Apéndice sobre 1 Corintios 11:5

 

¿Permitió Pablo profetizar a la mujer en la Iglesia?

Estudio que explica por qué 1 Corintios 11:5 no presenta ninguna contradicción con el claro significado de 14:34-35

 

Se ha planteado la cuestión de si la expresión “toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra su cabeza” en  1 Corintios 11:5 da permiso tácito para que las mujeres “profeticen” a la congregación en una reunión de la iglesia. Esto parecería ser rechazado por Pablo más adelante en la misma epístola. En el capítulo14:34-35 él dice:

“Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1 Cor. 14:33-35)

En épocas anteriores la prohibición tan enfática y al parecer tan universal de 14:34-35 gobernó a la mayoría de los comentaristas, y por eso concluyeron que el “profetizar” de las mujeres mencionado en 11:5 nunca realmente fue aprobado allí, o que era algo que pudo suceder fuera de la reunión regular de la iglesia. Otros supusieron que se refiere a los casos excepcionales en que a una mujer pudo habérsele dado un mensaje profético para entregar a la congregación en épocas apostólicas solamente, antes de la cesación general de este don. Consideraremos los comentarios de algunos de estos anteriores autores abajo.

 

El tratamiento de esta cuestión en recientes discusiones académicas es polémico porque incide directamente sobre el rol de las mujeres en el ministerio cristiano. Las mujeres se han ido incluyendo cada vez más en el ministerio de las iglesias “evangélicas” que conservan una cierta medida de respeto por la Biblia, y por este motivo se han hecho esfuerzos para dar lugar a que las mujeres hablen en la iglesia al tiempo que se tienen en serio en cuenta estos pasajes. El elemento común en estos tratamientos es la premisa de que 11:5 «debe» referirse a las mujeres que hablan en el servicio de la iglesia, y que 14:34-35 no es, por lo tanto, una prohibición absoluta después de todo. Además de esto, se arguye que el “profetizar” mencionado en 11:5 no era necesariamente de una naturaleza carismática, de modo que el permiso se pudiera ampliar hasta llevarlo al nivel de discurso público normal para lo cual se busca justificación.

 

La dificultad de esta posición es: ¿cómo se explica 14:34-35? Varios autores han expresado recientemente la opinión de que estos versos pueden pertenecer solamente al juicio de la profecía de la que se habla en 14:29. (1) En los últimos veinte años este punto de vista ha llegado a ser popular. (2) Pero otros autores, dándose cuenta de la debilidad de esta interpretación, han recurrido a poner en tela de juicio la autenticidad de 14:34-35 mediante argumentos crítico-textuales. (3) El argumento crítico-textual ha encontrado poco favor entre evangélicos. (4) Se han propuesto otras interpretaciones, pero éstos son los dos métodos más comunes usados por los que desean atenuar la prohibición aparentemente absoluta. Ninguno de todos ellos parece satisfactorios.

Interpretaciones tradicionales

Juan Calvino, quien no requiere que sus interpretaciones deban dar lugar a que las mujeres hablen en iglesia, escribe como sigue en su comentario sobre 1 Corintios 11:5:

 

«“Toda mujer que ora o profetiza”. Aquí tenemos la segunda proposición — que las mujeres deben tener sus cabezas cubiertas cuando oran o profetizan; si no deshonran a su cabeza. Pues como el hombre honra su cabeza mostrando su libertad, así la mujer, mostrándole el sometimiento. Por lo tanto, por otra parte, si la mujer descubre su cabeza, ella socava el sometimiento: lo que implica el desprecio de su marido. Puede parecer, sin embargo, algo superfluo que Pablo prohíba a la mujer profetizar con su cabeza descubierta, mientras que en otra parte él prohíbe enteramente a las mujeres hablar en la iglesia. Por lo tanto, no sería permisible que ellas profetizaran incluso con una cubierta sobre su cabeza, y por lo tanto se deduce que él no tendría ningún sentido que discuta aquí en cuanto a una cubierta. A esta objeción puede contestarse, que el apóstol, a la vez que condena lo uno, no encomienda lo otro. Porque cuando él reprueba que la mujer profetice con su cabeza descubierta, al mismo tiempo no les da el permiso de profetizar de ninguna otra manera, sino que retrasa algo su condenación de ese vicio hasta llegar a otro pasaje, a saber, en 1.ª Corintios 14. En esta contestación no hay nada fuera de lugar, aunque al mismo tiempo puede ser conveniente decir, que el apóstol requiere que las mujeres muestren su modestia — no simplemente en un lugar en el cual la iglesia entera esté congregada, sino también en cualquier reunión más solemne, de matronas o de hombres, tales como las que a veces se convocan en casas privadas» (5)

