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EL MENSAJE A LAODICEA El
carácter de la Iglesia de los últimos tiempos, y lo que Cristo piensa de ella W.
Kelly |
“Y escribe al ángel
de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el
principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres
frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y
no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me
he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un
desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que
de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas
para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus
ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé,
pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno
oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al
que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he
vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo
que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 3:14-22).
El contraste con Filadelfia
Un agudo contraste se advierte
entre el estado de Sardis y el previo orden de cosas. En Tiatira reinaban una
grosera corrupción, abierto mal, persecución, aborrecimiento por la santidad y
la verdad de Dios, y falsos profetas, si bien había allí un remanente fiel. Si
Tiatira representa la edad oscura, cuando el Señor tenía ocultos a sus santos
fieles en los rincones y escondrijos del mundo, en Sardis tenemos una
apariencia de cosas correcto: un nombre de que vive, y una muerte prácticamente
universal; no obstante, aun en Sardis estaban aquellos que no habían
contaminado sus vestiduras. Si bien había una muy marcada distinción entre
Sardis y Tiatira, también es cierto que había una igualmente fuerte línea de
demarcación entre Filadelfia y Laodicea.
“Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea” (no «de los laodicenses»)
Vamos a examinar el carácter
que Dios le confiere a esta iglesia, y la luz que Él trae acerca de su
condición. Si existen dos iglesias que se hallan en un mayor contraste la una
con la otra, seguramente son estas dos. La razón es ésta: que cuando Dios obra
de una manera especial, cuando manifiesta su gracia de alguna nueva forma y con
una nueva luz, ello, desde el desvío de la Cristiandad, siempre hace surgir una
sombra particularmente oscura en el curso de los acontecimientos.
Vemos en Filadelfia un cuadro
brillante. Ellos eran débiles, pero tenían que depender de Él en paz; pues el
Señor había abierto la puerta, y él la había de mantener abierta. Cristo era
toda su confianza, en contraste con los pretendidos religiosos que aparecen al
mismo tiempo reclamando ser el pueblo de Dios sin ninguna consideración por
Cristo. La Iglesia debió haber sido, por el Espíritu Santo, un verdadero
testimonio de la nueva creación, de la cual Cristo es tanto la única fuente
como el Modelo admirable. Pero la iglesia fracasó por completo, y nunca tanto
como en esta última fase. Pues ¡que diferencia hallamos cuando nos ponemos a
considerar a Laodicea!
¿Acaso el Señor habla aquí de
atender a las necesidades de ellos, de tener la llave de David, de presentarse
como el objeto de sus afectos, como el Santo y el Verdadero, en su
magnificencia moral, que llama al corazón a adorarle? ¿Acaso él, cuando se
dirige a Laodicea, no habla en otro tono? Oigámosle:
“He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la
creación de Dios” (v. 14).
El fin de la profesión
arrogante se hallaba cerca. Cristo era el “Amén”, el único garante de las
promesas divinas, y el único “testigo fiel y verdadero” cuando todos los demás
han fracasado. La manera en que él se presenta supone que aquellos a quienes se
dirigía mediante este mensaje, eran completamente infieles y habían revivido
las viejas cosas que habían sido sepultadas en el sepulcro de Cristo. Incluso
un santo como Job no estaba en la presencia de Dios cuando pensaba tanto acerca
de sí mismo (“Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado, y los ojos que
me veían me daban testimonio”, etc. Job 29:11). Podemos decir que él estaba en
la presencia de sí mismo y no en la presencia de Dios. Siempre es una pobre
señal ver a un hombre deteniéndose para contemplarse a sí mismo, ya en lo que
respecta a lo bueno o a lo malo de sí mismo. Incluso cuando nos convertimos,
¿por qué deberíamos detenernos a considerar los cambios operados en nosotros?
