LA RUINA DE LA IGLESIA

 

En cuanto a su responsabilidad en la tierra

 

J. N. Darby

 

(Selección de citas)

 

 

 

Índice

 

Capítulo 1  -¿Qué significa la Iglesia?

Capítulo 2  -La caída de la Iglesia

-El significado de la ruina de la Iglesia en cuanto a su   

  testimonio

Capítulo 3  -La pérdida del primer amor

Capítulo 4  -Pruebas bíblicas de la ruina pública de la Iglesia en la tierra

Capítulo 5  -Cómo comprender las consecuencias de la ruina de la

Iglesia en la tierra

-  La ruina no es la apostasía

-  El juicio de un sistema que Dios había establecido

-  ¿Juzgará Dios a la cristiandad?

-  La cristiandad ha venido a ser como “una casa grande”

(2.ª Timoteo 2:20)

-  ¿Podemos distinguir a los fieles en medio de la ruina?

-  La Iglesia no es lo que era al principio

-  La ruina de la Iglesia guarda armonía con la historia del

fracaso del hombre

-  Confusión de privilegio y responsabilidad

-  La Iglesia está corrompida

-  Los que entienden la ruina son un pueblo de

llanto y lamento

 

Capítulo 6   - Ruina y formas

Capítulo 7   - Privilegios cristianos sin tener la vida de Cristo


 

Capítulo 1

 

¿Qué significa la Iglesia?

 

J. N. Darby

 

El peligro más serio que hay en todos estos razonamientos, con los cuales se pretende desacreditar las nociones que han sido expuestas acerca de la ruina de la Iglesia, es que, con ellos, se niegan las relaciones y la existencia misma de la Iglesia.

 

La idea de la Iglesia prácticamente no existe en la mente de la mayoría de aquellos que se oponen al concepto de la ruina de la Iglesia. Otros tienen una idea tal de ella que les hace tomar el fruto del pecado del hombre por lo que es el resultado de la gracia de Dios.

 

Si se percibiera el hecho de que hay una Iglesia, la esposa de Cristo, un cuerpo santo formado aquí abajo en la tierra por la presencia del Espíritu Santo, los razonamientos mediante los cuales se busca negar la realidad de la ruina de la Iglesia de parte de la mayoría, se tornarían en algo imposible, y ni siquiera se intentaría negar la ruina en medio de la cual nos encontramos.

 

Voy a explicar lo que entiendo por la Iglesia. La Iglesia es un cuerpo que subsiste en unidad aquí abajo, formada por el poder de Dios a través de la reunión de sus hijos en unión con Cristo, que es su Cabeza; un cuerpo que deriva su existencia y su unidad de la obra y la presencia del Espíritu Santo que descendió del cielo como consecuencia de la ascensión de Jesús, el Hijo de Dios, y del hecho de que se sentó a la diestra del Padre tras haber cumplido la redención.

 

Esta Iglesia —unida por el Espíritu, como el cuerpo a la Cabeza, a este Jesús sentado a la diestra del Padre—, será sin duda manifestada en su totalidad cuando Cristo sea manifestado en Su gloria; pero, mientras tanto, a medida que va siendo formada por la presencia del Espíritu Santo que descendió del cielo, la Palabra de Dios la contempla como subsistiendo en su unidad sobre la tierra. Ella es la morada de Dios por el Espíritu, esencialmente celestial en sus relaciones, pero de carácter peregrino en la tierra en cuanto a la escena en la cual se halla actualmente, y en la cual debe manifestar la naturaleza de la gloria de Cristo, como Su carta de recomendación al mundo, pues ella lo representa a Él y está aquí abajo en reemplazo de Él. Ella es la esposa del Cordero, tanto en sus privilegios como en su llamamiento. Es presentada como una virgen pura a Cristo para el día de las bodas del Cordero. Evidentemente, este último pensamiento tendrá su cumplimiento en la resurrección; pero, lo que caracteriza a la Iglesia —como habiéndosele dado vida conforme al poder que levantó a Cristo de entre los muertos y le hizo sentar a la diestra de Dios—, es la realización y manifestación de la gloria de su Cabeza por el poder del Espíritu Santo, antes que Jesús, su Cabeza, sea revelado en Persona.

 

Aquellos que componen la Iglesia, tienen, además, otras relaciones. Ellos son hijos de Abraham. Son la casa de Dios sobre la cual Cristo es cabeza como Hijo. Pero estos últimos caracteres no quitan mérito a lo que hemos estado diciendo; y menos aún lo anulan.

 

Al principio, la verdad de la Iglesia, poderosamente expuesta por el apóstol Pablo, era como el centro del movimiento espiritual; y aquellos que no eran perfectos, estaban sin embargo ligados a este centro, aunque a una mayor distancia. La Iglesia es, más bien, el círculo más cercano al único centro verdadero: Cristo mismo. Ella era su Cuerpo, su esposa. Esta verdad —perdida en el tiempo presente para la generalidad de los cristianos (lo cual es motivo de vergüenza)—, ha venido a ser un medio de separación, como el tabernáculo de Moisés, levantado fuera del campamento infiel (Éxodo 33); porque, si, conforme al principio de la unidad del Cuerpo enseñado por el apóstol, uno actúa fuera del mundo, la mayoría de los cristianos no están dispuestos a seguir, y, mientras persistan en la mundanalidad, no lo pueden hacer. ¿Cómo, pues, podrán reunirse afuera de aquello a lo que se mantienen aferrados?

 

Esta falta de fe tiene tristes consecuencias. Las relaciones con Dios se toman —las pertenecientes, por cierto, a aquellas de que se compone la Iglesia, pero inferiores a las de la Iglesia misma—, y esas relaciones se toman para formar con ellas un sistema que es puesto en oposición a la más preciosa de todas las relaciones de la Iglesia con Dios. La gente insiste en que los hijos de Dios son los hijos de Abraham, lo cual es cierto; pero ellos quieren ponerlos en este nivel, con el objeto de negar la posición de la esposa de Cristo. Insistirán en el hecho de que ellos son ramas injertadas en lugar de los judíos, de modo de reducirlos al nivel de las bendiciones y principios del Antiguo Testamento, y esto, a fin de evitar la responsabilidad de la posición en la que Dios nos ha colocado, y, por eso, la necesidad de una confesión de nuestra caída. Ellos admiten, en un sentido general, que somos la casa de Dios, lo cual es cierto; una casa en la cual hay vasos para deshonra: y ellos se valen de esta verdad para justificar un estado de cosas que ha dejado fuera todo aquello que pueda pertenecer a los afectos y al corazón de una esposa. ¡Que los creyentes presten oídos a esto!

 

De aquí vemos por qué se pospone el retorno de Cristo a épocas relacionadas con el juicio que Él ejecutará contra una casa infiel y contra un mundo rebelde. Y ello explica también la pérdida del deseo de que Él venga, un deseo que es propio de su esposa e inspirado por el Espíritu, el cual mora en ella y la anima.

 

Las pruebas de la existencia de esta Iglesia están más allá de toda disputa y, aunque ya las he presentado en otra ocasión, es bueno, aunque sólo fuese para una alma, recordar algunas de ellas, a fin de que actúen en la conciencia [1].

 


 

 

Capítulo 2

 

La caída de la Iglesia

 

J. N. Darby

 

 

La Iglesia cayó desde épocas muy tempranas

 

El estado de la Iglesia cayó con la partida de los apóstoles, e incluso en el tiempo en que éstos todavía vivían. “Todos —dice el apóstol— buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo” (Filipenses 2:21). Juan y Judas testifican que el fracaso ya había empezado en sus días. La Historia de la Iglesia muestra a la Iglesia totalmente caída en doctrina y en práctica inmediatamente después de la desaparición de los apóstoles, tal como siempre sucedió con todo lo que fue encomendado al hombre. Está perfectamente bien hablar de la primitiva iglesia con aquellos que no saben nada de esto. Pero la doctrina y la práctica llegaron a ser tales que no son apropiadas para ser puestas sobre la mesa de una sala para su lectura en común, como tampoco lo que se leía en las iglesias cuarenta o cincuenta años después de la muerte del apóstol Juan. Cien años más tarde, esta corrupción era general.

 

No existe la menor duda de que la superstición y la ignorancia espiritual gobernaron la mente de los «Padres de la Iglesia». Milner, en su «Historia de la Iglesia» admite que ninguno de ellos sostuvo jamás la fundamental doctrina de la justificación por la fe. Yo iría más lejos todavía, pero con eso es suficiente. Desde tiempos muy tempranos en las iglesias se tuvo la práctica de emborracharse en honor de los santos cuyo memorial  había sido reemplazado por el que se rendía al semidiós en ese mismo lugar. En África, Agustín trató de poner fin a esta práctica, y fue casi apedreado por sus esfuerzos. Él excusó a la «iglesia primitiva» diciendo que ellos pensaban que era mejor emborracharse en honor a un santo que en honor a un demonio [2].

 


 

El significado de la ruina de la Iglesia en cuanto a su testimonio

 

(Selección de citas por J. N. Darby)

 

 

En esta sección no estamos considerando a la Iglesia tal como Cristo la edifica (Mateo 16:18) [3], sino tal como los cristianos profesantes la edifican (1.ª Corintios 3:11-18)[4]. Éstos son dos aspectos diferentes. La Escritura contempla a la Iglesia en su carácter celestial [5], pero la Escritura también considera a la Iglesia en su responsabilidad, sujeta a juicio (1.ª Corintios, Apocalipsis 2 y 3, por ejemplo).

 

Hay muchos que de inmediato objetarían la idea de «la iglesia en la tierra», alegando que no existe aquí abajo una cosa como ésa, sino que sólo existen «iglesias», procurando así evadir la verdad bíblica acerca de la ruina de la Iglesia en la tierra considerada en su responsabilidad, y nuestra parte en ese fracaso y ruina:

 

«Ellos admiten que había Iglesias, pero afirman que jamás hubo una Iglesia. Entienden que, si alguna vez admitieran esto, también se verían obligados a admitir la verdad respecto de nuestro estado actual; pero, satisfechos consigo mismos, niegan la existencia de una Iglesia de Cristo [de Dios] en la tierra, en vez de confesar su pecado» [6].

 

Vemos, pues, que esta enseñanza acerca de la ruina de la Iglesia en la tierra, considerada en su responsabilidad, es muy importante; porque requiere saber algo de lo que es la Iglesia, de lo que ella ha llegado a ser y de cuáles son nuestro lugar y nuestra responsabilidad ante Dios en vista de esa ruina. Necesitamos saber qué es lo que ha sido arruinado, qué es lo que no está en ruinas, y cómo poner en práctica el pensamiento de Dios en medio de esta situación de modo de agradarle.

