LA IGLESIA COMO ERA AL PRINCIPIO

Y SU ESTADO ACTUAL

 

J. N. Darby

 

 

 

Podemos considerar a la Iglesia desde dos puntos de vista. Primeramente, es la reunión de los hijos de Dios, formados en un solo cuerpo, unidos por el poder del Espíritu Santo en Cristo Jesús, el hombre glorificado, ascendido al cielo. En segundo lugar, es la casa o habitación de Dios por el Espíritu.

 

El Salvador se dio a sí mismo, no solamente para salvar perfectamente a todos los que creen en Él, sino también “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Cristo cumplió perfectamente la obra de la redención; habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” El Espíritu Santo nos da testimonio al decir: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:14, 17). El amor de Dios nos ha dado a Jesús; la justicia de Dios está plenamente satisfecha por Su sacrificio, y Él está sentado a la diestra de Dios como un testimonio continuo de que la obra de la redención está cumplida, de que somos aceptos en Él y de que poseemos la gloria a la que somos llamados. Según su promesa, Jesús envió al Espíritu Santo del cielo, el Consolador, quien mora en nosotros, los que creemos en Jesús, y quien nos ha sellado para el día de la redención, es decir, para la glorificación de nuestros cuerpos. El mismo Espíritu es, además, las arras de nuestra herencia.

 

Todas estas cosas podrían ser verdad, aun cuando no hubiese una Iglesia en la tierra. Hay individuos salvos, hay hijos de Dios herederos de la gloria del cielo; pero estar unidos a Cristo, ser miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, es otra cosa muy distinta; y es otra cosa aún ser la habitación de Dios por el Espíritu. Nosotros hablaremos de estos últimos puntos.

 

No hay nada más claramente demostrado en las Santas Escrituras que el hecho de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. No solamente somos salvos por Cristo, sino que estamos en Cristo y Cristo en nosotros. El verdadero cristiano que goza de Sus privilegios sabe que, por medio del Espíritu Santo, él está en Cristo y Cristo en él. “En aquel día”, dice el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:20). En aquel día, es decir, en el día cuando hayáis recibido el Espíritu Santo enviado del cielo. “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17).

 

Así pues, estamos en Cristo y somos miembros de su cuerpo. Esta doctrina está ampliamente desarrollada en la epístola a los Efesios, capítulos 1 a 3. ¿Qué podría haber más claro que esta palabra: “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 1:22, 23)? Observad que este hecho maravilloso comenzó, o se encontró que existía, tan pronto como Cristo fue glorificado en el cielo, aunque todo lo que se encuentra contenido en estos versículos no ha sido todavía cumplido. Dios, dice el apóstol, nos ha resucitado junto con Él, nos ha sentado en Él en los lugares celestiales —no todavía con Él, sino “en Él”—. Y en el capítulo 3: “Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio… para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Efesios 3:5- 6, 10).

 

Aquí, pues, la Iglesia está formada en la tierra por el Espíritu Santo que bajó del cielo, después que Cristo fue glorificado. Está unida a Cristo, su Cabeza celestial, y todos los verdaderos creyentes son sus miembros por el mismo Espíritu. Esta preciosa verdad se halla confirmada en otros pasajes; por ejemplo, en la epístola a los Romanos, capítulo 12: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5).

 

No es preciso citar otros pasajes; llamamos solamente la atención del lector respecto del capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios. Está claro como la luz del mediodía que el apóstol habla aquí de la Iglesia en la tierra, no de una Iglesia futura en el cielo, y ni siquiera de iglesias dispersas en el mundo, sino de la Iglesia en conjunto, representada, sin embargo, por la iglesia de Corinto. Por eso se dice al comienzo de la epístola: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.” La totalidad de la Iglesia se halla claramente indicada por estas palabras: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan.” Es evidente que los apóstoles no se hallaban en una iglesia particular, y que los dones de sanidades no podían ser ejercidos en el cielo. Claramente es la Iglesia universal en la tierra. Esta Iglesia es el cuerpo de Cristo, y los verdaderos creyentes son sus miembros.