Esto no es olvidarse de las cosas que están detrás – Filipenses 3:13 (las que,
sea dicho de paso, no se refieren a nuestros pecados, sino a nuestro progreso):
si el Señor nos ha concedido que demos un paso adelante, lo ha hecho para que
estemos más cerca de él, y para que crezcamos en el conocimiento de Dios. Junto
con esto, siempre habrá un aumento en el conocimiento de nosotros mismos, pero
nunca con miras a la admiración propia. Pertenecemos a Cristo y, por ende, él
es el objeto que felizmente nos mantiene humildes. Cuando Job fue llevado a la
íntima presencia de Dios realmente, entonces estuvo en el polvo. No sabía qué
era ser absolutamente nada delante de Dios, hasta que fue llevado allí, y sus
ojos le vieron (Job 42:5). Antes, Job miraba más lo que Dios producía en él,
pero ahora él se vio a sí mismo como polvo. Después de esto, le vemos incluso
orando por sus amigos, y vemos también holocaustos. Tal era también el espíritu
de intercesión y de adoración. Y ése me parece a mí que era el espíritu al que
había sido llevada la iglesia de Filadelfia. Ellos entendieron la adoración
porque, en su medida, conocían a Aquel que había sido desde el principio. El
Señor desea que seamos fuertes en Cristo, que crezcamos en él en todas las cosas.
En Laodicea no había ningún
pensamiento semejante, nada que se parezca a entrar en posesión de las riquezas
del Señor de gracia. En ninguna otra cosa debiéramos sentir nuestra falta tanto
como en la adoración, y justamente porque la valoramos. El sentimiento
espiritual —aunque ciertamente débil— es lo que anima nuestro pequeño poder de
adoración. Seguramente que el espíritu de adoración es nuestro verdadero poder
para el servicio. Por eso, dice el Señor en Juan 10:9: “Yo soy la puerta; el
que por mí entrare, será salvo; y entrará,
y saldrá, y hallará pastos.” Ya no se trata más del redil judío y de la
esclavitud de la ley, sino de la perfecta libertad, que entra para la adoración
y que sale para el servicio, hallando en todo lugar alimento y bendición. ¡Qué
dulce es pensar que el tiempo viene cuando “entraremos”, para nunca más
“salir”!. Será siempre el servicio en inmediata relación con el Señor mismo, el
gozo de la presencia de Dios y del Cordero, la adoración eterna. Y permitidme
preguntar de vuelta, ¿para quiénes será ésta una promesa grata y dichosa?: Para
aquellos que hubieron valorado y gozado de la adoración en la tierra; como lo
vemos en el Salmo 84:4, “Perpetuamente te alabarán”. El lugar donde el Señor
moraba estaba grabado aun en los corazones de aquellos que iban allí: “En cuyo
corazón están tus caminos”. Sentían que debían hallarse donde Dios estaba, y
allí habitaban.
En Laodicea, el Señor no se
revela de la misma forma personal, y menos aún eclesiásticamente; pero se toman
ciertas cualidades y títulos que pertenecen a Él, cuyo alcance va desde lo que
Él había sido para Dios hasta lo que lo vincula con la nueva escena en la que
estaba por ser manifestado como Cabeza sobre todas las cosas. Él era “el Amén, el testigo fiel y verdadero, el
principio de la creación de Dios” (v. 14). Ellos habían fallado en todo;
habían sido testigos infieles. Pero es como si les dijera: «Vosotros no habéis
encontrado un solo pensamiento de mi corazón. Ahora me presentaré a vosotros
tal como todos debierais haber sido.» También era “el testigo fiel y verdadero”. La Cristiandad, desde sus mismos
comienzos, desde los días apostólicos por cierto, es un testigo rechazado. Cristo se halla en relación
con la nueva creación.
La tibieza
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente” (v.
15). Esto es latitudinarismo. No es la ignorancia de la verdad lo que produce
este mal mortal, sino que aquí se trata del corazón que permanece indiferente a
la verdad, después que esta última ha sido traída plenamente ante él. Estas
personas no quieren la verdad,
porque, para seguirla realmente, ellos sienten que deben sacrificar el mundo y
separarse prácticamente de él, a lo cual no están dispuestos. Nosotros
deberíamos ser tolerantes siempre que haya ignorancia involuntaria. Pero la
indiferencia a la verdad es una cosa totalmente diferente, y algo aborrecible a
los ojos del Señor.