 

«El corazón y la conciencia tienen que reconocer que la Iglesia debiera ser una, a fin de ser capaces de glorificar al Señor en la tierra; el hombre espiritual reconocerá esto sin tener ninguna necesidad de razonamientos. Pero uno debe dar testimonio de parte de Dios para aquellos que no lo quieren así, y también para que aquellos cuyo único deseo es la gloria de Cristo, puedan ser fortalecidos y capaces de cerrar la boca de los adversarios. No llamo adversarios a aquellos que sostienen opiniones contrarias. Hay muchos hijos de Dios que son ignorantes de la verdad sobre este tema; hay también muchos que se engañan a sí mismos y que, encandilados por la pretensión de aquellos que se oponen a la verdad, terminan desviándose inconscientemente [7]

 

Algunos objetan la palabra «ruina», pero en vano. El concepto que ese término comunica, es, de hecho, enseñado en la Escritura. Es lo mismo que la palabra «Trinidad», la cual tampoco aparece en la Escritura, pero, sin embargo, el pensamiento que transmite es enseñado en la Palabra. ¿A qué se debe esta objeción?

 

«Estas objeciones, tan a menudo repetidas, me parecen pueriles y sólo ponen de manifiesto una conciencia a la que no le gusta enfrentar el tema. La palabra «ruina» es utilizada en un sentido moral, del mismo modo que lo es en un sentido material: y es evidente que en ese sentido moral se aplica a la Iglesia. Si yo digo que un hombre «está en ruinas» o «arruinado», el hombre todavía existe; si digo que su reputación está arruinada, ello no significa que no tenga ninguna reputación, sino que su reputación es mala. Si yo digo que cierta cosa «fue la ruina de ese hombre», está claro que me refiero al efecto moral producido por tal cosa en el sujeto, y no estoy queriendo decir que el hombre ya no exista más… Ahora bien, cuando digo que la Iglesia está arruinada, o cuando hablo de la ruina de la Iglesia, lo que quiero decir, es que la Iglesia no está para nada en su condición normal; es como si dijera, por ejemplo, que la salud de un hombre «está arruinada» [8].

 

¿Cómo puede alguien negar la tan evidente ruina de la Iglesia en cuanto a su testimonio?

 

La iglesia universal de los elegidos manifestada en la tierra debía exhibir en el mundo la gloria de Cristo, por el poder del Espíritu Santo, como una ciudad situada en la cima de una montaña. Debía ser la sal de la tierra, y todo eso en su unidad, estando compuesta de todos los creyentes. Eso era lo que existía en el principio. Yo no digo que si algunas de sus partes se separan de ella, como sociedad, la Iglesia deja de existir, como el Sr. Rochat pretende hacerme decir. Lo que digo es que hombres corruptos, “los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Judas 1:4), han entrado encubiertamente en la Iglesia; que “el misterio de la iniquidad” (2.ª Tesalonicenses 2:7) ya estaba en acción al principio, y que la masa agregada, el cuerpo de la iglesia en la tierra, se halla en un estado de desorganización y corrupción. Afirmo que ella ha dejado de manifestar en la tierra aquello para lo cual Dios la ha llamado. La falta no es de Dios, sino del hombre. No; Dios no es responsable de esto, aunque, por medio de ello, se cumplen Sus consejos. Si hay falta (y en alguna parte debe estar la falta, si el bien que Dios ha hecho se ha echado a perder y ha sido corrompido) hay responsabilidad; alguien tiene que ser culpable. ¿Se podría negar que el agregado de la iglesia en la tierra está corrompido y desorganizado, y que el testimonio que Dios había establecido en la unidad de la iglesia de los creyentes está echado a perder y ha fracasado en el mundo? Si esto se niega, pregunto: ¿Dónde, pues, se halla ese testimonio? ¿Por qué Dios pone fin a la dispensación, si el testimonio que debía haber sido dado a Su gloria subsiste en toda su fuerza? Pero si, en efecto, la corrupción y la desorganización existen en la iglesia, si a duras penas subsiste el testimonio de Dios al mundo, si el nombre de Cristo es blasfemado en medio del mundo a través de los cristianos, es decir, por medio de la iglesia, el hecho de negar la responsabilidad[9] de los hombres, de los cristianos, es, sin lugar a dudas, el más evidente antinomianismo[10]

 

Dios tiene dos objetos respecto de los cristianos, que precisan estar claros en nuestra mente:

 

«Dios se ha propuesto dos grandes objetos con respecto al cristiano: uno es salvarlo; el otro, manifestar en él Su propia gloria. Estos dos objetivos serán plenamente alcanzados cuando el cristiano esté en la gloria [11]. Mientras tanto, su salvación es segura, por cuanto Dios es seguro. Pero, por otro lado, esto hace que el deber de aquellos que gozan de esta salvación, es estar en la tierra como testigos vivos de la gloria de Dios por el poder del Espíritu Santo que mora en ellos. Con la Iglesia ocurre lo mismo: ella es salva[12], pero es su deber y su privilegio manifestar aquí abajo la gloria de Aquel que la salvó, y que mora en ella por el Espíritu Santo. La responsabilidad de todos los que son salvos, halla, pues, su lugar, aquí en la tierra. El calvinista extremo sólo ve la salvación cumplida de la Iglesia; y esto es una verdad infinitamente preciosa, cuyo resultado en la gloria celestial no puede fallar nunca. Pero él no ve el establecimiento de la Iglesia aquí abajo (algo hecho por Dios mismo) como la depositaria de la gloria de Dios, y bajo la responsabilidad del hombre. El arminiano, por otra parte, concluye a partir de esta responsabilidad de los cristianos la inseguridad de su salvación, debilitando así los consejos de Dios, la eterna eficacia de la obra de Cristo, y todo el sentido y la fuerza del sello del Espíritu, quien estaría dando testimonio de un error si, después de todo, no fuésemos eternamente salvos por medio de la fe.

 

Hay una responsabilidad que resulta de la gracia, de la posición en que ésta nos ha colocado. Si Dios me ha adoptado para ser Su hijo, mi deber es andar como hijo, sin cuestionar si siempre seré hijo o no. Dios puede así asegurar el cumplimiento de su gloria en sus elegidos, y también exteriormente por intermedio de ellos; y bien puede dejar la manifestación de Su gloria a la fidelidad de ellos como hijos. Todas estas suposiciones serán llevadas a cabo —la gloria será plenamente manifestada en sus elegidos—, cuando Cristo sea glorificado en ellos. Entonces también ellos le glorificarán, al igual que los ángeles. Pero, mientras tanto, Dios ha confiado Su gloria aquí abajo a la Iglesia, como lo había hecho otrora a los judíos. Los cristianos tienen el deber de ser fieles a lo que Dios les ha encomendado, por el Espíritu que mora en ellos y que actúa con eficacia, siempre que no sea contristado. Esto, pues, concierne a toda la Iglesia, por cuanto el Espíritu Santo mora como ese “un Espíritu” (Efesios 4) en la Iglesia. Y, aunque el mal puede comenzar por la acción de tan sólo un individuo, perteneciente a una iglesia particular, se tata aquí de una cuestión de principios que corrompen toda la masa en general, como por ejemplo, un espíritu judaizante.

 

Considero importante notar aquí que todas las Epístolas que hablan de la ruina, de falsos principios que dan ocasión para juicio, no hablan de una iglesia, sino de los cristianos en general; del estado de aquello que ha venido a llamarse la Cristiandad.»

 

Ya desde tan temprano como en 1827, J. N. Darby, entendió «la caída de la Iglesia»[13]. Y en 1828, escribió:

 

«¿Podemos no creer que la Iglesia, corporativamente, se ha apartado completamente de Él?» [14].

 

Y de nuevo:

 

«En cuanto a la ruina de la Iglesia, la noción se me hizo presente tras tomar conciencia de ella, e incluso ahora este tema no es sino una pequeña cosa para mi mente: es una carga que uno lleva…» [15].

 

«Lo que yo percibí desde el principio, y que fue el punto de partida, es esto: El Espíritu Santo permanece y, por tanto, también el principio esencial de la unidad con Su presencia, porque (para lo que tratamos ahora) dondequiera que “dos o tres estén congregados en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Cuando esto es realmente lo que se busca, habrá ciertamente bendición por Su presencia. Así lo hemos hallado nosotros, con gran dulzura y gracia, quienes nos hemos reunido aquí en separación»[16].

 

La restauración de la Iglesia al estado original no es posible[17]. Mientras que los exponentes del «movimiento carismático» y los pentecostales[18] parecen pensar lo contrario, ha habido, y hay, personas que reconocen la ruina y proceden a abusarse de este hecho:

 

«¿Dicen que está todo en ruinas? Pues bien, ¿toman ellos parte en ello como lo hizo Daniel (Daniel 9), o se imaginan que no van a tener nada que ver con esa ruina, negando así su misma existencia? La ruina es nuestra ruina si estamos identificados con la gloria de Cristo en el mundo. Tenemos el poder para separar lo precioso de lo vil y, si lo hacemos, nuestra fidelidad dará como fruto la bendición; si seguimos nuestro camino en humildad, la Cabeza nunca defraudará a aquellos que confían en Él» [19].

 

«Puedo agregar que sé que se alega que la iglesia se halla actualmente en una condición de ruina tal que el orden Escriturario conforme a la unidad del Cuerpo de Cristo, no puede ser mantenido. Quienes hacen esta objeción deben, entonces, admitir honestamente que lo que buscan con esto es el orden no Escriturario, o más bien el desorden. Pero en realidad, es absolutamente imposible reunirse en tal caso para partir el pan, excepto que se haga en defensa de la palabra de Dios; pues la Escritura dice: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:17). Dondequiera que partamos el pan, profesamos así que somos un solo cuerpo; la Escritura no conoce otra cosa. Y los tales verán que la Escritura es un lazo demasiado fuerte y perfecto para que el razonamiento del hombre lo pueda quebrantar» [20].

 

Disponemos de tanta sabiduría como poder moral de Dios para poder hacer frente al estado de ruina en que nos hallamos ahora, como el que había al principio cuando Él estableció su Iglesia. Y en eso debemos apoyarnos [21].