 

Ella es una por el bautismo del Espíritu Santo. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (v. 12). Entonces, después de haber dicho que cada uno de estos miembros trabaja según su propia función en el cuerpo, el apóstol agrega: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (v. 27). Tened presente que esto sucede como consecuencia del bautismo del Espíritu Santo que descendió del cielo. Por consiguiente, este cuerpo existe en la tierra y comprende a todos los cristianos, dondequiera que se encuentren; ellos han recibido el Espíritu Santo, por lo que son miembros de Cristo y miembros los unos de los otros. ¡Oh, qué hermosa es esta unidad! Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se regocijan con él.

 

La palabra nos enseña aquí que los dones son miembros de “todo el cuerpo”, y que ellos pertenecen al cuerpo en su conjunto. Los apóstoles, los profetas, los maestros, están en la Iglesia y no en una iglesia particular. Por consiguiente, resulta que estos dones dados por el Espíritu Santo, son ejercidos en toda la Iglesia, dondequiera que se encuentre el miembro que los posee, porque él es miembro del cuerpo. Si Apolos enseñaba en Éfeso, también enseñaba cuando estaba en Corinto, y en cualquier localidad en la que pudiera hallarse.


La Iglesia es, pues, el cuerpo de Cristo, unido a Él, su Cabeza en el cielo. Venimos a ser miembros de este cuerpo por el Espíritu que mora en nosotros, y todos los cristianos son miembros los unos de los otros. Esta Iglesia que pronto será hecha perfecta en el cielo, es formada actualmente en la tierra por el Espíritu Santo enviado del cielo, quien mora con nosotros y por quien todos los verdaderos creyentes son bautizados en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Como miembros de un solo cuerpo, los dones son ejercidos en la Iglesia entera.


Hay todavía, como lo dijimos, otro carácter de la Iglesia de Dios en la tierra; ella, aquí abajo, es la habitación de Dios. Es interesante observar que esto no tuvo lugar antes que se cumpliese la redención. Dios no habitó con Adán ni aun cuando él era todavía inocente, ni con Abraham, aunque visitó con mucha condescendencia al primer hombre en el paraíso, como lo hizo también más tarde con el padre de los creyentes. No obstante, Él nunca moró con ellos. Pero una vez que Israel fue sacado de Egipto, un pueblo redimido (Éxodo 15:13), Dios comenzó a morar en medio de su pueblo. Tan pronto como la construcción del tabernáculo fue revelada y regulada, Dios dijo: “Y habitaré entre los hijos de Israel; y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos” (Éxodo 29:45-46). Después de haber liberado a su pueblo, Dios habitó en medio de él, y la presencia de Dios fue su mayor privilegio.

 

La presencia del Espíritu Santo es lo que caracteriza a los verdaderos creyentes en Cristo: “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9). Los cristianos, colectivamente, son el templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en ellos (1 Corintios 3:16). Sin hablar del cristiano individualmente entonces, diré que la Iglesia en la tierra es la habitación de Dios por el Espíritu. ¡Qué precioso privilegio! ¡La presencia de Dios mismo, fuente de gozo, de fuerza y de sabiduría para su pueblo! Pero al mismo tiempo, hay una enorme responsabilidad en cuanto a la manera en que tratamos a un invitado tal. Citaré algunos pasajes para demostrar esta verdad. En Efesios 2:19-22 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

 

Vemos aquí que, aunque esta edificación ya se comenzó en la tierra, la intención de Dios es tener un templo, compuesto de todos los que creen, después de que Dios hubo derribado la pared intermedia de separación que excluía a los gentiles; y que este edificio crece hasta que todos los cristianos estén reunidos en la gloria. Pero mientras tanto, los creyentes en la tierra forman el tabernáculo de Dios, Su morada por el Espíritu, el cual mora en medio de la Iglesia.

 

En 1 Timoteo 3:14-15, el apóstol dice: “Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas como debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” Según estas palabras, vemos que los cristianos en la tierra son la casa del Dios viviente, y que esta epístola enseña a Timoteo cómo debe conducirse en esta casa. Vemos también que el cristiano es responsable de mantener la verdad en el mundo. La Iglesia no tiene que enseñar, pero los apóstoles enseñan, los maestros enseñan, y el cristiano mantiene la verdad siendo fiel. La Iglesia es el testigo de la verdad en el mundo. Los que buscan la verdad, no la buscan entre los paganos, los judíos o los mahometanos, sino en la Iglesia cristiana. Ésta no es una autoridad para la verdad; la Palabra es la autoridad. La Iglesia es el vaso que contiene la verdad; y allí donde la verdad no está, no hay Iglesia. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, y este último es la Cabeza en el cielo[1] .

