de esta
raza! Si un hombre no puede soportar la presencia de Dios, ¿qué lugar sería el
apropiado para él? Y ¿de qué no es capaz? ¡Importantes y solemnes preguntas!
Luego “toda la casa de Israel lamentaba en
pos de Jehová”. Veinte años, largos y tristes, pasaron sin el bendito sentido
de Su presencia; “Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a
Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y sólo a él servid, y os librará [Él, no
el arca] de la mano de los filisteos. Entonces los hijos de Israel quitaron a
los baales y a Astarot, y sirvieron sólo a Jehová. Y Samuel dijo: Reunid a todo
Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehová. Y se reunieron en Mizpa, y
sacaron agua, y la derramaron delante de Jehová, y ayunaron aquel día, y
dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado” (capítulo 7:2-6).
Qué diferencia con el estado de cosas
presentado en el capítulo 4. Aquí, los vasos están vacíos, preparados para
recibir la plenitud de Dios. No hay vanas pretensiones, ni ninguna búsqueda de
medios exteriores de salvación. Todo es realidad, todo es trabajo de corazón
aquí. En lugar de los gritos de jactancia, vemos el agua derramada: símbolo
sorprendente y expresivo de una absoluta debilidad e inutilidad. En una
palabra, el hombre toma su lugar correcto; y esto, lo sabemos, es la segura
señal precursora de que Dios va a tomar el suyo. Este gran principio atraviesa,
como un maravilloso hilo de oro, toda la Escritura, toda la historia del pueblo
de Dios, toda la historia de las almas. Está condensado en esta expresión tan
breve, pero de tan vasto alcance: “el arrepentimiento y el perdón de pecados”
(Lucas 24:47). El arrepentimiento es el verdadero lugar del hombre. El perdón
de los pecados es la respuesta de Dios. El arrepentimiento expresa el vaso
vacío; el perdón de los pecados, la plenitud de Dios. Cuando ambos se
encuentran, todo se resuelve.
Esto es presentado de modo muy sorprendente
en la escena de este capítulo 7. Una vez que Israel hubo tomado su verdadero
lugar, Dios fue libre de actuar en su favor. Ellos mismos habían confesado que
eran “como agua derramada sobre la tierra”, totalmente impotentes e indignos.
Es todo lo que tenían que decir sobre sí mismos, y esto bastaba. Dios puede
ahora entrar en escena y ocuparse rápidamente de los filisteos. “Si Dios es por
nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31).
“Y Samuel tomó un cordero de leche y lo
sacrificó entero en holocausto a Jehová; y clamó Samuel a Jehová por Israel, y
Jehová le oyó. Y aconteció que mientras Samuel sacrificaba el holocausto, los filisteos
llegaron para pelear con los hijos de Israel”: ¡Qué poco conocían a aquel
contra el cual venían a combatir, a Aquel que iba a salir a su encuentro! “Mas
Jehová tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y los atemorizó,
y fueron vencidos delante de Israel… Tomó luego Samuel una piedra y la puso
entre Mizpa y Sen, y le puso por nombre Eben-ezer, diciendo: Hasta aquí nos
ayudó Jehová” (v. 9-12). ¡Qué contraste entre los jactanciosos gritos de Israel
en el capítulo 4 y el trueno de Jehová en el capítulo 7! Los primeros eran pura
pretensión humana; el segundo, el poder divino. Aquéllos habían sido
inmediatamente seguidos de una humillante derrota; éste, de un triunfo
espléndido. Los filisteos ignoraban lo que había pasado: el agua derramada, los
llantos de arrepentimiento, la ofrenda del cordero, la intercesión sacerdotal.
¿Que podían saber los filisteos incircuncisos de estas preciosas realidades?
Nada. Cuando la tierra se estremecía bajo los pretenciosos gritos de Israel,
podían darse cuenta de lo que pasaba. Los hombres del mundo pueden comprender y
apreciar la satisfacción y confianza en sí mismo; pero éstas son justamente las
mismas cosas que rechazan a Dios. Por el contrario, un corazón quebrantado, un
espíritu contrito, un espíritu humilde, son las cosas que agradan a Dios.
Cuando Israel tomó el lugar de la humillación, el lugar del juicio de sí mismo
y de la confesión, entonces se oyó el trueno de Jehová, y los ejércitos de los
filisteos fueron dispersos y confundidos. La plenitud de Dios espera siempre
que el vaso esté vacío. ¡Preciosa y bendita verdad! ¡Que podamos entrar más
plenamente en su profundidad, plenitud, poder y extensión!
Relaciones
entre 1 Samuel 4 y 7, y Filadelfia y Laodicea en Apocalipsis 3
Antes de terminar este breve artículo, sólo
quisiera mencionar que 1 Samuel 4 y 7 nos hacen recordar a las iglesias de
Laodicea y Filadelfia, en Apocalipsis 3. La primera nos presenta una condición
que deberíamos evitar escrupulosamente; la segunda, una condición que
deberíamos cultivar con diligencia y seriedad. En la primera, hay una miserable
autocomplacencia, y Cristo es dejado fuera. En la segunda, hay conciencia de su
propia debilidad y nulidad, pero Cristo es exaltado, amado y honrado; su
Palabra guardada, y su Nombre apreciado.
Y tengamos en cuenta que estas cosas
prosiguen hasta el final. Es muy instructivo ver que las cuatro últimas de las
siete iglesias presentan cuatro fases de la historia de la Iglesia que siguen
hasta el final. En Tiatira, encontramos el Catolicismo; en Sardis, el
Protestantismo. En Filadelfia, como lo dijimos, tenemos ese estado de alma, esa
actitud de corazón, que todo verdadero creyente, y toda asamblea de creyentes
deberían cultivar con ardor y manifestar fielmente. Laodicea, por el contrario,
presenta un estado de alma y una actitud de corazón que debemos rechazar con
santo temor. Filadelfia es tan atractiva para el corazón de Cristo, como
repugnante le es Laodicea. De la primera, hará una columna en el templo de Su
Dios; a la segunda, la vomitará de su boca, y Satanás la tomará y hará de ella
el “albergue de toda ave inmunda y aborrecible” (Apocalipsis 18:2): ¡la gran
Babilonia! Qué espantoso es esto para todos aquellos que participarán en este
desastre. Y jamás olvidemos que la pretensión de ser Filadelfia manifiesta
realmente el espíritu de Laodicea. Allí donde se encuentra todo tipo de
pretensión, afectación, autoafirmación o autocomplacencia, tenemos a Laodicea,
en espíritu y en principio. ¡Quiera el Señor librar a todo Su pueblo de su
influencia!
Amados, estemos contentos de no ser nada en
esta escena de auto exaltación. Que nuestra aspiración sea andar a la sombra,
en lo que concierne a los pensamientos humanos, pero jamás nos alejemos de la
luz de la aprobación del Padre. En una palabra, nunca olvidemos que «la plenitud de Dios espera siempre vasos
vacíos».
C. H. M.
Traducido en 2011. ©
Este artículo es propiedad de Ediciones
bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza)