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LA
NATURALEZA Y LA UNIDAD DE LA
IGLESIA DE CRISTO J. N.
Darby |
Juan 17:21 - Lucas 12:36
Al escribir estas
páginas (de las que espero no ser el autor), tengo el deseo de agregar todo lo
que Dios me haya dado para contribuir al progreso de la Iglesia a través de los
diversos ejercicios que ponen a prueba su fe. No puedo dudar de que gran parte
de la verdad moral de la que dependen las siguientes consideraciones, ha sido
comprendida por muchos creyentes, por aquellos que estudian con devoción la
Palabra de Dios. Pero he sentido —en la poca comunión, aunque mucho trato, que
los tales tienen entre sí— que el hecho de expresar, con la bendición de Dios,
estos pensamientos, puede dirigir la atención de los creyentes hacia el verdadero
objeto de la Iglesia, y poner de manifiesto más explícitamente a la Iglesia por
medio de la Palabra divina; y que, en consecuencia, al recibir dichos
pensamientos, también será posible definir su carácter y conducta, asegurando,
bajo la bendición de Dios, una mayor conformidad de operación. También se podrá
así establecer, fortalecer y afirmar a la Iglesia en la esperanza que le es
propia, y hacer que ella exhiba con más claridad y poder la gracia de Dios al
mundo; conducir a los creyentes a una más positiva confianza en las operaciones
del Espíritu Santo, y esperar menos en las ideas de los hombres y en las
cooperaciones humanas, o en lo que se verá al final que no son más que puros
intereses humanos.
Si bien los
objetivos y los propósitos de los creyentes son de naturaleza muy diversa, y
están muy lejos del designio para el cual Dios los ha congregado —el cual Él
mismo propone como el objeto dominante de su fe y, por consiguiente, el motivo
de su conducta—, el resultado inevitable, aun en presencia de la misericordiosa
providencia de Dios, es la división y el sectarismo, ya bajo la forma de
iglesia nacional o disidente[1].
Doy por sentado aquí que las grandes verdades del
Evangelio constituyen la fe que profesan las iglesias, como es el caso en todas
las iglesias Protestantes genuinas. Pues la justa consecuencia de recibir las
verdades evangélicas por la fe, y su efecto en el hombre, es la purificación de
los deseos en amor —una vida para Aquel que murió por nosotros y que resucitó,
una vida de esperanza en Su gloria—. Pretender, pues, la unidad allí donde la
vida de la Iglesia carece enteramente de las justas consecuencias de su fe, es
pretender que el Espíritu de Dios dé su consentimiento a la inconsistencia
moral del hombre no regenerado, y que Dios esté satisfecho de que Su Iglesia se
deje caer de la altura de la gloria de su sublime Cabeza, sin siquiera
testificar contra la deshonra que ello le causa.
En realidad, nunca ha sido así: una cantidad de juicios
desde afuera señalaron por bastante tiempo el desagrado divino mientras la
Iglesia se iba hundiendo. Y cuando quedó completamente sumida en la apostasía,
él levantó a Sus testigos, a aquellos que gemirían y clamarían por las
abominaciones que se cometieron en ella. Estos testigos —en medio de una
profunda oscuridad en cuanto a entendimiento espiritual— testificaron contra la
corrupción moral que imperaba en la Iglesia; y, conscientes de que el Señor
Jesús los había redimido del presente siglo malo, dieron testimonio de la
apostasía de la Iglesia profesante.
Cuando plugo a Dios elevar este testimonio a una posición
pública —a la vez que la verdad doctrinal (podemos creer) fue plenamente
desarrollada para el establecimiento y la edificación de la fe de los
creyentes—, de ninguna manera resultó que la Iglesia, como consecuencia, salió,
en espíritu y con poder, de la depresión para asumir el carácter que le había
sido originalmente conferido según el propósito de su Autor y ser así un
testigo claro y adecuado de Sus pensamientos al mundo. En realidad, eso no es
lo que ocurrió, por más bendecida que haya sido la Reforma, como todos lo
tenemos que reconocer con profunda gratitud. Pues la Reforma estuvo en gran
manera y manifiestamente mezclada con la intervención humana. Y aunque la
presentación de la Palabra, como aquello en lo que el alma podía apoyarse, fue
algo concedido por gracia, sin embargo una gran parte del antiguo sistema
todavía era mantenido para la constitución de las iglesias, lo cual de ninguna
manera era el resultado de la revelación del pensamiento de Cristo, conforme a
la autoridad de la Palabra y a la luz que ella arrojaba. Esto
—independientemente de la excelencia de los individuos— confería un carácter al
estado y a la práctica de la Iglesia que muchos discernieron como falto de
aquello que es aceptable a Dios. Pero como la autoridad de la Palabra
había sido reconocida como la base de la Reforma, muchos procuraron seguirla,
según creían, de la manera más perfecta posible. De allí surgieron todas las
ramas de Disidencia[1], en proporción a la mundanalidad o al alejamiento de Dios
de parte del cuerpo reconocido públicamente como la Iglesia. Porque debe
tenerse en cuenta que, entre aquellos que tuvieron parte en el reavivamiento
religioso desde el tiempo cuando el Papismo predominó sobre las naciones hasta
tiempos recientes, por lo general se llamó la Iglesia a aquello que ha
sido reconocido como tal por los gobernantes de este mundo, y no por personas
que habían sido libradas del poder de las tinieblas, y trasladadas al reino del
amado Hijo de Dios (Colosenses 1:13); personas que habían llegado a la
"congregación (iglesia) de los primogénitos que están inscriptos en los
cielos" (Hebreos 12:23).
Estas observaciones son en alguna medida aplicables a
todos los grandes cuerpos Protestantes nacionales desde que el orden y la
constitución exteriores se volvieron un asunto de tanta prominencia, lo cual no
había sido el caso originalmente cuando se trataba principalmente de la
liberación de Babilonia.
De todo esto surgió una consecuencia anómala y penosa:
que la verdadera Iglesia de Dios no tiene ninguna comunión manifiesta. Supongo
que ninguno de sus miembros negaría el hecho de que en todas las diferentes
denominaciones haya individuos de la familia de Dios que profesan la misma fe
pura; pero, ¿dónde está su vínculo de unión? No se trata de que profesantes
inconversos estén mezclados con el pueblo de Dios en su comunión, sino de que
el vínculo de su comunión no es la unidad del pueblo de Dios, sino, de
hecho, sus diferencias.
Los vínculos de unión denominacional son los que en
realidad separan a los hijos de Dios entre sí; de manera que, en vez de que los
incrédulos se encuentren entremezclados con el pueblo de Dios (lo cual es de
por sí un estado imperfecto), los integrantes del pueblo de Dios se hallan como
individuos, entre los cuerpos de cristianos profesantes, unidos en comunión
sobre bases diferentes; y no, de hecho, como el pueblo de Dios. La verdad de
esto, creo, no puede ser negada, y, por cierto, es un estado muy extraordinario
para la Iglesia de Dios.
Pienso que la investigación de la Historia de la Iglesia
(sin perder de vista cuál es la verdadera Iglesia de Dios) nos ayudará a
entender la razón de ello. Pero no es éste mi propósito ahora, pues estoy
escribiendo sencillamente sobre aquel principio de inquirir y corroborar lo que
caracterizó a aquellos que temían a Jehová y que hablaron cada uno a su
compañero (Malaquías 3:16). Pero ello ha de constituir seguramente un asunto
práctico de gran importancia para el juicio de aquellos que, porque aman a
Jerusalén, les «duele verla echada en el polvo», de aquellos que aguardan
"la consolación de Israel". Creo por cierto que habrá un desarrollo
gradual del pueblo de Dios mediante una separación del mundo, en la cual muchos
de ellos quizás ahora piensan muy poco. El Señor estará con su pueblo en la
hora de su prueba, y los ocultará secretamente en el tabernáculo de Su
presencia. Pero no es mi propósito seguir con presunción mis propios
pensamientos al respecto. Podemos señalar que el pueblo de Dios, desde el
creciente derramamiento de Su Espíritu[2], ha hallado cierta clase de remedio para esta desunión (un
remedio manifiestamente imperfecto, aunque no falso), en la Sociedad Bíblica, y
en los esfuerzos misioneros. La primera proporcionó cierta unidad vaga en el
hecho de que la Palabra tenía un reconocimiento común, lo cual, si se lo
investigara, mostraría que, aunque no reconocido en su poder, lleva en forma
inherente, aunque parcial, el germen de la verdadera unidad. Lo segundo
proporcionó una unidad de deseo y de acción, que conducía en pensamiento hacia
aquel reino, cuya falta de poder se había hecho sentir. Y en estos esfuerzos
misioneros hallaron cierto alivio para ese sentimiento de falta, que había
producido en ellos las operaciones del divino Espíritu.
El estado de cosas de que he hablado dio lugar a otros
esfuerzos, ya en cuanto a las energías del conocimiento, o a los deseos de vida
espiritual, ejerciéndose —con los riesgos que ello a menudo implica para el
individuo— mediante desacertados esfuerzos para producir una separación o
reunión de creyentes, cuando se tomó un fundamento para su separación
enteramente diferente tanto de lo que se llama disidencia[1] como de la iglesia
Establecida (nacional). El espíritu y el deseo en que gran parte de todo esto
fue llevado a cabo era, sin duda, en muchos casos, el sincero anhelo de una
mente impulsada por el Espíritu Santo; pero a menudo ha sido defectuoso, por no
haber esperado prácticamente en Su voluntad; y aunque sin duda dio parte del
testimonio de lo que era la Iglesia, conforme a la debilidad de nuestra
naturaleza y a la posición actual de la Iglesia, sin embargo, aun siendo del
orden más elevado, ha fracasado por la razón mencionada, pues en efecto corrió
por delante del progreso general de los consejos divinos. Pero aquellas luchas
del Espíritu en nosotros (pues creo que así lo son) merecen ciertamente la
sincera atención del pueblo de Dios. Este penoso sentimiento de nuestro
considerable alejamiento de aquella genuina demostración del propósito de Dios
en Su Iglesia, esa anhelante búsqueda de Su poder y de su gloria, debe movernos
al agradecimiento porque Él todavía trata así con nosotros, y lo debemos
recibir como prenda de aquella fidelidad que, en su debido tiempo, hará que el
pueblo de Dios resplandezca en la gloria del Señor. Nos debe también llevar a
investigar asiduamente cuál es el pensamiento de Cristo en cuanto a la senda
que los creyentes han de seguir en el tiempo presente, para que, aunque no sea
exactamente conforme a los pensamientos de ellos, sí esté, sin embargo, en
perfecta armonía con Su voluntad presente tocante a ellos.
