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VERDADES PRECIOSAS DE LA BIBLIA Y ALGUNOS ESCRITOS DEL MINISTERIO DE «LOS HERMANOS»» |
PROPÓSITO Y PLAN DEL SITIO
El presente sitio tiene por objeto
la edificación espiritual de todo el pueblo de Dios de habla hispana, de
aquellos que buscan solamente en las
Escrituras la verdad de Dios para todos los aspectos de la vida del creyente,
tanto en su relación personal con Dios como en sus responsabilidades colectivas
como miembros del cuerpo de Cristo, que es uno solo, inseparable e indivisible,
pese a la ruina actual del testimonio
colectivo de la Iglesia, la cual ha fracasado en manifestar esta unidad
sobre la tierra en forma visible y práctica, tal como la vemos revelada en
Efesios 4 y en 1 Corintios 12.
El ministerio de «los hermanos»
(creyentes conocidos en el mundo anglosajón por «Plymouth Brethren»
o «Hermanos de Plymouth»,
aunque ellos rechazan cualquier apelativo que los diferencie de los demás
cristianos), constituye un tesoro riquísimo para crecer en el conocimiento de
la Palabra de Dios; pero el hecho de estar prácticamente todo en lengua
inglesa, hace que sólo quienes conocen esa lengua puedan beneficiarse de él.
Aquí procuraremos, con la asistencia de la gracia de Dios, traducir parte de ese
valioso ministerio para que los hermanos que no leen inglés puedan acceder a él
en lengua española. Hemos procurado emplear, hasta donde nuestra capacidad lo
ha permitido, un español claro y preciso, respetando la gracia y vitalidad de
los textos primitivos, tratando de conservar, a la vez, la elegancia que le es
propia al español, y de respetar el carácter normativo de nuestra lengua. Hemos
dado prioridad a un lenguaje que sea universal y asequible a todos, y sobre
todo de fácil lectura para el lector de hoy, teniendo en cuenta que, además de
las barreras idiomáticas y del brusco cambio producido en el estilo de
redacción de 150 años a hoy, los temas son por lo general profundos, lo cual
hace necesario leer con calma, detenimiento y oración, una empresa que no
siempre es fácil en la agitada época que nos toca vivir.
No se seguirá un esquema rígido en
cuanto a temas, sino que se irán agregando a la página, artículos varios de
algunos hermanos que, durante el siglo XIX,
ministraron la palabra de Dios tanto en público como por escrito, a quienes
Dios, en su gracia, suscitó dentro de este pequeño y muchas veces desconocido
ámbito de comunión cristiana no denominacional y
fundamentalmente bíblico, conocido simplemente como «los hermanos».
Presentaremos, en mayor medida, obras y fragmentos del ministerio de John Nelson Darby, William Kelly y C. H. Mackintosh, aunque se agregarán también escritos de
otros hermanos —como por ejemplo, G. V. Wigram, J. G.
Bellet, F. B. Hole,
Hamilton Smith, E. Dennett,
F. W. Grant, et al.—. En
menor medida se hará uso también del ministerio de hermanos contemporáneos de
nosotros, los cuales, familiarizados con este ministerio en su lengua original,
han escrito artículos o libros en los que sintetizan y relacionan en forma
clara, concisa y en lenguaje moderno, el pensamiento de «los primeros hermanos»
sobre las ricas verdades de las Sagradas Escrituras.
Por último, el editor también
presentará, cuando lo considere conveniente hacerlo, escritos de su autoría, a
la vez que también agregará comentarios o notas adicionales a este ministerio.
Cuando la aclaración lo merece, se han agregado notas al pie de página, que en
estos casos se indican como N. del T. (Nota del traductor), procurando no
prodigar este sistema. Dejamos aclarado que, excepto que se especifique lo
contrario, todos los artículos de este sitio son traducciones originales, la
mayoría de las cuales se han publicado en forma de libro o tratado, mayormente
a través de Ediciones Bíblicas (©), o como artículos para la revista CRECED (©). Queda
sobrentendido, pues, que la mayor parte del contenido de esta página, está
protegido por los derechos internacionales de copyright, y quienes quieran copiar algún artículo o parte de algún
escrito, deberán solicitar el permiso correspondiente.
Uso y abuso de este ministerio
Una aclaración al lector: Ha habido
la tendencia en algunos a tomar el ministerio de los hermanos como una fuente
de autoridad a la par de las Escrituras, lo cual es un mal uso de estos
escritos. Siempre debemos tener en cuenta que el ministerio de la Palabra de
Dios es presentado por hombres falibles y que no son inspirados. De ahí la
necesidad de cotejar siempre con las Escrituras abiertas lo que leemos, no sólo
de «los hermanos», sino todo lo que los hombres —por dotados que fueren— hablan
y escriben acerca de Dios; “los profetas hablen… y los demás juzguen”, manda la Palabra. Siempre hemos de leer todo en el noble espíritu bereano (Hechos 17:11) y echar mano del principio bíblico
que dice “examinadlo todo; retened lo bueno” (1.ª
Tesalonicenses 5:21), a fin de que la Escritura, y no el hombre, sea la
autoridad final y la única norma de verdad. Sólo mediante la Biblia,
conjuntamente con la acción del Espíritu Santo que opera en la mente renovada
de aquellos que han nacido de nuevo, Dios habla con autoridad, no sólo a la
inteligencia, sino también a la conciencia y al corazón. Es cierto que Dios ha
dado dones a su Iglesia, y que él obra por medio de estos dones. Pero no
debemos olvidar que el ministerio de los hermanos es válido y provechoso,
siempre que se ciña a la verdad bíblica, única fuente de autoridad. Ellos nos
condujeron a las Escrituras, y no dirigieron jamás la atención de sus oyentes o
lectores hacia sus propias personas, como algunos tienen la costumbre de hacer.
En relación con esto, citamos las palabras de A. Gibert:
«Sin
desconocer de ninguna manera lo que Dios ha dado por otros medios, decimos que
los ‘escritos de los hermanos’ constituyen una inestimable riqueza puesta
liberalmente a nuestro alcance. Dichos escritos nos conservan intacto el
ministerio de calificados obreros que expusieron, no puntos de vista o
doctrinas personales, sino la Palabra de Dios a la cual nos conducen sin cesar
para hacernos hallar en ella a Cristo…
Tal ministerio
se recomienda precisamente porque no se exalta a sí mismo sino solamente a la
Palabra y a Cristo en la Palabra. Esos conductores no dijeron «seguidnos»,
sino: «esto es lo que dice la Palabra de Dios». Ellos no imponen sus puntos de
vista, sino que nos remiten a la autoridad divina» (La sana enseñanza, Messager Évangélique 1947).
