NICOLAITISMO

 

Surgimiento y crecimiento del clero

 

F. W. Grant

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

 

Me propongo poner en lenguaje moderno relevantes escritos de autores cristianos del siglo XIX, a fin de facilitar su lectura y comprensión para el lector de hoy.

 

Tenemos una mina de oro de verdad que nos legaron estos autores dotados por Dios, quienes nos abrieron las Escrituras de una manera que fue desconocida durante 1500 años. Lamentablemente, estos escritos prácticamente ya no son leídos hoy o, si lo son, no resultan fácilmente comprensibles para el lector promedio. Una de las razones obedece al hecho de que el estilo literario ha cambiado sensiblemente en el último siglo, yendo desde un fuerte énfasis en la belleza de formas (con una estructura oracional de períodos largos y encadenados) hasta un énfasis en la simplicidad y facilidad de lectura. Asimismo, muchas palabras han cambiado de significado, y no dicen lo mismo que lo que significaban un siglo atrás, o no se usan más.

 

Por estos motivos, y convencido de que tal es la dirección del Señor, me he dedicado a revisar algunos de estos escritos para facilitar su comprensión, procurando mantener al mismo tiempo, y dentro de mis capacidades, la exactitud del sentido del autor y su estilo. He omitido referencias a obras ya no disponibles o a circunstancias poco conocidas. También he agregado notas al pie de página cuando consideré necesario aclarar un pensamiento. Pero como toda revisión es humana y, por ende, falible, el lector habrá de cotejar con el original cuando surja alguna duda de algún detalle propio del autor.

 

Quiera Dios que este trabajo de revisión ayude al lector a crecer en la verdad y le permita apreciar más a su Señor y Salvador Jesucristo. Y quiera Dios también despertar el corazón de algún lector que todavía no ha reconocido su condición de pecador delante de Dios y no ha puesto su confianza en Jesús como su Salvador.

 

Roger P. Daniel

 

 (Editor de la publicación en inglés)

 

 


 

NOTA BIOGRÁFICA

 

Frederick W. Grant nació en Londres, Inglaterra, en julio de 1834, y conoció a Cristo de muy joven. En 1855 se trasladó al Canadá, donde llegó a ser ministro de la Iglesia de Inglaterra.

 

Mientras estaba en el Canadá, Grant leyó literatura de los llamados «hermanos», lo que lo motivó a estudiar la Biblia con mayor intensidad. Como resultado, descubrió que su posición eclesiástica era errónea, lo cual lo llevó a resignar su pastorado y a abandonar el denominacionalismo. Su siguiente paso fue reunirse con «los hermanos».

 

¿Qué es lo que produjo este trascendental cambio en el rumbo del hermano Grant? Primero, él vio en la Biblia que la Persona del Señor Jesucristo es el único y verdadero Centro de reunión para los cristianos, y no algún credo, una doctrina, una organización humana o un determinado nombre. También vio que Dios reconoce una sola Iglesia, de la cual cada cristiano es miembro, y que Dios estableció principios muy definidos que demarcan una senda común que todos los cristianos han de transitar en relación con Su Iglesia, senda que no es seguida por las denominaciones. Lo tercero que vio fue que el Líder, Guía y Director de la verdadera Iglesia es el Espíritu Santo que mora en ella, y no un “oficial” o cuerpo de oficiales ordenados por el hombre, y que, como todos los cristianos son sacerdotes delante de Dios, no necesitan que estos “ministros humanamente nombrados” estén entre ellos y Dios.

 

Grant empleó el resto de su vida para enseñar éstas y muchas otras verdades maravillosas de la Escritura. Escribió numerosos libros y tratados, que presentaron de manera fiel y metódica la Persona del Señor Jesús y su santa Palabra a sus lectores.

 

Grant fue uno de los primeros maestros de la Biblia en discernir la estructura numérica de las Escrituras. Tal vez sea más conocido precisamente por su obra de siete volúmenes, “La Biblia numérica”, la cual abarca todo el Nuevo Testamento y gran parte del Antiguo. Este trabajo incluye una traducción muy literal de las Escrituras hecha por él mismo, y una completa exposición de ésta desde un punto de vista numérico.

 

Partió a la presencia del Señor, el 25 de julio de 1902, tras una vida de intensa labor, cuando cumplió 68 años.

 


 

INTRODUCCIÓN

 

La mayoría de los cristianos están tan acostumbrados a un sistema de clérigos y laicos en sus “iglesias”, que se asombran o hasta se enfurecen cuando este sistema es cuestionado. Les parece muy correcto que haya un pastor o ministro que se haga cargo de una iglesia; y el hecho de que todo parezca funcionar muy bien bajo este régimen, se aduce como prueba de su validez.

 

En este tratado, Grant examina y refuta abiertamente el sistema clérigo-laicista. Demuestra con claridad, a la luz de las Escrituras, que esta estructura humana es un mal que ha causado gran pérdida al pueblo de Dios. Aun cuando haya sido escrito hace más de 100 años atrás, las cosas no están mejores hoy. Le animo a leer esta obra con una mente libre de prejuicios y con la Biblia abierta. No queremos la opinión de Grant ni la mía ni la de nadie, sino lo que Dios piensa al respecto. Le ruego, pues, que eche mano y haga uso del principio escriturario que reza: “examinadlo todo y retened lo bueno” (1.ª Tesalonicenses 5:21).

 

Quisiera mencionar un punto al cual Grant no se ha referido, tal vez porque en sus días no era tan común como hoy. Me refiero al uso del título de Reverendo en relación con un predicador. El Diccionario define Reverendo como un “epíteto de respeto aplicado o antepuesto al nombre de un clérigo. Digno de ser reverenciado; que le corresponde reverencia” (Webster; similarmente el DRAE). El término aparece así vertido en algunas versiones de la Biblia en el Salmo 111:9: “Santo y reverendo es su nombre”, aplicado al nombre de Dios, por lo que nadie debería aplicárselo a sí mismo.

 

A medida que lea Ud. este escrito, se dará cuenta sin requerir mucha imaginación por qué ocurrieron estas cosas. Cuando los hombres comenzaron a ocupar los puestos de clérigos (esto es, una clase dirigente que estaba por encima del resto de la gente, o sea, de los laicos), anhelaron un título que mostrara el respeto que suponían que les era debido. Uno de esos títulos fue el de “reverendo”, que sonaba muy respetuoso. Siguiendo esta misma dirección, muchos “ministros” se sienten orgullosos de lucir las iniciales que indiquen algún grado académico, tal como “Doctor en Teología”, etc. a continuación de sus nombres, para señalar así que son algo especial, que tienen alguna capacidad especial impartida por escuelas o instituciones religiosas humanas, en vez de estar plenamente capacitados por el llamado y la enseñanza de Dios.

 

Con las observaciones precedentes, encomiendo esta revisión de la obra del Sr. Grant a cada lector, rogando que ayude a mostrar a cada verdadero hijo de Dios su gran privilegio de tener acceso directo a Dios, y pidiendo también que ponga al desnudo el perverso sistema que ha llegado a ser tan común en la cristiandad profesante.

 

                                                                         Roger P. Daniel

 

 


 

NICOLAITISMO: Surgimiento y crecimiento del clero

 

 

“Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco... Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco” (Apocalipsis 2:6,15, en las epístolas del Señor dirigidas a las iglesias de Éfeso y de Pérgamo).

