LA NOCIÓN DE CLÉRIGO

 

Dispensacionalmente, el pecado contra el Espíritu Santo

 

J. N. Darby

 

 

 

 

Preciso decir unas palabras preliminares acerca del siguiente tratado que ahora sale a luz por primera vez. Mi propósito fue publicarlo en la fecha cuando fue escrito; pero el impresor y editor se lo mostró en forma privada a algunos clérigos influyentes antes de publicarlo, y muchos me rodearon y rogaron que no lo publicase (y después de tanto tiempo transcurrido, no recuerdo los nombres), a lo que accedí. Todos podemos comprender (por lo menos aquellos que han tenido convicciones profundas sobre puntos que afectan la entera posición de la Iglesia de Dios), por profundas que sean las convicciones íntimas acerca de tales o cuales verdades, cómo una mente seria y escrupulosa puede vacilar antes de exponer algo que pueda ofender los sentimientos de muchas personas piadosas, y violar el orden establecido.

 

Y en estos asuntos, todos debemos ser no solamente escrupulosos, sino serios; debemos tener temor de Dios y no meramente una opinión acerca de aquello que pudiera afectar profundamente las mentes de algunos, y tocar una cosa tan sagrada, la única cosa sagrada en el mundo, como es la Iglesia de Dios. Por tales motivos, este tratado nunca vio la luz. Y, aunque ello pudiera mostrar debilidad de mi parte, no lo lamento, sino que lo remito a las manos de Aquel que hace que todas las cosas ayuden a bien a aquellos que le aman (Romanos 8:28). Tengo la profunda y permanente convicción de que sólo la edificación del bien puede traer bendición duradera, y no el atacar al mal. Desearía tocar en el corazón con esto a todo aquel que busca el bien. Yo no tenía la más mínima intención de hostilidad contra nadie, ni contra la Iglesia Establecida[1]; la amaba aún, la consideraba como una barrera contra la funesta corriente del catolicismo. Cuando la dejé, publiqué el tratado sobre «La naturaleza y la unidad de la Iglesia de Cristo». Todos saben muy bien —y para mí es un asunto de gran dolor, y una señal del juicio cercano—, que ella ha dejado de ser tal barrera, y, para muchos, más bien ha venido a ser el camino hacia Roma, además del hecho de que principios ateos han sido pronunciados formalmente como enteramente admisibles en ella.

 

Los cristianos son encomendados por el apóstol Pablo —cuando les advirtió primeramente de los tiempos peligrosos de los últimos días, Hechos 20:32— a la palabra de Dios, y a saber de quiénes han aprendido (esto es, de los apóstoles, 2.ª Timoteo 3:14). En relación con ello, tenemos esta palabra del apóstol Juan: “el que conoce a Dios, nos oye" (1.ª Juan 4:6); no oye a la tradición, ni a los Padres de la Iglesia, sino que "nos oye"; no a la evolución de los tiempos ni a los decretos de los concilios violentos y contenciosos, sino a "lo que era desde el principio" (1.ª Juan 2:7; 24), y, podemos agregar, a la infalible fidelidad de un Señor ascendido. Somos, así, encomendados a grandes principios, quiero decir, a principios y verdades según las Escrituras.

 

De estas verdades, la presencia del Espíritu Santo es un punto cardinal. Podría agregar algo acerca de lo que me llevó a esto (quiero decir, en cuanto a la verdad misma asimilada en mi propia alma), que después de seis o siete años de haber sido convertido, aprendí por enseñanza divina lo que el Señor dice en Juan 14: "En aquel día vosotros conoceréis que... vosotros (estáis) en mí, y yo en vosotros" (v. 20); que yo era uno con Cristo delante de Dios, y hallé la paz, y desde entonces, a pesar de muchas deficiencias, nunca la he perdido.

 

Esta misma verdad me sacó de la Iglesia Establecida. Comprendí que la Iglesia verdadera se componía de todos aquellos que estaban unidos a Cristo; puedo agregar, que también me condujo a esperar al Hijo de Dios de los cielos (1.ª Tesalonicenses 1:10); porque si yo estaba sentado en lugares celestiales en Él (Efesios 2:6), ¿qué más esperaba sino que Él viniera y me llevara allí? El amor infinito de Dios fue derramado en mi alma desde temprano en este proceso que el Señor llevaba a cabo. Previamente había tenido desde el principio las más profundas convicciones de pecado, y sabía, después de haber sido enseñado varios años, que sólo Cristo podía llenar aquel abismo, pero no que lo había hecho. Pasaba mi tiempo de la manera más profunda ayunando (algo que, creo, si es usado espiritualmente, puede ser sumamente útil). Pero entonces lo hacía en un espíritu legal, y conforme a un régimen detallado de devoción, sacramentos y asistencia al oficio religioso, por lo que ahora se denomina «puseísmo» —un ritualismo—. Pero había encontrado que Cristo, y no esto último, podía dar la plena paz; sin embargo no la había hallado; la busqué con ahínco, traté de encontrar las pruebas de regeneración en mí mismo, lo cual nunca puede dar la paz; descansé en esperanza en la obra de Cristo, pero nunca en fe, hasta que la hallé, como he mencionado, cuando fui obligado por algún tiempo, por medio de lo que se llama «accidente», a desistir de trabajos materiales. La presencia del Espíritu de Dios, el Consolador prometido, entonces había llegado a ser una profunda convicción de mi alma por medio de las Escrituras.