Aprovechamos para mencionar también
otro aspecto de este abuso. Las verdades de la Biblia se aprenden directamente de Dios, en la comunión con
Él y con el corazón y la mente puestos en Dios. Es muy fácil leer el ministerio
de los hermanos y cargar la mente de un montón de conocimientos. Esto no es
aprender de Dios su verdad con la mente y el corazón juntos. Por eso debemos
meditar las Escrituras por nuestra propia cuenta delante de Dios, y leer el
ministerio de otros como una guía que
ayuda a entender más ampliamente verdades de
las Escrituras que otros han visto primero o han dedicado más tiempo y
energías para desentrañarlas y explicarlas con el don de gracia adecuado para ese
fin. Veamos, a modo de ejemplo, una analogía con las Ciencias Físicas: Si un
profesor de Física nos enseña en una clase los principios de la Cinemática,
podremos aprender la teoría y la práctica de estos principios con su ayuda.
Aunque también podríamos aprenderlos solos, con la ayuda de libros que
desarrollen el tema. Luego, con nuestras observaciones y experiencia, seríamos
capaces de enseñar a otros los mismos principios. Lo que queremos decir, es que
tanto un profesor vivo, como un libro, son meras
guías que, en este caso, nos revelan hechos,
y no son los creadores o inventores de estos hechos. Antes que
la Ciencia investigara los fenómenos naturales, y dedujera las leyes que los
gobiernan, éstos ya existían: la Ciencia no los creó ni dio su propia opinión
de lo que es o de lo que sucede, sino que fue el Creador quien los estableció antes que surgiera la investigación del
hombre; y nosotros, mediante el estudio metódico —la observación y la
experiencia—, podemos conocer por qué
se producen y cómo se producen los
fenómenos naturales. Un libro o un autor —instrumentos, no fines— nos ayudan en este conocimiento, pero en
definitiva somos nosotros los que debemos aprender estos principios por cuenta
propia, de manera personal.
Lo mismo se aplica cuando se trata
de verdades que corresponden no al mundo natural y físico, sino al dominio
espiritual. La Ciencia es capaz de descubrir las leyes que gobiernan los
fenómenos naturales, pero ahí terminan sus atribuciones. Mientras que si
queremos conocer y comprender las realidades del mundo espiritual —lo cual está
vedado para la Ciencia—, es indispensable, ya no la inteligencia natural
solamente, sino también el nuevo nacimiento, la asistencia del Espíritu Santo,
y la aplicación del corazón y la conciencia, a fin de que, tras conocer al
Cristo de Dios y tenerle como el objeto mayor de nuestras vidas, podamos asir
bien las verdades de Dios que Él revelará únicamente a quienes tiemblan a su
Palabra (Isaías 66:2) y se acerquen a ella como niños (Lucas 10:21).
El resultado de esta verdadera
experiencia cristiana será discernido por hermanos espirituales, puesto que se
diferenciarán aquellos que simplemente leen comentarios bíblicos, con ideas
sueltas, frías, y a veces un tanto confusas, de aquellos que, aunque quizás también
los hayan leído, comprenden la verdad por sí mismos, son enseñados por Dios
mismo y muestran una convicción personal que resulta muy evidente. Triste es
decirlo, pero muchos se han creído maestros por el mero hecho de haber leído el
ministerio de los hermanos, como tantos otros por haber cursado estudios
teológicos en escuelas religiosas y haber adquirido algún grado académico, en
virtud de sus esfuerzos intelectuales. Cuántos «tocan de oído», asistidos
únicamente por el trabajo de otros, pero no por propia instrucción delante de
Dios. Es mejor, para hacer una analogía, cinco palabras enseñadas por Dios, que
diez mil palabras repetidas de memoria, de manera fría y calculada, pero sin la
fuerza de la convicción e instrucción personal y espiritual: una cosa es el
conocimiento intelectual, y muy otra es el poder de Dios, y es muy común que se
confundan ambas cosas. Terminamos esta idea citando nuevamente a A. Gibert:
«Es ciertamente deplorable que a menudo, vanagloriándonos de lo que
hemos recibido, como si no fuera que lo hubiésemos recibido por gracia, nos
deslicemos hacia un espíritu tradicionalista y rutinario, lleno de presunción.
A la acción viviente del Libro de Dios se la sustituye con la adopción pasiva
de pensamientos y expresiones copiados de otros. Es fácil ser teólogo con los
escritos de los cuales hablo y discutir sobre numerosísimos pasajes sin que el
corazón y la conciencia sean tocados verdaderamente, e incluso sin comprender
siempre bien lo que se ha leído. Se crea así una autoridad humana a la que se
llega a colocar, sin pensar en ello, por encima de la Palabra: «Los hermanos
han dicho... J.N.D. dijo...» Y esto es exactamente lo
contrario de lo que desearon aquellos queridos siervos de Dios que procuraban
llevar a las almas a un contacto directo con la Palabra divina, no buscando
regentarlas, sino ansiando serles de ayuda» (La sana enseñanza, Messager Évangélique 1947).
¿Qué es el «movimiento de los hermanos»?
Para quienes desconocen quiénes son
«los hermanos» (a veces referidos en el mundo hispano por «asambleas de
hermanos» y en el inglés como «Plymouth Brethren» o «Hermanos de Plymouth»),
diremos unas breves palabras desde un punto de vista histórico.
Cualquier estudioso serio de la
historia del cristianismo sabe perfectamente que las verdades esenciales de la
Palabra de Dios se perdieron de vista no bien desaparecieron los apóstoles de
la faz de la tierra, y que, muchos siglos después, tuvieron que ser
redescubiertas y restauradas. Es un hecho consabido que durante el tiempo de la
Reforma, las verdades básicas acerca de la salvación del hombre tuvieron que
ser redescubiertas a partir de las Escrituras. Tuvieron que transcurrir 1500
años para que verdades fundamentales, perdidas de vista, tales como la
justificación por la fe sola, la suprema y suficiente autoridad de las
Escrituras y el sacerdocio de todos los creyentes, por ejemplo, fuesen
redescubiertas.