 

En las cartas proféticas dirigidas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 (las cuales nos dan la historia espiritual de la Iglesia desde el tiempo de los apóstoles hasta la venida del Señor), la carta a la iglesia de Pérgamo sigue a las cartas a la iglesia de Éfeso y a la iglesia de Esmirna. Pérgamo marca la tercera etapa de la desviación de la verdad por parte de la Iglesia y es históricamente fácil de reconocer. Se aplica al tiempo en el cual, luego de haber atravesado las persecuciones paganas (Esmirna), la Iglesia fue públicamente reconocida y establecida en el mundo. El tema principal de la carta a Pérgamo es “la Iglesia que mora donde está el trono de Satanás”. La palabra correcta es «trono», no «asiento». Satanás tiene su trono en el mundo, no en el infierno, el cual será su prisión y en el cual nunca reinará. Él es llamado “el príncipe de este mundo” en Juan 12:31, 14:30 y 16:11.

Por la tanto, morar donde está el trono de Satanás es asentarse en el mundo, bajo el gobierno y la protección de Satanás. ¡Esto es lo que la gente llama la institución de la Iglesia! Tuvo lugar bajo el emperador romano Constantino, cerca del año 320 d.C. Aun cuando la tendencia de la Iglesia a unirse con el mundo había estado aumentando por algún tiempo, fue entonces cuando ella salió fuera del lugar que le era propio e ingresó en los lugares de la antigua idolatría pagana. La gente llama a esto el triunfo del cristianismo, pero el resultado fue que la Iglesia se posesionó con tal firmeza de las cosas del mundo como nunca antes. El lugar de liderazgo en el mundo fue de ella y los principios del mundo la invadieron rápidamente.

 

El nombre Pérgamo indica esto. Es una palabra griega que significa casamiento. El casamiento de la Iglesia con cualquier cosa antes que Cristo venga a llevársela consigo (en el arrebatamiento), es infidelidad hacia Él, con quien ella está desposada. Pero aquí está el matrimonio de la Iglesia y del mundo, el final de un noviazgo que había comenzado mucho tiempo antes.

 

Antes del tiempo de este «casamiento», una cosa importante se menciona en la primera carta a la iglesia de Éfeso, aunque sólo de manera incidental, pues ello no caracteriza la condición espiritual de la asamblea de Éfeso. El Señor les dice: “¡Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco” (Apocalipsis 2:6)! Sin embargo, en Pérgamo tenemos más que las obras de los nicolaítas; tenemos una doctrina, y la Iglesia, en vez de rechazarla, la toleraba. En su tiempo, los santos de Éfeso aborrecían las obras de los nicolaítas, pero en Pérgamo la permitieron y no condenaron a aquellos que sostenían la doctrina.

 

¿Cómo hemos de interpretar estos versículos? Hallamos que la palabra nicolaítas es lo único que tenemos para ayudarnos. Muchos han realizado grandes esfuerzos para intentar demostrar que existió una secta de los nicolaítas —un grupo religioso llamado por ese nombre— pero la mayoría de los autores concuerdan en que esa hipótesis es muy improbable. Aun si existió tal secta, es difícil entender por qué debería haber en estas epístolas proféticas semejante mención repetida y enfática de una secta oscura acerca de la cual la gente nos puede decir poco o nada. El Señor denuncia solemne y poderosamente: “la cual aborrezco”. Ella debe ser especialmente importante para Él, y también debe ser significativa en la historia de la Iglesia, por poco comprendida que pueda ser. Además, la Escritura no nos remite a la Historia de la Iglesia ni a ninguna historia para que interpretemos sus significados. La Palabra de Dios es su propio intérprete a través del Espíritu Santo y no tenemos que acudir a otras fuentes para descubrir lo que está allí. De lo contrario, la interpretación de la Escritura dependería de hombres eruditos que buscan respuestas para aquellos que no tienen los mismos recursos o aptitudes, ¡las cuales, forzosamente, habrían de ser aceptadas sobre la base de su autoridad solamente!

 

A lo largo de la Escritura, el significado de los nombres es importante, y el significado de nicolaíta es llamativo e instructivo. Por supuesto, para aquellos que hablaban griego, el significado les habría resultado claro. Significa sojuzgador del pueblo. La última parte de la palabra (Laos) es la palabra griega que designa al «pueblo» y nuestro término de uso común «laicos» deriva de ella. Así pues, los nicolaítas fueron gente que estuvieron sometiendo o reprimiendo a los laicos —la masa del pueblo cristiano— para enseñorearse indebidamente sobre ellos.

 

Lo que hace que esto sea más claro aún es que en Pérgamo tenemos también a aquellos que sostenían la doctrina de Balaam; un nombre cuya semejanza en lo tocante a significado ha sido observada con frecuencia. Balaam es una palabra hebrea que significa destructor del pueblo, un significado muy importante en vista de su historia. Balaam “enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación” (Apocalipsis 2:14). Con este propósito instigó a Israel a mezclarse con las naciones, de las cuales Dios los había separado con cuidado.

 

El desbaratamiento de esa necesitada separación significó la destrucción de Israel, mientras prevaleciera. De igual modo, la Iglesia es llamada a salir fuera del mundo, y es sumamente fácil aplicar el tipo divino en este caso. Así, la estrecha relación de estos dos nombres (Balaam y nicolaíta), ayuda a confirmar el significado anterior de nicolaíta.

 

Observemos el desarrollo del nicolaitismo. Al principio (y sólo estoy traduciendo la palabra), sólo cierta gente adoptó una posición de superioridad sobre el pueblo. Sus obras demostraron lo que eran. Aún no hay doctrina en la carta a la iglesia de Éfeso, pero una doctrina, o enseñanza, se estableció ya en Pérgamo. Ahora el lugar de liderazgo es asumido para ser de ellos por derecho. La doctrina —la enseñanza sobre esto— es aceptada al menos por algunos, y la Iglesia se ha vuelto indiferente ante esta situación.

 

¿Qué ha sucedido entre las obras de los nicolaítas y la doctrina? Ha surgido un partido al cual el Señor señala como de aquellos que decían que eran judíos y no lo eran, pero que eran la “sinagoga de Satanás”, el esfuerzo demasiado exitoso de Satanás de judaizar la Iglesia, de hacer que la Iglesia fuera como el judaísmo del Antiguo Testamento.

 

El judaísmo fue un sistema probatorio; un sistema de prueba, para ver si el hombre podía producir una justicia tal que agradara a Dios. El resultado de la prueba fue que Dios dijo “no hay justo, ni siquiera uno” (Romanos 3:10). Sólo entonces Dios pudo mostrar su gracia. Mientras estuviese sometiendo a prueba al hombre, Dios no podía abrir el camino a Su propia presencia, y justificar[1] ahí al pecador. Él tuvo que mantener alejado al hombre entretanto perdurara aquella prueba, para que sobre aquel fundamento (las obras de los hombres) ninguno pudiera ver a Dios y vivir. No obstante, la naturaleza esencial del cristianismo es que todos son bienvenidos. Hay una puerta abierta y un acceso directo a Dios. La sangre de Cristo habilita a cada pecador a acercarse a Dios, y a encontrar justificación por Él. Ver a Dios en Cristo es vivir, no morir. Por eso, aquellos que le han encontrado por el camino de la sangre que habla de paz, son considerados aptos y ordenados para tomar un lugar distinto de todos los demás, porque ahora ellos son Suyos, son hijos del Padre y miembros de Cristo, de Su cuerpo. Ésa es la verdadera Iglesia, un cuerpo llamado a salir fuera, separado del mundo. Lea 1.ª Corintios 12 y Efesios 1:22-23.

 

El judaísmo, por otro lado, incluyó a todos los judíos. Ninguno podía tomar un lugar con Dios. Por consiguiente, la separación entre judíos piadosos y no piadosos, era imposible. El judaísmo fue una necesidad prevista por Dios; pero instaurar nuevamente el judaísmo, después que Dios le hubo puesto fin, no tenía sentido. Más bien era el muy exitoso trabajo de Satanás contra el evangelio de Dios y Su Iglesia. Dios tildó a estos judaizantes como la “sinagoga de Satanás”.

