SOBRE

LA INDEPENDENCIA

ECLESIÁSTICA

 

J. N. Darby

 

 

 

 

I

 

No hay nada más funesto que confundir el juicio individual con la conciencia. Vemos el fruto de esta confusión en pleno desarrollo en el estado actual del Protestantismo, donde, por el juicio (opinión) privado, uno autoriza el rechazo de todo aquello con lo que el individuo no esté de acuerdo.

 

La diferencia entre el juicio particular de un hombre, y la conciencia, resulta, pues, evidente. Todos admitimos la autoridad paterna. Pero si se trata de una cuestión de conciencia, o si la autoridad de Cristo y la confesión de su Nombre están en juego, la autoridad paterna, sin duda, debe ceder. Es mi obligación amar a Cristo más que a mi padre o a mi madre. Pero supongamos que rehúso la autoridad de mi padre en todo aquello en que mi juicio particular difiere del de él con respecto a lo que es justo, pondría fin así a toda autoridad. Pueden presentarse casos en los cuales nos vemos obligados a preguntarnos con ahínco cuál es nuestro verdadero deber, en los cuales sólo el discernimiento espiritual es capaz de llegar a un juicio justo; y estos casos se presentan durante todo el curso de la vida cristiana. Debemos tener nuestros sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal; no debemos ser insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor (véase Hebreos 5:14; Efesios 5:15); y tales ejercicios son provechosos.

 

Pero confundir con la conciencia un juicio u opinión que yo formo simplemente acerca de lo que está bien, es, por consecuencia, confundir la voluntad con la obediencia. La verdadera conciencia es siempre obediencia a Dios; pero si considero suficiente lo que yo veo, una confusión, de carácter destructiva, no tarda en introducirse. ¿Rehusaría alguno someterse a la autoridad de un padre, a menos que aporte, aun en un asunto importante, un texto de la Escritura en apoyo de todo cuanto demande? ¿No incluye ese principio el establecimiento de la autoridad del yo y de la voluntad propia?

 

Y voy más lejos, y ése es el punto que deseo considerar aquí. Supongamos que una persona ha sido excluida de una asamblea a causa de pecado. Todos admiten que, si esta persona está verdaderamente humillada, debe ser restaurada. La asamblea cree que está verdaderamente humillada. Yo, por el contrario, estoy convencido de que no lo está; y la asamblea recibe a la persona. ¿Qué debo hacer? ¿He de romper con la asamblea o rehusar someterme a su acto, porque yo la considere equivocada? Supongamos el caso más afligente para el corazón: yo creo ahora que él está humillado, pero la asamblea está convencida de que no lo está. ¿Qué hacer entonces? Puedo someterme a un juicio que creo erróneo, y mirar al Señor para que Él lo rectifique. Existe una humildad que tiene al yo en su lugar, que no opone su propia opinión a la de los demás, por más que uno no tenga la menor duda de tener la razón.

 

Hay otro asunto relacionado con esto: el acto de una asamblea ata (obliga) a otra asamblea. No admito, porque la Escritura no lo admite, la idea de asambleas independientes. Hay un cuerpo, "el cuerpo de Cristo", y todos los creyentes son miembros de ese cuerpo; y la Iglesia de Dios en un lugar representa a la Iglesia en su conjunto, y actúa en nombre de ésta. Por lo tanto, en la primera epístola a los Corintios, donde se trata este tema, el apóstol se dirige a todos los cristianos de forma simultánea con la asamblea de Corinto como tal; sin embargo, esta asamblea es tratada como el cuerpo en sí mismo, y tenida localmente por responsable de mantener la pureza de la asamblea; y el Señor Jesús es considerado como estando presente en la asamblea; y lo que allí se hacía, se hacía "en el Nombre del Señor Jesucristo." Esto es completamente ignorado cuando se habla de asambleas formadas por unos pocos cristianos capaces e inteligentes y por un gran número de cristianos ignorantes. Se deja de lado el hecho de que el Señor está presente en medio de la asamblea. Se dice que la carne muchas veces actúa en una asamblea. ¿Por qué afirmar que ella actúa en una asamblea, y olvidar que puede hacerlo en un individuo?