Los reformadores, por la acción
soberana del Espíritu Santo, sacaron nuevamente a luz estas verdades después de
muchos siglos de olvido, pero, más tarde, todavía siguieron saliendo a luz
otras verdades olvidadas concernientes a la naturaleza celestial de la Iglesia
de Dios como el solo Cuerpo de Cristo sobre la tierra y algunos aspectos de los
caminos dispensacionales de Dios, que afectaban sus
propósitos proféticos. Damos gracias a Dios por las verdades fundamentales
redescubiertas por los reformadores, pero también hoy podemos ver que en muchos
otros aspectos ellos no pudieron librarse de los grillos de la tradición
religiosa que arrastraron de Roma, errores que prevalecieron por siglos en la
iglesia cristiana. Un ejemplo de ellos es, por ejemplo, la alegorización del
futuro reino Milenario de Cristo en la tierra, que empezó en el siglo III con Orígenes, quien introdujo el método alegórico de
interpretación, en reemplazo del método literal o normal. Poco después, Agustín
de Hipona (354-430), si bien en un principio, como él mismo lo
testifica (De Civitate
Dei, XX, 7), era un
ardiente defensor del futuro reino literal de mil años,
más tarde cambió de parecer y sostuvo que no habrá un milenio, sino que la
batalla entre Cristo y Sus santos, por un lado, y el mundo malo junto con
Satanás, por el otro, se libra hoy en la Iglesia en la tierra, tal como lo
describe en su obra De
Civitate Dei (La Ciudad de Dios), en la cual también ofrece una explicación
alegórica del capítulo 20 de Apocalipsis (The Catholic Encyclopedia:
Millennium and Millenarianism). La influencia de Agustín fue mucho mayor que la de Orígenes al modificar aún más su
alegorización: identificó la Iglesia con el Reino de Dios y sostuvo que la
época milenaria ya había comenzado en la era cristiana. Postuló su teoría de
que «el Milenio había comenzado realmente con el nacimiento de Cristo» (New Catholic Encyclopedia, «Millenarianism»,
McGraw-Hill, 1967). Al explicar el Milenio alegóricamente y
aplicarlo a la Iglesia de Cristo en la tierra, Agustín sostuvo que «el Milenio,
del cual habla el Apocalipsis, comenzó con la fundación de la Iglesia, y sólo
puede ser aplicado a ella» (De Civitate
Dei, XX 5-7),
y denunció el «Milenarismo» como «error y fantasía», y enseñó que la Iglesia en
esta tierra es el Reino de Dios, y para él la expresión «mil años» de
Apocalipsis 20 tiene un valor meramente simbólico: «los mil años simbolizan
todos los años de la era cristiana». Agustín describió con detalle esta teoría
en su libro De Civitate Dei (La Ciudad de Dios, libro
20, cap. 7).
Luego,
la iglesia Católica «adoptó oficialmente la perspectiva de Agustín según la
cual las descripciones bíblicas del Milenio eran simples alegorías o metáforas»
(Encyclopedia Americana, 1998, «Millennium»). La fuerte influencia alegorizadora de Agustín —adoptada oficialmente por la
teología católica— dio origen al olvido y sepultamiento
del futuro Reino Milenario, e impuso
que las profecías del Antiguo Testamento no sean tomadas literalmente, sino
«alegóricamente», aplicándolas erróneamente a la Iglesia, falsificando así el
carácter celestial de la Iglesia y rebajándola al nivel de un pueblo terrenal[1]. Las verdades de los misterios de Dios reveladas al apóstol Pablo, las
verdades relativas a la Iglesia como cuerpo único sobre la tierra pero de
carácter celestial, las verdades dispensacionales que
tienen que ver con los planes de Dios para la presente edad, y muchas otras
verdades, no fueron redescubiertas sino recién con el surgimiento del
«movimiento de los hermanos», lo que tuvo lugar a principios del siglo XIX. Lamentablemente, durante el período de la Reforma
protestante, la posición agustiniana o papal —la que niega la existencia de un
futuro Reino milenario— no sufrió ningún cambio esencial ni fue puesta en tela
de juicio, sino que fue seguida por los reformadores (entre los cuales podemos
citar a Lutero, Melanchthon,
Zwinglio, Calvino, y Knox), para los cuales la Iglesia, en algún sentido, era el
reino de Dios. Para los reformadores, el período milenario incluía esta
dispensación o período del Evangelio (ellos creían que algunas de las
descripciones milenarias eran aplicables únicamente a un período futuro en el
cielo o en la tierra renovada), y por ello decían que estaba cerca de su fin.
Este sistema dejó su huella en la tradición reformada a través de las obras de Calvino, el cual en su «Institución de la religión cristiana»
escribió una sección titulada «El error de los quiliastas»,
en donde «espiritualiza» los mil años de Apocalipsis 20:4, diciendo que «se
aplican a las varias conmociones que esperaban a la iglesia mientras aún pasase
por sus arduos trabajos en la tierra» (Inst.
3:25.5). Así pues, las ideas amilenaristas de Calvino, aunque no fueron bien desarrolladas, quedaron
consolidadas en la tradición reformada, puesto que las nociones de Agustín
sobre este tema nunca fueron cuestionadas. La verdad es que en el período de la
Reforma, todo el tema profético tuvo un lugar secundario, y jamás se le prestó
la debida consideración, quedándose los «protestantes» con la herencia de Roma
en este campo. En efecto, la enseñanza amilenarista
de Agustín continuó siendo la opinión normativa de la cristiandad organizada
hasta el siglo XVII. Ocasionalmente, hubo grupos que
cuestionaron esa doctrina a lo largo de las edades oscuras, pero eran sólo una
pequeña voz en comparación con la poderosa e influyente iglesia Católica.
