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LA SANTIFICACIÓN ¿En qué consiste? C. H. Mackintosh |
Introducción
Procurar paz y consuelo a aquellos que, aunque verdaderamente
convertidos, no han echado mano de un Cristo completo, y que, en consecuencia,
no gozan de la libertad del Evangelio, es el objeto que nos proponemos al
considerar el importante y profundamente interesante tema de la santificación.
Creemos que un número importante de aquellos de quienes buscamos la
prosperidad espiritual, sufren considerablemente a razón de ideas defectuosas o
erróneas sobre esta cuestión vital. En algunos casos, la doctrina de la
santificación es tan enteramente mal comprendida que la verdad de la perfecta
justificación del creyente delante de Dios se ve seriamente comprometida.
Por ejemplo, a menudo hemos oído de algunas personas que hablan de la
santificación como de una obra progresiva, en virtud de la cual nuestra vieja
naturaleza se tiene que ir mejorando gradualmente; y también hemos oído
expresar el pensamiento de que hasta que este proceso no alcance su punto
culminante —es decir, hasta que la caída y corrupta naturaleza humana no haya
sido santificada por completo—, no estamos en condiciones de entrar en el
cielo.
Ahora bien, por lo que respecta a esta
creencia, sólo diremos que la Escritura, al igual que la auténtica experiencia
de todos los creyentes, es enteramente contraria a la misma. La Palabra de Dios
no nos dice ni una sola vez que el Espíritu Santo tenga por objeto la mejoría,
ya de forma gradual, ya de cualquier otra forma, de nuestra vieja naturaleza,
naturaleza que, al nacer, heredamos del caído Adán. El inspirado apóstol
declara expresamente que “el hombre natural no percibe las cosas que son del
Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se
han de discernir espiritualmente” (1.ª Corintios 2:14). Este solo pasaje es
claro y concluyente sobre este punto. Si “el hombre natural” es incapaz de
“percibir” y de “conocer las cosas del Espíritu de Dios”, ¿cómo este “hombre
natural” podría ser santificado por el Espíritu Santo? ¿No es evidente que
hablar de la santificación de nuestra naturaleza es ir en contra de la directa
enseñanza de 1.ª Corintios 2:14?
Podríamos citar otros pasajes para demostrar que el objeto de las
operaciones del Espíritu, no es el de mejorar o santificar la carne, pero no es
menester multiplicar las citas. Una cosa enteramente arruinada, jamás puede ser
santificada. Hagamos lo que queramos con ella, está arruinada; y el Espíritu
Santo, con toda seguridad, no descendió para santificar una ruina, sino para
conducir al pecador arruinado a Jesús. En lugar de cualquier intento por
santificar la carne, oímos que “el deseo de la carne es contra el Espíritu y el
del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis
lo que quisiereis” (Gálatas 5:17). ¿Podríamos suponer al Espíritu Santo
haciendo la guerra contra aquello que debería estar gradualmente mejorando y
perfeccionando? Por otra parte, ¿no cesaría el combate tan pronto como el
proceso de mejoramiento hubiese alcanzado su apogeo? Pero ¿acaso vemos que el
combate del creyente cese alguna vez entretanto esté en el cuerpo?
Esto nos conduce a la segunda objeción contra
la errónea teoría de la santificación progresiva de nuestra naturaleza, esto
es, la que se deriva de la auténtica experiencia de todos los creyentes.
Lector, ¿es Ud. un verdadero creyente? Si es así, yo le preguntaría si alguna
vez ha obtenido alguna mejora de su vieja naturaleza. ¿Es ella una pizca mejor
ahora que al comienzo de su carrera cristiana? El creyente, por la gracia, sí
puede —o debería— subyugarla más plenamente; pero esta naturaleza no es de
ningún modo mejorada. Si no la hace morir, ella estará tan dispuesta como
siempre a aflorar y a manifestarse en toda su vileza. “La carne” en un
creyente, no es nada mejor que “la carne” en un incrédulo. Perded de vista esta
verdad, y difícilmente podríais calcular las terribles consecuencias de ello.
Si el creyente olvida que el yo debe
ser juzgado, pronto aprenderá, mediante una amarga experiencia, que su vieja
naturaleza es tan malvada como siempre, y que siempre será exactamente la misma
hasta el fin.