 

Esto mismo, poco después, se aplicó al ministerio. Me dije a mí mismo: «Si viniera Pablo aquí, él no podría predicar, pues no tiene órdenes sacerdotales; pero si, en cambio, viniera el más acrimonioso opositor de sus doctrinas teniendo tales credenciales, él sí, según el sistema, tendría derecho a predicar.» No es cuestión de la posibilidad de insinuar que se trata de un hombre malvado (eso puede suceder en cualquier lugar), sino que es el sistema mismo. El sistema está mal. Sustituye al hombre por Dios. El verdadero ministerio es el don y el poder del Espíritu de Dios, no el nombramiento del hombre. Menciono sencillamente el gran principio. Este principio, con detalles de procedimiento y demora que, además de ser sin importancia, no puedo recordar ahora, junto con una fuerte presión de conciencia, constituyeron, la fuente y el origen, como cuestión de principio, del siguiente tratado (que ya estaba impreso, supongo, hace unos treinta y siete años). Se encontrará en él falta de madurez en expresión. El término: el pecado contra el Espíritu Santo, aunque usado universalmente, no se usa en las Escrituras. Todo pecado que comete un cristiano es un pecado contra el Espíritu Santo; porque el Espíritu Santo mora en él, y contrista a Aquel Santo por quien ha sido sellado para el día de la redención.

 

Pero el principio es uno de suma importancia, principio del que depende la posición de la Iglesia y del cristiano: la seguridad del cristiano, el medio por el cual es responsable y es juzgado en su andar, y la base de juicio de la Iglesia. No quedé en absoluto inmune por no publicarlo. Muy pronto se divulgó, y por cierto se sostuvo que yo culpaba a todos los clérigos del pecado contra el Espíritu Santo, lo que el tratado mismo desmiente por completo. Se trata de la posición en la dispensación de la Iglesia en el mundo: de la afirmación de que tal posición depende enteramente del poder y de la presencia del Espíritu Santo, y que la noción de clérigo contradice Su título y poder, de las cuales cosas depende la posición de la Iglesia sobre la tierra. La Iglesia es la morada de Dios por el Espíritu. La Escritura es clara al afirmar que si los gentiles no permanecen en la bondad de Dios, serán cortados de la misma manera que lo fueron los judíos (Romanos 11:22). Igualmente predice una apostasía, producto de no continuar en la bondad de Dios. Creo que estos tiempos se avecinan apresuradamente. Agrego, a fin de evitar equívocos, que tengo una confianza absoluta en la fidelidad del Señor Jesús, la gran Cabeza de la Iglesia, en cuanto a que lo que Él edifica perdurará y será trasladado al cielo, cuando Dios juzgue el sistema corrupto y malvado (lo cual ciertamente hará), ese sistema que lleva Su nombre, y luego, Cristo mismo habrá de volver en gloria en el bendito testimonio de Su inquebrantable fidelidad y amor.

 

La doctrina de la Iglesia como la casa de Dios (Efesios 2 y 2.ª Timoteo) se desarrolló en mi mente mucho más tarde; y aquí, agrego, creo que la confusión de la Iglesia tal como la ha edificado el hombre —lo que fue encomendado a su responsabilidad (1.ª Corintios 3), y que ha resultado en la casa grande (2.ª Timoteo 2:20)—, con la Iglesia que Cristo edifica (aunque la primera sea la edificación de Dios en responsabilidad en este mundo), y el hecho de atribuir los privilegios del Cuerpo de Cristo a todos los que están en la casa, es el origen de la corrupción, que ha manchado al cuerpo profesante culpable, y por lo cual Dios lo juzgará con Sus más severos juicios.

 

El tratado es presentado tal como fue impreso por primera vez. Ya que he hablado de mí mismo (siempre algo arriesgado), agrego que durante el mismo período en que fui traído a la libertad y en el que se me concedió el creer, con fe divinamente concedida, y en la presencia del Espíritu Santo, pasé por los más profundos ejercicios en cuanto a la autoridad de la Palabra: al preguntarme si, en caso de que el mundo y la Iglesia (es decir, como una cosa exterior, pues, como tal, aún tenía cierto poder tradicional sobre mí) desaparecieran y fueran aniquilados, y quedara sólo la Palabra de Dios como un hilo invisible sobre el abismo, mi alma confiaría en ella. Después de grandes ejercicios de alma, fui llevado por gracia a sentir que se podía realizar perfectamente. Jamás he hallado que me haya fallado desde entonces. Yo he faltado muchas veces, pero jamás he hallado que la Palabra me haya faltado. He agregado esto, no —espero— para hablar de mí mismo —cosa desagradable, poco satisfactoria y peligrosa— ni hablo de visión alguna, sino que, habiendo hablado de la presencia del Espíritu Santo, si no hubiese mencionado esto acerca de la Palabra, el relato habría quedado gravemente incompleto. En estos días especialmente, cuando por todos lados se pone en duda la autoridad de Su palabra escrita, es muy importante afirmar esta parte de la historia también.

 


 

LA NOCIÓN DE CLÉRIGO:

 

 El pecado contra el Espíritu Santo en esta dispensación

 

 

La afirmación que hago a continuación, no es ninguna expresión apresurada de los sentimientos, sino lo que creo que el Señor daría a conocer con fuerza y claridad a la mente de los cristianos, y lo que ellos deben recibir: lo opuesto de ello, pasando por alto la ignorancia, Él quizás lo toleraría en la práctica, mientras no se interponga ni se oponga a los propósitos de Su gracia, pero no puede tolerarlo cuando esto último ocurre.

 

La afirmación que hago es ésta: yo creo que «la noción de clérigo» es el pecado contra el Espíritu Santo en esta dispensación. No hablo de individuos que lo cometen intencionalmente, sino que afirmo que el hecho en sí es tal en cuanto a esta dispensación, y que tiene que resultar necesariamente en su destrucción.

 

La sustitución de cualquier otra cosa por el poder y la presencia del bendito Espíritu Santo, es el pecado por el cual esta dispensación se caracteriza, y por el cual el hombre no renovado, y la autoridad humana, ocupan el lugar que sólo ese bendito Espíritu puede y tiene el derecho de ocupar, como Aquel “otro Consolador” que debe permanecer para siempre.