 


 

Capítulo 3

 

La pérdida del primer amor

 

J. N. Darby

 

En cada una de las asambleas mencionadas en Apocalipsis 2 y 3 vemos el sello particular de la responsabilidad. Veamos, pues, cómo el Señor comienza Su mensaje dirigido a la iglesia de Éfeso. Él considera cada punto sobre el que pueda poner su sello de aprobación de alguna manera, antes de manifestar el lado opuesto del cuadro. “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia” (Apocalipsis 2:2). ¡Que bendición que Él sepa perfectamente todo acerca de nosotros, incluso “los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12)! “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). Ahora bien, notemos aquí otro importante principio. ¿De qué otra cosa podría el Señor ser más celoso, sino de Su amor por la Iglesia, el cual era “más fuerte que la muerte”? Es tan imposible que Él pudiese olvidar Su amor por la Iglesia, como que pueda estar satisfecho sin que ella corresponda su amor por Él. Porque, recordemos, que solamente el amor es capaz de satisfacer al amor. El mismo reproche que Él hace aquí, sólo pone de manifiesto la fuerza de Su amor por la Iglesia, el que no puede hallar descanso hasta no obtener lo mismo de parte de ella. Pues él no puede enfriarse para quedar satisfecho con una débil correspondencia de Su amor, a pesar del hecho de que la iglesia se haya enfriado en sus pensamientos acerca del amor de Cristo hacia ella. Puede haber todavía mucho fruto exterior en “obras, trabajo y paciencia”; pero, sea cual fuere el arduo trabajo y las obras, la fuente que inspira todo ese esfuerzo no está más: “Has dejado tu primer amor”. Ahí está el gran mal. No importa cuán arduamente trabajemos ni las muchas obras que hagamos, si el amor a Cristo no es el motivo de todo nuestro servicio, ello sólo será, como dice el apóstol, “como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1.ª Corintios 13:1), que muere con su propio sonido.

 

Aquí, pues, en Éfeso, tenemos el primer gran principio del fracaso y, por consecuencia, el gran juicio general que vino sobre toda la iglesia. “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras [obsérvese cómo Cristo los conduce de nuevo hasta el punto de su apartamiento], pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Apocalipsis 2:5). Él no puede permitir el hecho de que la iglesia permanezca en el mundo, lo cual hace fracasar la manifestación del gran amor con el cual él amó a la iglesia; porque si lo hiciera, no sería “el testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14). Este principio del tierno y fiel reproche, constituye la bendita prueba de que Su amor nunca se enfría, por mucho que el nuestro pueda fallar.

 

A este respecto, la manera de tratar Dios con las almas individuales, es exactamente la misma que con la iglesia. Él advierte y observa todo apartamiento de él, pero la puerta está siempre abierta para el “arrepentimiento”, y cuando el pecado es juzgado, y visto en la luz en la cual Dios lo ve, entonces no hay nada que impida una inmediata restauración. Tan pronto como la conciencia se inclina bajo el pecado, y lo confiesa, entonces logra colocarse en una posición recta; una rectitud de alma —cuando el mal ha tenido lugar— se manifiesta en la conciencia del mal, y en el poder para confesarlo; por lo tanto, la iglesia de Dios, lo mismo que una alma individual, debe procurar hallarse en este estado de rectitud delante de Dios, a fin de que Él la restaure; Job 33:23-26. No bien el pecado es juzgado en la conciencia, se revelará el infalible amor de Dios para satisfacer las necesidades. Así ocurre en los detalles cotidianos de la vida cristiana. Los juicios pueden tener lugar sobre Su pueblo, pero Su amor disciplinario es visto en todos ellos.

 

Aprendemos así la razón por la cual el Señor le reprocha a la iglesia el haber abandonado su primer amor. La revelación de Su perfecto e inmutable amor, brilla por la condenación del estado de la iglesia. Y ¿no vemos esto relucir en las relaciones naturales de la vida? Tomemos un esposo y una esposa. Una esposa puede tener cuidado de su casa y cumplir todos sus deberes sin dejar nada sin hacer que dé a su marido motivo de encontrar alguna falta; pero si el amor por él ha disminuido, ¿le satisfará acaso al marido todo el servicio de su mujer, si su amor por ella fuese el mismo que al principio? No. Pues bien, si a él no le resulta correspondido, tampoco lo será para Cristo, quien debe tener el reflejo de Su amor. Él dice: «No soy ciego frente a tus buenas cualidades, pero yo te quiero a ti.» El amor, que una vez fue la fuente de toda acción, se ha ido, y, por consecuencia, el servicio perdió su valor. Si el amor mengua, el resto no sirve de nada. Es cierto que nuestro amor no puede responder dignamente, pero sí lo puede hacer sinceramente, pues, aunque no haya el afecto que corresponda, Cristo al menos busca integridad en cuanto al objeto. Puesto que si los afectos son inestables, el corazón debe de estar dividido. Aquí radicaba el secreto de todo el fracaso de Éfeso. Se ha perdido la integridad de corazón en cuanto al objeto de los afectos; la sencillez del ojo no está más, y se ha dejado de reflejar ese amor que la iglesia tan fuertemente tenía hacia Cristo. Mas si bien Cristo dice: “Pero tengo contra ti”, no deja de señalar todo lo que es bueno. “Has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado” (v. 3). Ahora bien, puede que se diga: «¿Qué más puede querer el Señor?». Él dice que la quiere a ella. Recordemos esto en cuanto a la iglesia. Luego dice: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras” (v. 5). Para mí, éstas son palabras muy solemnes pero que nos tocan muy de cerca, porque nosotros nos hemos alejado mucho más de nuestro primer amor que Éfeso. Sin embargo, el corazón de aquel que es fiel halla cierto refugio en Cristo, pues su alma halla en el mismo reproche una prueba infalible de Su inmutable amor» [22].

 


 

Capítulo 4

 

Pruebas bíblicas de la ruina pública de la Iglesia en la tierra

 

J. N. Darby

 

Vamos ahora a demostrar, mediante pruebas directas, que esta dispensación, a su fin, estará en un estado de ruina y no de restitución. El Señor nos dice que, como en los días de Noé, y de Lot, así será “cuando el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas 17:30). Sin embargo, hubo entonces personas fieles, a quienes Dios supo cómo preservar. Pues bien, ¿no es un hecho evidente que el mundo, en el tiempo de Noé y de Lot, se hallaba en un estado caído y arruinado? Y en ese mismo estado estará cuando el Hijo del Hombre se manifieste. El estado de cosas prevaleciente entonces, era un estado de ruina, aunque había personas fieles. La podemos llamar economía, dispensación o como se quiera; la fuerza de la verdad aquí es evidente.

 

En cuanto a 2.ª Timoteo 3, no lo he citado con la idea de que pudiese mostrar por sí solo la existencia de una apostasía; sino para mostrar que la Palabra de Dios siempre nos presenta el cuadro de la ruina del estado de cosas establecido por Dios —una ruina que la presencia de unos pocos fieles no puede prevenir—, una ruina que terminará con la completa apostasía y la manifestación del anticristo, y que culminará con su destrucción. Vendrán tiempos peligrosos; esto es todo lo que el hermano que nos escribe ve; pero ¿en qué consiste la dificultad de esos tiempos? En esto: en que los hombres, cristianos por profesión, se hallan nuevamente en el estado reprobado de los gentiles, descrito en Romanos 1. Y se agrega que malos hombres y engañadores irán de mal en peor. Se dice que los hombres estarán en este estado.

¿No es ése un estado de ruina, una condición caída, cuando la descripción de la cristiandad es que los hombres serán tal como los gentiles, a quienes Dios había entregado a una mente desprovista de juicio? Compárense Romanos 1 y 2 con 2.ª Timoteo 3. En el original griego, el parecido entre ambos es todavía más sorprendente. Por lo tanto, no sólo se habla de tiempos difíciles, sino que también se muestra el carácter particular de esos tiempos. Podemos agregar que cuando los tiempos son tan difíciles que requieren advertencias extraordinarias, es evidente que debe tratarse de un estado particular —un estado que caracteriza a la dispensación, y más o menos en contraste con el de los primeros tiempos—.

 

Por eso lo que leemos en 2.ª Tesalonicenses 2 —la gran apostasía— aún no se ha consumado. Pero en cuanto a la aplicación de este pasaje al destino general de la economía, afirmo que nos enseña acerca del misterio de la iniquidad que había comenzado obrando desde el tiempo del apóstol, que debía continuar, y que debía ser quitado aquello que lo refrenaba, a fin de que el inicuo fuese revelado, a quien el Señor destruiría mediante la aparición de Su venida; y que, previo a esto, debía tener lugar la apostasía.

 

¿No es ésa la ruina de la dispensación, la manifestación de una apostasía, cuyos principios ya estaban en acción en los tiempos del apóstol, y que sólo aguardaban hasta que aquello que refrenaba fuese quitado de en medio para terminar manifestándose en el inicuo? El autor [a quien JND contesta] dice que esto no demuestra que la dispensación esté cerrada. Yo no creo que haya culminado, y no he dicho tal cosa; pero revela la ruina de la dispensación: una ruina cuyo instrumento estaba ya en acción, y que termina en apostasía y juicio. Eso es lo que he dicho.

 

En la Palabra de Dios vemos dos grandes misterios que se desarrollan durante la presente dispensación: el misterio de Cristo, y el misterio de la iniquidad. Los consejos de Dios, comprendidos en el primero, tienen su cumplimiento en el cielo. La unión del Cuerpo de Cristo con Él mismo en la gloria tendrá evidentemente su cumplimiento en lo alto. Pero, por el poder del Espíritu Santo, debe tener lugar en la tierra, durante esta dispensación, la manifestación de la unión del Cuerpo de Cristo. Pero aquí la responsabilidad del hombre interviene para su participación en esta manifestación aquí abajo, aunque al final todo será para la gloria de Dios. Por consiguiente, aunque los consejos de Dios nunca fallen, la dispensación puede encontrarse en un estado de ruina; nuestra caída, por el contrario, habrá de resultar para Su gloria, aunque él juzga rectamente.

 

En esta esfera de responsabilidad humana, Satanás, tan pronto como el hombre deja de depender absolutamente de Dios, es capaz de irrumpir en la escena. Y esto lo sabemos por la experiencia de cada día.

 

Es, pues, algo revelado que el misterio de la iniquidad habrá de tener su curso. Aquí no es cuestión de consejos, sino de un mal hecho en el tiempo. La cuestión aquí tiene que ver con el misterio de la iniquidad; la apostasía no es un misterio. No se precisa de una revelación para que nos informe que un hombre que niega a Jesucristo no es cristiano: él mismo lo dice. Pero en este caso, se trata de un mal que ha comenzado obrando en el seno de la cristiandad, en relación con el cristianismo; un misterio del cual el inicuo será la plena revelación, como la gloria de Cristo y de la Iglesia será el pleno cumplimiento del misterio de Jesucristo. Las palabras traducidas en la mayoría de las versiones por “iniquidad” e “inicuo”, son la misma en el original, salvo que una expresa la cosa, mientras que la otra indica la persona. Exactamente significa “ausencia de ley” (anomia), en el primer caso, y “el sin ley” (o anomos), en el segundo. El misterio de la iniquidad comenzó a obrar en los tiempos del apóstol: más tarde el velo sería quitado. La apostasía estaría entonces: y finalmente el inicuo vendría a su fin mediante la aparición de la venida de Cristo. Así se pondrá fin a la dispensación: esto es lo que nos revela este pasaje. Por eso, como lo vemos en otras partes, esto sucederá para introducir la gloria y el reinado de Cristo, de modo que toda la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Dios.