Es difícil concebir cómo aquel que es llevado a esperar una mejora
gradual de su naturaleza, puede gozar de un instante de paz; pues si tan sólo
se considerase a sí mismo a la luz de la santa Palabra de Dios, no puede sino
ver que su vieja naturaleza —la carne— es exactamente la misma que cuando
andaba en las tinieblas morales de su estado de inconversión. Es cierto que su
condición y su carácter han sufrido un gran cambio a raíz de la posesión de una
nueva naturaleza —una “naturaleza divina” (2. ª Pedro 1:4)— y a causa de la
morada del Espíritu Santo en él para hacer efectivos los deseos de aquélla.
Pero no bien la vieja naturaleza actúa, encuentra que es tan contraria a Dios
como siempre.
No dudamos de que la tristeza y el desaliento, de los que muchos
cristianos se quejan, tienen su origen, en gran parte, en una concepción
errónea de este punto importante de la santificación. Ellos buscan lo que jamás
podrán encontrar. Buscan un fundamento de paz en una naturaleza santificada, en
vez de hacerlo en un sacrificio perfecto; en una obra progresiva de
santificación, en vez de buscarlo en una obra cumplida de expiación. En su
opinión, es presuntuoso creer que sus pecados son perdonados entretanto su
vieja naturaleza no sea completamente santificada; y al ver que ese objetivo no
es alcanzado, no tienen una positiva seguridad de perdón, y son, por consecuencia,
miserables. En una palabra, ellos buscan “un fundamento” totalmente diferente
de aquel que el Señor dijo haber establecido, y, por consecuencia, no tienen
absolutamente ninguna certidumbre. Lo único que parece ofrecerles un rayo de
consuelo, es el éxito aparente de
algún esfuerzo en su lucha por obtener una santidad personal. Si han tenido un
día tranquilo, si son favorecidos por un tiempo de dulce comunión, si se hallan
en una disposición de calma y de devoción, están prestos a exclamar: “No seré
jamás conmovido, porque tú, Jehová, con
tu favor me afirmaste como monte fuerte” (Salmo 30).
Pero, ¡ay! estas cosas proveen un pobre fundamento para la paz del alma.
Ellas no son Cristo; y hasta tanto no veamos que nuestra posición delante de
Dios es en Cristo, no tendremos una
paz asegurada. Sin duda, el alma que realmente ha echado mano de Cristo, aspira
a la santidad; pero si ha comprendido lo que Cristo es para ella, habrá acabado
con todo pensamiento acerca de una naturaleza santificada. Ella ha hallado en
Cristo su todo, y el deseo primordial de su corazón, es crecer a Su semejanza.
Ésta es la verdadera santificación
práctica.
A menudo sucede que ciertas personas, al hablar de la santificación,
tienen pensamientos rectos acerca de ella, aun cuando no se expresen según la
enseñanza de la Escritura. Y hay muchos también que ven un solo lado de la
verdad referente al tema de la santificación, pero no el otro; y aunque nos
pese ofender a alguien por una palabra, es sin embargo siempre muy importante,
al hablar de cualquier punto de la verdad, y particularmente de un punto tan
vital como el de la santificación, hablar conforme a la divina integridad de la
Palabra. Procederemos, pues, a citar, para nuestros lectores, algunos de los
principales pasajes del Nuevo Testamento que desarrollan esta doctrina. Estos
pasajes nos enseñarán dos cosas, a saber:
·
Primero: Qué es la santificación
·
Segundo: Cómo se efectúa la santificación
1. Qué es la santificación
El primer pasaje sobre el cual llamaremos vuestra atención es 1.ª
Corintios 1:30: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha
sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” Aquí aprendemos que Cristo “nos ha
sido hecho” estas cuatro cosas. Dios nos ha dado en Cristo un cofrecito
precioso, y cuando lo abrimos con la llave de la fe, la primera joya que brilla
ante nuestros ojos es la “sabiduría”; la segunda, la “justicia”; la tercera, la
“santificación”; y la cuarta, la “redención”. Todas estas cosas las tenemos en
Cristo. De la misma manera que tenemos una, tenemos todas. Y ¿cómo obtenemos
todas estas cosas? Por la fe. Pero ¿por qué el apóstol menciona la redención a
lo último? Porque ella comprende la liberación final del cuerpo del creyente,
del poder de la mortalidad, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios lo
levantará de la tumba, o lo transformará, en un abrir y cerrar de ojos. ¿Acaso
este acto será progresivo? Claro que no. Tendrá lugar “en un abrir y cerrar de
ojos”. Ahora el cuerpo se encuentra en un determinado estado, y “en un momento”
estará en otro. En el brevísimo lapso de tiempo, expresado por el rápido
movimiento del párpado, el cuerpo pasará de la corrupción a la incorrupción, de
la deshonra a la gloria, de la debilidad a la fuerza. ¡Qué cambio! Será
inmediato, completo, eterno y divino.