Sabemos que era el propósito de Dios en Cristo reunir
todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos como las que están
en la tierra; reconciliadas consigo mismo en Él; y que la Iglesia debía ser,
aunque necesariamente imperfecta durante Su ausencia, sin embargo, por el poder
del Espíritu, el testigo de esto en la tierra, al congregar en uno a los hijos
de Dios que estaban dispersos. Los creyentes saben que todos los que son
nacidos del Espíritu tienen una unidad sustancial de pensamiento, de modo que
se conocen mutuamente y se aman unos a otros como hermanos. Pero esto no lo es
todo, incluso si se cumpliese en la práctica, pero no se cumple; porque ellos
debían ser uno de tal manera que el mundo conociese que Jesús
había sido enviado por Dios. En esto todos debemos confesar nuestro triste
fracaso. No intentaré tanto aquí proponer medidas para los hijos de Dios, sino
más bien establecer sanos principios; porque me resulta claro que ello tiene
que provenir de la creciente influencia del Espíritu de Dios y de Su enseñanza
invisible; pero tenemos que observar cuáles son los obstáculos positivos, y en
qué consiste esta unión.
En primer lugar, lo deseable no es una unión formal de
los cuerpos profesantes exteriores; lo cierto es que es sorprendente que haya
protestantes reflexivos que la deseen. Lejos de ser para bien, concibo que
sería imposible que un cuerpo así pudiera ser reconocido de alguna manera como
la Iglesia de Dios. Sería un duplicado de la unidad católica romana.
Perderíamos la vida de la Iglesia y el poder de la Palabra, y la unidad de vida
espiritual quedaría totalmente excluida. Sean cuales fueren los planes en el
orden de la Providencia, nosotros sólo podemos actuar sobre la base de los
principios de la gracia; y la verdadera unidad es la unidad del Espíritu, y
tiene que ser obra de la operación del Espíritu.
En medio de la gran oscuridad que prevaleció en la
Iglesia hasta hoy, la división exterior ha sido un punto de apoyo principal no
sólo de celo (como generalmente se admite), sino también de la autoridad de la
Palabra, la cual es el instrumento de la vida de la Iglesia. La Reforma no
consistió, como comúnmente se ha dicho, en la institución de una forma pura de
iglesias, sino que se caracterizó por presentar la Palabra, y por exponer el
gran fundamento y piedra angular cristiano de la «Justificación por la fe», en
el cual los creyentes pueden hallar la vida.
Pero si la perspectiva que he adoptado del estado de la
Iglesia es la correcta, podemos concluir que es enemigo de la obra del Espíritu
de Dios quien defienda los intereses de cualquier denominación particular; y
que aquellos que creen en "el poder y la venida del Señor Jesucristo"
(2.ª Pedro 1:16) debieran guardarse con el mayor de los cuidados de un espíritu
así; porque éste está llevando de nuevo a la Iglesia a un estado ocasionado por
la ignorancia de la Palabra y la falta de sujeción a ella, e imponiendo como un
deber sus peores y más anticristianos resultados. Ésta es una de las más sutiles
y predominantes perturbaciones de la mente: "él no nos sigue" (Marcos
9:38), aun cuando se trate de hombres verdaderamente cristianos. Que el pueblo
de Dios advierta si no está obstruyendo la manifestación de la Iglesia por este
espíritu. Yo creo que difícilmente haya alguna actividad pública de los hombres
cristianos (al menos los de clases más altas, o de aquellos que son activos en
las iglesias denominacionales) que no se halle infectada con este espíritu.
Pero la tendencia de ello es evidentemente hostil a los intereses espirituales
del pueblo de Dios, y a la manifestación de la gloria de Cristo.
Los cristianos son poco conscientes de hasta qué punto
este espíritu domina en sus mentes; de cómo buscan lo suyo propio, y no lo que
es de Cristo Jesús; de cómo aquél seca los manantiales de la gracia y de la
comunión espiritual; de cómo estorba aquel orden al que acompaña la bendición:
reunirse en el nombre del Señor. Ninguna congregación que no esté dispuesta a
abarcar a todos los hijos de Dios sobre la base plena del Reino del Hijo puede
encontrar la plenitud de la bendición, porque no la contempla —porque su fe no
la abraza—.
Donde dos o tres están congregados en Su nombre (Mateo
18:20), su nombre se halla grabado allí para bendición, por cuanto ellos están
reunidos en la plenitud del poder de los invariables intereses de aquel reino
perdurable en el cual tuvo a bien el glorioso Jehová glorificarse a sí mismo, y
hacer conocer su nombre y su virtud salvadora en la Persona del Hijo, por el
poder del Espíritu.
