L A GRACIA,

poder de unidad y de reunión

 

J. N. Darby

 

 

El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico. Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony» (El testimonio presente), si mi memoria no me falla, un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

 

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación  puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas. Pero esta separación no es nunca, en sí misma,  un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

 

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

 

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor. El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión.  Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

 

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos. Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita. No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

 

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

 

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios. Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera. En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

 

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

 

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

 

La separación tiene por objeto a Dios

 

Pero por más interesante que sea este tema, me vuelvo ahora a aquel que me ocupa directamente. He vuelto a leer el tratado a que he hecho referencia (3), y puedo decir que me parece que aquel que negara los principios abstractos que en él se desarrollan, no está sobre el terreno cristiano en absoluto. No puedo concebir nada más incuestionablemente verdadero que estos principios, dentro de lo que sería una exposición humana de la verdad.

 

No obstante, hay algo más que considerar aparte de la verdad misma, a saber, el uso de la verdad. El hecho de que Dios, por la gracia y la redención, no impute pecado a la Iglesia, es siempre una verdad bendita y eterna. A una conciencia despreocupada, puedo tener que presentar alguna otra verdad. Pero, repito, que al leer el tratado que me ocupa aquí, no comprendo cómo una persona que se opone a los principios que en él se exponen, puede estar en el terreno cristiano de alguna manera. ¿No es la santidad el principio sobre el cual se funda la comunión cristiana? Y el tratado en cuestión no dice otra cosa que eso. Pero hay otros dos puntos que creo importante presentar al mismo tiempo, uno con referencia al hombre, el otro, al Dios bendito.

 

El primero de los dos puntos consiste en esto: todos reconocemos, y en cierta medida lo sabemos, que la naturaleza humana es una cosa traicionera. Ahora bien, la separación del mal, cuando es justa, y es lo que supongo ahora, distingue a aquel que se separa de aquel de quien se separa. Esto tiende a dar importancia a la posición de aquel que actúa de esta manera; y esta posición tiene tal importancia en efecto; pero con corazones como los nuestros, la posición que uno toma se confunde con uno mismo, no, no de una manera grosera, sino de una manera insidiosa. Se trata de mi posición. Y más aún, si mi mente está ocupada con algo que fue importante para mí (y eso justamente, y en su debido lugar), ella tiende a hacer, en alguna medida, de la separación del mal, un poder de reunión, además de un principio sobre el cual la reunión tiene lugar. La separación del mal no es eso, a menos que la santidad atraiga a las almas que son espirituales, por un principio impulsor en ellas.

 

El otro peligro consiste en esto: un cristiano se separa del mal, supongo aún, en un caso en que es su deber hacerlo; digamos que abandona, por ejemplo, el sistema más corrupto que existe; según este principio en cuestión, el mal que produce su efecto en la conciencia del nuevo hombre y que es reconocido como ofensivo para Dios, es lo que impulsa al cristiano a salir de este sistema. Así pues, el cristiano está ocupado con el mal. Ésta es una posición peligrosa. Él atribuye el mal, quizás por su ansiedad, a aquellos a quienes ha dejado, para dar una buena razón de la posición que ha tomado.

 