Pero ¿qué tenemos que aprender del hecho de que la “santificación” se
halle agrupada con la “redención”? Aprendemos que lo que la redención será para el cuerpo luego, la
santificación lo es para el alma
ahora. En una palabra, la santificación, según el sentido en el cual es
empleado aquí el término, es una obra inmediata, completa, eterna y divina. La
una es más progresiva que la otra. La una es tan inmediata como la otra. La una
es tan completa e independiente del hombre como la otra. No hay duda de que
cuando el cuerpo haya sufrido este glorioso cambio, habrá alturas de gloria
para recorrer, profundidades de gloria para penetrar y vastos campos de gloria
para explorar. Todas estas cosas nos ocuparán durante la eternidad. Pero la
obra que nos hará aptos para gozar de semejantes escenas será cumplida en un
momento. Así es en cuanto a la santificación: los resultados prácticos de la misma deberán
desarrollarse continuamente; pero el hecho mismo, tal como es mencionado en
este pasaje, es llevado a cabo en un santiamén.
¡Qué inmenso alivio sería para miles de almas fervorosas, que están en
la ansiedad y el combate, si pudieran verdaderamente echar mano de Cristo como
su santificación! ¡Cuántos cristianos se esfuerzan inútilmente por lograr una
santificación propia! Ellos vinieron a Cristo para la justicia, después de
haber hecho muchos esfuerzos inútiles para obtener una justicia propia. Y ahora
buscan la santificación de una manera totalmente diferente. Han obtenido “la
justicia sin las obras”, y se imaginan que deben obtener la santificación por
las obras. Han obtenido la justicia por la fe, y se imaginan que deben arribar
a la santificación por propios esfuerzos. Es así como pierden su paz. No ven
que obtenemos la santificación precisamente de la misma manera que obtenemos la
justicia, puesto que Cristo “nos ha sido hecho” tanto lo uno como lo otro.
¿Acaso obtenemos a Cristo por nuestros esfuerzos? No, sino por la fe.
“Al que no obra”, dice la Escritura (Romanos 4:5). Esto se aplica a todo lo que
obtenemos en Cristo. No estamos autorizados por ningún concepto a distinguir de
1.ª Corintios 1:30 “la santificación”, para ponerla sobre otra base totalmente
diferente de todas las otras bendiciones que despliega este pasaje. No tenemos
ni sabiduría, ni justicia, ni santificación, ni redención en nosotros mismos;
ni podríamos procurarlas por mucho que podamos hacer; pero Dios ha hecho que Cristo
sea todo esto para nosotros. Al darnos a Cristo, nos ha dado todo lo que está
en Cristo. La plenitud de Cristo es para nosotros, y Cristo es la plenitud de
Dios.
Además, en Hechos 26:18 se habla de los gentiles convertidos “para que
reciban remisión remisión de pecados, y herencia entre los que son santificados mediante la fe” (V.M.).
Aquí, la fe es el instrumento por el cual se dice que somos santificados,
porque ella nos pone en relación con Cristo. Tan pronto como el pecador cree en
el Señor Jesús, queda ligado a Él. Es hecho uno con Cristo, completo en Él y
acepto en Él. Ésta es la verdadera santificación y la verdadera justificación.