 

Ahora podemos entender cómo cuando el verdadero carácter de la Iglesia se perdió de vista, cuando el significado de «miembro de la Iglesia» llegó a ser gente bautizada con agua en lugar de serlo con el Espíritu Santo; cuando el bautismo con agua y con el Espíritu Santo fueron considerados la misma cosa (y esto llegó a ser aceptado como doctrina muy tempranamente en la historia de la iglesia), la sinagoga judía fue, en la práctica, establecida nuevamente. Cada vez fue siendo más difícil hablar de cristianos que hubiesen hecho la paz con Dios o aun que fuesen salvos. Ellos esperaban serlo, y los sacramentos y ordenanzas llegaron a ser medios de gracia para asegurar, en lo posible, una salvación muy distante.

 

Veamos cómo esto contribuyó a la doctrina de los nicolaítas. A medida que la Iglesia llegó a ser una «sinagoga», los cristianos vinieron a ser, en la práctica, lo que fueron los judíos de la antigüedad, cuando no había en forma alguna ningún acercamiento real a Dios. Incluso el Sumo Sacerdote, quien (como tipo de Cristo) entraba al Lugar Santísimo una vez al año, tenía que cubrir el propiciatorio con una nube de incienso para no morir. Los sacerdotes comunes sólo podían entrar en el Lugar Santo exterior, y la gente ni siguiera podía entrar allí. Todo esto estaba expresamente designado como un testimonio de su condición espiritual. Era la consecuencia de su fracaso espiritual, por cuanto el ofrecimiento hecho por Dios a ellos en Éxodo 19 fue éste: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa” (v. 5, 6).

 

Así pues, a Israel se le ofreció, condicionalmente, una igual posibilidad de acceso íntimo a Dios. Todos ellos habían de ser sacerdotes. Pero esto fue revocado por cuanto quebrantaron el pacto. Entonces, los miembros de una familia especial (Leví) fueron puestos como sacerdotes, y el resto del pueblo fue colocado en un segundo plano.

 

Así, un sacerdocio separado e intermediario caracterizó al judaísmo. No había ninguna labor misionera; ninguna salida al mundo; ninguna provisión, ninguna orden para predicar la Ley en absoluto. En efecto, ¿qué podían decir? Que Dios estaba en una densa oscuridad y que ninguno podía verle y vivir. Ésas no eran buenas nuevas. Así, la ausencia del evangelista y la presencia del sacerdocio intermediario[2] contaban la misma triste historia.

 

Tal era el judaísmo. ¡Cuán diferente es el cristianismo! No bien la muerte de Cristo hubo rasgado el velo (entre el lugar santo y el lugar santísimo, indicando un acceso a Dios para todos los sacerdotes) (Mateo 27:51), y hubo abierto el camino hacia la presencia de Dios, entonces, de inmediato, hubo un Evangelio, y la nueva orden fue: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Dios ahora está haciéndose conocer al mundo entero.

 

La intermediación sacerdotal terminó, dado que todos los cristianos ahora son sacerdotes para Dios. Lo que fue ofrecido a Israel condicionalmente, es ahora un hecho incondicional y consumado en el cristianismo. Nosotros somos un reino de sacerdotes; y es Pedro (ordenado por los hombres como la cabeza del ritualismo) quien anuncia las dos cosas que destruyen por completo el ritualismo. Primero, nos dice que somos “nacidos de nuevo”, no por bautismo, sino “por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. Segundo, en lugar de una casta de sacerdotes, él dice a todos los cristianos: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1.ª Pedro 1:23; 2:5). Hoy, nuestra alabanza y acción de gracias, y aun nuestras vidas y nuestros cuerpos, todo debe ser sacrificio espiritual para Dios (Hebreos 13:15, 16; Romanos 12:1). Ésta debe ser la verdadera obra sacerdotal de nuestra parte, y sólo de este modo se logrará que nuestras vidas adquieran su propio carácter. Estos sacrificios son el servicio de ofrendas de gratitud de aquellos capacitados para acercarse a Dios.

 

En el judaísmo —permítaseme repetirlo— ninguno realmente se acercaba a Dios. Así pues, siempre que se encuentre una casta sacerdotal, ésta significa la misma cosa, es decir, para la masa de la gente, Dios está fuera, que hay distancia y oscuridad.

 

 

 


 

EL SIGNIFICADO DE UN CLERO

 

Vamos a ver ahora qué significa un clero. Es la palabra que señala a una clase especial de personas, distinguida de los «laicos» por haberse entregado a cosas espirituales y por tener un lugar de privilegio en relación con estas cosas sagradas que los laicos no tienen. Actualmente, esta clase especial está siendo atacada por dos razones, aunque está lejos de desaparecer. Primero, Dios está arrojando luz con respecto a este asunto. La segunda razón es puramente humana: la época es democrática, y los privilegios de clase están desapareciendo.

 

Pero, ¿qué significado tiene esta clase especial? Puesto que es distinta de los laicos, y goza de privilegios que éstos no tienen, significa un abierto y real nicolaitismo, a menos que la Escritura avale sus pretensiones, puesto que los laicos ¡han sido sometidos a ellos! Pero la Escritura no utiliza tales términos y distinciones de clase, ni los aplica a nuestros tiempos del Nuevo Testamento. Estos términos, «clérigo» y «laico», son pura invención humana, que han surgido después que el Nuevo Testamento fuera completado, aunque en realidad el concepto que está detrás de estos términos fue de hecho importado del judaísmo del Antiguo Testamento.

 

Debemos ver el importante principio que está en juego para entender por qué el Señor dice que aborrece las obras de los nicolaítas. Nosotros también, si estamos en comunión con nuestro Señor, debemos aborrecer lo que Él aborrece.

 

Yo no estoy hablando de personas (¡Dios no lo permita!), sino de una cosa. Hoy estamos al final de una larga serie de alejamientos de Dios. Como consecuencia, crecemos entre muchas cosas que han llegado hasta nosotros como “tradiciones de los ancianos”, vinculadas con hombres a quienes honramos y amamos, y, admitiendo su autoridad, hemos aceptado estas tradiciones sin siquiera jamás haber analizado la cuestión por nuestra propia cuenta a la luz de la Palabra de Dios.

 

Reconocemos sinceramente a muchos de estos hombres como verdaderos siervos de Dios, pero ocupando una posición errónea. Yo me refiero a la posición: a la cosa que el Señor aborrece. Dios no dice: «las personas que yo aborrezco». Aunque en aquellos días esta clase de mal no era hereditario como lo es ahora, y aquellos que esparcían el mal tenían su propia responsabilidad, nosotros, no obstante, no deberíamos avergonzarnos ni temer estar donde el Señor está. De hecho, no podemos estar con Él en este asunto, a menos que nosotros también aborrezcamos las obras de los nicolaítas.

 

Debemos aborrecer esta cosa porque significa una casta o clase espiritual —un grupo de personas que oficialmente tienen un derecho a la dirección en cosas espirituales, una cercanía a Dios derivada de una posición oficial, y no de poder espiritual—. Esto es realmente un resurgimiento, bajo otros nombres, y con modificaciones, del sacerdocio intermediario del judaísmo. Éste es el significado del clero. Por lo tanto, el resto de los cristianos son sólo los laicos, los seglares, relegados, en mayor o menor medida, a la antigua distancia de Dios, a la cual la cruz puso fin.