 

Además, ¿por qué hablar de obedecer al Señor primeramente, y luego a la Iglesia? Pero si el Señor está en la Iglesia, hablar así es simplemente oponer un juicio particular al de una asamblea reunida en el nombre de Cristo con Su promesa (y si ella no está así reunida, nada tengo que decir a ellos). Esto equivale a decir sencillamente que yo me considero más sabio que ellos.

 

Rechazo enteramente, por ser contrario a las Escrituras, el principio que dice: «Primero Cristo, luego la Iglesia.» Si Cristo no está en la Iglesia, no reconozco a ésta en absoluto. Tal argumento presupone que la Iglesia no tiene a Cristo, haciendo de Cristo y de la Iglesia dos partidos diferentes. Yo puedo razonar con una asamblea, porque soy miembro de Cristo, y, por ende, de ella; y si es una, puedo ayudarla. Pero si la reconozco como una asamblea de Dios, no puedo admitir que Cristo no esté allí: ello sería simplemente negar que esta asamblea sea una asamblea de Dios. Falta el pensamiento de lo que es una asamblea de Dios. Esto no causa sorpresa, pero necesariamente falsifica el juicio sobre el punto en cuestión, el cual no es: «Si la Palabra dice», sino: «Si yo no veo que la Palabra dice.» Uno confía simplemente en su propio juicio, en oposición al de los demás y al de la asamblea de Dios.

 

Querer establecer un principio análogo y querer poner una cuestión de blasfemias contra Cristo sobre el mismo terreno, es una verdadera maldad. Querer cubrir blasfemias contra Cristo por cuestiones de iglesia, o por pretexto de conciencia individual, es algo que aborrezco por completo.

 

Permitidme enfocar el asunto sobre temas menores de otra manera. Supóngase que pertenezco a una asamblea, y que creo que ellos han juzgado un asunto de forma equivocada. ¿Debo imponerles mi opinión individual? Si no, ¿qué he de hacer? ¿Dejar la asamblea de Dios, si es tal (pues de lo contrario, yo no iría allí)? ¿Qué hacer, pues? No hay salida; si no permanezco en una asamblea por no estar ella de acuerdo en todo conmigo, no puedo pertenecer a ninguna asamblea de Dios en el mundo. Todo esto no es más que una negación de la presencia y del auxilio del Espíritu Santo, así como de la fidelidad de Cristo hacia su propio pueblo. No veo que haya en ello una piadosa humildad.

 

Pero si una asamblea ha juzgado, como tal, en un caso de disciplina, habiendo dado lugar a todas las comunicaciones y amonestaciones fraternales, afirmo claramente que otra asamblea debe aceptar este acto sin cuestionarlo. Si el hombre perverso es excluido en Corinto, ¿debe Éfeso recibirlo? ¿Dónde está, pues, la unidad? ¿Dónde está el Señor en medio de la Iglesia? Lo que me condujo a salir de la iglesia Nacional fue la verdad de la unidad del Cuerpo; y allí donde esta unidad no es reconocida ni puesta en práctica, no debo ir. Y considero que las «iglesias independientes» son tan malas o peores que las iglesias nacionales. Pero si cada asamblea actúa por sí misma independientemente de las demás, y recibe de esta manera, ella ha rechazado esa unidad del Cuerpo, y no tenemos más que iglesias independientes: no existe la unidad práctica del Cuerpo.

 

Sin embargo, jamás me dejaré llevar por la iniquidad que pretende hacer de la aceptación de blasfemos, una cuestión eclesiástica. Si alguno quiere caminar con blasfemos, o contribuir a que sean recibidos o apoyar la tolerancia de ellos a la Mesa del Señor, no cuenten conmigo. Los principios sostenidos, revelan una falta evidente de humildad personal, y destruyen la idea misma de la Iglesia de Dios. Pero no voy a confundir las dos cuestiones. No acepto que se anule mi libertad espiritual: somos un rebaño, no un corral. Pero en cuestiones de disciplina, allí donde no es negado ningún principio, ninguna verdad de Dios es puesta de lado, no opongo mi juicio al de la asamblea de Dios en las cosas que Dios ha confiado a los suyos. Eso sería erigirme a mí mismo como más sabio, y descuidar la Palabra de Dios, que ha asignado ciertos deberes a una asamblea, a la que Él honrará en el lugar que le es propio.