 

Calvino parece dar por cierto que cualquier regla de vestir debe pertenecer a las reuniones que sean en una cierta medida “solemnes”. Esto es debatible. Su sugerencia de que 11:5 no implica necesariamente “ninguna” aprobación de que las mujeres profeticen es también cuestionable, pero no se debe descartar ligeramente. El “profetizar” en 11:5 se puede comparar a “los que se bautizan por los muertos” en 1 Corintios 15:29, que difícilmente pueda interpretarse como una afirmación inequívoca de esta práctica. Su sugerencia de que el “profetizar” en 11:5 puede tener en vista las reuniones “convocadas en casas privadas” parece más probable. Este punto de vista también fue favorecido por Bengel en su Gnomon Novi Testamenti, y en el siglo XIX se lo encuentra con frecuencia en los comentarios (v.g. Charles Hodge, C.J. Ellicott, J.J. Lias, H.A.W. Meyer).

Comentando respecto de 1 Corintios 14:33b Hodge escribe:

 

«Si se relaciona con el v. 34, este pasaje es paralelo a 11:16, donde se hace una apelación a  la costumbre de las iglesias en referencia a la conducta de las mujeres en público en carácter autoritario. El sentido es así pertinente y bueno. “Al igual que en todas las demás iglesias cristianas, que vuestras mujeres guarden silencio en las asambleas públicas.” El hecho de que en ninguna iglesia cristiana se permitía que las mujeres hablaran en público, era de por sí una poderosa prueba de que se trataba de algo no cristiano, es decir, contrario al espíritu del cristianismo. Pablo, sin embargo, agrega a la prohibición el peso de la autoridad apostólica, y no sólo de eso, sino también la autoridad de la razón y de la Escritura. No les está permitido a ellas hablar. El hablar que se tiene en consideración es el hablar en público, y especialmente en la iglesia. En el Antiguo Testamento había sido predicho que “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” una predicción que el apóstol Pedro cita como que tuvo lugar en el día de Pentecostés, Hechos 2:17; y en Hechos 21:9 se hace mención de cuatro hijas de Felipe que profetizaban. El apóstol mismo parece dar por supuesto, en 11:5, que las mujeres recibieron y ejercieron el don de profecía. Es, por lo tanto, solamente el ejercicio público del don lo que se prohíbe. La causa racional para esta prohibición radica en que es contraria a la relación de la subordinación en la cual la mujer está en relación al hombre en que ella aparezca como enseñadora en público. Los judíos y los griegos adoptaron la misma regla; y por lo tanto, la costumbre que los Corintios parecían dispuestos a introducir, era contraria al uso establecido». (6)

En su comentario Meyer escribe:

«Aquí se suponen oraciones y palabras proféticas en reuniones de parte de las mujeres [11:5] como algo permitido. En 14:34, por el contrario, se les impone el silencio. Compárese también 1 Timoteo 2:12, donde les está prohibido enseñar. Esta aparente contradicción entre los pasajes desaparece, sin embargo, si consideramos que en el capítulo 14 se trata de la asamblea pública de la congregación, de la ekklesia entera, de la cual se habla (los versos 4, 5, 12, 16, 19, 23, 26 ff., 33). No hay muestra de que tal sea el caso en el pasaje ante nosotros (11:5). Lo que el apóstol, por lo tanto, tiene en vista aquí, donde él no prohíbe orar y profetizar a las mujeres, y al mismo tiempo no puede significar la adoración familiar simplemente (véase sobre el verso 4), deben ser reuniones más pequeñas para devocional en la congregación, círculos más limitados reunidos para adoración, tal como los que caen bajo la categoría de una reunión casera (16:19, Romanos 16:5, Colosenses 4:15, Filemón 2). Puesto que el tema aquí discutido, como podemos deducirlo de su carácter peculiar, debe haber sido llevado por los mismos corintios en su carta a la consideración del apóstol para su decisión, sus lectores entenderían tanto el tipo de reuniones que estaban en consideración como aquellas en que las mujeres podían orar y hablar como profetisas, y también que la instrucción ahora dada no fue abrogada otra vez por “que las mujeres callen en las asambleas de la iglesia.” Este último, sin embargo, sería el caso (pues la enseñanza de este pasaje sería sin objeto y sin fundamento) si Pablo aquí estuviese solamente posponiendo por un poco la prohibición en 14:34, a fin de, primero de todo, censurar y corregir provisoriamente un mero abuso externo en relación con una cosa que todavía debía ser tratada como enteramente inadmisible (contra mi propia opinión anterior). Es perfectamente arbitrario decir, como Grotius, que debemos entender 14:34 como una excepción a la regla, ‘a menos que ella tenga un mandamiento especial de Dios’» (7)

