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LA RUINA DE
LA IGLESIA En cuanto a su responsabilidad en la tierra J. N. Darby (Selección de citas) |
Índice
Capítulo 1 -¿Qué
significa la Iglesia?
Capítulo 2 -La
caída de la Iglesia
-El significado de la ruina de la Iglesia en cuanto a
su
testimonio
Capítulo
3 -La pérdida del primer amor
Capítulo
4 -Pruebas bíblicas de la ruina pública
de la Iglesia en la tierra
Capítulo 5 -Cómo
comprender las consecuencias de la ruina de la
Iglesia en la tierra
- La ruina no es la apostasía
- El juicio de un sistema que Dios había establecido
- ¿Juzgará Dios a la cristiandad?
- La cristiandad ha venido a ser como “una casa
grande”
(2.ª
Timoteo 2:20)
- ¿Podemos distinguir a los fieles en medio de
la ruina?
- La Iglesia no es lo que era al principio
- La ruina de la Iglesia guarda armonía con la
historia del
fracaso del
hombre
- Confusión de privilegio y responsabilidad
- La Iglesia está corrompida
- Los que entienden la ruina son un pueblo de
llanto y
lamento
Capítulo
6 - Ruina y formas
Capítulo 7 - Privilegios cristianos sin tener la vida de Cristo
Capítulo 1
¿Qué significa la Iglesia?
J. N. Darby
El peligro más serio que hay en
todos estos razonamientos, con los cuales se pretende desacreditar las nociones
que han sido expuestas acerca de la ruina de la Iglesia, es que, con ellos, se
niegan las relaciones y la existencia misma de la Iglesia.
La idea de la Iglesia
prácticamente no existe en la mente de la mayoría de aquellos que se oponen al
concepto de la ruina de la Iglesia. Otros tienen una idea tal de ella que les
hace tomar el fruto del pecado del hombre por lo que es el resultado de la
gracia de Dios.
Si se percibiera el hecho de que
hay una Iglesia, la esposa de Cristo, un cuerpo santo formado aquí abajo en la
tierra por la presencia del Espíritu Santo, los razonamientos mediante los
cuales se busca negar la realidad de la ruina de la Iglesia de parte de la
mayoría, se tornarían en algo imposible, y ni siquiera se intentaría negar la
ruina en medio de la cual nos encontramos.
Voy a explicar lo que entiendo
por la Iglesia. La Iglesia es un cuerpo que subsiste en unidad aquí abajo,
formada por el poder de Dios a través de la reunión de sus hijos en unión con
Cristo, que es su Cabeza; un cuerpo que deriva su existencia y su unidad de la
obra y la presencia del Espíritu Santo que descendió del cielo como
consecuencia de la ascensión de Jesús, el Hijo de Dios, y del hecho de que se
sentó a la diestra del Padre tras haber cumplido la redención.
Esta Iglesia —unida por el
Espíritu, como el cuerpo a la Cabeza, a este Jesús sentado a la diestra del
Padre—, será sin duda manifestada en su totalidad cuando Cristo sea manifestado
en Su gloria; pero, mientras tanto, a medida que va siendo formada por la
presencia del Espíritu Santo que descendió del cielo, la Palabra de Dios la
contempla como subsistiendo en su unidad sobre
la tierra. Ella es la morada de Dios por el Espíritu, esencialmente
celestial en sus relaciones, pero de carácter peregrino en la tierra en cuanto
a la escena en la cual se halla actualmente, y en la cual debe manifestar la
naturaleza de la gloria de Cristo, como Su carta de recomendación al mundo,
pues ella lo representa a Él y está aquí abajo en reemplazo de Él. Ella es la
esposa del Cordero, tanto en sus privilegios como en su llamamiento. Es
presentada como una virgen pura a Cristo para el día de las bodas del Cordero.
Evidentemente, este último pensamiento tendrá su cumplimiento en la
resurrección; pero, lo que caracteriza a la Iglesia —como habiéndosele dado
vida conforme al poder que levantó a Cristo de entre los muertos y le hizo
sentar a la diestra de Dios—, es la realización y manifestación de la gloria de
su Cabeza por el poder del Espíritu Santo, antes que Jesús, su Cabeza, sea
revelado en Persona.
Aquellos que componen la Iglesia,
tienen, además, otras relaciones. Ellos son hijos de Abraham. Son la casa de
Dios sobre la cual Cristo es cabeza como Hijo. Pero estos últimos caracteres no
quitan mérito a lo que hemos estado diciendo; y menos aún lo anulan.
Al principio, la verdad de la
Iglesia, poderosamente expuesta por el apóstol Pablo, era como el centro del
movimiento espiritual; y aquellos que no eran perfectos, estaban sin embargo
ligados a este centro, aunque a una mayor distancia. La Iglesia es, más bien,
el círculo más cercano al único centro verdadero: Cristo mismo. Ella era su
Cuerpo, su esposa. Esta verdad —perdida en el tiempo presente para la
generalidad de los cristianos (lo cual es motivo de vergüenza)—, ha venido a
ser un medio de separación, como el tabernáculo de Moisés, levantado fuera del
campamento infiel (Éxodo 33); porque, si, conforme al principio de la unidad
del Cuerpo enseñado por el apóstol, uno actúa fuera del mundo, la mayoría de
los cristianos no están dispuestos a seguir, y, mientras persistan en la
mundanalidad, no lo pueden hacer. ¿Cómo, pues, podrán reunirse afuera de
aquello a lo que se mantienen aferrados?
Esta falta de fe tiene tristes
consecuencias. Las relaciones con Dios se toman —las pertenecientes, por
cierto, a aquellas de que se compone la Iglesia, pero inferiores a las de la
Iglesia misma—, y esas relaciones se toman para formar con ellas un sistema que
es puesto en oposición a la más preciosa de todas las relaciones de la Iglesia
con Dios. La gente insiste en que los hijos de Dios son los hijos de Abraham,
lo cual es cierto; pero ellos quieren ponerlos en este nivel, con el objeto de
negar la posición de la esposa de Cristo. Insistirán en el hecho de que ellos
son ramas injertadas en lugar de los judíos, de modo de reducirlos al nivel de
las bendiciones y principios del Antiguo Testamento, y esto, a fin de evitar la
responsabilidad de la posición en la que Dios nos ha colocado, y, por eso, la
necesidad de una confesión de nuestra caída. Ellos admiten, en un sentido
general, que somos la casa de Dios, lo cual es cierto; una casa en la cual hay
vasos para deshonra: y ellos se valen de esta verdad para justificar un estado
de cosas que ha dejado fuera todo aquello que pueda pertenecer a los afectos y al
corazón de una esposa. ¡Que los creyentes presten oídos a esto!
De aquí vemos por qué se pospone
el retorno de Cristo a épocas relacionadas con el juicio que Él ejecutará
contra una casa infiel y contra un mundo rebelde. Y ello explica también la
pérdida del deseo de que Él venga, un deseo que es propio de su esposa e
inspirado por el Espíritu, el cual mora en ella y la anima.
Las pruebas de la existencia de
esta Iglesia están más allá de toda disputa y, aunque ya las he presentado en
otra ocasión, es bueno, aunque sólo fuese para una alma, recordar algunas de
ellas, a fin de que actúen en la conciencia [1].
Capítulo 2
La caída de la Iglesia
J. N. Darby
La Iglesia cayó desde épocas muy tempranas
El estado de la Iglesia cayó con
la partida de los apóstoles, e incluso en el tiempo en que éstos todavía
vivían. “Todos —dice el apóstol— buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo”
(Filipenses 2:21). Juan y Judas testifican que el fracaso ya había empezado en
sus días. La Historia de la Iglesia muestra a la Iglesia totalmente caída en
doctrina y en práctica inmediatamente después de la desaparición de los
apóstoles, tal como siempre sucedió con todo lo que fue encomendado al hombre.
Está perfectamente bien hablar de la primitiva iglesia con aquellos que no
saben nada de esto. Pero la doctrina y la práctica llegaron a ser tales que no
son apropiadas para ser puestas sobre la mesa de una sala para su lectura en
común, como tampoco lo que se leía en las iglesias cuarenta o cincuenta años
después de la muerte del apóstol Juan. Cien años más tarde, esta corrupción era
general.
No existe la menor duda de que la
superstición y la ignorancia espiritual gobernaron la mente de los «Padres de
la Iglesia». Milner, en su «Historia de la Iglesia» admite que ninguno de ellos
sostuvo jamás la fundamental doctrina de la justificación por la fe. Yo iría
más lejos todavía, pero con eso es suficiente. Desde tiempos muy tempranos en
las iglesias se tuvo la práctica de emborracharse en honor de los santos cuyo
memorial había sido reemplazado por el
que se rendía al semidiós en ese mismo lugar. En África, Agustín trató de poner
fin a esta práctica, y fue casi apedreado por sus esfuerzos. Él excusó a la
«iglesia primitiva» diciendo que ellos pensaban que era mejor emborracharse en
honor a un santo que en honor a un demonio [2].
El significado de la ruina de la
Iglesia en cuanto a su testimonio
(Selección de citas por J. N.
Darby)
En esta sección no estamos
considerando a la Iglesia tal como Cristo la edifica (Mateo 16:18) [3], sino tal como los cristianos profesantes la edifican (1.ª
Corintios 3:11-18)[4]. Éstos son dos
aspectos diferentes. La Escritura contempla a la Iglesia en su carácter celestial [5], pero la Escritura también considera a la Iglesia en su
responsabilidad, sujeta a juicio (1.ª Corintios, Apocalipsis 2 y 3, por
ejemplo).
Hay muchos que de inmediato
objetarían la idea de «la iglesia en la tierra», alegando que no existe aquí
abajo una cosa como ésa, sino que sólo existen «iglesias», procurando así
evadir la verdad bíblica acerca de la ruina de la Iglesia en la tierra
considerada en su responsabilidad, y nuestra parte en ese fracaso y ruina:
«Ellos admiten que había Iglesias, pero afirman
que jamás hubo una Iglesia. Entienden que, si alguna vez admitieran esto,
también se verían obligados a admitir la verdad respecto de nuestro estado actual;
pero, satisfechos consigo mismos, niegan la existencia de una Iglesia de Cristo
[de Dios] en la tierra, en vez de confesar su pecado» [6].
Vemos, pues, que esta enseñanza
acerca de la ruina de la Iglesia en la tierra, considerada en su
responsabilidad, es muy importante; porque requiere saber algo de lo que es la
Iglesia, de lo que ella ha llegado a ser y de cuáles son nuestro lugar y
nuestra responsabilidad ante Dios en vista de esa ruina. Necesitamos saber qué
es lo que ha sido arruinado, qué es lo que no está en ruinas, y cómo poner en
práctica el pensamiento de Dios en medio de esta situación de modo de
agradarle.
«El corazón y la conciencia tienen que reconocer
que la Iglesia debiera ser una, a fin de ser capaces de glorificar al Señor en
la tierra; el hombre espiritual reconocerá esto sin tener ninguna necesidad de
razonamientos. Pero uno debe dar testimonio de parte de Dios para aquellos que
no lo quieren así, y también para que aquellos cuyo único deseo es la gloria de
Cristo, puedan ser fortalecidos y capaces de cerrar la boca de los adversarios.