El
31 de octubre de 1517, Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del
castillo de Wittenberg. Una de las principales causas
que le llevaron a romper con la iglesia Católica, fue su entendimiento de la
doctrina de la justificación por la fe sola sin las obras («Sola Fide»). Como ya dijimos, Dios
restauró esta fundamental doctrina para su Iglesia. Pero si bien los
reformadores comprendieron la gracia en el tema de la salvación, en cuanto a la
vida cristiana, ellos cayeron en el error gálata de las obras. Ellos sabían que
no podían guardar la ley para obtener la salvación, pero la ley se convirtió en
la regla de vida para el cristiano[2]. Poco entendieron los reformadores que la santificación también es sólo
por gracia (1 Corintios 1:30). Cuando los reformadores abandonaron la iglesia
Católica, se llevaron con ellos un bagaje de cosas de las que no se pudieron
deshacer. Una de esas cadenas que mantuvieron a la iglesia en esclavitud a la
ley fue precisamente el amilenarismo. ¿Cómo una
doctrina acerca del fin de los tiempos podía afectar la doctrina de la ley y de
la gracia? Agustín y sus contemporáneos enfrentaron un dilema. Hacía muchos
años que el Señor había dicho “He aquí vengo pronto”. Al suprimir el retorno
literal de Cristo por su Iglesia, Agustín sin duda creyó que con eso ayudaba a
Dios, puesto que si no hubiese un retorno literal de Cristo, y un futuro
Milenio literal, entonces Cristo podría estar reinando ahora desde el cielo
sobre su reino espiritual. Las promesas literales dadas a Israel en el Antiguo
Testamento no fueron ningún obstáculo para su nuevo sistema, puesto que bien
podrían ser aplicadas a la iglesia «espiritualmente». Sin embargo, al haber
aplicado esas promesas a la iglesia, se pagó un precio demasiado elevado: junto
con las promesas dadas a Israel estaba también la ley del Antiguo Testamento.
Si la iglesia es ahora «el Israel espiritual», entonces se sigue que ella
también debe guardar la ley, si bien no para salvación, pero sí al menos como regla
de vida para el cristiano.
Si
bien es cierto que las edades oscuras terminaron con la luz traída en la
Reforma y el redescubrimiento de la verdad de la salvación por gracia, también
es cierto que esa luz fue empañada por las trampas del
legalismo que mantuvieron a los reformadores en esclavitud. Cuando Martín Lutero salió de la iglesia Católica, arrastró consigo la
cadena y la bola de las enseñanzas amilenaristas
basadas en la ley. Los luteranos, los reformados, los anglicanos reformados,
etc., rechazaron el premilenarismo por ser para ellos
meramente «opiniones judías». Ellos siguieron manteniendo el sistema amilenarista que la iglesia de Roma había adoptado desde
Agustín. J. B. Stoney escribió:
«En la Reforma, por la gracia, hubo una gran
liberación. Fue recuperado el fundamento del cristianismo: la justificación por
la fe. Pero si bien fue recuperado, no se mantuvo el hecho de que el viejo
hombre fue crucificado en la cruz, y por eso ellos sólo rechazaron la extorsión
del papado, pero consideraban a la carne todavía viva delante de Dios. Rechazar
la extorsión estaba bien; pero retener aquello sobre lo cual la extorsión podía
hacerse, es decir, el viejo hombre, fue y es aún la debilidad de la Reforma.»
La Reforma trajo de nuevo la verdad
de la salvación por gracia, pero se volvió a la
ley como regla de vida del cristiano. Esta paradoja de ley y gracia siguió
plagando a la iglesia hasta que Dios arrojó luz a principios del siglo XIX mediante la agencia de «los hermanos». J. N. Darby y otros comenzaron a estudiar las Escrituras, no a la
luz de la tradición ni de ninguna escuela o sistema teológico predeterminado,
sino de manera literal (la manera literal no excluye la interpretación de
símbolos) y, mientras abría las Escrituras de esta forma, la distinción entre
Israel y la Iglesia parecía brotar de las páginas de las Escrituras ante sus
ojos. Él y «los hermanos» de entonces pudieron discernir y recuperar la verdad dispensacional paulina por tantos años olvidada. Quedó
restablecida así, además de las enseñanzas de la gracia para la vida cristiana,
la verdad del retorno premilenario e inminente de
Cristo por su iglesia. Durante el período transcurrido entre Lutero y Darby, surgió la
denominada «teología del pacto», la que, además de negar las verdades dispensacionales redescubiertas en «el Despertar», reflejó
las doctrinas amilenaristas basadas en la ley.
Pero
¿cuándo se apartó la iglesia de la verdad original dada a los apóstoles (2
Pedro 3:2)?
Tras la partida de los apóstoles,
como mencionamos, y la terminación del número de libros inspirados (comúnmente
llamado «canon»), los cristianos deberían de haber prestado oídos a la
admonición apostólica de echar mano de la Palabra de Dios, adonde al apóstol Pablo
los había encomendado (Hechos 20:32); pero el pronto abandono de la Palabra
escrita y el consecuente reemplazo de su
sola autoridad por otras «autoridades» no escriturarias, sobre todo
eclesiásticas, pronto empañó la visión de importantes verdades fundamentales de
«la fe que ha sido una vez dada a los santos», e hizo retroceder el verdadero
cristianismo —tanto en lo que se refiere a las verdades individuales del
cristiano, a los privilegios de que goza plenamente en Cristo, como a las
verdades colectivas acerca de la verdad del solo Cuerpo de Cristo y su vocación
celestial, y no terrenal como era el caso del pueblo de Israel— hasta las
viejas sombras del judaísmo, hecho que, comenzando con los «Padres de la
iglesia», se fue agravando con el correr
de los siglos, mayormente debido al secuestro y al monopolio que los clérigos
de Roma hicieron con la Biblia: el pueblo cristiano fue desde temprano privado
de las Escrituras, las que yacieron por siglos en una lengua muerta (en latín),
y no tuvo más acceso a ellas por cuenta propia, sino únicamente «por medio de
la interpretación de la Iglesia», esto es, del clero católico.
Allá por el siglo XVI, este lamentable escenario se revirtió: Dios, en su
gracia, arrojó luz al pueblo del Señor mediante la agencia de hombres que
buscaron la verdad con temor y temblor (Isaías 66:2) directamente de su única
fuente: la Palabra escrita de Dios, la cual la imprenta, entonces, contribuyó a
su difusión también. Así ocurrió con la Reforma, que fue, indudablemente, un
auténtico movimiento de despertar del Espíritu Santo.