 

J.J. Lias parece favorecer la primera explicación de Calvino, pero menciona también la segunda:

«Cierta dificultad se ha planteado sobre las palabras, “o profetiza” (11:5). Se ha pensado que se le permitía profetizar a la mujer aquí, es decir, en asambleas más pequeñas, y que las prohibiciones en el cap. 14:34 y 1 Timoteo 2:12 se refieren a las reuniones más generales de la iglesia. El tema es de cierta dificultad (véase Hechos 2:18, 21:9), pero es quizás mejor, junto con De Wette y Calvino (quien dice, “Apostolum hic unum improbando alterum non probare”) suponer que el apóstol reprocha solamente la oración en público con la cabeza descubierta, y reserva su reprensión de profetizar para el capítulo 14:34. En cuanto a los dones proféticos de las hijas de Felipe el evangelista, Hechos 21:9, eran probablemente reservados para las reuniones de su propio sexo». (8)

 

A comienzos del siglo XX la noción de que el “profetizar” en consideración se limitaba a las reuniones caseras, halló el favor de Benjamin Warfield:

 

«Cuál es el significado exacto de 1 Corintios 11:5, nadie lo sabe absolutamente. Se dice que toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza. Parece justo deducir que si ella ora o profetiza, no deshonra su cabeza. Y parece aún más justo deducir que ella puede orar o profetizar correctamente si tan sólo lo hiciese velada. Estamos apilando una cadena de inferencias. Y no nos han llevado muy lejos. No podemos deducir que sería apropiado que ella orase o profetizase en la iglesia si tan sólo estuviese velada. Nada se dice de iglesia en el pasaje ni en el contexto. La palabra “iglesia” no aparece hasta el v. 16, y allí no como rigiendo la referencia del pasaje, sino solamente como proporcionando un apoyo adicional para la prescripción del pasaje. No hay ninguna razón para creer que “orar y profetizar” quiera decir en la iglesia. Ni lo uno ni lo otro eran actividades limitadas a la iglesia. Si, como en 1 Corintios 14:14, el “orar” de que se habla era un ejercicio extático —como su lugar de “profetizar” puede sugerir— entonces la inspiración divina habría estado traspasando todas las leyes ordinarias con que se cuenta. Y ha habido ya ocasión para observar que la oración en público está prohibido a las mujeres en 1 Timoteo 2:8-9, a menos que lo que se esté considerando sea la simple atención en la oración, en cuyo caso este pasaje es un paralelo cercano a 1.ª Timoteo 2:9». (9)

 

En la generación siguiente podemos citar al comentarista luterano R. C. H. Lenski:

«El asunto se vuelve claro cuando observamos que a partir de 11:17 en adelante, hasta el final del capítulo 14, Pablo trata con las reuniones de la congregación para la adoración pública y con las regulaciones que pertenecen a las asambleas públicas. La transición está decididamente marcada: ''os congregáis” es decir, para la adoración pública, v. 17; “cuando os reunís como iglesia” (ekklesia, sin artículo), v. 18; y otra vez: “Cuando, pues, os reunís vosotros”, es decir, para la adoración pública, v. 20. En estas asambleas públicas, Pablo prohíbe a las mujeres, no sólo profetizar, sino hablar en todo sentido, 14:34-36, y asigna la razón para esta prohibición tal como lo hace en 1 Timoteo 2:11».(10)

Los mismos conceptos han sido adoptados recientemente por un autor popular bautista, John MacArthur:

«La mención de que las mujeres oran y profetizan se utiliza a veces para probar que Pablo reconoció el derecho de que ellas enseñaran, predicaran y guiaran en la adoración de la iglesia. Pero él no hace ninguna mención aquí de la iglesia en la adoración o en la ocasión de la enseñanza formal. Quizás él tiene en vista orar y profetizar en lugares públicos, más bien que en la adoración de la congregación. Esto encajaría ciertamente con las tan claras directivas dadas en 1 Corintios (14:34) y en su primera epístola a Timoteo (2:12)... Las mujeres podían tener el don de profecía, al igual que las cuatro hijas de Felipe (Hechos 21:9), pero no deben normalmente profetizar en las reuniones de la iglesia donde están presentes los hombres». (11)