Ellos ocultan, pretenden encubrir, comentan, explican; siempre ocurre lo mismo allí donde el mal es sostenido. Él pretende probar la existencia del mal, para justificar su posición; está ocupado con el mal, con probar la existencia del mal, y con probar el mal  contra otros. Es un terreno resbaladizo para el corazón, sin hablar del peligro que amenaza el amor. La mente está ocupada en el mal como un objeto que tiene ante sí. Esto no es la santidad, ni la separación del mal, en poder práctico interior. Es un trabajo que fatiga la mente y que no puede alimentar el alma. Hay personas que casi corren el peligro de consentir con el mal, debido a la fatiga de estar pensando en él. De cualquier manera, el poder no se encuentra allí. Dios nos separa ciertamente del mal, pero no es Él quien llena la mente de aquel que continúa ocupándose con el mal, porque Dios no está en el mal. Es muy cierto que la mente pueda decir: «Yo voy a pensar en el Señor, y no voy a ocuparme del mal», y que así obtenga cierta medida de tranquilidad y de bienestar. Pero, en este caso, la medida y el tono general de la vida espiritual, serán indefectiblemente rebajados, y de eso no tengo la menor duda. No se consentirá de hecho en el mal positivo, pero la mente pierde el sentido de cómo Dios detesta el mal y, en la misma proporción, se pierde la medida de poder y de comunión divinos, y la senda  general demuestra esto con claridad. El testimonio falta y es rebajado. Éste es el más extendido de los males —cuando el conflicto con el mal no se sostiene con poder  espiritual— y un mal que crea las más serias dificultades para una unidad extensa. Pero Dios está por encima de todo. La nueva naturaleza, cuando está en viva actividad, porque es santa y divina, se eleva contra el mal cuando éste aparece ante ella. La conciencia también se verá ejercitada como responsable a Dios.

 

Pero eso no lo es todo, aun en lo que concierne a la santidad. Hay otra cosa que, en muchos casos (podría decir, en el fondo, en todos los casos), distingue la verdadera santidad de la conciencia natural, o el rechazo convencional del mal. La santidad no es meramente la separación del mal, sino la separación para Dios del mal. La nueva naturaleza no tiene solamente una naturaleza o un carácter intrínseco como perteneciente a Dios; tiene un objeto, pues ella no puede vivir de sí misma; tiene un objeto positivo, y ese objeto es Dios. Ahora bien, este hecho lo cambia todo, porque separa del mal, el cual la nueva naturaleza aborrece; en consecuencia, cuando lo ve, porque ella está llena del bien, en vez de debilitar su separación, hace más vivo el horror que la nueva naturaleza tiene del mal cuando tiene que ocuparse de él; pero da otro tono a lo que ella aborrece, ya que posee el bien suficiente para que, cuando la nueva naturaleza no se ve obligada a pensar en el mal, pueda ponerlo enteramente fuera de la mente y de la vista. Así, ella es santa, calma, y tiene un carácter sustancial propio, separado del mal, así como contrario al mal. Para nosotros, eso no puede tener lugar sino en la posesión de un objeto (porque somos y debemos ser dependientes), solamente en la medida que estemos positivamente llenos de Dios en Cristo. Estamos ocupados con el bien, y por ende somos santos, pues en eso consiste la santidad; y, por consiguiente, aborrecemos el mal con facilidad y discernimiento, sin ocuparnos en él.

 

Ésta es la verdadera naturaleza de Dios: Dios es esencialmente bueno; encuentra en lo que es bueno sus delicias en Sí mismo; y, por lo tanto, en virtud de su bondad, aborrece el mal; su naturaleza es el bien; y, por consiguiente, en su misma naturaleza rechaza el mal. Lo hará con autoridad, sin duda, en juicio, pero hablamos ahora de naturaleza.

 

Ésta es la razón por la cual, cuando el amor es poderoso, y actúa, precede y santifica, ya  sea que se trate del amor mutuo o bien del goce del amor en la revelación de Dios: “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1.ª Tesalonicenses 3:12-13). Así también 1.ª Juan 1:1-6: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad.”

 