Principios de trascendental
importancia para alcanzar la verdad, fueron puestos de nuevo en evidencia,
tales como: «Sola Scriptura»
(La Escritura solamente), lo cual excluía «otras
fuentes» de pretendida autoridad que restaban la gloria debida sólo a Dios («soli Deo gloria»), y prestaban oído a la incesante
intromisión del hombre que se había erigido por tantos siglos en autoridad a la
par o incluso por encima de la Palabra escrita.
En la Reforma resonó con fuerza
nuevamente la fundamental verdad de «la
justificación por la fe sola», que había sido olvidada desde la época
apostólica, y que fue desarrollada por el apóstol Pablo en la magistral
Epístola a los Romanos, la que excluía las obras humanas para la aceptación del
pecador delante de Dios, lo cual sólo puede tener lugar propiamente en Cristo, y no en el hombre. El
redescubrimiento de esta verdad —olvidada desde la muerte del apóstol Pablo, y
que no la vamos a encontrar en los «Padres de la Iglesia»— evidentemente,
produjo un cisma inevitable y definitivo con la Iglesia Católica. Roma, en el
Concilio de Trento, condenó a la Reforma, y reafirmó la necesidad de las obras,
aparte de la fe, para justicia delante de Dios: la religión tradicional siguió
siendo la misma, y permaneció impasible e inquebrantable ante la luz que Dios
arrojaba mediante su Palabra, después de 1500 años de tinieblas, la cual se
abría nuevamente desde entonces ante el mundo a través de instrumentos
divinamente dotados durante ese período de la Reforma.
Pero, al poco tiempo del inicio de
la Reforma, las divisiones siguieron y ella dejó a la Iglesia con más
divisiones que las verdades que logró recuperar, y surgieron así las «iglesias
Protestantes», las que en principio, por la gracia de Dios, tuvieron el
conocimiento de la verdad de Dios sobre el estado perdido del hombre ante Él, y
la manera que Dios estableció para que éste se acerque a Él por la fe sola, a
fin de ser justificado “sin las obras de la ley”, tal como lo expresa la
Epístola a los Romanos (3:28).
Hasta aquí, podemos alabar esta gran
obra que despertó a millares de hombres enceguecidos y atrapados dentro de un
sistema religioso muerto, apartado de la verdad bíblica y basado en el viejo
sistema terrenal mosaico para justicia delante de Dios, sin poder gozar de una
conciencia limpia de pecados para siempre, y dependiendo constantemente del
«sacrificio de la misa» para perdón de pecados. Lamentablemente, lo que comenzó
siendo un auténtico movimiento de retorno a las Escrituras para gloria de Dios,
como todo lo que se encomienda a la mano del hombre, éste lo deja caer y pronto
se convirtió en otro frío sistema religioso que no supo seguir aplicando de
forma consistente el principio de «sola Scriptura» para llegar a toda la verdad de Dios, y se llevó consigo, hasta hoy, un sinnúmero
de tradiciones religiosas opuestas a la verdad revelada en la Palabra, lo que,
junto con su falta de visión de su constitución corporativa en la tierra, le
impidió seguir abriendo las Escrituras para que ellas solas rijan al pueblo de
Dios en su marcha principalmente colectiva. El Protestantismo, cuando se
redescubre la verdad paulina de la unidad práctica del Cuerpo y la verdad dispensacional en el siglo XIX,
termina en una fría institucionalización. Lutero, por
ejemplo, quien había redescubierto la verdad de la justificación por la fe
sola, erró en su afiliación con el gobierno alemán —lo que terminó en la
formación de la iglesia del Estado de Alemania, lo que hoy viene a ser la
iglesia Luterana— pues tampoco pudo escapar de la poderosa influencia de Roma
en lo que toca al poder y modelo institucional de la Iglesia terrenal. Puesto
que el recobro de la verdad fue gradual y progresivo, llevando tres o cuatro
siglos, los primeros reformadores no tuvieron la luz para ver que las iglesias
del Estado originadas por la Reforma, no eran escriturarias. Y más tarde,
cuando se institucionalizaron muchas iglesias del Estado, más que volver a las
Escrituras para aprender las verdades concernientes a la Iglesia de Dios en su
carácter celestial, unida a su Cabeza glorificada en el cielo, impusieron a los
demás el orden institucional, y comenzaron las persecuciones de quienes no se
conformaban a ellos, dando lugar así a que surgieran un gran número de
denominaciones independientes (presbiterianos, metodistas, etc.) que se oponían
a la institucionalización de la iglesia. En lo que toca a doctrina, por
ejemplo, el luteranismo, asimismo, si bien rechazaba la «transubstanciación» en
la Cena del Señor, adoptó la noción de una «consubstanciación», es decir,
alegaba que si bien el pan y el vino no se transformaban en el cuerpo y la
sangre de Cristo, sí había supuestamente una presencia real de Cristo junto con el pan y el vino, no pudiendo
librarse este sistema del misticismo religioso que tanto caracteriza a Roma. El
calvinismo también cayó en las redes de la lógica extrema, y derivó en un
sistema de teología de una doble predestinación que hace de Dios el origen de
los réprobos para la eternidad, y no sus propios pecados, anulando
prácticamente toda responsabilidad del hombre para creer a Dios,
responsabilidad que es inequívocamente enseñada en toda la Biblia desde que el
primer hombre desobedeció en Edén comiendo del árbol de la responsabilidad,
hasta el fin del pecador por sus malas obras en el juicio ante el Gran Trono
Blanco.