 

Ahora podemos ver la razón de por qué la Iglesia tenía que ser judaizada antes que las obras de los nicolaítas pudieran madurar en una doctrina. Bajo el judaísmo, el Señor hasta había autorizado la obediencia a escribas y fariseos que se sentaban en la cátedra de Moisés (Mateo 23:2-3); y para que este texto se aplique ahora, la cátedra de Moisés tenía que ser establecida en la Iglesia cristiana. Una vez que esto tuvo lugar, y que la masa de cristianos fuera degradada del sacerdocio del cual habló Pedro, a meros «miembros laicos», la doctrina de los nicolaítas fue establecida.

 

 


 

EL MINISTERIO CRISTIANO

 

Que no se me vaya a mal interpretar. Yo no pongo en tela de juicio la institución divina del ministerio cristiano, puesto que el «ministerio» es característico del cristianismo. Y si bien creo que todos los verdaderos cristianos son ministros, yo no cuestiono un ministerio especial y distintivo de la Palabra, como dado por Dios a algunos y no a todos, pero para el uso de todos. Ninguno que sea verdaderamente enseñado por Dios puede negar que algunos cristianos tengan el lugar de evangelista, pastor o maestro. La Escritura enseña que todo verdadero ministro es un don de Cristo, que lo es por Su cuidado como Cabeza de la Iglesia, y que es para Su pueblo, que es uno que tiene su lugar dado por Dios solamente y que es responsable, en su carácter de ministro, ante Dios solamente. El miserable sistema clérigo-laicista degrada al ministro de Dios de ese bendito lugar y hace de él poco más que la manufactura y el servidor de los hombres. A la vez que otorga un lugar de señorío sobre gente que complace a la mente carnal (la vieja naturaleza), este sistema restringe al hombre espiritual, tanto al generar en él una conciencia artificial para los hombres (el consejo de la iglesia, etc.), como al obstaculizar su conciencia para estar correctamente delante de Dios.

 

Permítanme establecer brevemente cuál es la doctrina de la Escritura sobre el «ministerio». Es muy simple. La verdadera Iglesia (Asamblea) de Dios es el cuerpo de Cristo; todos los miembros son los miembros de Cristo. En las Escrituras no hay más condición de miembros que ésta: la de miembros del cuerpo de Cristo, al cual pertenecen todos los verdaderos cristianos; no muchos cuerpos de Cristo, sino un solo cuerpo (Efesios 4:4); no muchas iglesias, sino una sola Iglesia.

 

Hay un lugar diferente para cada miembro del cuerpo por el solo hecho de que él o ella son un miembro. No todos pueden ser el ojo, el oído, etc., pero todos ellos son necesarios, y todos son ministros en alguna forma, los unos de los otros. Así pues, cada miembro tiene su lugar, no sólo en una determinada localidad y para el beneficio de unos pocos, sino para el beneficio del cuerpo entero.

 

Cada miembro tiene un don “porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada...” (Romanos 12:4-6). Lea también 1.ª Corintios 12:7.11; Efesios 4:7 y 1.ª Pedro 4:10, los que también demuestran que cada cristiano posee un don.

 

En 1 Corintios 12, Pablo habla en detalle de estos dones y los llama por un nombre significativo en el versículo 7: “manifestaciones del Espíritu”. Ellos son dones del Espíritu y, también, manifestaciones del Espíritu. Ellos se manifiestan (se muestran) a sí mismos allí donde se encuentran, donde hay discernimiento espiritual por gente que está muy cerca de Dios, en comunión íntima con él. Por ejemplo, tomemos el Evangelio. ¿De dónde obtiene su poder y autoridad? ¿Es de alguna aprobación del hombre, o es de su propio poder inherente? Desafortunadamente, la tentativa común de acreditar al mensajero, quita, en lugar de agregarle, poder a la Palabra. La Palabra de Dios debe ser recibida simplemente por ser su Palabra. Ella tiene la capacidad de satisfacer las necesidades del corazón y de la conciencia sólo por ser las buenas nuevas de Dios; el Dios que conoce perfectamente cuál es la necesidad del hombre y que, en consecuencia, ha provisto para ello. Todo aquel que ha sentido el poder del Evangelio sabe de Quién ha venido el poder. La obra y el testimonio del Espíritu Santo en el alma no necesitan ningún testimonio del  hombre que los suplementen.

 

Aun la apelación del Señor en su propio caso fue a la verdad. Él expresó: “Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?” (Juan 8:46). Cuando Él hablaba en la sinagoga judía o en cualquier otro lugar, era, a los ojos de los hombres, sólo un pobre hijo de carpintero, no acreditado por escuela o grupo de hombres alguno. Todo el peso de la autoridad humana estuvo contra Él. Él incluso repudió “el recibir testimonio de los hombres”. Sólo la Palabra de Dios debe hablar por cuenta de Dios. “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió” (Juan 7:16). Y, ¿cómo se aprobó a sí misma? ¡Por el hecho de ser verdad! La verdad se hizo conocer a aquellos que la buscaban; el que “quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi  propia cuenta” (Juan 7:17). En Juan 7 y 8, el Señor les está diciendo: «Yo digo la verdad. Os la he traído de Dios; y si ésta es la verdad, y si procuráis hacer la voluntad de Dios, aprenderéis a reconocerla como la verdad.»

 

Dios no mantendría a la gente en la ignorancia y en la oscuridad si procuraran hacer Su voluntad. ¿Permitiría Dios que los corazones sinceros fuesen defraudados por los muchos engaños que hay en derredor? ¡Por supuesto que no! Él hace conocer Su voz a todos los que le buscan. Así, el Señor le dice a Pilato: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18:37). “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”, y de nuevo: “Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10-27, 5).

 

La verdad es de una naturaleza tal que la deshonramos si tratamos de convalidarla para aquellos que son veraces, como si ella no fuese capaz de evidenciarse a sí misma. Dios mismo inclusive es deshonrado, como si él no pudiera ser suficiente para las almas, o para lo que él mismo ha dado.

 

No, el apóstol habla de “manifestación de la verdad, recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2.ª Corintios 4:2). El Señor dice que el mundo está condenado porque “la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). No había ninguna falta de  evidencia. La luz estaba allí, y los hombres reconocieron su poder para su propia condenación, cuando procuraron escapar de ella.

 

De la misma manera, en el don está la “manifestación del Espíritu”, y es “dada a cada uno para provecho” (1.ª Corintios 12:7). Por el simple hecho de que un hombre lo tenga, él es responsable de usarlo; responsable ante Él, quien no lo ha dado en vano. La capacidad y el título para «ministrar» están en el don, porque yo soy responsable de ayudar y de servir con lo que tengo. Si los demás reciben ayuda, ellos no necesitan preguntar si tengo autorización para ayudarlos.

 

Éste es el carácter sencillo del ministerio, el servicio de amor conforme a la capacidad que Dios da; servicio mutuo de unos a otros y para todos, sin arrebatos o la exclusión de unos a otros. Cada don es añadido al tesoro común, y todos son hechos más ricos. La bendición de Dios y la manifestación del Espíritu son toda la autorización requerida. No todos son maestros, pero se aplica exactamente el mismo principio. La enseñanza es, sin embargo, una de las muchas divisiones del servicio para Dios, servicio que es rendido por unos a otros, de acuerdo con la esfera de su ministerio.

 

¿No había acaso ninguna clase ordenada (designada) en la Iglesia primitiva? Eso es una cosa totalmente distinta. Había dos clases de oficiales que eran regularmente designados u ordenados. Los diáconos o servidores tenían a su cargo los fondos para los pobres y otros propósitos, y eran elegidos, primero por los santos para este puesto de confianza, y luego nombrados por los apóstoles, ya fuese directamente o por aquellos autorizados por los apóstoles para hacerlo. Los ancianos fueron una segunda clase —hombres de edad, como lo indica la palabra— que fueron nombrados en las asambleas locales únicamente por los apóstoles o sus delegados (Hechos 14:23; Tito 1:5) como obispos o supervisores para estar al tanto del estado espiritual de la asamblea. Los ancianos eran lo mismo que los obispos, como deducimos claramente de las palabras de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hechos 20:17,28), cuando él les exhorta diciendo: “Por tanto, mirad  por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos. Aquí los traductores de la versión Reina-Valera han dejado sin traducir la palabra griega «obispo» que significa «supervisor», y lo mismo podemos observar en Tito 1:5, 7: “Por esta causa te dejé en Creta, para que... y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé... porque es necesario que el obispo (supervisor) sea irreprensible...”.