Ahora bien, aquí el Espíritu Santo, con esas pinceladas tan claras y enérgicas que sólo él puede trazar, hace hincapié en la separación del mal en el andar en la luz, en el carácter y el conocimiento de Dios revelado en Cristo, en la verdad tal como está en Jesús, en quien la vida era la luz de los hombres. El que pretende tener comunión Dios y no anda  en el conocimiento de Dios, según este conocimiento, es mentiroso y la verdad no está en él. Pero ¿qué es lo que establece la comunión? Andar en la luz la mantiene pura; pero, ¿qué es lo que la forma? Es la revelación de su glorioso objeto y su centro, en Cristo. Juan hablaba de Uno que había ganado su corazón, de Uno que era el poder que reúne en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Tenía conocimiento por el  Espíritu Santo, y se gozaba en lo que el Señor había dicho: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Ahí estaba el amor, infinito, divino; y, por el Espíritu Santo, aquel que era testigo tenía comunión con el amor y lo declaraba, a fin de que otros tuvieran comunión con él, y su comunión era verdaderamente con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Aquellos a los cuales se dirigía y se asociaba. Ahora bien, esto, entiendo, era el poder que reúne. El objeto al cual se dirigía y alrededor del cual se reunía implicaba necesariamente lo que sigue, y Juan, en efecto, termina así su epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos.” Es decir, que el poder del bien para congregar antecede a la advertencia. Este hecho es tanto más notable en esta epístola, por cuanto, en cierto sentido se ocupa del mal, pues fue escrita respecto a “los que os engañan”  (2:26).

 

El objeto de reunión forma el centro de atracción

 

La santidad pues, si es real, es la separación para Dios así como respecto del mal; ya que así solamente estamos en la luz, puesto que “Dios es luz”. Esto es verdad al principio de la santificación: tenemos que conocer a Dios, que ser llevados a Dios. Si nos volvemos a nosotros mismos, es para decir: “Me levantaré e iré a mi Padre.” Si se trata de restauración, tiene lugar sobre este principio: “Si te volvieres…, vuélvete a mí” (Jeremías 4:1). No se restaura realmente un alma, en efecto, hasta que haya vuelto a Dios; porque hasta entonces, ella no está en la luz para purificarse de la carne, aun cuando las obras de la carne hayan sido confesadas; y el pecado no es visto tampoco tal como Dios lo ve. Ésta es la razón por la que el amor, como elemento esencial, entra en toda verdadera conversión y toda verdadera restauración, por más que se lo distinga débilmente, o a través de oscuros ejercicios de conciencia. Tenemos que volvernos a Dios; hay perdón con él, a fin de que se lo reverencie. De no ser así, la desesperación nos llevará aún más lejos. En efecto, ¿que sería o qué podría ser una restauración si no fuese a Dios? Pero en el sentido pleno de la palabra, la reunión, es decir, la reunión para una comunión compartida, es producida por el objeto que revela aquello en que debemos tener comunión. Es necesario que tengamos comunión en algo, esto es, comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

 

El objeto de la comunión debe atraer los corazones a él, a fin de que, en su gozo común en él, su comunión subsista. El principio del Tratado anterior es éste, que, al atraer los corazones, el objeto que los reúne debe separarlos del mal: responde a la segunda parte de la declaración del apóstol (1.ª Juan1:5): “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz...”. Así Cristo dice: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 20:32). Ahora bien, la cruz era el amor perfecto, la separación absoluta de todo pecado y la condena del pecado: “En cuanto murió, al pecado murió una vez por todas” (Romanos 6:10): la separación respecto del mundo y la liberación de todo el poder del enemigo y de la escena donde se ejerce. La cruz es el amor perfecto, el cual aparta de todo otro objeto para atraer a sí mismo; que demuestra a las almas que todo era malo en ellas, y aquí abajo, el absorbente de lo que es bueno, de una manera tal que las salva de este mal. Pero cuando entramos en la vida al seguirle a Él, todo esto de los que separaba desapareció: “en cuanto vive, para Dios vive”; es Su ser entero, si puedo expresarme así. Ahora bien, Él, en esta vida, es hecho más sublime que los cielos. No hablo aquí de la gloria divina, sino de la vida. Él asume un lugar celestial, y nuestra reunión por medio de la cruz nos trae a Él, allí donde él está ahora, en el lugar donde el mal no tiene cabida. Tal es nuestra comunión: entramos en la casa del Padre en espíritu; y tal, creo, constituye el verdadero carácter de la Asamblea, de la Iglesia, para rendir la adoración en el pleno sentido del término.

 

La Asamblea se acuerda de la cruz, adora, dejando el mundo afuera, y todos son conocidos en el cielo delante de Dios. Él se dio a sí mismo, con el fin de “congregar en uno”. Pero aquí, anticipo un poco, pues sólo hablo hasta ahora del objeto, no del poder activo que reúne.