Esta noción también es favorecida en artículos periódicos recientes por Harold R. Holmyard y J. Carl Laney. Holmyard escribe:

 

«Los creyentes en las reuniones de la iglesia representan al cuerpo de Cristo, la sociedad del pueblo de Dios. Los que hablan ocupan de facto roles de dirección, puesto que todos los demás deben escuchar. En reuniones ordinarias y formales, los hombres son los que deben asumir estas responsabilidades de autoridad. Pero en los muchos pequeños grupos, fortuitos de la vida diaria, el hecho de que una mujer hable no necesita implicar autoridad sobre varones. Los varones puede que no estén presentes, o puede que sean inconversos, o, debido a enfermedad u otras dificultades, puede que tengan necesidad de una palabra a Dios o de Dios. Muchas otras circunstancias podrían explicar la propiedad de una mujer que ora o profetiza con los hombres presentes en una ocasión que no sea la de la iglesia». (12)

 

Laney escribe:

 

«Un punto de vista que merece más consideración es la posibilidad de que Pablo trataba dos diferentes situaciones en 1 Corintios 11 y 14. ¿Habría podido Pablo referirse en 1 Corintios 11:2-16 a las mujeres “que oraban y profetizaban” en contextos que no incluyeran la reunión de la iglesia? Si es así, es posible que su restricción en 1 Corintios 14:34-35 se aplique solamente cuando la iglesia se reúne en la asamblea pública para la predicación de la palabra y para observar las ordenanzas de la comunión y de bautismo. Se ha objetado que 1 Corintios 11 trata el tema de la comunión: ciertamente un acto de la iglesia. Pero hay una clara transición entre la discusión de Pablo acerca de cubrirse la cabeza en 11:2-16, y su enseñanza con respecto a la Cena del Señor en 11:17-34. Solamente en la segunda sección del capítulo 11 hace Pablo mención de los creyentes que se congregan: “os congregáis” (11:17); “cuando os reunís como iglesia” (11:18); “cuando os reunís vosotros” (11:20); “cuando os reunís a comer” (11:33). Pablo está pensando claramente en la iglesia congregada en 11:17-34. Pero ninguna de tales alusiones aparece en 11:2-16. Uno podría prestar fuerte atención al hecho de que Pablo está tratando dos diferentes contextos en el capítulo 11 —el primero en el que creyentes se reúnen en grupos pequeños para orar, y el segundo donde la iglesia se congrega para enseñar, predicar y para la comunión. Los límites del ministerio para una situación pueden diferir de los de la otra... esto podría tener implicaciones significativas para nuestro estudio de 14:34-35. ¿Es posible que Pablo esté dando una restricción sobre el habla público en la iglesia, una restricción que no se aplicaría en el hogar u otras reuniones de grupo informales? Pablo pone en contraste la iglesia y el hogar en 14:35 donde él precisa que está permitido que las mujeres hagan preguntas en un lugar pero no en el otro. La posibilidad de que Pablo esté tratando dos diferentes contextos en 1 Corintios 11 y 14 merece considerarse». (13)

 

La conclusión de Laney de que esta interpretación “merece considerarse” parecería ser una proposición de mucho mayor peso de lo que realmente parece. Es encomendable obviamente, y ha sido la opinión de muchos comentaristas en el pasado. Además de los eruditos citados arriba podríamos también citar a Hermann Olshausen, Carles T. Ellicott, J. Agar Beet, W. E. Vine, Frederik W. Grosheide, Gordon Clark, y Philip Bachman (14) . Y Laney está en lo correcto cuando dice que “esto podría tener implicaciones significativas para nuestro estudio de 14:34-35.” La implicación principal es que nada impide que tomemos 14:34-35 en su sentido llano como prohibición de las mujeres de hablar a la congregación en absoluto. Uno no puede sino pensar que esta implicación impopular es la razón principal de que tantos escritores recientes han insistido en el hecho de que “profetizar” en 11:5 puede ocurrir solamente en un servicio de adoración.

 

REFUTACIÓN DE ARGUMENTOS CONTRA LA INTERPRETACIÓN TRADICIONAL

No debemos pasar por alto sin contestar seriamente los argumentos que han sido utilizados contra la creencia tradicional. Debajo responderemos punto por punto a los argumentos usados por D.A. Carson en su artículo “Silent in the Churches: On the Role of Women in 1 Corinthians 14:33b-36.” (15) Al hablar de «profetizar» tal como se menciona en 11:5, y del pasaje de 11:2-16 en general, Carson da siete razones de por qué no debe entenderse como está explicado en los comentarios citados anteriormente.