 

Si la «noción de clérigo» ha tenido el efecto de sustituir algo que es del hombre y, por lo tanto, sujeto a Satanás, en el lugar que es prerrogativa de aquel bendito Espíritu —el cual opera como vicario de Cristo en el mundo—, es evidente que, a pesar de que la providencia de Dios puede haber obrado en la ignorancia que Él pudo haber pasado por alto, sin embargo, este concepto, cuando los hombres se apoyan y descansan en él, en contra de la presencia y la obra del Espíritu, llega a ser pecado directo contra Él —un mal sin mezcla, terrible y destructivo— la causa misma de la destrucción de la Iglesia.

 

Debe observarse aquí que no digo nada en contra de cargos en la Iglesia de Cristo, y del ejercicio de autoridad en ellos, ya sean de carácter de obispo (supervisor) o de evangelista. Sería una obra vana e innecesaria probar aquí el reconocimiento de aquello que la Escritura enseña tan claramente. Pero en las Escrituras se habla de ellos solamente como dones derivados de lo alto: "El mismo constituyó a unos, apóstoles..." (Efesios 4:11); también en 1.ª Corintios 12 son reconocidos solamente como dones. Mi objeción a la «noción de clérigo» es que sustituye algo en el lugar de todos estos dones, lo cual de ninguna manera puede decirse que sea algo de Dios, y es algo que no se encuentra en la Escritura. Ahora bien, creo que el principio esencial de esto en la presente dispensación tiene cabida en la palabra clérigo, y que esto constituye la raíz inevitable de aquella negación del Espíritu Santo que seguramente, por la misma naturaleza de la dispensación, tiene que llevar a su disolución.

 

Sé perfectamente que algunos dirán que éste no es el pecado contra el Espíritu Santo, que quizás lo que importe sea resistir al Espíritu Santo, pero que el pecado contra el Espíritu Santo es otra cosa enteramente diferente. No es tanto otra cosa como la gente supone. En todo caso, la causa de la destrucción del sistema judaico fue precisamente la misma: "Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros" (Hechos 7:51). Estoy plenamente convencido de que, por mucho que se prolongue esta dispensación con el fin de reunir a los elegidos de Dios, sacando a las almas del mundo, ella sin embargo ha sellado su propia destrucción por rechazar y resistir al Espíritu de Dios. Pero voy mucho más lejos, y afirmo que, aunque esto último ya es pecado suficiente, la «noción de clérigo» pone a la dispensación específicamente en la posición del pecado contra el Espíritu Santo, y que todo clérigo contribuye a esto. El pecado contra el Espíritu Santo consistía en atribuir al poder maligno aquello que provenía del Espíritu Santo: y tal es la operación directa de la idea de un «clérigo». Imputa desorden y cisma al testimonio del Señor Jesucristo —testimonio que el Espíritu da por boca de aquellos a quienes él mismo escoge[2], a los cuales los clérigos califican de laicos—, y a la rectitud de conducta que fluye de la recepción de aquel testimonio. Ahora bien, Dios no es autor de confusión ni de desorden ni de cisma, sino que el enemigo de las almas lo es; y el hecho de acusar de desorden y cisma al claro testimonio que da el Espíritu Santo respecto al Señor Jesucristo y a los resultados que este testimonio produce, es acusar a la obra de Dios de mala y de proceder del maligno. Pero si los clérigos tienen el privilegio exclusivo de predicar, de enseñar y de ministrar la Cena —el cual ellos se arrogan, y que es precisamente lo que constituye el sentido y significado de su título distintivo—, entonces todo eso debe ser malo. Por lo tanto, la «noción de clérigo» implica necesariamente la imputación del mal a la obra del Espíritu Santo, y por eso afirmo que la «noción de clérigo» compromete a la dispensación misma en el pecado contra el Espíritu Santo.

 

El hecho es que los pecadores se convierten a Dios, las almas son rescatadas de las tinieblas, la verdad se predica con energía y amor a las almas, por el Espíritu Santo enviado del cielo, con el apremio y la constancia del amor del Redentor (aunque sea en debilidad). Los hombres son rescatados del mal y del pecado (pues expondré el caso más completo que mis adversarios puedan desear) e introducidos en la comunión del amor del Señor, para testificar de su absoluta dependencia en Su amor que fue hasta la muerte. Y esto precisamente es causar confusión y cisma —de lo cual no es Dios el autor, sino Satanás—, porque las almas no son, ni han podido ser, reunidas por los clérigos, como se pretende. Esta pretensión no hace sino denunciar que la obra de la gracia divina emana del autor del mal y lleva su carácter, lo cual es blasfemia. Y éste es el efecto inmediato y directo, la consecuencia inevitable, de la noción, de la exclusiva «noción de clérigo».

 

Y esto se da de manera muy común donde hay un número importante de clérigos no convertidos; y a qué corriente me refiero, como ocurre en la gran mayoría de los casos, es algo muy bien conocido. En tal caso, todas las operaciones del Espíritu de Dios son acusadas de confusión y de cisma; y, por lo tanto, afirmo que la idea de un «clérigo», es decir, de un funcionario designado humanamente, que toma el lugar y asume la autoridad del Espíritu Santo, se ve necesariamente envuelta (por su misma condenación de lo que hace el Espíritu Santo) en el pecado contra el Espíritu Santo, y desafío a cualquiera a demostrar cómo puede ser de otra manera. Aquellos que más se opondrían a lo que ahora escribo, admitirían que ni media docena, y posiblemente ninguno, de los Obispos han sido constituidos por Dios; y éste es el caso de los más altos funcionarios de la iglesia, en razón de ser constituidos simplemente por la «Patente de Privilegio Real»[3]. Sin embargo, todos aquellos que imputan a la obra de otros el cargo de cisma y confusión, derivan toda su autoridad y distinción de aquellos que, según admiten, no son constituidos por Dios en absoluto; no obstante, acusan a otros de cisma simplemente porque obran de acuerdo con la misma noción, y por ende no toman en consideración esa autoridad; mientras que el efecto de la autoridad así reconocida impíamente, es inevitablemente colocar a aquellos que en verdad Dios constituye, en una posición de cisma y de desorden. La «noción de clérigo» consiste en reconocer como fuente de autoridad, aquello que, según admiten, no es constituido por Dios en modo alguno.