 

Agregaría que existe una obediencia en lo que conocemos, que precede a las especulaciones sobre dificultades que puedan surgir en la obediencia, donde quisiéramos ser libres para seguir nuestro propio camino. "A cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más." Hacer lo que sabemos en la obediencia, es un gran paso hacia un mayor conocimiento.

 

Además, algunos dicen que «el vínculo de unidad entre las iglesias, es el señorío de Cristo». Mas la Escritura, cuando se trata de unidad, no dice una sola palabra «de iglesias» ni de vínculo de iglesias; ni tampoco consiste la unidad en una unión de iglesias. El señorío es esencialmente individual, y hablar del «Señor del cuerpo» no es escriturario. Cristo es Señor en relación con personas individuales; él es Cabeza sobre todas las cosas a su cuerpo. La unidad no existe por el señorío. La obediencia individual, como toda piedad, sin duda contribuirá a mantener la unidad; pero la unidad es la unidad del Espíritu, y en el cuerpo, no en los cuerpos. Las epístolas a los Efesios y a los Corintios, nos enseñan claramente que la unidad es en el Espíritu y por el Espíritu, y que a este respecto Cristo ocupa el lugar de Cabeza, no el de Señor, el que se refiere a cristianos individuales. El error de que hablo, de ponerse en práctica, falsificaría toda la posición de las reuniones, haciendo de ellas simples reuniones disidentes, y no respondería de ninguna manera al pensamiento de Cristo.

 

 


 

II

 

Confundir autoridad con infalibilidad es el resultado de un claro y pobre sofisma. En cientos de casos diferentes, la obediencia puede ser obligatoria cuando no hay infalibilidad. De no ser así, no podría haber en el mundo orden alguno. No existe punto de infalibilidad en el mundo, pero hay mucha voluntad propia; y si se pretende que no debe haber obediencia donde no haya infalibilidad, ni acatamiento a lo que haya sido decidido, no hay límites a la voluntad propia ni puede existir el orden público. Se trata de competencia, no de infalibilidad. Un padre no es infalible, pero posee una autoridad que le ha sido otorgada por Dios, y acatar esta autoridad en la esfera que le pertenece, es un deber. Un magistrado de policía no es infalible, pero posee una autoridad competente en los casos que están bajo su jurisdicción. Puede haber recursos contra los abusos de autoridad, o, en ciertos casos, una negativa a someterse, cuando una autoridad superior nos obliga, tal como la conciencia dirigida por la Palabra de Dios; pues debemos obedecer a Dios antes que a los hombres. Pero la Escritura no da nunca libertad a la libertad humana como tal. Somos santificados por la obediencia de Cristo (1 Pedro 1:4). Y este principio —hacer la voluntad de Dios en obediencia sencilla, sin querer resolver todas las cuestiones abstractas que podrían presentarse— es un sendero de paz que está ausente en muchas personas que se consideran a sí mismas más sabias; porque es el sendero de la sabiduría de Dios.

 

Confundir, pues, autoridad con infalibilidad, es un mero sofisma que pone al descubierto el deseo de ser libre para hacer su propia voluntad y una confianza de que el juicio de la persona es superior a todo lo que ha sido ya juzgado. Hay una autoridad judicial en la Iglesia de Dios, sin la cual, la más horrible iniquidad se cerniría sobre la tierra, porque pondría la sanción del nombre de Cristo en toda iniquidad. Y eso es lo que buscaban y por lo cual abogaban aquellos con los cuales estas cuestiones, a las que yo respondo aquí, tuvieron su origen; aquellos que osaron afirmar que cualquiera que fuese la iniquidad o la levadura tolerada en una asamblea, la asamblea no podía ser leudada. Afirmaciones como ésas han hecho bien en cierto sentido: ellas son detestadas y rechazadas por toda mente honesta y por todos aquellos que no buscan justificar el mal. Puede que Ud. piense o diga: «Ésa no es la cuestión que yo planteo.» Perdóneme que lo diga pero, yo sé que se trata de ésa y nada más que de ésa; y de ello estoy muy seguro.