 

Tal es la casa de Dios en la tierra. Cuando la Iglesia esté completa, se reunirá con Cristo en el cielo, revestida de la misma gloria que su Esposo. Es necesario, antes de hablar del estado de la Iglesia tal como era al principio, señalar una diferencia que se encuentra en la Palabra de Dios, en cuanto a la casa. El Señor dijo: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Es el mismo Cristo el que edifica su Iglesia; y, por lo tanto, las puertas del hades no prevalecerán contra ella[2]. Aquí, no es el hombre el que edifica, sino Cristo. Ésta es la razón por la que el apóstol Pedro, cuando habla de la casa espiritual, no dice nada de los obreros: “Acercándoos a él, piedra viva… vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:4-5).

Ésta es la obra de la gracia en el corazón del individuo, por la cual el hombre se acerca a Cristo. En apoyo de eso, se dice además que “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47). Esta obra no podía echarse a perder, puesto que es la obra de Dios, eficaz para la eternidad, y manifestada a su tiempo. Leamos aún en la epístola a los Efesios, capítulo 2: “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor.” Este edificio que crece, puede manifestarse a los ojos de los hombres; pero, si el efecto de esta obra de gracia eficaz no se manifiesta en su unidad exterior ante los ojos de los hombres, Dios no dejará por eso de hacer su obra, reuniendo a sus hijos para la vida eterna. Las almas vienen a Cristo y son edificadas sobre él.


Los apóstoles Juan y Pablo, y más concretamente el último, hablan de la unidad manifestada ante los hombres, para testimonio del poder del Espíritu a los hombres. En Juan 17 leemos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también  por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20-21). Aquí, la unidad de los hijos de Dios es un testimonio hacia el mundo de que Dios envió a Jesús para que el mundo crea. Como consecuencia de esta verdad, está claro que el deber de los hijos de Dios es manifestar esta realidad. Todos reconocen de qué manera el estado contrario a esta verdad es un arma en las manos de los enemigos de esta verdad.

 

El carácter de la casa y la doctrina de la responsabilidad de los hombres se enseñan aún en otros pasajes de la Palabra de Dios. Pablo dice: “Vosotros sois, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima, pero cada uno mire cómo sobreedifica” (1 Corintios 3:9-10). Aquí, es el hombre el que edifica. La casa de Dios se manifiesta en la tierra. La Iglesia es el edificio de Dios, pero no tenemos allí la obra de Dios solamente —esto es, los que vienen a Dios atraídos por el Espíritu Santo— sino el efecto de la obra de los hombres, que a menudo han edificado con madera, heno, hojarasca, etc.

 

Los hombres confundieron la casa exterior, edificada por los hombres, con la obra de Cristo que puede ser idéntica a la de los hombres, pero puede también diferir ampliamente. Falsos maestros atribuyeron todos los privilegios del cuerpo de Cristo a la “casa grande”, compuesta de toda clase de iniquidad y de hombres corrompidos (2 Timoteo 2). Este fatal error no destruye la responsabilidad de los hombres en lo que respecta a la casa de Dios —su morada por el Espíritu Santo—, como tampoco esta responsabilidad se destruye con relación a la unidad del Espíritu, en un único cuerpo sobre la tierra.

 

Me parece importante señalar esta diferencia, porque arroja mucha luz sobre las cuestiones actuales. Pero prosigamos con nuestro tema. ¿Cuál era el estado de la Iglesia al principio en Jerusalén? Vemos que se manifestaba el poder del Espíritu Santo maravillosamente. “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2). Y en el capítulo 4: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:32-35). ¡Qué espléndida descripción del efecto del poder del Espíritu en sus corazones, efecto que desaparecería demasiado pronto y para siempre!; pero los cristianos deben procurar realizar este estado tanto como les sea posible.