 

Independientemente de lo que cristianos y teólogos hayan dicho de la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13), me permito decir que ella nos enseña una cosa totalmente diferente de lo que nuestro querido amigo encuentra aquí (pág. 55). Él nos dice que «siempre que el Señor siembre o haga que se siembre la buena semilla, el enemigo también vendrá a sembrar cizaña, y eso continuará así hasta el fin». Esto no es en absoluto lo que declara la Palabra, aunque ello pueda ser cierto en sí mismo.

 

La Palabra nos da una similitud del reino de los cielos, al cual pertenece esta dispensación, y del cual forma parte. No hay otro sembrador excepto el Hijo del Hombre, y la obra que él ha realizado se ha echado a perder, no en lo que respecta al granero ―por cuanto Él sabrá cómo separar el trigo de la cizaña―, sino en lo que respecta al mundo, en donde tiene lugar la obra de esta dispensación. Vemos también que el mal —el cual logró introducirse en el principio a causa del descuido del hombre— no puede ser remediado por los hombres en su conjunto, y en este mundo. Pues ésta es una dispensación de gracia y no de juicio.

 

Los consejos en cuanto al trigo no pueden fallar —serán en el granero—. Pero la obra, con respecto a este mundo, se ha echado a perder; por cuanto ha sido encomendada a los hombres, y el descuido de éstos ha dado lugar a la obra del enemigo, para lo cual no puede traerse ningún remedio, todo el tiempo que esta dispensación subsista. No he dicho que esta parábola demostrara que el mal habría de continuar o incrementarse; lo que dije es que el Señor había pronunciado este juicio: a saber, que los siervos no podrían remediar este estado de cosas.  ¿No es esto justamente lo que dice la parábola? Nunca se dice en la Palabra que la apostasía ahogaría al trigo o a los fieles. Habrá fieles bajo el Anticristo, como lo hemos visto, aun cuando es cierto que la apostasía existirá entonces. En cuanto a mí, sólo me atrevo a decir que la Palabra ha sido predicha. Contemplo un mal —el cual se ha originado a causa del descuido del hombre— que ha echado a perder la obra del Señor en cuanto a su estado y en su conjunto en el mundo, que sólo el Salvador es capaz de remediar, y que habrá de remediar cuando ponga fin a esta dispensación, a esta edad, mediante la siega (Mateo 13:30).

 

Ruego a aquellos que desean conocer los pensamientos de Dios, que comparen con mucho cuidado lo que he dicho con los pasajes citados, y que verifiquen si todo es correcto. Nuestro hermano pasa por alto Judas porque lo que he dicho es oscuro. Trataré de hacerlo más claro. Afirmo que la Palabra de Dios nos enseña que el mal que será el objeto del juicio del Señor Jesús en su venida, entró en la Iglesia desde su mismo comienzo; que este mal ha de continuar, y que, a pesar de toda la bondad y la paciencia de Dios, Él lo habrá de traer a juicio. Cito a Judas en apoyo de esta aseveración. Él nos enseña que ciertos hombres ya se habían infiltrado en la Iglesia, quienes estaban marcados de antemano para esta sentencia (Judas 4). Aunque en ese entonces aquellas personas aún no eran tan manifiestas, Judas, por el espíritu de profecía, les asigna estas tres características: el odio natural de un corazón alejado de Dios, como el de Caín; la enseñanza del error por recompensa, como Balaam; y abierta rebelión, como la de Coré. En esta última etapa, perecen. Judas dice que de ellos profetizó Enoc cuando dijo que el Señor vendría con Sus santas miríadas para juzgar a aquellos que han hablado contra Él, etc. Sin embargo, habrá fieles; pero ya entonces, en los mismos días de Judas, el mal, que habrá de terminar en abierta rebelión y que será el objeto del juicio de Cristo en su venida, existía en la Iglesia.

 

Examinad la Epístola (que no es tan larga), y ved si no habla de un mal que ya se había infiltrado en la iglesia, y si no traería el juicio de personas que aún permanecían encubiertas, pero que, cuando estuvieren más plenamente manifestadas, serían el objeto de este juicio. ¿Qué otra impresión produciría la Epístola si no la de una advertencia a un fiel remanente contra un terrible mal que traería ese juicio; contra un mal que existía entonces en el seno de la Iglesia, el cual podía ser representado mediante el espantoso, aunque justo, cuadro de la condición de Sodoma y Gomorra, así como de los ángeles caídos? ¿No era ése un estado de ruina y de fracaso, que estaba sólo en gestación, es verdad, en aquel tiempo, pero cuyos rasgos y cuyo fin no estaban ocultos para el Espíritu profético en el apóstol? Si hubiese oscuridad en todo esto, al menos hay en esta oscuridad una terrible sombra, una sombra que Dios tuvo a bien poner allí, y que debe urgirnos a no pasarla por alto tan fácilmente, especialmente cuando un asunto tan serio como el destino de la Iglesia está en discusión.

 

Aquí tengo una importante observación que agregar. Esta epístola de Judas —que trata de una manera muy especial acerca de la ruina, lo mismo que la de Juan, que pone a los fieles en guardia contra los anticristos—, de ninguna manera se dirige a la iglesia, sino a todos los que componen la iglesia en general, a los fieles en su interés común, en su destino común. Lo mismo puede decirse de la segunda epístola de Pedro, que también habla de lo mismo, aunque tiene un carácter que se relaciona más con los cristianos de entre los judíos…

 

No deseo entrar en detalles sobre el Apocalipsis; pero pregunto: ¿qué es lo que este libro nos presenta en su parte profética, cuando Laodicea —la última de las iglesias mencionadas— ha sido vomitada de la boca del Señor (Apocalipsis 3:16), y cuando Juan es tomado al cielo (Apocalipsis 4:1)? ¿Es acaso el establecimiento de la dispensación en bendición, o se trata más bien de muy positivas profecías de miseria y de juicio? En lo que a mí respecta, encuentro que los reyes de la tierra serán reunidos por espíritus inmundos para hacer guerra contra el Cordero (Apocalipsis 16); que Babilonia la grande, corromperá la tierra entera, hasta que sea juzgada (Apocalipsis 17-18); y que los racimos de la viña de la tierra serán arrojados en el lagar de la ira de Dios, y pisados en el lagar de Su ira (Apocalipsis 14); finalmente, que los reyes de la tierra, perseverando en el mal, darán su poder a la bestia, y que, a través del juicio de Dios sobre ellos, tendrán un solo y el mismo propósito para hacerlo (Apocalipsis 17:12-13).

 

No hago una interpretación ahora, sino solamente tomo estas cosas en su conjunto. ¿No anuncian ellas, incluyendo la viña de la tierra, un estado de corrupción, de apostasía, de cortamiento finalmente, antes del comienzo de los mil años de bendición que vendrán por la presencia del Señor? No creo que la iglesia haya hecho nada bueno al dejar de lado tales advertencias solemnes; y tanto más cuanto Dios ha determinado asignar una especial bendición a aquellos que prestan oído a ellas. Si el autor del tratado no desea detenerse en esto, que no se sorprenda si alguno llama la atención de los hijos de Dios ante tales porciones de la Palabra. Que me permita recordarle que si este libro fue dirigido a las iglesias existentes entonces, la cuestión, en lo que respecta a lo que se dirigía a ellas, no era de iglesias, sino de ruina, de apostasía y de juicio. Cuando Juan asciende al cielo, es el futuro lo que se presenta. Si hubiere iglesias, que presten atención a estas cosas.

 

En 1.ª Juan 2:18 tenemos un muy notable ejemplo de la manera en que se presentan los últimos tiempos a la mente del apóstol, al espíritu de profecía que Dios le había dado. Estos tiempos habrían de ser reconocidos por la presencia del mal, del Anticristo y, además de esto, por el hecho de que, aun en los tiempos de los apóstoles, las señales estaban allí. “Vosotros oísteis que el anticristo viene” era un tema del cual debían estar informados incluso los “hijitos” en Cristo (1:12). “Así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.” Por último, el apóstol dirige la atención de los “hijitos” hacia la venida del Salvador. Uno podría seguramente admitir que la presencia del Anticristo constituye una señal de la ruina, no de los fieles, sino de la dispensación en su conjunto, y de su próximo cortamiento. ¿No es también cierto que este pasaje de Juan confirma el testimonio dado a esta verdad, de que el mal que provocaría el cortamiento se había introducido desde el mismo principio, y que continuaría hasta que Dios ejecutara su juicio, el cual destruiría al Inicuo, y que, en consecuencia, la dispensación no sería restaurada?

 

Si la paciencia de Dios ha soportado el mal por largo tiempo, ¿implica eso que el juicio será menos cierto para Aquel para quien mil años son como un día, y un día como mil años, o para la fe que se apega a su Palabra solamente?

 

Tomo ahora Romanos 11. Aquí los argumentos del autor del tratado están más bien en contra del apóstol que en contra de mí. Él dice que, para que el cortamiento de la dispensación tenga lugar, los judíos y los gentiles deben hallarse en ella. ¿Acaso nunca leyó en la Palabra acerca de las iglesias de los gentiles; de un apóstol de los gentiles; de una recepción de los gentiles como cuerpo, cuando los judíos habían sido cortados; de los gentiles sobre quienes el nombre de Dios había de ser invocado? Es cierto que, en lo que respecta al principio fundamental de la Iglesia, no había ni judíos ni gentiles, por cuanto todos eran considerados como resucitados juntamente con Cristo. Pero en cuanto a la dispensación terrenal de la Iglesia, había un apóstol de los gentiles y un apóstol de la circuncisión. Había esta distinción: “Al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16), y de esta dispensación terrenal precisamente estamos hablando [23].

 

Creo que nuestro hermano hallará que la muerte de Esteban fue la ocasión de un importante cambio a este respecto; de ése estamos hablando. Los judíos fueron entonces culpables, porque habían rechazado no sólo al Hijo del hombre, sino también el testimonio dado por el Espíritu Santo a la gloria de Jesús.

 

El apóstol habla aquí de las ramas injertadas en el buen árbol de olivo en el lugar de aquellos que habían sido arrancados. Él habla de la dispensación de las promesas de Dios. Esto ya es un importante principio. Habla de los gentiles, como aquellos que tomaron el lugar de los judíos, en lo que hace al gozo de la dispensación de las promesas (véase v. 12,13); por cuanto los judíos fueron arrancados de su árbol de olivo dispensacionalmente. Es evidente que los fieles entre ellos no fueron arrancados de Cristo: lejos de ello, ellos gozaban de la comunión con Él de una manera infinitamente superior a la que poseían antes; pero, como dispensación, las ramas judías habían sido desgajadas. Hay, pues, además de la unión de Cristo con los fieles, privilegios gozados como dispensación, que pueden perderse; pues los judíos, como dispensación, los habían perdido. El apóstol nos dice además que los gentiles habían sido puestos en el lugar de los judíos, en esta posición; no soy yo el que lo digo, sino el apóstol. Él nos dice también que los gentiles, al igual que los judíos, son responsables en esta posición, y que pueden ser cortados, como lo han sido los judíos, aunque el remanente, seguidamente a este cortamiento, gozaba de privilegios aún más elevados, tal como los fieles de la presente dispensación gozarán con el Señor en gloria durante el reinado de mil años, aunque la dispensación en la cual fueron fieles haya llegado a su fin; es decir, aunque Dios haya puesto término a la presente dispensación, en la cual Él ahora se coloca en relación con los hombres aquí abajo.