En el Nombre de Cristo, por tanto, ellos, en la medida de
su fe, penetran en los plenos consejos de Dios, y son "colaboradores según
Dios". Por ende, cualquier cosa que pidieren, les será hecho, para que el
Padre sea glorificado en el Hijo. Pero los lazos de comunión que no son
constituidos según el alcance de los propósitos de Dios en Cristo, destruyen el
mismo fundamento sobre el cual descansan estas promesas, así como su propia
consistencia. No quiero decir que los tales no puedan hallar alguna pequeña medida
de alimento espiritual, el cual, aunque generalmente de carácter parcial, pueda
ser adecuado para fortalecer su esperanza de vida eterna. Pero la gloria del
Señor es algo que cala hondo en el alma creyente, y, en la medida que la
busquemos, será hallada la bendición personal. Esto me hace pensar (pues todos
sin duda tienen alguna porción distinta de la forma de la Iglesia) en aquellos
que repartieron entre sí los vestidos del Salvador; mientras que aquella túnica
interior, que no podía ser rasgada, la cual era inseparablemente una en su
naturaleza, sobre ella echaron suertes, para ver de quién sería. Pero mientras
tanto, Su nombre, la presencia del poder de esa vida que les habría de unir a
todos en el orden adecuado, es dejado expuesto y deshonrado. Me temo por cierto
que estos vestidos hayan caído demasiado en las manos de aquellos que no le
quieren, y que el Señor nunca más se vestirá de ellos, si los consideramos en
su estado presente. En verdad, no podía ser cuando aparece en Su gloria. No lo
digo con presunción ni con antipatía (pues el oprobio de ello es una carga
penosa, un pensamiento humillante y sumamente desconsolador), pero hemos
aprendido a confiar demasiado en aquel segundo templo, que había sido levantado
por la gracia de Dios tras el largo cautiverio Babilónico, diciendo
"templo de Jehová, templo de Jehová es este". Hemos sido altivos a
causa del monte santo del Señor; lo hemos contemplado como adornado con piedras
preciosas y con dones; y hemos dejado de mirar al Señor del templo: casi hemos
dejado de andar por la fe y de tener comunión con la esperanza del retorno del
mensajero del pacto para que sea la gloria de esta casa postrera. El espíritu
inmundo de la idolatría puede haber sido expurgado; sin embargo aun queda la
importante pregunta: ¿Está la presencia eficaz del Espíritu del Señor allí, o
está la casa meramente desocupada, barrida y adornada? Si hemos sido bendecidos
en todo respecto, ¿no estamos ignorando a Aquel de quien lo hemos recibido
todo, por soberbia y complacencia en nosotros mismos, y buscando que las cosas
se tornen para nuestra propia gloria, en lugar de rendirle la gloria a Él?
Amados hermanos del Señor —vosotros que le amáis con
sinceridad, y os gozais cuando oís su voz—, pasemos ahora, pues, a considerar
cuál es la exigencia práctica de nuestra situación presente. Sopesemos Sus
pensamientos respecto de nosotros. El Señor ha dado a conocer Sus propósitos en
Él, y la manera en que estos propósitos son llevados a cabo. Nos ha dado
"a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual había
propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación
del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que
están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia" en uno y en Cristo
(Efesios 1). Sólo en él, pues, podemos hallar esta unidad. Pero la
Palabra bendita (¿y quién puede ser lo bastante agradecido por ella?) nos
informará aún más. En cuanto a sus miembros terrenales, se habla de
"congregar en uno a los hijos de Dios que están dispersos" (Juan
11:52). Y ¿cómo es esto? En "que un hombre moriría por ellos". Como
lo declara nuestro Señor en vista del fruto de la aflicción de Su alma:
"Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía
esto dando a entender de qué muerte iba a morir" (Juan 12:32). Es, pues,
Cristo quien atrae a sí mismo, y nada que falte de esto o que sea menos
que esto puede producir la unidad: "El que conmigo no recoge,
desparrama" (Lucas 11:23), y él atraería a todos a sí mismo por haber
sido levantado de la tierra.
En una palabra, su
muerte constituye el centro de la comunión hasta que vuelva otra vez, y en esto
reside todo el poder de la verdad. Por ello, el símbolo y el instrumento
exterior de la unidad es la participación de la Cena del Señor: "Nosotros,
con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo
pan" (1.ª Corintios 10:17). Y ¿qué declara el apóstol Pablo acerca de la
verdadera intención y el testimonio de este rito? Que "todas las veces que
comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta
que él venga" (1.ª Corintios 11:26). Aquí encontramos, pues, el carácter y
la vida de la Iglesia —aquello a lo que es llamada— aquello en lo que subsiste
la verdad de su existencia y en lo cual solamente se encuentra la verdadera
unidad. Es anunciando la muerte del Señor, por cuya eficacia fueron reunidos,
la cual, asimismo es la semilla fructífera de la propia gloria del Señor; la
cual, de hecho, es la reunión de Su cuerpo, "la plenitud de Aquel que todo
lo llena en todo" (Colosenses 1:23); y la anunciamos conscientes de la
seguridad de Su venida, "cuando venga en aquel día para ser glorificado en
sus santos y ser admirado en todos los que creyeron" (2.ª Tesalonicenses
1:10). Por consiguiente, la esencia y la sustancia de la unidad —que aparecerá
en gloria en el momento de Su venida— es conformidad a Su muerte, por la cual
toda esa gloria ha sido efectuada. Y como resultado se hallará que la
"conformidad a su muerte", será nuestra propia estructura para gloria
con Cristo en su manifestación, conforme al anhelo del apóstol: "A fin de
conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus
padecimientos, en conformidad a su muerte, si en alguna manera llegase a la
resurrección de entre los muertos" (Filipenses 3:10-11). ¿Tenemos fe en
estas cosas? ¿Cómo la mostraremos? Por actuar de acuerdo con las directivas de
nuestro Señor, las que se fundan en su divino conocimiento de los objetos de la
fe. ¿Qué es lo que sigue a continuación de la declaración de nuestro Señor, en
vista de su gloria, que ha de ser por Su muerte? "El que ama su vida, la
perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.
Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi
servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará" (Juan 12:25-26). El
siervo es quien ha de ser honrado. Si queremos ser siervos, es necesario que lo
seamos siguiendo a Aquel que murió por nosotros. Y al seguirle a él, nuestra
honra será estar con él "en su gloria, y en la del Padre, y de los santos
ángeles" (Lucas 9:26). A pesar de que la Iglesia esté disgregada por
haberse hecho como un cuerpo de este mundo, y de un Despertar tan imperfecto al
haberse descubierto la libre esperanza de gloria, es un motivo de profundo
agradecimiento el hecho de que los creyentes tengan delante de sí un camino
delineado en la Palabra, y de que, si bien aún no se nos ha concedido el
privilegio de ver la gloria de los hijos de Dios, la senda de esa gloria en el
desierto nos haya sido revelada. Tenemos la seguridad, en doctrina, de que la
muerte del Señor, en quien vino el libre don, es el único fundamento sobre el
cual el alma es edificada para gloria eterna. Por cierto que me dirijo
únicamente a los que creen esto. Nuestro deber como creyentes es ser testigos
de lo que creemos. "Vosotros", dice el Dios de los judíos por medio
del profeta Isaías (43:10), "sois mis testigos", en su desafío a los
dioses falsos; y como Cristo es el Testigo fiel y verdadero (Apocalipsis 3:14),
así también debe serlo la Iglesia. "Vosotros sois linaje escogido, real
sacerdocio, nación santa, pueblo
adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de
las tinieblas a su luz admirable" (1.ª Pedro 2:9).
¿De qué, pues, ha de
ser testigo la Iglesia, en contra de la gloria idólatra del mundo? Precisamente
de esa gloria adonde Cristo ha sido exaltado, mediante la conformidad práctica
con Su muerte; ha de ser testigo de su verdadera creencia en la cruz, por el
hecho de ser ellos mismos crucificados al mundo, y el mundo a ellos. La unidad,
la unidad de la Iglesia, a la cual "el Señor añadía cada día ... los que
habían de ser salvos" (Hechos 2:47) fue tal cuando ninguno decía ser suyo
nada de lo que poseía, y cuando "su ciudadanía estaba en los cielos"
(Filipenses 3:20); porque ellos no podían ser divididos en esa común esperanza.
Ello unía inevitablemente los corazones de los hombres. El Espíritu de Dios ha
dejado constancia del hecho de que la división empezó acerca de los bienes de
la Iglesia, aun en su mejor uso, de parte de aquellos interesados en ellos;
porque allí cabía la posibilidad de división, allí cabían
intereses egoístas.
¿Deseo yo que los
creyentes corrijan las iglesias? Les estoy rogando que se corrijan a sí mismos,
viviendo en conformidad, en cierta medida, con la esperanza de su llamamiento.
Les ruego que demuestren su fe en la muerte del Señor Jesús, y que su gloria
sea en la maravillosa certeza que han obtenido por medio de ella, conformándose
a esa muerte, mostrando su fe en Su venida, y esperándola en la práctica
mediante una vida conforme a los deseos que esta esperanza conlleva.
Que ellos
testifiquen contra la mundanalidad y la ceguera de la Iglesia; pero que sean
consecuentes en su propia conducta: "Vuestra gentileza [lit., dulzura,
moderación] sea conocida de todos los hombres" (Filipenses 4:5).
Mientras que
prevalezca el espíritu del mundo (y, estoy convencido de ello, muy pocos
creyentes son conscientes de cuánto prevalece), no podrá subsistir la unión
espiritual. Pocos creyentes son realmente conscientes de cómo el espíritu que
abrió gradualmente la puerta al dominio de la apostasía, sigue arrojando su
perniciosa y funesta influencia sobre la Iglesia profesante.
Ellos piensan que
porque han sido librados de su dominio mundano, quedan eximidos del espíritu
práctico que le dio origen; y que porque Dios ha efectuado mucha liberación,
deben estar por ello satisfechos. Pero nada podría dar un más claro testimonio
de cuánto se han alejado del pensamiento del Espíritu de la promesa, el cual,
teniendo ante sí el premio del supremo llamamiento de Dios, siempre prosigue
hacia él, siempre busca "conformidad con Su muerte", a fin de
alcanzar la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:10). Ellos esperan al Señor, y, mirando a
cara descubierta Su gloria, van siendo "transformados en la misma imagen
de gloria en gloria" (2.ª Corintios 3:18). Pues, preguntémonos: ¿Está la
Iglesia de Dios como los creyentes desearían tenerla? ¿Acaso no creemos que la
Iglesia, como cuerpo, se ha alejado completamente de Él? ¿Está ella restaurada
de modo que cuando Él se manifieste, sea glorificado en ella? ¿Es la unión de
los creyentes de una naturaleza tal que el Señor la considera su característica
peculiar? ¿No quedan impedimentos por quitar? ¿No hay un espíritu práctico de
mundanalidad en esencial desacuerdo con los verdaderos fines del evangelio,
a saber, la muerte y el retorno del Señor Jesús como Salvador? ¿Pueden los
creyentes decir que obran según el precepto de que sea conocida su moderación
de parte de todos los hombres?