La maldad del corazón del hombre se manifestó rápidamente: Ananías y Safira, luego la murmuración de los griegos contra los hebreos, porque sus viudas eran descuidadas en las distribuciones diarias, manifestarán que el pecado del corazón del hombre, unido a la obra del diablo, ya actuaba en el seno de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, el Espíritu Santo estaba en la Iglesia y actuaba allí, y bastaba para poner fuera el mal y cambiarlo en bien; la Iglesia era una, conocida por el mundo, y se podía decir entonces que los apóstoles, cuando salían, iban y volvían siempre dentro de su misma compañía. Una única Iglesia, llena del Espíritu Santo, daba testimonio a la salvación de Dios y a Su presencia en la tierra; y Dios añadía a esta Iglesia a los que habían de ser salvos. Esta Iglesia fue dispersada por la persecución, excepto los apóstoles que permanecieron en Jerusalén. Dios suscita entonces a Pablo para ser su mensajero para los gentiles. Comienza a edificar la Iglesia entre los gentiles y enseña que en ella no hay judíos ni gentiles, sino que todos son uno y el mismo cuerpo en Cristo. No sólo se proclama la existencia de la Iglesia entre los gentiles, sino que además la doctrina de la Iglesia, su unidad, la unión de los judíos y de los gentiles en un cuerpo, se pone en ejecución. Fue el objeto de los consejos de Dios desde antes de la fundación del mundo, oculta en Dios; misterio que había estado escondido desde los siglos en Dios, a fin de dar a conocer ahora a los principados y a las potestades en los lugares celestiales, por medio de la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios: lo que en otras edades no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas[3] por medio del Espíritu. Por ello se dice a los Colosenses: “El misterio que ha estado oculto a los siglos y a las generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos” (Colosenses 1:26).

 

Los cristianos eran todos conocidos, públicamente admitidos en la Iglesia, tanto gentiles como judíos. La unidad era manifestada. Todos los santos eran miembros de un solo cuerpo, del cuerpo de Cristo; la unidad del cuerpo era reconocida, y era una verdad fundamental del cristianismo. En cada localidad, había una manifestación de esta unidad de la Iglesia de Dios sobre la tierra; de modo que una epístola de Pablo dirigida a la iglesia de Dios en Corinto, llegaba a una sola asamblea; y el apóstol podía añadir a continuación: “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”. Sin embargo, si hablamos especialmente de los que estaban en Corinto, dice: “Vosotros, pues, sois (el) cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” Si un cristiano, miembro del cuerpo de Cristo, iba de Éfeso a Corinto, era necesariamente también miembro del cuerpo de Cristo en esta última asamblea. Los cristianos no son miembros de una asamblea, sino de Cristo. El ojo, la oreja, el pie o cualquier otro miembro que estuviese en Corinto, lo era también en Éfeso. En la Palabra no encontramos la idea de ser miembro de una iglesia, sino de miembros de Cristo.

 

El ministerio, tal como es presentado en la Palabra, es también una prueba de la misma verdad. Los dones, fuente del ministerio, otorgados por el Espíritu Santo, estaban en la Iglesia (1 Corintios 12:8-12, 28). Aquellos que los poseían eran miembros del cuerpo. Si Apolos era maestro en Corinto, lo era también en Éfeso. Si era el ojo, la oreja, o cualquier otro miembro del cuerpo de Cristo en Éfeso, también lo era en Corinto. No hay nada más claramente expresado sobre este tema que lo que leemos en 1 Corintios 12: un cuerpo, muchos miembros; la Iglesia era una sola, y en ella se hallaban los dones que el Espíritu Santo había dado —dones que se ejercían en cualquier localidad donde pudiese estar el que los poseyera—. El capítulo 4 de la epístola a los Efesios contiene la misma verdad. Cuando Cristo ascendió a lo alto, “dio dones a los hombres... Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

 