No es un proceso; no es una obra gradual ni progresiva. La Palabra es muy
explícita. Ella dice: “Los que son santificados
mediante la fe en mí.” No dice “los que serán
santificados” ni “los que están
siendo santificados”. Si tal fuese la doctrina, la Palabra lo expresaría de
esa forma.
Sin duda, el creyente crece en el conocimiento de esta santificación, en
la conciencia de su poder y de su valor, de su influencia y de sus resultados
prácticos; y la experimenta y la goza cada vez más. A medida que “la
verdad” esparce su divina luz en su
alma, entra más profundamente en la inteligencia de estas palabras: “ser
santificado”, es decir, “ser puesto aparte” para Cristo, en medio de este mundo
malo. Todo esto es verdadero, hermosamente verdadero; pero cuanto más vemos la
verdad, más claramente comprendemos que la santificación no es propiamente una
obra progresiva, cumplida en nosotros por el Espíritu Santo; sino que es el
resultado de nuestra unión con Cristo por la fe; unión en virtud de la cual
venimos a ser participantes de todo lo que Él es. Es una obra inmediata,
completa y eterna. “Yo sé que cuanto hace Dios es lo que para siempre será;
nada se le puede añadir, ni nada se le puede quitar” (Eclesiastés 3:14; V.M.).
Ya sea que justifique o que santifique, “para siempre será”. Un sello de
eternidad es puesto a cada una de las obras de Sus manos. “Nada se le puede añadir”,
y, bendito sea su Nombre, “nada se le puede quitar”.
Hay pasajes que presentan el tema bajo otro aspecto, y que requiere
también ser considerado con más detalle. Me refiero al resultado práctico en el creyente de su santificación en Cristo. En
1.ª Tesalonicenses 5:23, el apóstol ora así por los santos a quienes se dirige:
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser,
espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro
Señor Jesucristo.” Aquí la palabra se aplica a una santificación que admite
grados. Los tesalonicenses, al igual que todos los creyentes, tenían una
perfecta santificación en Cristo; mas en cuanto a su gozo y a su manifestación
práctica, ella no estaba cumplida sino en parte, y el apóstol ora para que
ellos sean santificados por completo.
En este pasaje, es digno de notar que no se dice nada de “la carne”.
Nuestra naturaleza caída y corrupta es siempre tratada como una cosa arruinada
para siempre. Ella ha sido pesada en la balanza y hallada ligera. Ha sido
medida por la regla divina y no ha alcanzado la medida. Se le aplicó una
plomada perfecta, y fue hallada torcida. Dios la hizo a un lado. Su fin “ha llegado delante de Él” (Génesis 6:3;
V.M.). La condenó y le dio muerte (Romanos 8:3). Nuestro viejo hombre ha sido
crucificado, muerto y sepultado (Romanos 6:8). Presentar las pruebas llevaría
un volumen. ¿Iríamos a imaginar, pues, un instante que Dios el Espíritu Santo
haya descendido del cielo con el objeto de exhumar una naturaleza condenada,
crucificada y sepultada, a fin de santificarla? Basta mencionar tal idea para
que sea abandonada para siempre por todo hombre que se someta a la autoridad de
la Escritura. Cuanto más atentamente estudiemos la Ley, los Profetas, los Salmos
y el Nuevo Testamento, tanto más claramente veremos que la carne es enteramente
incorregible. Ella es absolutamente inservible. El Espíritu Santo no la santifica, sino que da al creyente el
poder para mortificarla. Se nos habla
de “despojar el viejo hombre”
(Colosenses 3:9). Este precepto jamás nos habría sido dado, si el Espíritu
Santo hubiese tenido por objeto santificar este “viejo hombre”.
Esperamos que nadie nos imputará el menor deseo de rebajar el nivel de
la santidad personal, ni de debilitar las santas aspiraciones del alma al
progreso en esa pureza que todo cristiano debiera desear ardientemente. ¡Que
Dios no lo permita! Si hay algo que tenemos sobre todo en el corazón, es el
deseo de promover, tanto en nosotros como en nuestros hermanos, esa plena
pureza personal, ese tono elevado de santidad práctica, esa entera separación
de corazón respecto de todo mal moral bajo toda forma posible. Por eso
suspiramos, por eso oramos y en eso deseamos crecer día a día.