No llamo adversarios a aquellos que sostienen opiniones contrarias. Hay muchos
hijos de Dios que son ignorantes de la verdad sobre este tema; hay también
muchos que se engañan a sí mismos y que, encandilados por la pretensión de
aquellos que se oponen a la verdad, terminan desviándose inconscientemente [7].»
Algunos objetan la palabra «ruina»,
pero en vano. El concepto que ese término comunica, es, de hecho, enseñado en
la Escritura. Es lo mismo que la palabra «Trinidad», la cual tampoco aparece en
la Escritura, pero, sin embargo, el pensamiento que transmite sí es enseñado en la Palabra. ¿A qué se
debe esta objeción?
«Estas objeciones, tan a menudo repetidas, me
parecen pueriles y sólo ponen de manifiesto una conciencia a la que no le gusta
enfrentar el tema. La palabra «ruina» es utilizada en un sentido moral, del
mismo modo que lo es en un sentido material: y es evidente que en ese sentido
moral se aplica a la Iglesia. Si yo digo que un hombre «está en ruinas» o
«arruinado», el hombre todavía existe; si digo que su reputación está
arruinada, ello no significa que no tenga ninguna reputación, sino que su
reputación es mala. Si yo digo que cierta cosa «fue la ruina de ese hombre»,
está claro que me refiero al efecto moral producido por tal cosa en el sujeto,
y no estoy queriendo decir que el hombre ya no exista más… Ahora bien, cuando digo
que la Iglesia está arruinada, o cuando hablo de la ruina de la Iglesia, lo que quiero decir, es que la Iglesia no
está para nada en su condición normal; es como si dijera, por ejemplo, que la
salud de un hombre «está arruinada» [8].
¿Cómo puede alguien negar la tan
evidente ruina de la Iglesia en cuanto a su testimonio?
La iglesia universal de los elegidos manifestada
en la tierra debía exhibir en el mundo la gloria de Cristo, por el poder del
Espíritu Santo, como una ciudad situada en la cima de una montaña. Debía ser la
sal de la tierra, y todo eso en su unidad, estando compuesta de todos los
creyentes. Eso era lo que existía en el principio. Yo no digo que si algunas de
sus partes se separan de ella, como sociedad, la Iglesia deja de existir, como
el Sr. Rochat pretende hacerme decir. Lo que digo es que hombres corruptos,
“los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Judas 1:4),
han entrado encubiertamente en la Iglesia; que “el misterio de la iniquidad”
(2.ª Tesalonicenses 2:7) ya estaba en acción al principio, y que la masa
agregada, el cuerpo de la iglesia en la tierra, se halla en un estado de
desorganización y corrupción. Afirmo que ella ha dejado de manifestar en la
tierra aquello para lo cual Dios la ha llamado. La falta no es de Dios, sino
del hombre. No; Dios no es responsable de esto, aunque, por medio de ello, se
cumplen Sus consejos. Si hay falta (y en alguna parte debe estar la falta, si
el bien que Dios ha hecho se ha echado a perder y ha sido corrompido) hay
responsabilidad; alguien tiene que ser culpable. ¿Se podría negar que el
agregado de la iglesia en la tierra está corrompido y desorganizado, y que el
testimonio que Dios había establecido en la unidad de la iglesia de los
creyentes está echado a perder y ha fracasado en el mundo? Si esto se niega,
pregunto: ¿Dónde, pues, se halla ese testimonio? ¿Por qué Dios pone fin a la
dispensación, si el testimonio que debía haber sido dado a Su gloria subsiste
en toda su fuerza? Pero si, en efecto, la corrupción y la desorganización
existen en la iglesia, si a duras penas subsiste el testimonio de Dios al
mundo, si el nombre de Cristo es blasfemado en medio del mundo a través de los
cristianos, es decir, por medio de la iglesia, el hecho de negar la
responsabilidad[9] de los hombres, de los cristianos, es, sin
lugar a dudas, el más evidente antinomianismo[10].»
Dios tiene dos objetos respecto
de los cristianos, que precisan estar claros en nuestra mente:
«Dios se ha propuesto dos grandes objetos con
respecto al cristiano: uno es salvarlo; el otro, manifestar en él Su propia
gloria. Estos dos objetivos serán plenamente alcanzados cuando el cristiano
esté en la gloria [11]. Mientras tanto,
su salvación es segura, por cuanto Dios es seguro. Pero, por otro lado, esto
hace que el deber de aquellos que gozan de esta salvación, es estar en la
tierra como testigos vivos de la gloria de Dios por el poder del Espíritu Santo
que mora en ellos. Con la Iglesia ocurre lo mismo: ella es salva[12], pero es su deber y su privilegio
manifestar aquí abajo la gloria de Aquel que la salvó, y que mora en ella por
el Espíritu Santo. La responsabilidad de todos los que son salvos, halla, pues,
su lugar, aquí en la tierra. El calvinista extremo sólo ve la salvación
cumplida de la Iglesia; y esto es una verdad infinitamente preciosa, cuyo
resultado en la gloria celestial no puede fallar nunca. Pero él no ve el establecimiento
de la Iglesia aquí abajo (algo hecho por Dios mismo) como la depositaria de la
gloria de Dios, y bajo la responsabilidad del hombre. El arminiano, por otra
parte, concluye a partir de esta responsabilidad de los cristianos la
inseguridad de su salvación, debilitando así los consejos de Dios, la eterna
eficacia de la obra de Cristo, y todo el sentido y la fuerza del sello del
Espíritu, quien estaría dando testimonio de un error si, después de todo, no
fuésemos eternamente salvos por medio de la fe.
Hay una responsabilidad que resulta de la gracia,
de la posición en que ésta nos ha colocado. Si Dios me ha adoptado para ser Su
hijo, mi deber es andar como hijo, sin cuestionar si siempre seré hijo o no.
Dios puede así asegurar el cumplimiento de su gloria en sus elegidos, y también
exteriormente por intermedio de ellos; y bien puede dejar la manifestación de
Su gloria a la fidelidad de ellos como hijos. Todas estas suposiciones serán
llevadas a cabo —la gloria será plenamente manifestada en sus elegidos—, cuando
Cristo sea glorificado en ellos. Entonces también ellos le glorificarán, al
igual que los ángeles. Pero, mientras tanto, Dios ha confiado Su gloria aquí
abajo a la Iglesia, como lo había hecho otrora a los judíos. Los cristianos
tienen el deber de ser fieles a lo que Dios les ha encomendado, por el Espíritu
que mora en ellos y que actúa con eficacia, siempre que no sea contristado.
Esto, pues, concierne a toda la Iglesia, por cuanto el Espíritu Santo mora como
ese “un Espíritu” (Efesios 4) en la Iglesia. Y, aunque el mal puede comenzar
por la acción de tan sólo un individuo, perteneciente a una iglesia particular,
se tata aquí de una cuestión de principios que corrompen toda la masa en
general, como por ejemplo, un espíritu judaizante.
Considero importante notar aquí que todas las
Epístolas que hablan de la ruina, de falsos principios que dan ocasión para
juicio, no hablan de una iglesia, sino de los cristianos en general; del estado
de aquello que ha venido a llamarse la Cristiandad.»
Ya desde tan temprano como en
1827, J. N. Darby, entendió «la caída de la Iglesia»[13]. Y en 1828, escribió:
«¿Podemos no creer que la Iglesia,
corporativamente, se ha apartado completamente de Él?» [14].
Y de nuevo:
«En cuanto a la ruina de la Iglesia, la noción se
me hizo presente tras tomar conciencia de ella, e incluso ahora este tema no es
sino una pequeña cosa para mi mente: es una carga que uno lleva…» [15].
«Lo que yo percibí desde el principio, y que fue
el punto de partida, es esto: El Espíritu Santo permanece y, por tanto, también
el principio esencial de la unidad con Su presencia, porque (para lo que
tratamos ahora) dondequiera que “dos
o tres estén congregados en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo
18:20). Cuando esto es realmente lo que se busca, habrá ciertamente bendición
por Su presencia. Así lo hemos hallado nosotros, con gran dulzura y gracia,
quienes nos hemos reunido aquí en separación»[16].
La restauración de la Iglesia al
estado original no es posible[17].
Mientras que los exponentes del «movimiento carismático» y los pentecostales[18] parecen
pensar lo contrario, ha habido, y hay, personas que reconocen la ruina y
proceden a abusarse de este hecho:
«¿Dicen que está todo en ruinas? Pues bien, ¿toman
ellos parte en ello como lo hizo Daniel (Daniel 9), o se imaginan que no van a
tener nada que ver con esa ruina, negando así su misma existencia? La ruina es nuestra ruina si estamos identificados
con la gloria de Cristo en el mundo. Tenemos el poder para separar lo precioso
de lo vil y, si lo hacemos, nuestra fidelidad dará como fruto la bendición; si
seguimos nuestro camino en humildad, la Cabeza nunca defraudará a aquellos que
confían en Él» [19].
«Puedo agregar que sé que se alega que la iglesia
se halla actualmente en una condición de ruina tal que el orden Escriturario
conforme a la unidad del Cuerpo de Cristo, no puede ser mantenido. Quienes
hacen esta objeción deben, entonces, admitir honestamente que lo que buscan con
esto es el orden no Escriturario, o más bien el desorden. Pero en realidad, es
absolutamente imposible reunirse en tal caso para partir el pan, excepto que se
haga en defensa de la palabra de Dios; pues la Escritura dice: “Siendo uno solo
el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de
aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:17). Dondequiera que partamos el pan,
profesamos así que somos un solo cuerpo; la Escritura no conoce otra cosa. Y
los tales verán que la Escritura es un lazo demasiado fuerte y perfecto para
que el razonamiento del hombre lo pueda quebrantar» [20].
Disponemos de tanta sabiduría como poder moral de
Dios para poder hacer frente al estado de ruina en que nos hallamos ahora, como
el que había al principio cuando Él estableció su Iglesia. Y en eso debemos
apoyarnos [21].
Capítulo 3
La pérdida del primer amor
J. N. Darby
En cada una de las asambleas
mencionadas en Apocalipsis 2 y 3 vemos el sello particular de la
responsabilidad. Veamos, pues, cómo el Señor comienza Su mensaje dirigido a la iglesia
de Éfeso. Él considera cada punto sobre el que pueda poner su sello de
aprobación de alguna manera, antes de manifestar el lado opuesto del cuadro.
“Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia” (Apocalipsis 2:2). ¡Que
bendición que Él sepa perfectamente todo acerca de nosotros, incluso “los
pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12)! “Pero tengo contra
ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). Ahora bien, notemos aquí
otro importante principio. ¿De qué otra cosa podría el Señor ser más celoso,
sino de Su amor por la Iglesia, el cual era “más fuerte que la muerte”? Es tan
imposible que Él pudiese olvidar Su amor por la Iglesia, como que pueda estar
satisfecho sin que ella corresponda su amor por Él. Porque, recordemos, que
solamente el amor es capaz de satisfacer al amor. El mismo reproche que Él hace
aquí, sólo pone de manifiesto la fuerza de Su amor por la Iglesia, el que no
puede hallar descanso hasta no obtener lo mismo de parte de ella. Pues él no
puede enfriarse para quedar satisfecho con una débil correspondencia de Su
amor, a pesar del hecho de que la iglesia se haya enfriado en sus pensamientos
acerca del amor de Cristo hacia ella. Puede haber todavía mucho fruto exterior
en “obras, trabajo y paciencia”; pero, sea cual fuere el arduo trabajo y las
obras, la fuente que inspira todo ese esfuerzo no está más: “Has dejado tu
primer amor”. Ahí está el gran mal. No importa cuán arduamente trabajemos ni
las muchas obras que hagamos, si el amor a Cristo no es el motivo de todo
nuestro servicio, ello sólo será, como dice el apóstol, “como metal que
resuena, o címbalo que retiñe” (1.ª Corintios 13:1), que muere con su propio
sonido.
Aquí, pues, en Éfeso, tenemos el
primer gran principio del fracaso y, por consecuencia, el gran juicio general
que vino sobre toda la iglesia. “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y
arrepiéntete, y haz las primeras obras [obsérvese cómo Cristo los conduce de
nuevo hasta el punto de su apartamiento], pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré
tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Apocalipsis 2:5). Él
no puede permitir el hecho de que la iglesia permanezca en el mundo, lo cual
hace fracasar la manifestación del gran amor con el cual él amó a la iglesia;
porque si lo hiciera, no sería “el testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis
3:14). Este principio del tierno y fiel reproche, constituye la bendita prueba
de que Su amor nunca se enfría, por mucho que el nuestro pueda fallar.
A este respecto, la manera de
tratar Dios con las almas individuales, es exactamente la misma que con la
iglesia. Él advierte y observa todo apartamiento de él, pero la puerta está
siempre abierta para el “arrepentimiento”, y cuando el pecado es juzgado, y
visto en la luz en la cual Dios lo ve, entonces no hay nada que impida una
inmediata restauración. Tan pronto como la conciencia se inclina bajo el
pecado, y lo confiesa, entonces logra colocarse en una posición recta; una
rectitud de alma —cuando el mal ha tenido lugar— se manifiesta en la conciencia
del mal, y en el poder para confesarlo; por lo tanto, la iglesia de Dios, lo
mismo que una alma individual, debe procurar hallarse en este estado de
rectitud delante de Dios, a fin de que Él la restaure; Job 33:23-26. No bien el
pecado es juzgado en la conciencia, se revelará el infalible amor de Dios para
satisfacer las necesidades. Así ocurre en los detalles cotidianos de la vida
cristiana. Los juicios pueden tener lugar sobre Su pueblo, pero Su amor
disciplinario es visto en todos ellos.
Aprendemos así la razón por la
cual el Señor le reprocha a la iglesia el haber abandonado su primer amor. La
revelación de Su perfecto e inmutable amor, brilla por la condenación del
estado de la iglesia. Y ¿no vemos esto relucir en las relaciones naturales de
la vida? Tomemos un esposo y una esposa. Una esposa puede tener cuidado de su
casa y cumplir todos sus deberes sin dejar nada sin hacer que dé a su marido
motivo de encontrar alguna falta; pero si el amor por él ha disminuido, ¿le
satisfará acaso al marido todo el servicio de su mujer, si su amor por ella
fuese el mismo que al principio? No. Pues bien, si a él no le resulta
correspondido, tampoco lo será para Cristo, quien debe tener el reflejo de Su
amor. Él dice: «No soy ciego frente a tus buenas cualidades, pero yo te quiero
a ti.» El amor, que una vez fue la fuente de toda acción, se ha ido, y, por
consecuencia, el servicio perdió su valor. Si el amor mengua, el resto no sirve
de nada. Es cierto que nuestro amor no puede responder dignamente, pero sí lo
puede hacer sinceramente, pues, aunque no haya el afecto que corresponda,
Cristo al menos busca integridad en cuanto al objeto. Puesto que si los afectos
son inestables, el corazón debe de estar dividido. Aquí radicaba el secreto de
todo el fracaso de Éfeso. Se ha perdido la integridad de corazón en cuanto al
objeto de los afectos; la sencillez del ojo no está más, y se ha dejado de
reflejar ese amor que la iglesia tan fuertemente tenía hacia Cristo. Mas si
bien Cristo dice: “Pero tengo contra ti”, no deja de señalar todo lo que es
bueno. “Has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por
amor de mi nombre, y no has desmayado” (v. 3). Ahora bien, puede que se diga:
«¿Qué más puede querer el Señor?». Él dice que la quiere a ella. Recordemos
esto en cuanto a la iglesia. Luego dice: “Recuerda, por tanto, de dónde has
caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras” (v. 5). Para mí, éstas son
palabras muy solemnes pero que nos tocan muy de cerca, porque nosotros nos
hemos alejado mucho más de nuestro primer amor que Éfeso. Sin embargo, el
corazón de aquel que es fiel halla cierto refugio en Cristo, pues su alma halla
en el mismo reproche una prueba infalible de Su inmutable amor» [22].
Capítulo 4
Pruebas bíblicas de la ruina
pública de la Iglesia en la tierra
J. N. Darby
Vamos ahora a demostrar, mediante
pruebas directas, que esta dispensación, a su fin, estará en un estado de ruina
y no de restitución. El Señor nos dice que, como en los días de Noé, y de Lot,
así será “cuando el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas 17:30). Sin embargo,
hubo entonces personas fieles, a quienes Dios supo cómo preservar. Pues bien,
¿no es un hecho evidente que el mundo, en el tiempo de Noé y de Lot, se hallaba
en un estado caído y arruinado? Y en ese mismo estado estará cuando el Hijo del
Hombre se manifieste. El estado de cosas prevaleciente entonces, era un estado
de ruina, aunque había personas fieles. La podemos llamar economía,
dispensación o como se quiera; la fuerza de la verdad aquí es evidente.
En cuanto a 2.ª Timoteo 3, no lo
he citado con la idea de que pudiese mostrar por sí solo la existencia de una
apostasía; sino para mostrar que la Palabra de Dios siempre nos presenta el
cuadro de la ruina del estado de cosas establecido por Dios —una ruina que la
presencia de unos pocos fieles no puede prevenir—, una ruina que terminará con
la completa apostasía y la manifestación del anticristo, y que culminará con su
destrucción. Vendrán tiempos peligrosos; esto es todo lo que el hermano que nos
escribe ve; pero ¿en qué consiste la dificultad de esos tiempos? En esto: en
que los hombres, cristianos por profesión, se hallan nuevamente en el estado
reprobado de los gentiles, descrito en Romanos 1. Y se agrega que malos hombres
y engañadores irán de mal en peor. Se dice que los hombres estarán en este
estado.
¿No es ése un estado de ruina,
una condición caída, cuando la descripción de la cristiandad es que los hombres
serán tal como los gentiles, a quienes Dios había entregado a una mente
desprovista de juicio? Compárense Romanos 1 y 2 con 2.ª Timoteo 3. En el
original griego, el parecido entre ambos es todavía más sorprendente. Por lo
tanto, no sólo se habla de tiempos difíciles, sino que también se muestra el
carácter particular de esos tiempos. Podemos agregar que cuando los tiempos son
tan difíciles que requieren advertencias extraordinarias, es evidente que debe
tratarse de un estado particular —un estado que caracteriza a la dispensación,
y más o menos en contraste con el de los primeros tiempos—.
Por eso lo que leemos en 2.ª
Tesalonicenses 2 —la gran apostasía— aún no se ha consumado. Pero en cuanto a
la aplicación de este pasaje al destino general de la economía, afirmo que nos
enseña acerca del misterio de la iniquidad que había comenzado obrando desde el
tiempo del apóstol, que debía continuar, y que debía ser quitado aquello que lo
refrenaba, a fin de que el inicuo fuese revelado, a quien el Señor destruiría
mediante la aparición de Su venida; y que, previo a esto, debía tener lugar la apostasía.
¿No es ésa la ruina de la
dispensación, la manifestación de una apostasía, cuyos principios ya estaban en
acción en los tiempos del apóstol, y que sólo aguardaban hasta que aquello que refrenaba
fuese quitado de en medio para terminar manifestándose en el inicuo? El autor
[a quien JND contesta] dice que esto no demuestra que la dispensación esté
cerrada. Yo no creo que haya culminado, y no he dicho tal cosa; pero revela la
ruina de la dispensación: una ruina cuyo instrumento estaba ya en acción, y que
termina en apostasía y juicio. Eso es lo que he dicho.
En la Palabra de Dios vemos dos
grandes misterios que se desarrollan durante la presente dispensación: el misterio de Cristo, y el misterio de la iniquidad. Los
consejos de Dios, comprendidos en el primero, tienen su cumplimiento en el
cielo. La unión del Cuerpo de Cristo con Él mismo en la gloria tendrá
evidentemente su cumplimiento en lo alto. Pero, por el poder del Espíritu
Santo, debe tener lugar en la tierra, durante esta dispensación, la
manifestación de la unión del Cuerpo de Cristo. Pero aquí la responsabilidad
del hombre interviene para su participación en esta manifestación aquí abajo,
aunque al final todo será para la gloria de Dios. Por consiguiente, aunque los
consejos de Dios nunca fallen, la dispensación puede encontrarse en un estado
de ruina; nuestra caída, por el contrario, habrá de resultar para Su gloria,
aunque él juzga rectamente.
En esta esfera de responsabilidad
humana, Satanás, tan pronto como el hombre deja de depender absolutamente de
Dios, es capaz de irrumpir en la escena. Y esto lo sabemos por la experiencia
de cada día.
Es, pues, algo revelado que el
misterio de la iniquidad habrá de tener su curso. Aquí no es cuestión de
consejos, sino de un mal hecho en el tiempo. La cuestión aquí tiene que ver con
el misterio de la iniquidad; la apostasía no es un misterio. No se precisa de
una revelación para que nos informe que un hombre que niega a Jesucristo no es
cristiano: él mismo lo dice. Pero en este caso, se trata de un mal que ha
comenzado obrando en el seno de la cristiandad, en relación con el
cristianismo; un misterio del cual el inicuo será la plena revelación, como la
gloria de Cristo y de la Iglesia será el pleno cumplimiento del misterio de
Jesucristo. Las palabras traducidas en la mayoría de las versiones por
“iniquidad” e “inicuo”, son la misma en el original, salvo que una expresa la
cosa, mientras que la otra indica la persona. Exactamente significa “ausencia
de ley” (anomia), en el primer caso, y “el sin ley” (o anomos), en el segundo.
El misterio de la iniquidad comenzó a obrar en los tiempos del apóstol: más
tarde el velo sería quitado. La apostasía estaría entonces: y finalmente el
inicuo vendría a su fin mediante la aparición de la venida de Cristo. Así se
pondrá fin a la dispensación: esto es lo que nos revela este pasaje. Por eso,
como lo vemos en otras partes, esto sucederá para introducir la gloria y el
reinado de Cristo, de modo que toda la tierra será llena del conocimiento de la
gloria de Dios.