 

Que pregunte cualquier laico a un clérigo concienzudo, convertido a Dios, si cree que la gran mayoría de los Obispos son constituidos por Dios. Tiene que decir: No; sin embargo él, como clérigo, no tiene ninguna otra autoridad más que la que deriva de aquéllos; y condena a otros únicamente en virtud de poseer él mismo esta pretendida autoridad, que admite no ser de Dios, pero en virtud de la cual él califica de cisma y de desorden a las operaciones del Espíritu en y por medio de otros.

 

Pero, ¿no hay algunos clérigos cristianos? Sin duda, los hay. Y todos tratan de hacer, a pesar de los Obispos, lo que condenan que otros hagan; y, por el hecho de ser clérigos, son obligados a tomar una posición de resistir a Dios o a los obispos de quienes derivan su autoridad.

 

No pueden negar que la obra que se está desarrollando en el país es de Dios, aunque no sea por intermedio de clérigos; pero la condenan como mal, y en eso pecan contra el Espíritu Santo, y lo hacen como clérigos: y su única base para poder condenarla es ésta «la noción de clérigo».

 

Y ahora demos un vistazo alrededor, en cada lugar, y veamos cuál es la posición y el carácter que ostenta este nombre. Afirmo que de ninguna manera procede de Dios. Un hombre impío, hasta uno que realmente aborrece a Dios, lo puede conferir tanto como el más pío si ocupa el oficio (de obispo); el hombre más impío puede serlo tanto como el más pío, y el más impío lo puede recibir, y aceptar, y atribuirle todo su valor tanto como el más pío. ¿Puede ser así con algo espiritual que viene de Dios? Afirmo que no: que es enteramente distinto cuando se trata de autoridad espiritual, a la cual esto pretende asemejarse.

 

Y más aún, se encontrará que el aprecio y la estimación de un clérigo como tal (no hablo de la gracia de Dios en el individuo) está precisamente en proporción a la ceguera, la oscuridad, y la ignorancia de la persona que lo tenga; pongo a cualquiera por testigo de la veracidad de esto.

 

Ahora bien, el respeto y la obediencia que se presta a un pastor espiritual será justamente en proporción al sentimiento justo, a la santidad de pensamiento del cristiano; pero en la misma proporción se verá debilitada su idea de un clérigo, y juzgará según lo que ellos son, si asumen cualquier cargo relacionado circunstancialmente con el nombre. El valor que se le atribuye es algo puramente mundano: algo de este mundo, que tiene una apariencia religiosa en su carácter exterior, lo cual es precisamente la destrucción de la iglesia, la característica esencial de la apostasía.

 

Consideremos esta cuestión en su actividad práctica. Si vamos a la India, veremos que la dificultad que hay que superar para que las almas sean consoladas y ganadas, de modo que el Evangelio no sea estorbado, son los clérigos. Hablo del cristianismo nominal en la India, como en la Costa de Malabar, y sus Catanares. Vayamos a Armenia: la dificultad surgiría precisamente del mismo lugar. Llevemos el Evangelio en su poder, ¿de dónde esperaríamos oposición? ¿De qué parte? ¡De los clérigos! En el mejor de los casos, deberían ser reconciliados. Vayamos a Egipto entre los coptos: es exactamente la misma verdad. Vayamos a las iglesias en Palestina, y dondequiera que esté esparcida la iglesia Armenia, los hechos son los mismos. No digo que en ningún caso puedan ser reconciliados, sino que cuando existe oposición a la verdad, ésta surge de ellos. Vayamos a la iglesia Griega: es precisamente lo mismo. Sus padres, o sacerdotes —los ministros y defensores de toda la corrupción y el mal prevalecientes de la iglesia—, constituyen el gran impedimento a todo esfuerzo evangelístico y espiritual. Sus iglesias están caídas; por lo tanto, en esa proporción ellos estiman a los clérigos, y no aprecian el Evangelio. Pero los opositores y los que ponen trabas, aquellos cuya influencia es temida, son los clérigos.

 

Veamos ahora el gran cuerpo occidental, que se llama «la iglesia» —la cristiandad del mundo— la vid de la profesión cristiana. ¿De dónde surge la dificultad para la predicación del Evangelio? ¿Dónde está la gran barrera de oposición a Cristo en Su Evangelio? En seguida se la conoce y se la siente. La palabra sería repetida por todo aquel que está familiarizado en el asunto. Pero —dirá alguno— seguramente no debemos identificar a los que resisten la verdad intencionadamente, con aquellos que la predican y la promueven. En este punto sí se identifican, ambos son clérigos, ambos tienen precisamente el mismo título o derecho; si un clérigo Protestante tiene derecho a predicar —o cualquier derecho que tenga al respecto—, el sacerdote católico romano lo tiene igualmente. No hablo de mi propia estimación de ello, ni de la de cualquiera, sino de hechos. Y esto es a tal punto cierto que un sacerdote que quiera unirse a la Iglesia Establecida (Anglicana) —sea cual fuere su motivo, su conocimiento o su ignorancia de la verdad—, sería en seguida clérigo de ella. Su carácter clerical ya existía, y su persona meramente fue transferida de una iglesia a la otra. Nada puede señalar más claramente la identidad de los dos caracteres. Su derecho, según se admite, es idéntico; idéntico por el reconocimiento de que el título en el que insisten como prerrogativa, es el mismo por el hecho —y únicamente por el hecho— de que deriva de aquellos cuya apostasía y oposición a la verdad constituye el motivo del juicio contra la vid de la tierra, contra la iglesia nominal de Dios. Si estoy obligado a reconocer a uno, me veo también obligado a reconocer al otro con el mismo título y oficio. Ellos mismos son sus propios testigos de que no hay diferencia entre ellos en cuanto a título como clérigos. Si el ministerio de los sacerdotes proviene de Dios, «su misión» que la determinen ellos.