Nunca, pues, el latitudinarismo
es la condición de las almas que son de simple corazón, sino de aquellos por
quienes la verdad ha sido oída y que no están dispuestos para la cruz. La
verdad de Dios siempre pone a prueba los corazones de los creyentes. La verdad
no es algo que yo simplemente debo aprender, sino que soy probado por ella. Si
la oveja se halla en una condición saludable, entonces oirá la voz del Pastor,
y ni siquiera reconocerá la voz de los extraños. Pero si la oveja se descarría
tras otros, se verá tan confundida que ya no será más capaz de distinguir la
bien conocida voz del Pastor. Esto es lo que surgió en Laodicea, y parece que
la causa de ello se debe a haber despreciado el testimonio dado en la Iglesia
previa. En Filadelfia, Él se manifestó tal como es, y aseguró a cada corazón
que le recibió, que como su Nombre era todo para nosotros en la tierra, así
también él nos dará Su nuevo nombre en el tiempo de gloria. Cada afecto que
haya sido espiritual, todo lo que el Señor obró en nuestros corazones, saldrá a
luz más brillantemente en el cielo. El Señor le dice a Laodicea: “ni eres frío ni caliente”. Ellos habían
tenido algo que los estimulaba, pues el “frío” no era absoluto. No eran
honestos. Laodicea es el último estado de la decadencia, la cual el Señor ya no
podía permitir que siguiese más. Es un tiempo en el cual las personas tendrán
muchas verdades en cierta forma, pero sus almas no serán ejercitadas por la
verdad. Si el corazón hubiese sido, aunque fuese en una mínima medida, sincero
—por más ignorante que fuese— hubiese gozado de todo lo que provenía del Señor.
Aquellos que tienen una unción del Santo, y que saben todas las cosas, como se
dice en 1.ª Juan 2, no son los “padres” (quienes naturalmente también habían
sido ungidos de la misma manera), sino los “niñitos” (lit. “bebes”). Esta
capacidad de juzgar lo que no es de Cristo, depende de que el corazón sea leal
a Él. Por eso, el santo más joven en la fe, con un “ojo sencillo”, es capaz de
discernir con absoluta certeza en los casos en que un teólogo está extraviado
en “genealogías interminables”.
Todo espíritu que no confiesa,
sino que niega a Cristo (al Cristo de Dios), es del anticristo. Hubo, como los
hay hoy, muchos anticristos, y la esfera de actividad donde podemos
descubrirlos es allí donde el nombre de Cristo es pronunciado. Si Cristo no
hubiese sido conocido, no podría haber habido un anticristo, lo cual fue la
sombra oscura que siguió a la verdad. Tan seguramente como el Señor obra en sus
caminos de gracia, Satanás también está activo. Ser “tibio” era ser falso, con
la pretensión de la verdad; y el Señor dice: “Te vomitaré de mi boca.” No conozco en ninguna otra parte que el Señor
emplee una expresión tan despreciativa como ésta. Difiere notablemente de la
manera en que trató a Sardis, donde se da el juicio general del Protestantismo,
a la cual el Señor juzga como al mundo y amenaza con venir sobre ella como
ladrón. ¿Es ésta la manera en que medimos nosotros
las cosas? Tendríamos que haber dicho probablemente que Jezabel tendría que
haber sido considerada como lo peor; pero, ¿no nos habría sorprendido que ser
“tibio” era realmente lo peor de todo? Sin embargo, era esto lo que provocó
toda la indignación del Señor, y Él solamente es sabio.
La autosatisfacción
“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa
tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre,
ciego y desnudo” (v. 17).