Independientemente de lo que
cristianos y teólogos hayan dicho de la parábola del trigo y la cizaña (Mateo
13), me permito decir que ella nos enseña una cosa totalmente diferente de lo
que nuestro querido amigo encuentra aquí (pág. 55). Él nos dice que «siempre
que el Señor siembre o haga que se siembre la buena semilla, el enemigo también
vendrá a sembrar cizaña, y eso continuará así hasta el fin». Esto no es en
absoluto lo que declara la Palabra, aunque ello pueda ser cierto en sí mismo.
La Palabra nos da una similitud
del reino de los cielos, al cual pertenece esta dispensación, y del cual forma
parte. No hay otro sembrador excepto el Hijo del Hombre, y la obra que él ha realizado se ha echado a perder, no en lo que
respecta al granero ―por cuanto Él sabrá cómo separar el trigo de la
cizaña―, sino en lo que respecta al mundo, en donde tiene lugar la obra
de esta dispensación. Vemos también que el mal —el cual logró introducirse en
el principio a causa del descuido del hombre— no puede ser remediado por los
hombres en su conjunto, y en este mundo. Pues ésta es una dispensación de
gracia y no de juicio.
Los consejos en cuanto al trigo
no pueden fallar —serán en el granero—. Pero la obra, con respecto a este
mundo, se ha echado a perder; por cuanto ha sido encomendada a los hombres, y
el descuido de éstos ha dado lugar a la obra del enemigo, para lo cual no puede
traerse ningún remedio, todo el tiempo que esta dispensación subsista. No he
dicho que esta parábola demostrara que el mal habría de continuar o
incrementarse; lo que dije es que el Señor había pronunciado este juicio: a
saber, que los siervos no podrían
remediar este estado de cosas. ¿No
es esto justamente lo que dice la parábola? Nunca se dice en la Palabra que la
apostasía ahogaría al trigo o a los fieles. Habrá fieles bajo el Anticristo,
como lo hemos visto, aun cuando es cierto que la apostasía existirá entonces.
En cuanto a mí, sólo me atrevo a decir que la Palabra ha sido predicha. Contemplo
un mal —el cual se ha originado a causa del descuido del hombre— que ha echado
a perder la obra del Señor en cuanto a su estado y en su conjunto en el mundo,
que sólo el Salvador es capaz de remediar, y que habrá de remediar cuando ponga
fin a esta dispensación, a esta edad, mediante la siega (Mateo 13:30).
Ruego a aquellos que desean
conocer los pensamientos de Dios, que comparen con mucho cuidado lo que he
dicho con los pasajes citados, y que verifiquen si todo es correcto. Nuestro
hermano pasa por alto Judas porque lo que he dicho es oscuro. Trataré de
hacerlo más claro. Afirmo que la Palabra de Dios nos enseña que el mal que será
el objeto del juicio del Señor Jesús en su venida, entró en la Iglesia desde su
mismo comienzo; que este mal ha de continuar, y que, a pesar de toda la bondad
y la paciencia de Dios, Él lo habrá de traer a juicio. Cito a Judas en apoyo de
esta aseveración. Él nos enseña que ciertos hombres ya se habían infiltrado en
la Iglesia, quienes estaban marcados de antemano para esta sentencia (Judas 4).
Aunque en ese entonces aquellas personas aún no eran tan manifiestas, Judas,
por el espíritu de profecía, les asigna estas tres características: el odio
natural de un corazón alejado de Dios, como el de Caín; la enseñanza del error
por recompensa, como Balaam; y abierta rebelión, como la de Coré. En esta
última etapa, perecen. Judas dice que de ellos profetizó Enoc cuando dijo que
el Señor vendría con Sus santas miríadas para juzgar a aquellos que han hablado
contra Él, etc. Sin embargo, habrá fieles; pero ya entonces, en los mismos días
de Judas, el mal, que habrá de terminar en abierta rebelión y que será el
objeto del juicio de Cristo en su venida, existía en la Iglesia.
Examinad la Epístola (que no es
tan larga), y ved si no habla de un mal que ya se había infiltrado en la
iglesia, y si no traería el juicio de personas que aún permanecían encubiertas,
pero que, cuando estuvieren más plenamente manifestadas, serían el objeto de
este juicio. ¿Qué otra impresión produciría la Epístola si no la de una
advertencia a un fiel remanente contra un terrible mal que traería ese juicio;
contra un mal que existía entonces en el seno de la Iglesia, el cual podía ser
representado mediante el espantoso, aunque justo, cuadro de la condición de
Sodoma y Gomorra, así como de los ángeles caídos? ¿No era ése un estado de
ruina y de fracaso, que estaba sólo en gestación, es verdad, en aquel tiempo,
pero cuyos rasgos y cuyo fin no estaban ocultos para el Espíritu profético en
el apóstol? Si hubiese oscuridad en todo esto, al menos hay en esta oscuridad
una terrible sombra, una sombra que Dios tuvo a bien poner allí, y que debe
urgirnos a no pasarla por alto tan fácilmente, especialmente cuando un asunto
tan serio como el destino de la Iglesia está en discusión.
Aquí tengo una importante
observación que agregar. Esta epístola de Judas —que trata de una manera muy
especial acerca de la ruina, lo mismo que la de Juan, que pone a los fieles en
guardia contra los anticristos—, de ninguna manera se dirige a la iglesia, sino
a todos los que componen la iglesia en general, a los fieles en su interés
común, en su destino común. Lo mismo puede decirse de la segunda epístola de
Pedro, que también habla de lo mismo, aunque tiene un carácter que se relaciona
más con los cristianos de entre los judíos…
No deseo entrar en detalles sobre
el Apocalipsis; pero pregunto: ¿qué es lo que este libro nos presenta en su
parte profética, cuando Laodicea —la última de las iglesias mencionadas— ha
sido vomitada de la boca del Señor (Apocalipsis 3:16), y cuando Juan es tomado
al cielo (Apocalipsis 4:1)? ¿Es acaso el establecimiento de la dispensación en
bendición, o se trata más bien de muy positivas profecías de miseria y de
juicio? En lo que a mí respecta, encuentro que los reyes de la tierra serán
reunidos por espíritus inmundos para hacer guerra contra el Cordero
(Apocalipsis 16); que Babilonia la grande, corromperá la tierra entera, hasta
que sea juzgada (Apocalipsis 17-18); y que los racimos de la viña de la tierra
serán arrojados en el lagar de la ira de Dios, y pisados en el lagar de Su ira
(Apocalipsis 14); finalmente, que los reyes de la tierra, perseverando en el
mal, darán su poder a la bestia, y que, a través del juicio de Dios sobre
ellos, tendrán un solo y el mismo propósito para hacerlo (Apocalipsis
17:12-13).
No hago una interpretación ahora,
sino solamente tomo estas cosas en su conjunto. ¿No anuncian ellas, incluyendo
la viña de la tierra, un estado de corrupción, de apostasía, de cortamiento
finalmente, antes del comienzo de los mil años de bendición que vendrán por la
presencia del Señor? No creo que la iglesia haya hecho nada bueno al dejar de
lado tales advertencias solemnes; y tanto más cuanto Dios ha determinado
asignar una especial bendición a aquellos que prestan oído a ellas. Si el autor
del tratado no desea detenerse en esto, que no se sorprenda si alguno llama la
atención de los hijos de Dios ante tales porciones de la Palabra. Que me
permita recordarle que si este libro fue dirigido a las iglesias existentes
entonces, la cuestión, en lo que respecta a lo que se dirigía a ellas, no era
de iglesias, sino de ruina, de apostasía y de juicio. Cuando Juan asciende al
cielo, es el futuro lo que se presenta. Si hubiere iglesias, que presten
atención a estas cosas.
En 1.ª Juan 2:18 tenemos un muy
notable ejemplo de la manera en que se presentan los últimos tiempos a la mente
del apóstol, al espíritu de profecía que Dios le había dado. Estos tiempos
habrían de ser reconocidos por la presencia del mal, del Anticristo y, además
de esto, por el hecho de que, aun en los tiempos de los apóstoles, las señales
estaban allí. “Vosotros oísteis que el anticristo viene” era un tema del cual
debían estar informados incluso los “hijitos” en Cristo (1:12). “Así ahora han
surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.” Por
último, el apóstol dirige la atención de los “hijitos” hacia la venida del
Salvador. Uno podría seguramente admitir que la presencia del Anticristo
constituye una señal de la ruina, no de los fieles, sino de la dispensación en
su conjunto, y de su próximo cortamiento. ¿No es también cierto que este pasaje
de Juan confirma el testimonio dado a esta verdad, de que el mal que provocaría
el cortamiento se había introducido desde el mismo principio, y que continuaría
hasta que Dios ejecutara su juicio, el cual destruiría al Inicuo, y que, en
consecuencia, la dispensación no sería restaurada?
Si la paciencia de Dios ha
soportado el mal por largo tiempo, ¿implica eso que el juicio será menos cierto
para Aquel para quien mil años son como un día, y un día como mil años, o para
la fe que se apega a su Palabra solamente?
Tomo ahora Romanos 11. Aquí los
argumentos del autor del tratado están más bien en contra del apóstol que en contra
de mí. Él dice que, para que el cortamiento de la dispensación tenga lugar, los
judíos y los gentiles deben hallarse en ella. ¿Acaso nunca leyó en la Palabra
acerca de las iglesias de los gentiles; de un apóstol de los gentiles; de una
recepción de los gentiles como cuerpo, cuando los judíos habían sido cortados;
de los gentiles sobre quienes el nombre de Dios había de ser invocado? Es
cierto que, en lo que respecta al principio fundamental de la Iglesia, no había
ni judíos ni gentiles, por cuanto todos eran considerados como resucitados
juntamente con Cristo. Pero en cuanto a la dispensación terrenal de la Iglesia,
había un apóstol de los gentiles y un apóstol de la circuncisión. Había esta
distinción: “Al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16), y de
esta dispensación terrenal precisamente estamos hablando [23].
Creo que nuestro hermano hallará
que la muerte de Esteban fue la ocasión de un importante cambio a este
respecto; de ése estamos hablando. Los judíos fueron entonces culpables, porque
habían rechazado no sólo al Hijo del hombre, sino también el testimonio dado
por el Espíritu Santo a la gloria de Jesús.
El apóstol habla aquí de las
ramas injertadas en el buen árbol de olivo en el lugar de aquellos que habían
sido arrancados. Él habla de la dispensación de las promesas de Dios. Esto ya
es un importante principio. Habla de los gentiles, como aquellos que tomaron el
lugar de los judíos, en lo que hace al gozo de la dispensación de las promesas
(véase v. 12,13); por cuanto los judíos fueron arrancados de su árbol de olivo
dispensacionalmente. Es evidente que los fieles entre ellos no fueron
arrancados de Cristo: lejos de ello, ellos gozaban de la comunión con Él de una
manera infinitamente superior a la que poseían antes; pero, como dispensación,
las ramas judías habían sido desgajadas. Hay, pues, además de la unión de
Cristo con los fieles, privilegios gozados como dispensación, que pueden
perderse; pues los judíos, como dispensación, los habían perdido. El apóstol
nos dice además que los gentiles habían sido puestos en el lugar de los judíos,
en esta posición; no soy yo el que lo digo, sino el apóstol. Él nos dice
también que los gentiles, al igual que los judíos, son responsables en esta
posición, y que pueden ser cortados, como lo han sido los judíos, aunque el
remanente, seguidamente a este cortamiento, gozaba de privilegios aún más
elevados, tal como los fieles de la presente dispensación gozarán con el Señor
en gloria durante el reinado de mil años, aunque la dispensación en la cual
fueron fieles haya llegado a su fin; es decir, aunque Dios haya puesto término
a la presente dispensación, en la cual Él ahora se coloca en relación con los
hombres aquí abajo.
