LA UNIÓN ECUMÉNICA

vs.

“La unidad del Espíritu”

 

J. N. Darby

 

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3)

 

El falso principio de una unión sobre la base de concesiones mutuas goza de gran reputación y de una bella apariencia; pero es profundamente perverso y presuntuoso. Supone que la verdad está a nuestra disposición. Filipenses 3 enseña un principio totalmente diferente: no existe ninguna idea de concesión ni de ningún arreglo para expresar la verdad para acomodar diferentes puntos de vista. Dice la Palabra: “Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos” (v. 15). No dice: «Hagamos descender la verdad hasta la medida de quien no ha llegado a su altura». Tampoco se refiere a dos personas que ignoran cuál de las dos tiene la verdad, o que están satisfechas de suponer la posibilidad de error cuando renuncian más o menos a lo que sostienen a fin de expresar su acuerdo. Todo esto constituye una violación contra la autoridad de la verdad sobre nosotros.

 

Sigue diciendo el versículo: “y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios”. Aquí no se trata de una cuestión de concesiones, sino de caminar juntos en las cosas que poseemos; y al reconocerlas como la verdad de Dios, no podemos renunciar a ninguna de ellas, sino que, por el contrario, todos nos sujetamos a ellas. En este caso, no hay lugar para ninguna concesión, ni de uno ni de otro lado; pues todos poseen la misma verdad, habiéndola ya alcanzado en alguna medida, y todos caminan juntos, pensando la misma cosa (compárese 1.ª Corintios 1:10). El remedio para las diferencias de pensamientos que puedan quedar, no es hacer concesiones (¿cómo se podría tratar así con la verdad?), sino la revelación de Dios a favor de aquel que es ignorante, como todos nosotros lo somos sobre una gran variedad de puntos.

 

Pero se me objetará: «Sobre esa base, uno nunca llegará a un acuerdo.» Mas ¿dónde encontramos en la Palabra algo así como «llegar a un acuerdo»? Llegar a un acuerdo, no es la unidad de la Iglesia de Dios. La verdad no puede ser alterada, y no se nos llama a imponer por la fuerza nuestros imperfectos puntos de vista sobre los demás. Yo debo tener fe y, para andar juntos, todos debemos tener la misma fe; pero en las cosas que hemos recibido como la verdad de Dios por la fe, no puedo hacer concesiones. Puedo tolerar la ignorancia, pero no puedo acomodar la verdad para agradar a los demás. Se me preguntará: «¿Cómo podemos andar juntos en tal caso?» Pero ¿por qué establecer bases de unidad que requieran o bien unidad de opiniones, o una cosa tan perversa como la concesión de esta o aquella verdad? En cuanto a las cosas en que poseemos la verdad, y con respecto a las cuales tenemos fe, tenemos la misma mente, andamos en ellas juntos (Filipenses 3:16). Si llegase a adquirir un mayor conocimiento sobre alguna cosa, tendré paciencia con la ignorancia de mi hermano hasta que Dios le revele el asunto a él. Nuestra unidad yace en Cristo mismo. Si la unidad depende de concesiones, se trata sólo de una secta fundada sobre opiniones humanas, porque el principio de la absoluta autoridad de la verdad se ha perdido.

 

Se me dirá que los verdaderos cristianos nunca comprometerán los puntos fundamentales del cristianismo. Iba a decir: «entiendo»; pero no es así. Hay muchos que están de acuerdo a pesar de los errores que afectan los fundamentos. Sé que otros no lo estarían; pero esto no altera el hecho de que el principio de concesiones no está de ninguna manera autorizado en la Palabra, niega la autoridad de la verdad sobre nosotros, y pretende poder disponer de la verdad en honor a la paz[1]. La Palabra supone que soportemos la ignorancia, pero nunca admite las concesiones, por cuanto no supone que los hombres puedan elaborar reglas diferentes de ella misma para llegar a un acuerdo.

 

Yo recibo a un hombre “débil en la fe” (Romanos 14); pero no le concedo nada como si fuese la verdad, ni siquiera en un punto tal como el de las legumbres; tal vez llegara a negar verdades esenciales haciendo tal cosa. Tal caso puede suceder, cuando el hecho de observar días podría poner en duda la autenticidad cristiana de aquel que obra de esta manera (Gálatas 4:9-11). Puede haber otro caso del que sólo podría decir: «Acerca de este punto, “cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5, 6, etc.)». A veces el cristianismo entero depende de algo con lo cual se puede tener paciencia respecto de otros puntos de vista (Gálatas 2:14).