 

La labor de un anciano era vigilar o supervisar, y aun cuando ser “apto para enseñar” (1.ª Timoteo 3:2) era una cualidad muy requerida en vista de que los errores eran ya rampantes, el hecho de enseñar ciertamente no era algo limitado a aquellos que eran “maridos de una sola mujer, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad”, etc. (Tito 1:6-9; 1.ª Timoteo 3). Ésta fue una prueba necesaria para uno que sería anciano (u obispo), “pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1.ª Timoteo 3:1-7).                    

 

Cualesquiera hayan sido los dones que tuvieran los ancianos, ellos los utilizaban de la misma manera que lo hacían todos. El apóstol Pablo ordena lo siguiente: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1.ª Timoteo 5:17). Pero se desprende claramente que ellos podían gobernar bien sin ocuparse en trabajar en la Palabra y en la enseñanza.

 

El significado de su ordenación o nombramiento era sólo éste: aquí se trataba de una cuestión de autoridad, no de don. Fue una cuestión de título para examinar con frecuencia asuntos difíciles y delicados entre gente que no estaba dispuesta a someterse a la Palabra de Dios. La ministración del «don», no obstante, era una cuestión totalmente diferente.

 

 


 

MINISTERIO VS. CLERICALISMO

 

Nuestro penoso deber, ahora, es contrastar esta doctrina de la Escritura con los sistemas en los que una clase definida está consagrada formalmente a cosas espirituales, mientras que los laicos están excluidos de dicha ocupación. Éste es el verdadero nicolaitismo: la sujeción del pueblo.

 

El ministerio de la Palabra de Dios es completamente legítimo y están aquellos que poseen dones y responsabilidades especiales (pero no exclusivamente) para ministrarla. Pero el «sacerdocio» es lo suficientemente distinto del «ministerio» como para ser reconocido fácilmente donde sea reclamado o exista. Los protestantes por lo general rechazan todo poder sacerdotal en sus ministros. No tengo ningún deseo de disputar su honestidad en este repudio. Ellos quieren decir que sus ministros no tienen ningún poder autoritativo de absolución[3], y que ellos no hacen de la mesa del Señor un altar en el que se renueve, día tras día (como en la misa católica romana), la perfección del ofrecimiento único y suficiente de Cristo, negada por innumerables repeticiones. Ellos tienen razón con respecto a ambas cosas, pero ésta no es la historia completa. Si miramos más profundamente, encontraremos que existe un carácter sacerdotal de muchas otras maneras.

 

Podemos distinguir sacerdocio y ministerio como sigue: el ministerio es para los hombres, mientras que el sacerdocio es para Dios. El que ministra trae el mensaje de Dios al pueblo, hablando, de parte de Dios, a ellos. El sacerdote se dirige a Dios de parte del pueblo, hablando en el sentido inverso: de parte del pueblo, a Dios.

 

La alabanza y las acciones de gracias son sacrificios espirituales. Ellas son parte de nuestras ofrendas como sacerdotes. Ahora, ponga una clase especial en un lugar donde ellos solos, de forma regular y oficial, actúen dando alabanzas y acciones de gracias, y vendrán a ser un sacerdocio intermediario, mediadores entre Dios y aquellos que no están tan cerca de Él.

 

La Cena del Señor es la más completa y prominente expresión pública de la adoración y acción de gracias cristianas; pero, ¿qué ministro protestante o pastor denominacional no lo considera como su derecho y deber oficiales de administrarla? La mayoría de los «laicos» se abstendrían de administrarla. Éste es uno de los terribles males del sistema, por el cual las masas de gente cristiana son de este modo secularizadas (hechas mundanas). Ocupadas con cosas mundanas, piensan que no pueden esperar ser espiritualmente como los clérigos. De este modo, las masas son relevadas de las ocupaciones espirituales, para las cuales creen no reunir las mismas condiciones que el clero.

 

Pero esto va mucho más allá. “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría” (Malaquías 2:7). Pero ¿cómo puede el laico (que ha llegado a ser tal por haber abandonado su sacerdocio voluntariamente) tener la sabiduría perteneciente a una clase sacerdotal? La falta de espiritualidad a la cual se han relegado a sí mismos no les permite conocer las cosas espirituales. Así, sólo la clase ocupada en las cosas espirituales viene a ser intérprete autorizada de la Palabra de Dios. De este modo, el clero viene a ser los ojos, oídos y boca espirituales de los laicos.

 

De cualquier manera, esta organización conviene a la mayoría de la gente. El «clericalismo» no ha empezado simplemente porque una clase de hombres que quisieron dirigir asumieron el lugar de liderazgo. Esta miserable y antibíblica distinción entre clero y laicos nunca habría podido ocurrir de manera tan rápida y universal si no estuviese tan bien adaptada al gusto de aquellos a quienes desplazó y degradó. En el cristianismo, como en Israel, la profecía ha sido cumplida, “¡los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso!” (Jeremías 5:31). Al sobrevenir una decadencia espiritual, uno que está volviendo al mundo cambia de buena gana, como Esaú, su primogenitura espiritual por una mezcla del potaje del mundo. Concede con gratitud su necesidad de cuidar de las cosas espirituales a aquellos que acepten esta responsabilidad.

 

Una vez que la Iglesia perdió su primer amor y el mundo comenzó a introducirse a través de las puertas pobremente protegidas, llegó a ser más difícil para los cristianos tomar el bendito y maravilloso lugar que les pertenecía. Cada paso descendente sólo hacía más fáciles los pasos subsiguientes, hasta que, en menos de 300 años desde el comienzo de la Iglesia, un sacerdocio judío y una religión ritualista fueron practicados en casi todas partes. Sólo los nombres de las cosas preciosas del cristianismo fueron dejados. La realidad de los privilegios especiales e cada cristiano individual había desaparecido.

 

 


 

ORDENACIÓN

 

Quiero observar con mayor detalle un rasgo característico de esta clerecía o clericalismo. He hecho notar la confusión entre el ministerio y el sacerdocio; la arrogación de un título oficial no escriturario, para las cosas espirituales, para administrar la Cena del Señor y para bautizar, etc. Ahora trataré el énfasis puesto por este perverso sistema sobre la ordenación (esto es, nombramiento o reconocimiento oficial).

 

Quiero que veáis lo que significa ordenación. Primero, si consultamos el Nuevo Testamento, no encontraremos nada acerca de una ordenación para enseñar o predicar. Encontraremos a personas que lo hacen libremente, usando un don que tengan. La Iglesia entera fue dispersada fuera de Jerusalén (excepto los apóstoles) y estas gentes fueron por todas partes predicando la Palabra. Las persecuciones no las ordenaron. No hay rastro de otra cosa. Timoteo recibió un don de profecía por la imposición de las manos de Pablo, en compañía de los ancianos (2.ª Timoteo 1:6; 1.ª Timoteo 4:14); pero aquello era la comunicación de un don, ¡no una autorización para usarlo! A Timoteo, entonces, se le ordena que comunique su propio conocimiento a hombres de fe, que fueran capaces también de enseñar a otros (2.ª Timoteo 2:2), pero no hay ninguna palabra acerca de ordenarlos. El caso de Pablo y Bernabé en Antioquía (Hechos 13:1-4) fracasa como sostén del propósito con que algunos lo quieren usar, porque (de la manera como se lo pretende usar) profetas y maestros estarían obligados a ordenar al apóstol Pablo mismo, quien rehúsa totalmente ser un apóstol “de los hombres o por hombre” (Gálatas 1:1). Más bien el Espíritu Santo dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que (Yo) los he llamado” (Hechos 13:2). Se trata aquí simplemente de una misión especial que ellos cumplieron (Hechos 14:26).