 

Pero, a fin de que ninguna parte del mundo eluda nuestro escrutinio, echemos un vistazo a la Alemania protestante. ¿Quiénes son los obstáculos, los que impiden el Evangelio, los que traban la propagación de la verdad entre la gente?: Los clérigos. Examinad cualquier informe misionero, o informes del continente europeo, o informes acerca de los judíos, o de la Sociedad de la Misión Nacional (Home Mission Society), y se hallará universalmente que los clérigos son los impedimentos para la propagación de la verdad. Pero se dirá: ¿Pretende Ud. colocar los esfuerzos de los clérigos en Irlanda en la misma categoría que todo esto? Consideremos la Misión Nacional. Mi más penosa contestación es que la Misión Nacional constituye la más plena y oscura confirmación de la veracidad de lo que afirmo. De todos los casos, éste ha demostrado el carácter de los clérigos en los más oscuros tonos. Porque yo no niego ni cuestiono que haya clérigos que sean cristianos en lo individual, sino que declaro que la «noción de clérigo» constituye un gran impedimento a la verdad. En tanto los clérigos, como individuos, hayan quebrado las trabas de su carácter y hayan hecho las cosas por las cuales quedan excomulgados por sus propios cánones, son bendecidos y tienen influencia. Pero el mal se aferra a ellos con una tenacidad tal que ninguna circunstancia puede remediar, y que muestra el poder de las tinieblas obrando en ello, y en esto mismo se manifiesta tan oscuramente la fuerza de esta noción.

 

La así llamada Misión Nacional fue iniciada por un clérigo, como consecuencia de circunstancias que no es necesario mencionar aquí. Los obispos y otros clérigos se opusieron (como naturalmente era de esperar) conforme a los principios de la Iglesia Establecida, aunque es difícil decir qué es eso ahora. El resultado fue que, aunque grandes multitudes iban a escuchar el Evangelio de boca de ellos (el que creo que ellos predicaban muy fielmente), desistieron de hacerlo.

 

Como clérigos se sometieron a las barreras que otros, como clérigos, impusieron al Evangelio de salvación. Posteriormente, la obra fue llevada adelante por la instrumentalidad de laicos, principalmente bajo la dirección de un solo clérigo que no tuvo en cuenta todas las restricciones que como tal le fueron impuestas. Los laicos, naturalmente, no estaban bajo ningún impedimento. El resultado fue que el sistema se estableció pese a los débiles recursos de los que, humanamente hablando, fue suplido. Pero el Señor no le permitió frustrarse, por más que los clérigos no querían trabajar junto con ellos. ¿Por qué? Porque eran clérigos; ellos reconocían que los laicos eran cristianos, y pensaban que predicaban la verdad, y muchos hasta pensaban que los laicos debían predicar; pero no eran clérigos. Sin embargo, una vez establecida la Misión —y el hecho de que la obra de evangelización del país fuese llevada a cabo enteramente por otros, seguramente hirió su amor propio como clérigos—, fueron los clérigos los que se ocuparon de ella. ¿Trabajarían junto con los laicos? No, pues ellos eran clérigos.

 

Los echaron a todos para trabajar solos; los laicos debían desistir de la obra de Dios, o ser tachados de cisma dondequiera que trabajen. A los clérigos no les importaba nada estas cosas con tal que preservaran su carácter de clérigos. A tal punto fue llevado esto que, cuando se enviaron en una de las Misiones a dos clérigos ineptos para tal fin —hombres tan inconsistentes que provocaban la queja de los oyentes—, y previendo que el fracaso en una ocasión resultaría en la falta de asistencia en la próxima, convinieron en enviar un coche vacío para despedir las congregaciones cuando no podían conseguir un clérigo, antes que asociarse con laicos piadosos o siquiera permitirles que los reemplacen como delegados en tal obra. Los clérigos consideraban que un coche vacío era mejor instrumento para la obra de Dios que un hombre lleno del Espíritu Santo, siempre que no fuese un clérigo.

 

Éstas son las razones —sin explayarme más en cuanto a cómo afectan el principio general—, que me hicieron sentir que la Misión Nacional exhibe el carácter de los clérigos en matices más oscuros, en vez de más claros. Ellos quebraron toda obligación solemne del gobierno diocesano, y excluyeron a todos los demás por el hecho de ser ellos mismos clérigos, sencillamente para preservar su propia importancia como tales, de la misma manera que habían desistido de la obra de la Misión anteriormente por la misma razón hasta que fueron obligados a ello. Ahora bien, si la «noción de clérigo» puede tener tal poder sobre hombres piadosos, sólo podemos ver, en la más potente luz en que uno pudiera presentarlo, la horrible naturaleza de la cosa en sí, y su influencia sobre la mente.