 

En diferentes dispensaciones, Dios se pone en relación con los hombres sobre la base de ciertos principios; y juzga a los hombres conforme a esos principios. Si aquellos que se hallan en esta relación exterior, son infieles a los principios de esta dispensación, aun cuando Dios pueda tener una larga paciencia, Él le pone fin a la misma, a la vez que preserva a los fieles para sí mismo. Esto es lo que Él ha hecho respecto a la dispensación judía. Pues bien, este capítulo nos informa que los gentiles han sido injertados en el lugar de los judíos. Observad que, al hacer esta afirmación, yo no discuto acerca de lo que debiera ser, sino que cito la revelación de Dios contenida en este capítulo. El Espíritu Santo habla a los gentiles, los pone bajo su propia responsabilidad y los amenaza con el mismo destino que a Israel.

 

Examinemos más de cerca este capítulo. En primer lugar, el apóstol distingue entre los consejos de Dios, y el goce de privilegios asociados a la dispensación. En cuanto a los consejos de Dios, los judíos, como nación, iban a gozar promesas, las cuales les habían sido hechas en Abraham, Isaac y Jacob, a pesar de todo lo que pudiese suceder, porque “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29). Ello, además, es lo que sucederá en otra dispensación en el mundo venidero [24]. En la presente dispensación [25], lo que se nos presenta es un solo cuerpo, reunido de entre todas las naciones, para el cielo. Pero en cuanto a la dispensación de Dios, los judíos debían ser cortados, hasta que hubiese entrado la plenitud de los gentiles. Y el hecho de haber puesto a un lado la dispensación, no fue obstáculo para que un remanente fuese perdonado y salvado: esto es lo que el apóstol pone de manifiesto al principio del capítulo[26].

 


 

 

Capítulo 5 

 

Cómo comprender las consecuencias de la ruina de la Iglesia en la tierra

 

(Carta de J. N. Darby)

 

 

La ruina no es la apostasía [27]

 

Usted me pide unas palabras sobre la apostasía. No adhiero a la palabra apostasía. Ella expresa la abierta renuncia del cristianismo más bien que el abandono de sus principios por parte de aquellos que han hecho profesión de él. Pero el asunto, en lo que toca a la realidad del mismo, es de suprema importancia para el corazón y la conciencia. En tanto el término se aplique solamente a los adeptos del catolicismo, no habría ninguna dificultad acerca de su uso; pero cuando se comprende que si ha venido esta apostasía de la cristiandad, el resultado es de alcance universal, entonces uno se ve desazonado por este uso de la palabra.

 

La abierta apostasía, entonces, todavía no ha llegado. Pero el abandono de la autoridad y de la eficacia de la Palabra, y de la fe en la presencia del Espíritu Santo, el hecho de sustituir los derechos directos del Señor sobre la conciencia por la autoridad del clero, la negación de la justificación por la fe, y el establecimiento de la eficacia de los sacramentos en lugar de la obra del Espíritu Santo: en una palabra, el pleno desarrollo del “misterio de la iniquidad”, nos muestra un abandono de la primera condición de la Iglesia y de los principios sobre los cuales ella se halla fundada, lo cual es una apostasía moral. Como dice el apóstol Juan: “Vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.” De ahí que la apostasía, en el sentido de un abandono público del cristianismo, no ha venido; pero el espíritu de la apostasía se manifiesta a sí mismo, no sólo en el desarrollo del misterio de la iniquidad, sino en el abandono del cristianismo y de la autoridad de la Palabra, y de Cristo mismo, lo que caracteriza a la mitad de la población de Europa, junto con el racionalismo —como se lo denomina― y el espíritu de rebelión que lo acompaña. Los pensamientos del hombre han tomado el lugar de la Palabra de Dios: ellos ya no quieren tener más su autoridad. La voluntad del hombre ya no quiere tener más la autoridad de Cristo. Si bien el anticristo no está allí, sí han estado allí anticristos desde hace mucho tiempo; si bien la apostasía no está allí, el espíritu de apostasía desde hace mucho se ha apoderado de la mente de los hombres.

 

El juicio de un sistema que Dios había establecido

 

Pero yo dije que era un asunto serio. Si la asamblea —pues la palabra «iglesia» conduce a conclusiones erróneas, pues nos preguntamos qué es la iglesia—; si la asamblea de Dios no ha guardado su primer estado; si ha dicho: “Mi señor tarda en venir” (Lucas 12:45), y ha comenzado a golpear a los siervos, a golpear a los criados, y a comer y beber y embriagarse ―y ella lo ha hecho por largo tiempo, por siglos―, será cortada en dos y tendrá su parte con los hipócritas. Se dice que Cristo edificó su asamblea sobre la roca, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo creo esto, gracias a Dios, con todo mi corazón. Pero no tiene nada que ver con este asunto. Aquello que Cristo edificó, ciertamente no será derribado por el enemigo. Se trata de una cuestión de lo que el hombre ha edificado y, en este caso, no se puede decir lo mismo. “Yo” ―dice Pablo― “como perito arquitecto puse el fundamento… pero cada uno mire cómo sobreedifica” (1.ª Corintios 3:10). Allí está la responsabilidad del hombre, que, de cierta forma ―y hasta cierto punto― forma parte de la edificación. El edificio sin duda es de Dios, dice el apóstol, pero es edificado bajo la responsabilidad del hombre: algo que tiene lugar en la tierra al presente. Aquí no se trata de una cuestión de salvación de los individuos, sino de la condición del sistema en el cual se encuentran esos individuos. Cuando tuvo lugar el fin del judaísmo bajo el primer pacto, almas piadosas ―creyentes― fueron transferidas a la Iglesia. Dios puso fin definitivo a la anterior dispensación. Al final de la dispensación cristiana, los fieles serán tomados al cielo, y el juicio pondrá fin al sistema en el cual ellos estuvieron previamente. Nada puede ser más simple. El viejo mundo pereció; Noé y su familia fueron salvados. El juicio de un sistema no altera la fidelidad de Dios, sino que más bien la demuestra haciendo evidente que Él guarda a los suyos aun cuando todo alrededor de ellos se hunda bajo el peso de Su juicio. Pero ¿qué puede ser más solemne que el juicio de aquello que Dios estableció en la tierra, de aquello que había sido querido para Él? Si Jesús pudo llorar por Jerusalén, qué hondo debería calar en los suyos el pensamiento del juicio venidero de aquello que tenía un valor mucho más precioso que la misma Jerusalén. Así es como Jeremías ―el instrumento de las lamentaciones del Espíritu de Dios bajo la vieja economía, mediante palabras de palpable y extraordinaria belleza― muestra su profundo dolor en vista de la ruina de aquello que pertenecía a Dios: El Señor “quitó su tienda como enramada de huerto; destruyó el lugar en donde se congregaban… Desechó el Señor su altar, menospreció su santuario” (Lamentaciones 2:6-7). Éste es el espíritu en el cual el fiel debería pensar acerca de la ruina de aquello que “invoca el nombre de Cristo”.

 

¿Juzgará Dios a la cristiandad?

 

Pero se dirá: «Sí, es cierto; cuando se trataba de una cuestión del judaísmo, eso está claro; pero es algo que no podría sucederle al cristianismo.» En primer lugar, eso mismo es precisamente lo que decían los judíos incrédulos en los días de Jeremías: “La ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta” (Jeremías 18:18). Ésta es una falsa confianza, que trajo destrucción sobre el pueblo y sobre la santa ciudad. Pero hay más que esto; precisamente sobre esta misma falsa confianza el apóstol Pablo advirtió solemnemente en el capítulo 11 de Romanos a los cristianos de entre los gentiles, trazando un paralelo entre los judíos y la cristiandad: “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado” (Romanos 11:22). Es decir, que el sistema cristiano entre los gentiles está sujeto al mismo juicio que el sistema judaico. Si los gentiles, los cuales permanecen sólo por fe, no continúan en la bondad de Dios, ellos sufrirán la misma suerte que los judíos. ¿Acaso se puede afirmar que el catolicismo romano ha “continuado en la bondad de Dios”? ¿Son los “tiempos peligrosos” el resultado de “continuar en la bondad de Dios”, o acaso lo es la “apariencia de piedad, que niega su eficacia”, de lo cual el cristiano debía apartarse (2.ª Timoteo 3)? Si el apóstol pudo decir: “todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús” (Filipenses 2:18), ¿era eso “continuar en la bondad de Dios”? Si el apóstol previó que después de su partida, el mal se introduciría inmediatamente, una vez que la mano fuerte del apóstol ya no estuviese más para mantener la puerta cerrada contra los adversarios (Hechos 20:29 etc.); si Judas precisó decir que aquellos que eran los sujetos del juicio ya se habían infiltrado en la iglesia (Judas 4); si Juan había dicho que los tales habían abandonado a los cristianos, que habían salido de ellos ―un paso más lejos del que habla Judas―, que había muchos anticristos, y que por esto debían saber que eran los últimos tiempos (1.ª Juan 2:18); si Pedro nos anuncia que “es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1.ª Pedro 4:17), ¿nos lleva todo esto a creer que los gentiles han continuado en la bondad de Dios, o más bien que el sistema cristiano establecido entre los gentiles sería terminado por el juicio, el terrible juicio de Dios? ¿Acaso no nos lleva esto a creer, en cuanto a la profesión exterior, que se trata de una cuestión de beber de la copa de Su pura ira, o de ser vomitado de Su boca como algo nauseabundo a causa de su tibieza? He aquí lo que es tan solemne para nuestras conciencias. ¿Vendremos, como sistema, bajo el juicio de Dios? Los fieles, seguramente gozarán de una porción más excelente, de una gloria celestial; pero el sistema cristiano, como sistema en la tierra, será cortado para siempre.