 

¿Qué significa ordenación en los círculos religiosos de la actualidad? Puede usted estar seguro de que significa mucho; de lo contrarío, los hombres no contenderían con tanto celo por ello. Hay dos formas de ordenación. En la forma más extrema —como en el caso de los católicos romanos y los ritualistas— a la ordenación se lo confiere la atribución de conceder tanto autoridad como poder espiritual. Los líderes de la iglesia se arrogan, con todo el poder de los apóstoles, la facultad de suministrar el Espíritu Santo mediante la imposición de sus manos. De este modo, las masas del pueblo de Dios son desechadas del sacerdocio que Él mismo les ha otorgado, y una clase especial es colocada en su lugar para mediar por ellos de una manera que anula el fruto de la obra de Cristo y los ata a la «iglesia» como el único medio de hallar gracia.

 

Aquellos que aceptan una forma más moderada de ordenación, rechazan recta y consistentemente esas pretensiones anticristianas. Ellos no pretenden conferir ningún don en la ordenación, sino que sólo «reconocen» el don que Dios ha dado. Pero este «reconocimiento» es considerado necesario antes de que la persona pueda bautizar o administrar la cena del Señor, ¡cosas que no requieren ningún don especial en absoluto! Entonces, en cuanto al ministerio, el don de Dios estaría obligado a requerir la aprobación humana, y es «reconocido» en nombre de Su pueblo por aquellos a quienes se considera que tienen un «discernimiento» que los cristianos laicos no tienen.

 

Ciegos o no, estos mismos hombres ordenados —el clero— vienen a ser los “guías de los ciegos”, a la vez que sus propios corazones son quitados del lugar de responsabilidad directa ante Dios y hechos indebidamente responsables ante el hombre. Una conciencia artificial es hecha para ellos de parte de aquellos que los ordenaron, y les son constantemente impuestas condiciones a las cuales se tienen que ajustar a fin de obtener el reconocimiento requerido. Incluso estos pastores o ministros frecuentemente están bajo el control de sus «ordenadores» en lo que respecta a su senda de servicio.

 

En principio, todo esto es infidelidad a Dios, porque si Dios me ha dado un don a fin de que lo use para Él, yo sería ciertamente infiel si acudiera a algún hombre o a un grupo de hombres con el fin de solicitar su permiso para usarlo. El don mismo acarrea la responsabilidad de usarlo, como lo hemos visto. Si ellos dicen que la gente puede cometer errores, yo estoy de acuerdo, pero ¿quién ha de asumir mi responsabilidad sí estoy equivocado? Además, los errores cometidos por un «cuerpo ordenante» (o «presbiterio») son mucho más serios que los de un individuo que meramente marcha sin haber sido enviado por los hombres, porque los errores del cuerpo ordenante son declarados sagrados y se prolongan en el tiempo por la ordenación que confirió. Si la persona «ordenada» simplemente se sostuviera por sus propios méritos, encontraría rápidamente su verdadero nivel; pero el cuerpo ordenante ha investido sobre él un carácter que debe ser mantenido. Equivocación de por medio o no, él es ahora nada menos que un nuevo miembro del cuerpo clerical, un ministro, aun cuando no tenga realmente nada que ministrar. Él debe ser mantenido —debe tener su «iglesia»— por más que ésta se encuentre en una localidad poco ilustre, donde la gente —tan amada por Dios como cualquiera— es puesta bajo su cuidado y debe quedar sin alimentar si él no es capaz de alimentarlas[4].

 

No se me acuse de sarcástico. Lo anterior es un fiel retrato del sistema del cual estoy hablando, sistema que envuelve al cuerpo de Cristo con vendas que impiden la libre circulación de la sangre vivificante del ministerio, que debería estar fluyendo de forma irrestricta a través de todo el cuerpo. Aquellos que ordenan en la actualidad deben probar que son o bien apóstoles u hombres designados por los apóstoles porque, según las Escrituras, ningún otro tenía autoridad para ordenar (Hechos 14:23; Tito 1:5). Además, deben probar que el «anciano» según las Escrituras puede no ser anciano del todo, sino un joven, una persona soltera, apenas salida de su adolescencia y que fuera evangelista, pastor y maestro —todos dones de Dios envueltos en una sola persona—. Éste es el ministro según el sistema: el todo en todos para 50 ó 500 almas confiadas a él como su rebaño, en el cual ningún otro tiene el derecho de interferir. ¡Seguramente la marca de «nicolaitismo», está puesta sobre un sistema como éste!

 

Aun cuando el ministro esté espiritualmente dotado (y muchos lo están, como otros muchos no lo están), es improbable que tenga todos los dones espirituales. Supóngase que sea un verdadero evangelista y que las almas se salven; él puede no ser un maestro, y verse así incapacitado para edificarlas en la verdad. O quizás tenga el verdadero don de Dios de maestro, pero es enviado a un lugar donde hay tan sólo unos pocos cristianos y muchos de su congregación son inconversos. No hay conversiones, pero su sola presencia allí, a causa del sistema bajo el cual está trabajando, mantiene alejado (en diversos grados) al evangelista que se necesitaría allí. Agradezcamos a Dios que Él siempre esté desbaratando estos sistemas, y que las necesidades puedan ser suplidas de algún modo irregular. Empero, esta provisión humana no es conforme al plan de Dios y por ello divide en vez de unir.

 

El sistema es el responsable de todo esto. El ministerio exclusivo de un solo hombre, o de un número específico de hombres en una congregación, no tiene Escritura que lo sustente. La ordenación es el esfuerzo para limitar todo ministerio a una cierta clase y hace descansar a éste en la autorización humana más bien que en el don divino. Y así se les niega a los demás miembros del cuerpo —el rebaño de Cristo— la capacidad provista por Dios para oír Su voz y luego comunicarla. El resultado es que se da al hombre la atención que debería ser dada a la Palabra que él trae. La pregunta prevaleciente es: ¿Está autorizado? La relativa a la verdad de lo que habla, con frecuencia es secundaria si él está ordenado; o quizás, diría yo, su ortodoxia (su rectitud doctrinal) está establecida ya de antemano para ellos por el hecho de ser ordenado.

 

El apóstol Pablo no hubiera sido autorizado para ministrar conforme a este plan. Hubo apóstoles antes que él, pero él ni subió a ellos ni recibió nada de ellos. Si hubiera habido una «sucesión», él la cortó. Pablo hizo lo que hizo, a propósito, para mostrar que su evangelio no era según los hombres, ni derivado de ellos (Gálatas 1:1) y que no descansaba sobre la autoridad humana. Si él mismo o un ángel del cielo (cuya autoridad parecería concluyente), anunciaba un evangelio diferente del que había predicado, la sentencia solemne de Pablo es: “sea anatema” (Gálatas 1:8-9).

 

Autoridad, entonces, no es nada, a menos que sea la autoridad de la Palabra de Dios. Ésta es la prueba: ¿Es esto conforme a las Escrituras? “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?” (Lucas 6:39). Decir: «Yo no pude conocer: confié en otro», no lo salvará del pozo (el infierno para los inconversos, la pobreza espiritual y la pérdida de la comunión para los salvos), independientemente de cuánta «autoridad» pretendió tener el ministro que le guió al error.