En diferentes dispensaciones,
Dios se pone en relación con los hombres sobre la base de ciertos principios; y
juzga a los hombres conforme a esos principios. Si aquellos que se hallan en
esta relación exterior, son infieles a los principios de esta dispensación, aun
cuando Dios pueda tener una larga paciencia, Él le pone fin a la misma, a la
vez que preserva a los fieles para sí mismo. Esto es lo que Él ha hecho
respecto a la dispensación judía. Pues bien, este capítulo nos informa que los
gentiles han sido injertados en el lugar de los judíos. Observad que, al hacer
esta afirmación, yo no discuto acerca de lo que debiera ser, sino que cito la
revelación de Dios contenida en este capítulo. El Espíritu Santo habla a los
gentiles, los pone bajo su propia responsabilidad y los amenaza con el mismo
destino que a Israel.
Examinemos más de cerca este
capítulo. En primer lugar, el apóstol distingue entre los consejos de Dios, y
el goce de privilegios asociados a la dispensación. En cuanto a los consejos de
Dios, los judíos, como nación, iban a gozar promesas, las cuales les habían
sido hechas en Abraham, Isaac y Jacob, a pesar de todo lo que pudiese suceder,
porque “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29).
Ello, además, es lo que sucederá en otra dispensación en el mundo venidero [24]. En la presente dispensación [25], lo que se nos presenta es un solo
cuerpo, reunido de entre todas las naciones, para el cielo. Pero en cuanto a la
dispensación de Dios, los judíos debían ser cortados, hasta que hubiese entrado
la plenitud de los gentiles. Y el hecho de haber puesto a un lado la
dispensación, no fue obstáculo para que un remanente fuese perdonado y salvado:
esto es lo que el apóstol pone de manifiesto al principio del capítulo[26].
Capítulo 5
Cómo comprender las consecuencias
de la ruina de la Iglesia en la tierra
(Carta de J. N. Darby)
La ruina no es la apostasía [27]
Usted me pide unas palabras sobre
la apostasía. No adhiero a la palabra apostasía. Ella expresa la abierta
renuncia del cristianismo más bien que el abandono de sus principios por parte
de aquellos que han hecho profesión de él. Pero el asunto, en lo que toca a la
realidad del mismo, es de suprema importancia para el corazón y la conciencia.
En tanto el término se aplique solamente a los adeptos del catolicismo, no
habría ninguna dificultad acerca de su uso; pero cuando se comprende que si ha
venido esta apostasía de la cristiandad, el resultado es de alcance universal,
entonces uno se ve desazonado por este uso de la palabra.
La abierta apostasía, entonces, todavía no ha llegado. Pero el
abandono de la autoridad y de la eficacia de la Palabra, y de la fe en la
presencia del Espíritu Santo, el hecho de sustituir los derechos directos del
Señor sobre la conciencia por la autoridad del clero, la negación de la
justificación por la fe, y el establecimiento de la eficacia de los sacramentos
en lugar de la obra del Espíritu Santo: en una palabra, el pleno desarrollo del
“misterio de la iniquidad”, nos muestra un abandono de la primera condición de
la Iglesia y de los principios sobre los cuales ella se halla fundada, lo cual
es una apostasía moral. Como dice el apóstol Juan: “Vosotros oísteis que el
anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos
que es el último tiempo.” De ahí que la apostasía, en el sentido de un abandono
público del cristianismo, no ha venido; pero el espíritu de la apostasía se
manifiesta a sí mismo, no sólo en el desarrollo del misterio de la iniquidad,
sino en el abandono del cristianismo y de la autoridad de la Palabra, y de
Cristo mismo, lo que caracteriza a la mitad de la población de Europa, junto
con el racionalismo —como se lo denomina― y el espíritu de rebelión que
lo acompaña. Los pensamientos del hombre han tomado el lugar de la Palabra de
Dios: ellos ya no quieren tener más su autoridad. La voluntad del hombre ya no
quiere tener más la autoridad de Cristo. Si bien el anticristo no está allí, sí
han estado allí anticristos desde hace mucho tiempo; si bien la apostasía no
está allí, el espíritu de apostasía desde hace mucho se ha apoderado de la
mente de los hombres.
El juicio de un sistema que Dios había establecido
Pero yo dije que era un asunto
serio. Si la asamblea —pues la palabra «iglesia» conduce a conclusiones
erróneas, pues nos preguntamos qué es la iglesia—; si la asamblea de Dios no ha
guardado su primer estado; si ha dicho: “Mi señor tarda en venir” (Lucas
12:45), y ha comenzado a golpear a los siervos, a golpear a los criados, y a
comer y beber y embriagarse ―y ella lo ha hecho por largo tiempo, por
siglos―, será cortada en dos y tendrá su parte con los hipócritas. Se
dice que Cristo edificó su asamblea sobre la roca, y las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella. Yo creo esto, gracias a Dios, con todo mi corazón.
Pero no tiene nada que ver con este asunto. Aquello que Cristo edificó,
ciertamente no será derribado por el enemigo. Se trata de una cuestión de lo
que el hombre ha edificado y, en este caso, no se puede decir lo mismo. “Yo”
―dice Pablo― “como perito arquitecto puse el fundamento… pero cada
uno mire cómo sobreedifica” (1.ª Corintios 3:10). Allí está la responsabilidad
del hombre, que, de cierta forma ―y hasta cierto punto― forma parte
de la edificación. El edificio sin duda es de Dios, dice el apóstol, pero es
edificado bajo la responsabilidad del hombre: algo que tiene lugar en la tierra
al presente. Aquí no se trata de una cuestión de salvación de los individuos,
sino de la condición del sistema en el cual se encuentran esos individuos.
Cuando tuvo lugar el fin del judaísmo bajo el primer pacto, almas piadosas
―creyentes― fueron transferidas a la Iglesia. Dios puso fin definitivo
a la anterior dispensación. Al final de la dispensación cristiana, los fieles
serán tomados al cielo, y el juicio pondrá fin al sistema en el cual ellos
estuvieron previamente. Nada puede ser más simple. El viejo mundo pereció; Noé
y su familia fueron salvados. El juicio de un sistema no altera la fidelidad de
Dios, sino que más bien la demuestra haciendo evidente que Él guarda a los
suyos aun cuando todo alrededor de ellos se hunda bajo el peso de Su juicio.
Pero ¿qué puede ser más solemne que el juicio de aquello que Dios estableció en
la tierra, de aquello que había sido querido para Él? Si Jesús pudo llorar por
Jerusalén, qué hondo debería calar en los suyos el pensamiento del juicio
venidero de aquello que tenía un valor mucho más precioso que la misma
Jerusalén. Así es como Jeremías ―el instrumento de las lamentaciones del
Espíritu de Dios bajo la vieja economía, mediante palabras de palpable y
extraordinaria belleza― muestra su profundo dolor en vista de la ruina de
aquello que pertenecía a Dios: El Señor “quitó su tienda como enramada de huerto; destruyó el lugar en donde se
congregaban… Desechó el Señor su
altar, menospreció su santuario”
(Lamentaciones 2:6-7). Éste es el espíritu en el cual el fiel debería pensar
acerca de la ruina de aquello que “invoca el nombre de Cristo”.
¿Juzgará Dios a la cristiandad?
Pero se dirá: «Sí, es cierto;
cuando se trataba de una cuestión del judaísmo, eso está claro; pero es algo
que no podría sucederle al cristianismo.» En primer lugar, eso mismo es
precisamente lo que decían los judíos incrédulos en los días de Jeremías: “La
ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta”
(Jeremías 18:18). Ésta es una falsa confianza, que trajo destrucción sobre el
pueblo y sobre la santa ciudad. Pero hay más que esto; precisamente sobre esta
misma falsa confianza el apóstol Pablo advirtió solemnemente en el capítulo 11
de Romanos a los cristianos de entre los gentiles, trazando un paralelo entre
los judíos y la cristiandad: “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la
severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de
otra manera tú también serás cortado”
(Romanos 11:22). Es decir, que el sistema cristiano entre los gentiles está sujeto
al mismo juicio que el sistema judaico. Si los gentiles, los cuales permanecen
sólo por fe, no continúan en la bondad de Dios, ellos sufrirán la misma suerte
que los judíos. ¿Acaso se puede afirmar que el catolicismo romano ha
“continuado en la bondad de Dios”? ¿Son los “tiempos peligrosos” el resultado
de “continuar en la bondad de Dios”, o acaso lo es la “apariencia de piedad,
que niega su eficacia”, de lo cual el cristiano debía apartarse (2.ª Timoteo
3)? Si el apóstol pudo decir: “todos buscan lo suyo propio, no lo que es de
Cristo Jesús” (Filipenses 2:18), ¿era eso “continuar en la bondad de Dios”? Si
el apóstol previó que después de su partida, el mal se introduciría
inmediatamente, una vez que la mano fuerte del apóstol ya no estuviese más para
mantener la puerta cerrada contra los adversarios (Hechos 20:29 etc.); si Judas
precisó decir que aquellos que eran los sujetos del juicio ya se habían
infiltrado en la iglesia (Judas 4); si Juan había dicho que los tales habían
abandonado a los cristianos, que habían salido
de ellos ―un paso más lejos del que habla Judas―, que había
muchos anticristos, y que por esto debían saber que eran los últimos tiempos
(1.ª Juan 2:18); si Pedro nos anuncia que “es tiempo de que el juicio comience
por la casa de Dios” (1.ª Pedro 4:17), ¿nos lleva todo esto a creer que los
gentiles han continuado en la bondad de Dios, o más bien que el sistema
cristiano establecido entre los gentiles sería terminado por el juicio, el
terrible juicio de Dios? ¿Acaso no nos lleva esto a creer, en cuanto a la
profesión exterior, que se trata de una cuestión de beber de la copa de Su pura
ira, o de ser vomitado de Su boca como algo nauseabundo a causa de su tibieza?
He aquí lo que es tan solemne para nuestras conciencias. ¿Vendremos, como sistema,
bajo el juicio de Dios? Los fieles, seguramente gozarán de una porción más
excelente, de una gloria celestial; pero el sistema cristiano, como sistema en
la tierra, será cortado para siempre.
Con respecto a los pasajes
citados de Mons. Bost, lo que él dice es enteramente falso. Las Escrituras
hablan de la asamblea como la morada de Dios aquí abajo. Aquí estriba todo el
asunto. Cuando se habla de casa, no es una cuestión de unión, sino de morada.