Aquí encontramos una clara
prueba de que ellos habían oído mucho acerca de la verdad. Creían que eran
ricos. Consideraban la erudición y el intelectualismo en materia religiosa como
algo excepcionalmente deseable y de sumo valor. El crecimiento en estas cosas
—al menos en extensión, pero no en profundidad— era para ellos un motivo de
satisfacción. La propagación del conocimiento exterior de Dios es lo que
precipita la crisis final, el juicio final y la supresión definitiva de todo lo
que lleva su Nombre falsamente y para su propia complacencia. Ellos habían
buscado mucho al hombre y al mundo, los que prometen mucho a los ojos. Pero
esto no es justo juicio; pues cuando se da lugar así a la naturaleza caída en
la iglesia, resulta en gran pérdida, hasta la plena exclusión de lo que es
divino y celestial, y frente a todas las verdaderas riquezas, ello significaba
el verdadero y amargo empobrecimiento. Esto es lo que el Señor pasa a
presentarle al ángel luego. Sigue entonces una falta de discernimiento.
“Y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y
desnudo” (v. 17).
Esto era así porque habían
rechazado el testimonio de Dios. Su testimonio siempre produce el sentimiento
de no ser nada, pero nunca debilita la confianza en Él. Puede haber pruebas.
Las Epístolas de Juan están llenas de ellas; pero no existe nunca el
pensamiento de que el Espíritu conduzca a un creyente a dudar de que Dios esté
a favor de él. Él puede obrar —y seguramente obrará— en un alma que se esté
apartando del Señor para volverla a traer a Él. Puede hacernos sentir nuestra
debilidad. Pero de ninguna manera obrará jamás produciendo una duda de la
verdad. Y siempre es una señal de la carne en actividad, “deseando contra el
Espíritu”, cuando damos lugar a la desconfianza. Siempre el Espíritu Santo,
dondequiera que se encuentre, tiene por objeto hacer que un hombre se humille
completamente a sí mismo, que juzgue y que renuncie a la insensatez de la
carne. Hay, y debe haber, siempre realidad y confianza en la presencia de Dios.
Laodicea dice: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de
ninguna cosa tengo necesidad” (v. 17). Es el Espíritu Santo precisamente
quien pronuncia que esto es presunción de la carne, un corazón que no conoce sus
necesidades y que rehúsa la gracia. Había habido cierto calor momentáneo, que
es lo que la había hecho tan aborrecible para Dios. Pero esto es justamente lo
que los hombres están haciendo, los que hablan de la iglesia del futuro. Ellos
llaman al tiempo apostólico «la infancia de la iglesia»; más tarde la iglesia
se volvió excesivamente crecida y desarrollada así como arrogante; y ahora
ellos buscan una iglesia del futuro, cuando ya no esté más sujeta, sino que
actuará por sí misma: actuará como un hombre adulto. ¡Ay!, ¿dónde terminarán
estas aspiraciones? Pues Dios será excluido de la así llamada «iglesia», y Su
autoridad no será tenida en cuenta.
El indiferentismo
Esto está operando hoy de manera
extensiva. ¿Y son tibios los hijos de Dios frente a ello; frente a la verdad de
Dios que es excluida? Recordemos lo que el Señor dice aquí: “Te vomitaré de mi boca.” Sería un grave
error suponer que no había buenos hombres entre ellos. Pero no se trata aquí de
una cuestión de individuos, sino de la asamblea: El Señor dijo que como tal él los vomitaría de su boca. La
gente no puede congregarse en extensas masas sin tener como resultado el
laodiceísmo, por no decir que éste haya sido también la fuente de ello. La
popularidad es una cosa; pero otra muy distinta es el Espíritu Santo que reúne
a las almas hacia Cristo en el presente tiempo. ¡El Señor sea alabado si tan
sólo hay unos pocos congregados a su Nombre (Mateo 18:20)! Que todos los hijos
de Dios tengan presente que ellos deben rendir cuentas al Señor Jesús respecto
de si se hallan representados por Laodicea o no; si es que están viviendo para
Cristo, o para lo que meramente lleva su Nombre como un velo sobre el
indiferentismo.