Pero, al mismo tiempo, estamos plenamente convencidos de que una
verdadera santidad práctica, jamás puede estar fundada sobre una base legal, y
de ahí que insistamos en llamar la atención de nuestros lectores respecto de
1.ª Corintios 1:30. Es de temer que muchos que, en alguna medida, han
abandonado el terreno legal en lo que concierne a “la justicia”, se queden
atrás todavía en lo que concierne a “la santificación”. Creemos que ésta es la
trampa y el error de miles de cristianos, y es nuestro ardiente deseo verlo
corregido. El pasaje que tenemos ante nosotros, si sólo fuese recibido en el
corazón por la fe, corregiría totalmente este grave engaño.
Todos los cristianos inteligentes están de acuerdo en cuanto a la verdad
fundamental de “la justicia sin las obras”. Todos admiten plena y perfectamente
que no podemos, mediante ningún esfuerzo, lograr una justicia propia delante de
Dios; pero no todos ven tan claramente que, en la Palabra, la justificación y
la santificación se hallan precisamente sobre el mismo fundamento. No podemos
operar más nuestra santificación de lo que podemos operar nuestra
justificación. Sí podemos intentar hacerlo, pero veremos tarde o temprano que
nuestros esfuerzos son completamente vanos. Podemos hacer votos, tomar
resoluciones, trabajar y combatir; podemos acariciar la esperanza de que mañana
seremos mejor que hoy; pero, al fin de cuentas, seremos constreñidos a ver, a
sentir y a reconocer que, en el asunto de la santificación, somos tan
completamente “débiles” (Romanos 5:6) como lo demostramos ser en el asunto de
la justificación.
¡Oh, qué precioso alivio para el alma sufriente que, tras buscar la
satisfacción o el reposo a lo largo del camino de la santidad personal,
descubre, tras años de luchas inútiles, que eso mismo tras lo cual suspira, se
halla guardado y a su disposición en Cristo, a saber, una santificación
completa que ha de gozarse por la fe! Tal
cristiano puede haber luchado con sus hábitos, con sus malos deseos, con su
carácter, con sus pasiones; puede haber estado haciendo los más laboriosos esfuerzos
por para subyugar la carne y para crecer en santidad interior, pero, ¡ay, ha
fracasado![1]
Él descubre, con
profundo dolor, que no es santo, y sin embargo lee que “sin santidad nadie verá
al Señor” (Hebreos 12). No, obsérvese bien, sin una cierta medida, o cierto
grado alcanzado de santidad, sino sin la santidad misma, la que todo cristiano
posee desde el momento que cree, ya sea que lo sepa o no. En la palabra
“salvación” está tan bien comprendida la perfecta santificación, como “la
sabiduría, la justicia y la redención”. Él no ha obtenido a Cristo por sus
esfuerzos, sino por la fe; y cuando echó
mano de Cristo, recibió todo lo que está en Cristo.
Así pues, mirando a Cristo, permaneciendo en Él, por la fe, él encuentra
el poder para obtener la victoria sobre sus concupiscencias, sus pasiones, su
carácter, sus hábitos, sus circunstancias y las influencias que le rodean. Es
menester que mire a Jesús para todo. Él no es más capaz de someter una sola
concupiscencia, que de borrar todo el catálogo de sus pecados o de producir una
perfecta justicia o de resucitar un muerto. “Cristo es todo y en todos.” La
salvación es una cadena de oro que se extiende de eternidad a eternidad, y cada
eslabón de esta cadena, es Cristo. Es Cristo desde el comienzo hasta el fin.
Todo esto es simple para la fe. La posición del creyente está en Cristo,
y si él está en Cristo para una cosa, lo está para todas. Yo no estoy en Cristo
para la justicia, y fuera de Cristo para la santificación. Si soy deudor a
Cristo para la justicia, lo soy igualmente para la santificación. No soy deudor
al legalismo, ni para lo uno ni para lo otro. Tengo lo uno y lo otro por
gracia, por medio de la fe, y todo eso en Cristo. Sí, todo —absolutamente todo—
en Cristo. Desde el momento que el pecador viene a Cristo, y cree en Él, es
sacado completamente del viejo terreno de la naturaleza; pierde su vieja
posición legal con todas sus pertenencias, y es considerado como en Cristo. Ya
no está más “en la carne”, sino “en el Espíritu” (Romanos 8:9). Dios no le ve
más que en Cristo y como a Cristo. Viene a ser uno con Cristo para siempre.