Esta unidad y la libre actividad de los miembros era una realidad práctica en el tiempo de los apóstoles. Se reconocía plenamente cada don como suficiente para llevar a cabo la obra del Señor, y se ejercía libremente. Los apóstoles trabajaban como apóstoles, y asimismo los que habían sido dispersados en ocasión de la primera persecución, trabajaban en la obra según la medida de sus dones. Es así como los apóstoles enseñaban (1 Pedro 4:10-11; 1 Corintios 14:26, 29); y así lo hicieron los cristianos. El diablo pretendió destruir esta unidad, pero no logró su objetivo mientras los apóstoles vivían. Empleó el judaísmo para alcanzar este objetivo; pero el Espíritu Santo preservó la unidad, como lo leemos en Hechos 15. El diablo pretendió crear sectas por medio de la filosofía (1 Corintios 2), y de estas dos cosas juntas (Colosenses 2); pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. El Espíritu Santo actuaba en medio de la Iglesia, así como la sabiduría otorgada a los apóstoles para mantener la unidad y la verdad de la Iglesia contra el poder del enemigo. Cuanto más se leen los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas, tanto más se ven esta unidad y esta verdad. La unión de estas dos cosas no puede tener su efecto sino por la acción del Espíritu Santo. La libertad individual no es unión; y la unión entre los hombres no deja al individuo su plena libertad. Cuando el Espíritu Santo gobierna, une necesariamente a los hermanos entre sí y actúa en cada uno de ellos según el objetivo que se propuso a sí mismo al unirlos, es decir, según Su propio propósito. Por ello el Espíritu Santo reúne a todos los santos en un solo cuerpo, y actúa en cada uno de ellos según Su voluntad, conduciéndolos en el servicio del Señor para la gloria de Dios y la edificación del cuerpo. ¡Tal era la Iglesia! ¿Es eso ella ahora, y dónde existe? Será perfecta en el cielo, de acuerdo; pero ¿dónde encontrarlo ahora en la tierra? Los miembros del cuerpo de Cristo ahora están dispersos; varios están ocultos en el mundo, otros están en medio de la corrupción religiosa; unos se hallan en una secta, otros en otra, y todas en rivalidad para atraer a los que son salvos. Muchos, gracias a Dios, buscan realmente la unidad; pero, ¿quién la ha encontrado? No basta con decir que por el mismo Espíritu, fuimos bautizados en un solo cuerpo: “Para que todos sean uno…”, dice el Señor, “para que el mundo crea que tú me enviaste.” Pero no somos uno; no se manifiesta la unidad del cuerpo. Al principio se manifestaba claramente, y, en cada ciudad, esta unidad era evidente a los ojos del mundo. Todos los cristianos iban por todas partes como una sola Iglesia. El que era miembro de Cristo en una localidad, lo era también en otra, y se recibía en todas partes al que tenía una carta de recomendación, puesto que sólo había una asamblea.

 

La Cena era la señal exterior de la unidad: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:17). El testimonio que la Iglesia rinde hoy es más bien éste: que el Espíritu Santo, su poder y su gracia, no puede superar las causas de las divisiones. La mayor parte de esto que se llama la Iglesia es el asiento de la corrupción más grosera y la mayoría de aquellos que presumen de su luz son incrédulos. Ortodoxos, reformados, católicos, luteranos, no toman la Cena juntos; se condenan unos a otros. La luz de los hijos de Dios que se encuentran en las distintas sectas, yace oculta bajo un almud; y los que se separan de estos cuerpos, porque no pueden soportar esta corrupción, se dividen en cientos de partidos que no tomarán la Cena juntos. Ni los unos, ni los otros, pretenden ser la Iglesia de Dios, pero dicen que ella se ha vuelto invisible. ¿Cuál es, pues, el valor de una luz invisible? Sin embargo, no hay ni humillación, ni confesión, por más que se reconozca que la luz se volvió invisible. La unidad, en lo que respecta a su manifestación, está destruida. La Iglesia, que una vez era bella, unida, celestial, perdió su carácter; se halla oculta en el mundo; y los mismos cristianos son mundanos, llenos de codicias, ávidos de riquezas, de honores, de poder, similares a los hijos de este siglo. Son una epístola, en la cual nadie puede leer una sola palabra de Cristo[4]. La mayor parte de lo que lleva el nombre de cristiano es infiel o constituye el asiento del enemigo, y los verdaderos cristianos están perdidos en medio de la multitud. ¿Dónde encontrarán “un solo pan”, el emblema del “un cuerpo”? ¿Dónde está el poder del Espíritu que une a los cristianos en un solo cuerpo? ¿Quién puede negar que los cristianos hayan sido así? ¿Y no son culpables de no ser lo que una vez fueron? ¿Podemos considerar bueno que se esté en un estado muy diferente del que estaba la Iglesia al principio, y que la Palabra reclama de nosotros? Deberíamos estar profundamente afligidos de un estado tal como el de la Iglesia en el mundo, porque no responde de ningún modo al corazón y al amor de Cristo. Los hombres se limitan a tener asegurada su vida eterna.