 

Lo reitero, no hay traza alguna en la Palabra de un sistema que suprima una parte de la verdad con el fin de tener una confesión común, sino todo lo contrario. En los tiempos de los apóstoles estaba la perfecta verdad, y Dios reveló todo lo que faltaba, cuando las circunstancias eran contrarias. Todos ellos eran de “un mismo sentir”, de una misma mente, y caminaban juntos, y no había ninguna necesidad de concesiones. Nadie pretendió recurrir a una cosa como ésta. La Biblia no contempla pretensiones de este tipo. Sería mutilar la verdad para adaptarla a las ideas de muchos.

 

La Palabra, por tanto, especialmente en Filipenses 3, condena este arreglo de verdades mutiladas, hecho con el objeto de que otros las adopten, pues ello deshonra a Dios y a su verdad. Éstos son los medios que se emplean para formar una secta, la que se compone de aquellos que están de acuerdo sobre los puntos que se establecen como fundamentos de la unión. Pero ésta no es nunca la unidad de la Iglesia de Dios. Podrá ser una secta ortodoxa, e incluso abarcar gran parte de una nación, porque es un cuerpo formado sobre la base de un acuerdo al cual los hombres han llegado sobre ciertas verdades; pero ello no es la unidad de la iglesia de Dios. En las «confesiones o declaraciones de fe» que se elaboran, no se trata de tener paciencia con individuos que ignoran ciertos puntos, ni de reconocer juntos que a alguno le falta el conocimiento de ello, ni de iluminar a individuos que se encuentran en esta situación: ellos sólo declaran la verdad que poseen, a fin de que otros ―por un acuerdo con esa declaración― se unan a quienes la han adoptado como fundamento de la unión. Para que todos la adopten, la profesión de la verdad tiene que ser reducida a la medida de la ignorancia de todos aquellos que ingresan, si son sinceros en esa profesión; pero esto no es soportar, tener paciencia, con los demás, sino que —como lo he dicho— se trata de personas que disponen de la verdad de Dios por un compromiso humano. ¿Es ésa “la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3)?

 

De nuevo, prestad atención a esto. Si yo conozco la verdad, y hago una concesión a fin de unirme a otros en una confesión común, mi concesión no es otra cosa que simplemente conceder la verdad a alguien que no la quiere tener. Ahora, si junto con otros, hago concesiones porque sólo tenemos opiniones e ignoramos la verdad, o no tenemos certidumbre en cuanto a ella, ¡qué monstruosa pretensión, en ese estado de ignorancia, es establecer una regla para ser impuesta a los demás como fundamento de la unidad de la iglesia, so pena de no poder ser miembro de ella! Se me puede decir: «Pero en lugar de esto, Ud. impone sus propias opiniones, al estar seguro de la verdad». De ninguna manera; porque yo creo en una unidad que ya existe: la unidad del cuerpo de Cristo, del cual todo cristiano es miembro (Efesios 4); mientras que Ud. establece una unión sobre puntos de vista acerca de los cuales se llegó mediante un acuerdo. Ud. me dirá entonces que yo soy indiferente en cuanto a la verdad. No es así; sino que Ud. ha empleado medios inadecuados para guardarla, imponiendo a otros la profesión de una parte de la verdad como base de la unidad.

 

J. N. Darby

 


NOTAS

                                                                                                                                                                                                                                                

[1] N. del E.— Para expresarlo de otra manera, hay algo que es más obligatorio entre nosotros que la verdad, y es su valor y lo que ella reclama de nosotros. Estamos más cerca de encontrar los mismos dogmas en las Escrituras, que de atribuirles la misma autoridad sobre nosotros; y permítaseme afirmar que las cuestiones sobre las cuales los cristianos se hallan divididos se resolverían rápidamente si tan sólo se acercaran a la Biblia con la intención de tomar seriamente todas las verdades que ella proclama. Lamentablemente, mientras la leemos, el diablo murmura en nuestros oídos: «Toda la Escritura no es igualmente imperativa, no todo tiene el mismo valor y no todo es igualmente obligatorio; se nos manda a tolerar a los débiles. Pablo mismo se hizo a todos de todo (1.ª Corintios 9:22), aun consintiendo ofrecer sacrificios y circuncidar a Timoteo; además, la edificación va antes que la doctrina; las doctrinas principales mismas van antes en importancia que las doctrinas secundarias, etc.»  Así uno abre sus oídos a un lenguaje que parece plausible y prudente, y que parece no atacar una sola verdad, pero que conduce tanto más a volver todas las verdades impotentes. Desde lejos, uno se inclina ante cada verdad; pero si éstas nos tocan de cerca, si requieren que actuemos, que sacrifiquemos algo, en seguida la verdad presente es clasificada entre las verdades que están fuera de sazón.

 

 


 

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