Sin embargo, el Señor no los
abandona. Les dice: “Yo te aconsejo que
de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas
para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (v. 18).
El oro es empleado como símbolo de la justicia intrínseca en la naturaleza de
Dios, o justicia divina; y vestiduras blancas, o lino, representa las justicias
de los santos, como lo vemos en el capítulo 19.
La justicia divina no formaba
más parte de sus pensamientos. Ni apreciaban la justicia de Dios —lo cual un
cristiano es hecho en Cristo (2.ª Corintios 5:21)—, ni tampoco la justicia
práctica puesta de manifiesto ante los hombres, a la cual el Espíritu Santo
conduce. De modo que el Señor les aconseja que compren de él el verdadero oro,
y vestiduras blancas para que pueda tener lugar la santidad que les convenía
delante de los demás. “Unge tus ojos con
colirio, para que veas.” He ahí el secreto: la falta de unción del Santo.
Ellos no veían nada adecuadamente; ni siquiera su necesidad de la justicia
divina.
Llamado al arrepentimiento: Cristo está afuera y llama
“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y
arrepiéntete” (v. 19). Seguramente que ésta es la voz del Señor
para el tiempo presente. ¡Ay, he aquí lo que los laodicenses necesitaban!. El
Señor está tratando con su pueblo; pone continuamente delante de ellos algo
para humillarlos en los pensamientos que tienen de sí mismos: Él no les dice
que hagan o que traten de hacer algo nuevo, sino que los llama a
“arrepentirse”. No les pide que extiendan sus alas para realizar algún vuelo
más grande en el futuro, sino que vean dónde están, y que confiesen su fracaso.
Pero esto es tedioso a la luz de un corazón autosuficiente y contento de sí
mismo. Sin embargo, el llamado al arrepentimiento aquí, como en Sardis, difiere
enormemente del que vemos en los mensajes a Éfeso y a Pérgamo, donde se instó a
todos bajo pena de solemne castigo de parte del Señor, ya sea de manera general
o particular. Tiatira tenía aquí también un lugar intermedio: “Y le he dado
tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación”
(Apocalipsis 2:21). Por eso siguió la amenaza del juicio, y sobrevino el vasto
cambio en toda su extensión.
Es algo mucho más elevado
padecer por Cristo y con Cristo, que ser activo en obras. Cuando el apóstol
preguntó una vez: “¿Qué haré, Señor?”, el Señor le dijo: “Te mostraré cuánto te
es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9). Esto es lo que el Señor valora
de manera muy especial. No meros sufrimientos como hombres, sino sufrimientos
por Cristo. “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2.ª Timoteo 2:12).
En Laodicea se trataba de
personas que, a causa de su orgullo, habían caído muy bajo, y eran, pues,
llamadas a ser celosas y a arrepentirse, a humillarse delante de Dios a causa
de su condición.
Sin embargo, el Señor profiere
una palabra de gracia: “He aquí, yo estoy
a la puerta y llamo” (v. 20). ¿No es algo solemne que el Señor esté allí, y
que tome el lugar de alguien que está afuera? Sin embargo, él estaba dispuesto
a entrar cuando hallara un alma leal a él.
“Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él.” ¿Hace falta decir
que éste no se trata de un mensaje de salvación para el mundo? En el capítulo
10 de Juan, el Señor se presenta en plena gracia diciendo: “Yo soy la puerta;
el que por mí entrare, será salvo” (v. 9). Pero en Apocalipsis él habla de esta
manera a la iglesia. ¡Qué posición solemne! ¡Cuán bajo había caído ella ahora!