 

La autoridad judicial, empero, de la Iglesia de Dios está en la obediencia a la Palabra. "¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros" (1 Corintios 5:12-13). Y, repito, si no se hace lo que la Escritura demanda aquí, la Iglesia de Dios viene a ser la que acredita y aprueba toda vileza de pecado. Y afirmo sin titubeos, que allí donde se presta obediencia a esta Escritura, los demás cristianos tienen el deber de respetar este acto. Existen recursos para reprimir la acción de la carne a este respecto, en la presencia del Espíritu de Dios en medio de los santos, y en la autoridad suprema del Señor Jesucristo; pero ese remedio no se encuentra en la pretensión miserable y totalmente antiescrituraria de aquellos que quieren establecer la competencia de cada individuo que se arroga el derecho de juzgar por sí mismo independientemente de lo que Dios ha instituido. Considerado bajo su aspecto más favorable, este sistema no es propiamente una pretensión individual; es el muy conocido y antiescriturario sistema que ha estado vigente desde el tiempo de Cromwell, es decir, la independencia, el reconocimiento de un cuerpo de cristianos independiente de todo otro, como asociación voluntaria. Esto es sencillamente la negación de la unidad del cuerpo y de la presencia y actividad del Espíritu Santo en el cuerpo.

 

Supongamos que somos un cuerpo de masones, y que una persona ha sido excluida de una de las logias conforme a las reglas del orden; ¿qué sucedería si, en lugar de apelar a esa logia para que revea el caso, si fuese considerado injusto, cada una de las demás logias lo recibiese o no según su autoridad propia e independiente? Es claro que la unidad del sistema masónico se destruiría. Cada una de las logias sería un cuerpo independiente que actúa por su propia cuenta. En vano se alegaría que se pudo haber cometido un error, y que la logia no es infalible; la autoridad competente de las logias, y la unidad del conjunto, habrían llegado a su fin. El sistema masónico es disuelto. Puede que haya remedios para tales dificultades; y está bien si son necesarios. Mas el remedio propuesto no es más que una pretensión de superioridad de parte de la logia que rehúsa conformarse a la decisión de las demás, y la disolución de la masonería.

 

Ahora bien, rechazo de la manera más absoluta, la supuesta competencia de una iglesia o asamblea  para juzgar a otra. El intento de aquellos que procuran establecer este principio no es otra cosa que un rechazo antiescriturario de toda la estructura de la Iglesia de Dios. Lo que uno ve es la independencia: un sistema que yo conocía hace cuarenta años, y al cual nunca quise asociarme. Si a alguna persona le gusta este sistema, pues que vaya allí. Es en vano decir lo contrario, pues el sistema no es otra cosa que eso mismo: La independencia es simplemente este sistema, según el cual cada iglesia juzga por sí sola independientemente de otra, y eso es todo lo que aquí se alega. No contiendo con aquellos que, queriendo juzgar por sí mismos, prefieren este sistema; sin embargo, estoy plenamente convencido de que este sistema es, en todo sentido, enteramente antiescriturario. La Iglesia no es un sistema voluntario. Ella no es una entidad formada (o, mejor dicho, deformada) por un cierto número de cuerpos independientes que actúa cada cual por cuenta propia. Cualquiera que fuese el remedio a las dificultades de que hablamos, jamás se soñaría que Antioquía pudiese recibir a los gentiles y Jerusalén los rechazara, y todas las cosas seguir según el orden de la Iglesia de Dios. No hay traza de una independencia y de un desorden tal en la Palabra. Más bien, la Escritura aporta todas las pruebas posibles, históricas y doctrinales, del hecho de que hay un Cuerpo en la tierra, cuya unidad constituía el fundamento de la bendición, de hecho, y el mantenimiento de ella era el deber de todo cristiano. La voluntad propia puede desear algo distinto a esto, pero ni la gracia ni la obediencia a la Palabra de Dios podrían tener este sentimiento.

 

Pueden surgir dificultades, como ya lo he dicho. No tenemos un centro apostólico como el que había en Jerusalén, es cierto. Pero tenemos un recurso en la acción del Espíritu en la unidad del cuerpo, en la acción de la gracia que cura y de los dones dados para provecho, y en la fidelidad de un Señor misericordioso que ha prometido que nunca nos dejará ni nos desamparará. Pero lo que sucedió en Jerusalén, según el capítulo 15 de los Hechos, constituye una prueba de que la Iglesia según las Escrituras, nunca imaginó, ni aceptó, la acción independiente sobre la cual se insiste. La acción del Espíritu Santo se ejerce en la unidad del cuerpo, y siempre es así. El acto ejecutado bajo la dirección del apóstol en Corinto (1 Corintios 5) (y que nos liga como la Palabra de Dios) tenía un alcance tal que abarcaba al cuerpo entero de la Iglesia de Dios. De ahí que todos los que la componían, sean contemplados en la cabecera de la Epístola (1 Corintios 1:2). ¿Pensaría alguno en pretender que si el incestuoso de Corinto debió ser judicialmente excluido de la iglesia de Corinto, cada iglesia debiera juzgar por sí misma y decidir si debiera recibirle, y que esa acción judicial debiera ser tenida por nula o como válida únicamente en Corinto, mientras que Éfeso o Cencrea hubiesen podido actuar luego como bien les pareciera? ¿Dónde estaría entonces el acto solemne y las directivas del apóstol? Pues bien, esa autoridad y estas directivas, son para nosotros ahora la Palabra de Dios.