Creo que Dios está
obrando por medios y modos poco conocidos; que está preparando "el camino
del Señor, y enderezando sus sendas"; haciendo, mediante una combinación
de providencia y testimonio, la obra de Elías. Estoy persuadido de que Él
avergonzará a los hombres exactamente en las mismas cosas en que se han
jactado. Estoy persuadido de que Él manchará la soberbia de la gloria humana, y
que "la altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los
hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día. Porque día de
Jehová de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, sobre todo
enaltecido, y será abatido; sobre todos los cedros del Líbano altor, y
erguidos, y sobre todas las encinas de Basán; sobre todos los montes altos, y
sobre todos los collados elevados; sobre toda torre alta, y sobre todo muro
fuerte; sobre todas las naves de Tarsis, y sobre todas las pinturas preciadas.
La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será
humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día. Y quitará totalmente los
ídolos. Y se meterán en las cavernas de las peñas y en las aberturas de la
tierra, por la presencia temible de Jehová, y por el resplandor de su majestad,
cuando él se levante para castigar la tierra" (Isaías 2).
Pero hay una parte práctica que los creyentes deben
realizar. Pueden poner sus manos en muchas cosas que en sí mismas son inconsecuentes
en la práctica con el poder de aquel día —cosas que demuestran que los
tales no tienen su esperanza puesta en este último—, con una conformidad con
el mundo que demuestra que la cruz no tiene su propia gloria a sus ojos.Que
ellos puedan sopesar estas cosas. Éstos no son sino puntos sueltos que pongo a
vuestra consideración. Pero, ¿son ellos el testimonio del Espíritu, o no?
Sometamos cada una de estas consideraciones a la prueba de la Palabra. Que la
poderosa doctrina de la cruz sea testificada a todos los hombres, y que los
ojos del creyente sean fijados en la venida del Señor. Pero no defraudemos a
nuestras almas de toda la gloria que acompaña esa esperanza, por poner nuestros
afectos en cosas que, según se demostrará, han tenido su origen en este mundo,
y que terminarán con él. ¿Soportarán Su venida?
Además, la unidad es la gloria de la Iglesia; pero una
unidad para asegurar y promover nuestros propios intereses no es la
unidad de la Iglesia, sino confederación y negación de la naturaleza y
de la esperanza de la Iglesia. La unidad, esto es, la de la Iglesia, es la
unidad del Espíritu, y sólo puede tener lugar en las cosas del Espíritu, y por
ello sólo puede consumarse en personas espirituales.
Tal es ciertamente el carácter esencial de la Iglesia, y
esto testifica fuertemente al creyente acerca del estado actual de la Iglesia.
Pero, pregunto, si la Iglesia profesante busca intereses mundanos, y si el
Espíritu de Dios está entre nosotros, entonces, ¿podrá ser Él acaso el ministro
de la unidad en tales ocupaciones? Si las varias iglesias profesantes la buscasen,
cada una por sí misma, no hace falta dar ninguna respuesta. Pero si se unen en
buscar un interés común, no nos engañemos; hay dos cosas que tenemos que
considerar. Primero, ¿son los objetivos en nuestro trabajo, exclusivamente los
objetivos del Señor, y ningún otro? Si no lo han sido en los cuerpos separados
los unos de los otros, no lo serán en ninguna unión de ellos juntos. Que el
pueblo del Señor sopese esto. En segundo lugar, que nuestra conducta sea el
testigo de nuestros objetivos. Si no estamos viviendo en el poder del reino del
Señor, ciertamente no seremos consistentes en la búsqueda de sus objetivos. Que
esto cale hondo en nuestros pensamientos, mientras pensamos qué cosa buena
podemos hacer para heredar la vida eterna, para vender todo lo que tenemos,
tomar nuestra cruz, y seguir a Cristo. ¿No toca esto muy de cerca los corazones
de muchos? Tengamos pues muy en cuenta las siguientes verdades: que las así
llamadas comuniones —en cuanto al pensamiento del Señor acerca de su Iglesia—
son desunión; y, de hecho, un repudio a Cristo y a la Palabra. "¿No sois
carnales, y andáis como hombres?" "¿Acaso está dividido Cristo?"
(1.ª Corintios 3:3) ¿Acaso no
está dividido en lo que toca a nuestros corazones desobedientes? Les pregunto a
los creyentes: "Pues habiendo entre vosotros divisiones ¿no sois carnales,
y andáis como hombres?" (1.ª Corintios 1:13).