 

Con respecto a los pasajes citados de Mons. Bost, lo que él dice es enteramente falso. Las Escrituras hablan de la asamblea como la morada de Dios aquí abajo. Aquí estriba todo el asunto. Cuando se habla de casa, no es una cuestión de unión, sino de morada. Con respecto al cuerpo de Cristo, no puede tener miembros muertos. Podemos engañar a los hombres, pero en realidad, el que está unido a la Cabeza es un solo Espíritu. El Cuerpo es formado por el bautismo del Espíritu Santo (1.ª Corintios 12:13). Entonces, Cristo edifica una casa que no estará completada hasta que no haya sido puesta la última piedra; crece para ser un templo santo en el Señor (Efesios 2:21). Pero hemos visto que aquí abajo el edificio es encomendado a los hombres, y puede que la casa sea mal construida, lo que atraerá el juicio de Dios sobre lo que ha sido hecho. El hecho de que la Iglesia ha sido puesta como “columna y baluarte de la verdad” (1.ª Timoteo 3:15), y que ella es todavía responsable de guardar ese lugar, es algo totalmente diferente a decir que ella lo ha guardado.

 

La cristiandad ha venido a ser como “una casa grande” (2.ª Timoteo 2:20)

 

Ahora bien, la primera epístola a Timoteo nos describe el orden de la casa de Dios, y cómo el hombre debe comportarse en la casa de Dios. La pregunta principal es: ¿Se ha comportado, pues, como corresponde a esa casa? Si lo ha hecho, ¿qué se puede decir entonces del papado? La segunda epístola a Timoteo dirige la conducta de los fieles cuando la confusión ha entrado. Las auténticas cosas cristianas ya no estaban más en la condición en que se encontraban al principio de su establecimiento. Vemos que al principio “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47). Ellos eran manifiestos, y eran añadidos a la vista de todo el mundo a un cuerpo bien conocido. Ahora bien, cuando el apóstol escribe su segunda epístola a Timoteo, esta condición estaba ya cambiada. Todo lo que podía decir, era: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2.ª Timoteo 2:19): ellos podían estar ocultos de los hombres, como los siete mil  lo estuvieron de Elías. Pero, junto con esto, hay una regla a seguir por los fieles: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.” En seguida viene el pensamiento de la “casa grande”. En una casa grande esperaríamos encontrar vasos de deshonra y vasos de honra, pero de nuevo existe una regla a seguir para los fieles. Éstos tienen el deber de purificarse a sí mismos de los vasos para deshonra, y no sólo esto, sino que deben seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (v. 22). En este estado de desorden, yo no puedo conocer, como al principio, a todos aquellos que pertenecen a Dios; pero en cuanto a mi propio andar, mi deber es asociarme con aquellos que tienen un “corazón puro”. Además, en el capítulo 3, el apóstol nos enseña que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos, cuando, bajo la forma o apariencia de piedad, la eficacia de esta última será negada. No se trata de apostasía reconocida; hay una forma de piedad. Pero es una apostasía moral de verdad: la eficacia de aquella es negada. M. Bost dice que debemos permanecer dentro y que debemos estar contentos con tal condición de cosas; pero el apóstol me ordena que me debo apartar de ellos: “A éstos evita” (3:5). ¿A quién he de obedecer?

 

 ¿Podemos distinguir a los fieles en medio de la ruina?

 

Cuando M. Bost me dice que «es imposible distinguir a aquellos que son verdaderamente fieles de aquellos que hacen una profesión de fe exterior», y el apóstol dice: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”, y me manda que me purifique de los vasos para deshonra y que siga tras las gracias cristianas junto con aquellos que invocan al Señor de limpio corazón, ¿cómo puedo oír a alguien que me dice que no es posible distinguir ambos? Si él me dice que existen muchas almas, que el Señor conoce, a quienes yo no reconozco, respondo que indudablemente el Señor conoce a los que son Suyos. Pero tengo directivas para mi conducta en este estado de cosas que lo contradicen. Debo reconocer y asociarme con aquellos que invocan al Señor de puro corazón, y, en consecuencia, distinguirlos. Debo purificarme de los vasos para deshonra, y, en consecuencia, distinguirlos. Debo apartarme de aquellos que tienen la apariencia de piedad, pero que  niegan el poder de ella; por lo tanto, debo reconocer claramente a aquellos que son así.

 

Además, es un principio espantoso decir que no podemos distinguir entre los hijos de Dios y la gente del mundo ―además de no ser cierto―. Es un principio espantoso porque se dice: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Pero si yo no puedo distinguirlos, no los puedo amar, y el testimonio que Dios quisiera tener, estaría perdido. En segundo lugar, el principio no es cierto en la práctica, pues nosotros gozamos amor fraternal, y todo fiel cristiano hace una diferencia entre un hijo de Dios y otro que no lo es. Hay algunos que no los podemos distinguir, pero que Dios los conoce: esto no lo negamos. Pero a este respecto, los pasajes que he citado de 2.ª Timoteo nos han de guiar. ¿Qué sería de los afectos familiares si un padre les fuese a decir a sus hijos: «No podéis decir quiénes son vuestros hermanos, y quiénes no lo son; debéis asociaros con todos, sin discriminación de ninguna clase»?

 

La Iglesia no es lo que era al principio

 

Yo no miro los diccionarios para que nos digan lo que tenemos que hacer, sino en el corazón y en la conciencia de aquellos que aman al Señor, tomando la Palabra de Dios para poder ver cuál era el estado de la Iglesia al principio, y cuál es ahora; y qué es lo que nos dice esa Palabra para informarnos acerca de lo que será esa iglesia en los últimos tiempos. La Palabra es tan clara como el agua acerca de la declinación de la Iglesia, y el carácter de los últimos tiempos, así como en lo que respecta a la supresión del sistema cristiano. La Palabra es más que clara en lo que concierne a la unidad que debe subsistir como testimonio dado al mundo, “para que éste crea” (Juan 17). Si el apóstol dirigiese una carta a la iglesia de Dios que está en Turín, ¿quiénes conseguirían la carta en la oficina del correo excepto los integrantes del sistema católico? La iglesia, tal como era al principio, ya no existe más. Llámela como Ud. quiera, con tal que el corazón sienta que tiene a pecho la gloria del Señor pisoteada por los hombres. Si el estado actual de la Iglesia no es la gran bestia de la que se habla, la indiferencia de conciencia que puede decir una cosa así, y la cavilación con respecto al uso de la Palabra, es la prueba más evidente de esa tibieza que al final provocará que Cristo vomite a la iglesia de Su boca.

 

La ruina de la Iglesia guarda armonía con la historia del fracaso del hombre [28]

 

Este fracaso de la Iglesia no hace más que estar en armonía con la historia del hombre desde el principio. Tan pronto como el hombre fue abandonado a su propio albur, cayó, y, infiel en sus caminos, cayó de su primer estado al cual nunca más retornó. Dios no lo restaura, sino que da salvación mediante la redención, e introduce al hombre en una condición infinitamente más gloriosa en el Segundo Hombre, Cristo Jesús. Cuando Noé fue salvado durante la destrucción del mundo entero, lo primero que leemos después del sacrificio que ofreció es que se emborracha. Cuando la ley fue dada, antes que Moisés descendiese del monte, Israel había hecho el becerro de oro. El primer día después de la consagración de Aarón, sus hijos ofrecieron fuego extraño, y se le prohibió a Aarón la entrada al Lugar Santísimo excepto en el día de la expiación: él nunca llevó su vestimenta de gloria y hermosura allí. El principal hijo de David, Salomón, tipo del Señor, cayó en la idolatría, y el reino inmediatamente cayó. La paciencia de Dios fue pacientemente desplegada en todos estos casos, pero el sistema que Dios había establecido fue puesto a un lado como sistema relacionado con Él; menos obviamente en el caso de Noé, por cuanto no existía una relación formal de la misma manera. Pero la confusión de Babel puso fin al orden del mundo, y la tiranía y las guerras entraron. Pero con respecto al hombre ―Israel, el sacerdocio, el reino―, independientemente de cuál haya podido ser la paciencia de Dios, el hombre cayó en seguida, y el sistema nunca fue restaurado a su posición original. No ha de sorprendernos si esto se repite en la historia de la iglesia, en tanto la consideremos como puesta bajo la responsabilidad del hombre. Se ha dicho: “Mi señor tarda en venir” (Lucas 12:45), y ha comenzado a golpear a los criados y a las criadas y a unirse al mundo. Será cortada.

 

Confusión de privilegio y responsabilidad

 

El gran principio del catolicismo romano, y de otros sistemas más o menos similares a él, lo que los hace esencialmente falsos, es que ellos atribuyen a la cristiandad ―la iglesia organizada por medio de ordenanzas― la estabilidad y los infalibles privilegios que pertenecen sólo a aquello que Cristo ha edificado, a aquello que es la obra del Espíritu Santo. Todo tipo de falsas doctrinas son el resultado de este error; uno es nacido de Dios, miembro del cuerpo de Cristo ―luego uno perece: uno es perdonado― y se pierde. Ésta es la conclusión a la que llega el artículo en la Vedetta Cristiana, lo que supone el pasaje citado por M. Bost. Olvida una de las dos principales características de la iglesia según la Palabra, precisamente aquel en el que la responsabilidad del hombre entra en juego, a saber, el hecho de ser la morada de Dios en la tierra. Él nos muestra el título que nos confiere Efesios 1, pero pasa por alto el de Efesios 2; luego nos muestra la condición en que la iglesia está ahora, no seguramente compuesta por verdaderos miembros de Cristo, sin dar razones de ello, y sin dar ninguna información acerca del asunto que podría hacernos capaces de conocer si es bueno o es malo: de dónde proviene, dónde terminará, o cómo la Palabra juzga respecto de este estado de cosas. Las expresiones que emplea, son equivalentes a las que usaron los judíos incrédulos en tiempos de Jeremías: “Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones” (Jeremías 7:10).

 

La Iglesia está corrompida

 

Nadie puede afirmar que el estado de la iglesia de la cristiandad es de alguna manera o en cierto sentido el mismo que hallamos en la Palabra. Al principio no había catolicismo romano, no había ninguna iglesia nacional, ninguna denominación. Estaba la Iglesia de Dios, y nada más; la cual, se dirá, se corrompió muy rápidamente. Esto tuvo lugar porque hubo una iglesia que corromper, una asamblea en la cual algunos hombres fueron capaces de infiltrarse. ¿Fue esta corrupción algo bueno, o algo que no atrajera juicio? ¿Acaso no ha avanzado terriblemente desde entonces? ¿Ha sido la iglesia de Dios restablecida en la tierra? ¿Acaso no debiera yo llevar luto por ella? ¿No debería escudriñar las Escrituras para ver cuál será su final, y prestar atención a ello? Hemos citado esta Palabra, ¡que cada uno juzgue delante de Dios lo que ella dice! Si estamos en tiempos penosos, ¿no nos ha dado la Palabra principios por los cuales podemos trazar la senda a través de la cual debemos andar? Si alguno tiene la convicción de que estamos en esos tristes tiempos de que habla 2.ª Timoteo 2 y 3, y quiere estar ante Dios, quien nos ha dado esos principios, en plena confianza en Cristo, el resultado en cuanto a su convicción no será dudoso. ¡Que sepamos cómo andar con Dios! Recordemos que en todas las posiciones en que el primer Adán falló, el hombre fue gloriosamente restaurado en el Segundo. Pero éste es un tema muy interesante, pero sobre el cual no puedo entrar en detalles en esta ocasión [29].