“Como él es, así somos nosotros en este mundo” (1.ª Juan 4). He aquí la
posición absoluta, asegurada y eterna del más débil niñito en la familia de
Dios. No hay sino una sola y misma posición para todo hijo de Dios, para todo
miembro de Cristo. Su conocimiento, su experiencia, su fuerza, sus dones, su
inteligencia pueden variar, pero su posición es una. Todo lo que poseen de justicia o de santificación, ellos lo
deben a lo que son en Cristo; por consiguiente, si no tienen una santificación
perfecta, tampoco tienen una justicia perfecta. Pero 1.ª Corintios 1:30 nos
enseña positivamente que Cristo “ha sido hecho” lo uno y lo otro a todos los creyentes.
No dice que tenemos la justicia y «una
medida de santificación». Tendríamos, en tal caso, tanta autoridad bíblica
para poner la palabra «medida» delante de justicia como delante de
santificación. El Espíritu de Dios no la ha puesto delante de una ni de otra.
Ambas son perfectas, y son nuestras en Cristo. Dios jamás hace algo a medias.
No hay tal cosa como una «semijustificación»; no, no existe nada parecido;
tampoco hay nada semejante a una «semisantificación». La idea de un miembro de
la familia de Dios, o del Cuerpo de Cristo, que fuese completamente
justificado, pero solo santificado a medias, es a la vez contraria a la
Escritura, y extremadamente ofensiva a todos los sentimientos de la naturaleza
divina.
Es bastante probable que los conceptos erróneos que generalmente se
tienen acerca de la santificación, se deban, en gran parte, al hábito de
confundir dos cosas que son esencialmente diferentes, a saber: la posición y la marcha del creyente o, como a veces se dice, posición y condición. La
posición del creyente es perfecta, eterna, inmutable, divina, por cuanto es el
don de Dios en Cristo. Su andar es imperfecto, vacilante y caracterizado por la
debilidad personal. Su posición es absoluta e inalterable. Su condición
práctica puede presentar diversas imperfecciones, entretanto está en su cuerpo,
y rodeado de diversas influencias contrarias que afectan diariamente su
condición moral. Si, pues, su posición es medida por su marcha, su posición por
su condición, lo que es a los ojos de Dios por lo que es a los ojos de los
hombres, el resultado será necesariamente falso. Si yo razono según lo que soy
en mí mismo, en lugar de razonar según lo que soy en Cristo, deberé
necesariamente llegar a una falsa conclusión.
Deberíamos prestar mucha atención a esto.
Somos muy propensos a razonar partiendo de nosotros mismos hacia Dios, cuando
debería ser al revés: tomando a Dios como punto de partida para recibir de Él
nuestros argumentos. Deberíamos recordar estas palabras del Señor: “Como son
más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros
caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9).
Dios no puede pensar en su pueblo, hablar de su pueblo ni actuar hacia
los suyos sino sólo según lo que ellos son en Cristo. Él les ha dado esta
posición. Ha hecho de ellos lo que son. Hechura suya somos. Por eso, hablar de
los suyos como justificados a medias, sería arrojar deshonra sobre Dios; y
hablar de los suyos como santificados a medias, sería exactamente lo mismo.
Este curso de pensamientos nos conduce a otra importantísima prueba
derivada de las autoritativas y concluyentes páginas de la inspiración: se
trata de 1.ª Corintios 6:11. En los versículos precedentes, el apóstol pintó un
horroroso cuadro de la humanidad caída, y les dijo abiertamente a los santos de
Corinto que ellos habían sido parecidos a este retrato. “Y esto erais algunos.”
He ahí un trato franco. No había palabras lisonjeras; ello no era recubrir la pared
con lodo suelto; no se ve ningún intento por ocultar una parte de la verdad en
cuanto a la entera e irreparable ruina de la naturaleza humana. “Y esto erais
algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el
nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”
¡Qué notable contraste entre los dos lados del “mas” del apóstol! Por un
lado, todos tenemos la degradación del estado moral del hombre, y, por el otro,
la perfección absoluta de la posición del creyente delante de Dios. En verdad
se trata de un maravilloso contraste; y
recuérdese que el alma pasa en un santiamén de un lado de este “mas” al otro.