Lo que debía haber sido la gozosa porción de toda la iglesia —ya sea en su acercamiento
a Dios o en sus manifestaciones ante los hombres o en la comunión de Cristo—,
era ahora ofrecida en pura gracia a aquel que oyere con atención y se humillare
ante la gracia del Señor. Él ciertamente no tiene simpatía con la
autosatisfacción de Laodicea. Por eso está fuera, golpeando a la puerta, por si
acaso hubiere algún corazón dentro que no estuviere tan ocupado con las cosas y
con las personas de alrededor, y que le abra la puerta. Al tal le dice: “Entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo” (v. 20). Pero se trata de un asunto enteramente individual. En
presencia del más grave abandono de la verdad, ¿debemos acaso decir: «No hay ninguna esperanza»? De ninguna manera;
pues el Señor está a la puerta y llama. Puede que no muchos respondan a su llamado,
pero algunos lo harán.
Sentados en el trono de Cristo
Y la promesa es: “Al que venciere, le daré que se siente
conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su
trono” (v. 21). Es un error suponer que ésta es una promesa gloriosa:
estamos dispuestos a pensar así porque naturalmente valoramos todo lo que se
relaciona con gloria desplegada. Pero Dios no estima las cosas de este modo. La
regla que mide las cosas según su valor, es el santo amor de Dios —el que
demostró ser divino, mayormente cuando Cristo se humilló a sí mismo al
descender hasta el hombre y morir por él—, y no el poder ni la gloria. Dios
podía haber hecho millares de mundos resultándole mucho más fácil que dar a su
Hijo para sufrir en la cruz. No cuestiono la gracia de esa expresión, a pesar
de semejante mal que imperaba; pero nuestra participación en el reino con
Cristo no es lo más bendito que gozaremos. Y la promesa que aquí se hace no va
más lejos. Lo que tenemos y tendremos en Cristo mismo es mucho más precioso.
Sin embargo, ésta es una porción con Cristo. En Juan 17:23 el Señor muestra que
el despliegue de gloria es para la reivindicación de sí mismo ante el mundo.
Toda la gloria revelada en el futuro constituirá la prueba para el mundo, para
que sepan que el Padre nos ama como amó a su Hijo. Pero nosotros estamos
facultados a saberlo por el Espíritu Santo ahora. No tenemos que esperar hasta
entonces para conocer el amor que nos ha dado la gloria: una cosa más profunda
que aparecer ante el mundo o que tronos en el reino. El afecto personal del
Señor hacia su pueblo es una porción mucho mejor que cualquier cosa desplegada
ante los hombres o los ángeles.
Y aquí el Señor cierra las
iglesias. Él había llegado al último estadio. La sabiduría de Dios ha provisto
en estos capítulos no tanto verdades profundas, sino más bien lo que requiere
conciencia; y esto, antes que gran capacidad, es lo que debemos entender.
W.
Kelly, Lectures
on the Book of Revelation, pág. 80-88
SINOPSIS
Del mensaje a la asamblea de Laodicea
La Iglesia en su
responsabilidad sobre la tierra iba a ser desechada, mayormente al final, por
ser un testigo infiel. El cuadro que describe el estado de Laodicea es,
naturalmente, muy claro, pero, a mi entender, es el resultado de la aversión y
el desprecio del testimonio suscitado precedentemente por el Señor
(Filadelfia). Si se desconoce y desprecia la verdad valorada por aquellos que
de veras esperan al Señor, uno se encuentra en peligro de caer en la espantosa condición
que la Palabra pone aquí ante nuestros ojos. En Laodicea, Cristo ya no es más el único objeto por el cual el corazón
se siente atraído y con el cual se complace. Tampoco existe más aquí el
sentimiento de la bendición relacionada con su venida y que conduce a
esperarlo; y menos aún se glorifica uno en la debilidad, de modo que el poder
de Cristo permanezca y se manifieste en esta misma debilidad. Al contrario,
prevalece el deseo de ser grande, de ser tenido en alta estima por los hombres,
tal como dice: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo
necesidad” (v. 14). Vemos aquí una condición, pues, que deja un amplio lugar
para los pensamientos y los caminos del hombre.