 

Véase el artículo «La Iglesia como era al principio y su estado actual» (Collected Writings 14:77-90).

 

Los que entienden la ruina son un pueblo de llanto y lamento

 

Caballero, no tengo esperanza de despertar la conciencia de la miseria universal de la Iglesia en los corazones de aquellos que participan de sus opiniones, ni de verlos afligidos con la aflicción del pueblo de Dios. Si bien Dios es capaz de obrar todo en las personas individuales, él emplea dos medios en su Palabra para conducirnos a juzgar rectamente respecto de la condición de Su pueblo: la comparación de esta condición con aquella en que Él los había puesto al principio (Isaías 5), y luego la cuestión de cuán lejos se halla este pueblo de estar en condiciones de presentarse delante de Dios en el tiempo de la manifestación de Su gloria (Isaías 6). La gente pone manos a la obra a fin de hacer iglesias y de establecer ancianos, simplemente porque no les perturba ni una cosa ni la otra. Llorar sobre Jerusalén, por más cierta que sea la seguridad de los elegidos, era la porción del corazón de Cristo. Aquellos que están a sus anchas en Sion, para usar una expresión del Antiguo Testamento, siempre despreciarán el dolor de quienes sienten lo lejos que la santa ciudad se ha apartado de su Dios. Tras la primera manifestación del poder de Dios en el establecimiento de Su pueblo, en varias épocas, aquellos que fueron guiados por el Espíritu de Dios, fueron siempre un pueblo de llanto y lamento: no por desconfianza en la fidelidad de Dios, sino agobiado por el sentimiento que es producido por la conciencia de la poca respuesta de parte de los fieles al poder y a la gracia de Dios. Conmovidos por la belleza de Su pueblo, visto (como Balaam los veía) con los ojos de Dios, ellos marchaban apesadumbrados a la vista de su condición práctica. Un profeta gozoso —excepto en la esperanza de la venida del Señor, o en el Señor mismo—, no se encuentra en la Palabra. Ya no me detengo más, pues, en este punto; dejo a Dios, que es siempre bueno, que obre en los corazones, conforme a su soberana gracia, para que los conduzca a que vean la Iglesia y su presente condición tal como él la ve, y que haga que ellos sientan lo mismo respecto a estas cosas, tal como su Espíritu hace que uno sienta [30].

 


 

APÉNDICE I

 

 Ruina y formas

 

William Kelly

 

Cuando una dispensación es desviada de su propio carácter debido a que el pueblo de Dios es infiel a sus responsabilidades, ya no se trata más de una cuestión para con ellos de mantener sus formas exteriores en su integridad original, por cuanto ellas son invalidadas en la práctica por este apartamiento de la verdad. Con el fiel, es una cuestión de echar mano no de algo nuevo, sino de todo lo que guarda armonía con la confesión del estado de ruina.

 

Siempre debemos estar en la verdad de un estado de cosas, como delante de Dios. Por ejemplo, si soy un pecador, no puedo ser bendecido a menos que tome el lugar de un pecador; y, del mismo modo, si la dispensación exterior está en ruinas, no podré ser plenamente bendecido a menos que reconozca y sienta la ruina. Si yo pienso que todo es próspero, cuando Dios se está preparando para ejecutar juicio, es claro que estoy fuera de comunión con él, tal vez no con respecto a mi propia alma, sino con respecto al estado general de cosas.

 

La diferencia moral que está en juego, es que cuando las cosas están todas bien y el camino allanado al principio de una dispensación, el deber de un hombre es echar mano fielmente de todas las cosas cuando todas las cosas son buenas; pero cuando las cosas se hallan corrompidas, su deber es separarse de lo que es corrupto y continuar solamente con aquello que lleva el sello del Espíritu de Dios sobre sí. Ésa es la diferencia. Usted hallará que en todas las dispensaciones, las formas exteriores caen siempre en manos de engañadores, porque una forma exterior es fácilmente copiada y fácilmente mantenida. Por eso los sacerdotes y los falsos profetas eran las personas que en Judá y en Jerusalén guardaban tenazmente el nombre de un ardiente celo por la ley y, sobre esta base, exigían la obediencia del pueblo.

 

Éstas son las personas contra quienes Jeremías y los profetas advierten a los fieles. Así pues, de la misma manera, no cabe la menor duda de que suponiendo que la cristiandad hubiese de continuar ininterrumpidamente como sistema religioso, las personas que tiene las mayores pretensiones son los papistas, y, por ende, si la cristiandad fuese indefectible, todos deberíamos ser papistas. Pero es claro que la conciencia y la espiritualidad de cada creyente sienten repugnancia contra tan espantoso pensamiento. Todos sentimos que es imposible que el Dios de verdad y gracia nos haya de obligar a adorar a la Virgen María, o a los santos y a los ángeles o cosas así.

 

Sentimos que los papistas son idólatras, y tenemos toda la razón. Ellos son idólatras, y son peores que los paganos idólatras, pues si es malo adorar a Júpiter o a Saturno, pero aún es adorar a la Virgen María. Yo no podría tener conocimiento de la Virgen María a menos que sepa que ella es la madre del Señor, y el conocimiento de la Virgen María supone el conocimiento de María. Por consiguiente, tengo el conocimiento que debiera guardarme contra la adoración de la Virgen. El solo hecho de saber que la Virgen María fue la madre de Cristo, debería preservarme de la Mariolatría. Por consiguiente, pienso que, de todas las idolatrías que hayan existido debajo del sol, la idolatría de la Iglesia Católica es la más vil.

 

Puede preguntarse si es que la ruina de la iglesia es algo que se conoce y se considera universalmente. No lo es, porque la gran mayoría de los hijos de Dios nunca han enfrentado como corresponde este asunto. Cuando ellos oyen hablar de la ruina de la iglesia o de la cristiandad, piensan que ello significa que Dios, de una u otra manera, no ha sido fiel a Sus promesas, mientras que no se trata en absoluto de una cuestión de fidelidad a promesas. Fidelidad a promesas tiene que ver con fe, no con formas. Pero, lejos de menospreciar las formas, la razón por la cual yo nunca podría someterme al tipo de cosas que es común en la cristiandad actual, es que yo no quiero abandonar las formas de la Palabra de Dios.

 

Por ejemplo, tomemos una congregación que elige a un ministro. Bien, yo nunca podría ser denominacionalista por tal motivo, por cuanto ése es el plan que se sigue de manera invariable. Yo sé que hay muchos denominacionalistas que piensan lo mismo; Isaac Taylor, quien escribió The Natural History of Enthusiasm  y otros libros, fue uno de ellos.  Él era un diácono congregacional, y escribió un libro sobre este tema.

 

El sistema entero está fuera de curso. Es erróneo en principio. El falso principio es que «el que da elige». Yo doy dinero y me permito elegir a una persona para que lo distribuya; pero yo no doy el Espíritu Santo a la Iglesia y, por lo tanto, no debo elegir el ministro. Si Dios provee dones sin preguntarme a mí, y yo los elijo entre mis hermanos y hermanas espirituales, entonces yo no estoy actuando de manera apropiada y conveniente como cristiano.

 

Reconozco a toda persona espiritual como hermano y hermana, y deseo gracia para conducirme yo mismo como tal. Esto es perfectamente claro, pero, naturalmente, así como la relación de hermanos y hermanas espirituales es algo que está totalmente establecido por la gracia y por la voluntad de Dios, así también, con más razón lo está la designación de personas para gobernar o enseñar o predicar. No somos competentes para elegir. Nadie lo es. Nunca hubo una pretensión tal siquiera de parte de los apóstoles para hacerlo. Los apóstoles designaron ancianos (Hechos 14:23), pero es un error suponer que los ancianos es lo mismo que los dones en la iglesia. Hubo muchos ancianos que no eran dones. No podemos tener un anciano hoy en el sentido del Nuevo Testamento, pues un anciano es una designación directa del Señor.

 

Menciono esto para mostrar que por mi parte soy un decidido y acérrimo adherente de las formas apostólicas, por lo que no puedo sostener en absoluto que alguien establezca nuevas formas conforme a su propia voluntad. Una de las razones que me hace sentir el presente estado de ruina de la cristiandad es que no sólo hay incredulidad allí en la autoridad de la Palabra de Dios, sino que también hay un ejercicio ilegítimo y una presunción de autoridad sin que se cuente con la aprobación del Señor para ello.

 

El ejercicio de la voluntad del hombre en tales asuntos tiene la influencia moral más profunda posible sobre la profesión cristiana. Si no se tiene la autoridad del Señor, entonces se tiene la voluntad del hombre. Yo considero que la voluntad del hombre en las cosas de Dios, no es otra cosa que pecado. Toda la ocupación de la iglesia y del cristiano se concentra en hacer la voluntad de Dios en la tierra. De hecho, no hay ninguna razón de que estemos en la tierra, excepto simplemente para ser siervos de Dios, y por eso somos llamados para hacer Su voluntad en toda nuestra vida desde el momento que somos redimidos por la sangre de Cristo. Dios no nos permite, pues, hacer ni una sola cosa conforme a nuestras propias opiniones. Estoy persuadido de que en sí mismo el hombre es incapaz de actuar correctamente, y que necesitamos ser guiados por la Palabra de Dios y por el poder del Espíritu de Dios continuamente.

 

Ahora bien, cuando se concede lugar a la voluntad humana, el resultado puede ser cualquier cosa mala. Una vez que se introduce el principio de la voluntad del hombre aunque sea en una simple cosa —tómese, por ejemplo, la elección de un ministro por parte de una congregación—, entonces, siguiendo con la aplicación de ese mismo principio, uno puede votar un cardenal o también un papa. Todo descansa sobre el mismo principio falso.

 

Hay, sin embargo, amplia autoridad para el día presente. Tenemos la norma, la única norma: la Palabra de Dios. Doy por seguro que Dios previó el fin desde el principio, y también todas las necesidades del cristiano y de la iglesia en la tierra, y que Él proveyó en su Palabra no sólo para las necesidades de entonces, sino para todas las necesidades que pudiesen surgir hasta que el Señor venga para recibirnos en gloria. Así pues, teniendo confianza en la Palabra de Dios, nuestra primera ocupación es descubrir cuál es realmente la voluntad de Dios. Primero descubro cuál era Su voluntad cuando las cosas estaban en orden, y luego encuentro la dirección que Él da cuando las cosas están mal. Aprendo cuál es el correcto estado de cosas en lo que llamo el mal estado de la iglesia.