 

¿Buscamos lo que la Palabra dice sobre este punto? Encontramos en Romanos 11, de una manera general, lo que concierne a cada economía o dispensación, a los caminos del Señor para con los judíos y para con las ramas de entre los gentiles que sustituyeron a los judíos: “La severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado.” ¿No es una cosa muy seria, que el pueblo de Dios en la tierra sea cortado? Ciertamente los fieles son y serán guardados; puesto que Dios no falta nunca a su fidelidad; pero todos los sistemas en los cuales se glorifica, pueden ser —y de hecho lo serán— juzgados y cortados. La gloria de Dios, su presencia visible y real, estuvo en Jerusalén, su trono estaba entre los querubines. Durante el cautiverio en Babilonia, su presencia abandonó Jerusalén, y su gloria así como su presencia no estuvieron ya más en el templo, en medio del pueblo. Y aunque su larga paciencia hacia ellos los soportó hasta el tiempo en que Cristo fue rechazado, Dios, sin embargo, los cortó en lo que respecta a ese pacto. El remanente se convirtió en los cristianos, pero todo el sistema llegó a su fin por el juicio. El sistema cristiano tendrá el mismo fin, si no persevera en la bondad de Dios; y no ha perseverado. En consecuencia, aunque yo tengo la firme convicción de que todo verdadero cristiano será preservado y arrebatado al cielo, en lo que respecta al testimonio de la Iglesia en la tierra, a la casa de Dios por el Espíritu, no existirá ya más. Pedro había dicho: “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17); y en el tiempo de Pablo, el misterio de la iniquidad ya estaba en curso y debía seguir hasta que el hombre de pecado estuviese allí. Ya en el tiempo del apóstol, cada uno buscaba su propio interés y no el de Cristo (Filipenses 1). El apóstol nos dice aún, que después de su partida entrarían en la Iglesia lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29), y que en los últimos días vendrían tiempos peligrosos, hombres con apariencia de piedad, pero que negarían su poder; malos hombres e impostores que irían de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:5, 13), y que finalmente tendría lugar la apostasía. ¿Todo eso constituye la perseverancia en la gracia de Dios? Esta infidelidad ¿es algo desconocido en la historia del hombre? Dios siempre comenzó por colocar a sus criaturas en una buena posición, pero la criatura abandonó invariablemente la posición en la cual Dios la había puesto, y se volvió infiel en ella. Dios, después de larga paciencia, nunca restablece a la posición de la cual se cayó. No corresponde a sus caminos restaurar una cosa que se echó a perder; sino que Él directamente la corta, para introducir luego algo totalmente nuevo, mucho mejor que lo que había sido antes. Adán cayó, y Dios quiere que el segundo Adán sea el Señor del cielo. Dios dio la ley a Israel, pero éste hizo el becerro de oro antes de que Moisés bajase de la montaña; y Dios quiere escribir la ley en el corazón de su pueblo. Dios estableció el sacerdocio de Aarón, pero sus hijos ofrecen inmediatamente “fuego extraño”; y, a partir de entonces, Aarón no pudo entrar más en el lugar santísimo con sus vestiduras de “gloria y hermosura”. Dios hizo sentar al hijo de David en el trono de Jehová (1 Crónicas 29:23), pero dado que la idolatría fue introducida por él, el reino fue dividido, y el trono del mundo fue otorgado por Dios a Nabucodonosor, quien hizo una gran estatua de oro y lanzó a los fieles a la hoguera ardiente. En cada ocasión el hombre fracasó; y Dios, después de haberlo soportado mucho tiempo, interviene en juicio, y sustituye el sistema anterior por uno mejor.