 

Pero, ¿cómo puede pretender el no espiritual y no instruido «laico» tener un conocimiento igual al del educado y acreditado ministro, dedicado a las cosas espirituales? En general, no puede. En vez de asir por sí y para sí la Palabra de Dios, usando el poder del Espíritu Santo que mora en él para aprender las cosas espirituales (Juan 14:26), él se somete a aquel que, según supone, debe saber más y mejor[5]. Así pues, en la práctica, la enseñanza del ministro o pastor suplanta mayormente a la autoridad de la Palabra. Sin embargo, él aun no tiene certidumbre en cuanto a la verdad ministrada. El laico no puede ocultarse a sí mismo el hecho de que los ministros no estén de acuerdo entre sí por más doctos, buenos y acreditados que sean.

 

Pero aquí el diablo interviene y sugiere a la persona incauta que la confusión es el resultado de la vaguedad de las Escrituras, cuando en realidad es el resultado de hacer caso omiso de las Escrituras.

 

Opinión, no fe, hay en todas partes. Usted tiene derecho a su opinión, pero debe conceder a otros el derecho a tener la propia. Usted puede decir «yo creo» mientras no quiera decir «yo sé». Reclamar «conocimiento» sería reclamar que usted es más sabio y mejor que las generaciones precedentes, las que creyeron de forma diferente.

 

La infidelidad (incredulidad) logra prosperar de esta manera, y Satanás se regocija cuando logra que los pensamientos de muchos vibrantes comentaristas sustituyan la simple y segura voz divina. Lo que Ud. necesita es la “espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Efesios 6:17). ¿Cree Ud. que «así dice Juan Calvino» o «Martín Lutero» o cualquier otro hombre, lo impactará tan acabadamente a Satanás como: “así dice el Señor”? ¿Quién puede negar que tales pensamientos y prácticas, están en todas partes y no restringidas únicamente a los católicos romanos y ritualistas? La tendencia constante es la de desviarse del Dios viviente, aun cuando Él está tan cerca de los suyos hoy día como nunca antes en la historia de la Iglesia. Él es incluso tan capaz para instruir como siempre, y todavía está dispuesto a cumplir la palabra: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17). Los «ojos» de la fe son los ojos del corazón (del afecto por Dios), no ojos de la cabeza. Dios tiene oculto de los sabios y entendidos lo que revela a las criaturas. La escuela de Dios es más efectiva que todos los seminarios juntos, y en esa divina escuela, laicos y clérigos pueden ser iguales: “el espiritual juzga (discierne) todas las cosas (1.ª Corintios 2:15), pues todo depende de la condición espiritual individual. No hay sustituto para la espiritualidad. El hombre no puede generar espiritualidad en otra persona mediante la ordenación ni mediante ningún otro medio. Ordenación, en su forma más moderada, es el esfuerzo del hombre para realizar la manifestación del Espíritu Santo. Pero, si aquellos que ordenan cometen un error (o son ellos mismos no espirituales y, por ello, incapaces de juzgar) y su «ministro» no tiene nada que ver con la obra de Dios, ellos simplemente proveen guías ciegos para los ciegos.

 

 


 

SUCESIÓN

 

A continuación debo hablar de sucesión. Una ordenación que pretende venir de la ordenación por los apóstoles debe ser, si quiere tener consistencia, sucesoria. ¿Quién puede conferir autoridad (y en las teorías más moderadas de la ordenación la autoridad es dada al menos para bautizar y administrar la Cena del Señor), excepto uno autorizado para este propósito? Por lo tanto, usted debe tener una cadena de hombres ordenados que se suceden unos a otros.

 

Ahora veamos el resultado. La ordenación, de este modo, está separada tanto de la espiritualidad como de la verdad. Un sacerdote católico, aun cuando fuere inconverso y esté completamente envuelto en la tradición romana en vez de estarlo en la Palabra, puede ser ordenado así como cualquiera, y por cierto que la mayor parte de este sistema clérigo-laicista que tenemos alrededor de nosotros nos ha llegado a través de la cloaca de Roma. Bajo la ordenación y la sucesión, la impiedad y la impureza no invalidan la misión de Cristo y el maestro de falsas doctrinas puede ser Su mensajero tanto como el maestro de la verdad. La posesión de la verdad, junto con el don para ministrarla, combinados con la piedad, ¡no es parte obligatoria de las credenciales del ministro, pastor o sacerdote de este sistema! Un hombre puede tener todas las calificaciones de Dios y no ser admitido como ministro porque no está acreditado, mientras que él puede no tener ninguna calificación de Dios, pero ser llamado pastor o ministro.

 

¿Quién puede creer tal doctrina? ¿Puede Dios, quien es la verdad, acreditar el error? ¿El Justo será injusto? ¡Imposible! Este sistema viola todo principio de moralidad y endurece la conciencia de aquellos que tienen alguna parte en él, pues —como Satanás desearía que creyésemos— ¿por qué habríamos de tener cuidado por la verdad si Dios no lo es, y cómo podría Él enviar mensajeros a los que no quisiera que creyésemos? Bajo este sistema, la prueba misma del Señor respecto de un verdadero testimonio, no es aplicable; pues “el que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia” (Juan 7:18). Incluso Su propia prueba de credibilidad fracasa, pues “si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?” (Juan 8:46) era su propia apelación. La verdad debe estar ahí o no es de Dios.                       

 

Dios, quien previó y predijo el fracaso de la Iglesia (la cual debió  haber sido el brillante testimonio de Su verdad y de su gracia), no pudo ordenar una sucesión de maestros para ella, quienes hubieran llevado Su misión, haciendo caso omiso del fracaso. Antes que los apóstoles muriesen, la casa de Dios se había convertido en “una casa grande”, y se hizo necesario que los piadosos se separaran de los “vasos para deshonra” en ella (véase 2.ª Timoteo 2:20-22). Aquel que ordenó a su apóstol que instruyera a Timoteo en cuanto a “seguir la justicia, la fe, el amor, la paz con los que de corazón limpio invocan al Señor” (v. 22), bajo ningún concepto nos podría ordenar que escuchásemos a hombres que están en contra de todo esto. Por esa razón, en 2.ª Timoteo ya no hay, como en 1.ª Timoteo, ninguna referencia a ancianos ni a hombres ordenados[6]. Ahora se necesitan hombres fieles, no para ser ordenados, sino como depositarios de la verdad confiada a Timoteo: “Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2.ª Timoteo 2:2).

 


 

DISCUSIÓN Y SUMARIO

 

De este modo, la santa Palabra de Dios siempre se encomienda  a sí misma al corazón y a la conciencia. El esfuerzo de querer dar Su aprobación al sacerdocio romano o a la jerarquía protestante, fracasa en ambos casos por estar sobre el mismo terreno del nicolaitismo. No, el nicolaitismo no es cosa del pasado, no es doctrina oscura de épocas pasadas, sino un gigantesco y difundido sistema de error, fructífero en resultados malignos. El error, aunque mortal, puede perdurar por mucho tiempo. No vaya detrás de él por causa de su antigüedad o porque todo el mundo lo siga. El Señor aborrece este perverso sistema clerical. Si Él lo aborrece. ¿Deberíamos sentir miedo de tener comunión con Él en este asunto? Todos debemos reconocer que hay buenos hombres involucrados en este sistema: hombres piadosos y verdaderos ministros, que llevan sin saber el emblema de los hombres. ¡Que Dios los libre! ¡Que puedan echar a un lado sus ataduras y ser libres! ¡Que puedan elevarse a la verdadera dignidad de su llamamiento y ser responsables ante Dios, caminando delante de Él solamente!