Es más, no existe entre vosotros ninguna unidad de que se
haga profesión. En tanto los hombres se jacten en ser Anglicanos,
Presbiterianos, Bautistas, Independientes, o cualquier otra cosa, son por ello
anticristianos. ¿Cómo, pues, hemos de ser unidos? Contesto: tiene que ser la
obra del Espíritu de Dios. ¿Seguís vosotros el testimonio del Espíritu
en la Palabra en su aplicación práctica a vuestras conciencias, no sea que
aquel día os tome desprevenidos? "En aquello a que hemos llegado, sigamos
una misma regla, sintamos una misma cosa; y si otra cosa (es decir: algo
diferente) sentís, esto también os lo revelará Dios" y nos mostrará el
buen camino (Filipenses 3:15-16). Descansemos en esta promesa de Aquel que no
puede mentir. Que los fuertes soporten las flaquezas de los más débiles, y que
no se agraden a sí mismos. Iglesias profesantes (y más aquellas instituidas por
el Estado) han pecado grandemente al insistir en cosas de poca importancia y al
estorbar así la unión de los creyentes; y de este cargo son gravemente
culpables los dirigentes de las diversas iglesias. El orden, sin duda, es algo
necesario; pero allí donde dicen: «Estas cosas son insignificantes y sin
importancia en sí mismas; por lo tanto, vosotros tenéis que usarlas para
complacernos a nosotros», la palabra del Espíritu de Cristo dice: «Son
insignificantes; por lo tanto, cederemos a vuestra debilidad, y no pondremos
tropiezo a un hermano por quien Cristo murió.» Pablo jamás habría comido carne,
si al hacerlo hubiese herido la conciencia de un hermano débil, por más que el
hermano débil haya estado errado. Y ¿por qué se insiste tanto en esas cosas a
las que le restan importancia? Porque otorgan distinción y un lugar en el
mundo. Si fuesen deshechos el orgullo de autoridad y el orgullo de separación
(ninguno de los cuales son propios del Espíritu de Cristo), y si fuese tomada
la Palabra de Dios como la única guía práctica, y los creyentes procurasen obrar
en conformidad con ella, nos evitaríamos mucho juicio, aunque quizás no
hallemos enteramente la gloria del Señor, y más de un pobre creyente, a quien
el Señor tiene en vista para bendición, hallaría consuelo y reposo. Mas a los
tales digo: No temáis, sabéis a quién habéis creído, y si en verdad vienen
juicios, queridísimos hermanos, podéis alzar vuestras cabezas, "porque
vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). Pero en cuanto a las iglesias
(si todavía el Señor tuviese misericordia, pues él no podría aprobarlas en su
estado presente, como todos debieran de admitir), júzguense a sí mismas por la
Palabra. Que los creyentes quiten todas las cosas que estorban la gloria del
Señor, ocasionadas por sus propias inconsistencias, y por las cuales se asocian
al mundo, y pierden su discernimiento. Que tengan comunión los unos con los
otros, que busquen la voluntad de Dios en su Palabra, y verán si no sigue la
bendición; en todo caso la bendición les seguirá a ellos; encontrarán al Señor
como aquellos que le han esperado, y que pueden regocijarse de corazón en Su
salvación. Que empiecen por estudiar el capítulo doce de la epístola a los
Romanos, si es que creen que son partícipes de la inefable redención consumada
por la cruz.
Permítaseme, en
amor, hacer una pregunta a las iglesias profesantes. Muchas veces han declarado
a los católicos romanos, y con verdad, su unidad en la fe doctrinal. ¿Por qué,
pues, no hay una unidad real? Si ven errores los unos en los otros, ¿no
deberían humillarse los unos por los otros? Pues, en aquello a que se ha
llegado ¿por qué no seguir la misma regla, hablar la misma cosa?, y si en algún
punto ha habido diversidad de pensamiento (en lugar de contender sobre la base
de la ignorancia), ¿por qué no esperar con oración, a fin de que esto también
se los revele Dios? Y aquellos que aman al Señor entre los tales, ¿no deberían
procurar discernir las causas? Sin embargo bien sabemos que, hasta que no sea
expurgado de en medio de ellos el espíritu del mundo, no puede haber unidad, ni
pueden hallar los creyentes reposo seguro. Temo que no sea con "espíritu
de juicio y con espíritu de devastación" (Isaías 4:4). Los hijos de Dios
sólo pueden seguir una cosa: la gloria del nombre del Señor, y únicamente
conforme al camino señalado en la Palabra; si la iglesia profesante se siente
orgullosa de sí misma, y descuida este objetivo, no le queda otro recurso, sino
seguir los mismos pasos del Señor, quien, para santificar al pueblo mediante Su
propia sangre, "padeció fuera de la puerta"; y así ellos tendrán
también que salir "a él, fuera del campamento, llevando su vituperio"
(Hebreos 13:12-13). Bueno sería ponderar cuidadosamente los capítulos dos y
tres de Sofonías. ¿Qué es lo que está pasando en Inglaterra en este momento, un
momento de ansiedad y conflicto de juicio entre sus políticos e intelectuales?
¿Por qué vemos a las iglesias valiéndose de la abogacía de aquellos que no son
creyentes (y lo digo sin menosprecio para ninguno), con el objeto de obtener
alguna participación, o de mantener para sí, los beneficios temporales y los
honores de ese mundo del cual vino el Señor para redimirnos? ¿Se asemeja esto a
Su pueblo peculiar? ¿Qué tengo que ver yo con estas cosas? Nada. Pero como hay
hermanos que se hallan asociados tanto con el uno como con el otro, cada uno
que piensa en ello tiene que testificar con todas sus fuerzas, para que de una
manera u otra pueda mantenerse libre de ello, a fin de que no sea avergonzado
en el día de la venida del Señor. Y muchos en quienes el pueblo de Dios ha
puesto su confianza, y en quienes ha contando como entendidos, siguen la misma
ruta; y los simples, como los que siguieron a Absalón, siguen en pos de ellos,
sin saber adonde van.
Bien podemos creer lo que es esta abogacía. Pero qué
sustituto miserable en lugar de apoyarse en el Señor Jehová, el Salvador, para
la prosperidad espiritual de Su propio pueblo, con hermanos que llevan a cabo
su servicio a los demás en la oración y en el ministerio por amor a Su nombre:
mientras que, como bien podríamos suponer, los abogados de aquéllos los usan
meramente como instrumentos que sirven para sus propios propósitos partidarios.