Por eso el Señor se presenta
ante ellos como “el Amén”, el fin de toda esperanza en el hombre; y toda
seguridad no se halla más que en la fidelidad del Cristo de Dios. Cristo solo
es “el testigo fiel y verdadero”. Esto es precisamente lo que la Iglesia
tendría que haber sido y no fue, y, por consecuencia, él mismo debe tomar este
lugar. Es el mismo lugar que él ocupó cuando, lleno de gracia, estuvo aquí
abajo; y ahora él debe reprender a la Iglesia en poder, en gloria y en juicio.
Y difícilmente uno puede concebir tan grande y solemne reprensión infligida a
la condición de aquellos cuya obligación era haber sido testigos fieles y
verdaderos en la tierra. Además, él es “el principio de la creación de Dios”.
Esto pone al primer hombre completamente de lado, y con toda la razón por
cuanto Laodicea es la glorificación del hombre y de sus recursos en la Iglesia.
“Yo conozco tus obras, que ni
eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres
tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (v. 15). Ellos son
neutrales, o indiferentes, en principio y en la práctica; su corazón sólo está
a medias del lado de Cristo. Estoy persuadido de que nada es más propenso a
generar la indiferencia que cuando se asume una posición sana de la verdad
exteriormente, pero sin el ejercicio del juicio de uno mismo y una sincera
piedad. Cuanto más uno esté firme en el frente del campo de batalla, llevando
la responsabilidad del testimonio de Dios, tanto más habrá conocido y profesado
conocer la gracia y la verdad de Dios, exponiéndolas literalmente ante los
demás. Pero si no hay un andar que marche parejo con la luz; si el corazón y la
conciencia no son gobernados y animados por el poder del Espíritu de Dios, por
medio de una fe viva en Cristo, más profundamente también, tarde o temprano,
uno caerá de nuevo en un estado de indiferencia, si no de activa enemistad. Uno
se volverá indiferente a todo lo que es bueno, y el único tipo de celo que
predominará, si existe algún celo, será por lo que pertenece al primer hombre,
esto es, por lo mundano y lo malo.
Tal es el estado de Laodicea o
laodiceísmo. Y el Señor declara que es una cosa tan repulsiva, que no nos ha de
extrañar que la mayoría no esté dispuesta a reconocer que ésa sea su parte
—como lo es—, o siquiera que pueda serla. Es la última fase antes de que no
quede traza de la Iglesia en la tierra. La gente sueña vanamente con progresos,
y se halaga. “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de
mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa
tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre,
ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en
fuego” (v. 16-18). Ellos querían todo lo que es característico del cristianismo
—aunque carecían de todo lo que es precioso: “oro”, o sea, la justicia divina
en Cristo, “para que seas rico”, y “ropas blancas”, lo que significa la
justicia de los santos, “para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez”. Además, tenían necesidad de “colirio” para sus ojos: “y unge tus
ojos con colirio, para que veas” (v. 18). Habían perdido la percepción de lo
que Dios valora. Todo era oscuro en cuanto a la verdad, e incierto en cuanto al
juicio moral. La santidad de la separación y el sabor de la vida habían
desaparecido.
“Yo reprendo y castigo a todos
los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y
llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y
él conmigo” (v. 19-20). Aun allí, en esta triste condición, el Señor se
presenta desde afuera, lleno de gracia para responder a las necesidades de las
almas.
"Al que venciere, le daré
que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con
mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”
(v. 21-22).
Y en las palabras que terminan
la epístola, no encontramos nada de especial; lo máximo que se promete no va
más allá de la promesa de reinar con él. Ahora bien, reinar con Cristo es lo
que se reserva a cada uno de los que tendrán parte en la primera resurrección,
incluso a los judíos que padecieron bajo enemigos anteriores, o más tarde bajo
el reino del Anticristo. Es, pues, un error suponer que esta promesa constituya
una distinción particular. Pues todo se resume en el hecho de que, después de
todo, el Señor se mostrará fiel, a pesar de la infidelidad reinante. Puede
haber una fe individual real en medio de las condiciones más desfavorables y
adversas. Pero todos los que son de Dios y de Cristo comparten el reino.
W. K.,
Revelation Expounded, pág. 71-74