1. «Pablo piensa en la profecía primariamente como una revelación de Dios entregada por medio de creyentes en el contexto de la iglesia, donde la profecía debía ser juzgada (14:23-29).»

Esta aserción meramente comete «petición de principio» (Carson aparentemente está utilizando la palabra iglesia aquí en referencia a la asamblea semanal para la adoración en el Día del Señor, y no meramente en el sentido del cuerpo o de la comunidad de cristianos.) Seguramente que las pretensiones a la profecía inspirada requeriría y recibiría juicios o evaluaciones de parte de miembros responsables de la comunidad cristiana, pero ni las profecías ni los juicios o evaluaciones necesitaban tener lugar en el servicio semanal de adoración. E incluso si pudiera demostrarse que cuando Pablo pensaba en la profecía, tenía en mente primariamente esta particular reunión, «primariamente» no es suficientemente satisfactorio en este caso. A Carson le falta demostrar que el acto de profetizar mencionado en 11:5 sólo puede referirse a la profecía que tenía lugar en el contexto de la asamblea principal, para lo cual Pablo fijó reglas en el capítulo 14.

2. «Las distinciones entre 'grupos caseros más pequeños' e 'iglesia' puede que no hayan sido del todo comprensibles para los primeros cristianos, los cuales se reunían comúnmente en hogares privados. Cuando la 'iglesia' en una ciudad era lo suficientemente grande (como seguramente lo era en Jerusalén, Antioquía, Éfeso y posiblemente Corinto) de modo que desbordaba la mayor comodidad de un lugar privado, debía de haber sido más bien difícil, una vez que se estableciera la oposición, encontrar un lugar público lo suficientemente grande para acomodar a todos los creyentes de esa ciudad; i.e., los grupos caseros en tales circunstancias constituían la asamblea de la iglesia.»

De nuevo, sólo necesita decirse respecto de esto que el edificio en el cual se tenían reuniones, no necesita afectar grandemente el carácter de la reunión. Una reunión solemne no requiere ningún tipo particular de edificio, sino que puede llevarse a cabo en el mismo humilde salón donde también se tienen otras reuniones menos formales. Además, podemos advertir que el lugar de reunión usado por los corintios para celebrar la Cena del Señor era evidentemente bastante grande para reunir a personas que no estaban en términos familiares (véase 11:18). Es probable que las scismata “divisiones” y aireseiV “facciones” (11:19) que en aquel entonces se reunían en un solo lugar, acostumbraban reunirse en congregaciones más pequeñas y privadas durante la semana, en cuyo caso una distinción entre estas reuniones se torna importante. Tal vez no sea casualidad que el asunto de cubrirse la cabeza sea discutido antes de una sección que es introducida: “Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia…”. Las palabras aquí son en ekklesia, lit. “en asamblea”, y ellas implican que previamente Pablo había estado hablando acerca de asuntos que no pertenecen específicamente a esta asamblea general en el día del Señor.

3. «El lenguaje de 11:16 ('Si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.') parece sugerir un asunto de incumbencia eclesiástica, y no meramente lo concerniente al ámbito privado o de pequeños grupos devocionales. El paralelo entre 'nosotros'/'las iglesias de Dios' o bien significa que Pablo nunca había permitido la práctica, y que las iglesias habían seguido su dirección, o bien que Pablo y la iglesia en Éfeso (desde la cual escribe) constituyen el 'nosotros' que no han seguido la práctica, y otra vez las demás iglesias han adoptado la misma posición. De cualquier manera, cuando Pablo adopta el mismo tono en otros lugares (véase especialmente 14:33b, 36), él está hablando acerca de la conducta en una asamblea.»

De nuevo, no hay razón para entender la expresión “las iglesias” en 11:16 como si se refiriesen específicamente a la asamblea de las iglesias en el Día del Señor. La “práctica” en cuestión aquí incumbe al uso de la cubierta de la cabeza, lo cual no estaba de ninguna manera limitado a los domingos o a la “conducta en una asamblea.” Los velos eran una prenda de uso común para muchas mujeres, especialmente entre judíos y cristianos, para quienes el hecho de cubrirse tenía un significado religioso. La discusión acerca de cubrirse la cabeza no tiene ninguna relación especial con un servicio de adoración, excepto hasta donde el servicio de adoración se conciba como el ambiente religioso supremo. Pablo discute la práctica bajo la condición de oración y profecía, no por cuanto éste sea el único momento en el cual se usaban los velos, sino porque en estas ocasiones, cuando los miembros estaban reunidos, era cuando esa observancia de la costumbre se hace más importante o notable. De cualquier manera, no hay ciertamente ninguna razón para referir esta práctica ni la frase “las iglesias” específicamente al servicio de culto en el Día del Señor.