Pero tales alianzas no pueden prosperar.
¿Qué debe hacer, entonces, el pueblo del Señor? Que
esperen en el Señor, y que esperen según la enseñanza de Su Espíritu, y en
conformidad a la imagen del Hijo por la vida del Espíritu.
Que sigan su camino tras las huellas del rebaño, si
desean saber dónde el buen Pastor apacienta su rebaño al mediodía (Cantares
1:7-8). Que sean seguidores de que, por fe y con paciencia, heredan las
promesas (Hebreos 6:12), acordándose de la palabra: "Ata el testimonio,
sella la ley entre mis discípulos. Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió
su rostro de la casa de Jacob, y en él confiaré " (Isaías 8:16-17). Y si
el camino parece oscuro entre ellos, que traigan a la memoria la palabra de
Isaías: "¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su
siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de
Jehová, y apóyese en su Dios" (Isaías 50:10).
Si me preguntan otra vez qué tengo yo que ver con ellos,
sólo puedo contestar que tengo una ferviente solicitud por ellos; por los
disidentes, a causa de su integridad de conciencia y, a menudo, su profunda
comprensión de los pensamientos de Cristo; y por la Iglesia, si sólo fuera por
amor a la memoria de aquellos hombres que, por mucho que hayan estado enredados
exteriormente con lo que era ajeno a su propio espíritu y no hayan podido
librarse de ello, sin embargo parecen haber bebido interiormente del Espíritu
de Aquel que los llamó, más profundamente que cualquiera desde los días de los
apóstoles; hombres en cuya comunión me regocijo con agradecimiento, a quienes
me place honrar. Pero, ¿no hay ninguno que recuerde el espíritu que los
caracterizó? Nosotros tenemos muchas ventajas que ellos no tuvieron. Quiera
Dios manifestar el poder de su Espíritu en muchos para efectuar la obra
entretanto se dice: Hoy. Quiera él quitar el espíritu soñoliento de los que
duermen, y guiar en Su propia senda —una senda estrecha pero bendita, senda que
conduce a la vida, la senda que transitó el Señor de la gloria— a aquellos a quienes ha despertado, para que
caminen en la luz del Señor.
Pero si alguno dijere: «Si usted ve estas cosas, ¿qué es
lo que está haciendo usted mismo?» Sólo puedo reconocer profundamente las
extrañas e infinitas faltas, y afligirme y lamentarme por ellas; reconozco la
debilidad de mi fe, pero busco con fervor ser guiado. Y permitidme añadir,
cuando tantos que debieran estar guiando, van por sus propios caminos, aquellos
que habrían estado bien dispuestos a seguir se vuelven lentos y débiles, por
temor a apartarse del camino recto, y su servicio queda impedido, aunque sus
almas estén a salvo. Pero repito con la mayor solemnidad lo que he dicho antes:
no se puede encontrar la unidad de la Iglesia hasta que la gloria del Señor sea
el objetivo común de sus miembros, la gloria de Aquel que es el Autor y
consumador de su fe; una gloria que tiene que ser dada a conocer en su
resplandor cuando Él se manifieste, cuando la apariencia de este mundo haya
pasado. Por lo tanto, debemos conducirnos conforme a la luz de esa gloria y
empaparnos de ella cuando somos juntamente plantados en la semejanza de Su
muerte.
Porque la unidad, en su naturaleza esencial, sólo puede
hallarse allí; a no ser que el Espíritu de Dios, quien congrega a los suyos,
los congregue para fines que no son de Dios, y que los consejos de Dios en
Cristo queden en la nada. El Señor mismo dice: "Para que todos sean uno;
como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros;
para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he
dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí,
para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado"
(Juan 17:21-23).
¡Oh, que la Iglesia pondere esta palabra, y compruebe si
su estado actual no impide de necesidad que los miembros resplandezcan en la
gloria del Señor, y estorbe el cumplimiento de aquel propósito para el que
fueron llamados! Y yo les pregunto: ¿Buscan esto o lo desean en alguna medida?
¿O se sienten contentos con sentarse y decir que Su promesa ha fallado por
completo y para siempre? Lo cierto es que si no podemos decir: "Levántate,
resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre
ti" (Isaías 60:1), deberíamos decir: "Despiértate, despiértate,
vístete de poder, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en
los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al
dragón?" (Isaías 51:9). Seguramente que ojo no vio ni oído oyó lo que él
prepara para aquellos que esperan en él. ¿Dará él su gloria a una división o a
otra? O ¿dónde encontrará él un lugar para que su gloria repose en medio de
nosotros? ¿o es que hallando vuestra vida en vuestras ocupaciones, no os sentís
afligidos? No obstante, él seguramente habrá de reunir a su pueblo, y los demás
serán avergonzados.
He ido más allá de mi intención original en este
artículo; si en algo he ido más allá de la medida del Espíritu de Jesucristo,
aceptaré agradecido la reprensión, y ruego a Dios que ello sea olvidado.
Dublín, 1828
NOTAS
[1] N. del T.— «Disidentes» o «no conformistas» eran aquellos
que había abandonado la Iglesia Anglicana (El «Establishment»); pero en un
sentido más amplio, el concepto se aplica a cualquiera de las iglesias
denominacionales oficialmente reconocidas, tales como la Bautista, La
Independiente, la Libre, la Congregacionalista, etc.
[2] N. del A.— Dejo éstas y otras expresiones inexactas sin
cambiar.