¿Qué pues queda si el Protestantismo
fracasa, como sistema, en alcanzar “todo el consejo de Dios” revelado en la
Palabra? Si bien el Protestantismo terminó siendo una colectividad religiosa
institucionalizada, envuelta de tradiciones y sin vida, que no supo tomar las
Escrituras como su sola fuente de autoridad por encima de la tradición y de la
autoridad humana, para poder descubrir y seguir la verdad de la Iglesia y su
vocación celestial, ello no significa que el
espíritu inicial de la Reforma para volver a los cristianos a la sola
autoridad de las Escrituras tras sacarlos de los sistemas humanos, e
independizarlos del dominio de la tradición y autoridad religiosa, se haya
frustrado: el Espíritu Santo siguió obrando en
esa dirección de recobro y restauración de la verdad olvidada, y la prueba
está, para quienes quieran escudriñar sobre ello, en que surge allá por la
primera parte del siglo XIX, un movimiento fraternal,
estrictamente escriturario, no denominacional,
conocido como «el movimiento de los
hermanos», que siguió aplicando el mismo principio de «sola Scriptura», hasta llegar finalmente
a seguir redescubriendo en las Escrituras, preciosas verdades de Dios,
reveladas a su apóstol Pablo también, que en el período de la Reforma aún
permanecieron ocultas. En la Reforma, como dijimos, lo primero que salió a luz
fue la verdad cardinal paulina de la
justificación por la fe sola, lo cual afectaba esencialmente al individuo
delante de Dios. Pero nada se había redescubierto, por ejemplo, sobre verdades colectivas de los cristianos ya
justificados por la fe sola: la verdad de la Asamblea de Dios, su carácter
celestial y su unidad visible y práctica sobre la tierra como un solo cuerpo de
Cristo (como se evidencia en 1.ª Corintios 12 y
Efesios 4, por ejemplo), fue una verdad desconocida durante la Reforma. La
verdad del inminente retorno de Cristo por los suyos antes de la Gran
Tribulación, la verdad del Reino Milenario del Mesías que cumple las profecías
respecto de Israel dadas en el Antiguo Testamento. La verdad dispensacional: la distinción entre Israel y la Iglesia.
Los privilegios del creyente en
Cristo: su posición actual perfecta en Cristo, sus bendiciones y privilegios
colectivos sobre la tierra como miembros, no de una denominación, no de una
organización humana, no de un sistema de clérigos y laicos, sino de un Cristo
vivo y glorificado en los cielos. La verdad de la existencia de una profesión
cristiana sin vida, y, en contraste con esta cristiandad nominal, del conjunto
vivo de los hijos de Dios, nacidos de nuevo por la acción regeneradora del
Espíritu Santo recibido por la fe en Cristo. La diferencia entre el Reino y la
Iglesia, y la consecuente responsabilidad de los cristianos de caminar en medio
de las ruinas de la Cristiandad profesante, dando testimonio y practicando la
verdad de que hay un solo Cuerpo de Cristo
en la tierra, una sola Iglesia, una sola Casa de Dios, una sola disciplina
eclesiástica, una sola comunión práctica, real (Efesios 4; Hechos 2:42), y que
es nuestra responsabilidad creer, guardar, amar y seguir junto con todos
aquellos que la han comprendido, y que han comprendido también la necesidad de
apartarse de todo aquello que atenta contra esta verdad de la unidad práctica y
visible del Cuerpo de Cristo en la tierra,
y la niega en la práctica.
Surge así el recobro de la verdad
paulina, primero en la Reforma cuando sale a luz la justificación por la fe
sola, y tres siglos más tarde la verdad del un
solo Cuerpo de Cristo en la tierra. Y por supuesto que, junto con este
recobro de lo que faltaba, surge también la oposición feroz a estas verdades,
pues siempre que en la historia del cristianismo se ha presentado, abriendo las
Escrituras, la verdad de Dios, de inmediato ha surgido, y ha persistido, la
oposición a ella.
Debido a la comprensión de estas verdades,
«los hermanos» nunca han formado una denominación o sistema eclesiástico, lo
que agregaría así un partido más, otra
división, dentro del cuerpo de Cristo, a los innumerables ya existentes, y se
reúnen en el Nombre del Señor, simplemente como miembros del Cuerpo de Cristo.
La esperanza del regreso del Señor y el llamamiento
celestial de la Iglesia salen nuevamente a luz
Una de las
características sobresalientes del movimiento de «los hermanos» fue el
despertar producido en relación con la esperanza del inminente retorno del
Señor, y, junto con ello, la verdad del llamamiento celestial de la Iglesia.
Dios en su gracia, casi dos siglos atrás, revivió esta preciosa verdad olvidada
por dieciocho siglos, a fin de que, en estos últimos días, comprendamos Sus
caminos con la Iglesia, con Israel, con las naciones, así como el reino
Milenario que será establecido en la tierra cuando Cristo reine hasta los
confines de la tierra, hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus
pies. Todos los propósitos de Dios respecto al Hijo del Hombre se habrán de
cumplir en todos sus detalles.
En efecto, cuando el
Señor Jesús ascendió al cielo, los visitantes celestiales dijeron que el mismo
Jesús vendría otra vez (Hechos 1:10). El mismo Señor dijo a sus discípulos
antes de partir: “Vendré otra vez” (Juan 14:3); y los primeros cristianos
esperaban ardientemente Su retorno. Entonces, la “esperanza bienaventurada”
(Tito 2:13), estaba íntimamente unida al conocimiento de la salvación: “Os
convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y
esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús,
quien nos libra de la ira venidera” (1.ª
Tesalonicenses 1:9-10).
La parábola de las diez
vírgenes (Mateo 25) explicó que pronto la profesión cristiana, o cristiandad,
se dormiría y dejaría de anticipar Su retorno. Todas las vírgenes ―prudentes y sensatas―
“cabecearon y se durmieron”, y dejaron de velar por el regreso del Esposo. En
seguida los cristianos, en este estado de somnolencia, se establecieron en el
mundo, y, por consecuencia, la esperanza que una vez abrazaron y que hacía
arder sus corazones se extinguió y quedó así en el olvido. Uno puede, si
quiere, buscar en vano a lo largo de la historia de la Iglesia aunque sea una
tenue luz de esta esperanza a través de la larga y oscura noche. El
cristianismo llegó a ser un sistema que se estableció en el mundo, gobernado
por los principios del mundo y con aspiraciones terrenales, y las palabras del
Señor que caracterizaban el carácter celestial de los suyos “no son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo” (Juan 17:14), pronto se perdieron totalmente de vista.