 

Sé que algunos creen que Dios ha dejado el modo en que la iglesia ha de ser gobernada como una cuestión abierta, y que ellos son libres para cambiar los procedimientos de acuerdo con el lugar o con las circunstancias. Niego esta política como primer principio, y afirmo que es falso, y no sólo falso, sino que resulta en las más serias consecuencias, por cuanto el resultado de él es que yo no soy divinamente guiado, sino que soy guiado humanamente.

 

Sostengo plenamente que el ministerio es una institución divina, y no creo que el estado ruinoso de la iglesia lo altere en el más mínimo grado. Hay personas sobre nosotros en el Señor, pero tan pronto como se toca la fuente del ministerio, separamos el ministerio de los principios la Palabra de Dios. Ahora bien, yo creo que tanto la iglesia como el ministerio son instituciones divinas, pero para preservar su carácter divino, ellos deben ser regulados por la Palabra de Dios y no por las nuevas invenciones del hombre y por sus cambiantes ideas.

 

Contiendo ardientemente por la máxima antigüedad. Ireneo y Justino Mártir están demasiado lejos para mí, es decir, son demasiado modernos. Para mí, todo es moderno excepto los apóstoles. En una palabra, sostengo que la auténtica antigüedad consiste en lo que está divinamente revelado. Lejos de pensar que la iglesia de Dios es una cosa conforme a los hombres o algo que ha de cambiarse con las nuevas modas, adhiero tenazmente a la verdadera, remota y única antigüedad de Dios. Y creo que eso es lo que todos debiéramos hacer, pero es un asunto que cada uno ha de aprender directamente de Dios. No forzaría a ningún hermano en este punto. El término «la ruina de la cristiandad» resulta irritante y molesto para muchos oídos. Tal vez el Señor sea quien quiera que suene duro. Buena cosa es sofrenar a las personas cuando están en el error (*).

 

(*) William Kelly, Jeremiah: The Tender-Hearted Prophet of the Nations, Hammond, Londres, pág. 26-31 (1938).

 


 

APÉNDICE II

 

Privilegios cristianos sin tener la vida de Cristo

 

J. N. Darby

 

La Iglesia considerada en su responsabilidad y testimonio sobre la tierra ha acumulado un gran número de meros profesantes, esto es, de aquellos que profesan seguir a Cristo, y se declaran cristianos, pero que no han nacido de nuevo. Sin embargo, aun cuando estos profesantes no están en unión vital con Cristo, su bautismo y su profesión de fe (dos cosas hechas en forma exterior), los introduce dentro de una esfera de responsabilidad en lo que toca a los privilegios del cristianismo (Romanos 11). J. N. Darby escribió respecto de esto:

 

«Sostengo claramente que existen privilegios fuera de la unión vital con Cristo, privilegios por los cuales los gentiles serán responsables, como lo fueron los judíos por los suyos. Véase 1.ª Corintios 10. Aquellos que hayan gozado de estos privilegios, serán golpeados con más azotes que si no se hubieran beneficiado de ellos. En tanto que aquellos que no poseyeron tales privilegios serán golpeados con pocos azotes (Lucas 12:45-48). Era un privilegio ser siervo en la casa, haber recibido un talento; pero tales personas, o clases de personas, no estaban unidas vitalmente con Cristo. La semilla sembrada en el terreno con piedras (Mateo 13) era un privilegio; pero no tiene raíz, no tiene una unión vital.

 

La Palabra de Dios dice tres cosas en cuanto a la presente dispensación. En primer lugar, por la existencia y por los principios de esta dispensación, el mundo es puesto en una nueva relación con Dios. Los gentiles ya no son más considerados como “perros” en contraste con “los hijos”. Es el tiempo de salvación para los judíos primeramente, y también para el griego. La salvación es dada a los gentiles. La caída de los judíos ha sido la reconciliación del mundo. Si la Iglesia no ha sido fiel en el uso de esta gracia para el provecho del pobre mundo, tanto peor para la iglesia.

 

En segundo lugar, aquellos que son llamados, pero no escogidos (Mateo 20:16), son todos bautizados, son puestos en directa relación con el Señor, y son responsables en general (digo en general por cuanto las circunstancias varían) por los privilegios del cristianismo (compárese Romanos 11). Si aquellos que realmente gozan de estos privilegios le han dado libertad a Satanás para corromper; o, si otros han podido entrar a causa de la corrupción que ya se había introducido, tanto peor (lo digo de vuelta) para ellos y para la masa agregada: tal es la cristiandad.

 

En tercer lugar, está el Cuerpo de Cristo, aquellos que están unidos a Él, que participan de Su vida y que serán salvos a pesar de todos los obstáculos que puedan enfrentar a lo largo de su viaje por la tierra.»[31]

 

 

 

 


NOTAS

 

[1]  Collected Writings of J. N. Darby 4:31-33

[2]  Collected Writings  32:187, 188 [No existe ningún restablecimiento de la Iglesia a su condición

original (Collected Writings  of J. N. Darby  4:184-191, 195-198, 220)].

[3]   Letters of J. N. Darby 2:95 trata con la objeción de que puesto que Cristo edifica, la iglesia no

puede estar en ruinas.

[4]   Véase Collected Writings of J. N. Darby 1:181 para detalles sobre esta distinción.

[5]   Desde el instante que la iglesia pierde de vista su llamamiento celestial, humanamente hablando, lo

pierde todo (Collected Writings of J. N. Darby 2:378). Y la ruina de la iglesia ha entrado por decir en la práctica: “Mi señor tarda en venir” (Lucas 12:45) (Collected Writings  of J. N. Darby  25:205).

[6]   Collected Writings  of J. N. Darby 3:272

[7]   Collected Writings  of J. N. Darby 3:272

[8]   Collected Writings  of J. N. Darby 3:272, 273

[9]   Véase Collected Writings  of J. N. Darby 14:88,89

[10] Collected Writings  of J. N. Darby 1:251, 252

[11] La mayor parte de la dificultad que generalmente se presenta a la mente de los fieles sobre este tema,

radica en el hecho de que ellos confunden los propósitos de Dios respecto a la dispensación con Sus consejos respecto a los fieles que se encuentran en ella. Estos consejos nunca pueden fracasar en sus resultados, pero la dispensación misma puede desaparecer y llegar a su fin (por más que haya sido para la gloria de Dios, en el hecho de que ha desplegado Sus caminos), porque la infidelidad del hombre la ha vuelto inadecuada para ser el medio de seguir manifestando esta gloria. Dios entonces, quien sabe de antemano todo lo que se ha propuesto cumplir, la sustituye por otra dispensación en la que el hombre es puesto bajo otro tipo de prueba, y así todos los caminos de Dios son manifestados, y su multiforme sabiduría brilla en su verdadero resplandor aun en los lugares celestiales (Collected Writings of J. N. Darby 1:169).

[12] N. del T.― Es más exacto decir, cuando los individuos son salvos, porque la iglesia es considerada

como una nueva creación. Pero el principio general de la declaración ha permanecido aquí.

[13] Véase la obra Precious Truths Revived and Defended Through J. N. Darby, PTP, pág. 18, Vol. I

(1991).

[14] Collected Writings  of J. N. Darby 1:29

[15] Letters of J. N. Darby 1:42

[16] Collected Writings  of J. N. Darby 20:189; Letters of J. N. Darby 1:94

[17] Véase Collected Writings  of J. N. Darby 1:144, 145.

[18] Véase la obra The Word of God Versus the Charismatic Renewal R.A.Huebner

[19] Letters of J. N. Darby 2:388.

[20] Letters of J. N. Darby 1:425

[21] Notes and Jottings, pág. 81

[22] Collected Writings 5:281-283

[23] N. del T.— El pasaje no se refiere al misterio de la iglesia en absoluto, sino al árbol de la promesa

comenzando con Abraham.

[24] La expresión “mundo venidero” no se aplica al cielo [el mundo venidero es la edad venidera, es

decir, el Milenio].

[25] N. del T.— En rigor, ésta no es una dispensación en absoluto, sino un llamamiento celestial,

introducido, al final del judío, antes del mundo o edad venidera, en el cual las promesas hechas a ellos serán cumplidas.

[26] Collected Writings 1:173-181

[27] [Véase Collected Writings 1:254-256 por mayores detalles acerca del tema del fracaso y del

cortamiento].

[28] [Entre otras referencias, véase también Collected Writings 11:279, 280 y 14:87].

[29] Letters of J. N. Darby 2:94-101

[30] Collected Writings 4:345

[31] Collected Writings 1:293,294 (1843)

 


N. del T. — Las citas han sido recopiladas por R. A. Huebner en la obra The Ruin of the Church, Eldership, and Ministry of the Word by Gift: Three related subjects bearing on the present state of the church and especially on those who profess to acknowledge that state, pág. 1-30.

 


 

Otros escritos de Darby sobre el tema de la ruina de la Iglesia:

 

What the Christian Has Amid the Ruin of the Church (Collected Writings 14:272-300)

Acerca de la condición caída de la actual dispensación (Sobre la formación de las iglesias; Collected Writings 1:169-186)

On the Ruin of The Church (A Glance at Various Ecclesiastical Principles; Collected Writings 4:10-14)

What is the Church and in What Sense is it Now in Ruin?

 

Literatura afín:

 

El recurso de los fieles en las ruinas de la cristiandad  W. Kelly

 

 

«¡Cuántos elementos solemnes se encuentran reunidos en el tema que tenemos ahora ante nosotros! Es solemne contemplar la cristiandad y ver sus ruinas, ahora demasiado palpables para poder negarlas. Es solemne, por otra parte, pensar en la fiel bondad de Dios, quien sabía de esta ruina de antemano, y que la predijo en la inerrante palabra de Su gracia; quien nos ha mostrado que, aun cuando percibió el mal que estaba a punto de cubrir la escena de la profesión del nombre de Cristo sobre la tierra, Su amante sabiduría trazó una senda segura: senda que ni ojo de buitre la vio, pero que sin embargo hace que Su pueblo la discierna, y por la que Su pueblo puede tener la feliz certeza de poder agradar a Dios» W. Kelly

 

EL REMANENTE, C. H. Mackintosh

 

«La Reforma fue el resultado de una obra bendita operada por el Espíritu de Dios; pero el Protestantismo, en todas sus ramas y denominaciones, es lo que el hombre ha hecho de la Reforma. En el Protestantismo, la organización humana ha desplazado a la obra viva del Espíritu, y la forma de la piedad ha desplazado al poder de la fe individual. Ninguna denominación, como quiera que se llame, puede ser considerada como la Iglesia de Dios o como el remanente cristiano. Es de suprema importancia moral ver esto. La iglesia profesante ha fracasado por completo; su unidad corporativa y visible se ha desintegrado de forma irremediable, tal como lo vemos en la historia de Israel. Pero el remanente cristiano está integrado por todos aquellos que sienten y reconocen de todo corazón la ruina, que son gobernados por la Palabra de Dios y conducidos por el Espíritu en separación del mal para esperar a su Señor.» C.H.M.

 

 


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