4. «Los versículos que siguen inmediatamente (11:17-34) son ciertamente dedicados a una ordenanza planeada para la asamblea.»

Esto es cierto, pero ya hemos notado las frases de transición en 11:17-18 que indican que el apóstol se dirige a un contexto más específico en 11:17-34. Véanse también las notas de Lenski sobre esto. Y debemos observar también que los versículos inmediatamente precedentes están dedicados a una cuestión perteneciente a la conducta fuera de la asamblea. Esto tiene al menos tanta incidencia sobre la interpretación de este pasaje como el hecho de que es seguido por una sección que comienza a hablar específicamente acerca de la asamblea.

5. «Si alguno señalare que 11:2-16, a diferencia de 14:33b-36, no incluye la frase 'en la iglesia', también debe observarse que 11:2-16 no restringe el lugar de aplicación a los hogares privados o grupos pequeños.»

No es la intención de Calvino y de los demás expositores que hacen una distinción entre la asamblea general y reuniones menores,  «restringir el lugar de aplicación» de las instrucciones acerca del uso del velo. Ciertamente sería absolutamente erróneo que alguien mantuviera que las instrucciones dadas en 11:2-16 sólo están pensadas para aplicarse en hogares privados o en grupos pequeños. El significado claro y sencillo de este pasaje es que Pablo quiere que las mujeres cubran sus cabezas cuando oran o profetizan, dondequiera que esto tenga lugar.

6. «Si la restricción en 11:2-16 requiere cierta clase de sombrero o de peinado distintivo, llega a ser débilmente ridículo en proporción al grado de privacidad considerado. Si la restricción pertenece a todo lugar excepto a la reunión de la iglesia, ¿significa eso que la esposa cristiana deba posponer su oración en privado hasta que se haya ido de prisa a su recámara y se haya puesto su cubierta? La restricción es coherente solamente en un lugar público.»

De nuevo, la manera en que Carson arregla la cuestión (“Si la restricción pertenece a todo lugar excepto a la reunión de la iglesia”) falsifica la interpretación opuesta. La regla de cubrirse la cabeza abarca todos los lugares públicos, así como los lugares semiprivados en que las mujeres pudieron de un modo conceptible “profetizar” con la aprobación de Pablo. No es que para 11:2-26 se tenga en vista un diferente ambiente, sino que no hay en vista ningún ambiente particular para la regla de cubrirse la cabeza. Carson trata de hacer que esto parezca ridículo mediante un reductio ad absurdum, pero él debería saber que en el primer siglo no era para nada ridículo que una mujer mostrara semejantes escrúpulos religiosos. Sabemos al menos de una mujer judía de quien se dijo haber mantenido su cabeza cubierta en todo momento. (16)

7. «Sobre todo, la universalidad de la promesa de Joel, citada en Pentecostés, de que el Espíritu Santo sería derramado sobre hombres y mujeres tal que ambos profetizarían como miembros constitutivos de la comunidad del Nuevo Pacto, parece de uno u otro modo menos que transparente si las mujeres exhibiesen su herencia tan sólo fuera de la comunidad mesiánica congregada.»  

Aquí sólo tenemos que notar la manera en que las frases expansivas de Carson —”como miembros constitutivos de la comunidad del Nuevo Pacto” y “fuera de la comunidad mesiánica congregada”— meramente empañan el tema al confundir la “comunidad” cristiana con la asamblea (reunión) que está bajo discusión. El punto de vista contrario no supone que 14:34-35 constituya alguna prohibición absoluta de que las mujeres hablen en todas las reuniones. Hace una distinción entre las reuniones más formales y las que son menos formales. Así pues, Carson falla de una manera  significativa al tratar con el punto de vista contrario.

Respecto de la interpretación de la profecía de Joel (Joel 2:28-32) que prevalecía en la primitiva iglesia, sólo señalaremos que no existen evidencias de que las palabras “e hijas” recibiesen tanta atención en la primitiva Iglesia como Carson parece creer que requieren. En el capítulo 2 de los Hechos, donde Pedro cita esta profecía, no hay ninguna mención de que hayan profetizado mujeres en el día de su cumplimiento. Parece que Carson simplemente está imponiendo sobre el texto una opinión moderna acerca de qué debió de haber hecho la primitiva iglesia de la profecía de Joel. De cualquier manera, introducir este detalle de un contexto tan remoto, y afirmar que nos prohíbe hacer cualquier distinción entre hombres y mujeres en la asamblea, es entregarse a un método muy cuestionable de exégesis.(17)