Pero el Señor, fiel a su
palabra, envió el clamor de medianoche
para despertar la esperanza de su venida. “Y a la medianoche se oyó un clamor:
¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se
levantaron, y arreglaron sus lámparas” (Mateo 25:6-7). Cuando se produjo este
clamor, la cristiandad se hallaba sumida en uno de sus más bajos niveles de apartamiento de la verdad de Dios. Aquellos que habían
cabeceado y se durmieron, entre los cuales había muchos que eran meros
profesantes, comenzaron a arreglar sus lámparas. Esto trajo como consecuencia
un gran despertar espiritual que sacudió a la gran profesión cristiana, e hizo
volver a muchos de sus descuidados caminos. El resultado fue no sólo una mayor
separación respecto del mundo, sino que «los hermanos» comenzaron a
frecuentar más las reuniones de oración y a tener reuniones para la enseñanza
de la venida del Señor por los suyos antes del establecimiento del Reino
Milenario. La verdad del inminente retorno del Señor por su Iglesia, la que
sería arrebatada antes de la Gran Tribulación, comenzó una vez más a ser una esperanza
bienaventurada, y la feroz oposición a ella por parte de la cristiandad en
general no dejó de hacerse sentir entonces ni ahora. Notorio fue el ataque
también contra la verdad dispensacional (más conocida
como «dispensacionalismo», que consiste básicamente
en la distinción entre Israel y la Iglesia), sobre todo por parte del
protestantismo amilenario y la llamada «teología del
pacto» que niega la bienaventurada esperanza y el establecimiento del Reino
mesiánico (clásicos ejemplos de los ataques contra estas verdades lo
constituyen obras tales como Backgrounds to Dispensationalism, por Clarence B. Bass, The Blessed Hope, por George E. Ladd —adherente del denominado «premilenarismo
histórico»— y Prophecy and the Church por Oswald T. Allis). Uno de los argumentos
más característicos de los oponentes es apelar a la llamada «fe histórica» como
prueba en contra de las verdades redescubiertas en el Despertar, arguyendo que,
«como no hay registro en la historia de la Iglesia acerca de la esperanza de la
venida del Señor para arrebatar a sus redimidos antes de la gran tribulación,
principalmente en los Padres de la Iglesia, estas verdades no pueden ser
ciertas». Respecto de esta expresión ―«fe histórica»― es
interesante mencionar la experiencia del conocido sacerdote católico Charles Chiniquy. Cuando Chiniquy estaba
discutiendo algunas cuestiones con su obispo, éste lo remitió a los «santos
Padres de la Iglesia» como una fuente donde podía hallar una respuesta a todas
sus dudas y dificultades. Tras procurarse una copia usada de los escritos de
los Padres mediante un vendedor de libros de Montreal de nombre Fabre, el sacerdote se dedicó con ahínco a la investigación
de estas antiguas obras, que abarcaban unos seis siglos, confesando que el
resultado de sus abnegados estudios resultó ser un esfuerzo estéril. «Pude ver cómo se esfumaban todos los sueños
de mis estudios teológicos y de mis ideas religiosas, como la neblina ante los
rayos del sol que asoman en el horizonte» al no avanzar un solo paso en el
laberinto de las discusiones y controversias de los Padres ―decía―.
Podemos ver así, cuán pronto la verdad de Dios se cubrió de tinieblas y quedó
perdida para el gozo y bendición de las almas.
Es inútil acudir a los
primitivos Padres de la Iglesia en busca de alimento para el alma o para
confirmar la verdad, pues ésta no puede encontrarse, ni debe buscarse, en sus
obras ni en la Historia del cristianismo, y lo único que podemos hallar en
estos escritos históricos es la prueba escrita y documentada de que todos, casi
sin excepción, perdieron de vista las verdades apostólicas ahora
redescubiertas, y cayeron en crasos errores de práctica y doctrina. Algunos
Padres incluso no fueron sanos en cuanto a la doctrina de la Persona de Cristo,
y algunos hasta rechazaron Su deidad, por lo que es vano buscar en los Padres
la verdad de lo que sea. Apelar a la «fe histórica» como prueba en contra de la
primitiva aceptación de la esperanza bienaventurada de la venida del Señor por
su Iglesia, es sin duda una monstruosa noción. La verdad se encuentra únicamente en los inspirados escritos de
los apóstoles. Pero no bien los apóstoles abandonaron la faz de la tierra, el
desvío general respecto de los principios divinos fue prácticamente universal.
Y como estuvo previsto en la Escritura, el apóstol Pablo encomendó a los santos
a la Palabra de Su gracia (Hechos
20:32), no a las tradiciones ni a los líderes eclesiásticos, lo mismo que a
Timoteo (2.ª Timoteo 3:14-17). El apóstol Juan, en
vista de la apostasía, remite a los santos a “lo que era desde el principio” y
les exhorta a permanecer en esas
cosas. No los remite a la iglesia ni a los Padres. Asimismo Pedro no hace
ninguna referencia a sucesores
apostólicos, sino que insta a los santos a “tener memoria de las palabras”
que habían recibido. Nada encontraremos en la llamada «fe histórica» sobre la justificación por la fe, por ejemplo,
y lo mismo podemos decir acerca de la diferencia entre el pueblo terrenal de
Dios ―Israel―, y su pueblo celestial ―la Iglesia―, este
aspecto de la verdad ―la verdad dispensacional o «dispensacionalismo»―
que proporciona un entendimiento del pensamiento revelado de Dios a los suyos,
que nos capacita para discernir sus propósitos y caminos a lo largo de las
edades, desde la creación del hombre hasta el fin del Milenio, dándonos así una manera de entender la verdad en su
conjunto; y también nos capacita para discernir Sus últimos designios tanto
para su pueblo terrenal como para su pueblo celestial, y para distinguir entre
cosas que difieren y reconocer aquellas que son similares y coincidentes. Sin
este entendimiento, la Biblia se torna en
un libro de confusión y desorden, cuando en realidad sabemos que ella es un
libro de belleza y designio perfectos.
Por lo que, el «dispensacionalismo», visto por «los
hermanos» en sus estudios de las Escrituras, no es otra cosa que una dádiva de
lo alto para los santos en estos últimos días, y que debemos valorar y guardar
ante los ataques de hombres que lo quieren desacreditar y destruir. Pero los
escritos de los Padres, repetimos, no son sino una muestra de la mezcla del error con la verdad, y de su apartamiento de la verdad bíblica, los que ni siquiera
fueron capaces de mantener la verdad de la justificación por la fe, que es
pilar de nuestra fe, y en su lugar comenzaron a enseñar la «regeneración
bautismal» como obra de gracia (quienes sepan inglés pueden leer THE SO‑CALLED APOSTOLICAL FATHERS ON THE LORD'S
SECOND COMING W. Kelly).