 

El mal que provocaron al forzar el cisma mediante el rechazo de predicadores laicos es incalculable, mientras que su influencia para cegar la conciencia es casi incomprensible para aquellos que no están comprometidos en ella. Pero el mal me parece irremediable si no se admite plenamente que el título y su reconocimiento constituyen un horrible y gran pecado, es decir, el hecho de que se sustituya algo en el lugar del Espíritu de Dios, que acredite a un hombre, a un hombre impío, con el título de rechazar y negar al Espíritu Santo, y que, por ende, lo haga implícitamente, ya con autoridad o no. No hablo de un cargo, sino de un orden de reverencia mundano, sobre el cual se funda toda religión falsa y cuya influencia guarda relación con el grado de oscuridad en que yacen aquellos que están sujetos a él. Cualquiera puede ver que no es un cargo, porque puede darse que un hombre no tenga cargo alguno y, sin embargo, sea igualmente un clérigo todo el tiempo. Puede ocupar todo su tiempo practicando tiro al blanco, dedicándose a la caza o a la agricultura, no tener ningún servicio en la iglesia y, sin embargo, no ser otra cosa que un clérigo, y esto es lo que sucede constantemente. Creo que la noción de clérigo ha sido el gran obstáculo a la verdad en este país. Pero los efectos, creo, sólo pueden ser combatidos por la convicción y la percepción de que, en esta dispensación, ello es el pecado contra el Espíritu Santo.

 

Puede quedar una pregunta por resolver: ¿Por qué se ha de insistir en este punto ahora? Contesto, primero, porque es la verdad. La verdad de Dios es siempre provechosa, y el testimonio en el mundo se mantiene por ella. Pero, además, porque por medio de esta misma noción las cosas han llegado a una condición tal que no queda otro remedio que liberar a los santos de las redes de sus perniciosos efectos antes que la marea del poder papal —que se funda en esta noción—, suba con su fuerza plena y arrasadora.

 

A los hombres les es imprescindible descansar en el Señor, pues de otra manera se hallarán presa de aquella noción. Si la noción de clérigo no fuese un mal, el separarse de ella sería cisma y mal. Pero si la obra del Espíritu Santo no es un mal, entonces tal noción —que pretende condenarla e imputarle el mal—, es el peor de los males; y ésa es la posición en que se encuentra todo clérigo en virtud de su título, y que se halla comprendida en la misma noción de clérigo; la esencia de su nombre constituye la señal y el nombre distintivo de la apostasía y la rebelión contra Dios. Creo plenamente que, si los clérigos de este país hubiesen consentido en que los laicos trabajasen con ellos, o si ellos hubiesen trabajado con los laicos, habrían preservado todo el respeto sucesorio que se relaciona con el nombre, y habrían evitado cualquier división y dificultad; pero rehusaron hacer tal cosa, y se rehusaron porque aquellos eran laicos, y de este modo, quiéranlo o no, suscitaron la cuestión acerca de todo este asunto: ¿Qué es un clérigo? ¿Fue limitado a ellos el Espíritu Santo? De no ser así, ¿hicieron bien en prescribir su propio canal estrecho a la plenitud vivificadora que emanó de Él? Si no, ¿qué son ellos? ¿En qué posición están? ¿Y en qué situación colocan la dispensación, al resistir y difamar con el nombre de cisma las operaciones del mismo Espíritu Santo? Yo creo que este nombre ha traído irremediable destrucción sobre la dispensación entera. ¿De qué se queja un conocido escritor en el «Periódico Cristiano»? Al buscar la ayuda de los clérigos para la Misión Nacional, la respuesta consistía continuamente en admitir que hay necesidad y mal, pero ¡que ellos no eran responsables de ello! ¿Por qué? Estaban en sus puestos de clérigos. Puede que Dios les haya dado dones de evangelistas. Puede que las almas estuviesen pereciendo, por falta de recursos, pero no eran ellos responsables, no eran «guardas de su hermano», y ¿por qué? Eran clérigos establecidos en sus parroquias, y no eran responsables por lo otro.

 

¿Cuál fue la respuesta de un pobre papista a los esfuerzos de un laico piadoso? (aunque creo que Dios está ahora bendiciendo a los laicos entre ellos mucho más que a los clérigos). Replicó: «Los clérigos de las dos religiones son suficientes.» ¿Qué derecho tienen éstos de hablar? ¿Quiénes realmente fomentan y confirman esto en tanto puedan?: Los clérigos —los que son así la gran barrera a la verdad de Dios—. Vuélvase Ud. adondequiera, verá que ésta es la noción con que se topa, como la barrera a la verdad de Dios y a su obra, por quienesquiera que se lleve a cabo.

 

Consideremos por un momento el significado de la palabra. Vamos a encontrar de manera muy notable la misma señal característica de la apostasía sobre ella: la sustitución de un orden privilegiado humanamente reconocido, en lugar de la Iglesia que Dios reconoce, y la consiguiente depresión de la iglesia y el desprecio del Espíritu Santo en ella, o la blasfemia contra Él. ¿Qué significa «clero»? Significa, en las Escrituras, el cuerpo elegido (o bien cuerpos) de creyentes, como «heredades de Dios», en contraste con aquellos que eran instructores, o que tenían el cuidado espiritual sobre ellos; y se lo emplea en el lugar donde el apóstol advierte a los tales contra el peligro de asumir alguna vez el lugar que los ministros ahora han usurpado (aunque en realidad ellos han asumido uno mucho peor); porque los clérigos no son actualmente meros señores sobre los demás, sino que se constituyen ellos mismos en el clero entero (1.ª Pedro 5:3: cleroi).

 

 

 

El uso presente de la palabra señala precisamente la sustitución de los ministros en el lugar de la Iglesia de Dios: tanto que los hombres acostumbran hablar de «entrar o ir a la iglesia». Ahora bien, todo esto es parte de la esencia misma de la apostasía: poder asociado al ministerio, y éste transformado en la iglesia a los ojos del mundo, de manera que el mundo pueda librarse de la molestia de ser religioso, dejando esta carga al clero, para que así la iglesia y el mundo sean una misma cosa, y la gente irreligiosa sirva a la iglesia como laicos, porque la religión es asunto de los clérigos, y, si es de ellos, no lo es de nadie (pues ellos no la quieren para laicos irreligiosos). De esta manera, aquello que lleva el nombre de «la iglesia» —pero que en realidad es el mundo—, sirve para excluir y poner a un lado las operaciones del Espíritu de Dios en sus hijos denunciándolas como cisma y mal; y ¿quién debe resolver?: ¡La iglesia!; pero ellos son el mundo: y ¿recibirá el mundo alguna vez al Espíritu de Dios? ¡No puede! ¿Qué, pues? Ellos, naturalmente, se consideran a sí mismos la iglesia; tienen al clero, el cual es la iglesia de Dios según su propia estimación; y el Espíritu de Dios y Su obra son declarados cismáticos. Tal es el verdadero y evidente significado de la palabra clero según su uso actual.