“Y esto erais algunos; mas ya habéis sido” ahora una cosa
totalmente diferente. Tan pronto como ellos recibieron el evangelio de Pablo,
fueron “lavados, santificados y justificados”. Fueron hechos aptos para el
cielo, y si no lo hubiesen sido, ello habría sido una tacha sobre la obra
divina.
“Está todo limpio”, dijiste tú Señor;
¿Alguna sospecha abrigará el corazón?
“Palabra fiel” la tuya, de seguro es,
Y una obra cumplida, no menos
también.
Esto es divinamente cierto. El creyente menos experimentado “está todo
limpio”, no como una cosa que ha logrado, sino como un resultado necesario de
estar en Cristo. “Estamos en el verdadero” (1.ª Juan 5). ¿Alguno podría estar
en Cristo, y al mismo tiempo no estar sino santificado a medias? Seguramente
que no. El cristiano fiel crecerá, sin duda, en el conocimiento y la
experiencia de lo que es realmente la santificación. Conocerá siempre mejor su
poder práctico, el efecto moral sobre sus hábitos, sus pensamientos, sus
sentimientos, sus afectos y sus asociaciones; en una palabra, comprenderá y
desplegará la poderosa influencia de la santificación divina sobre toda su
marcha, su conducta y su carácter. Pero, junto con esto, él fue tan plenamente
santificado a los ojos de Dios desde el momento que quedó unido a Cristo por la
fe, como lo será cuando haya de exponerse a los rayos de la presencia divina, y
reflejar esta gloria que emana del trono de Dios y del Cordero. Él está en
Cristo ahora, y estará en Cristo después. Su esfera y sus circunstancias serán
diferentes. Sus pies se posarán sobre las calles de oro puro del santuario
celestial, en lugar de estar sobre las áridas arenas del desierto. Estará en un
cuerpo de gloria en vez de estar en un cuerpo de humillación; pero en cuanto a
su posición, a su aceptación, a su plenitud en Cristo, a su justificación y a
su santificación, todo ha sido perfectamente cumplido y determinado desde el
momento que creyó en el Nombre del unigénito Hijo de Dios; tan firmemente
determinado como siempre, por cuanto es Dios quien lo hizo, y como Dios podía
hacerlo. Todo esto es lo que parece desprenderse de forma incontestable y
necesaria de 1.ª Corintios 6:11.
Es de suprema importancia comprender claramente la diferencia que existe
entre una verdad y su aplicación práctica o su resultado. Esta distinción es
continuamente mantenida en la Palabra de Dios. “Ya habéis sido santificados”. He aquí la verdad absoluta, en cuanto
al creyente, considerado en Cristo; mientras que la aplicación práctica de esta
verdad en el creyente, y sus resultados en el creyente, la encontramos en
pasajes tales como éstos: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por
ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la
palabra” (Efesios 5:25-26). “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo”
(1.ª Tesalonicenses 5:23).
2. Cómo se efectúa la santificación
Pero ¿cómo tiene lugar esta aplicación, y cómo se obtiene este resultado?
Por el Espíritu Santo, por medio de la Palabra escrita. Por eso se dice:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y también:
“Dios os ha escogido desde el principio para salvación, mediante la
santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2.ª Tesalonicenses 2:13).
Asimismo en Pedro: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en
santificación del Espíritu” ( 1.ª Pedro 1:2). El Espíritu Santo lleva a cabo la
santificación práctica del creyente sobre la base de la obra cumplida de
Cristo, y el modo en que lo hace es aplicando al corazón y a la conciencia la
verdad tal como es en Jesús. Él desarrolla la verdad en cuanto a nuestra
posición perfecta delante de Dios en Cristo; y, dando energía al nuevo hombre
en nosotros, nos hace capaces de rechazar todo lo que sería incompatible con
esta posición perfecta. Un hombre que “ha sido lavado, santificado y
justificado”, no debería entregarse más a nada que sea contrario a la santidad,
ni debería dar más rienda suelta a su temperamento, a sus pasiones y a sus
concupiscencias. Él es separado para Dios, y debería limpiarse “de toda
contaminación de carne y de espíritu” (2.ª Corintios 7:1). Posee el santo y
feliz privilegio de aspirar a la santidad personal más elevada. Su corazón y
sus hábitos debieran ser traídos y mantenidos bajo el poder de esta gran
verdad, a saber: que él “ya ha sido lavado, santificado y justificado”.