 

Sobre la base de estos muy débiles argumentos, Carson insiste en que 11:5 puede referirse solamente a profetizar en la asamblea, y que nos vemos, por tanto, “obligados” a adoptar la nueva interpretación de Margaret Thrall's sobre 14:34-35, que no es otra cosa que una menor restricción sobre las mujeres respecto a una oscura sesión de “juicio de la profecía” que se supone que hubo de haber tenido lugar en las reuniones.  Pero respecto del mismo acto de profetizar, y a pesar del enfático y absolutamente claro lenguaje de 14:34-35, Carson dice:

 

 «Las mujeres, naturalmente, pueden participar en tales profecías; eso estaba establecido en el capítulo 11.»

 

Él incluso salta de esta aserción a la idea de que Pablo realmente animó a las mujeres a que profeticen en la asamblea:

«...en una ekklesia griega, i.e., en una reunión pública, a las mujeres no se les permitía hablar absolutamente. En contraste con ello, las mujeres en la ekklesia cristiana, movidas por el Espíritu, eran animadas a hacerlo. En ese sentido, Pablo no se dejó atrapar por las costumbres sociales de Corinto: el Evangelio, en su opinión, verdaderamente liberó a las mujeres de ciertas restricciones culturales.»

Los excesos retóricos de esta última declaración, que está tan en desacuerdo con el tenor de 14:34-35 y con el de varios otros pasajes paulinos sobre el lugar de la mujer en la Iglesia, debe hacer que preguntemos si es que Carson se está realmente acercando a esta cuestión en su usual sobrio y académico espíritu.  Que Pablo «no se dejó atrapar por las costumbres sociales de Corinto» realmente se sobreentiende, pero ¿acaso Carson pretende sugerir que el silencio de las mujeres en las reuniones públicas era meramente una costumbre griega, a la cual Pablo se opone?

Ni siquiera hemos tocado los serios problemas con que se topa la interpretación favorita de Carson sobre 14:34-35, la cual requiere que imaginemos a Pablo permitiendo a las mujeres profetizar en la misma asamblea donde él mismo les prohíbe hacer alguna pregunta. La idea de Carson aquí es que de una u otra manera, estas preguntas representan una enseñanza autoritativa, mientras que profetizar no. Pero ¿cómo es posible poner las preguntas por encima de las profecías? Y bajo esta interpretación, ¿cómo explicamos la sentencia de Pablo: “Porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (v. 35)? ¿Por qué Pablo dio una razón tan general para el silencio de las mujeres si sólo tuviese el propósito de restringir la participación de ellas en una cierta clase de discusión? Pero esto es suficiente. Nuestra revisión de la literatura erudita sobre este tema debe ser suficiente para demostrar por qué 1.ª Corintios 11:5 no nos «obliga» a adoptar una tan novedosa y problemática interpretación de 14:34-35. Los atolondrados argumentos de Carson a duras penas puede decirse que tengan alguna «fuerza obligatoria», y ellos en realidad equivalen a tirar por la borda a todos los comentaristas que han zanjado este problema de forma simple y natural haciendo una distinción entre el conjunto de la iglesia y la reunión de los santos.

 


NOTAS

1. Según D.A. Carson, esta interpretación fue propuesta primero por Margaret E. Thrall (profesora de la Universidad de Wales) en su comentario, First and Second Letters of Paul to the Corinthians (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1965). Luego fue copiada por James B. Hurley (profesor del Seminario Teológico Reformado de Jackson, Mississippi) en su obra Man and Woman in Biblical Perspective (Grand Rapids: Zondervan, 1981), pp. 188-193. Luego fue adoptada por Wayne Grudem, The Gift of Prophecy in 1 Corinthians (Washington: University Press of America, 1982), pp. 245-255. Grudem fue seguido por D.A. Carson en su artículo Silent in the Churches: On the Role of Women in 1.ª Corinthians 14:33b-36 en Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism, editado por John Piper y Wayne Grudem (Wheaton: Crossway, 1991).

2. En 1988 el Report of the Committee on Women in Church Office presentado a la 55 Asamblea general de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa mencionó esta interpretación sola como la “más satisfactoria” explicación. En 1991 fue considerada como la única explicación de 1 Corintios 14:34 en un estudio popular de la Biblia, The Believer's Study Bible editado por W.A. Criswell (Nashville: Thomas Nelson, 1991).