 

Ahora bien, volviendo al pasaje de la Escritura: “No como teniendo señorío sobre las heredades del Señor", dice Pedro a los ancianos o instructores (1.ª Pedro 5:3; Reina-Valera Antigua; Lacueva); es decir, sobre el clero de Dios (según el vocablo original). Los cuerpos de creyentes cristianos fueron llamados las «porciones» de Dios[4], en correspondencia con Deuteronomio 9:29 (“ellos son tu pueblo y tu heredad”). Ahora bien, los clérigos se han arrogado para sí el derecho de ser ellos solos la porción de Dios; pero el único uso de clero en la Escritura es su aplicación más bien al pueblo secular —los laicos— en contraste con los ministros, y la Palabra exhorta a estos últimos a no asumir ningún señorío. Ahora bien, la sustitución del clero por la iglesia constituye, de hecho, el poder moral de la apostasía. Pero esta situación se halla comprendida indeleblemente en la palabra misma según su uso presente, ya sea por católicos romanos o por protestantes; es decir, que hallamos que la arrogación del clericalismo —el amor secreto a muchos nombres honradamente llevados—, es realmente, en su carácter y operación, el pecado contra el Espíritu Santo y el carácter formal de la apostasía. Cuántas veces hemos oído de boca de un ministro o clérigo la expresión «mi grey» como si fuese una virtud pensar así; cuando en realidad se trata de una blasfemia espantosa (no digo que lo sea deliberadamente), la que un apóstol jamás hubiera pensado o se hubiera atrevido siquiera a pronunciar o asumir para sí mismo. Era la grey de Dios la que debían cuidar —las ovejas de Cristo, de las cuales una porción les podía ser confiada, una porción o heredad (cleros) para apacentar y guiar—. Llamarles «sus» ovejas, o «su» rebaño, era ponerse a sí mismos en el lugar de Dios o de Su Cristo; pero lo hacen porque son el clero: ellos consideran que éste es su derecho como clero —desearían ser como dioses—. ¿Hablarán diciendo que son Dios ante aquellos que matan a las ovejas?

 

Tengo el más profundo afecto y aprecio por muchos de los individuos que conforman el cuerpo denominado «el clero»; y muchos allí, sin duda, son para mí desconocidos. Pero esto no es una cuestión individual, sino que se trata de una cuestión que afecta la gloria divina y el orden entero de la iglesia; una cuestión que es el resultado inevitable de su alejamiento de Dios, y de la forma en que ese alejamiento ha madurado y se ha desarrollado. Y su presente resultado práctico es que las cosas mediante las cuales el Espíritu de Dios quiere bendecir al mundo, son culpadas, en virtud de este nombre, con ser aquello de que Satanás es el autor directo; y por eso el nombre y el título del cuerpo se vuelven en la concentración de aquello que, por su negación del Espíritu Santo y su blasfemia injustificada contra Él, trae destrucción —inevitable destrucción— sobre todo lo que se relaciona con ese nombre.

 

La manera en que ocurrió esto es bastante evidente, sin cansar a nadie con exposiciones eruditas. La iglesia había apostatado de forma declarada, y la estructura de la apostasía —aquello que la constituía—, permaneció precisamente tal cual era cuando entró la verdad (durante la Reforma) con esta sola diferencia: que el rey tomó el lugar del papa para el nombramiento de personas para los cargos en la iglesia, y el manejo de sus disposiciones. La iglesia, primitivamente, se fue gradualmente hundiendo en la mundanalidad, hasta que abrazó al mundo, y el mundo vino a ser su cabeza. El mundo no podía dirigir un cargo espiritual: sí podía dirigir una autoridad formal y local; disponía de estas autoridades, y las dirigía. Durante cierto período de tiempo, mientras prevalecían la ignorancia y la superstición, los cargos nominales de la iglesia tuvieron más poder que el dominio secular. Cuando dejó de ser así, el poder civil reasumió la supremacía, pero la estructura permaneció intacta; gobernando, contendiendo, o siendo gobernado, todo permaneció igual. El mundo, habiendo adquirido la autoridad, dispuso el poder secular geográfico, dejando que su influencia sobre los sentimientos supersticiosos siga su curso, a fin de que fuera un instrumento disponible en sus manos para manejar las masas populares del mundo, y no en manos de Cristo para ministrar y guiar a la iglesia.

 

Si la Iglesia Establecida (en Irlanda) tiene o no lo suficiente de esta influencia para ser de alguna utilidad al Estado, es precisamente la cuestión discutida en este momento. Pero ¿qué tiene que ver con esto la Iglesia de Dios? No lo puedo ver. Es meramente una combinación de influencia secular con restos de superstición, en virtud de lo cual la iglesia está unida con el mundo, y todas sus verdaderas energías paralizadas. Este sistema, o estructura, es conocido con el nombre de «clero», ya sea el papa, o desde el papa hasta el cura de menor grado, quien puede tener derecho, en virtud del sistema, a ocupar un lugar en el mundo que de otro modo no hubiera tenido; y si es cristiano, se le concede el derecho de trabajar en algún campo donde sus esfuerzos pueden ser mal empleados y su utilidad desperdiciada. Pero la iglesia está completamente perdida bajo este sistema. Admito, tanto como pueda, que muchos miembros del clero son hombres de sumo valor. Es posible que tengan dones eminentes para desempeñar varios cargos, conforme a las exigencias de los tiempos; pero el efecto de este sistema —por el cual forman parte de esta gran estructura mundana—, es privarles de la oportunidad de avivar, o de impedir enteramente, el libre ejercicio de los dones con que Dios los ha hecho partícipes.