Ésta es la verdadera santificación práctica. No es una tentativa de
mejorar nuestra vieja naturaleza. No es un vano esfuerzo por reconstruir una
ruina irreparable. No; es simplemente el Espíritu Santo que, mediante la
poderosa aplicación de “la verdad”, hace
al nuevo hombre capaz de vivir, de moverse y de tener su existencia en esa
esfera a la cual pertenece. Aquí, indudablemente, habrá progreso. Tendrá lugar
un crecimiento en el poder moral de esta preciosa verdad, un crecimiento en
capacidad espiritual para someter y tener en sujeción todo lo atinente a la
naturaleza, un creciente poder de separación del mal que nos rodea, una
creciente aptitud para ese cielo al cual pertenecemos, y hacia el cual
marchamos, una creciente capacidad de gozarnos en sus santos ejercicios. Todo
esto tendrá lugar mediante el misericordioso ministerio del Espíritu Santo,
quien se sirve de la Palabra de Dios para desplegar ante nuestras almas la
verdad, en cuanto a nuestra posición en Cristo, y a la marcha que condice con esa posición. Pero
compréndase bien que la obra del Espíritu Santo en la santificación práctica,
día a día, reposa sobre el hecho de que los creyentes “son santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo
hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). El Espíritu Santo tiene por objeto
conducirnos al conocimiento, la experiencia y la manifestación práctica de lo
que era verdad de nosotros en Cristo desde el mismo momento que creímos. En
esta obra hay progreso; pero en cuanto a nuestra posición en Cristo, ella es
eternamente cumplida.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y
también: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1.ª
Tesalonicenses 5:23). En estos pasajes, tenemos el gran lado práctico de la
cuestión. Aquí vemos presentada la santificación, no meramente como algo que es
absoluta y eternamente verdadero de nosotros en Cristo, sino también como algo
que se cumple en nosotros, día a día, hora tras hora, por el Espíritu Santo,
mediante la Palabra. Considerado desde este punto de vista, la santificación
es, obviamente, algo progresivo. Yo debería estar más avanzado en santidad
personal el próximo año que el presente. Debería, por la gracia, progresar cada
día en santidad práctica. Pero —permitidme pregutaros— ¿qué es esto? ¿Qué es
esto sino el cumplimiento, en mí, de lo que fue verdadero de mí, en Cristo,
desde el momento que creí? La base sobre la cual el Espíritu Santo cumplió la
obra subjetiva en el creyente, es la
verdad objetiva de la perfección
eterna de éste en Cristo.
Asimismo leemos: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Aquí la santificación nos es presentada
como algo que hay que “seguir”, algo que hay que alcanzar con activo empeño,
algo que todo verdadero creyente suspirará por cultivar.
¡Que el Señor nos introduzca en el poder
de estas verdades! ¡Quiera Él que no permanezcan alojadas en la región de
nuestro intelecto como doctrinas y dogmas, sino que entren y permanezcan en el
corazón, como realidades influyentes, poderosas y sagradas! ¡Dios quiera que
conozcamos el poder santificante de la verdad (Juan 17:17); el poder
santificante de la fe (Hechos 26:18); el poder santificante del Nombre de Jesús
(1.ª Corintios 1:30; 6:11); el poder santificante del Espíritu Santo (1.ª Pedro
1:2); la gracia santificante del Padre (Judas 1)!
Y ahora, a Dios el Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sean gloria y
majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. ¡Amén!
NOTAS
[1] N. del T. — La figura divina de esta experiencia
y conflicto nos es dada en el capítulo 7 de la epístola a los Romanos. Para una
detallada consideración de este tema, véase el artículo “La liberación: ¿Qué
es?”