Con respecto al cuerpo de Cristo, no puede tener miembros muertos. Podemos
engañar a los hombres, pero en realidad, el que está unido a la Cabeza es un
solo Espíritu. El Cuerpo es formado por el bautismo del Espíritu Santo (1.ª
Corintios 12:13). Entonces, Cristo edifica una casa que no estará completada
hasta que no haya sido puesta la última piedra; crece para ser un templo santo
en el Señor (Efesios 2:21). Pero hemos visto que aquí abajo el edificio es
encomendado a los hombres, y puede que la casa sea mal construida, lo que
atraerá el juicio de Dios sobre lo que ha sido hecho. El hecho de que la
Iglesia ha sido puesta como “columna y baluarte de la verdad” (1.ª Timoteo
3:15), y que ella es todavía responsable de guardar ese lugar, es algo
totalmente diferente a decir que ella lo ha guardado.
La cristiandad ha venido a ser como “una casa grande”
(2.ª Timoteo 2:20)
Ahora bien, la primera epístola a
Timoteo nos describe el orden de la casa de Dios, y cómo el hombre debe
comportarse en la casa de Dios. La pregunta principal es: ¿Se ha comportado,
pues, como corresponde a esa casa? Si lo ha hecho, ¿qué se puede decir entonces
del papado? La segunda epístola a Timoteo dirige la conducta de los fieles
cuando la confusión ha entrado. Las auténticas cosas cristianas ya no estaban
más en la condición en que se encontraban al principio de su establecimiento.
Vemos que al principio “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de
ser salvos” (Hechos 2:47). Ellos eran manifiestos, y eran añadidos a la vista
de todo el mundo a un cuerpo bien conocido. Ahora bien, cuando el apóstol
escribe su segunda epístola a Timoteo, esta condición estaba ya cambiada. Todo
lo que podía decir, era: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2.ª Timoteo
2:19): ellos podían estar ocultos de los hombres, como los siete mil lo estuvieron de Elías. Pero, junto con esto,
hay una regla a seguir por los fieles: “Apártese de iniquidad todo aquel que
invoca el nombre de Cristo.” En seguida viene el pensamiento de la “casa
grande”. En una casa grande esperaríamos encontrar vasos de deshonra y vasos de
honra, pero de nuevo existe una regla a seguir para los fieles. Éstos tienen el
deber de purificarse a sí mismos de los vasos para deshonra, y no sólo esto,
sino que deben seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (v.
22). En este estado de desorden, yo no puedo conocer, como al principio, a
todos aquellos que pertenecen a Dios; pero en cuanto a mi propio andar, mi
deber es asociarme con aquellos que tienen un “corazón puro”. Además, en el
capítulo 3, el apóstol nos enseña que en los últimos días vendrán tiempos
peligrosos, cuando, bajo la forma o apariencia de piedad, la eficacia de esta
última será negada. No se trata de apostasía reconocida; hay una forma de
piedad. Pero es una apostasía moral de verdad: la eficacia de aquella es
negada. M. Bost dice que debemos permanecer dentro y que debemos estar
contentos con tal condición de cosas; pero el apóstol me ordena que me debo
apartar de ellos: “A éstos evita” (3:5). ¿A quién he de obedecer?
¿Podemos distinguir a los fieles en medio de la ruina?
Cuando M. Bost me dice que «es
imposible distinguir a aquellos que son verdaderamente fieles de aquellos que
hacen una profesión de fe exterior», y el apóstol dice: “Apártese de iniquidad
todo aquel que invoca el nombre de Cristo”, y me manda que me purifique de los
vasos para deshonra y que siga tras las gracias cristianas junto con aquellos
que invocan al Señor de limpio corazón, ¿cómo puedo oír a alguien que me dice
que no es posible distinguir ambos? Si él me dice que existen muchas almas, que
el Señor conoce, a quienes yo no reconozco, respondo que indudablemente el
Señor conoce a los que son Suyos. Pero tengo directivas para mi conducta en
este estado de cosas que lo contradicen. Debo reconocer y asociarme con
aquellos que invocan al Señor de puro corazón, y, en consecuencia,
distinguirlos. Debo purificarme de los vasos para deshonra, y, en consecuencia,
distinguirlos. Debo apartarme de aquellos que tienen la apariencia de piedad,
pero que niegan el poder de ella; por lo
tanto, debo reconocer claramente a aquellos que son así.
Además, es un principio espantoso
decir que no podemos distinguir entre los hijos de Dios y la gente del mundo
―además de no ser cierto―. Es un principio espantoso porque se
dice: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los
unos con los otros” (Juan 13:35). Pero si yo no puedo distinguirlos, no los
puedo amar, y el testimonio que Dios quisiera tener, estaría perdido. En
segundo lugar, el principio no es cierto en la práctica, pues nosotros gozamos
amor fraternal, y todo fiel cristiano hace una diferencia entre un hijo de Dios
y otro que no lo es. Hay algunos que no los podemos distinguir, pero que Dios
los conoce: esto no lo negamos. Pero a este respecto, los pasajes que he citado
de 2.ª Timoteo nos han de guiar. ¿Qué sería de los afectos familiares si un
padre les fuese a decir a sus hijos: «No podéis decir quiénes son vuestros
hermanos, y quiénes no lo son; debéis asociaros con todos, sin discriminación
de ninguna clase»?
La Iglesia no es lo que era al principio
Yo no miro los diccionarios para
que nos digan lo que tenemos que hacer, sino en el corazón y en la conciencia
de aquellos que aman al Señor, tomando la Palabra de Dios para poder ver cuál
era el estado de la Iglesia al principio, y cuál es ahora; y qué es lo que nos
dice esa Palabra para informarnos acerca de lo que será esa iglesia en los
últimos tiempos. La Palabra es tan clara como el agua acerca de la declinación
de la Iglesia, y el carácter de los últimos tiempos, así como en lo que
respecta a la supresión del sistema cristiano. La Palabra es más que clara en
lo que concierne a la unidad que debe subsistir como testimonio dado al mundo,
“para que éste crea” (Juan 17). Si el apóstol dirigiese una carta a la iglesia
de Dios que está en Turín, ¿quiénes conseguirían la carta en la oficina del
correo excepto los integrantes del sistema católico? La iglesia, tal como era
al principio, ya no existe más. Llámela como Ud. quiera, con tal que el corazón
sienta que tiene a pecho la gloria del Señor pisoteada por los hombres. Si el
estado actual de la Iglesia no es la gran bestia de la que se habla, la
indiferencia de conciencia que puede decir una cosa así, y la cavilación con
respecto al uso de la Palabra, es la prueba más evidente de esa tibieza que al
final provocará que Cristo vomite a la iglesia de Su boca.
La ruina de la Iglesia guarda armonía con la historia del
fracaso del hombre [28]
Este fracaso de la Iglesia no
hace más que estar en armonía con la historia del hombre desde el principio.
Tan pronto como el hombre fue abandonado a su propio albur, cayó, y, infiel en
sus caminos, cayó de su primer estado al cual nunca más retornó. Dios no lo
restaura, sino que da salvación mediante la redención, e introduce al hombre en
una condición infinitamente más gloriosa en el Segundo Hombre, Cristo Jesús.
Cuando Noé fue salvado durante la destrucción del mundo entero, lo primero que
leemos después del sacrificio que ofreció es que se emborracha. Cuando la ley
fue dada, antes que Moisés descendiese del monte, Israel había hecho el becerro
de oro. El primer día después de la consagración de Aarón, sus hijos ofrecieron
fuego extraño, y se le prohibió a Aarón la entrada al Lugar Santísimo excepto
en el día de la expiación: él nunca llevó su vestimenta de gloria y hermosura
allí. El principal hijo de David, Salomón, tipo del Señor, cayó en la
idolatría, y el reino inmediatamente cayó. La paciencia de Dios fue
pacientemente desplegada en todos estos casos, pero el sistema que Dios había
establecido fue puesto a un lado como sistema relacionado con Él; menos
obviamente en el caso de Noé, por cuanto no existía una relación formal de la
misma manera. Pero la confusión de Babel puso fin al orden del mundo, y la
tiranía y las guerras entraron. Pero con respecto al hombre ―Israel, el
sacerdocio, el reino―, independientemente de cuál haya podido ser la
paciencia de Dios, el hombre cayó en seguida, y el sistema nunca fue restaurado
a su posición original. No ha de sorprendernos si esto se repite en la historia
de la iglesia, en tanto la consideremos como puesta bajo la responsabilidad del
hombre. Se ha dicho: “Mi señor tarda en venir” (Lucas 12:45), y ha comenzado a
golpear a los criados y a las criadas y a unirse al mundo. Será cortada.
Confusión de privilegio y responsabilidad
El gran principio del catolicismo
romano, y de otros sistemas más o menos similares a él, lo que los hace
esencialmente falsos, es que ellos atribuyen a la cristiandad ―la iglesia
organizada por medio de ordenanzas― la estabilidad y los infalibles
privilegios que pertenecen sólo a aquello que Cristo ha edificado, a aquello
que es la obra del Espíritu Santo. Todo tipo de falsas doctrinas son el
resultado de este error; uno es nacido de Dios, miembro del cuerpo de Cristo
―luego uno perece: uno es perdonado― y se pierde. Ésta es la
conclusión a la que llega el artículo en la Vedetta
Cristiana, lo que supone el pasaje citado por M. Bost. Olvida una de las
dos principales características de la iglesia según la Palabra, precisamente
aquel en el que la responsabilidad del hombre entra en juego, a saber, el hecho
de ser la morada de Dios en la tierra. Él nos muestra el título que nos
confiere Efesios 1, pero pasa por alto el de Efesios 2; luego nos muestra la
condición en que la iglesia está ahora, no seguramente compuesta por verdaderos
miembros de Cristo, sin dar razones de ello, y sin dar ninguna información
acerca del asunto que podría hacernos capaces de conocer si es bueno o es malo:
de dónde proviene, dónde terminará, o cómo la Palabra juzga respecto de este
estado de cosas. Las expresiones que emplea, son equivalentes a las que usaron
los judíos incrédulos en tiempos de Jeremías: “Librados somos; para seguir
haciendo todas estas abominaciones” (Jeremías 7:10).
La Iglesia está corrompida
Nadie puede afirmar que el estado
de la iglesia de la cristiandad es de alguna manera o en cierto sentido el
mismo que hallamos en la Palabra. Al principio no había catolicismo romano, no
había ninguna iglesia nacional, ninguna denominación. Estaba la Iglesia de
Dios, y nada más; la cual, se dirá, se corrompió muy rápidamente. Esto tuvo
lugar porque hubo una iglesia que corromper, una asamblea en la cual algunos hombres
fueron capaces de infiltrarse. ¿Fue esta corrupción algo bueno, o algo que no
atrajera juicio? ¿Acaso no ha avanzado terriblemente desde entonces? ¿Ha sido
la iglesia de Dios restablecida en la tierra? ¿Acaso no debiera yo llevar luto
por ella? ¿No debería escudriñar las Escrituras para ver cuál será su final, y
prestar atención a ello? Hemos citado esta Palabra, ¡que cada uno juzgue
delante de Dios lo que ella dice! Si estamos en tiempos penosos, ¿no nos ha
dado la Palabra principios por los cuales podemos trazar la senda a través de
la cual debemos andar? Si alguno tiene la convicción de que estamos en esos
tristes tiempos de que habla 2.ª Timoteo 2 y 3, y quiere estar ante Dios, quien
nos ha dado esos principios, en plena confianza en Cristo, el resultado en
cuanto a su convicción no será dudoso. ¡Que sepamos cómo andar con Dios!