 

Yo sé que se dirá: «Pero puede que Ud. no la siga como corresponde, puesto que la carne puede obrar.» Existe, en efecto, la posibilidad de que la carne obre. Pero estoy completamente seguro de que lo que niega la unidad de la Iglesia, aquello que se erige por su propia cuenta y que disuelve la unidad en cuerpos independientes, es la disolución de la Iglesia de Dios, es antiescriturario, y nada más que la carne; algo que para mí, antes de dar un paso más adelante, está totalmente juzgado. Sin duda, la carne puede actuar, pero existe un remedio para hacer frente a esta dificultad, un precioso remedio de gracia para las almas humildes, en el auxilio del Espíritu de Dios que actúa en la unidad del cuerpo, y en el fiel amor y cuidado del Señor, como ya lo he dicho; pero no en la presumida voluntad que se eleva a sí misma y niega la Iglesia de Dios. Mi respuesta es, pues, que tal pretexto es un sofisma que confunde la infalibilidad con la autoridad divinamente establecida, incluida en los corazones humildes donde mora la gracia, y que el sistema que procurado por muchos, es el pretendido espíritu de la  independencia, la negación de toda la autoridad de la Escritura en sus enseñanzas sobre el tema de la Iglesia: la elevación del hombre en lugar de Dios.

 

Es evidente que si dos o tres están congregados, ellos forman una asamblea, y que si están congregados conforme a las Escrituras, ellos forman una asamblea de Dios. Si no, ¿qué son? Si esta asamblea fuese la única que se halla en la localidad, ella es la asamblea de Dios en esa localidad. Sin embargo, objeto que ella asuma el título en la práctica, porque la asamblea de Dios en cualquier localidad, propiamente abarca a todos los santos de esa localidad. Y hay un peligro práctico para las almas en el hecho de que una asamblea asuma el nombre de asamblea de Dios, pues se pierde de vista así la ruina actual de la Iglesia, y se pretende ser algo. Pero no sería una falsa pretensión en el supuesto caso de que fuese la única en el lugar. Si existiese una asamblea así reunida, y, por la voluntad del hombre, se instituyera otra independientemente de la primera, únicamente la primera es, moralmente, delante de Dios, la asamblea de Dios, y la otra no lo es de ninguna manera, porque ha sido formada en la independencia de la unidad del cuerpo. Rechazo de la más absoluta y categórica manera, todo el sistema «independiente», como antiescriturario, y como un mal positivo y radical. Ahora que la unidad del cuerpo ha sido puesta en evidencia, y que la verdad Escrituraria de esta unidad ha sido conocida, el sistema «independentista» no es otra cosa que una obra de Satanás. La ignorancia de la verdad es una cosa (ella es nuestra parte común de varias maneras); pero la oposición a la verdad es otra cosa muy diferente. Sé que se alega que la Iglesia se halla ahora en un estado de ruina tal que, el orden de las Escrituras según la unidad del cuerpo, resulta imposible. Que aquellos que esgrimen estas objeciones, admitan, pues, como hombres honestos, que lo que buscan es un orden contrario a las Escrituras, o, mejor dicho, un desorden. Pero sería ciertamente imposible reunirse de alguna manera para partir el pan en tal caso, excepto en desmedro de la Palabra de Dios, pues la Escritura dice que "nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan" (1 Corintios 10:17). Todas las veces que partimos el pan, confesamos que somos un solo cuerpo; la Escritura no admite otra cosa; y la Escritura es un lazo demasiado fuerte y perfecto para ser quebrantado por el razonamiento del hombre.

 


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