Responsable de este sitio: Flavio H. Arrué ![]()
[1] Nota: Por ejemplo, respecto de la manera alegórica de
interpretar Isaías 2:2-5, para decir
que la Iglesia cumple esas profecías, leemos en el famoso comentario bíblico
católico: «Históricamente esta profecía se cumple, en sus líneas
esenciales, en la Iglesia católica, “el Israel de Dios”, heredero de las
promesas del Israel histórico. Naturalmente, la descripción de Isaías está
envuelta en un ropaje poético en cuanto a sus circunstancias accidentales. Esa
paz total es un desborde de imaginación oriental, como lo hará en el capítulo
11, cuando nos presente al león comiendo paja como el manso buey, y al niño
metiendo la mano en la madriguera del basilisco. Son imágenes para expresar la
paz total, suprema ansia de todos los corazones en todos los tiempos.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia
comentada de la BAC.»
Y
Juan Pablo II, describiendo las profecías del futuro
reino milenario como metáforas, escribió: «En efecto, casi como una reacción
contra la desilusión causada por los reyes políticos, se refuerza en Israel la
esperanza de un rey mesiánico, como soberano ideal, de quien leemos en los que
la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo
y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y siempre' (Is 9, 6). Isaías se explaya en la profecía sobre este
soberano al que atribuye los nombres de 'Maravilla del Consejero' Dios Fuerte'
'Siempre Padre' y 'Principe de la Paz' (9, 5), y
cuyo reino describe como una utopía del paraíso terrenal: 'Justicia
será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos. Serán vecinos
el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito ( ). Nadie hará
daño, nadie hará mal ( ) porque la tierra estará llena de conocimiento del
Señor como cubren las aguas el mar' (11, 5. 6. 9). Son metáforas
destinadas a poner de relieve el elemento esencial de las profecías sobre el
reino mesiánico: una nueva alianza en la que Dios abrazará al
hombre de modo benéfico y salvífico.
Después
del periodo del exilio y de la esclavitud babilónica, la visión de un rey
'mesiánico' asume aún más claramente el sentido de una realeza directa por
parte de Dios. Como para superar todas las desilusiones que el pueblo recibió a
causa de sus soberanos políticos, la esperanza de Israel, alimentada por los profetas,
apunta hacia un reino en el que Dios mismo será el rey. Será un reino
universal: 'Y será el Señor rey sobre toda la tierra: ¡el día aquel será único
el Señor y único su nombre!' (Za 14, 9). Aun en su
universalidad, el reino conservará sus lazos con Jerusalén. Como predice
Isaías: 'el Señor de los ejércitos reina sobre el monte Sión
y en Jerusalén' (Is 24, 23). 'Hará el Señor de los
ejércitos a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos,
convite de buenos vinos' (ib 25, 6). También
aquí, como se puede apreciar, se trata de metáforas de una alegría nueva
mediante la realización de esperanzas antiguas.
El
hecho que mayor interés y admiración suscita en estos textos es que la
esperanza del reino de Dios se ilumina y purifica cada vez más hacia un reinar
directo por parte del Dios trascendente. Sabemos que este reino, que incluye a
la persona del Mesías y a la multitud de los creyentes en él, anunciado por los
profetas, tuvo en la tierra una realización inicial imperfecta en sus dimensiones
históricas, pero sigue estando en tensión hacia un cumplimiento pleno y
definitivo en la eternidad divina. Hacia esta plenitud final se mueve la
Iglesia de la Nueva Alianza, y todos los hombres están llamados a formar parte
de ella como hijos de Dios, herederos del reino y colaboradores de la Iglesia
que Cristo fundó como realización de las profecías y las promesas antiguas.
Los hombres, por tanto, están llamados a participar en este reino, destinado a
ellos y que, en cierto modo, se realiza también por medio de ellos: también por
medio de todos nosotros, llamados a ser artífices de la edificación del Cuerpo
de Cristo (Cfr. Ef 4, 12).
¡Es una misión importante!» (destacados nuestros).
JUAN PABLO II, El reino de Dios en el Antiguo Testamento (AUDIENCIA GENERAL, miércoles 7
de agosto de 1991).
[2] Considérense las
siguientes citas:
«Me entero por la ley que Dios
aborrece el hurto, pero yo no robo porque esté bajo la ley. Toda la Palabra de
Dios es para mí y fue escrita para mi instrucción; a pesar de ello no estoy
bajo la ley, sino que soy un cristiano que ha muerto con Cristo en la cruz, y
no estoy en la carne, a la cual se aplica la ley. He muerto a la ley mediante
el cuerpo de Cristo (Romanos 7:4)» (J. N.
Darby, Reply to Judge Marshall's Tract on the
Tenets of Plymouth Brethren (so called).
«Leamos
la epístola a los Gálatas. Allí es donde tropiezan tanto los cristianos; y ¿quieren saber por qué? Porque se vuelven a
poner bajo la ley. Cuando Dios estaba, de hecho, ocupado de su pueblo Israel,
les dio su ley que actuaba como freno, una especie de brida, de rienda para su
carne rebelde. Por un lado, era necesario reprimir la carne; por otro,
embestirla, por así decirlo. Así trataba la ley con el hombre en la carne, y
eso es lo que ella intentará probar con los cristianos. Pero volver hoy otra
vez a la ley, es simplemente negar el cristianismo. No dudo en lo más mínimo en
declarar que algunos buenos hombres que, por grave error, quisieran imponer la ley
como regla de vida al cristiano, tienen con ello las mejores intenciones (pues
ellos tienen como meta la piedad), pero todo el principio es falso; porque la ley, en lugar de ser una regla de vida, es
necesariamente una regla de muerte para aquel que tiene el pecado en su
naturaleza. Lejos de ser un poder liberador, ella no puede sino condenar; lejos
de ser un medio de santidad, ella es, de hecho, y según el apóstol, el poder
del pecado» (William Kelly, 'The New
Testament Doctrine of the Holy Spirit', Lecture 7).
Véase
también el artículo El
cristiano y la ley: ¿Es la ley una «regla de vida» para el cristiano? C. H. Mackintosh