Recordemos que en todas las posiciones en que el primer Adán falló, el hombre
fue gloriosamente restaurado en el Segundo. Pero éste es un tema muy
interesante, pero sobre el cual no puedo entrar en detalles en esta ocasión [29].
Véase el artículo «La Iglesia como era al
principio y su estado actual» (Collected Writings 14:77-90).
Los que entienden la ruina son un pueblo de llanto y
lamento
Caballero, no tengo esperanza de
despertar la conciencia de la miseria universal de la Iglesia en los corazones
de aquellos que participan de sus opiniones, ni de verlos afligidos con la
aflicción del pueblo de Dios. Si bien Dios es capaz de obrar todo en las
personas individuales, él emplea dos medios en su Palabra para conducirnos a
juzgar rectamente respecto de la condición de Su pueblo: la comparación de esta
condición con aquella en que Él los había puesto al principio (Isaías 5), y
luego la cuestión de cuán lejos se halla este pueblo de estar en condiciones de
presentarse delante de Dios en el tiempo de la manifestación de Su gloria
(Isaías 6). La gente pone manos a la obra a fin de hacer iglesias y de
establecer ancianos, simplemente porque no les perturba ni una cosa ni la otra.
Llorar sobre Jerusalén, por más cierta que sea la seguridad de los elegidos,
era la porción del corazón de Cristo. Aquellos que están a sus anchas en Sion,
para usar una expresión del Antiguo Testamento, siempre despreciarán el dolor
de quienes sienten lo lejos que la santa ciudad se ha apartado de su Dios. Tras
la primera manifestación del poder de Dios en el establecimiento de Su pueblo,
en varias épocas, aquellos que fueron guiados por el Espíritu de Dios, fueron
siempre un pueblo de llanto y lamento: no por desconfianza en la fidelidad de
Dios, sino agobiado por el sentimiento que es producido por la conciencia de la
poca respuesta de parte de los fieles al poder y a la gracia de Dios.
Conmovidos por la belleza de Su pueblo, visto (como Balaam los veía) con los
ojos de Dios, ellos marchaban apesadumbrados a la vista de su condición
práctica. Un profeta gozoso —excepto en la esperanza de la venida del Señor, o
en el Señor mismo—, no se encuentra en la Palabra. Ya no me detengo más, pues,
en este punto; dejo a Dios, que es siempre bueno, que obre en los corazones,
conforme a su soberana gracia, para que los conduzca a que vean la Iglesia y su
presente condición tal como él la ve, y que haga que ellos sientan lo mismo
respecto a estas cosas, tal como su Espíritu hace que uno sienta [30].
APÉNDICE I
Ruina
y formas
William Kelly
Cuando una dispensación es desviada
de su propio carácter debido a que el pueblo de Dios es infiel a sus
responsabilidades, ya no se trata más de una cuestión para con ellos de
mantener sus formas exteriores en su integridad original, por cuanto ellas son
invalidadas en la práctica por este apartamiento de la verdad. Con el fiel, es
una cuestión de echar mano no de algo nuevo, sino de todo lo que guarda armonía
con la confesión del estado de ruina.
Siempre debemos estar en la
verdad de un estado de cosas, como delante de Dios. Por ejemplo, si soy un
pecador, no puedo ser bendecido a menos que tome el lugar de un pecador; y, del
mismo modo, si la dispensación exterior está en ruinas, no podré ser plenamente
bendecido a menos que reconozca y sienta la ruina. Si yo pienso que todo es próspero,
cuando Dios se está preparando para ejecutar juicio, es claro que estoy fuera
de comunión con él, tal vez no con respecto a mi propia alma, sino con respecto
al estado general de cosas.
La diferencia moral que está en
juego, es que cuando las cosas están todas bien y el camino allanado al
principio de una dispensación, el deber de un hombre es echar mano fielmente de
todas las cosas cuando todas las cosas son buenas; pero cuando las cosas se
hallan corrompidas, su deber es separarse de lo que es corrupto y continuar
solamente con aquello que lleva el sello del Espíritu de Dios sobre sí. Ésa es
la diferencia. Usted hallará que en todas las dispensaciones, las formas
exteriores caen siempre en manos de engañadores, porque una forma exterior es
fácilmente copiada y fácilmente mantenida. Por eso los sacerdotes y los falsos
profetas eran las personas que en Judá y en Jerusalén guardaban tenazmente el
nombre de un ardiente celo por la ley y, sobre esta base, exigían la obediencia
del pueblo.
Éstas son las personas contra
quienes Jeremías y los profetas advierten a los fieles. Así pues, de la misma
manera, no cabe la menor duda de que suponiendo que la cristiandad hubiese de
continuar ininterrumpidamente como sistema religioso, las personas que tiene
las mayores pretensiones son los papistas, y, por ende, si la cristiandad fuese
indefectible, todos deberíamos ser papistas. Pero es claro que la conciencia y
la espiritualidad de cada creyente sienten repugnancia contra tan espantoso
pensamiento. Todos sentimos que es imposible que el Dios de verdad y gracia nos
haya de obligar a adorar a la Virgen María, o a los santos y a los ángeles o
cosas así.
Sentimos que los papistas son
idólatras, y tenemos toda la razón. Ellos son idólatras, y son peores que los
paganos idólatras, pues si es malo adorar a Júpiter o a Saturno, pero aún es
adorar a la Virgen María. Yo no podría tener conocimiento de la Virgen María a
menos que sepa que ella es la madre del Señor, y el conocimiento de la Virgen
María supone el conocimiento de María. Por consiguiente, tengo el conocimiento
que debiera guardarme contra la adoración de la Virgen. El solo hecho de saber
que la Virgen María fue la madre de Cristo, debería preservarme de la
Mariolatría. Por consiguiente, pienso que, de todas las idolatrías que hayan
existido debajo del sol, la idolatría de la Iglesia Católica es la más vil.
Puede preguntarse si es que la
ruina de la iglesia es algo que se conoce y se considera universalmente. No lo
es, porque la gran mayoría de los hijos de Dios nunca han enfrentado como
corresponde este asunto. Cuando ellos oyen hablar de la ruina de la iglesia o
de la cristiandad, piensan que ello significa que Dios, de una u otra manera,
no ha sido fiel a Sus promesas, mientras que no se trata en absoluto de una
cuestión de fidelidad a promesas. Fidelidad a promesas tiene que ver con fe, no
con formas. Pero, lejos de menospreciar las formas, la razón por la cual yo
nunca podría someterme al tipo de cosas que es común en la cristiandad actual,
es que yo no quiero abandonar las formas de la Palabra de Dios.
Por ejemplo, tomemos una
congregación que elige a un ministro. Bien, yo nunca podría ser
denominacionalista por tal motivo, por cuanto ése es el plan que se sigue de
manera invariable. Yo sé que hay muchos denominacionalistas que piensan lo
mismo; Isaac Taylor, quien escribió The
Natural History of Enthusiasm y
otros libros, fue uno de ellos. Él era
un diácono congregacional, y escribió un libro sobre este tema.
El sistema entero está fuera de
curso. Es erróneo en principio. El falso principio es que «el que da elige». Yo
doy dinero y me permito elegir a una persona para que lo distribuya; pero yo no
doy el Espíritu Santo a la Iglesia y, por lo tanto, no debo elegir el ministro.
Si Dios provee dones sin preguntarme a mí, y yo los elijo entre mis hermanos y
hermanas espirituales, entonces yo no estoy actuando de manera apropiada y
conveniente como cristiano.
Reconozco a toda persona
espiritual como hermano y hermana, y deseo gracia para conducirme yo mismo como
tal. Esto es perfectamente claro, pero, naturalmente, así como la relación de
hermanos y hermanas espirituales es algo que está totalmente establecido por la
gracia y por la voluntad de Dios, así también, con más razón lo está la
designación de personas para gobernar o enseñar o predicar. No somos
competentes para elegir. Nadie lo es. Nunca hubo una pretensión tal siquiera de
parte de los apóstoles para hacerlo. Los apóstoles designaron ancianos (Hechos
14:23), pero es un error suponer que los ancianos es lo mismo que los dones en
la iglesia. Hubo muchos ancianos que no eran dones. No podemos tener un anciano
hoy en el sentido del Nuevo Testamento, pues un anciano es una designación
directa del Señor.
Menciono esto para mostrar que
por mi parte soy un decidido y acérrimo adherente de las formas apostólicas,
por lo que no puedo sostener en absoluto que alguien establezca nuevas formas conforme a su propia
voluntad. Una de las razones que me hace sentir el presente estado de ruina de
la cristiandad es que no sólo hay incredulidad allí en la autoridad de la
Palabra de Dios, sino que también hay un ejercicio ilegítimo y una presunción
de autoridad sin que se cuente con la aprobación del Señor para ello.
El ejercicio de la voluntad del
hombre en tales asuntos tiene la influencia moral más profunda posible sobre la
profesión cristiana. Si no se tiene la autoridad del Señor, entonces se tiene
la voluntad del hombre. Yo considero que la voluntad del hombre en las cosas de
Dios, no es otra cosa que pecado. Toda la ocupación de la iglesia y del
cristiano se concentra en hacer la voluntad de Dios en la tierra. De hecho, no
hay ninguna razón de que estemos en la tierra, excepto simplemente para ser
siervos de Dios, y por eso somos llamados para hacer Su voluntad en toda nuestra
vida desde el momento que somos redimidos por la sangre de Cristo. Dios no nos
permite, pues, hacer ni una sola cosa conforme a nuestras propias opiniones.
Estoy persuadido de que en sí mismo el hombre es incapaz de actuar
correctamente, y que necesitamos ser guiados por la Palabra de Dios y por el
poder del Espíritu de Dios continuamente.
Ahora bien, cuando se concede
lugar a la voluntad humana, el resultado puede ser cualquier cosa mala. Una vez
que se introduce el principio de la voluntad del hombre aunque sea en una
simple cosa —tómese, por ejemplo, la elección de un ministro por parte de una
congregación—, entonces, siguiendo con la aplicación de ese mismo principio,
uno puede votar un cardenal o también un papa. Todo descansa sobre el mismo principio
falso.
Hay, sin embargo, amplia
autoridad para el día presente. Tenemos la norma, la única norma: la Palabra de
Dios. Doy por seguro que Dios previó el fin desde el principio, y también todas
las necesidades del cristiano y de la iglesia en la tierra, y que Él proveyó en
su Palabra no sólo para las necesidades de entonces, sino para todas las
necesidades que pudiesen surgir hasta que el Señor venga para recibirnos en
gloria. Así pues, teniendo confianza en la Palabra de Dios, nuestra primera
ocupación es descubrir cuál es realmente la voluntad de Dios. Primero descubro
cuál era Su voluntad cuando las cosas estaban en orden, y luego encuentro la
dirección que Él da cuando las cosas están mal. Aprendo cuál es el correcto
estado de cosas en lo que llamo el mal estado de la iglesia.