 

Es interesante observar cómo todas las cosas en las que el hombre fracasó, se restablecen de una manera más excelente en el segundo Hombre. El hombre será exaltado en Cristo, la ley escrita en el corazón de los judíos, el sacerdocio ejercido por Jesucristo. Él es el hijo de David que reinará sobre la casa de Israel; regirá las naciones. Lo mismo ocurre en lo que se refiere a la Iglesia; ella fue infiel, no mantuvo la gloria de Dios que le había sido confiada; a causa de eso, como sistema, será cortada de la tierra; el orden de cosas establecido por Dios finalizará por el juicio; los fieles subirán al cielo en una condición mucho mejor, para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios, y se establecerá el reino del Señor en la tierra. Todas estas cosas serán un admirable testimonio de la fidelidad de Dios, quien cumplirá todos sus propósitos a pesar de la infidelidad del hombre. Pero ¿anula esto la responsabilidad del hombre? ¿Cómo Dios, pues, como dice el apóstol, juzgaría al mundo? Nuestros corazones ¿no sienten que arrastramos la gloria de Dios al polvo? El mal comenzó a partir del tiempo de los apóstoles; cada uno agregó a éste su parte; la iniquidad de los siglos se amontona sobre nosotros; pronto la casa de Dios será juzgada; se volvió a demandar la sangre de todos los justos a la nación judía, y Babilonia también será hallada culpable de la sangre de todos los santos.

 

Es cierto que serán arrebatados al cielo; pero, junto con eso, ¿no deberíamos afligirnos por la ruina de la casa de Dios? Sí, sin duda. Ella era una; un testimonio magnífico a la gloria de su Cabeza por el poder del Espíritu Santo; unida, celestial, la cual daba a conocer al mundo el efecto del poder del Espíritu Santo, que ponía al hombre sobre todo motivo humano, y hacía desaparecer las distinciones y las diversidades, llevando creyentes de todas las regiones y de todas las clases para ser una sola familia, un solo cuerpo, una sola Iglesia: testimonio poderoso de la presencia de Dios en la tierra en medio de los hombres.

 

Se objeta que no somos responsables de los pecados de nuestros antecesores. ¿No somos responsables del estado en el cual nos encontramos? ¿Acaso un Nehemías, un Daniel, se excusaron por los pecados del pueblo? ¿No confesaron más bien el miserable estado del pueblo de Dios, como si perteneciera a ellos mismos? Si no fuésemos responsables, ¿por qué Dios no nos dejaría de lado, por qué juzgaría y destruiría todo el sistema? ¿Por qué dice: “Vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”? ¿Por qué juzga a Tiatira, sustituyéndola por el reino? ¿Por qué dice a Laodicea: “Te vomitaré de mi boca”? Yo creo que las siete iglesias (Apocalipsis 2 y 3) nos dan la historia de la Iglesia, del principio al final; en todos los casos existe la responsabilidad de los cristianos acerca del estado de la Iglesia. Se dirá quizá que sólo las iglesias locales son responsables, y no la Iglesia universal. Lo que es seguro, es que Dios cortará a la Iglesia como sistema establecido en la tierra.

 

A fin de demostrar que la responsabilidad continúa del principio al fin, leamos en la epístola de Judas: “Algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Judas 4). Éstos ya se habían infiltrado entre ellos y “de éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Judas 14). Así pues, los que en el tiempo de Judas se habían infiltrado solapadamente, atraían el juicio sobre los profesantes profanos del cristianismo. En esta epístola tenemos los tres caracteres de la iniquidad y sus progresos. En Caín está la iniquidad puramente humana; en Balaam, la iniquidad eclesiástica; en Coré, la rebelión, y entonces perecen. En el campo donde el Señor había sembrado la buena semilla, el enemigo, mientras los hombres dormían, sembró la cizaña. Es muy cierto que la buena semilla se recoge en el granero; sin embargo, la negligencia de los siervos dejó al enemigo la ocasión de estropear la obra del amo. ¿Podemos ser indiferentes al estado de la Iglesia, amada por el Señor; indiferentes a las divisiones que el Señor ha prohibido?[5]. No; humillémonos, queridos hermanos, confesemos nuestras faltas y pongamos fin al asunto. Marchemos fielmente cada uno como corresponde, y esforcémonos en encontrar una vez más la unidad de la Iglesia y el testimonio de Dios. Purifiquémonos de todo mal y de toda iniquidad. Si es posible reunirnos en el nombre del Señor, será una gran bendición; pero es esencial que eso se haga en la unidad de la Iglesia de Dios y en la verdadera libertad del Espíritu.