3. Gordon D. Fee, The First Epistle to the Corinthians (Grand Rapids: Eerdmans, 1987).

4. C. Niccum, “The Voice of the Manuscripts on the Silence of Women: The External evidence for 1 Cor. 14:34-35,” New Testament Studies 43 (1997) 242-55.

5. Juan Calvino, The First Epistle of Paul the Apostle to the Corinthians, Calvin's Commentaries [traducida por John W. Fraser] (Grand Rapids: Eerdmans, 1960), p. 231.

6. Charles Hodge, An Exposition of the First Epistle to the Corinthians (New York: Robert Carter, 1857) Eerdmans reprint, n.d., pp. 304-305.

7. H.A.W. Meyer, Critical and Exegetical Handbook to the Epistle to the Corinthians. Translated from the Fifth Edition of the German by Rev. D. Douglas Bannerman. New York: Funk & Wagnals, 1884. page 249. Yo he traducido además las frases griegas y latinas de Meyer al castellano. —M.D.M.

8. J.J. Lias, The First Epistle to the Corinthians (In the the Cambridge Bible series. Cambridge: Cambridge University Press, 1892). page 107.

9. Benjamin B. Warfield, “Paul on Women Speaking in Church” The Presbyterian, October 30, 1919.

10. R. C. H. Lenski, The Interpretation of St. Paul's First and Second Epistles to the Corinthians (Minneapolis: Augsburg Press, 1963), p. 437.

11. John MacArthur Jr., 1 Corinthians, MacArthur New Testament Commentary (Chicago: Moody Press, 1984), pp. 256-7.

12. Harold R. Holmyard III, “Does 1.ª Corinthians 11:2-16 Refer to Women Praying and Prophesying in Church?” Bibliotheca Sacra 154 (octubre-diciembre de1997) 461-72.

13. J. Carl Laney, “Gender Based Boundaries for Gathered Congregations: An Interpretive History of 1 Corinthians 14:34-35” Journal For Biblical Manhood and Womanhood 7/1 (Spring 2002), pp. 4-13. Véase Online en: http://www.cbmw.org/journal/editions/7-1.pdf

14. Hermann Olshausen, Biblical Commentary on St. Paul's First and Second Epistles to the Corinthians (Edinburgh: T & T Clark, 1855), p. 174; Charles T. Ellicott, St. Paul's First Epistle to the Corinthians (London: Longmans, Green & Co., 1887), p. 202; J. Agar Beet, A Commentary on St. Paul's Epistles to the Corinthians, 6th ed. (London: Hodder & Stoughton, 1895), p. 181; W.E. Vine, 1 Corinthians (London: Oliphants, 1951), p. 147; Frederik W. Grosheide, Commentary on the First Epistle to the Corinthians, New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1953), pp. 341-42; Gordon Clark, “The Ordination of Women,” Trinity Review 17 (Jan-Feb 1981), pp. 3-4; Philip Bachman, Der erste Brief des Paulus an die Korinther, 4th ed. (Leipzig: A. Deichertsche Verlagsbuchhandlung, 1936).

15. D.A. Carson, “Silent in the Churches: On the Role of Women in 1.ª Corinthians 14:33b-36,” in Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism, editato por John Piper y Wayne Grudem (Wheaton: Crossway, 1991).

16. Véase Joachim Jeremias, Jerusalem in the Time of Jesus (Philadelphia: Fortress Press, 1969), p. 359.

17. A Carson se le puede bien señalar que incurre en la misma falta en reconocer distinciones por las cuales él critica a otros eruditos en su obra Exegetical Fallacies (Grand Rapids: Baker, 1984), pp. 97-98. Allí él incluso discute la manera en que frecuentemente los feministas abusan de la profecía de Joel, junto con Gálatas 3:28. He aquí el ejemplo que él usa (de un artículo por David C. Steinmetz) de una exégesis inaceptable: «A las mujeres se les puede prohibir predicar, enseñar y celebrar la eucaristía sólo si puede demostrarse con la Escritura que en Cristo hay ciertamente varón y mujer (contra Pablo) y que en los postreros días los hijos profetizarán, en tanto que las hijas guardan silencio modestamente (contra Pedro). Las mujeres ya pertenecen a un sacerdocio santo. De lo contrario, ellas ni siquiera serían miembros de la iglesia.» Observemos que el fracaso de Carson en distinguir el conjunto de la iglesia de la reunión de los santos, comprende la misma falacia.

 


«The Woman's Headcovering» («El velo de la mujer»)  copyright por Michael D. Marlowe, diciembre de 2002

 

TRADUCIDO DE http://www.bible-researcher.com/women-prophesying.html

 


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