Sé que algunos creen que Dios ha
dejado el modo en que la iglesia ha de ser gobernada como una cuestión abierta,
y que ellos son libres para cambiar los procedimientos de acuerdo con el lugar o
con las circunstancias. Niego esta política como primer principio, y afirmo que
es falso, y no sólo falso, sino que resulta en las más serias consecuencias,
por cuanto el resultado de él es que yo no soy divinamente guiado, sino que soy
guiado humanamente.
Sostengo plenamente que el
ministerio es una institución divina, y no creo que el estado ruinoso de la
iglesia lo altere en el más mínimo grado. Hay personas sobre nosotros en el
Señor, pero tan pronto como se toca la fuente del ministerio, separamos el
ministerio de los principios la Palabra de Dios. Ahora bien, yo creo que tanto
la iglesia como el ministerio son instituciones divinas, pero para preservar su
carácter divino, ellos deben ser regulados por la Palabra de Dios y no por las
nuevas invenciones del hombre y por sus cambiantes ideas.
Contiendo ardientemente por la
máxima antigüedad. Ireneo y Justino Mártir están demasiado lejos para mí, es
decir, son demasiado modernos. Para mí, todo es moderno excepto los apóstoles.
En una palabra, sostengo que la auténtica antigüedad consiste en lo que está
divinamente revelado. Lejos de pensar que la iglesia de Dios es una cosa
conforme a los hombres o algo que ha de cambiarse con las nuevas modas, adhiero
tenazmente a la verdadera, remota y única antigüedad de Dios. Y creo que eso es
lo que todos debiéramos hacer, pero es un asunto que cada uno ha de aprender
directamente de Dios. No forzaría a ningún hermano en este punto. El término
«la ruina de la cristiandad» resulta irritante y molesto para muchos oídos. Tal
vez el Señor sea quien quiera que suene duro. Buena cosa es sofrenar a las
personas cuando están en el error (*).
(*) William Kelly, Jeremiah: The Tender-Hearted Prophet of the
Nations, Hammond, Londres, pág. 26-31 (1938).
APÉNDICE II
Privilegios cristianos sin tener
la vida de Cristo
J. N. Darby
La Iglesia considerada en su
responsabilidad y testimonio sobre la tierra ha acumulado un gran número de
meros profesantes, esto es, de aquellos que profesan seguir a Cristo, y se
declaran cristianos, pero que no han nacido de nuevo. Sin embargo, aun cuando
estos profesantes no están en unión vital con Cristo, su bautismo y su
profesión de fe (dos cosas hechas en forma exterior), los introduce dentro de
una esfera de responsabilidad en lo que toca a los privilegios del cristianismo
(Romanos 11). J. N. Darby escribió respecto de esto:
«Sostengo claramente que existen privilegios fuera
de la unión vital con Cristo, privilegios por los cuales los gentiles serán
responsables, como lo fueron los judíos por los suyos. Véase 1.ª Corintios 10.
Aquellos que hayan gozado de estos privilegios, serán golpeados con más azotes
que si no se hubieran beneficiado de ellos. En tanto que aquellos que no
poseyeron tales privilegios serán golpeados con pocos azotes (Lucas 12:45-48).
Era un privilegio ser siervo en la casa, haber recibido un talento; pero tales
personas, o clases de personas, no estaban unidas vitalmente con Cristo. La
semilla sembrada en el terreno con piedras (Mateo 13) era un privilegio; pero
no tiene raíz, no tiene una unión vital.
La Palabra de Dios dice tres cosas en cuanto a la
presente dispensación. En primer lugar, por la existencia y por los principios
de esta dispensación, el mundo es puesto en una nueva relación con Dios. Los
gentiles ya no son más considerados como “perros” en contraste con “los hijos”.
Es el tiempo de salvación para los judíos primeramente, y también para el
griego. La salvación es dada a los gentiles. La caída de los judíos ha sido la
reconciliación del mundo. Si la Iglesia no ha sido fiel en el uso de esta
gracia para el provecho del pobre mundo, tanto peor para la iglesia.
En segundo lugar, aquellos que son llamados, pero
no escogidos (Mateo 20:16), son todos bautizados, son puestos en directa relación
con el Señor, y son responsables en general (digo en general por cuanto las
circunstancias varían) por los privilegios del cristianismo (compárese Romanos
11). Si aquellos que realmente gozan de estos privilegios le han dado libertad
a Satanás para corromper; o, si otros han podido entrar a causa de la
corrupción que ya se había introducido, tanto peor (lo digo de vuelta) para
ellos y para la masa agregada: tal es la cristiandad.
En tercer lugar, está el Cuerpo de Cristo,
aquellos que están unidos a Él, que participan de Su vida y que serán salvos a
pesar de todos los obstáculos que puedan enfrentar a lo largo de su viaje por
la tierra.»[31]
NOTAS
[1]
Collected Writings of J. N. Darby
4:31-33
[2] Collected Writings 32:187, 188 [No existe ningún
restablecimiento de la Iglesia a su condición
original (Collected Writings of J. N.
Darby 4:184-191, 195-198, 220)].
[3] Letters of J. N. Darby 2:95 trata con la
objeción de que puesto que Cristo edifica, la iglesia no
puede estar en ruinas.
[4] Véase Collected Writings of J. N. Darby 1:181
para detalles sobre esta distinción.
[5] Desde el
instante que la iglesia pierde de vista su llamamiento celestial, humanamente
hablando, lo
pierde todo (Collected Writings of J. N. Darby 2:378). Y la ruina de la iglesia ha entrado por decir en
la práctica: “Mi señor tarda en venir” (Lucas 12:45) (Collected Writings of J. N.
Darby 25:205).
[6]
Collected Writings of J. N. Darby 3:272
[7]
Collected Writings of J. N. Darby 3:272
[8]
Collected Writings of J. N. Darby 3:272, 273
[9]
Véase Collected Writings of J. N. Darby 14:88,89
[10] Collected Writings
of J. N. Darby 1:251, 252
[11] La mayor parte de la dificultad que generalmente
se presenta a la mente de los fieles sobre este tema,
radica en el hecho de que ellos confunden los
propósitos de Dios respecto a la dispensación con Sus consejos respecto a los
fieles que se encuentran en ella. Estos consejos nunca pueden fracasar en sus
resultados, pero la dispensación misma puede desaparecer y llegar a su fin (por
más que haya sido para la gloria de Dios, en el hecho de que ha desplegado Sus
caminos), porque la infidelidad del hombre la ha vuelto inadecuada para ser el
medio de seguir manifestando esta gloria. Dios entonces, quien sabe de antemano
todo lo que se ha propuesto cumplir, la sustituye por otra dispensación en la
que el hombre es puesto bajo otro tipo de prueba, y así todos los caminos de
Dios son manifestados, y su multiforme sabiduría brilla en su verdadero
resplandor aun en los lugares celestiales (Collected
Writings of J. N. Darby 1:169).
[12] N. del T.― Es más exacto decir,
cuando los individuos son salvos, porque la iglesia es considerada
como una nueva creación. Pero el principio general
de la declaración ha permanecido aquí.
[13] Véase la
obra Precious Truths Revived and Defended
Through J. N. Darby, PTP, pág. 18, Vol. I
(1991).
[14] Collected Writings
of J. N. Darby 1:29
[15] Letters of J. N. Darby
1:42
[16] Collected Writings
of J. N. Darby 20:189; Letters of J. N. Darby 1:94
[17] Véase Collected Writings of J. N. Darby 1:144, 145.
[18] Véase la
obra The Word of God Versus the
Charismatic Renewal R.A.Huebner
[19] Letters of J. N. Darby
2:388.
[20] Letters of J. N. Darby
1:425
[21] Notes and Jottings, pág. 81
[22] Collected Writings 5:281-283
[23] N. del T.— El pasaje no se refiere al
misterio de la iglesia en absoluto, sino al árbol de la promesa
comenzando con Abraham.
[24] La expresión “mundo venidero” no se aplica
al cielo [el mundo venidero es la edad venidera, es
decir, el Milenio].
[25] N. del T.— En rigor, ésta no es una
dispensación en absoluto, sino un llamamiento
celestial,
introducido, al final del judío, antes del mundo o
edad venidera, en el cual las promesas hechas a ellos serán cumplidas.
[26] Collected
Writings 1:173-181
[27] [Véase Collected
Writings 1:254-256 por mayores detalles acerca del tema del fracaso y del
cortamiento].
[28] [Entre otras referencias, véase también Collected Writings 11:279, 280 y 14:87].
[29] Letters of J. N. Darby 2:94-101
[30] Collected
Writings 4:345
[31]
Collected Writings
1:293,294 (1843)
N. del T. — Las citas han sido
recopiladas por R. A. Huebner en la obra The Ruin of the Church, Eldership, and
Ministry of the Word by Gift: Three
related subjects bearing on the present state of the church and especially on
those who profess to acknowledge that state, pág. 1-30.
Otros escritos de Darby sobre el tema
de la ruina de la Iglesia:
What the Christian Has Amid the Ruin of the Church (Collected Writings 14:272-300)
Acerca
de la condición caída de la actual
dispensación (Sobre la formación de las
iglesias; Collected Writings
1:169-186)
On the Ruin of The Church (A Glance at Various Ecclesiastical Principles; Collected Writings
4:10-14)
What is the Church and in What Sense is it Now in Ruin?
Literatura afín:
El recurso de los fieles en
las ruinas de la cristiandad W. Kelly
«¡Cuántos elementos solemnes se
encuentran reunidos en el tema que tenemos ahora ante nosotros! Es solemne contemplar la cristiandad y ver
sus ruinas, ahora demasiado palpables para poder negarlas. Es solemne, por
otra parte, pensar en la fiel bondad de Dios, quien sabía de esta ruina de
antemano, y que la predijo en la inerrante palabra de Su gracia; quien nos ha
mostrado que, aun cuando percibió el mal que estaba a punto de cubrir la escena
de la profesión del nombre de Cristo sobre la tierra, Su amante sabiduría trazó
una senda segura: senda que ni ojo de buitre la vio, pero que sin embargo hace
que Su pueblo la discierna, y por la que Su pueblo puede tener la feliz certeza
de poder agradar a Dios» W. Kelly
EL
REMANENTE, C. H. Mackintosh
«La Reforma fue el resultado de
una obra bendita operada por el Espíritu de Dios; pero el Protestantismo, en todas
sus ramas y denominaciones, es lo que el hombre ha hecho de la Reforma. En el
Protestantismo, la organización humana ha desplazado a la obra viva del
Espíritu, y la forma de la piedad ha desplazado al poder de la fe individual.
Ninguna denominación, como quiera que se llame, puede ser considerada como la
Iglesia de Dios o como el remanente cristiano. Es de suprema importancia moral
ver esto. La iglesia profesante ha fracasado por completo; su unidad
corporativa y visible se ha desintegrado de forma irremediable, tal como lo
vemos en la historia de Israel. Pero el remanente cristiano está integrado por
todos aquellos que sienten y reconocen de todo corazón la ruina, que son
gobernados por la Palabra de Dios y conducidos por el Espíritu en separación del
mal para esperar a su Señor.» C.H.M.