 

Creo que lo que separa a un santo del mal, lo que lo hace santo, es la revelación de un objeto (quiero decir, naturalmente, por la acción del Espíritu Santo, que atrae su alma hacia este objeto como el bien y, con eso, le revela el mal y se lo hace juzgar en su espíritu y en su alma); el conocimiento que tiene del bien y el mal no es, pues, una conciencia simplemente inquieta, sino la santificación. Quiero decir que la santificación se basa, por la luz otorgada por el Espíritu Santo, en un objeto que, por su naturaleza, purifica los afectos por ser su objeto, creándolos por el poder de la gracia. Incluso bajo la ley, la santificación tenía esta forma: “Sed santos, porque yo soy santo”, aunque, lo admito, ella participara entonces necesariamente del carácter de la dispensación. En la cruz, tenemos estos dos principios perfectamente sacados a luz. El amor es claramente manifestado, el objeto bendito que atrae el corazón; y, al mismo tiempo, que atrae el juicio más solemne del mal y la más absoluta separación de él. ¡Tal es la perfección de Dios, la insensatez y la debilidad de Dios! La santificación, pues, repito, se basa en esta divina atracción en el amor, dado que el mal es perfectamente aborrecido en todo su horror y bajo todas sus formas, por aquel que este amor atrae y une. El alma va hacia este amor con su pecado, reconocido como tal, y va porque el amor así manifestado le ha mostrado que su pecado es pecado, en que Cristo fue hecho pecado por nosotros.     

 

Tal es el poder objetivo que separa del mal y que pone fin a toda relación con el mal; ya que, entonces, muero a toda la naturaleza para la cual vivía. El mal deja de existir, por la fe, puesto que vivo en adelante en una bendita actividad en el amor.

 

Pero bastante me extendí quizá en aquello que reúne objetivamente y que produce la comunión; e indudablemente nuestra comunión es una comunión en lo que es bueno: ella tiene un carácter celestial debido a que no admite ningún mal. La comunión es imperfectamente realizada, sin duda, aquí abajo, pero, en la medida en que no lo es, entonces es destruida, ya que la carne no tiene comunión. Por eso leemos: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1.ª Juan 1:7). Pero no podemos marchar fuera de las tinieblas sino marchando en la luz, esto es, con Dios; y Dios es amor; y si no lo fuera, no podríamos marchar en ese camino.

 

El amor es el poder que reúne

 

Pero tenemos otros privilegios. El amor de Dios en Cristo no es solamente un objeto que reúne, sino que es una actividad que reúne. El amor necesita un objeto; actúa y se manifiesta. Así es cómo Dios ha actuado. El concepto de Dios que el paganismo ha elaborado es totalmente distinto. Éste concibe las profundidades silenciosas del propio conocimiento como mero intelecto, aunque supone erróneamente que la materia es igualmente eterna, y que recibe de Dios nada más que forma; pero que entonces vino a ser activo  para generar pensamientos y, objetivamente complacido con ellos, vino a ser activo en creación para producirlos según verdad. Con este esquema, los paganos con razón hicieron de las primitivas tinieblas la madre de todas las cosas. Pero tal no es nuestro Dios.

 

Jesús reveló a Dios; y así conocemos a Dios como “amor”, y también como “luz”. ¡Bienaventurado conocimiento! Tal como se nos da en la Palabra, es la vida eterna; y esta vida, como lo vimos, se ocupa de conocer al Padre y al Hijo. Pero podemos decir también que conocemos esta otra verdad preciosa y excelente: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Es la actividad del amor la que constituye el poder de reunión. Él mismo se entregó... “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Incluso para Israel: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Aquí, no tenemos sino un objeto que atrae y que santifica, que produce la comunión, sino que es la actividad del amor que actúa, que se entrega, con el fin de reunir; y en esta obra podemos tener nuestra parte. Es ésta la que, al mismo tiempo que santifica y que mantiene la santidad de Dios, nos revela a Dios y reúne a las almas cansadas.