 

Por otro lado, amados hermanos, es de gran importancia que todos los integrantes de Su pueblo, por diferente que sea su lugar en el Cuerpo de Cristo, estén conscientes de que todos ellos son ministros, así como sacerdotes, sin excepción. Cada cristiano tiene deberes espirituales que emanan de sus relaciones espirituales con todos los demás cristianos. Es el privilegio de cada cristiano contribuir con su participación al tesoro común de los dones espirituales con los cuales Cristo ha dotado a su Iglesia. Uno que no contribuye con su ministerio, está reteniendo de hecho lo que es su obligación para con toda la familia de Dios. Nadie que posea siquiera un aparentemente pequeño «talento», tiene derecho a ocultarlo y no invertirlo. Tal acción es infidelidad e incredulidad.

 

“Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35). Hermanos, ¿cuándo despertaremos a la realidad de estas palabras? Tenemos una inagotable fuente de regocijo, la cual es para bendición, y si viniéramos a ella cuando tenemos sed, ríos de agua viva correrían de nosotros. La fuente de agua viva (la Palabra) no está limitada, para aquel que la recibe, por la cantidad que recibe de ella. Ella es divina y, además, completamente nuestra. ¡Oh, conocer más de esta plenitud y de toda la responsabilidad de su posesión en un mundo espiritualmente seco y cansado! ¡Oh, conocer mejor la infinita gracia que nos utiliza como el medio de su paso hacia los hombres! ¿Cuándo estaremos en condiciones de entender nuestra común posición y dulce realidad de la comunión verdadera con Él, quien “no vino para ser servido, sino para servir”? (Mateo 20:28). ¡Oh, por un ministerio no oficial!; que corazones llenos rebalsen dentro de los vacíos para que muchos otros puedan también estar llenos. Cómo debería regocijarnos —en un mundo de necesidad, miseria y pecado― el hecho de encontrar constantes oportunidades para mostrar la capacidad de la plenitud de Cristo para combatir y ministrar a cada una de las necesidades del mundo.

 

Para resumir, pues, podemos afirmar que el ministerio oficial es independencia práctica del Espíritu de Dios. Dice que un hombre debe rebosar, aun cuando estuviere vacío; y, por otro lado, que otro no debe rebosar, aun si estuviere lleno. Propone, ante la presencia del Espíritu Santo —que vino en la ausencia de Cristo para ser el Guardián de su pueblo— asegurar el orden y el fortalecimiento mediante legislación en vez de hacerlo mediante poder espiritual. Provoca que el rebaño de Cristo deje de escuchar Su voz, haciéndolo algo innecesario para ellos. De este modo sanciona y perpetúa la no-espiritualidad individual, en lugar de condenarla y de evitarla.

 

En el método de Dios para el tratamiento de la no espiritualidad, el fracaso humano puede tornarse exteriormente más evidente, pues Dios se interesa poco en una apariencia exterior correcta cuando el corazón no es recto para con Él. ¡Él sabe que la habilidad para guardar una correcta apariencia, a menudo impide el juicio honesto, delante de Él, de la verdadera condición espiritual! Los hombres hubiesen regañado a Pedro por su tentativa de caminar sobre aquellas olas (Mateo 14:24-33), lo cual evidenció su poca fe. Sin embargo, el Señor sólo reprochó la pequeñez de la fe que lo hizo fracasar. El hombre hubiera propuesto el bote para el fracaso de Pedro en lugar del poder del sostén del Señor, sostén que le hizo probar a Pedro. De cualquier manera, viento y olas pueden hundir el bote, pero “el Señor en las alturas es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más que las recias ondas del mar” (Salmo 93:4). A lo largo de estos siglos de fracaso humano, ¿ha probado alguno que Dios sea infiel? Amados, ¿es vuestra honesta convicción que es algo completamente seguro confiar en el Dios viviente? Si es así, entonces dejemos a Dios obrar, por más que debamos admitir que hemos fracasado. Actuemos como si realmente confiáramos en Él.

 

                                                                                                                                                      F. W. Grant

 


NOTAS

 

1 N. del E.— Justificación significa «ser considerado como si nunca hubiera pecado». El hombre puede perdonar y olvidar, pero sólo Dios puede justificar sobre la base de la obra de Cristo Jesús en la cruz, donde Él pagó plenamente la culpa por nuestros pecados. Así es cómo Dios ve a los cristianos «en Cristo».

 

2 N. del E.— Un sacerdote es un intermediario que se interpone entre la gente «común» y Dios. Un sacerdote tiene acceso a Dios. Puesto que todos los cristianos son sacerdotes, todos nosotros tenemos acceso directo a Dios. Entre los cristianos, no existe gente «común», no existen laicos.

 

3 N. del E.— Absolución significa «liberar a alguno de las consecuencias de sus pecados». En la teología católica romana significa «una remisión del pecado o de la pena debida al pecado, la cual el sacerdote, sobre la base de la autoridad recibida (que ellos reclaman) de Cristo, hace en el sacramento de la penitencia» (American College Dictionary).

 

4 N. del E.— Por otra parte, bajo el sistema que el señor Grant está discutiendo, muchos ministros están a merced de sus congregaciones. La congregación primero decide si ella necesita del ministro. ¿Les satisface tal ministro a ellos? Luego, si él es contratado (algunas veces es términos legales y comerciales), y enseña falsa doctrina, de modo que algunos se quejen, la iglesia vota, sea para conservarlo o no. Él puede, o no, ser conservado, lo cual dependerá de la condición espiritual de aquellos que lo deciden mediante su voto. Pero otro ministro puede también hablar de una manera demasiado clara, y puede ofender a personas que no quieren escuchar nada acerca de del pecado, del juicio y del infierno ni acerca de sus responsabilidades como creyentes. En este caso también, el ministro puede ser votado fuera de su empleo, si así lo deciden sus empleadores. Ambos conceptos, el de «el pastor de una iglesia», y el de la votación eclesiástica sobre asuntos espirituales, son completamente ajenos al Nuevo Testamento.

 

5 N. del E.— Piense en la siguiente aritmética. Una semana tiene 168 horas. En promedio, las cosas relacionadas con el trabajo toman cerca de 55 horas. Usted puede dormir 60 horas. Dedique 20 horas por semana a la familia para no decir que la descuida. Esto deja aún 33 horas a la semana disponibles, las cuales usted y yo podríamos dedicarlas a las cosas del Señor. Hay también horas de descanso, de almuerzo, de recreo, de transporte, etc. que podríamos asimismo aprovechar de alguna manera para el Señor. Estas 33 horas a la semana ascienden a 1716 horas al año, y toda esa cantidad de tiempo, con oración y con la ayuda del Señor, nos serviría para aprender muchísimo de la Escritura y ser de ayuda para el Señor. En general, cuánto conocemos de las cosas del Señor, y cuánta ayuda somos para los demás, no es cuestión de tiempo, sino de deseo, propósito y corazón.

 

6 N. del E.— ¿Qué había ocurrido durante el período que trascurrió entre las dos epístolas a Timoteo, para producir este cambio? 2.ª Timoteo 1:15 nos ofrece la respuesta: “Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia (Menor)”. Ésta es la primera gran división que tuvo lugar en el pueblo del Señor. Ellos no se apartaron de Pablo, del hombre, sino de aquello por lo que él contendía con firmeza: las verdades de la Iglesia, que les había entregado, y las referentes al orden que se debía guardar en la Iglesia de Dios (1.ª Timoteo 3:15). Por lo tanto, inspirado por el Espíritu Santo, Pablo escribió 2.ª Timoteo a fin de dar instrucciones a aquellos que no se apartarían de él, acerca de cómo actuar bajo la nueva condición de «división» que ya imperaba entonces. (Léase también 2.ª Timoteo 4:10).

 

 


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