 

Si la casa de Dios está aún en la tierra y el Espíritu Santo la habita, ¿no estará contristado por el estado de la Iglesia? Y si él mora en nosotros, ¿no deberían estar afligidos y humillados nuestros corazones por la deshonra que se le causa a Cristo, y por la destrucción del testimonio que el Espíritu Santo descendido del cielo vino a rendir en la unidad de la Iglesia de Dios? Quien compare el estado de la Iglesia, tal como nos es descrita en el Nuevo Testamento, con su estado actual, tendrá el corazón profundamente entristecido al ver la gloria de la Iglesia arrastrada en el polvo y al Enemigo que triunfa en medio de la confusión del pueblo de Dios.


En suma, Cristo ha confiado su gloria en la tierra a la Iglesia. Ella era la depositaria de esta gloria. En ella el mundo habría debido ver desplegada esa gloria por el poder del Espíritu Santo, testimonio de la victoria de Cristo sobre Satanás, sobre la muerte y sobre todos los enemigos a los que llevó cautivos, triunfando sobre ellos en la cruz. ¿Guardó la Iglesia este depósito y mantuvo la gloria de Cristo en la tierra? Si tal no fue el caso, decidme, cristianos, la Iglesia, ¿no es responsable de esto? El siervo a quien el amo confió el cuidado de su casa (Mateo 24), ¿es responsable o no del estado de la casa de su amo? Uno podrá decir tal vez que el siervo malo es la imagen de la iglesia exterior que está corrompida y que en realidad no es la Iglesia, y que en mi caso particular, yo no soy miembro de ella en absoluto. A eso respondo que en la parábola, el siervo está solo, y la pregunta entonces, respecto de ese siervo que está solo, es: ¿es fiel o no? Puede ser cierto que Ud. se haya separado de la iniquidad que llena la casa de Dios, e hizo bien; pero su corazón ¿no se humilla debido al estado en el cual se encuentra esta casa? El Señor derramó lágrimas sobre Jerusalén, y ¿no deberíamos nosotros derramarlas por lo que es aún más caro a Su corazón? Es aquí donde la gloria del Señor ha sido pisoteada. ¿Diremos que no somos responsables de esto? Su siervo, aunque solo, es tenido por responsable. Aun cuando, guiado individualmente por la Palabra, pueda apartarme de toda esa iniquidad que corrompe la casa de Dios, tengo el deber, como siervo de Cristo, de identificarme con Su gloria y con las manifestaciones de esta gloria hacia el mundo. Allí es donde la fe se pone de manifiesto: no solamente creyendo que Dios y Cristo poseen la gloria, sino identificando esta gloria con su pueblo (Éxodo 32:11-12; Números 14:13-19; 2 Corintios 1:20). En primer lugar, Dios ha confiado su gloria al hombre, el cual es responsable de permanecer en esta posición y de ser fiel, sin abandonar su primer estado; por consecuencia, Dios establecerá su propia gloria, conforme a sus propósitos. Pero, sobre todo, el hombre es responsable allí donde Dios lo ha puesto. Hemos sido puestos en la Iglesia de Dios, en su casa sobre la tierra, allí donde su gloria habita. Esta Iglesia, ¿dónde está?

 

 

J. N. D. (1866)

 


 

 

NOTAS

 

 

[1] Se observará que no hay llaves para la Iglesia. No se construye con llaves, las llaves son para el reino.


[2] Ésta es una prueba indiscutible de que el papa no puede ser la cabeza de la Iglesia, porque si Cristo es la Cabeza, un cuerpo no puede tener dos cabezas.

 

[3] Es necesario observar que el apóstol habla solamente de los profetas del Nuevo Testamento.

 

[4]  No se dice que debamos ser una epístola de Cristo, sino, vosotros “sois carta (epístola) de Cristo”.

 

[5]  En la primera Epístola a Timoteo tenemos el orden de la Iglesia, de la casa de Dios; en la Segunda, la regla a seguir cuando la Iglesia está en desorden. Nuestro Dios ha provisto para todas las dificultades, para que podamos ser fieles y libres de toda iniquidad.

 

 


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