 

Ahora bien, allí solamente radica el principio y el verdadero poder de reunión: no digo el principio sobre el cual se reúnen los almas, ya que queda claro que lo están sobre el principio de la santidad, de la separación del mal, que es la única manera en que se mantiene la comunión; de no ser así ¡las tinieblas tendrían comunión con la luz! Pero el amor reúne, y esta verdad es para el cristiano tan evidente como lo es el hecho de que el amor reúne para la santidad y sobre ese principio; porque ¿cuando que la mente del hombre se separaría del mal y abandonaría el mal en el cual vive, y que es su naturaleza, desgraciadamente, en cuanto a sus deseos naturales y en cuanto a la esfera en la cual vive? ¡Nunca! Desgraciadamente, su voluntad y sus codicias están allí, su pensamiento es enemistad contra Dios. Este hecho es lo que la presentación de la gracia en Jesús demostró de una manera tan solemne.

 

La ley nunca fue dada para reunir; era la norma de conducta de un pueblo ya relacionado con Dios, un medio para convencer de pecado. El pecado no reúne hacia Dios, ni tampoco la ley; y uno y otro son todo lo que constituye la condición del hombre, a menos que la gracia obre. Además, sólo la gracia revela plenamente a Dios, y, por consecuencia, sin la gracia, no se manifiesta el objeto alrededor del cual debemos reunirnos. Sólo la gracia alcanza el corazón para conducirlo a Dios: todo, fuera de esto, sólo es responsabilidad y fracaso.

 

Es Cristo quien reúne, y en esto conocemos el amor, en que dio su vida por nosotros. La propia verdad, de hecho, nunca no se conoce hasta que viene la gracia. La ley por Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo (Juan 1:17). La ley decía al hombre lo que debía ser. No le decía lo que era. Le hablaba de vida, si obedeciera, y de maldición, si desobedecía; pero no le decía que Dios es amor. La ley hablaba de responsabilidad; decía: “haz esto y vivirás”. Era perfecta en su lugar, pero no decía ni lo que el hombre es, ni lo que Dios es: eso permanecía oculto; pero eso es la verdad. La verdad no es lo que debería ser, sino lo que es, la realidad de todas las relaciones existentes tal como son, y la revelación de aquel que, si existen relaciones, deben ser el centro. Ahora bien, era imposible que estas cosas fuesen comunicadas sin la gracia; ya que el hombre es un pecador perdido, y Dios es amor. Por otro lado, ¿cómo podía decirse que toda relación se ha roto[1] (pues el juicio no es una relación, sino la consecuencia de la ruptura de una relación) sino por la revelación de que esta gracia formó una nueva relación sobre el principio mismo de la gracia por el poder divino? Ésta es la razón por la que leemos: “El, de su voluntad, nos hizo nacer [lit.: engendró][2] por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”; esa simiente incorruptible de la palabra. Por lo tanto, Cristo es la verdad; ya que desde su llegada, se revelan el pecado, la gracia, el mismo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mismo, tal cual son; lo que es el hombre en perfección, en su posición de relación con Dios; lo que es el alejamiento de Dios, en el cual el hombre cayó; lo que es la obediencia, y la desobediencia, lo que es la santidad, lo que es el pecado, lo que es Dios, lo que es el hombre, lo que es el cielo, y la tierra: todo se pone en su lugar con relación a Dios, y con la más entera revelación de Sí mismo, al mismo tiempo que sus consejos, de los cuales Cristo es el centro.

 

 

La gracia une según la santidad divina

 

 

Así pues, la gracia es el poder que obra para revelar la verdad, y sólo la gracia es capaz de revelarla; ya que la presencia de Cristo aquí abajo, es la gracia; su obra es la gracia eficaz. Ahora bien, la existencia misma de semejante objeto y de semejante poder, debería hacerse sentir como poder que reúne, reuniendo en la unidad, pues, al ser de Dios, tiene que reunir en torno a sí mismo.