 

El efecto de la Reforma fue introducir una declaración de fe individual, y de desprenderse, en términos generales, absolutamente fuera de los límites del Imperio Romano, del poder directo de Roma y del catolicismo romano. Mas de ninguna manera ello separó a la iglesia del mundo, sino todo lo contrario; y si bien ello cambió las relaciones, dejó los principios de la estructura tal cual como estaban. El «Escudo de Armas del Rey» es lo que se ostentaba en lugar de la imagen de Cristo crucificado en las salas de las «iglesias». En ningún caso gobernaba Cristo y Su Espíritu, salvo de nombre. Ciertamente creo que el principio de un clérigo —como parte esencial de la estructura del papismo—, volverá a introducir el poder del papismo en tanto permanezca el nombre de la religión; porque como depende de la doctrina y del principio de la sucesión —no de la presencia del Espíritu—, no hay ningún fundamento sobre el cual un ministro protestante, como clérigo, sea capaz de convalidar su título, el cual no convalida el título del Papa y sus seguidores más que el suyo. El hecho de que tenga sana doctrina no lo hace clérigo; pero tampoco el tener falsa doctrina hace que no lo sea. El laico o ministro disidente, que sostiene la misma verdad doctrinal, no es un clérigo. El sacerdote católico romano, que se conforma a la Iglesia Anglicana, no tiene que ser ordenado para entrar en ella: él tiene ya lo que lo hace clérigo. Es más, en cuanto a los hechos, la verdad no fue predicada en la Iglesia Anglicana durante la mayor parte de su existencia distintiva; y, en la gran mayoría de los casos, los clérigos aún no la predican; y el resto del cuerpo no admitirían que sean cristianos en modo alguno.

 

¿No es manifiesto que el vocablo clérigo, de tan asombrosa influencia en las mentes de los hombres, sea el título distintivo de esa asociación que ha surgido de la decadencia de la iglesia, y que ahora forma la base común, aunque variada, de su asociación con el mundo, y un impedimento para refrenar las operaciones del Espíritu de Dios; que sea el título de unión de aquella vid de la tierra que es echada en el lagar de la ira de Dios (Apocalipsis 14:19), y que imputa el mal a las operaciones del Espíritu Santo, así como rebelión por no sujetarse a su humana autoridad? ¿No resulta evidente que el clero no obra dentro de sus límites ni en conformidad con sus disposiciones seculares y sus distribuciones de servicio, distribuciones de territorio que no son formadas por la Iglesia de Dios en absoluto ni con referencia alguna a ella? Y cuando el Espíritu de Dios opera mediante individuos dentro de los límites del sistema (pues Dios elige a quien Él quiere), les constituye en seguida cismáticos de sus hermanos, que no se conforman a su geografía, ni reconocen la autoridad a la que ellos prestan una reverencia fingida (porque es del sistema), aunque en realidad la desprecian, y violan al mismo tiempo todas las disposiciones, por amor de las cuales rechazan a sus hermanos fieles piadosos.

 

Si no fuese por este término «clero», —el eslabón y lazo de la gran iniquidad de la tierra, de perniciosa influencia en las mentes de los hombres—, ¿dónde estaría el motivo del cisma, salvo en aquello que siempre tiene que estar subyugado? ¿Qué oportunidad habría para atribuir los frutos del Espíritu de Dios al autor de la confusión? ¿Qué otra cosa es lo que consuma la ocasión de juicio al sistema (de donde este último ha tomado el lugar de la energía y el espíritu), y que siempre se opone a la bendición? Pregunto: ¿ha habido alguna vez alguna oposición, un obstáculo, a las verdades de Dios, en que los autores humanos no hayan sido el clero, y en que no hayan sido ellos los verdaderos agentes activos?

 

El clero, pues, es el título específico que identifica a la iglesia con el mundo, y no a Dios con la Iglesia. Y como el mundo inevitablemente niega, rechaza y blasfemará al Espíritu Santo —porque es el mundo— y no lo puede recibir, la tendencia de este título es únicamente la de comprometer corporativamente a la iglesia en la misma cosa, y debe ser considerado como el gran mal, el mal destructor, del presente tiempo.

 

¿Cuál es el remedio?: Reconocer al Espíritu de Dios allí donde está —buscando personalmente esa santidad y sujeción de espíritu que discernirá, reconocerá y se someterá a su guía y dirección, y aclamará su bendición como la mano de Dios, dondequiera que opere y en la medida y forma en que lo haga—. Reconocer a Aquel “otro Consolador” que ha sido enviado para permanecer con nosotros, a pesar de todo, para siempre; y actuar en obediencia, para que su gozo reluzca en nosotros; teniendo coraje contra todo lo que le entristece, contra toda asociación con el mundo, el que no puede reconocerle ni recibirle, contra todo lo que niega la verdad, de la cual es testigo. Que el Señor nos conceda la gracia de discernir cosas que difieren, y de entresacar lo precioso de lo vil.

 

J. N. Darby

 


 

NOTAS

 

[1] N. del T. La Iglesia Anglicana de Irlanda

 

[2] N. del A.  Aquí quiero aclarar que no me refiero a ninguna pretensión moderna de la posesión de dones espirituales extraordinarios.

 

[3] N. del T. Éste es el caso de Irlanda, donde fue escrito este tratado.

 

[4] N. del T. El significado de la palabra original «cleros»

 


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