 

Pero no se nos no abandona a conclusiones abstractas, por más familiares que sean prácticamente para toda alma renovada, que sabe y debe saber que todos los que nacieron de nuevo son atraídos juntamente hacia Cristo. La Palabra de Dios es clara: Él murió “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Hablo de estas cosas como que caracterizan el poder que reúne. Cristo, aunque era la misma verdad, mientras estuvo aquí, era la verdad aislada; ninguna nueva relación fue establecida sobre un fundamento divino para otros hombres. Ésta es la razón por la que la gracia ofrecida fue la gracia rechazada; el grano de trigo seguía quedando solo (Juan 12:24); pero, por Su muerte, la redención fue llevada a cabo, y la expiación hecha. Él no era ya “estrechado”; la gracia y la verdad, contenidas, por decirlo así, en su propio corazón, podían extenderse libremente. El amor más grande fue manifestado, y el pecado en el hombre, en vez de impedir la aplicación del amor y de obstruir toda relación, se volvió su objeto, por lo menos fue el campo de su manifestación, y es pues así como el amor reúne.

 

La justicia de Dios sustituye aquello que, aunque siempre fue exigido, en realidad nunca existió, a saber, la justicia del hombre. La vida divina sustituye la vida puramente humana; y Dios encuentra su gloria en la salvación. La gracia reina por la justicia. Ahora bien, es esta gracia la que, uniendo nuestros almas a Jesús, por el poder del Espíritu Santo, nos reúne por la cruz, de dónde se nos anuncia la verdad de lo que somos en la tierra; y Cristo en el cielo da a conocer a la fe nuestro verdadero lugar allá arriba, salvaguardando siempre, por cierto, su título divino personal. La epístola a los Efesios desarrolla este tema; solamente que, como empieza por la gloria divina —la verdadera fuente de todo—, esa epístola comienza por el propósito de amor en cuanto a nosotros en el cielo en gloria, e introduce la propia redención como una cosa que viene después, y que es necesaria para traernos allí. Pero queda claro que eso no cambia el amor que permanece y que opera para introducirnos en esta bienaventurada y celestial unidad. Éste es celestial, en relación con la gloria de Dios, y santo según la santidad de la presencia de Dios. El camino de Cristo sobre la tierra es el modelo aquí abajo, y la cruz da la plena medida. Se vinculan así el cielo y la cruz. Cuando la sangre se llevaba dentro del lugar santísimo, el cuerpo se quemaba fuera del campamento, afuera, declarando imposible toda relación de Dios con el hombre tal como era. Entonces la reunión “en uno” comenzó. Mató la enemistad, la que existía entre judíos y gentiles, y los reconcilió a ambos con Dios en un solo cuerpo; y así, los unos y los otros, tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Las ordenanzas separan siempre según la santidad humana; la gracia une según la santidad divina.

 

Creo haber dicho bastante ahora para exponer claramente lo que tengo en mi pensamiento; y tengo más deseos de enunciarlo que de hacer hincapié en ello. En el pleno sentido divino, sin la gracia, no hay verdad ni santidad (aparte de Dios, por supuesto, quiero decir, salvo que la santidad pueda sin embargo asignarse a los ángeles elegidos), ni la puede haber. Porque es imposible que un pecador pueda estar con Dios excepto sobre el principio y por el poder y la actividad de la gracia. El poder de la unidad, es la gracia; y como el hombre es pecador y está alejado de Dios, el poder de reunión, es la gracia, la gracia manifestada en Jesús sobre la cruz, y que nos conduce a Dios en el cielo y que nos da un lugar en Aquel que ascendió al cielo. Ésta es la santidad: la cruz ciertamente no es una aprobación del pecado.

 

Afectuosamente suyo en el Señor,

 

J. N. Darby


 

NOTAS

 

[1] N. del A.— Moralmente, quiero decir; ya que está claro que somos criaturas todavía.

 

[2] N. del A.— La ley no engendró nada en mí; suponía que el hombre existía, y que pertenecía a Dios, y le prescribía un camino.

 

                                                                                                                                                                        


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